Título: Innocent Gift: A Flickering Life.
Autor:
MiauNeko - miauneko@hotmail.com

Categoría:
Birthday-shortfic / Angst / Shounen-ai / Universo Alternativo / Diez años en el futuro / NO termina bien.

Publicado:
Iori x Kyo, The Birthday Series / Cualquier otro lugar pedir autorización primero, gracias ^^.
Resumen: Un ingenuo muchacho cree que puede complacer a Iori Yagami ofreciéndole la vida de Kyo en el día de su cumpleaños.
Disclaimers:
Iori Yagami, Kyo Kusanagi y KOF, son propiedad de SNK/Playmore/NeoGeo/Eolith o quien corresponda. Kitsuro, Seiho y Ran son mis personajes, pertenecen al fanfic Chi no Kyoku, y eso no tiene mucha importancia porque son totalmente secundarios ^^.

Warning:
Iori y Kyo están bordeando los treinta años. Es simbólico, solamente. No es necesario imaginar gran cambio en sus apariencias o su forma de comportarse.

Beta-ed: Por Pekkochu, pero esta vez no le di mucho trabajo ^_^.


Innocent Gift: A Flickering Life

El pequeño se llamaba Kitsuro y en ese momento estaba preocupado. Arrodillado en el tatami de su amplia sala de juegos, Kitsuro podía ver la figura de ese hombre que era su padre. Siempre llamaba su atención, ese hombre. Otousama, otousan... Las palabras sonaban falsas, ajenas, imposibles de utilizar con él.

Tampoco eran muy necesarias, porque ese hombre -su padre, se repitió- nunca estaba en casa. Vivía demasiado ocupado con los asuntos del clan como para poder pasar un tiempo con su "familia". Eran extraños los momentos en que Kitsuro podía verlo sentado simplemente, fumando un cigarrillo mientras observaba el tranquilo estanque del jardín.

Intentó continuar jugando un rato más, pero le era imposible. Sus ojos rojos, que había heredado de su padre, continuaban dirigiéndose hacia la lejana figura. Quería acercársele, intentar hablarle, tocarlo. Quería que su padre lo alzara en sus brazos como hacían sus tíos y los amigos de su madre. Quería sentirlo cerca y saber que era más que una imagen que veía en las viejas revistas que había encontrado ocultas en el sótano de la mansión donde vivían.

No sabía leer todos los kanjis aún, pero las fotografías bastaban. Mostraban a ese hombre, en una plataforma, rodeado por furiosas llamas púrpura. Llamas que él también poseía y que dominaba con una facilidad que había sorprendido a todos sus familiares. Era un muchacho increíble, les había oído decir. Quizás con su nacimiento había terminado la maldición que un viejo dios había impuesto sobre todo el clan.

Claro que Kitsuro no prestaba atención a lo que hablaban. Continuaba observando revistas, reconociendo una y otra vez al hombre que era su padre. Reía para sí ante algunas instantáneas, su risa perdiéndose en los rincones del sótano. En esas fotos su padre tenía cara de malo. Hacía muecas que a él le causaban gracia y por eso reía. Nunca había visto a su padre en vivo con esa cara. Bueno, tampoco lo veía mucho, pero las pocas veces que estaba frente a él, su padre tenía una expresión seria y ausente. Cuando alguien le hablaba parecía que iba a responder de mala gana, pero no, Kitsuro nunca había visto a su padre molesto, y tampoco le parecía que pudiera ser malo.

Sin embargo, ver las fotos había hecho que sintiera un gran respeto por su padre. Él tenía sólo siete años, pero había sido entrenado en el estilo Yagami desde que tenía uso de razón. Sus maestros, siempre severos, le repetían una y otra vez que el dominio de las llamas púrpura era su primer objetivo. Y él las dominaba, claro, pero todavía no podía lograr el control que su padre mostraba en esas fotos. Y él quería hacerlo. Quería ser como su padre. Poder ir y demostrarle que era poderoso como él, y que sería un buen heredero para el clan Yagami.

Porque le parecía que ése era el único modo de lograr que su padre realmente lo observara, y no lo hiciera a un lado como si fuera un estorbo. Muchas veces le había sucedido. Se ponía frente a él, intentaba hablarle, pero su padre ni siquiera se detenía a escucharlo. Era como si las palabras de un niño no tuvieran importancia para él. Sin importar que el niño fuera su propio hijo.

—¿Por qué papá nunca me habla? —le había preguntado una vez a su madre, y ella, una mujer bastante simple y sincera, le había acariciado el cabello rojizo diciendo dulcemente:

—Porque una persona más importante que nosotros ocupa su mente y su corazón todo el tiempo.

Esa respuesta no había tenido sentido, por supuesto.

Por eso Kitsuro continuaba observándolo, desde su sala de juegos, arrodillado en el tatami.

* * *

Kitsuro levantó la mirada por enésima vez para ver a su padre en la misma posición de hacía una hora. De nuevo un cigarrillo estaba atrapado entre sus dedos, y la cajetilla vacía, arrugada, yacía en el suelo de madera, a su lado.

El jardín se veía más oscuro ya, y una sirvienta iba lentamente de una linterna a otra, encendiéndolas antes de que el sol terminara de ponerse. Su padre parecía observarla, pero Kitsuro sabía que no le estaba prestando atención. Su padre nunca le prestaba atención a nada más que a sus informantes, y a los miembros más viejos y respetados del clan. Era como si ser el líder de la familia Yagami no le importara. Cumplía con sus obligaciones, que siempre lo mantenían lejos de él y de su madre, pero nunca estaba realmente allí. Su madre lo sabía. E incluso él, que era un niño, lo sabía.

Se puso de pie súbitamente, y casi corrió hacia donde estaba su padre. Sus pasos resonaron contra la madera pulida de los pasillos exteriores, y rodeó casi todo el jardín para llegar a él. En su mente se repetía una y otra vez la palabra que tan pocas veces en su vida había mencionado: "Otousan. Otousan. Boku no otousan. Mi padre." Incluso la pronunció en silencio, al ritmo de sus pasos. Saboreó la extraña palabra, la sintió ajena en sus labios.

Pero cuando llegó frente a él, cuando vio que él ni siquiera se volvía para mirarlo, fue otra palabra la que se escuchó decir. La palabra que era uno de los pocos kanjis que sabía reconocer en las viejas revistas.

La palabra que todos utilizaban para referirse a su padre.

—Iori —dijo.

Y sólo entonces su padre se volvió, y lo observó.

* * *

Ojos rojos como los suyos. Intensos, brillantes, lejanos. Su padre tenía la mirada de las personas que a lo largo de su vida han visto demasiado, y a las que ya nada les sorprende. Las cejas, delgadas y rectas, dándole una expresión severa, fría. El cabello, fino y también rojo, que él había heredado. Largos mechones cayendo sobre su rostro, cubriendo parcialmente su ojo derecho, su pálida mejilla.

Vestía una camisa blanca, holgada y simple. Siempre vestía así cuando estaba en casa. La camisa, y unos pantalones negros, ceñidos, sin adornos.

Era diferente cuando debía presentarse ante otros miembros de la familia. Para esas ocasiones su madre siempre le preparaba el traje ceremonial negro, aquél que tenía bordados plateados y la pequeña luna creciente sobre su corazón.

Siempre había tenido la impresión de que su padre se sentía incómodo en ese traje, pero no lo decía. Su padre nunca decía nada.

Anillos en sus dedos, colgantes en su cuello, visibles a través de la camisa desabotonada. Kitsuro no pudo apartar la mirada en largo rato, y sólo reaccionó cuando su padre se volvió hacia el jardín, para exhalar un poco de humo.

Inconscientemente Kitsuro se inclinó y tomó la cajetilla vacía entre sus dedos. Jugueteó con ella, sintiendo la mirada de su padre examinándolo, realmente mirándolo. Era una sensación extraña, pero le gustaba, había llamado su atención, durante un momento realmente lo había logrado.

Su padre le quitó la cajetilla, rozando sus manos al descuido. La llamarada púrpura que la consumió, junto con el resto del cigarro que sostenía, iluminó brevemente los ojos de ambos, haciéndoles tomar una fría tonalidad azul.

Kitsuro señaló las cenizas que caían lentamente y eran llevadas por la brisa.

—Yo también puedo hacer eso —dijo.

Su padre casi sonrió.

Sou ka? {¿Sí?}

Su voz. Kitsuro deseó seguir escuchándola. Esa voz profunda, despectiva, la voz que nunca tenía oportunidad de oír.

—Sí, y puedo hacer mucho más —respondió, asintiendo enérgicamente.

Misete morau ka? {¿Quieres demostrarlo?} —preguntó su padre, y Kitsuro parpadeó sorprendido. ¿Su padre le estaba pidiendo que le mostrara lo que podía hacer?

Asintió de nuevo, demasiado nervioso para hablar.

Vio cómo su padre se levantaba, lo siguió hasta el dojo donde él solía entrenar con sus maestros, y estaba a punto de encender sus llamas púrpura cuando una sirvienta apareció en el umbral de la puerta para anunciarle a Yagami-sama que tenía una llamada telefónica.

Kitsuro se encontró viendo cómo su padre se retiraba sin decirle palabra. No intentó protestar, no intentó no odiarlo. No intentó controlar la rabia que sentía, y en su mente se dijo que quien lo había interrumpido iba a pagar.

Echó a correr. Corrió hacia el interior de su casa, hacia el segundo piso, a su habitación, y hacia la mesilla donde se encontraba el teléfono. Lo levantó y lo llevó a su oído. Quería saber quién había interrumpido. Ingenuamente pensó que el culpable recibiría el castigo de sus llamas púrpura.

Sin embargo, lo que escuchó lo hizo descartar sus infantiles pensamientos.

Su padre discutía, y su voz sonaba amenazante y burlona.

—¡Pero se trata de una fecha importante, celebraremos un año más de vida del líder del clan Yagami! —decía una voz.

—Estupideces —fue la respuesta de su padre, y a su pesar Kitsuro sonrió cuando oyó los balbuceos del desconocido.

—¡Pero señor, la familia...!

—La familia puede celebrar si así lo desea. Sin mí.

Y con eso Kitsuro oyó que su padre cortaba la llamada. Se apresuró a colgar el auricular él también. Un año más de vida del líder del clan Yagami. Y el líder del clan era su padre. ¿El cumpleaños de su padre?

A él le gustaban los cumpleaños. Toda la familia se reunía, y desfilaban ante él presentando sus respetos y sus regalos. A veces se hacían aburridos, pero él los disfrutaba. La fiesta, la comida, ver a sus primos desviviéndose por él. Y al anochecer, su madre le preguntaba qué era lo que él más deseaba, luego de haber revisado todos los presentes. Y él se lo decía. No sabía cómo, pero en unos minutos su madre le traía su regalo. Quizás él nunca había pedido algo demasiado difícil. Quizás para su próximo cumpleaños podría pedir la presencia de su padre o algo así. Río para sí mismo, y luego se preguntó: ¿Qué sería lo que su padre más deseaba?

Las palabras de su madre volvieron a su mente, haciendo sentido ahora: Una persona. Existía una persona que era importante para su padre. ¿Su mayor deseo? En quien pensaba durante aquellos momentos en que su mirada se perdía.

¿Quién sería?, se preguntó. ¿Quién sería?

* * *

Okaasama, otousan no taisetsuna hito wa dare desu ka?

Su madre lo sabía todo, por eso le preguntó a ella. Y no se equivocó. Lo supo por la mirada de sus ojos castaños, por la sorpresa que expresó todo su rostro.

—¿De qué hablas, Kitsuro?

—Esa persona que es importante para mi padre —repitió él—. ¿Quién es? ¿Crees que quiera venir para el cumpleaños de papá?

Kitsuro vio que su madre palidecía.

—¿Qué tonterías son esas, hijo? —preguntó amablemente, sonriendo.

—Quiero regalarle algo a papá, algo que nunca olvide —explicó Kitsuro, y para sí continuó: Algo que lo sorprenda tanto que el recuerdo lo haga pensar siempre en mí.

Su madre rió suavemente y, para su sorpresa, su voz adoptó un tono cruel cuando dijo:

—Lo que tu padre quiere más en este mundo, es la vida de esa persona. Y eso, es algo que nadie le puede dar.

—¿Por qué? —preguntó Kitsuro inocentemente, bajando un poco la voz. Esa conversación era indebida, y ambos lo sabían.

—Esa persona tuvo el poder de alejar a tu padre de nuestras vidas con su sola existencia. Esa persona es la que hace que tu padre nos tenga relegados en esta casa como si no fuéramos más que unos sirvientes...

Había amargura en la voz de su madre y él supuso por qué. Siempre era así cuando su padre estaba en casa. Tal vez habían conversado, tal vez habían discutido. O lo que era peor, tal vez ni siquiera habían hablado.

—¿Y quién es esa persona...? —preguntó Kitsuro, anhelante.

—¿Qué podrías hacer tú? —se burló su madre.

—Dime su nombre —exigió él, y ella volvió a reír.

—Lo han nombrado incontables veces. Tú sabes quién es. El líder de ese maldito clan del sol...

Clan del sol...

—Kusanagi... ¿Kusanagi Kyo-san...? —musitó Kitsuro y su madre asintió, con esa sonrisa llena de odio que él nunca le había visto.

* * *

Kitsuro conocía bien la historia de los clanes. Sabía las leyendas del pasado, el poder de Orochi, el origen de las llamas púrpura. Sabía que los Kusanagi habían sido un clan enemigo durante mucho tiempo, y que la familia Yagami había intentado acabar con ellos a lo largo de los siglos. Sabía también que su padre había sido el rival de Kusanagi Kyo cuando ambos eran jóvenes, y se habían enfrentado incontables veces, en ese torneo que contaban las revistas, y también en encuentros secretos, privados, que ninguna persona ajena al clan tenía derecho de ver.

Pero eso era el pasado, porque los clanes vivían en relativa paz ahora. Kitsuro había visitado muchísimas veces la mansión Kusanagi, que quedaba a varias horas de camino desde su hogar. Allí había conocido a Kusanagi Ran quien, al igual que él, era el heredero de su clan. Y le había agradado. Los Kusanagi se parecían mucho a los Yagami. Estar en su mansión era casi como sentirse en casa.

Y, por supuesto, conocía también a Kusanagi Kyo, porque a él había ido a ofrecerle sus respetos en una ocasión. Respetos, solamente. Una leve inclinación de su parte, casi descortés, y luego había salido corriendo para ir a jugar con Ran, que tenía casi diez años más que él.

Kusanagi Kyo le agradaba también, aunque le parecía un hombre extraño. Era reservado como su padre, y a ratos tenía esa misma expresión ausente; pero a diferencia de Iori, Kyo parecía ser un poco más cariñoso. O esa fue la impresión que le dio, cuando lo saludó con la sonrisa amable que los adultos siempre le dirigen a los niños.

Al comienzo él había tratado a Kyo-san con recelo. Tenía la seguridad de que el líder de los Kusanagi desahogaría con él cualquier posible rencor que le guardara a su padre. Y Kitsuro tenía razón al pensar eso, porque él y todo su clan sabía que su padre había vencido a Kyo-san hacía casi diez años. Antes de que ellos se convirtieran en los respectivos jefes de sus familias. Fue la última batalla que se dio entre Kusanagi's y Yagami's, y Kitsuro sentía que Kyo-san jamás podría superar la humillación.

Pero no, al final se había equivocado. Kyo-san lo trató con respeto, le preguntó por su padre, le mandó sus saludos...

Cortés pero frío. Igual que Iori.

Kitsuro no imaginaba qué podría tener Kyo-san para que su madre dijera que ocupaba todo el tiempo los pensamientos de su padre.

Pero lo iba a averiguar.

* * *

En efecto, la familia Yagami llevó a cabo la fiesta de celebración que habían planeado y nadie se sorprendió de que Iori no apareciera. Kitsuro aprovechó el que los adultos estuvieran distraídos bebiendo sake y comiendo bocadillos, y se deslizó hacia el patio. Lo atravesó y cruzó algunos jardines que lo llevaban a la salida de la mansión.

—¿Adónde va, Kitsuro-sama? —oyó que preguntaba una voz, dulzona y suave.

Kitsuro se detuvo en seco y se volvió, sólo para ver aparecer de entre las sombras a Seiho, su guardián. Frunció el ceño.

—Llévame a la mansión Kusanagi —ordenó.

Su guardián, que era una mezcla indefinida entre guardaespaldas y ninja, pareció ligeramente sorprendido.

—Son las once de la noche. Y son cuatro horas de viaje.

—No importa —insistió Kitsuro, y luego agregó—: Voy a recoger el regalo para mi padre. Es urgente.

El ninja se encogió de hombros de una manera muy poco elegante.

—El automóvil está por allá —dijo, y echó a andar, seguido de cerca por Kitsuro.

* * *

El camino se hizo eterno y, aunque Kitsuro intentó mantenerse despierto, el sueño lo venció pronto. Adormilado, comenzó a recordar las historias que su familia contaba. Cuando era niño le había gustado en especial la de la última pelea entre su padre y Kyo-san. Sus tíos la hacían sonar espectacular, y más de una vez Iori se había levantado de la mesa donde estaban, diciendo que era una tontería, y se había ido. Kitsuro había exigido saber la verdadera versión. Una que no molestara a su padre, y luego de mucho rogar y ponerse de acuerdo, se había enterado que la victoria no había sido tal.

Comenzó como una pelea más entre un Yagami y un Kusanagi. Iori se había estado dejando llevar, como solía hacer en esos tiempos, y había comenzando obteniendo la ventaja. Sin embargo no había esperado que la mujer de Kyo interviniera en la pelea. Nunca nadie intervenía en sus peleas. Había lanzado un golpe sin pensarlo y Kyo, por proteger a la mujer, lo había recibido de lleno.

Un golpe no bastaba para derrotar a Kusanagi Kyo pero, y sus tíos habían enfatizado mucho en ese momento, Iori se estaba dejando llevar en todos los sentidos. El fuego púrpura pedía sangre, y sangre le había dado. Kyo casi había muerto en esa pelea. Hubiera sido su final si uno de los sirvientes de los Kusanagi no le hubiese pedido a Iori que se detuviera. Iori se retiró, pensando que había vencido a su rival de toda la vida, pero más tarde se enteró que Kyo no había dado lo mejor de sí porque había intentado proteger a su novia... y al hijo que ella llevaba en su interior.

Se decía que Kyo-san nunca se había recuperado de las heridas que Iori le produjo. No había vuelto a pelear desde ese entonces. La desgracia cayó sobre él, y la joven, ya convertida en su esposa, murió dando a luz, llevándose a su hijo con ella. La ironía de haber sido derrotado protegiendo a alguien que de todas maneras iba a morir no pasó desapercibida para Kitsuro.

Durante un tiempo había sentido lástima por Kyo-san, pero luego sólo quedó el orgullo que sentía por su padre.

Cuando visitó la mansión Kusanagi no había podido evitar observar a Kyo, buscando alguna huella, una marca que comprobara la victoria de su padre sobre él. Al comienzo no lo había notado, pero mientras conversaba con Kyo-san, y caminaban por uno de los pasillos de su mansión, había notado pequeñas cicatrices en su cuello, en su rostro, ocultas bajo mechones de cabello castaño, que Kyo-san llevaba largo y amarrado en una cola tras su espalda.

Como si lo hubiera visto mirando, Kyo se había detenido, y había apartado ligeramente las mangas de su traje.

—¿Es esto lo que quieres ver? —había preguntado, y Kitsuro había visto las profundas cicatrices que surcaban la piel de sus manos y sus brazos.

Había observado, y luego apartado la mirada, incómodo. Pero Kyo-san continuó siendo amable, en ningún momento descargó su rencor con él. Kitsuro no comprendió. ¿Es que acaso se había resignado? ¿O pretendía acercarse lo suficiente a él para poder utilizarlo en su venganza contra Yagami Iori?

Pero Kyo-san nunca había mencionado a su padre. Y su padre jamás había mencionado a Kyo-san. Kitsuro no los había visto cerca uno del otro. Sentía curiosidad por saber cómo se comportarían. ¿Cómo podían tratarse, cuando Iori había arruinado la vida de Kyo?

* * *

—Kitsuro-sama, hemos llegado.

La voz de Seiho lo hizo despertar. Parpadeó un par de veces, confuso, pero pronto recordó dónde estaban. Bajó del vehículo y caminó hacia la misma puerta de la mansión, escoltado por el ninja.

Un guardia Kusanagi los detuvo, al parecer sorprendido por su presencia a esas horas de la noche. Sin embargo les permitió entrar. Cuando se trataba de asuntos entre las dos familias, no importaban los horarios.

Les indicaron que esperaran en un pequeño salón, que contenía un altar ornamental donde en ese momento ardían algunas velas e inciensos. Kitsuro comenzó a mirar todos los rincones, con la impaciencia típica de los niños. Intercambió una mirada de complicidad con Seiho, y luego se deslizó por una puerta entreabierta, en dirección al interior de la mansión.

Conocía muy bien el lugar, y sabía dónde se encontraba la alcoba de Kyo-san. Solamente necesitaba hablar con él un momento. No quería esperar a que le dieran una audiencia ceremoniosa. Quería preguntarle a Kyo si él era consciente de lo que le hacía a su padre con su sola existencia. Y también quería invitarlo, hacer que visitara a Iori, porque era su cumpleaños.

El pasillo que llevaba a la habitación de Kyo estaba totalmente a oscuras, pero no fue problema para él. Siguió la única línea de luz, que provenía justamente de la habitación a la que se dirigía, y se detuvo en la puerta, dispuesto a golpear.

Sin embargo, a través del espacio entreabierto, le pareció ver a alguien de cabello rojo, sentado al borde de una amplia cama revuelta, un cigarrillo en sus manos.

—¿Entonces de nuevo huiste de esa fiesta, Yagami? —oyó que preguntaba la suave y grave voz de Kyo. Yagami. Entonces ese pelirrojo sí era un Yagami. Pero ni aun así Kitsuro pudo aceptar que se trataba de su padre.

Entró un poco más, asomándose sin hacer ruido, manteniéndose en las sombras.

Vio que Kyo estaba reclinado en un sofá. Su largo cabello castaño estaba suelto, y caía por el respaldo, largo y sedoso. Tenía mechones blancos mezclándose con las leves ondas castañas, notó Kitsuro con sorpresa. No habían estado allí la última vez que lo vio.

Y la última vez Kyo-san tampoco se había visto tan pálido y débil, ni sus manos habían temblado de la manera en que lo hacían ahora.

Su rostro era joven aún, tan joven como el de su padre, pero a Kitsuro le causó una impresión incómoda. Porque algo no estaba bien allí. No hubo necesidad de que alguien le dijera que Kyo-san estaba agonizando.

La vida que su padre tanto deseaba... se estaba apagando.

Pero su padre estaba allí, podría hacer algo. Su padre siempre obtenía lo que quería. Y si se encontraba en ese lugar era para eso. Él no permitiría que Kyo-san muriera, no. Porque Kyo-san era lo que él más deseaba, según las palabras de su madre. Era imposible que Iori lo dejara ir fácilmente.

Iori observaba a Kyo desde la cama, el cigarrillo olvidado en un cenicero entre las sábanas.

Lentamente Kyo se puso de pie. Caminó hacia Iori, y extendió sus manos hacia él. Kitsuro vio cómo su padre sujetaba esas manos, deteniendo el temblor, llevándolas a sus labios un momento.

La expresión en el rostro de Kyo le pareció muy tierna, así como la forma en que acarició la mejilla de su padre, apartando mechones rojos para luego dejar que lentamente volvieran a caer en su lugar.

—Deberías alegrarte de poder continuar celebrando esas fiestas, Yagami —dijo Kyo suavemente—. Pese a todo, no es agradable saber que no llegarás a vivir un año más. Te lo digo ahora que comparto la experiencia.

—No hables —murmuró Iori—. No quiero oírte.

Kyo sonrió.

—¿No me dirás que vas a sufrir cuando yo muera? —su voz parecía sinceramente sorprendida, pero levemente bromista.

—¿Sufrir? —repitió Iori, y una sonrisa burlona se formó en sus labios—. No. Sufrir no.

Kitsuro vio que Kyo se inclinaba hacia su padre... y lo besaba en los labios.

—Lástima —murmuró Kyo—. Perderme por culpa de las heridas que tú mismo me hiciste... Hubiera sido una dulce venganza, ¿no crees?

—Idiota...

Iori levantó una mano para apartar el largo cabello de Kyo. Lo observó a los ojos durante varios segundos, antes de sujetar esos mechones y tirar de ellos, obligando a Kyo a inclinarse sobre él. Y así, con Kyo atrapado, le devolvió el beso, con más pasión y más fuerza.

Kitsuro negó con la cabeza. En el rostro de su padre podía ver la expresión que él siempre había querido para sí. Anhelo. O Cariño. O una mezcla de ambos. Pero no, porque ni para él ni para su madre había semejantes sentimientos. Y era por Kyo. Porque sólo él le interesaba. Tal como había dicho su madre.

Otou... otousan... —no pudo evitar murmurar, y las dos figuras dentro de la habitación se apartaron y se volvieron hacia él.

El rostro de su padre no expresó nada al verlo. Nada. Fue como si ni siquiera lo reconociera. En cambio Kyo le sonrió con fría cortesía.

—Kitsuro-kun —saludó como si no le sorprendiera su presencia allí, y el muchacho lo odió por la ligereza que había en su voz.

Permitió que el fuego púrpura se encendiera, le ordenó atacar a ese Kusanagi.

En medio del rugir de las llamas tuvo la seguridad de que obtendría la victoria sobre Kyo. Era una tontería pensar eso, pero suponía que alguien enfermo no tendría la más mínima oportunidad contra él, que era un Yagami.

Sin embargo, antes de poder hacer nada, vio cómo una llamarada anaranjada consumía a sus flamas y las extinguía. Sintió un calor intenso, dolor. Y gritó antes de caer al suelo sobre la gruesa alfombra.

—Digno de ser tu hijo, tan impulsivo —oyó que comentaba Kyo, y luego Kitsuro sintió unos brazos levantándolo y llevándolo a la enorme cama. Al abrir los ojos se encontró con la mirada castaña del líder Kusanagi. Intentó apartarse, pero Kyo no se lo permitió. Para estar muriendo tenía demasiada fuerza, pensó Kitsuro vagamente.

Kyo le sonreía de nuevo.

—¿Viniste hasta aquí a buscar a tu padre? —preguntó. Kitsuro negó con la cabeza. —¿No? Entonces ¿qué viniste a hacer?

—Buscarlo a usted —murmuró Kitsuro, sus mejillas comenzando a sonrojarse—. Porque es el cumpleaños de mi padre...

Kyo rió. Kitsuro se sintió aliviado de que no preguntara más.

—Duerme un poco —dijo Kyo, acariciando su frente suavemente, tocando su cabello rojo con la punta de los dedos—. Cuando amanezca volverás con tu padre a casa.

Kitsuro estuvo seguro de que oyó a su padre murmurar algo por lo bajo, pero Kyo no le permitió prestar atención.

—Duerme —dijo de nuevo, volviendo a rozar su frente, y Kitsuro sintió que el sueño lo invadía.

A los pocos segundos se durmió.

* * *

Kyo observó al hijo de Iori dormir en su cama. Se veía en paz y tranquilo. Estaba siendo entrenado en el estilo Yagami, pero no era criado en ese ambiente de rivalidad, odio y crueldad que él y Iori habían tenido que soportar.

Iori... Se volvió hacia donde el pelirrojo había estado, y no se sorprendió al no encontrarlo allí. Había salido al balcón, otro cigarrillo encendido entre sus labios.

Kyo se detuvo a su lado, posando sus manos en la fría baranda, su cabello siendo sacudido por la brisa. Iori no lo miró.

—Es tu hijo —dijo Kyo simplemente.

—¿Y? —gruñó Iori.

—Puede que te parezca una peste ahora, pero eso va a cambiar. Tú lo puedes hacer cambiar.

—¿Vienes a darme lecciones de paternidad frustrada, Kyo?

—Veo que eso de ser un año más viejo realmente afecta tu humor, Yagami.

Kyo esquivó el golpe de Iori con la facilidad que otorga la costumbre y sonrió.

—Él te adora.

—Él no me importa. Y la mujer tampoco.

—Y el clan tampoco, lo sé —dijo Kyo suavemente—. Quizás fue un error aceptar el ser líderes.

—¿Había otra opción? —gruñó Iori, sarcástico. Lanzó el cigarrillo por el balcón, y luego se volvió hacia Kyo.

El Kusanagi no le devolvió la mirada. Parecía observar la lejanía.

—Los médicos me dieron un par de meses —murmuró Kyo, pensativo—. Y dijeron que las últimas semanas serán las peores.

—No hay por qué esperar dos meses —dijo Iori, aún mirándolo. Volvió a apartar esos mechones que caían sobre el rostro de Kyo, castaños y blancos, dolorosos de observar. En verdad todo lo que le sucedía a Kyo ahora era por culpa de él. Su ataque, hacía diez años, había sido salvaje. No había pretendido que Kyo sobreviviera. Quería matarlo, y eso era lo que había intentado hacer. Pero Kyo había continuado viviendo. Los médicos le habían asegurado que no resistiría más de un año, con esas lesiones tan profundas, pero Kyo los había sorprendido a todos. Diez años habían pasado ya, ambos habían sabido sacar adelante a sus respectivos clanes.

Luego de superar el rencor y deseo de venganza que habían embargado a Kyo, habían aceptado declarar la paz entre sus clanes, aunque fuera durante el tiempo que ellos los lideraran.

Y entre reuniones y ceremonias, Iori se había encontrado mirando a Kyo. Mirándolo simplemente, regocijándose de saber que esas marcas que cubrían su cuerpo eran suyas, odiándose por haberlo puesto fuera de su alcance por medio de ese estúpido acuerdo de paz.

Cuando no estaba cerca de Kyo pensaba en él. Comenzó a ser agradable encontrarlo en conferencias en el extranjero. El tiempo pasó y ambos comenzaron esa relación extraña. Se visitaban a veces, sin anunciarse. Hablaban o compartían algunas copas en silencio. Recordaban el pasado y reían del ímpetu que le habían puesto a las peleas en su juventud.

Él había sido quien besó a Kyo primero, y Kyo le permitió llegar más allá que un simple beso. Porque ambos lo deseaban, y ambos lo sabían.

No eran necesarias palabras de cariño; nunca lo mencionaron en voz alta, pero esa seguridad de que se pertenecían... de que se poseían... Era suficiente para seguir adelante con la monótona vida que llevaban ahora, donde no había razón para existir, salvo ser la figura principal de una familia que no guardaría agradecimiento alguno cuando ellos no estuvieran.

Pero a medida que pasaban los años Kyo había ido enfermando y, aunque no fue sorpresa, el saber que pronto lo iba a perder dejaba a Iori en una situación que nunca antes había vivido. Perder a Kyo era perder la única razón que lo mantenía en ese mundo. Los dos lo sabían. Kyo le había insistido cientos de veces que debía preocuparse por su hijo, y Iori se había negado el número exacto de veces.

La salud de Kyo se estaba deteriorando demasiado rápidamente. Toser sangre siempre había sido un mal signo, y el temblor que había invadido sus manos apenas le permitían acariciar a Iori, jugar con su cabello.

Dentro de dos meses Kyo ya no estaría allí... Y la espera del último día iba a ser agónica para ambos.

—No hay por qué esperar —repitió Iori, esta vez más para sí mismo.

—No sabes lo que dices —murmuró el Kusanagi.

—Es lo que tú deseas.

Kyo negó con la cabeza, pero su expresión había cambiado. No era calmada; parecía que no podía tomar una decisión y que eso lo angustiaba.

—¿Tú quieres que él —Kyo hizo un gesto hacia la cama— viva de la misma manera en que vivimos nosotros? Si rompemos el acuerdo... nada podrá evitar que nuestros clanes vuelvan a ser enemigos. Tu hijo tendrá que crecer y vivir sabiendo que su deber será matar a Ran... A su amigo.

—Como dije, él no me importa.

—Yagami... —sonrió Kyo con tristeza. Era imposible hacer que ese pelirrojo cambiara de parecer—. La rivalidad entre los clanes comenzará de nuevo.

—Diez años de paz son suficientes para aburrir a cualquiera —repuso Iori, y en sus labios se dibujó una sonrisa maligna. Se inclinó hacia Kyo, susurrando en su oído: —Y sé que tú también las extrañas... Nuestras peleas...

—Quizás... —aceptó Kyo, sin dejar de mirar la lejanía—. Supongo que da lo mismo morir ahora o dentro de unos meses. Y siempre será mejor morir en tus manos... —Calló. Sabía que Iori lo estaba observando, pero no podía encontrarse con su mirada. No quería.

Se apartó finalmente, sacando una cinta de su bolsillo y amarrando su cabello con ella.

—Terminemos con esto, Yagami —dijo suavemente—. Y no pienses que te será tan fácil como la última vez.

Iori solamente sonrió.

* * *

Aquella madrugada, antes que los rayos del sol, el resplandor de flamas anaranjadas y púrpuras iluminaron el jardín de la mansión Kusanagi.

Esta vez nadie intervino. Nadie se acercó a mirar.

* * *

Kitsuro despertó en el interior del vehículo, a medio camino de vuelta a casa. Pensó que todo había sido un sueño, pero no. Ahí, frente a él, estaba su padre. Sus ropas estaban cubiertas de sangre, quemadas. Incluso su rostro estaba salpicado de escarlata.

Sus ojos rojos se posaron en él durante un momento, pero luego volvió a apartar la mirada para observar por la ventanilla. Kitsuro sintió un nudo en la garganta y las lágrimas quemando sus ojos. La sangre... la expresión de su padre...

—Lo... ¿Lo mataste? —tartamudeó. No podía creerlo, pero esa era la única explicación a la cantidad de sangre y heridas que cubrían el cuerpo de Iori.

—¿Acaso podía negarme a aceptar tu obsequio? —respondió el joven pelirrojo.

Kitsuro sacudió la cabeza sin querer creerlo. Había sido su propósito, pero no así. No así.

Su padre se inclinó hacia él, para enjugar las lágrimas con sus manos ensangrentadas.

Naku na {No llores} —dijo—. Omae wa Yagami dakara. {Porque eres un Yagami.}

* * *

~ Owari ~

15 de Marzo, 2003
6:30am. Toda la noche para escribir ocho páginas ^^u.

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Publicado en Iori x Kyo - The Birthday Series
Marzo, 2003