Título: Inside a dream (En un sueño)
Autora: MiauNeko – miauneko@hotmail.com
Pareja: IorixKyo
Categoría: Birthday Fic, Angsty, Desvarío por falta de práctica
Publicado: Iori x Kyo, The Birthday Series
Beta por: ^_^ lo mandé para beta pero me dijeron que no lo necesitaba XD.


Inside a dream

      “Voy a dar una vuelta”, había dicho Kyo antes de salir del departamento que ahora compartía con su pareja. No esperó respuesta, sólo se deslizó hacia la puerta y la cerró suavemente, sintiendo cómo en los últimos segundos la mirada, su mirada, se posaba en su espalda.

      Imaginaba la expresión de esos ojos rojos como una de extrañeza, de curiosidad por saber por qué Kyo parecía estar tan triste aquellos días. Sin embargo, se deshizo de esos pensamientos a medida que bajaba a saltos las escaleras que lo separaban del primer piso. ¿Acaso no era el ritual que celebraban casi religiosamente cada año?

      Sonrió al conserje que le saludó con una inclinación de cabeza, y no aminoró el paso al dirigirse a las puertas de vidrio. Éstas se abrieron automáticamente cuando el sensor percibió su presencia; la versión tecnológica de las puertas corredizas de papel.

      Fue en la calle donde se detuvo un momento, pensando adónde iría esta vez. El año pasado había ido a una tienda de mangas, pero no le había gustado particularmente ver a tantas quinceañeras abarrotando la sección de doujinshis de King of Fighters... Yagami y K’... ¡por Dios!, y el año anterior a ése se le había ocurrido ir al mundialmente famoso NeoGeo World, sólo para darse cuenta de que un juego con nuevos personajes había desplazado al de KOF, que él despreciaba, pero que secretamente le complacía. No recordaba dónde había estado el año anterior a ése, pero sí sabía que a algún lugar había ido. Un bar, tal vez, haciendo tiempo solo, mientras la gente le dirigía miradas extrañadas. Ah, si hubiesen sabido. Estaba solo, pero eso no era todo; también era su cumpleaños.

      Pero no sentía pesar, se recordó, mientras volteaba en una esquina y casi se daba de lleno con un grupo de muchachitas que lo ignoraron entre risas antes de seguir su camino. No sentía pesar porque no hacía esos peregrinajes a antros a los que no pertenecía por estar triste, no. Lo hacía porque era la costumbre, el acuerdo silencioso. Él salía, se tomaba dos o tres horas, y al volver a su departamento... ¡sorpresa!

      Sí, sorpresa.

      Sonrió para sí, y una joven que decoraba un escaparate con motivos navideños le devolvió la sonrisa.

      Sorpresa, Benimaru y Shingo estarían ahí. El primero vestido con el último modelo de ese modisto para el que trabajaba, y el segundo cargando los libros de los que no se despegaría hasta ingresar a la universidad. Sorpresa, Yuki llamaría a eso de las 11, lo saludaría amablemente, y le desearía mucha suerte. Sorpresa, sus padres enviarían un regalo carísimo y absolutamente inútil con algún mensajero de la familia.

      Sorpresa, sorpresa.

      Hundió las manos en los bolsillos de sus ceñidos jeans y sus dedos rozaron una arrugada cajetilla de cigarros. La sacó y la observó. No era su marca... era la marca que él fumaba. Suspiró. Tomó uno, intentó enderezarlo un poco, y lo encendió. La pequeña llama anaranjada fue casi invisible.

      Siguió adelante por calles que cada vez eran menos transitadas. Pronto la avenida dejó de tener tiendas y vitrinas, los restaurantes y cafés quedaron atrás, los letreros de neón fueron reemplazados por simples postes de luz blanca. A su izquierda, cruzando la avenida ahora desierta, se extendía un enorme parque. Las espesas copas de los árboles se veían como una masa negra ondulante contra el cielo púrpura.

      Apenas había decidido ir a dar una vuelta por aquel parque cuando un ruido a sus espaldas lo sobresaltó. Dejó caer el cigarrillo y se volvió, no en guardia, pero con la fuerte impresión de que sería atacado.

      Un callejón oscuro y húmedo se extendió ante él. Un cerro de basura estaba acumulado en el borde de la acera, y un viejo gato maltrecho perseguía a una rata mojada por entre las cajas y bolsas descartadas. Kyo suspiró.

      —Gato —murmuró, y ante el sonido de su voz el felino se detuvo unos segundos, para dedicarle una mirada de sus ojos verdes. En seguida se olvidó de él, encontrándolo menos interesante que la rata. O quizás menos apetecible.

      Kyo observó un momento los infructuosos intentos del gato por sacar al roedor de entre dos bolsas especialmente grandes, y no pudo menos que sonreír. En este día tan especial, se dijo con ironía, el mundo seguía su curso.

      Iba a continuar el camino hacia el parque cuando una brisa húmeda y maloliente proveniente del callejón lo hizo volverse a dirigirle una mirada. Súbitamente el barrio le pareció familiar. Dolorosamente familiar.

      Se acercó a las paredes sucias y mohosas, y se adentró algunos pasos entre los charcos de agua estancada que cubrían el suelo. Sí, se dijo, posando una mano en una parte de la pared que estaba hundida y resquebrajada. Una vez, hacía muchos años, Yagami lo había encontrado ahí. Lo había acorralado en el callejón...

      Las marcas de su enfrentamiento estaban claras. Ladrillos quebrados, viejos letreros ennegrecidos por el fuego que ardió durante tanto tiempo bajo ellos...

      Observó el suelo, aunque sabía que los rastros de sangre habían desaparecido hacía tiempo. Rastros de su sangre, que trazó un camino serpenteante hacia el parque, a donde se había dirigido para recuperar el aliento, mientras Yagami reía sádicamente y le daba unos segundos de ventaja antes de ir hacia él para continuar atacando.

      Kyo se llevó una mano al pecho, extendió sus dedos por sobre su vieja chaqueta de cuero, abarcando una cicatriz oculta bajo su ropa.

      Echó a andar, finalmente, hacia el parque. Encontró el sendero que casi a ciegas había recorrido perseguido por Yagami, y llegó al pie de un árbol monstruosamente grande. Las raíces sobresalían del suelo como si fueran troncos de otros árboles que alguien había dejado caer ahí.

      Se sentó sobre uno de ellos, y casi se vio acurrucado contra el gigantesco tronco, mientras Yagami lo llamaba y se reía. Aquella noche había intentado ver la extensión de la herida que Yagami le había inflingido, pero por la cantidad de sangre sólo pudo suponer que el pelirrojo le había abierto el pecho.

      Pelirrojo que repentinamente apareció ante él, recortado contra el cielo repleto de estrellas, cuyos ojos estaban encendidos brillando del mismo color que las manchas de sangre que salpicaban sus mejillas y humedecían su largo cabello escarlata.

      Yagami lo había levantado sujetándolo de un mechón de cabello, se le había acercado hasta que su cuerpo casi tocó el suyo y le había susurrado palabras de muerte en el oído.

      Kyo había escuchado, casi pacientemente, sin sentir odio ni rencor. Había sostenido la mirada enloquecida de sus ojos rojos, había observado la sonrisa en sus labios ensangrentados.

      Y, sin entender jamás qué fue lo que exactamente hizo esa noche, rozó la tersa mejilla de Iori Yagami con el dorso de su mano, susurrando palabras en respuesta a la promesa de su muerte.

      Aquella noche había sido la última vez que vio a Iori Yagami.

      De eso habían pasado ya cinco años...

* * *

      Kyo volvió al presente sacudido por el rugir de un automóvil deportivo que pasó raudo por la avenida vacía. El sonido pareció estremecer los árboles a su alrededor, y una lluvia de hojas secas descendió sobre él.

      Miró el árbol, el lugar donde el pelirrojo lo había acorralado.

      —Devuélveme a Yagami —dijo en voz alta, pero el árbol no respondió.

* * *

      Yagami había sido una constante en su vida. Siempre ahí, para molestarlo, para burlarse de él, para amenazarlo. Estaba ahí, pero Kyo no le temía. Sabía que sólo moriría en sus manos si permitía que el pelirrojo lo superara en fuerza o en poder. Y no lo permitiría, claro. No iba a permitirse ser menos que ese maldito Yagami.

      Y así, con la seguridad de que ambos eran iguales, y que el pelirrojo no representaba un peligro para su vida, Kyo había comenzado a disfrutar de sus peleas.

      Eran enfrentamientos como ninguno. No podían compararse a cuando enfrentaba a otras personas en torneos. La técnica Yagami era tan parecida a la Kusanagi, que pelear contra el pelirrojo era como ver una retorcida variación de su propio estilo. Y el fuego... ¿Con quién mas que con Yagami podía enfrentarse haciendo tal despliegue de poder sin que su adversario cayera inconsciente debido al calor de las llamas? Sólo Yagami. Sólo con Yagami podía ser la persona que había nacido para ser. No un participante en un torneo, ni un mediocre estudiante universitario, sino Kyo Kusanagi, el heredero de un clan milenario, el Kusanagi destinado a enfrentar al clan Yagami durante esa generación.

      Mucha gente pensaba que él no era capaz de vencer a Yagami. Aun más gente decía que sus niveles eran idénticos, y que ninguno podría superar al otro. Quizás a veces Yagami ganara en el torneo, o quizás a veces perdiera, pero en una pelea a muerte nunca había vencedores. Terminaban ambos agotados, incapaces de moverse, heridos pero no de muerte. No, nunca de muerte.

      ¿Realmente creían ellos que a través del tiempo dos niveles de poder podían permanecer idénticos?

      ¿Realmente creían que, de proponérselo, Yagami y él no eran capaces de entrenar día y noche hasta alcanzar un poder que les permitiera acabar con el otro con tan sólo un golpe?

      Pensar que él no tenía la fuerza suficiente para destruir a Yagami era menospreciarlo, pero no le molestaba. Al fin y al cabo, él se lo había buscado. No quería derrotar a Yagami, porque una derrota para el pelirrojo habría significado su muerte. Aun si Kyo le perdonaba la vida, en su clan no aceptarían su fracaso. Lo condenarían. O quizás Iori elegiría la muerte para no tener que vivir con esa humillación...

      Kyo volvió al presente sintiendo como si hubiese estado soñando. Había echado a andar de nuevo, perdido en sus pensamientos, y ahora que miraba a su alrededor se daba cuenta de que se encontraba cerca de su departamento.

      Se sentó en la valla metálica que separaba la acera de la calzada; no quería volver aún.

      Él debió matar a Yagami. ¡Debió hacerlo! Debió haber esperado a que su corazón dejara de latir, y luego debió haber asistido a la ceremonia en que los Yagami velarían el cuerpo del joven caído. Las familias Kusanagi y Yagami lo habrían reconocido a él como el vencedor, y al menos durante su generación, ambos clanes habrían vivido en paz. Porque ése sería el deseo que su victoria le concedería, y ambas familias no tendrían más que aceptarlo. Si Yagami hubiese sido el vencedor, quizás habría sometido a los Kusanagi, los habría desaparecido para siempre, pero a Kyo destruir al clan enemigo no le interesaba. Era lo suficientemente egoísta para desear paz para él y olvidarse de los siguientes descendientes que tendrían que enfrentarse a muerte.

      O tal vez estaba siendo generoso, dándole una oportunidad al siguiente Kusanagi para que conociera a su propio Yagami...

      Kyo rió para sí, secamente.

      Él debió matar a Yagami, pero en vez de eso solamente lo había derrotado. Y, al hacerlo, había acabado con él.

      Devuélvanmelo.

      Él era el único culpable.

      Volvió su rostro hacia la ventana iluminada de su departamento, y creyó ver la silueta de alguien mirando hacia la calle, esperando.

      Era hora de volver a casa.

* * *

      Kyo entró al departamento y, como siempre, lo primero que vio fue la mesa del comedor cubierta de platos y fuentes. Los invitados aún no habían llegado. Iba a acercarse a ver qué comida habían elegido para esa noche cuando súbitamente un brazo rodeó su cuello, y tiró con fuerza de él.

      Sin aliento, Kyo sintió que perdía el equilibrio y caía hacia atrás... contra un cálido y firme cuerpo que le permitió estabilizarse antes de sentir unos labios cerca de su oído deseándole un feliz día.

      Se obligó a sonreír, y se volvió torpemente en ese abrazo. Alzó la vista hacia los ojos rojos que lo observaban, cálidos, a través de largos mechones de cabello del mismo color.

      ¿Quién eres?

      —Gracias por todo, Iori...

      El pelirrojo sonrió también, un gesto casi imperceptible, pero que en él era demasiado.

      El Yagami que conocí no sonreía así, ¿quién eres?

      —Nikaido y Yabuki llamaron para decir que se retrasarán.

      Una frase tan banal, saliendo de tus labios...

      Kyo se obligó a no pensar. Se obligó a sonreír más ampliamente y preguntar:

      —¿Y mi regalo?

      El pelirrojo pareció divertido, pero no respondió. Acarició el cabello castaño del joven y se inclinó para besar sus labios. Con cariño.

      Kyo intentó devolver el beso, pero súbitamente sintió asco. Se hizo a un lado, mirando a Iori como si no lo reconociera.

      El pelirrojo parecía confundido. Dolido.

      —¿Qué sucede, Kyo? —preguntó suavemente.

      Kyo retrocedió hacia el interior del departamento. La mesa preparada se materializó a su lado y se le antojó horrorosa, fuera de lugar. Iori avanzó hacia él aún con su expresión confusa, las mangas de la camisa dobladas hasta su codo, sus pantalones manchados debido a que había estado en la cocina toda la tarde, preparando... preparándolo todo...

      Para él. Porque era su día.

      —¿Quién eres? —murmuró Kyo. La vieja cicatriz ardía en su pecho. Deseaba...

      El pelirrojo sonrió.

      —¿Qué pasa, Kyo? Soy Iori, ¿quién más?

      —Iori...

      Iori, con quien había vivido cinco años. Quien lo había llevado a toda prisa a un hospital para que curaran la herida en su pecho, quien no se había separado de su lado cuando una infección generalizada amenazó con matarlo... Quien no se había separado de su lado ni una sola vez en todo el tiempo que llevaban juntos.

      Y que ni una sola vez había hecho gala de su poder... ni de su fuego...

      —Iori... —repitió Kyo.

      No te conozco. ¡Tú no eres Yagami!

      Había sido feliz, no podía negarlo. Tener al pelirrojo a su lado. Pensar en que jamás habría imaginado que terminarían así, juntos, llevando una vida tranquila y libre de problemas. Durante años había disfrutado, hasta que se dio cuenta de que no se sentía completo, que eso no era lo que deseaba. Lo que amaba de Yagami era su salvajismo, su absoluta falta de piedad hacia las personas, la forma en que era capaz de disfrutar el hacer daño, el herir, el matar...

      Esa persona que estaba ante él, tan dulce, podría haber sido cualquiera.

      —Tú no eres Yagami —dijo Kyo en voz alta, mirando los ojos rojos, deseando ver una chispa del viejo odio, una sombra del antiguo rencor.

      Nada.

      —Esto no es lo que quiero —dijo Kyo.

      Devuélvanmelo.

* * *

      Mientras corría por calles vacías, Kyo pensó que aquello era una locura. Sentía como si acabara de despertar, como si recién se diera cuenta de las cosas que habían sucedido. Recordaba cada situación con Iori claramente, pero por primera vez era consciente de que todo había estado mal. Yagami nunca habría actuado así. Su vida con él parecía un sueño, algo irreal. Había sucedido, pero a la vez no. No comprendía. ¡No entendía!

      Recordaba la felicidad que lo embargaba cada vez que volvía a casa y el pelirrojo estaba allí para recibirlo. Pensaba: “es sólo mío” y se deleitaba sabiendo que Iori Yagami, de entre todas las personas, lo había elegido a él.

      Había pasado por alto el hecho de que aquello no podía ser.

* * *

      Pasos corrían tras él, ligeros y veloces, acortando el espacio que lo separaba de ellos. Kyo se detuvo y se volvió, extrañado. ¿Era posible que Iori hubiese salido a buscarlo?

      La figura que lo perseguía aminoró el paso al ver que se había detenido. Kyo pudo apreciarla bien a la luz de los faroles.

      —Yagami... —susurró, sorprendido.

      Como respuesta sólo recibió una helada mirada de parte del pelirrojo. Kyo sintió un escalofrío.

      Tú...

      Cayó en la cuenta de que Yagami vestía su antiguo traje, la larga camisa blanca, los pantalones rojos.

      Pero esa ropa nunca estuvo en el departamento... ¿de dónde puede haberla sacado?

      —¿Qué haces vestido así? —preguntó, intentando utilizar la familiaridad de siempre, pero escuchando su voz tensa y áspera.

      Nuevamente el pelirrojo no habló. Como respuesta se lanzó hacia Kyo. El rastro de fuego púrpura encendió la noche.

      Por acto reflejo Kyo esquivó al pelirrojo. Se dio cuenta de que aquel ataque le habría hecho un gran daño si lo hubiera alcanzado. Yagami estaba atacando en serio.

      —Pero ¿por qué?

      Esquivó nuevamente, y vio que las mejillas de Iori estaban salpicadas de sangre. La cicatriz en su pecho ardía como si quisiera abrirse de nuevo.

      —¿Eso es todo lo que puedes hacer, Kyo? —preguntó la voz de Iori, cortante, helada, desconocida.

      Kyo encendió sus llamas anaranjadas. El esfuerzo lo dejó sin aliento.

      —¿Es esto lo que deseas? ¿Morir en mis manos esta noche? —se burló Yagami.

      Kyo quiso responder, pero no podía hablar. No podía respirar.

      El oscuro parque se alzó sobre ellos. Kyo se apoyó en el tronco del gran árbol, jadeando. Iori lo tenía atrapado, lo sujetaba de un mechón de cabello, le hablaba pero Kyo apenas podía escucharlo, sentía que perdía la conciencia por momentos.

      Una mano se posó en la herida abierta en su pecho, haciendo presión. Gritó.

      Traído de vuelta a la realidad, Kyo posó su mirada agotada en Iori. Con esfuerzo levantó una mano hasta rozar su mejilla.

      —Eres... tú... —murmuró.

      El pelirrojo pareció extrañado ante esas palabras, pero como respuesta aplicó más presión en el pecho herido del joven y sonrió cruelmente.

      —Desvarías —se burló.

      Esta vez, la respuesta de Kyo sí le sorprendió. Vio la expresión de sus nublados ojos castaños, vio afecto, vio que lo observaba como si lo conociera, vio una confusión inicial en Kyo, que poco a poco fue tornándose en comprensión.

      —Te eché de menos... —dijo Kyo, y sus palabras sonaron sinceras—. Gracias por volver...

      Le hubiera exigido saber a qué se refería, pero en ese momento el cuerpo de Kyo se relajó entre sus manos, un chorro de sangre brotó de su pecho, y Iori lo oyó exhalar algo que pareció un último suspiro.

* * *

      Lentamente Kyo abrió los ojos. Vio el techo lejano, de un color claro, apoyado en vigas de madera oscura que se cruzaban entre sí.

      Vio kanjis tallados en las vigas. Vio el símbolo del sol y de la luna.

      Se incorporó.

      Un lacerante dolor en su pecho lo hizo caer de nuevo contra el futón. Oyó un rumor de voces. Intentó incorporarse de nuevo, esta vez lentamente, y el dolor nubló un segundo sus ojos, para luego permitirle ver dónde estaba.

      Era un salón, enorme, con suelo de tatami, paredes blancas, y muchos adornos relacionados con los clanes: Árboles genealógicos, espadas, viejas armas.

      Figuras de personas arrodilladas lo rodeaban, no podía ver sus rostros. Vestían de blanco y de negro y habían hecho silencio.

      —¿Padre...? —no pudo evitar decir Kyo al ver a un hombre de barba y ojos cansados observándolo desde un escaño que lo hacía quedar por sobre las demás personas—. ¿Madre...?

      Sí, eran sus padres, Saisyu y Shizu, arrodillados y vistiendo kimonos blancos bordados con el símbolo dorado de la familia. A su lado se encontraba otra pareja, pero ellos tenían el cabello rojo y ojos azules, límpidos, orgullosos. Vestían de negro, ostentando en sus ropas el símbolo de la luna bordado en plateado.

      Kyo miró a su alrededor nuevamente. A su derecha, vestidos de blanco, miembros de la familia Kusanagi. A su izquierda, ataviados de negro, el clan Yagami.

      Y a su lado, arrodillado ante una katana envainada, Iori.

      Sus ojos se encontraron durante un momento. Iori parecía satisfecho, orgulloso como sus padres, y extrañamente tranquilo. No observaba a Kyo con odio ni crueldad. Solamente... como debía ser.

      Poco a poco, mirando en los calmados ojos de Iori, Kyo recordó lo que había sucedido. Los cinco años que había vivido con él eran sólo un sueño, una alucinación muy real causada por la pérdida de sangre. Había vivido cinco años en tan sólo unos segundos, en una realidad que no le había gustado, que su mente había rechazado. Sin embargo, ¡qué real le parecía! A ratos su mente se negaba a aceptar que ésta fuera la realidad y que aquella vida tranquila hubiese sido sólo un sueño. ¿Cómo un sueño podía estar tan lleno de detalles, y ser tan congruente? ¿Cómo en un sueño podía conocer a una persona de la que no sabía nada? Porque así era, sentía que conocía al Iori Yagami que estaba a su lado, a pesar de que nunca habían intercambiado palabras salvo para insultarse y provocarse. Casi podía decir que conocía la expresión que tenía ahora...

      Ahora. ¿Qué sucedería ahora? ¿Qué harían con él?

      El pelirrojo sentado junto a su padre estaba hablando. Kyo adivinó que debía ser el padre de Iori.

      —¿Has elegido ya, hijo? —preguntó con una voz grave muy parecida a la de Iori.

      La expresión de Iori no cambió. Kyo no comprendía a qué se refería ese hombre. Se volvió hacia sus padres, confuso. Saisyu lo observaba inexpresivo, o resignado. Shizu había cerrado los ojos y apartado el rostro.

      El padre de Iori notó la confusión de Kyo y, al parecer deleitándose grandemente, repitió palabras que Kyo supo que todos ya habían escuchado antes.

      —Has obtenido la victoria sobre el heredero de los Kusanagi, y se te confirió el derecho de elegir su futuro, o el futuro de su clan. Lo elegiste a él, elegiste que su clan te lo entregara y pasara a ser parte de tus posesiones.

      Kyo se volvió bruscamente hacia Iori:

      —¿Qué? —dijo ásperamente.

      La expresión de Iori no cambió. El Yagami continuó hablando:

      —Y se te ha concedido ese deseo.

      Kyo parpadeó, incrédulo. ¿Qué?

      —Pero la familia no puede permitir que un miembro del clan de sol deambule libremente por nuestros dominios —continuó el Yagami, y Kyo era consciente de que todo el suspenso y la lentitud de sus palabras eran para él, para hacerlo sufrir—. Por eso, debes elegir qué le quitarás para someterlo definitivamente a ti.

      Kyo no apartó su mirada de Iori.

      —¿Has decidido, hijo? ¿Qué le quitarás? ¿La vista? ¿Ambos brazos? ¿Ambas piernas?

      Con un escalofrío, Kyo se dio cuenta de hasta dónde llegaba la crueldad de los Yagami. No dejó de mirar al joven pelirrojo, pero imaginó claramente la expresión de Saisyu, y el gesto desolado de su madre.

      La mano de Iori se cerró alrededor de la empuñadura de la katana. Kyo bajó la mirada, sintiendo su corazón acelerado. En ese momento se sellaba su destino. Había perdido ante Iori, Iori podía hacer lo que quisiera con él. Y él no tenía más remedio que aceptarlo. No pediría piedad, no rogaría.

      Iori se había levantado con la katana en su mano. Kyo cerró los ojos, esperando oír el silbido del aire cuando la desenvainara, y luego el golpe. Sin embargo, lo que oyó fueron los pasos rápidos y firmes de Iori alejándose. Sorprendido, levantó la cabeza y lo vio arrodillarse ante su padre, dejando la katana a sus pies, para luego hablar, con una mezcla de respeto y desafío en la voz.

      —Decido no tomar nada de él —dijo, para sorpresa de todos, que comenzaron a cuchichear—. Si lo hiciera, dejaría de ser lo que deseo.

      Y sin decir más, se levantó y salió del lugar por un pasillo lateral. No le dirigió una mirada a Kyo ni a nadie. Los adultos reunidos no dejaban de murmurar, y el padre de Iori tuvo que hacer un gesto para que guardaran silencio.

      —Que así sea, entonces —dijo con algo de pesar, y dio por terminada la ceremonia.

      Kyo vio que sus padres se iban, pero no intentó llamarlos. Siempre había sido consciente de la importancia de las tradiciones y, aunque había intentado rebelarse a ellas, las implicancias de una derrota no podían ser ignoradas. Ellos lo habían perdido. Ya no era más su hijo.

      —Kyo-sama —dijo una voz a su lado, y el joven se volvió para ver a algunas sirvientas. Le sonreían amablemente—. Venga con nosotras, por favor.

      Lo ayudaron a ponerse de pie y lo hicieron salir por un pasillo diferente al que estaban usando los miembros de los clanes. Kyo guardó silencio mientras ellas lo guiaban por los imponentes corredores de la mansión Yagami. Lo dejaron frente a una puerta entreabierta, y permitieron que él recuperara el aliento antes de indicarle que debía entrar. Que Yagami-sama lo estaba esperando.

* * *

      Kyo entró sin que sus pies descalzos hicieran más ruido que el del rozar del traje que lo cubría. No sabía qué esperar ahí, por lo que no se sorprendió cuando vio que se trataba de una habitación vacía. La pared del frente era una serie de puertas corredizas y todas estaban abiertas, dejando ver un jardín con un lago artificial del otro lado.

      Yagami estaba sentado en una de las puertas, vestido aún con el traje negro de la ceremonia, fumando tranquilamente. Kyo se le acercó.

      No pudo dejar de sorprenderse ante lo familiar que se sentía esa acción. Se repitió que su vida con Yagami había sido un sueño y nada más, pero estaba tan fresco, y había sido tan real...

      Se detuvo al lado del pelirrojo, que no se volvió a mirarlo.

      —¿Por qué me perdonaste la vida? —preguntó Kyo simplemente.

      Iori exhaló algo de humo. Luego, con lentitud, se volvió hacia el Kusanagi. Sus ojos rojos observaron los ojos castaños.

      —¿Por qué me miras así? —fue todo lo que dijo Iori.

      Kyo parpadeó confundido. “¿Cómo?”, quiso burlarse, pero se contuvo.

      —Siempre te he mirado así —dijo.

      —Nunca me has mirado así —repuso Iori, llevándose el cigarrillo a los labios de nuevo—. Hasta hace tres noches.

      Kyo sonrió, cansado. Se encogió de hombros. ¿Habían pasado tres noches desde su derrota?

      —Soñé contigo —dijo, como quitándole importancia­—. Estabas muy tierno y dulce, te conocí durante cinco añ...

      No pudo terminar la frase, una mano de Iori se cerró en su cuello y lo lanzó al suelo. El dolor en la herida de su pecho volvió a nublarle la vista, y cuando finalmente pudo volver a ver con claridad, se dio cuenta de que Iori estaba sobre él, su rostro a escasos milímetros del suyo.

      —Que te haya perdonado la vida no quiere decir que no puedo matarte —amenazó Iori, haciendo más presión en su cuello—. Eres mío por derecho, puedo hacer contigo lo que me plazca.

      Kyo movió la cabeza a un lado, intentando apartarse de la garra que apenas lo dejaba respirar. Iori lo dejó ir pero no se levantó.

      —Pues te negaste a “someterme” físicamente —gruñó Kyo con voz ronca—. Tendrás que asumir las consecuencias.

      Iori pareció divertido ante el atrevimiento de Kyo. Rió burlón.

      —No era necesario llegar a eso, porque no habrá consecuencias —dijo, dejando en claro que él sabía algo que Kyo no. Y ante la mirada extrañada del joven de cabello castaño continuó—: La herida en tu pecho comprometió a tu corazón —dijo con cruel satisfacción—. Cualquier esfuerzo podría matarte. Es más, no creo que vivas más de dos años. Lo suficiente como para no aburrirme de ti.

      Kyo guardó silencio. A pesar de la burla de Iori, algo le decía que ésa era la verdad. Se llevó una mano al pecho vendado, incapaz de comprender en ese momento lo que verdaderamente implicaban las palabras del pelirrojo.

      Suficiente para no aburrirse, había dicho Iori.

      —Tú me odias, sólo querías verme muerto, ¿por qué has pedido mantenerme a tu lado? —preguntó Kyo en un murmullo frustrado, mirando los ojos calmados de Iori, que sonrió con desprecio antes de apartar algunos mechones castaños de la frente de Kyo.

      —Soñé contigo —fue todo lo que dijo.

* * *

~ Owari ~

5 de diciembre del 2004
Después de tanto tiempo, finalmente pude escribir un fic ^^. Y tengo la impresión que esta historia da para continuar... deshou? ^^ Pero no prometo nada porque no sé cuándo me dará otro de mis horribles bloqueos. Espero que se hayan divertido, al menos ^^u.

KOF pertenece a SNK
"Inside a dream" es propiedad de MiauNeko
Publicado en Iori x Kyo - The Birthday Series
Diciembre, 2004