Título: To Hear Your Voice (Escuchar tu Voz...)
Autor: MiauNeko - miauneko@hotmail.com
Categoría: Birthday-shortfic / Angst / Deathfic / Shounen-ai
Publicado: Shades of Flames and Passion / Cualquier otro lugar, pedir autorización primero, gracias ^^.
Resumen: En el día de su cumpleaños, Kyo decide ir a visitar a Iori, siguiendo una costumbre que dura varios años ya. Benimaru, Shingo y Yuki no están muy felices con eso.
Disclaimers: Iori Yagami, Kyo Kusanagi, Shingo Yabuki, Benimaru Nikaido, Yuki Kushinada y KOF, son propiedad de SNK/Playmore/NeoGeo/Eolith or whatever. No son míos. Yo sólo los hago sufrir un poco más de lo que sufren "oficialmente".
Warning: Unbeta-ed. Todos los errores corren por mi cuenta.


To Hear Your Voice

Hey, Yagami...

No pongas esa cara... ¿No te das cuenta que he viajado un largo camino para poder venir a verte? Tuve que escaparme de Shingo, Yuki y Benimaru, que querían arrastrarme a un tonto centro comercial a comprar *regalos*. ¿Me imaginas vagando por pasillos atestados (gente comprando por Navidad, tú sabes...) cargando bolsas y bolsas y más bolsas con ropas, accesorios y ese tipo de cosas inservibles, siguiendo a una niña, a un escolar alborotado, y a un rubio mujeriego?

Oh, no me mires así... Ya sé que es desagradable imaginarse eso. No lo hagas. Deja de hacerlo. Te he dicho que... Bien, perfecto. Sigue burlándote de mí. Oír tus palabras despectivas y oír tu risa perderse en el silencio del lugar es algo que realmente deseo. Si pudiera pedirlo como único regalo de cumpleaños, lo haría.

Cumpleaños... ¿Hay una palabra más vacía que ésa? Puede ser tres cosas: una carga, para todos aquellos que *deben* regalar algo, aun en contra de su voluntad, solamente por quedar bien. Una fiesta, para aquellos que todo lo que quieren es buscar una excusa y divertirse. O una costumbre, dar regalos por costumbre, dar abrazos por costumbre; porque así lo dice el calendario, para romper un poco la rutina en la que caen nuestras vidas.

La verdad, Yagami... Creo que fue tu culpa. Hasta antes de *ese día*, mis cumpleaños se disfrutaban. Ya lo creo que sí. El regalo que mis padres enviaban de parte de los otros miembros del clan era siempre... agradable (¿Qué te parecería verme llegar al próximo King of Fighters en un *Corvette*?). Pasar todo el día con Yuki, y luego toda la noche celebrando, era divertido.

En ningún momento un cumpleaños fue motivo de amargura, desesperación o dolor. ¡Nunca! Hasta que decidiste que tu presencia no podía faltar ni siquiera en ese momento de mi vida. Maldito bastardo, siempre interponiéndote en mi camino. Recuerdo con increíble claridad el rostro de Yuki cuando apareciste por primera vez, como salido de entre la multitud que se empujaba a lo largo del pasillo del centro comercial. Estoy seguro que durante un momento ella no te reconoció. Vi en sus ojos el brillo femenino que se enciende cuando las mujeres están ante una buena *presa*. Larga gabardina de un indefinido color oscuro, ropa ceñida, demasiada piel al descubierto.... Y ella habría seguido observándote, estupidizada, de no haber sido porque yo llamé tu nombre. Y tú el mío. Y creo que la aparté. Creo que esa tarde una playa de estacionamientos vacía fue nuestro campo de batalla.

Y así todos los años siguientes. Dondequiera que fuese, tú estabas allí. Si me quedaba en casa, aparecías allí, interrumpiendo el tráfico con tu automóvil estacionado justo en *medio* de la *calle*. Me obligabas a salir. A hacerme cargo de ti. Y parecía divertirte mucho el que yo volviera a casa con un golpe marcado en la mejilla, o con sangre y quemaduras en mi ropa. Ah, cuánto te gustaba saber que habías arruinado mi día, y el de mis seres queridos, hiriéndome lo suficiente como para mandarme directamente a la cama y olvidarme de las celebraciones; pero nunca como para matarme. No, nunca para matarme.

Sí, ¿ves? Fue por tu culpa que comencé a odiar estas fechas. Jugar al gato y al ratón cada año; *saber* que debía enfrentarte, *saber* que no podía escapar. Que ese día venías a entregarme tu regalo de fuego y sangre, tus miradas cargadas de... ¿de qué? ¿Era odio? No... Mientes. No puedes decir que *aquello* era odio. Lo disfrutabas demasiado. *Te gustaba.* ¿Pasión, dices? Sí... era lo más cercano a la pasión... Quizás lo era... Ahora ya no lo sé.

Es irónico que tú, la persona que arruinó el recuerdo de mi nacimiento, también fueras el que lo llenó de un significado nuevo, diferente, mucho más intenso.

¿Qué? No, no te confundas. No te estoy agradeciendo. Creo que mas bien te *odio* por eso. ¿Ya te dije que eres un maldito bastardo? Ah, ya lo hice. Bien, lo repito. Maldito, maldito bastardo.

~ * ~

—Yuki-chan...

—¿Benimaru-san...? —La joven pareció sorprendida de ver al joven rubio entrar a solas en el departamento. Iba a preguntar algo más cuando un muchacho salió de la cocina secándose las manos en una vieja toalla.

—¡Benimaru-san! —saludó, para luego mirar alrededor y darse cuenta que allí faltaba alguien—. ¿Y Kusanagi-san? —preguntó.

Benimaru suspiró, llevándose una mano a la cabeza, perdiéndola entre los largos mechones claros. En sus ojos hubo una chispa de molestia, que pronto cambió a preocupación matizada con un poco de dolor. "¿Por qué de nuevo, Kyo?", parecía decir.

Su expresión se reflejó en la de Yuki, cuyos ojos color miel se oscurecieron levemente, su rostro animado pareció de pronto cansado. Todos los adornos que habían dispuesto en el amplio departamento dieron la impresión de estar fuera de lugar. Incluso los colores intensos de las envolturas no eran más que simples trozos de papel desteñido.

—Oh, Kyo... —murmuró ella, cerrando los ojos. Benimaru vio el gesto, y se apresuró a decir con su voz alta y confiada:

—No se preocupen, yo me encargo de ir por él. Sé *muy* bien donde está. —Breve pausa—. Ustedes tengan todo listo para cuando regresemos. —Hubo una corta risa forzada, y finalmente Benimaru salió.

Shingo observó a Yuki, cuya expresión seguía siendo triste y preocupada, pero no dijo nada. Vagamente se preguntó si ellos, en vez de hacer feliz a Kyo, no hacían más que reabrir viejas heridas. Año tras año, sin piedad, con una crueldad que sólo podía ser producida por su *amor* hacia él.

~ * ~

Dijiste: "Ésta será la última vez, Kyo."

Y no te creí. Pensé que era una mentira para verme expresar alivio y luego destrozar mis esperanzas. Sí, en verdad pensé eso. Y no, no te estoy llamando mentiroso. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo, Yagami? Fue la impresión que me diste. No pensé que fueras a cumplir tus palabras. Tan al pie de la letra.

Me di cuenta que hablabas en serio cuando tus ataques comenzaron a hacer brotar más sangre de lo acostumbrado. Cuando vi en tus ojos ese fuego frío que sólo expresaba una palabra: "matarte".

Matarme. Pero debiste saber que no sería tan fácil. O quizás nunca me subestimaste (¿lo hiciste?). No podía saber qué pretendías.

Esquivar, golpear, respirar, saltar.

Esquivar, fallar, gritar, caer.

Y de pronto estabas sobre mí, tus manos en mis hombros, atrapándome contra el suelo. La sangre que corría por un lado de tu rostro goteó sobre mi mejilla, permitiste que el rastro rojo entrara en tus ojos y luego continuara su camino, como lágrimas sanguinolentas que coincidían con tu expresión triste. Triste...

Sentí el sabor salado de esa sangre escurrirse entre mis labios. "La poderosa sangre Yagami", no pude evitar pensar. Había... algo excitante en esa situación, algo que *no estaba bien*. Deseé incorporarme solamente para limpiar esa sangre con mis labios. Pero... ¡no estaba bien! No debí pensar eso. Y tú... Tú no debiste decirlo...

No debiste inclinarte hacia mí, hacia mi oído, para susurrar con una voz que pareció un respiro. Por primera vez en años me deseaste un feliz día. Con la ironía de siempre y, al mismo tiempo, con una sinceridad que jamás, jamás pensé oír en tu voz. Todo desapareció cuando lo dijiste, no hubo dolor, ni sangre, ni cansancio. Sólo estabas tú, atrapándome, susurrando una larga frase, sin titubear, tus uñas clavándose en mi piel, ordenándome escucharte sin interrumpir, sin ni siquiera poder murmurar: "no puede ser, es mentira".

(Breve risa)

No te preocupes, no voy a repetir lo que dijiste. Sería humillante, ¿verdad? ¿Quién podría pensar que Iori *Yagami* podía llegar a ser tan *ardoroso* en sus palabras? Lo que dijiste... Esa cadencia de sonidos casi monótonos que brotaban de tus labios... Fue como si quisieras decirlo todo antes de arrepentirte y callar. Me mantenías en silencio, inmóvil bajo tu peso. Y hablabas. Y me hacías sentir. Me hacías *saber*.

¿En qué momento uno se convierte en algo tan importante para otra persona? Sin darme cuenta, pensando que todo sucedía por costumbre, o porque el destino se había ensañado conmigo. Ah, pero la vida siempre depara sorpresas, ¿verdad? Jamás hubiera pensado -imaginado siquiera- que el mejor regalo me lo darías tú.

Todo cambió desde ese momento... Pensé que todo *cambiaría* entre nosotros...

Pero no... Porque eras tú, Yagami. Porque incluso cuando dices algo tan hermoso, hieres.

No puedes negarlo...

Porque ése eres tú...

~ * ~

Benimaru descendió de su automóvil varias horas después. El sol estaba alto en el cielo, iluminando a través de nubes blancas que lentamente se apartaban para dejar pasar a las nubes de tormenta. Hacía frío, era el clima invernal de Diciembre.

Se abrazó a sí mismo, temblando ligeramente. Levantó la mirada de sus ojos celestes hacia el alto arco que hacía de entrada, y luego desvió su mirada a los jardines siempre verdes que se extendían hacia el horizonte. Forzando la vista creyó ver una figura a lo lejos, dándole la espalda. Suspiró.

—Kyo...

~ * ~

Ahora no puedo evitar pensar en ti, Yagami, cada vez que llega este día. Te recuerdo, y soy consciente de que no puedo obtener lo que deseo. No importa la cantidad de regalos, o la exuberancia de la fiesta. No importa los abrazos que Yuki me dé, no importa Benimaru, no importa Shingo. De pronto me encuentro extrañando tu presencia y tus desafíos.

Y vengo a verte, porque es lo único que puedo hacer. Aunque no te guste, aunque pienses que es una tontería. ¿No quieres que esté aquí? Entonces échame. Envía tus llamas púrpura contra mí, y quizás me vaya. O quizás no. De todos modos sé que no te atreverías a hacerlo.

¿Cuántos años llevamos haciendo esto? Solamente estar sentados aquí, bajo el cielo invernal, rodeados de una hierba que soporta la inclemencia del tiempo. Me inclino hacia ti de vez en cuando, disfrutando de la tranquilidad, esperando que el tiempo pase lentamente, antes de que alguno de ellos venga a buscarme y me arrastre de vuelta a mi vida. Lanzándote una mirada de reproche por hacerme venir hasta tan lejos solamente para hablar.

Ellos no lo entienden. ¿Cómo podrían hacerlo, si ni siquiera yo mismo me explico por qué continúo aquí, a tu lado? Nunca hubo nada entre nosotros, pero unas cuantas palabras pudieron cambiar las cosas. Eso está fuera de mi comprensión. Y por mucho que venga a buscar respuestas a tu lado, tú te niegas a dármelas. Típico de ti, Yagami. Típico.

~ * ~

Benimaru se detuvo justo detrás de Kyo, observando su espalda. Se sintió molesto, molesto porque Kyo seguía ese ritual cada año, y siempre era él quien debía hacer el largo recorrido y venir a buscarlo. Era una molestia que nacía de su preocupación. ¿Por qué Kyo hacía *eso*? Durante el año los días pasaban, sucediéndose monótonamente uno tras otro, y Kyo nunca mencionaba a Yagami. Parecía olvidarlo por completo. Pero el día de su cumpleaños, siempre, desaparecía y se iba a buscarlo. ¿Qué había pasado entre ellos para que Kyo adoptara esa actitud?

Se inclinó hacia él al ver que Kyo no había notado su presencia. Extendió su mano helada para posarla suavemente en el hombro del joven Kusanagi.

~ * ~

Sí, lo sé, Benimaru está aquí.

Me hace preguntarme por qué se toma la molestia de venir a buscarme. Me incomoda su presencia. ¿No puede entender que si no me vuelvo para saludarlo es porque no lo quiero aquí? ¿Tan denso es?

Pero, como todos los años, sé que debo ir a donde él me lleve. De vuelta a casa, de vuelta a Yuki, que espera con un departamento lleno de regalos de amigos y conocidos.

Fue bueno pasar algunas horas contigo, Yagami. Benimaru te libera del sufrimiento de tener que soportarme. Deberías agradecérselo.

Supongo que nos veremos dentro de un tiempo.

Dentro de un año.

Ja mata...

~ * ~

Kyo se tensó ante el contacto en su hombro, pero no se volvió. Esperó unos segundos, antes de lentamente girar su cabeza y lanzarle una mirada de reojo al joven rubio. Se encontró con su rostro enrojecido por el frío, los mechones claros cayendo desordenados sobre sus mejillas. A través de la tela de su ropa sintió lo helada que estaba su mano.

Benimaru frunció el ceño. Ah, estaba molesto.

—Ponte de pie, Kyo —ordenó Benimaru. La mano que descansaba en el hombro del joven Kusanagi se deslizó hacia su brazo, y un breve tirón lo obligó a obedecer. Quedaron frente a frente, observándose a los ojos. Kyo solamente veía el rostro molesto de su amigo, pálido pero con las mejillas encendidas debido al frío. Los ojos celestes expresaban una mezcla de incomprensión, molestia y preocupación. Sintió que no quería verlo. Que no quería sentir su mano tomándolo del brazo, como si él fuera a escapar a la más mínima oportunidad que se le presentara.

Benimaru, en cambio, solamente veía a Kyo temblando debido a todas las horas pasadas sentado sobre hierba húmeda, con la temperatura bordeando los grados bajo cero. No vestía más que la ropa que había llevado por la mañana, un delgado sweater y una vieja chaqueta encima. Ni siquiera se había preocupado de ponerse un abrigo, nada. Los ojos castaños de Kyo tenían una expresión distraída, vidriosa y lejana, como si no comprendiera por qué él estaba allí. Quiso sacudirlo, pero Kyo se liberó de su mano. Se veía fastidiado por la interrupción.

Sin embargo, esta vez Benimaru habló primero. No permitió que Kyo le preguntara qué hacía allí, ni que le recriminara el no permitirle pasar su cumpleaños como mejor le parecía. No, no dejó que Kyo dijera nada de eso porque Kyo no estaba bien. Era una *locura*.

—Curiosa costumbre es ésta, pasar tu cumpleaños hablándole a una lápida en un cementerio —comentó Benimaru, dándole a su voz una ligereza que molestaría a Kyo hasta hacerlo reaccionar. O eso esperaba él—. ¿Yagami te ha contado algo interesante sobre la vida bajo tierra? ¿Te entregó tu regalo de cumplea-?

La voz de Benimaru se interrumpió cuando Kyo le lanzó un golpe, que falló por apenas unos milímetros. El rubio perdió pie, pero se estabilizó rápidamente. Observó a Kyo sorprendido por la expresión de odio que había en su rostro. Inconscientemente se llevó una mano a la mejilla, donde el golpe hubiera impactado de no haber sido por sus rápidos reflejos.

—Un día —murmuró Kyo, con voz ronca, como si hablara más para sí mismo que para Benimaru-. ¿Por qué no dejarme a solas por sólo un día? No es tan difícil...

—Si nos aseguraras que sería el único y último día... —comenzó Benimaru, pero calló cuando Kyo clavó su mirada en él. Ya no estaba extraviada ni parecía perdida, que era el aspecto que tomaba cuando "hablaba" con Yagami. Kyo estaba consciente de lo que decía, y de lo que Benimaru respondía. Y estaba molesto. Muy molesto.

—¿Por qué habría de asegurarles nada? —murmuró Kyo—. Nunca intervinieron cuando Yagami podía hacerme daño. Y ahora que no puede hacerme *nada*, se entrometen donde no les llaman.

Benimaru apartó la mirada un segundo, observando la lápida de piedra negra que tenía ante él. Una alta columna de mármol que tenía grabado el nombre de Iori. Tantos años, ya. Y Kyo continuaba viniendo. Como si hubieran sido algo más que enemigos. No comprendía.

—Te das cuenta que es una locura, ¿verdad, Kyo? —preguntó Benimaru, y su voz sonó rendida, como una súplica para hacer entrar a Kyo en razón—. Yagami no está aquí.

—Yagami está muerto —dijo Kyo con voz suave y complaciente, como si de pronto estuviera dispuesto a aceptar todo lo que Benimaru dijera.

—¿Entonces por qué...?

Kyo ladeó su cabeza, los mechones castaños apartándose y dejando a la vista sus ojos, su leve sonrisa.

—¿Por qué qué, Benimaru? —preguntó.

Benimaru volvió a mirar la lápida, luego a Kyo, luego a la lápida de nuevo. No parecía tener palabras para expresarse. Kyo dio un paso hacia él. Su molestia parecía haberse esfumado -o escondido- bajo esa sonrisa helada.

—Ustedes siempre están buscando significados donde no los hay —dijo Kyo—. ¿Tiene algo de malo visitar el cementerio una vez al año? ¿Por qué es tan preocupante que tienes que venir hasta aquí a buscarme? No es tan extraño como buscar a alguien vivo para matarlo, ¿no crees? Yagami era quien estaba loco. No yo.

El rubio escuchó las palabras de Kyo, palabras que ni él ni Yuki ni Shingo se atrevían a pronunciar. ¿Kyo perdiendo la razón? Era lo que temían. Temían que se volviera como Yagami, obsesionado con un imposible, olvidando su vida sólo para centrarse en su deseo de destruir, herir, matar...

Para su sorpresa, Kyo no dijo más y encabezó la marcha para salir del cementerio. El joven Kusanagi ni siquiera se molestó en mirar hacia atrás, al pequeño espacio donde había pasado casi todo el día hablándole a la nada. Benimaru observó la lápida por última vez, y luego dio una ligera carrera para alcanzarlo. Se sacó su abrigo y lo puso sobre los hombros de Kyo, aliviado de que el joven no lo rechazara.

~ * ~

—Rubio entrometido.

Sí, estoy de acuerdo contigo en eso. Pero, siguiendo el ritual de todos los años, esto es lo que debía suceder. De todos modos el sol ya se pone y tú también debes irte, ¿verdad, Yagami?

Breve silencio.

Esa mirada que usas para responder sin decir nada me hace sentir que *realmente* estoy hablando solo, ¿sabes?

—*Estás* hablando solo.

No, claro que no. Porque tú estás aquí.

Kyo se volvió ligeramente hacia la derecha, como si observara las filas de lápidas que se extendían hacia el horizonte, comenzando a perderse en una densa neblina que había bajado sobre el cementerio. Benimaru lo observó un momento, preocupado, pero Kyo se veía totalmente en paz. Ya no molesto, ni lleno de odio, ni perdido en sus propias ilusiones. Sus ojos castaños observaban el paisaje pensativos.

Kyo nunca se había preguntado por qué visitaba a Yagami (¿o era Yagami quien lo visitaba a él?) una vez al año, siempre en la misma fecha, como una visita que ya se había vuelto rutina. Pero le agradaba. Solamente encontrarse y hablar. Como nunca lo habían hecho cuando ambos estaban con vida.

Nos veremos luego, Yagami.

—Gracias por este día —murmuró Kyo para sí.

Benimaru se volvió hacia él.

—¿Dijiste algo? —preguntó.

Kyo negó con la cabeza. Subieron al automóvil del joven rubio, y mientras éste encendía el motor, Kyo levantó una mano en señal de despedida.

Desde el arco de la puerta del cementerio, una alta figura de cabello intensamente rojo le devolvió el gesto, antes de dar media vuelta y desaparecer entre los jirones de fría neblina.

~ * ~

MiauNeko
10 de Diciembre, 2002