© 2002 Julio Durán

Edición artesanal producida por el propio autor. Cualquier parte de este libro puede ser reproducida, fotocopiada y pirateada, con la condición de mencionar su procedencia.

Impreso en Lima.


Al Verano del 91,
porque desde entonces
nada volvió a ser igual.


 

EL LLAMADO

 

 

Yo también he querido ser. Veo claro en el aparente desorden de mi vida: en el fondo de todas esas tentativas que parecían inconexas, encuentro el mismo deseo: arrojar fuera de mí la existencia, vaciar los instantes de su grasa, torcerlos, purificarme...

Érase una vez un hombre que se había equivocado de mundo... Quería persuadirse de que vivía  en otra parte, detrás de la tela de los cuadros, detrás de las páginas de los libros, detrás de los discos del fonógrafo...

 

JEAN PAUL SARTRE, La Náusea

 

 

 

I

Aquella noche había reunión en el Hueco. Yo había escuchado, desde que llegué a la Mancha Subte, hablar sobre las primeras reuniones en el Hueco, las realizadas entre el 87 y el 88, cuando la Mancha descubrió que podía hacer de esa casita construida a medias aquel paraíso. Así que desde mi llegada, sentí que aquellas historias de noches trascendentes, de rebeldía y aventura, cobraban vida. Había gente que frecuentaba los conciertos, gente "antigua" y gente "nueva" y personas de otros ámbitos, gente de universidades y grupos folclóricos; por un lado los punks y por otro, los intelectuales. El pasillo que conducía al Hueco estaba repleto de gente. En su interior, se había dispuesto bancas largas, construidas con vigas y ladrillos, alrededor de la salita, donde otras veces se hacía conciertos. Los muros seguían adornados con las banderolas pintarrajeadas de spray que hizo el colectivo del Chusko; los vidrios rotos dejaban entrar el frío de aquel invierno y dejaban ver el cielo nublado. El conversatorio aún no comenzaba y ya la ansiedad me inquietaba.

Pero, ¿qué era la Mancha Subte o el Movimiento Subterráneo? ¿Era un grupo político secreto? ¿Un grupo cultural? ¿Una secta? ¿Una pandilla? ¿Cómo se era Subte? ¿Drogándose? ¿Emborrachándose? ¿Leyendo muchos libros? ¿Conociendo la realidad social? ¿Dibujándose una A encerrada en un círculo sobre un pantalón viejo? ¿Había que ir a conciertos punk? ¿Escribir canciones con lisuras y contra el gobierno? ¿Odiar a los tombos? ¿Usar botas militares? ¿Escuchar a los Sex Pistols, Ramones, Expoited, The Clash? ¿Ser como Sid Vicious? ¿Decirse ecologista, antisexista, antitaurino, antiautoritario? ¿Denunciar a las potencias por la miseria del Tercer Mundo? ¿Apoyar la Lucha de Clases? ¿Era sólo una búsqueda de afecto? ¿Un medio de realización? ¿Una manifestación contra el consumismo y la manipulación a la juventud? ¿Sólo música? ¿Sólo ideas políticas? ¿Una manera de escapar de responsabilidades? ¿Decirse anarquista y leer a Bakunin? ¿Odiar a Marx? ¿Odiar a Sendero Luminoso? ¿Al MRTA? ¿Ser terruco? ¿Odiar las modas? ¿Luchar por la libertad, por el pueblo, contra el Estado? ¿Odiar las ideologías?… ¿Qué mierda era ser Subte…? En ese entonces, ser subte lo era todo para mí, pero no podía definirlo completamente.

—¿Y quienes son esos amigos tuyos? —preguntaba mi vieja—. Está bien que escuches su música, que vayas a sus conciertos, que conozcas a otra gente; pero a mí me gustaría saber por qué ya no paras con los chicos del barrio.

Porque a los chicos del barrio lo que yo hacía les parecía cosa de locos. Al no estar interesados en nada de lo que se hablaba en la Mancha, sólo se burlaban y se conformaban con los hechos cotidianos de sus vidas. A mi me aburrían, con ellos ya no sucedían cosas especiales; sólo en la Mancha las cosas tomaban sentido, todo era especial. Deseaba tanto escapar del mundo ordinario de la gente que, según lo que yo creía en ese entonces, era común y vacía.

—A tu papá no le gusta que andes con chicos que no son de tu edad —decía mi vieja—. Ni que discutas de política en tu colegio, ¿no te das cuenta que lo haces quedar mal? Él ha hecho un esfuerzo por lograr que ingreses a ese colegio.

Luego hablaba de mi ropa, tan sucia, tan descuidada, de mis cabellos en punta y la casaca de jean que nunca me quitaba, la misma de la cual los chicos del barrio hacían escarnio. Ya no los aguantaba, prefería caminar por el Centro, recorrer la Avenida Wilson hasta la avenida La Colmena y entrar en ese otro mundo de las carretillas de cassettes, de discos y posters, de gente que pululaba más allá de las fronteras imaginarias con las que yo delimitaba la ciudad, las cuales empezaban a desmoronarse. Allí, poco a poco, fui intimando con los que vendían, comprando cintas o pidiendo que me las hicieran escuchar.

—Esos grupos son de terroristas, ¿no? —decían los chicos de mi barrio, a veces entre risas, a veces en discusiones fuertes—. ¿Acaso no hablan todo el tiempo sobre rebelarse contra el "sistema"? A ver, dinos, ¿qué es el sistema?

Cuando yo trataba de explicarles qué era el sistema, ellos se aburrían, se burlaban de cada frase o me decían que mi única intención era dármela de más inteligente, de más culto. En medio de la Mancha, sí se podía hablar de esas cosas, leer sobre ello en los fanzines que publicaban artesanalmente, con dos o tres hojas fotocopiadas.

—La palabra fanzine significa fan-magazine, o sea revista hecha por un aficionado —decía el Chusko—. Algo que cualquiera puede hacer sin ser profesional.

El puesto cassettes que más frecuentaba era el del Chusko, a él le compraba más cintas, después de haberlo conocido en mis primeras noches de juerga con los Subtes, allá en la puerta de la No Helden. Era ahí, entre sus cintas y el paso de los transeúntes, que mi mente empezaba a maquinar. Recuerdo esas tardes del verano del 91 en las que, vestido con mi vergonzoso uniforme escolar, regresaba a mi casa, dejando atrás las primeras fantasías de mi infancia tardía. Mundos inmensos brotaban de esos pasos, al ritmo de mis divagaciones, todas delineadas según los acordes y latidos de Eutanasia, Leuzemia, Narcosis, bandas míticas que ya habían fenecido para cuando yo llegué a la Mancha. Pero en ese momento otras bandas aparecían. PTK, Psicosis, Autonomía, eran bandas que por ese entonces compartían escenario con la banda del Chusko, Incendiaria.

 

Dime por qué estás aquí

¿Acaso sientes lo que pasa a tu  alrededor?

¿Buscas libertad? ¿Buscas diversión?

¿Buscas un refugio en medio de la confusión?

Un ideal, una pasión,

El corazón fundiéndose con la razón.

Una realidad que te obliga actuar,

A matar tu silencio y empuñar tu libertad,

A vencer tus temores y enfrentar la oscuridad,

Y darle a tu vida un sentido de verdad

 

Era la letra de esa canción la que mejor resumía el sentimiento que me embargaba en esos días. Alguna vez el Chusko me dijo que él había sentido que Rata Sucia de Leuzemia resumía sus inquietudes. Para mí, esa canción de Incendiaria, tan sencilla, llevaba dentro todo aquello que hubiese querido explicarle a los chicos de mi barrio, a los del colegio, a mi vieja, y talvez a mi padre. Pero, ¿ellos sentirían lo mismo que yo? ¿Lo valorarían? Imposible. Debía dejar que ese mundo inspirado por el destello de mi nueva vida se refugiase hasta llegada la oportunidad. Y era otra canción de Incendiaria la que me decía que yo no estaba solo.

 

Eres testigo de todo crimen, de toda ruina

Sientes la muerte en cada llanto y en cada herida

Buscas refugio, algo querido, algo perdido

Sientes la ausencia de todo abrazo y todo abrigo

Tiempo de buscar, tiempo de reconocerte,

Para comprender por qué eres diferente

Tú sabes que habrá una inmensa victoria

El silencio de la gloria

Sólo para construir tu identidad

 

Era una canción que yo escuchaba a todo volumen en mi habitación, en la pequeña radio que mi tío me había regalado, pero apenas mi padre llegaba a la casa, la apagaba o bajaba el volumen. Él no se enteró, sino después de dos o tres años, que yo ya no frecuentaba el barrio, que yo estaba cambiando. Todo fue por la primera amonestación del colegio, la advertencia recibida de parte de su amiga directora.

—Talvez éste no es un colegio para él —le decían los directivos—. Existen colegios donde él podría desarrollar esas inquietudes que tiene, colegios experimentales, como les llaman. Por ejemplo, vea este artículo que su hijo preparó para el periódico mural…

Cuando mi padre me reprendía era como que lo hiciera un extraño, alguien que no vivía en mis ilusiones y, por tanto, lejos del mundo real.

—Yo sé que tu padre es un poco duro —decía la vieja—, pero debes estar agradecido por lo que te da. Todos estos diez años que no vivió con nosotros, tú lo sabes, el nunca nos faltó económicamente. Eres un malagradecido…

Esas amonestaciones y reprimendas sólo me llevaban a refugiarme más en mi mundillo incipiente, en los fanzines.

"La autogestión -decía el fanzine Para Resistir, editado por el colectivo del Chusko- es un proyecto social que tiene como método y objetivo que la empresa, la economía y la sociedad entera estén dirigidas por los trabajadores de todos los sectores vinculados a la producción y distribución de riqueza (…) Es un proyecto, es decir, no es un modelo acabado. Su estructura, organización y aun su existencia es y será fruto del deseo, el pensamiento y la acción de los miembros del grupo involucrado sin preconceptos ni imposiciones (…) Extenderla a la sociedad implica desaparecer los centros de poder que ahora se reservan la gestión política y social - es decir Estado, partidos, burocracias, ejercitos, etc.”

¿Y cómo construir todo eso? ¿Dónde poder, al menos, conocer algo más sobre eso que tanto me encandilaba? Yo veía que en los fanzines figuraban direcciones y apartados postales de Colectivos, grupos de gente que se reunía para sacar adelante esas ideas…y yo sabía que estar en uno de ellos le daría a mi vida lo que la cotidianidad no podía darle. Por eso cuando el Chusko me dijo que se estaba preparando un conversatorio en el Hueco, sentí que ese mundo no estaba tan lejos, que era una realidad que me abría las puertas de otra imaginación. Entonces su figura se irguió como una huella profunda en los acontecimientos.

Ver a Incendiaria en concierto, al Chusko con el bajo y al micrófono, entonando himnos en los que se hablaba sobre hechos de nuestra vida cotidiana, haciéndonos sentir que aquello era más que música, más que un concierto. Entre el pogo, las luces, el chirrido de la guitarra y los gritos de la gente entonando los coros, la voz del Chusko le cantaba al corazón de la gente, la cual llegaba desde los Conos de la ciudad al Hueco, para que Incendiaria les transmitiera vida. Hablo así acerca del Chusko ya que, a medida que transcurra mi relato, se descubrirá que él es el verdadero protagonista de está historia, pues él encarnaba la expresión máxima del activismo y la coherencia, la consistencia de ideas y el compromiso, a través no sólo de sus canciones, fanzines, el colectivo, sino por medio de su voluntad de nunca quedarse pasivo, de jamás rendirse, aunque se viera rodeado de gente que no colaboraba en nada con los proyectos, que sólo llegaba para quejarse, escapando de responsabilidades mayores o viendo todo como una excusa para evadirse, emborracharse y drogarse. Era ese espíritu siempre dispuesto, lo que me conmovía de él. Si hablo de mí es porque fue a través de mis ojos y del filtro de mi imaginario que descubrí su esencia.

Todas las noches que lo encontré en el Hueco dirigiendo las reuniones de los colectivos, entre los cajones viejos y los muebles raídos y sucios donde se sentaban jóvenes venidos desde todos los rincones de Lima, sólo para tratar de sacar adelante sus proyectos, nunca lo vi desanimado y jamás perdió el control en las discusiones sobre acción directa, autonomía y autogestión, como sí solían hacerlo los que se decían radicales y comprometidos con los ideales anarquistas, aquellos niñitos rebeldes que querían inmolarse tontamente por algo que aún no comprendían del todo. Él hablaba desde una posición quizás no tan comprometida con ideas fijas, pero si con la realidad de la que ellos vivían aislados.

Yo frecuentaba el Hueco desde los 13 años. Poco a poco fui conociendo a  gente que decía tener las mismas inquietudes que yo, que trataba de dar curso a sus ideas a través del colectivo, para lo cual exponían muy bien sus ideas, pero que eran incapaces de renunciar a su hermetismo, atribuyéndoselo como una virtud. Durante esos años yo también pensaba que uno debía ser así, duro y sufrido, arraigado a una forma de pensar que no aceptaba cuestionamientos. Uno debía encarnar toda la incomprensión del mundo para sentirse digno de ser llamado rebelde. Ese orgullo era temor de verse renovado. Lo más aterrador siempre fue verse el rostro perdido en la ciénaga del tiempo, perder las muletas que sostienen nuestras miserias, quedarse sin argumentos para pedir cariño. Pero el Chusko nunca tuvo ese temor, siempre fue él mismo. Era el único de nosotros que no tenía un pasado al cual arrimarse, una familia a la cual responder, para el la idea no necesitaba de poses, todo en su vida fluía espontáneamente.

Las noches de reunión en el Hueco eran, pues, un hervidero de pasiones encontradas donde el Chusko, con su palabra pausada, su mirada profunda, su tono irónico cuando la ocasión lo exigía, marcaba una alternativa que era desoída por los que hablaban cerrando su entendimiento.

¿De qué hablábamos? Bueno, jamás hubo un tema, ya que los tópicos iban y venían según el animo de la gente. Así, pues, un día podíamos organizar una fiesta para conseguir fondos para un concierto; otras veces nos devanábamos los sesos pensando donde volantear panfletos contra las corridas de toros, el servicio militar o el arte de escaparate; otras veces podíamos pasar horas tratando de definir al subte comprometido con sus ideales, dueño de una coherencia impecable. Pero en esas oportunidades era cuando menos podíamos ponernos de acuerdo.

El Hueco había sido tasado por los tombos hacía buen tiempo. Ya habían entrado varias veces con el pretexto de buscar drogas y artículos robados. Siempre se llevaban las pocas cosas que el colectivo podía reunir con un esfuerzo titánico: guitarras de baja calidad, acústicas y eléctricas, amplificadores de 40 watts, parlantes viejos, tarolas y bombos de una banda escolar -tan antiguas que una vez descubrimos que una batea con una frazada metida dentro sonaba mucho mejor-, todo lo que podíamos reunir para que los grupos pudiesen ensayar, aunque en una situación paupérrima. Al entrar en la sala luego de una incursión policial, se podía ver la desnudez total, el cemento frío de esa casa construida a medias que nos dejó un amigo antes de irse a Europa. Uno de los encargados de cuidar de la casa mientras él volvía era el Chusko.

—Volveremos a reunir instrumentos, Chibolo. No te preocupes —decía tranquilo, mientras yo me devanaba los sesos de la rabia.

Pero aquel no era el único talento del Chusko. Yo apreciaba sobre todo su capacidad para vivir del aire, a salto de mata, sin la certeza o tranquilidad de un ingreso económico fijo. Su manera de salir adelante sólo con pequeños proyectos llevados a cabo dentro de la Mancha, era admirable, pues en ella se traducía su coherencia y convicción de ideas. Todo en su vida, desde los fanzines que vendía uno por uno hasta las cintas que vendía en la carreta en sociedad con el Chato o Kino, eran un esfuerzo autogestionario. Además su fuerza física para soportar tantas noches en vela, macerando sus entrañas con ron barato y pisco-de-a-luca, me resultaba increíble. Me sorprendía su modo de hablar sobre cualquier tema, tan seguro y atento a la vez, exhalando bocanadas de aliento alcoholizado, ya sea en el Hueco o en cualquier bar del centro de Lima, en Quilca o en la Plaza Francia. Hablaba de política, culturas antiguas, economía, sociología, filosofía, religión, psicología, de la historia peruana y mundial, siempre escuchando a la persona con la que hablaba, dispuesto a seguir aprendiendo. Verlo pelear con sujetos que lo sobrepasaban en altura y peso era algo común. Su estatura mediana, su piel cobriza, su corte de cabello militar, su caminar siempre erguido con la mirada al frente, eran rasgos que me permitían distinguirlo a distancia. Siempre llegaba sonriendo, dispuesto a conseguir unas monedas para seguir bebiendo o un lugar donde pasar la noche.

Me envolvía cierta fascinación al escucharle contar lo que le pasaba en la calle:

—Los tombos me agarraron al salir del Hueco, por acompañarlo a César que estaba recontra borracho. Se suponía que yo sólo lo iba acompañar hasta la avenida Cuba. Pero ahí al huevón se le ocurre hacerle la bronca a una mancha que estaba sentada chupando en la esquina. Los huevones estos eran bien faites y nos corretearon dos cuadras con botellas y piedras. César quería regresar donde ellos, cuando escucho que alguien nos pide documentos. ¡La cagada! Recién me di cuenta que estábamos en la esquina de canal 4 y que había una tanqueta militar. Le digo al tombo que disculpe el escándalo que mi pata está borracho porque su hembra lo ha dejado, pero el huevón llama a otro, a uno que no tiene uniforme pero sí un intercomunicador. Nos dice que nos acerquemos más. César no se daba por enterado de lo que pasaba. Me puse nervioso cuando vino un cachaquito cargando un fusil más grande que él mismo y nos encañonó poniéndonos contra la pared. Me acordé que no tenía documentos y también de mis antecedentes, porque estos huevones ahora paran con computadoras portátiles y ahí buscan tu nombre. Yo ya  estaba contra la pared, con las piernas abiertas, gritándole al César que era un conchasumare, que por su culpa me iban a cagar. A César lo jodieron porque sus documentos estaban viejos, mal cuidados. ¿Tú sabías que César nació en Estados Unidos? Yo me enteré esa noche, porque los tombos cuando vieron sus documentos, lo empezaron a joder diciéndole que diga algo en inglés, pero como el huevón nunca vivió allá, no sabe ni mierda.

“Los tombos ya nos habían bolsiqueado y golpeado en la espalda con la culata del fusil. Nos decían que éramos terrucos que querían poner una bomba como la que hubo en canal 2. Nos tuvieron una hora boca abajo, besando el suelo. Llamaron a sus superiores y nos metieron más palo que la gramputa. A César le devolvieron sus documentos y a mí me pidieron los míos. Les dije que los había dejado en el tono, en mi casaca. El cachaco me dijo: "Tú te quedas. Nos vas a decir de donde has sacado esas botas y esa camisa". Me quedé huevón. Me vine a dar cuenta de que eran prendas militares; la camisa me la había regalado Kino y las tabas las había comprado en la Cachina. El César se puso belicoso otra vez y lo botaron al piso de un culatazo, luego lo llenaron de patadas. Lo hicieron pararse y el huevón parecía de trapo; se tambaleaba, se resbalaba, pedía que lo ayudaran. Lo pusieron en la pista y le dijeron que se largara. Yo le grité: "César, tú eres el último que me ha visto, acuérdate". Eso molestó al cachaco. Me metió una patada y me hizo avanzar hacia un cuartelillo de madera que tenían improvisado en medio de la calle bloqueada. Yo caminaba sudando frío, temblaba y tragaba saliva. El cachaco estaba asado y yo pensaba que de esa no pasaba …”

La noche en que el Chusko contó esa historia fue luego de una reunión en la que se trataba de conseguir cámaras de video para filmar un documental acerca de los grupos y sus propuestas en torno al ámbito artístico limeño. Un video en el que se incluyese a pintores, músicos, poetas, narradores, grupos de danza y teatro, todos con una visión distinta a la oficial, sin ataduras institucionales de por medio y una actitud crítica y renovadora de la sociedad. La discusión se vino abajo cuando alguien dijo que no podíamos aceptar a cualquier grupo oportunista que quisiera dar imagen de radical a costa nuestra, mucho menos a pitucos que luego estarían rajando de nosotros una vez terminado el trabajo. Decían que el video no debía incluirlos. Ellos tenían plata y podían hacer su propio video. Lo que estos radicales argumentaban era cierto. Los pitucos solían acercarse, ver con cierta desconfianza el trabajo, actuar a la defensiva y terminar diciendo que con nosotros no se podía trabajar y que éramos unos resentidos sociales. Pero los pitucos también tenían razón al sentirse agredidos de una manera que ellos consideraban gratuita. Ambas partes tenían razón y esa era la causa de una tragedia que nunca terminaría.

Yo me sorprendí al ver que uno de los que defendía a los pitucos, poniéndose en una postura práctica, era el Chusko. ¿Cómo aquel desposeido marginal podía argumentar algo, tan coherentemente, a favor de los que tenían todo?

—Se trata de que demostremos que esas barreras no existen para nosotros —decía—. Una persona que se dice libre de las convenciones del sistema, puede ser consciente de ellas, debe serlo. Pero debe vivir como si eso no le afectasen. El que sueña con un mundo libre debe dejar que ese mundo se refleje en sus acciones. Debemos demostrar que somos capaces de hacernos respetar, y para hacerlo debemos respetarlos.

Para algunos eso era muy difícil de aceptar. Para otros era vulgar complacencia. Pero el Chusko no podía obligar a nadie, era sólo uno más de nosotros. Eso sí, tenía una autoridad dada por su antigüedad en la Movida Subte: había estado entre los primeros que se reunían en 1984 en las gradas de la Villareal y estuvo en los primeros conciertos de Leuzemia, Narcosis y Guerrilla Urbana. Esa era una de las razones por las cuales me deslumbraba y lo consideraba como un espíritu salido de aquellos afiches de conciertos que yo encontraba en los muros del Centro de Lima cuando era niño. Esos afiches encerraban una manera de pensar y sentir distintas a las que primaban en mi generación, una sensibilidad más profunda y real, más vivencial. El Chusko era la encarnación de esa magia.

Escucharlo hablar sensatamente sobre un tema tan difícil como las clases sociales y después escucharlo contar su propia vivencia marginal me hacía sentir que yo desencajaba en su ambiente.

—Cuando eso te sucede dejas atrás todo lo que habías pensado de ti hasta ese momento. Tener un cañón en la espalda te hace vivir el instante, con tus temores y tu coraje. Sólo tienes que tener fe en ti.

Esa fue su respuesta cuando le dije que yo no hubiera sabido qué hacer en una situación  como la que él había atravesado.

Pero la noche de aquel conversatorio, en aquel invierno de ansiedad, a la luz de un foco de 50 watts que alumbraba débilmente los afiches y banderolas con lemas y gráficos alusivos a la Mancha, también fue difícil dejar atrás ideas encasilladas, aunque se tenía una idea más clara y un deseo de no caer en viejas contradicciones.

—Lo que ustedes quieren es hacer de la Mancha una vaina política —decía Kilowatt—. Nosotros nunca tuvimos la intención de ser intelectualitos cojudos que viven según lo que dice un libro, y sobre todo un libro extranjero. Esto surgió para que existiese una escena de artistas que no copiasen nada de otros países. Eso de decirse anarquista es una cojudez.

—Pero es imposible que no tengas en cuenta lo que nuestro arte implica —decía alguien—. Si en nuestras canciones, poemas, o lo que sea, hablamos sobre un mundo que no nos agrada, bueno, hablemos también de cómo nos gustaría que fuese, y luego tratemos de hacerlo realidad.

—Sí, porque si sólo nos quejamos y no proponemos nada, estaríamos cayendo en la misma mediocridad de la gente que cuestionamos.

—Lo que pasa —decía otro— es que ustedes se creen superiores y con derecho a decir qué debe hacer un Subte para ser más original o radical. Es como que quisieran escribir un manual, todo lo ven libros y discursos políticos, joden a la gente que sólo busca divertirse y hacer algo divertido para los demás

—No, no se trata de eso —decía otro, un miembro del colectivo del Narizón, los radicales— se trata de sacar a la Mancha del estado de letargo en que se encuentra desde hace un tiempo. Todo eso es porque nos hemos desligado de la esencia del movimiento: las masas populares. Nuestras temáticas deben estar acordes al contexto contemporáneo, la coyuntura política…

—No metas chamullo, huevón —decía otro—. No la quieras pegar de sabio con nosotros. Ese rollo es el que ha hecho que mucha gente se vaya de la Mancha decepcionada…

—No —otra voz—, hay gente que se ha quitado porque se cansó de que sus ideas no se escuchasen, de ver a la gente emborracharse y drogarse en los conciertos cuando decían que protestaban contra la decadencia de la sociedad. Fue esa hipocresía de los vándalos la que ha hecho que se nos considere casi como una pandilla…

—Hipócritas son ustedes —se escuchaba—, que paran hablando del pueblo, de las calles y no conocen los barrios que nosotros conocemos, viven metidos en sus libros de mierda. Hablan de revolución pero todos son unos mantenidos de mierda. Nos joden de drogadictos, pero, ¿acaso ustedes no fuman igual que nosotros?

—Pero no somos viciosos, no andamos cagando conciertos, no armamos broncas cojudas…

—¿Y ustedes por qué prometen revolución?

—No la prometemos, la proponemos… Ustedes, ¿qué mierda ofrecen?

Háblame bonito, conchatumare…

Luego todos empezaban a mentarse la madre, a decir que jamás llegaríamos a nada, a echarse la culpa… yo no había dicho palabra alguna y ese festival de rostros enfurecidos, que sólo se calmó cuando alguien gritó que era mejor continuar la semana siguiente, empezó a ensombrecerme. Debí suponer que así serían las cosas.

Pasé muchos días ansioso, aguardando la fecha de la próxima reunión, la cual no se llevó a cabo sino dos semanas después. En esa reunión sí sucedió algo especial.

Alguien me había dicho, durante un concierto en Las Rejas -aquel barcito de Quilca donde Piero Bustos, de Del Pueblo, organizaba los conciertos de la asociación El Sapo- con los grupos Carreño, Azules Moros y PTK, que la reunión empezaría a las ocho. Cuando llegué la reunión ya había empezado. Los escuché hablar serenamente y poco a poco me di cuenta que discutían un proyecto fijo.

Hablaba Chovi, uno de los que renegaba de la intelectualización de la Mancha, acusado también de vandalismo por la gente "vanguardista" del Narizón. Sentado junto a Kilowatt, Sandra y la Mancha de Barrios Altos, decía que era talvez lo único que podían sacar todos en conjunto. Daba la palabra al Chato Victor, que decía que allá afuera existía un enemigo común, para intelectuales y no intelectuales, y que lo peor que se podía hacer era quedarse quieto o callado por culpa de rencillas internas, con eso sólo ganaría el enemigo. Hubo un leve silencio, sucedido por un carraspeo que resultó ser del Chusko. Él tomó la palabra para decir que era posible siempre encontrar puntos en común entre la gente, ya que por algo nos identificábamos con el movimiento.

—Creo que todos saben que lo fundamental, lo único que nos atrae hasta aquí, es el deseo de expresarnos, seamos intelectuales o anti-intelectuales. Cada uno sabe qué fue lo que lo trajo hasta este lugar, pero eso forma parte de la historia de cada uno. Ahora debemos entendernos…

Luego habló de la Revista Amauta, que era un compendio no sólo de intelectos, sino también de actitudes; no sólo de ideas, también de formas.

Le pregunté a Poggi, baterista de Incendiaria, sentado esa noche junto a mí, de qué habían hablado.

—Nos hemos puesto de acuerdo para sacar un pasquín, con una buena presentación y que se distribuya en la mayor cantidad de medios posible.

—¿Es un fanzine más? —pregunté.

—No. Será el vocero del Colectivo. Lo financiaremos con tonos y auspicios de los bares del Centro. Lo haremos llegar a otras organizaciones autónomas de provincias. Hay contactos en Arequipa, Trujillo, Ica y Cajamarca. El Chusko se encargará de la producción y el auspicio, el Chovi de la distribución, yo me ocuparé de la diagramación. Hay gente que va a escribir reseñas, tomar fotos, hacer entrevistas, escribir artículos; sólo faltan dos o tres secciones del pasquín.

—Bueno —dijo el Chusko interrumpiendo en voz alta los murmullos-, creo que esta vez hemos llegado a algo. Como se dan cuenta es algo muy sencillo, pero encierra lo esencial. La próxima semana se llevará a cabo un concierto y con los fondos se comprará papel; también iremos preparando la diagramación y los puntos de venta. Los responsables de las secciones, hagan llegar sus artículos y fotos a la carreta en La Colmena. Los que no tengan ninguna sección pero quieran participar, pueden acercarse también. La próxima semana veremos el asunto de los murales y la red de conciertos en los Conos. Vayan buscando locales…

Entonces, luego de que la gente saliese al pasillo y a la calle, de que se organizaran comisiones para comprar trago y de que la atmósfera fuera recuperando su matiz frívolo y banal, lleno de conversaciones casuales y pueriles, yo permanecí inquieto, preguntándome qué era lo que le faltaba a esa noche. Fui de los últimos en salir, casi me quedé a solas con las banderolas, los afiches, las bancas y los muros pintarrajeados.

Entonces, las cosas hablaron. Dijeron que lo que faltaba era que yo diera el paso que me llevaría a ser uno con ellos, que me haría trascender. Gritaron que todo este tiempo lejos de mi casa y mi barrio, en medio de un colegio ajeno que me intimidaba, yo había estado esperando la oportunidad de sacar a la luz ese nuevo yo que tenía entonces.

Di alcance a los otros, busqué al Chusko. Lo reconocí hablando con Poggi, junto a la reja que daba a la calle. Con voz tímida pero firme, dije:

—¿Hay algo en lo que puedo ayudar?

Poggi y el Chusko me miraron y se miraron sorprendidos, tratando de disimular su asombro. Creí, por un momento, que se burlarían de lo que decía.

—Puedes ayudar comprando el trago para el tono o volanteando… —dijo Poggi.

—Eso lo haré de todos modos —dije—. Me refiero al pasquín.

El Chusko se mostró interesado pero confundido; luego, sutilmente, se mostró perspicaz, aunque yo pensé que era algo compasivo. Ninguno de ellos sabía cómo tratar a un mocoso, menos a uno como yo.

—¿En que crees que nos puedes ayudar? —dijo.

—No sé, tú dime.

Revisó unos papeles y dijo que ya habían encargados para todas las secciones, menos para los comics y algo de literatura, un cuento talvez.

—¿Sabes dibujar? —preguntó. Contesté que no y, al ver su gesto de decepción, sólo atiné a responder:

—Pero puedo escribir. En mi colegio escribo artículos para el periódico mural…

—Pero aquí no puedes escribir sobre esos temas —dijo Poggi—. Tiene que ser algo sobre la Mancha.

—No necesariamente sobre la Mancha —dijo el Chusko—. Puede ser algo que te pase a ti, a alguien que conoces, algo que ves en la vida diaria. Un cuento acerca de la realidad de todos los días, algo que impacte y haga pensar. ¿Crees que podrás hacerlo?

Un cuento sobre la realidad. Ese clamor de los objetos susurraba aún en mi mente, traspasando el tedio absurdo de los días que me encerraban, como una vorágine en la que yo sólo era una hoja al viento, arrastrado por una corriente incomprensible de sucesos. Aquella fue la primera vez que me sentí, tímidamente, dueño de mis decisiones y mi destino. Esa voz que se había instalado en mí para siempre, a través de los acontecimientos y mi propia conducta, se transformaba firmemente en ese yo que se reconocía como una persona distinta. "Hablar de la realidad", pensé, "como en las canciones".

Claro. Sí lo haré… dije.

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Octubre, 2004