
II
¿Qué
era lo que me cautivaba del mundo Subte? Ya que no existe nada más inasible y
fantasmal que la historia interior, aquella que va delineando nuestro destino,
mi memoria está poblada de acontecimientos confusos, no hubo nunca una decisión
racional que me llevara a fijar mi atención en la realidad que luego se
volvería obsesión.
Talvez todo se inicio en mis juegos de niño,
cuando descubrí que las cosas tenían una voz ansiosa que hablaba de algo lejano
e intenso, un canto inmóvil que me invitaba a vivir lejos de aquí. Se escondía
tras los desvanes de la casa antigua de mi abuela, donde ella escondía las
cosas que no quería ver dañadas, creyendo que al encerrarlas en cajones y
baúles, el tiempo no entraría en ellos o al menos demoraría en encontrarlos.
Aquella casa inmensa y antigua a la que tanto temor le tenía por las noches,
pero que durante el día se convertía, desde que nos trasladamos a ella con la
familia de mi vieja, en una tierra de juegos que compartía con mi primo. Desde
la tarde en que llegamos a ella, cuando aún estaba ocupada por inquilinos que
casi no nos dejaron entrar, pues no sabían que mi abuela era la dueña, se
apoderó de mí el embrujo del laberinto de angostos corredores formados por los
muros de madera de las habitaciones construidas en medio de una inmensa sala.
Por esos días, hasta que mi abuela lograra librarse de los inquilinos, yo
paseaba por el largo pasillo ennegrecido por el humo que salía de las cocinas
improvisadas en las pequeñas habitaciones. Ese aroma de distintas comidas
filtrándose, al mediodía, por las ventanas, que se confundía con el aroma acre
de algunos enchapados y zócalos de madera desvencijados, ha quedado en mi
memoria como la bienvenida al mundo de los objetos. Habíamos vivido por casi
dos años en una oficina de abogados -la de mi padre- que compartíamos entre mi
abuela, mi vieja, tres tías, un tío y mi primo; así que cuando, pasado un
tiempo, la casa se vio libre de inquilinos y la sala inmensa vacía por fin,
comenzamos mi primo y yo a apoderarnos de ese mundo. Corríamos, tropezábamos y
caíamos sin aliento sobre las baldosas adornadas con hexagonitos rojos, verdes
y blancos, luego de dar vueltas sobre el mismo sitio mirando el techo hasta
marearnos, aquel techo altísimo y frágil construido con barro y vigas, con una
fila de ventanales a los costados, algunos de ellos rotos, por donde veíamos
desfilar un festival de palomas y gatos sucios. En ese lugar despertó mi noción
del espacio, del vacío y de la obscuridad, a través de ese temor nocturno que
me sobrecogía durante esa noche penetrante infestada de ruidillos, voces
lejanas, silencios propios de las casonas viejas, en la que sólo me acompañaban
mis latidos; en ese lugar y en esas noches, comenzó a desenvolverse la
imaginación como un refugio, un abrigo para protegerme de lo desconocido y de
los objetos amenazantes. Ahora sé que cuando se es niño se percibe otra
naturaleza en los objetos, pues su contexto no es el de la fría relación
utilitaria en la que viven los adultos. Los niños ven en los objetos conexiones
con mundos imaginarios, amparo ante lo oculto de la vida que se descubre
cruelmente.
La Mancha Subte tenía ese hechizo de testimonio,
ese aroma de lo no vivido, lo que yo buscaba furtivamente. Sólo los niños saben lo que quieren y a donde van…
En esa casa, donde los objetos portaban el hechizo
de historias que hacían referencia a su origen, su transcurso y devenir,
construí un hogar paralelo. Aquellas narraciones que mi abuela traía desde su
tierra, la selva que abandonó para venir a Lima a dedicarse al cultivo de
terrenos eriazos que nunca le dieron nada, daban espíritu a los objetos que
encerraba en sus desvanes. Entre el aroma añejo de la madera carcomida por
termitas y del papel amarillento cubierto por una gruesa capa de polvo,
descubrí la desesperación de los objetos. En mis incursiones a los desvanes
-que por lo general terminaban en una paliza- encontré y di vida a los objetos
que mi abuela sentenciaba a la oscuridad. Los objetos me dijeron estar ansiosos
de vivir en las conciencias ajenas, de ser objetos en toda de su naturaleza.
Cada cosa tenía un testimonio, encerraba una travesía. Me intrigaba su devenir
así como su procedencia, y esa voz me decía todo lo que yo deseaba saber,
recreándolos y desentrañándolos. Era como si me dijesen: "Hemos tenido un
transcurso en el tiempo y aunque necesitamos de conciencias para dar rienda
suelta a las historias que encerramos, durante todo este lapso hemos sentido el
peso de nosotras mismas". Sentía
que los objetos tenían un espíritu e imaginaba su viaje a través del espacio
hasta llegar a mis manos, mientras aprendía
a comprender su idioma.
La Mancha Subte había pasado a ser mi desván, mi
baúl de ensueño.
En los anaqueles y armarios, en cajas y baúles, mi
abuela escondía objetos de su antigua casa: adornos de cerámica y santitos,
juegos de té que nunca utilizaba, cuadros y fotos, libros de cuentos antiguos
-muchos de ellos de la editorial Progreso de Moscú-, telas, ropa y envases de
productos que llegaban a Iquitos por el río Amazonas, provenientes de Brasil y
Colombia -dulces, alimentos, herramientas, periódicos-. Acerca de las tazas yo
me preguntaba, mientras sentía su textura rugosa en mis manos y contemplaba
cautivado sus dibujos de flores y paisajes, quién habría bebido algo en ellas,
en qué momento y dónde, cuándo las obtuvo mi abuela; recreaba la casa de la que
tantas veces hablaban mis tías y las imaginaba usando dichas tazas. Al mirar
los cuadros pensaba en qué lugar de la casa estarían colgados, los imaginaba
recién adquiridos, adornando las habitaciones de mis tías o la sala de la casa.
Imaginaba la luz de la ciudad incidiendo sobre la textura de las fotos en
sepia, imaginaba el aire y la brisa de esas tardes, y lo mismo hacía con los
adornos con motivos selváticos que traían a mi mente las ronamulas, chullachakis y
tunches con los que me asustaban mis
tías. Mi abuela se había dedicado antes a la costura y de esa época databan las
telas y ovillos que escondía en cajones y bolsas, y era el aroma antiguo y
encerrado de esas telas, sus colores y diseños, lo que me intrigaba: cómo se
transformarían con el trabajo de mi abuela y del tiempo. Al ver las prendas
antiguas de mis tías, no podía creer que ellas utilizasen en algún momento
prendas que bien podían ser de mi medida; sentía que un día todo transmutaría y
desaparecería y que lo que había ante mí, aquel desván, era un umbral a otros
universos posibles en los que yo navegaba libremente sin desplazarme en el
espacio. Así también, cuando descubría los envases vacíos de aquellos ungüentos
brasileros, las botellitas vacías de Vinagre de Bully, Leite de Rosas y Agua
florida, y notaba que su olor permanecía intacto, sentía la persistencia de las
cosas por mantenerse en el mundo, su obstinada resistencia que daba un matiz a
mis travesías. Todo se transformaba en un caos hermoso, fuente de toda
imaginación.
Al caer la tarde, luego de esas travesías
silenciosas, mi familia se reunía sobre la mesa larga y de patas altas a la que
yo sólo alcanzaba poniéndome de rodillas sobre una silla. Éramos mi primo y yo
los primeros en ser servidos y recuerdo el aroma por el cual mis sentidos
aguardaban y que me sumergía en una paz inquietante: el aroma cálido de la
hierbaluisa. Era el mismo aroma que nos abrigaba en las tardes que pasábamos en
la chacra de mi abuela, un terreno en las sierras de Lima, donde jugábamos con
los animales de su granja, perros, cabras y caballos. Al beber la hierbaluisa,
una parte de mí se desvanecía, dejaba atrás la vieja casa de adobe de Lima y me
transportaba a esa chozita de esteras en medio de un sembradío de sandías y
caña, a sus noches estrelladas llenas de cantos de insectos furtivos y sus
mañanas frías, de silencios rotos por el canto de aves que siempre se
escondían. Al beber el té de hierbaluisa, al sentir su aroma, yo vivía,
abrazaba dos mundos distintos plenamente. Y dentro de mí iba surgiendo esa
conciencia por retener ese marasmo incontenible de sucesos hermosos, misteriosos,
cautivantes y, a veces, temibles. Esa conciencia era una voz, un yo, que conectaba ambos universos, que
me llamaba y acercaba a mi propia naturaleza. Era la edad del llamado…
—Iremos a vivir con tu papá —me dijo un día mi
vieja. Yo tenía ya más de ocho años y abandonar esa casa antigua, conocer un
barrio nuevo y una casa distinta, me inquietaba calladamente. No podía decirle
a mi vieja que yo no quería ir a vivir con el viejo, a quien casi no conocía,
pues ella, muy contenta con el nacimiento de mi hermana, ya había visitado la
casa -situada en el mismo distrito, pero al otro extremo- que mi padre había
comprado. Además, luego del accidente que mi viejo sufrió en su Volkswagen azul
botella, ella deseaba cuidar de él. Así que por fin tendría una familia normal
y una casa sólo para nosotros. Era ésta una casa mucho más moderna pero
pequeñísima, en una callecita igual de minúscula, un pasaje donde todas las
casitas tenían el mismo área y sus fachadas eran casi idénticas, con puertas
sencillas y ventanales austeros, la mayoría de ellas de uno y dos pisos. La
nuestra era de las pocas que tenían tres pisos y que había sido remodelada, lo
que hacía de ella una casa extraña, algo oscura pero cálida. Todo en ella era
chiquitito: la salita que mi vieja amobló con los muebles de la oficina de mi
viejo; la cocina, apenas equipada, por ese entonces, con una hornilla a
kerosene; y el baño de locetas celestes y luz amarilla. Desde el primer momento
en que pisé esa casa, se manifestó mi naturaleza contemplativa. Aquellas sillas
del comedor, de cuerina marrón y cromado opaco, sobre la geometría sobria del
parquet del piso, se instalaron en mi imaginación, dándome la bienvenida. Los
muebles y las habitaciones exhalaban una sencillez que aplacaba mi curiosidad a
la vez que me daban un nuevo universo en el que instalarme. Inspeccioné cada
rincón de la casa, cada cajón de los mostradores y armarios, me fundía con el
aroma encerrado de los objetos que en ellos encontraba, los que habían dejado
los antiguos dueños. ¿Cómo fueron a parar al fondo de aquel cajón ese botón
dorado, aquella tarjeta de Navidad y ese recibo de luz? ¿Quién pegó esos
stickers en la ventana del cuarto de mi hermana y en la refrigeradora?
Desde las alturas de mi ventanal podía mirar los
techos humildes y grises de otras casas, sus calaminas llenas de palomas y
peleas de gatos, sus tendederos, cuartuchos de madera, objetos abandonados al
olvido y al sol por sus habitantes. Qué deseos de acercarme a esas cosas, oír
sus voces, inspeccionarlas y hurgar en ellas. Cajones y armarios, cunas y
coches, escobas, juguetes, artefactos en desuso, eran naturalezas muertas que
me fascinaban y atraían, así como las calles que circundaban mi barrio. Salía a
recorrerlas solo o con los chicos que conocí en ellas, con quienes fui
descubriendo cada lugar profano y prohibido, entre juegos y peleas.
De aquel primer barrio recuerdo el estruendo de
las tardes y las garúas finas del invierno. Sobre sus veredas de cemento,
angostas y bordeadas por la hierbamala, cuyos imperfectos conocía al detalle,
poco a poco fui enterándome de las historias de cada uno de los habitantes, de
sus orígenes, y aquel mosaico de mi imaginación se enriqueció con otras voces.
En esas casitas vivía gente disímil con un destino común y diversas maneras de
ser. Recuerdo a gente que se sentía afortunada por vivir en un barrio como el
nuestro y a gente que por alguna crueldad del destino perdió su buena estrella
y vino a para a un vecindario de segunda. Provincianos y extranjeros, blancos,
cholos, negros y chinos, rateros, gente honesta, ancianas piadosas, personas
solitarias, putas, patotas de patiperros jugando fútbol sobre la pista repleta
de baches, toreando mortalmente a los carros que pasaban. Bares y casas de
juego, billares, donde le decíamos a algún borracho que nos invite una gaseosa,
callejones oscuros donde contábamos historias de terror y sexo, donde urdíamos
planes para robar dulces en alguna tienda o en el mercado, donde nos
escondíamos luego de patearle la puerta a alguna vieja que nos echaba agua
porque no quería que jugásemos en su vereda, el griterío de alguna pareja que
discutía y las cabezas de todo el barrio asomándose por las ventanas. El camino
oscuro y largo que llevaba al inmenso mercado lleno de gente de todas partes
del Perú, atravesando el muro gris y áspero de ese fortín misterioso que
abarcaba una manzana completa, donde se realizaba una actividad incesante, del
cual salían todas las tardes hombres exhaustos vestidos con uniformes azules y
camiones cargados de cajas de cartón: la zona de las fábricas. La fábrica de
termos y ollas, la de tejidos y prendas y el laboratorio químico en cuyo
parqueo jugábamos fútbol con chicos de otros barrios con los que terminábamos
peleando y en cuyos jardines descuidados encontrábamos, cada mañana, borrachos
y drogadictos dormidos y en donde por primera vez, en medio de un atardecer
eterno, fumamos cigarrillos y bebimos ron, para luego sentirnos enfermos dos
días completos, no sólo por los efectos, sino por las palizas que nos dieron en
nuestras casas. Las primeras chicas que me gustaron, las que nunca me
correspondieron talvez por ser muy tímido o muy atrevido. Aquella casa rosada
donde vivía la primera chiquita a la que quise, a la que jamás le hablé y que
se marchó del barrio luego de que su madre se suicidara ahorcándose. Entre
alegrías, tristezas, misterios y temores, mi barrio era un símbolo, un caldero
de ensueños donde me refugiaba al igual que en la oscuridad de mi infancia.
Entonces, a la vez que el tiempo trabajaba en mí y el recuerdo de la casa de mi
abuela se empequeñecía, la calle se volvió mi desván, mi tierra de historias a
cada paso, y en ella encontraría un nuevo universo que llevar conmigo.
—Tu papá quiere saber por qué sales a la calle
cuando él llega —decía mi vieja—. No le gusta que tengas esa mala costumbre. En
el colegio al que vas a asistir ahora te vas a olvidar de esos engreimientos.
Huir, cada vez más lejos. Recrear el espacio libre
que iba perdiendo. Cada vez mis caminatas eran más largas y mis fabulaciones
más profundas. Iba transgrediendo imperceptiblemente las invisibles barreras de
mi mundo, mi primera tierra de juegos quedaba como estela de mis pasos,
mientras me adentraba por las calles del Centro de Lima, en medio de los juegos
de pinball y las callejas antiguas, las tiendas de discos y cassettes, los
puestos de revistas.
¡La calle! ¡Qué pandemonio tan atrayente! ¡Qué
manifestación vital y mortal sobre su geometría hostil! Yo era un mocoso recién
lanzado a su reino cuando descubrí que el idioma de las cosas permanencia en mí
como un conocimiento paralelo, una comprensión mágica y latente que me permitía
hacer del mundo un juego donde cada cosa tenía relevancia y encanto. Era la edad del llamado…
Pero en este nuevo ambiente, más amplio y voraz,
mi íntima esencia ya yo estaría tan sola, pues, al ir adentrándome más en ese loquerío
de asfalto, comprendí que había gente que al parecer también conocía el
lenguaje de los objetos, pero lo expresaba de distinta manera. Fueron los
afiches que descubrí en las calles del Centro y las paredes pintarrajeadas con
nombres de grupos de rock europeos que no tenían la más mínima idea de que
alguien en un país Tercermundista, poblado supuestamente de indígenas con
plumas y taparrabos, pasaba sus tardes escuchando las canciones que ellos
compusieron tal vez en una noche ebria o una mañana despejada, en la que ni
ellos mismos sabían qué cosas pasaban por sus mentes, pero sentían el impulso
que les regaló algún grupo que ellos escucharon de pequeños, que los sustrajo
hasta cristalizarse en su voz. Las paredes tenían esas historias encerradas en
manchas de pintura enlatada, en esas figuras imprecisas que trataban de mostrar
rabia y buscaban una salida al tedio cotidiano, dándole ese encanto que me
ensimismaba. Ellos me hicieron sentir que no estaba solo, volviéndose, poco a
poco, elementos dentro de mi orden. ¿Quién escribía esas frases de pintura roja
sobre el muro de las fábricas? ¿Cuándo fue la primera vez que esa persona
escuchó esa banda ? ¿Por qué escribió el nombre de esa banda y no otra cosa?
Empecé a buscar a esos habitantes misteriosos, a
sentirme parte de ellos aún sin conocerlos, y así recolecté iconos, objetos
mágicos de esa otra tierra, portales a la dimensión de los corazones como el
mío: las portadas de los cassettes, las revistas musicales y los comics
españoles -me encantaba ver en la página final "Impreso el 23 de junio de
1979 en los talleres STAR, Barcelona" y sentir el ambiente de la
imprenta, el calor de la fricción de las rotativas, la calidez de una fabrica
de hacer sueños, el tiempo transcurrido y la permanencia del objeto- las fotos
de conciertos y grupos, las entrevistas, las crónicas y las reseñas de discos,
el sonido amateur de las grabaciones que registraban incluso los accidentes
musicales, las expresiones impresas sobre el papel fotocopiado de los fanzines,
las consignas contra lo establecido, lo tedioso y angustiante de ser uno más en
un rebaño de gente masificada sin identidad, las expresiones en los rostros de
los grupos fotografiados. ¿A dónde fueron después de ese concierto? ¿De dónde
venían? ¿Qué había detrás de la puerta que asomaba detrás del baterista de
Eskorbuto en aquella foto donde aparecía riendo y con una botella en la mano?
¿Por qué el guitarrista tenia esa expresión cansada y molesta? El color y el
contraste, la rugosidad del papel, las letras realistas de Polla Records,
Eskorbuto, Ratos de Porao, MCD, RIP, Reincidentes, todo aquello pobló mis
tardes y las caminatas desde mi colegio hasta mi casa.
—La gente no es tonta por falta de inteligencia
—decía el Chusko—. La inteligencia es un termino utilitario y vacío. Si lo
piensas bien te darás cuenta que la gente es estúpida porque no imagina, porque
no sueña, porque no cree en algo más allá. Aquel que no sueña no es consciente
de sí mismo y es fácil de dominar.
"Así como
hay dos órdenes de conocimientos humanos, dos clases de sabiduría y dos
tradiciones, dos de todo, comprendimos de pequeños que había dos fuentes de
instrucción: lo que descubríamos nosotros mismos y nos esforzábamos por guardar
y lo que nos enseñaban en la escuela y nos parecía no sólo fútil y sin interés,
sino también diabólicamente falso y pervertido. Aquello que aprendíamos de la
primera fuente nos nutría, mientras que la enseñanza oficial nos socavaba.(…)
Todo joven que percibe esto y es digno
de este nombre es un rebelde y un anarquista. Si se le dejase desarrollarse
según sus instintos y tendencias la sociedad experimentaría un transformación
radical (…) ya no sería una organización confortable y benévola, reflejaría la
justicia, le esplendor y la integridad; la vida saldría de sus manos"
¿Quién era ese Henry Miller que escribió eso? ¿Por
qué nadie hablaba de él en los colegios? ¿Por qué lo conocí sólo a través de
una revista de Rock Subterráneo? Eran verdades implacables de las que no podía
escapar, ni deseaba hacerlo. Recuerdo las primeras consignas que encontré en el
primer fanzine que compré en la Barricada Subte del Narizón Pepe, allá en la
Plaza Francia: "La obediencia
comienza por la conciencia, y la conciencia, por la desobediencia",
"Anárquico es el pensamiento y hacia la anarquía avanza la historia",
"Los ricos hacen las guerras y son los pobres los que mueren",
"La anarquía es la máxima expresión del orden", "El orden es el
placer de la razón; el caos es la delicia de la imaginación"…cientos
de frases sueltas que llegaban a mi cerebro ansioso como andanadas certeras, a
las que era imposible rechazar, pues hubiera sido como rechazarme a mí mismo.
Bañaba el ambiente de mis días con esa atmósfera,
dándole al curso ordinario de mis horas ese rumbo revestido de trascendencia
gloriosa. Sé que lo que digo suena dramático, pero ese es un efecto de la
literatura: en ella sólo existen instantes claves. Es así como uno percibe y
asimila los sucesos en los libros y fue así como llego hasta mí el mundo de los
Subtes, del Rock Radikal Vasco, los Punks Ingleses y Brasileros, el Underground
Neoyorquino, la bohemia catalana, el movimiento anarco de la guerra civil
española, las okupaciones en las fábricas abandonadas de Madrid. Todos eran
acontecimientos y hechos dramáticos, cruciales en la vida de esas personas que
yo veía a lo lejos. Esas personas eran protagonistas de algo que merecía ser
escrito y tomado en cuenta. El ser de esas personas se extendía hacia mí
cruzando los montes de una provincia europea, un océano y una selva, para
llegar a mi habitación y cantarme, en esa radio destartalada que tenía cuando
era adolescente, himnos de irresignación, rebeldía y vitalidad. Sobre todo La
Polla Records, aquel grupo vasco que podía cantar sobre cualquier aspecto de la
sociedad, había desembarcado en mi cuarto y me decía que la Iglesia Católica
era la más hipócrita del mundo, que los banqueros de algunos países creaban
guerras sólo para vender sus armas y que el Ejército estaba siempre listo para
defender sus intereses, que a la cárcel nunca entraba un rico y de ella nunca
salía un pobre… Tantas cosas que recogía de esa fuente propia de conocimiento.
El ser de esas personas, paso a tener lugar, a estar en mí, y junto a ello me embargaba el deseo de compartir esa
naturaleza lejana, de ser de tinta y fotolito, de sentir mi alma delineada por
las maquinas de imprenta y vivir lejos de este mundo que poco me ofrecía. Me
refugiaba de esta tierra absurda en profundas melancolías brotadas de la
búsqueda incansable de ese placer. Así, los cantos me traían memorias de vidas
que jamás viví, una evocación sobrehumana, fuera de mi propia experiencia.
Quien alguna vez ha sentido que una canción le recuerda algo que jamás vivió,
puede comprenderme.
—No digo que la gente no tenga sueños e ilusiones
—decía el Chusko—, claro que las tiene. Pero, ¿cuáles son? ¿Cuáles son los
elementos que pueblan sus sueños? La música estúpida de las radios comerciales,
la cultura establecida, los partidos de fútbol del fin de semana, las fiestas en
los lugares de moda, la ropa de moda, votar cada cinco años, estudiar, casarse,
tener hijos, trabajar ocho horas, llenar la casa de electrodomésticos, comer,
cagar, dormir… y encima dicen que esa vida mediocre y vacía es la forma
correcta de vivir, que quien no se interesa por eso es un perdedor en la vida,
que quien desea algo más de la vida es un loco o un terrorista.
Sí, yo era un demente, un incendiario, la gente caminaba muerta y vacía por las calles y
yo deseaba gritar que me sentía solo. Todo esto me llevó de la mano y me separó
del mundo hasta hacerme sentir un extraño, un intruso. Yo ya no era de esta
tierra. Podía pasar horas releyendo los fanzines españoles, su textura, su olor
acre de fotocopia y cada foto me decía que yo debí haber vivido ese momento, que yo debí haber estado ahí. Creció en mí una vida paralela que se nutría
de historias e imágenes ajenas. Un sueño que perseguir, en donde se reflejaba
todo lo que la Edad del Llamado había sembrado en mí, mezclándose con todos los
contextos humanos. Era una ilusión descabellada que hacía del mundo mi juguete.
Ese sueño furioso, inocente, crudo, desprovisto de
todo conocimiento docto, tenía en sí mismo una coherencia avasalladora. Era un
orden universal en el que todo objeto, persona, circunstancia, tenía un rol.
Todo convergía hacia una realidad llevadera que vivía en mi corazón, un mundo
nacido de las canciones, pinturas y escritos que surgían del pecho de muchos
hombres allá a lo lejos. Yo quería ser uno de ellos. Ese mundo exigía, desde el
momento en que era combustible y producto de un acto de imaginación, de
comprensión de la realidad y de discernimiento, una acción correspondiente. Su
manifestación era implícita. Pero, ¿cómo expresar ese mundo en una tierra
tirana, resentida, parametrada, hipócrita, mecanizada, carente de voluntad? Yo
no iba a dejar que ese mundo se ahogase en mis entrañas. Tenía que luchar para
mantener su fuego, hacerlo trascender, llevarlo mas allá, enfrentar esta tierra
de muerte, de sueño enfermo. Esa era, pues, la única manera de estar donde debía estar…
¿Qué mundo, qué lucha sembraría en mi ese llamado?
Si alguien cantaba que "Mogollón de
gente vive tristemente y van a morir democráticamente y yo no quiero
callarme" o que "Te tendrán
tres días en sus manos, descargarán todo su odio en ti, sufrirás los
interrogatorios, largas horas de tortura vil". Si un indio
ecuatoriano, dominando el color y la forma, mostraba un rostro mestizo en una
expresión trágica que retrataba el dolor de un pueblo durante cinco siglos y le
ponía como titulo "La edad del dolor". Si un escritor peruano narraba
una guerra silenciosa librada entre una corporación minera norteamericana y un
puñado de campesinos de una comunidad en la sierra de Cerro de Pasco. Si ese
era mi pan de cada día, ¿qué mundo soñaría? ¿En nombre de que emprendería esa
batalla? ¿Cómo llevaría esa lucha? Al ver las contradicciones y debilidades en
las que caían los Subtes sentí esa soledad confusa que me persiguió durante
años.
—Cuando uno actúa de acuerdo a lo que cree —decía
el Chusko—, el vacío de la vida va desapareciendo. Para esto se debe actuar
como si se creyera, y son esos actos repetidos sistemáticamente los que le van
dando contenido a la fe.
Yo había creado, casi sin darme cuenta, una fe a
la que no debía dejar morir, para lo cual tenía que buscar compañeros, gente
con quien luchar por sacarla adelante. Esa lucha debía ser contra toda coacción
y debía minar las bases de la miseria
humana, de la ignorancia, esa lucha jamás se detendría, compañero,
porque no existe batalla final ni nada absoluto, camarada, la única manera de
derrotar a las determinaciones en última instancia del Imperialismo se encierra
en las enseñanzas que imparte el Comité Central del Partido, la práctica
revolucionaria nos enseña qué es lo que sirve y qué no sirve para la
Revolución, compañero, es necesario evitar el avance de la reacción, debemos
empuñar los ideales de los primeros luchadores de la Guerra Popular Mundial,
camarada, debemos dar el salto cualitativo que nos guíe al equilibrio estratégico
y a la toma de Poder, debemos detener la Historia, mover las montañas, asaltar
el cielo, compañero, la lucha lo exige…
"Incendiar
la Ciudad" es propiedad de Julio
Durán
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Octubre, 2004