~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 2 ~ Christmas e ~ {Hacia la Navidad}

Había una niebla rodeando todo cuando Kyo despertó. No, no era niebla, eran sus ojos que aun no se acostumbraban a la luz de la tarde. Parpadeó despacio, sintiendo su cuerpo adolorido envuelto en mantas tibias y suaves. Durante un largo momento no recordó qué había sucedido, lo único que podía pensar era en dónde se encontraba y porqué el lugar le parecía remotamente familiar.

A medida que el tiempo pasaba y él continuaba tendido quieto disfrutando de una comodidad que hacía meses no experimentaba, el rostro de su rival pelirrojo se hizo más y más nítido en sus recuerdos. Frunciendo el ceño, Kyo levantó un brazo para posarlo en su frente, pensativo. Un paño húmedo cayó hacia un lado, sobre la almohada. El contacto con su piel le hizo saber que aun continuaba afiebrado, pero realmente se sentía mejor. ¿Había estado luchando con Yagami? Hizo memoria, pero en ningún momento recordó haberse enfrentado al pelirrojo. Lo había visto, sí, pero no pelearon.

La voz de alerta de Iori resonó en su memoria, y de pronto en su mente se formó la figura de un parque, y las sombras, ninjas, atacándolo, y él incapaz de defenderse, invocando al fuego escarlata sólo para darse cuenta que era inútil. Y Yagami... había estado tratando de llegar hacia él, ¿de ayudarlo?

Negó con la cabeza, estaba demasiado confundido. En primer lugar, Iori jamás lo ayudaría... Quizás había soñado todo.

Sin embargo, lo que estaba sucediendo ahora sí era real. La cama en que yacía, los cobertores tibios, como si alguien se hubiese tomado la molestia de calentarlos durante un momento. Las cortinas de terciopelo que cubrían las ventanas estaban descorridas, y a través de las altas puertas vidrieras podía ver el cielo gris de Diciembre. Aun nevaba, notó, y el suelo y borde del balcón ya habían acumulado varios centímetros de nieve.

Quiso incorporarse, pero lo pensó mejor y decidió seguir recostado, disfrutando de esa tranquilidad. De alguna manera se sentía a gusto allí, y aunque intentaba estar alerta a todo lo que sucediera, ya fueran pasos acercándose, o la presencia de alguien, no podía preocuparse. Lo intentaba, pero no lo conseguía. Era como si todo el lugar le ofreciera una sensación de protección y seguridad.

Se volvió levemente hacia un lado. Junto a la ventana había un estante de madera, con puertas de vidrio. Vio libros allí, cuadernos, papeles antiguos, escritos con la irregular letra de un niño. Algunos lápices estaban juntos dispuestos en un alto envase. Estaba todo tan pulcramente ordenado que le dio la impresión de no haber sido tocados en años. Unos cuantos marcos con fotos habían sido dispuestos en una esquina, y, al forzar la mirada y reconocer las figuras, Kyo no pudo evitar contener una exclamación.

Eran fotografías de un niño, vestido con un traje ceremonial negro. Como un largo kimono de anchas mangas, bordado con diseños dorados, ceñido a la pequeña cintura y atado con cordones también dorados, de donde pendía una larga katana. Los ojos eran grandes y cálidos, de un color castaño claro. Recordaba ese traje. Recordaba esa espada. Fue cuando empezó su entrenamiento junto con su padre, Saisyu, para heredar todo el poder del linaje Kusanagi.

Pero no era la única fotografía, si continuaba mirando veía que el niño se convertía en un muchacho, y luego en un joven de mirada arrogante y sonrisa confiada... Luego no había más fotos, pero sí recortes de revistas y periódicos, donde Kusanagi Kyo era anunciado ganador de diversos torneos... y ganador del King of Fighters.

- Uchi de...? {¿Estoy en casa...?} - murmuró para sí, sin poder creerlo. ¿Cómo había llegado allí?

Hizo un esfuerzo por incorporarse, y aunque esta vez realmente había querido hacerlo, su cuerpo no le respondió. Sentía que no tenía fuerzas para moverse. Jadeó sin darse cuenta, presa de un violento mareo. Apretó las mantas entre sus manos, cerrando con fuerza los ojos, mientras esperaba a que el dolor que le cortaba la respiración se detuviera.

Borrosamente vio como unas gotas de sangre manchaban la cama. Luego no recordó nada más.

* * *

Voces... Voces.. Voces... Cálidas, preocupadas y amables, hablándole muy suavemente. ¿Cantando? Una canción que él había conocido de niño. Todas las voces le eran familiares. Quería abrir los ojos y ver de quién se trataba, pero no podía. Sabía que si despertaba y abría los ojos el dolor estaría allí listo para saltar sobre él. Por eso intentó refugiarse en el sueño lo más que pudo hasta que, finalmente, una punzada lo hizo sacudirse, y se incorporó.

El eco de su propio grito, tan salvaje, lo sorprendió al resonar en la amplia habitación, pero no tuvo tiempo de pensar en eso, porque al instante sintió como si alguien le hubiera clavado un puñal en medio del pecho. Se llevó una mano allí, esperando en cualquier momento sentir sangre, o una herida profunda, pero todo lo que encontró fue el cuello abierto de su camisa desabotonada. Jadeó, o intentó hacerlo, pero no podía. El aire ardía en sus pulmones, y su corazón acelerado parecía querer estallar.

Alguien estaba allí con él, lo supo por el sonido que hizo al levantarse y acercarse a la cama, pero el dolor no le permitía abrir los ojos. Sólo podía concentrarse en respirar. Se encogió en sí mismo cuando pensó que no iba a poder soportarlo más, pero en ese momento una mano se posó sobre las suyas, áspera y tibia. Vio la piel oscura, sintió la suave caricia en su cabeza y de pronto... Alguien lo atraía contra sí en un cálido abrazo. Sintió la energía dorada fluyendo hacia él, y por un momento el dolor desapareció por completo. Respiró libremente, agitado, intentando recuperar en una inhalación todo el aire que no había podido hacía unos momentos.

La mano se retiró, y él levantó lentamente la cabeza para ver de quién se trataba.

Se encontró observando unos ojos castaños, cálidos como los suyos, pero rodeados de finas arrugas que reconoció al instante.

- O... Oyaji {Viejo} - murmuró, mirando el rostro cansado y severo de su padre, Saisyu. No le dio tiempo ni de hablar, al instante empezó a preguntar -: ¿Qué hago aquí? ¿Por qué esos estúpidos ninjas tuyos me atacaron? ¿Qué demonios está pasando aquí?

Saisyu esperó pacientemente a que su hijo perdiera el aliento antes cerrar los ojos y volver a tomar asiento en la silla que estaba junto a la cabecera de la cama.

- Ya tendremos tiempo para discutir eso, hijo - dijo, cruzándose de brazos.

- Pero... - Kyo intentó protestar, pero en ese momento la puerta de la habitación se abrió y entró una joven sirvienta. Kyo la siguió con la mirada, su rostro le resultaba vagamente familiar. Era una muchachita de largo cabello castaño, amarrado en una bolita en la parte posterior de su cabeza. Vestía un simple kimono de color durazno, y llevaba en sus manos una bandeja con una cena ligera. La joven se detuvo a un lado de Saisyu, dejó la bandeja sobre el velador e hizo una profunda inclinación.

- Okaeri nasai {Bienvenido}, Kyo-sama - dijo sonriendo tímidamente y a Kyo su voz y su semblante le hicieron pensar en alguien que había conocido hacía mucho tiempo.

- Retírate, Kyoko - ordenó Saisyu. La muchacha asintió y salió rápidamente.

- ¿Kyoko {literalmente: pequeño Kyo}? -preguntó Kyo frunciendo el ceño. Saisyu asintió y agregó:

- Tú mismo la bautizaste, arrogante egocéntrico - dijo, con algo de malicia.

Kyo parpadeó ante la mirada burlona de su padre.

- ¿Pero de qué estás hablando? - le gritó, molesto.

Eso le valió un seco golpe en la cabeza.

- ¡OI! - exclamó, lanzándole un rápido golpe a su padre, que no pudo evitarlo y lo recibió en pleno rostro.

Ambos se observaron sorprendidos. Kyo miró su puño incrédulo. No era el que hubiera golpeado a su padre, ni el que éste no hubiera esquivado el golpe sino lo débil que había sido, a pesar de que él utilizó toda su fuerza.

- Ore no... chikara wa... {Mi... mi fuerza está...} - murmuró el joven.

Saisyu le tocó el hombro:

- Estás cansado, será mejor que comas algo, y luego conversaremos. Estaré en mi oficina - dijo, y agregó para sí -: Si es que aun recuerdas cómo llegar a ella.

Kyo se encontró solo de nuevo. Entonces, pensó, estaba en su hogar. Había deseado volver allí y al final había sido su padre quien lo llevó a la fuerza. Suspiró, relajándose un poco. No se sentía mal el estar allí después de tantos años. Aun podía percibir el familiar olor de los viejos muebles, y sentir la protección que emanaba de toda aquella vieja construcción. Era como volver a ser niño, y sentir que todos los problemas del mundo desaparecían con sólo entrar y cerrar la puerta.

Pero ya no era un niño, se dijo. Cerrar una puerta y ocultarse bajo las sábanas ya no lo ayudaban a escapar de las cosas.

Ni del temor, ni del dolor.

"¿Qué está pasando conmigo?", pensó, mirando sus manos. Aunque el dolor que lo había angustiado casi había desaparecido, tenía una incómoda sensación.

- Kyo-sama...

La delicada voz llamó su atención desde la puerta. Al mirar, sólo vio a la sirvienta de momentos atrás. Ella miró la bandeja aun sobre el velador, intacta, y su expresión mostró una profunda preocupación. Entró sin que se lo ordenaran, yendo directamente a tomar la bandeja y dejarla sobre el regazo de Kyo, que esperaba sentado en la cama, con la espalda contra los mullidos almohadones.

El joven no dijo nada sobre la falta de respeto que era el que un sirviente entrara sin autorización, porque las reglas de etiqueta de su familia no le importaban. Le parecían demasiado anticuadas; es más, odiaba que los sirvientes se mostraran casi tan sumisos como los esclavos que habían servido a su familia durante generaciones. Eran tiempos modernos, y fuera de esa casa los sirvientes eran personas comunes y corrientes, que iban a fiestas, se divertían, y tenían una vida. Pero parecía que una vez traspasado el umbral de la puerta... el tiempo retrocedía, y las viejas costumbres los envolvían a todos.

Un aroma cerca de su rostro lo hizo volver a la realidad, y al mirar, vio que se trataba de la sirvienta, sosteniendo una bolita de carne con los palillos para él. Kyo se sonrojó al ver que lo estaba tratando como un niño, e intentó arrebatarle los palillos argumentando que él podía hacerlo solo. La muchacha sonrió, y hábilmente esquivó la mano de su amo.

- Onegai shimasu {Por favor permítame} - dijo suavemente, con amabilidad. Kyo parpadeó, perdiéndose durante un momento en los recuerdos que le trajeron esos ojos castaños de la chica. Ella acercó la bolita de carne a sus labios y él comió, sin dejar de mirarla nunca.

* * *

- Pero que humillante.

Esas fueron las palabras con que Iori fue recibido a la hora de almuerzo. Acaba de despertarse, luego de llegar a altas horas de la madrugada de la dichosa fiesta a la que Tsukiyo había querido ir con tanta insistencia. El dolor de cabeza no se le quitaría en días, pensó el pelirrojo mientras se acercaba a la mesa a tomar un vaso, llenarlo de agua, y dejarse caer en el amplio sillón de cuero negro.

Tenía el pecho desnudo, porque saliendo de la cama no había encontrado su ropa donde debía estar: desparramada por el suelo. Así que no le dio la gana de buscar ni preguntar. Sus pantalones negros estaban sugerentemente desabrochados y la figura que lo observaba molesta desde la mesa no pudo evitar apreciar el gran cuerpo de su compañero.

- ¿No vas a decir nada? - se obligó a decir ella, apartando la mirada para no seguir pensando en lo interesante que sería si el pantalón estuviera un poco más abierto...

- Hn.

La habitual respuesta del pelirrojo.

- ¡Yagami! - exclamó, impaciente.

Lentamente, Iori levantó la mirada y la clavó en sus ojos. Ojos rojos, amenazantes, contra los suyos azules.

- Nanda, onna? {Qué quieres, mujer?} - murmuró fríamente.

Ella se puso de pie, y se acercó a él, furiosa ante semejante indiferencia. Era alta, y esbelta, con un cuerpo de modelo que le había valido un trabajo bien remunerado y que gracias a él le había permitido vivir cómodamente hasta ahora, que llevaba casi cuatro años disfrutando de la ociosidad. Vestía una blusa ligera, oscura, desabrochada en el pecho, dejando ver el comienzo de su delicada ropa interior. Sus pantalones ceñidos de tela negra delineaban sus caderas. Se sabía hermosa, de cristalinos ojos azules y un cabello rubio y lacio que mantenía atrapado en una cola, dejando que algunos mechones le cayeran por un lado del rostro.

Apuntó con un dedo al pelirrojo, un dedo adornado con anillos plateados, que hacían contraste con su piel clara y las uñas pintadas de rojo.

- Tú... - dijo -. ¡Humillarnos frente a toda esa gente!

- No fue mi culpa - murmuró Iori, tomando un sorbo de agua y apartando la mirada como si no le interesara.

- ¿Ah, no? Mou... ¿a quién vas a culpar, entonces? - insistió ella. La fiesta había sido planeada para las siete de la noche, a más tardar. A esa hora todos los invitados ya habrían llegado. ¿Y qué pasó? Oh, claro, Iori y Tsukiyo aparecieron a las diez y trece minutos, cuando los invitados ya estaban impacientes y de pésimo humor.

- Sono onna no ko... {Esa chica...} - murmuró Iori. Su actitud iba a terminar por exasperar a su interlocutora.

- Busca una mejor excusa, Yagami...

- ... rompió su vestido y tardó dos horas en escoger uno nuevo.

Ante esto, ella se quedó helada.

- ¿Rompió EL vestido? - repitió -. ¿MI vestido? ¿Ese que Rugal me regaló para mi... para mi...? ¿ESE vestido?

- Sou iu koto {Ese mismo} - terminó Iori, dejando el vaso a un lado y hundiéndose el sillón, cerrando los ojos, para no ver a la rubia dirigirse a golpear la puerta de la habitación de su hermana menor.

El estruendo fue tremendo, como si el departamento entero se viniera abajo.

- Tsukiyo! Open it! {¡Abre!} - gritaba ella al ritmo de los golpes en la puerta.

Al cabo de un rato, esta se abrió, y una chica de rizos dorados despeinados se asomó.

- What's happening... Mature-oneechan? {¿Qué pasa, hermana Mature?}

Iori hizo caso omiso a la discusión entre la rubia y su hermana. Fue hasta la mesa, se sirvió algo más de agua y luego se sentó en el borde de la ventana desde la que podía ver la nevada ciudad.

- Kusanagi... - murmuró para sí.

* * *

Lejos de allí, en la mansión Kusanagi, Kyo observaba extrañado como Kyoko revolvía todos los viejos armarios buscando un traje que aun le quedara bien. Frente a sus ojos pasaron volando algunos uniformes de colegio de la talla de un niño de cinco años, luego viejas camisas y pantalones que él había olvidado haber vestido alguna vez. Sweaters, jeans, bufandas, más uniformes, de todo.

- ¿Para qué guardan esa basura? - preguntó, sudando una gotita al ver aparecer a Kyoko con lo que parecía ser un kimono negro.

- Órdenes de Shizu-sama - respondió Kyoko con una sonrisita mientras dejaba la prenda sobre la cama e iba a ayudar a desvestir a Kyo. Sin miramientos, ella fue directamente a los botones de la camisa, abriéndola con dedos expertos antes de que el joven pudiera reaccionar siquiera.

- Yo puedo solo - le cortó Kyo, apartándola. Ella retrocedió unos pasos, y asintió, pero se quedó allí observándolo. El se sentía algo incómodo así que se detuvo y la observó también. - ¿No piensas salir?

Ella negó con la cabeza, sin comprender del todo el porqué de esa pregunta.

- Kyo-sama - dijo ella suavemente, acercándose un paso. Apartó las manos de Kyo, y continuó desvistiéndolo -. Sólo cumplo órdenes, lo siento.

Pronto, la gastada camisa y sus jeans estuvieron en el suelo, listos para ser retirados y ¿lavados? Bien, Kyo sólo esperaba que no terminaran en la basura.

Estaba de pie, junto a la cama, y Kyoko forcejeaba detrás de él para cerrar esa túnica como se debía. La pesada tela caía hacia el suelo, y Kyo se sentía idiota.

- ¿No hay algo ligeramente más moderno en todo ese montón de ropa? - preguntó.

- No. Además, su padre quiere que vista así...

- Pero esto es un traje ceremonial...

- Sou desu... {Así es...}

Kyo se volvió hacia ella, tenía un mal presentimiento. La muchacha no levantó la mirada, continuó trabajando para ajustar bien los adornos dorados del traje, pero él supo que mantenía la mirada baja a propósito.

A pesar de que se sentía tranquilo, todo empezaba a aclararse. Había sido tan fuera de lugar, todo, que su mente cansada lo dio como un hecho, pero ahora que el asunto se aclaraba, eran como pequeñas piezas diciéndole que tuviera cuidado. En primer lugar, ¿por qué su padre había enviado a sus ninjas para llevarlo a casa? Ni siquiera dialogaron con él, lo atacaron para obligarlo a ir con ellos. Luego, el dolor que lo había aquejado durante un año y que su padre tan fácilmente pudo calmar. Y, por último, este traje, y todos los pequeños detalles, como tener a una sirvienta preparada exclusivamente para él.

- Kyoko, ¿qué está pasando aquí? - preguntó a la chica cuando ella hubo terminado.

Con una profunda inclinación ella negó con la cabeza.

- Sólo cumplo órdenes, nani mo shirimasen {no sé nada}, Kyo-sama.

Un sonido lejano y apagado llamó la atención de Kyo. Kyoko también lo oyó y ambos se quedaron escuchando en silencio. Era un sonido bajo acercándose, y a medida que lo hacía lo reconoció: vehículos, dirigiéndose a la vieja mansión.

Se acercó a la ventana, intentando ver por entre la escarcha y la nieve. Como era inútil, empujó la ventana para abrirla hasta que, con algo de esfuerzo, esta cedió y dejó entrar el viento helado de invierno.

- Kyo-sama, iya desu... {no...} - intentó protestar Kyoko, pero él observaba fija y fríamente la larga comitiva de automóviles oscuros que en ese momento entraban por la reja de la mansión y enfilaban hacia los estacionamientos. Eran los automóviles de sus familiares, de las diversas familias que formaban el clan Kusanagi y que se reunían cada Navidad para pasar un tiempo juntos, discutir sobre los asuntos que los relacionaban a todos, y compartir algunas noches.

Vio cómo los sirvientes de la mansión recibían a los invitados, tíos, primos, y mucha gente a la que no conocía o que llevaba años sin ver. Pronto las maletas y bolsos empezaron a aparecer. Se veían como pasajeros al salir de un aeropuerto, pensó Kyo, pero de pronto alguien llamó su atención.

Si bien todos los que había visto vestían trajes formales, camisa y corbata, de uno de los últimos vehículos bajó una figura delgada, de porte imponente, ataviada de la misma forma que él: una túnica a la antigua, sólo que la suya era azul oscura, adornada con bordados dorados que formaban el símbolo de la familia.

Su cabello castaño, habitual en el linaje, y sus ojos cálidos se dirigieron directamente hacia Kyo, saludándolo con una inclinación de cabeza, para luego seguir su camino en dirección a la casa.

- ¿So... Souji-san? - murmuró Kyo, sorprendido. Desde el 96 no había tenido noticias de él. Le sorprendía que estuviera allí, porque era un primo que había renunciado a ser uno de los líderes de los Kusanagi debido a un inesperado Riot que sufrió antes de que Orochi apareciera. Kyo recordaba como había abandonado los entrenamientos, el fuego, todo, con tal de mantenerse bajo control y no sucumbir al poder de ese dios serpiente. Por eso no comprendía qué estaba haciendo allí en ese momento. ¿Y qué pretendía hacer, vestido de forma tan ceremonial? ¿Quizás toda aquella formalidad era para darle la bienvenida de vuelta al clan?

- Kyo-sama - Kyoko le rogó que la dejara cerrar la ventana, hacía demasiado frío. Él se apartó, perdido en sus pensamientos. La bienvenida era lo más lógico, no se le ocurría nada más... pero eso no respondía a ninguna de las dudas de momentos atrás. Había algo extraño allí, lo sabía. Pero ni siquiera esto lo prepararía para lo que vendría después.

* * *

Rostros de piedra, ojos oscuros y fríos. Un aura que emanaba solemnidad pero que de alguna manera le dio miedo, a él, que pensaba haber dejado todas esas cosas atrás desde hacía mucho tiempo. Eso fue lo primero que percibió Kyo al correr la puerta de papel que lo separaba del salón de reuniones de la familia.

Pero eso no era todo. Él esperaba ver el conocido salón, el fuego ardiendo en la chimenea, los tíos y primos conversando animadamente sentados en los cómodos sillones, bebiendo vino y fumando sus cigarrillos exclusivos. Sin embargo, se encontró dentro de un lugar totalmente vacío, cuyas alfombras habían sido removidas para cubrir el suelo con ásperas esteras. Las paredes empapeladas a la usanza moderna habían sido ocultas tras cortinas de papel, bellamente trabajadas en acuarela. Todos los muebles habían desaparecido, y en vez de ellos sólo habían cojines azules en el suelo, donde todos sus familiares, sin faltar ninguno, estaban arrodillados en silencio, con las miradas fijas en él.

- Nan da...? - murmuró para sí; a su lado, Kyoko se había arrodillado en un gesto de profundo respeto.

- Entra, Kyo - ordenó una voz familiar, y Kyo miró para encontrarse con los ojos severos de su padre. Toda aquella solemnidad le recordó a la ceremonia que le hicieron siendo niño, cuando fue declarado como uno de los sucesores del clan y empezó su entrenamiento. Pero esto era peor, porque *toda* la familia estaba presente. Los hombres arrodillados en los cojines, sus mujeres detrás, y los primos, mayores y menores, de pie cerca de las paredes, observando con curiosidad una ceremonia que nunca había sido dispuesta para ellos.

- ¿Qué es todo esto? - preguntó él rudamente sin obedecer.

- Entra, primo - dijo una voz suave y educada -. Haite kudasai {Entra, por favor}.

Al volverse, el joven se encontró con la persona que había visto bajar de los automóviles, su primo mayor, Kusanagi Souji. Estaba a la cabeza de la fila, a la derecha de Saisyu y el otro alto líder del clan cuyo nombre Kyo no recordaba.

A la derecha... el lugar de honor... Los pensamientos cruzaron por su mente, pero vagos, no les pudo prestar atención, porque en ese momento Souji se ponía de pie, y Saisyu y el viejo líder también.

- Te hemos llamado, Kyo, porque ya es momento de establecer cual será tu futuro y el del clan - dijo este, en voz baja. Kyo le lanzó una mirada como exigiéndole que se explicara pronto, que no tenía todo el día para perderlo con un grupo de viejos anticuados. - Por tu nacimiento, se te otorgó el derecho de ser nombrado líder en un futuro cercano. Pero desde ese día los tiempos han cambiado y las reglas son otras.

Saisyu asintió levemente, como indicándole a Kyo que continuara tranquilo, que sólo escuchara.

¿Tranquilo? Kyo casi rió en su cara. Estaba allí, sin saber porqué, contra su voluntad, y lo único que quería era irse. ¿Y su padre le pedía que se quedara tranquilo?

- El punto es: se decidirá quién es el líder del clan aquí y ahora. No hay más que decir. Souji, Kyo, adelante.

Y con eso, el viejo tomó asiento, mientras Saisyu intercambiaba una mirada con Shizu, a quien Kyo no había tenido la oportunidad de saludar aun.

Souji lo distrajo, tocándole levemente el hombro. Sonreía, pero Kyo nunca había visto una expresión más falsa en el rostro de su primo. Se llevaban bien, pero desde el problema con Orochi ambos habían cambiado. Kyo se había convertido en el más poderoso Kusanagi de esa generación, mientras Souji no podía hacer otra cosa que lamentar el haber renunciado a todo.

Las cosas no se podían quedar así, y, ahora que Orochi había desaparecido, el riesgo de un Riot era mínimo... y la ambición había crecido desmesuradamente en el corazón de Souji, alimentada por la envidia y el pensar lo bien que Kyo lo pasaba.

- ¿Qué es lo que quiere? - preguntó Kyo con el ceño fruncido, apartándose.

- ¿No lo escuchaste? Vamos a pelear ahora, vamos a demostrar quien es el más fuerte y quién tiene derecho de ser nombrado líder del clan - siseó Souji, con malignidad. Kyo creyó oír la voz de Iori en ese siseo. La forma en que pronunciaba las palabras con odio contenido. Yagami, ¿por qué lo recordaba en ese momento?

Parpadeó lentamente y esbozó una ligerísima sonrisa despectiva:

- ¿Sólo eso? ¿El título? - Kyo se volvió, dándole la espalda a Souji e inclinándose sobre Kyoko para que se pusiera de pie con un "vámonos". Ella alzó el rostro y él vio sus ojos brillantes y preocupados. Souji dio un paso hacia él, tomándolo del hombro para evitar que se fuera. Kyo se enderezó, y apartó esa mano con un golpe -. No me interesa. Puedes ser líder del clan o dueño del mundo, no es mi problema - le dijo secamente y oyó las exclamaciones de los otros miembros de su familia, junto con las risitas y un "bien dicho" de parte de sus primos más jóvenes.

Souji no lo dejaría ir.

Tiró de él con violencia, dispuesto a lanzarlo al medio del salón, frente a toda la familia. El brusco movimiento tomó a Kyo desprevenido, y salió despedido hacia atrás, escuchando el grito de alarma de Kyoko. Recuperando el control, apoyó su mano firmemente en las esteras, manteniendo el equilibrio y cayendo inclinado sobre sí mismo, observando fijamente los ojos de Souji.

Se puso de pie lentamente, limpiando su traje negro con gesto indolente. Apartó el cabello de su rostro mientras sus tíos se ponían de pie y despejaban el salón, dándoles todo el espacio posible.

- Tú te lo buscaste - gruñó Kyo. De alguna parte de su traje sacó una cinta oscura y la amarró alrededor de su frente, para evitar que los largos mechones de cabello cayeran sobre sus ojos. Luego, despacio, retiró sus brazos de las anchas mangas, dejando que la parte superior del traje le cayera por las caderas, para evitar que fuera un estorbo en la pelea. Souji pareció complacido al ver que Kyo lo enfrentaría y sonrió, observando el cuerpo de su primo, los músculos marcados y la piel tan tersa, a pesar de las muchas cicatrices que tenía.

Kyo esperaba. De pie, erguido frente a Souji. Mirándolo con desprecio. ¿Acaso no se habían enfrentado años atrás? Y él había salido vencedor, por eso Saisyu le enseñó la última técnica, la que representaba a la 'Espada' Kusanagi. Si había ganado aquella vez, de seguro ahora podría hacerlo de nuevo.

Pero antes de empezar Kyo se mordió el labio, apretando con fuerza los puños. "A menos que el fuego lo traicionara..."

* * *

Nota: Kusanagi Souji es un personaje original de SNK. Sale en el KOF Kyo, en verdad es primo de Kyo, y es cierto que abandonó el Kusanagi Ryuu por temor a sufrir un Riot. Pueden encontrar más información de él en el [ Profile ] de Kyo.

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Shades of Flames and Passion
Diciembre, 2001