~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

 

Capítulo 3.~ Batalla Perdida

- ¡Adelante, Kyo!

El grito de Souji lo tomó por sorpresa, pero pudo evitar fácilmente el golpe. Se mantuvo esquivando a su primo durante largo rato, sintiendo la mirada de todos sobre ellos, que parecían ejecutar una complicada coreografía en medio de aquel salón.

Los primos más jóvenes observaban encantados la habilidad de los dos mayores, que intercambiaban golpes como si fuera lo más común del mundo. Souji observaba a Kyo con fiereza, sus ojos abiertos desmesuradamente y llenos de una expresión que para Kyo iba más de acuerdo al cabello rojo.

- ¡Pelea como se debe! - exclamó Souji al cabo de un rato. Apartando su largo cabello hacia un lado. Kyo lo esperaba, mirándolo fijamente, con ojos oscurecidos. Ya había sido suficiente de medir la fuerza de su primo. Como era de esperarse, no había gran diferencia entre su estilo ahora y el que había enfrentado hacía varios años. No sería un gran problema vencerlo.

Sonrió, asintiendo. Souji se puso en guardia al ver a Kyo corriendo hacia él, chispas brillantes empezando a brotar de sus manos desnudas, prontas a convertirse en una gran llamarada.

- Kura... {Toma es...} - empezó a decir Kyo, lanzando su puño hacia adelante con toda su fuerza, a medida que invocaba a sus llamas.

Los segundos siguientes, fueron una gran confusión. Kyo oyó el grito de su madre... y de pronto sintió el dolor como una explosión en su interior... ¿O fue primero el dolor y luego el grito? Pero no fue sólo eso, sino que pronto sintió un dolor más común que lo hizo volver a la realidad. Era Souji, que había aprovechado su momento de duda para hundir su puño en su estómago. Kyo jadeó, tratando de recuperar el aliento, mientras caía de rodillas a los pies de su primo, que rió.

- ¿Qué pasó, Kyo? - se burló Souji suavemente -. ¿Acaso elegimos un mal momento para pelear?

Al oírlo, la rabia inundó el cuerpo de Kyo, que se impulsó hacia adelante dispuesto a volar la sonrisa del rostro de Souji. Sin embargo, cuando pensó que estaba de pie y a punto de cobrar velocidad, sus piernas temblaron y cayó de nuevo, con un gemido. Souji lo mandó lejos de una patada que él no pudo evitar. Rodó sobre las esteras, tratando de tragarse el dolor, no del golpe, sino el que ardía en su interior.

Sintió claramente como su cuerpo temblaba y no le obedecía. Era como aquella noche, durante el ataque de los ninjas. No podía moverse, parecía como si toda su fuerza lo hubiera abandonado de repente. Abrió los labios para respirar, y con temor notó el sabor salado a sangre.

- Kyo... - la suave voz lo hizo levantar la mirada, vio entre brumas el rostro angustiado de su madre. Saisyu estaba con ella, sujetándola para que no interviniera en la pelea. Kyo supo que había algo que ellos sabían y él no. Era obvio, por el rostro obstinadamente severo de su padre, y por la desesperación en los ojos de su madre. Ella se inclinó lo más que pudo hacia él, estirando su mano, como si quisiera tocarlo -. No pelees... Kyo... - susurró, para que sólo él la oyera -. Estás en desventaja... y Souji está dispuesto a matarte... Tatakawanaide kudasai! {No pelees... ¡Por favor!}

Un empujón de parte de Saisyu la apartó finalmente, y ella se cubrió el rostro con las manos, cayendo de rodillas y echándose a llorar.

- Kore wa Henka {Es el Henka} - susurró entre lágrimas, negando con la cabeza -. Kyo...

La cabeza del joven daba vueltas.

- Henka... no ka {¿Henka?} - repitió, tratando de recordar.

- Saa, Kyo - la voz de Souji lo hizo volverse, alerta, pese al dolor y la confusión que lo embargaban -. ¿No me dirás que no recuerdas lo que es el Henka? - Souji se echó a reír. Observó a sus familiares, los rostros expectantes y severos -. Te lo explicaré... - El joven se inclinó sobre Kyo, y, sujetándolo del cabello, lo obligó a ponerse de pie -. Es la prueba por la que todos los Kusanagi capaces de controlar el fuego deben pasar. Es el momento en que las llamas se rinden a ti, o te destruyen...

La mano de Souji empezó a arder, Kyo forcejeó para soltarse. Lo logró dándole un codazo en el pecho y cortándole la respiración. Se alejó algunos pasos, para ganar tiempo mientras trataba que el dolor amainara. Empezó a jadear. Souji continuó riendo.

- Parece que vas por el mal camino, primo - dijo y, saltando hacia Kyo, encendió sus llamas en medio del aire, cayendo sobre él con una explosión escarlata que destruyó parte del suelo del salón. Los primos menores se asustaron, y se observaron entre ellos, apartándose lo más posible. Los mayores miraban impasibles. Incluso Saisyu estaba cruzado de brazos, como si no le importara el que mataran a su hijo allí mismo, frente a sus ojos.

Cuando el fuego se apartó, todos vieron a dos figuras de pie en medio. Souji y Kyo. Una de ellas brillaba con intensidad, extendiendo su aura dorada que se encendía al entrar en contacto con el ambiente y ardía en llamaradas anaranjadas. Souji retrocedió algunos pasos ante semejante demostración de poder.

- K'so... {Maldita sea...} - gruñó Kyo, clavando en él su mirada furiosa -. ¿Crees que eso me iba a vencer? Te demostraré lo que es... ¡el verdadero poder de un Kusanagi!

Con un movimiento veloz, Kyo lanzó una llamarada al suelo, un pequeño YamiBarai que se convirtió en una columna de fuego anaranjado y cegador. El estremecimiento que sacudió a toda la familia fue la forma en que repercutió su energía al límite, mientras saltaba dentro de la columna de fuego y hundía su puño dos, tres, cuatro veces en el cuerpo de su primo. Esquivó un golpe errático y terminó el movimiento con un Oniyaki, golpeando a Souji desde el pecho a la barbilla, arañando su piel y lanzándolo por los aires.

Un murmullo de admiración se oyó en el salón cuando Souji cayó pesadamente al suelo. Sin embargo, antes de que nadie pudiera reaccionar, el grito de dolor de Kyo desgarró el ambiente.

- ¡Hijo! - Shizu no pudo evitarlo, y Saisyu, desprevenido, no alcanzó a sujetarla. Ella corrió hacia Kyo, pero se detuvo a unos pasos, cuando oyó un fuerte gemido proveniente de él. Se había llevado las manos al pecho, y estaba de rodillas, encogido en sí mismo. De sus labios goteaba sangre, y lágrimas rojas brotaban de sus ojos cerrados.

Alguien la apartó de allí justo en el momento en que el fuego volvió a envolver al joven, ardiendo descontrolado. Kyo gritó, intentando mantenerlo bajo su voluntad, pero le era imposible. Más sangre cayó, y, por primera vez en años, sintió que las llamas le hacían daño.

- ¿Eso es tu poder? - preguntó Souji desde algún lugar. Kyo no podía ubicarlo, pero sintió que lo pateaba nuevamente, enviándolo al suelo. Gimió. Quiso levantarse, prepararse para el siguiente golpe, pero no podía. ¡No podía moverse! Yacía allí, muriendo, en medio del fuego.

Vio venir el golpe de su primo, y bloqueó, o creyó hacerlo. Pero pronto sintió que el suelo lo recibía de nuevo.

- ¡De pie, Kyo! ¿O prefieres rendirte ya?

Enfurecido, el joven hizo el esfuerzo. Apoyó las manos frente a él, viendo, entre lágrimas sanguinolentas, que estaban cubiertas de sangre. Su sangre. Souji estaba jugando con él, y lo sabía. Lo mandaba al suelo cada vez que él intentaba ponerse de pie. Lo estaba humillando frente a toda su familia. Pero... ante esto, Kyo no pudo evitar que sus ojos se nublaran con verdaderas lágrimas. ¡No podía hacer nada! Sus brazos no tenían la fuerza para levantarlo, ni sus piernas para sostenerlo.

Sintió el pie de Souji hundiéndose en su espalda, una y otra vez, hasta que finalmente no intentó levantarse sino que se quedó allí, recibiendo los golpes que hacían crujir sus huesos y arrancaban gritos de sus labios ensangrentados. Llegó un momento en que cerró los ojos. No quería ver las miradas de reproche de sus familiares, ni la sorpresa en la expresión de sus padres. No quería... reconocer que había sido vencido.

Los golpes hubieran continuado de no haber sido por una voz, clara y firme, que rogó:

- Souji-sama, yamete kudasai {deténgase por favor}.

Y, sin comprender qué sucedía, Kyo sintió que unos brazos lo sujetaban y lo ayudaban a sentarse. Abriendo los ojos, reconoció a uno de los leales sirvientes de su familia. La idea que pasó por su mente al verlo y sentir que lo ayudaba era algo que no podía aceptar. ¿Había sido vencido por Souji? Eso era imposible. ¡Imposible!

- Kyo-sama - oyó que pronunciaba el sirviente, pero no le hizo caso. Se levantó a duras penas, caminando con pasos titubeantes hacia Souji que lo observaba feliz y con aires de superioridad. Kyo se vio como Souji lo veía: un joven impulsivo, pasando por lo peor del Henka, sangrando interiormente, a quien el fuego lo había traicionado para siempre. Gimió algo cuando estuvo a punto de caer, pero alcanzó a tocar el rostro de su primo, ensuciándolo con su sangre, y jadear -: Maldito seas... no tienes honor...

Luego de eso, toda su fuerza lo abandonó y quedó apoyado en Souji que, sin ni siquiera sujetarlo, se apartó dejándolo caer.

Se oyó la voz retumbante del líder del clan al anunciar como vencedor a Kusanagi Souji, y pronto todos empezaron a salir del salón. Las mujeres obligaron a Shizu a salir con ellas, lamentando el resultado de la pelea, mientras Saisyu iba con el lider y el nuevo sucesor, sin ni siquiera poder verificar que su hijo se encontrara bien.

El silencio que envolvió al salón sólo fue interrumpido por los leves sollozos de Kyoko, que esperaba arrodillada en la puerta, y los agudos gemidos de Kyo, que luchaba por respirar, sintiendo que se ahogaba en el dolor y la sangre.

Pasos ligeros se acercaron a él, y luego una mano gentil acarició su cabello castaño y desordenado.

- Kyo-sama... - dijo una voz, la misma que había oído hacía poco. Kyo sintió que lo movían despacio, con cuidado pero produciéndole tanto dolor que gritó nuevamente. Quedó sentado, apoyado en el sirviente, que rasgó parte de su traje oscuro para limpiar la sangre de los labios del joven -. ¡Kyo-sama! - llamó, al ver que su joven amo empezaba a perder la consciencia. Apretó los puños, sintiendo un odio irracional hacia sus amos Souji y Saisyu y Shizu. ¡Era culpa de todos ellos el que Kyo estuviera así! Él les había advertido que no lo dejaran pelear, pero ellos lo hicieron siguiendo las estúpidas reglas de la familia. Estas eran las consecuencias. Hacerlo pelear durante el Henka... ¡Idiotas!

Abrazó protectoramente a Kyo contra su pecho, mientras con una mirada de sus ojos ámbar le indicaba a Kyoko que lo ayudara. La jovencita asintió, y murmuró en voz baja:

- Lo que usted diga, Fujimiya-san...

* * *

El fuego ardía en la chimenea de la habitación. Había oscurecido y la tormenta de nieve acababa de empezar. En otra ala de la mansión, la familia estaba reunida en torno al nuevo líder del clan Kusanagi. En la habitación, una pareja de muchachos atendía a un joven que yacía sin sentido en la cama.

- Más vendas - ordenó el muchacho, y la sirviente se apresuró a sacar más de la cajita.

Su mirada angustiada se posó en el cuerpo de su amo. La respiración trabajosa y errática, y la alta fiebre le daban la impresión de que moriría en cualquier momento. Sin embargo, el muchacho que lo curaba en ese momento expresaba una seguridad en su amo que ella se obligó a confiar también.

- Fujimiya-san... - murmuró ella.

- Ve y trae algo de agua helada - fue todo lo que dijo él, secamente, limpiando con un paño la sangre que ensuciaba el rostro de Kyo. Ella dudó. No se atrevía a hablar, pero tampoco se atrevía a dejar a Kyo. El muchacho la observó, sus ojos ámbar volviéndose comprensivos durante un breve momento -. Él no va a morir. No lo hará. Pero yo necesito que me ayudes, ¿está bien? Necesito el agua para bajarle la fiebre.

Kyoko asintió, apretando su kimono para evitar las lágrimas. Salió corriendo de la habitación con sus pasos cortos, y una vez que se fue, el muchacho se derrumbó en una silla.

- Kyo-sama, no se rinda - susurró, tomando la mano helada del joven y acercándola a sus labios. Su frialdad le impresionaba -. Resista, por favor.

Cerró los ojos un momento, apartando su cabello castaño, tan parecido al de Kyo, con un gesto de su cabeza. Se quedó observándolo, viendo como su pecho subía y bajaba sin ritmo alguno. Y fue en esos momentos en que notó que el joven abría los ojos lentamente. Su mirada le produjo un escalofrío. Sus ojos agotados, manchados de rojo que tomaban tintes escarlata.

- Kyo-sama - dijo suavemente, poniéndose de pie, por respeto. El joven parpadeó, confuso.

- Syo... - dijo, despacio. Entre jadeos.

Fujimiya Syo asintió, aliviado al oír su nombre siendo pronunciado por esos labios, después de tanto tiempo. Se apresuró a arropar bien a Kyo, cubriéndolo gentilmente con las sábanas ligeras, tratando de no rozar sus heridas ni quemaduras.

- No puedo moverme - gimió Kyo, luego de intentarlo. Syo negó con la cabeza.

- Su cuerpo está agotado, no se esfuerce, por favor - dijo en voz baja -. Está herido, y debe descansar.

El joven clavó su mirada en él. Asintió de mala gana.

- ¿Cómo pude olvidar el Henka? - se preguntó luego, reprochándose, frunciendo el ceño con frustración. Ahora empezaba a recordar. Sus maestros le habían hablado al respecto, pero él nunca pensó que no sería capaz de superarlo. Parecía fácil salir airoso de esa prueba. Después de todo era él, el más poderoso Kusanagi de su generación. Su mismo padre había aceptado eso cuando le enseñó la última técnica, el Mu Shiki... ¿Cómo era posible que le estuviera sucediendo eso ahora?

Nuevamente intentó incorporarse, pero se encontró con que Syo lo sujetaba del pecho, impidiéndole moverse. Kyo, sacó su brazo de entre las sábanas e intentó apartar esa mano intrusa con un golpe, pero se dio cuenta que sus movimientos eran torpes, y que ni siquiera tenía la fuerza para sujetar la delgada muñeca del ninja. Los ojos de Syo reflejaron pesar por un momento, pero al siguiente segundo esta expresión había desaparecido. Sus ojos ámbar se volvieron fríos y severos.

- No le permitiré... - empezó, pero una mirada furiosa de parte del joven lo hizo callar.

- ¿Quién te crees tú para decirme lo que debo hacer? - le gritó. Kyo estaba realmente molesto, y la frustración al verse tan débil lo estaba alterando. Eso, sin contar que este sirviente a su lado lo trataba como si fuera un pobre niño desvalido -. ¡Sal de aquí, nadie te ha llamado...!

Kyo hubiera seguido gritando, cuando de pronto el dolor que había estado latiendo en su interior explotó en toda su intensidad. No pudo evitar un grito, e, inconscientemente, su cuerpo se arqueó, haciéndolo levantarse, abrazándose a sí mismo, mientras las oleadas de dolor recorrían todo su ser. Syo se apresuró a sostenerlo, pero cuando sus manos iban a tocar los brazos desnudos de su amo, el fuego empezó a brotar. Kyo entreabrió los ojos, viendo que el fuego salía de él, sin control. Su piel ardía, aunque las llamas no se extendían más allá, no invadían las sábanas, sólo ardían brotando de él. Quiso controlarlas, pero todo lo que sentía era el dolor, una y otra vez. Nuevamente una lágrima de sangre brotó de sus ojos castaños, nublados. Se sacudió en la cama, como si ese fútil movimiento fuera a alejar el dolor.

- Kyo... - escuchó la voz en su oído, profunda. Y luego sintió aquellos brazos que ya le eran familiares rodeándolo, posándose sobre la piel de su espalda y su pecho, sobre las llamas. Sorprendido, vio que se trataba de Syo. Ese idiota... ¿qué pretendía? ¿Quemarse vivo junto con él? Quiso apartarlo, pero estaba demasiado débil.

Otro grito escapó de su garganta, y Syo lo estrechó con más fuerza, cerrando los ojos. Recordando.

* * *

- ¿Qué demonios estás mirando?

Eran sólo dos niños, observándose fijamente en medio del patio de entrenamiento de la vieja mansión Kusanagi. Ambos eran similares, cabello castaño corto y desordenado. Ojos de miraba orgullosa a pesar de su poca edad. Uno los tenía castaños, brillando con vida, mientras el otro se veía algo tenebroso, con una mirada oscura que no iba con el color cristalino, casi ámbar de sus pupilas.

El que había hablado era el niño de ojos ámbar. Vestía un simple traje de entrenamiento, blanco, de áspera tela. Sus manos estaban ocultas dentro de las anchas mangas, y una espada colgaba de su cinturón. Había venido de un orfanato, escogido entre muchos para seguir un entrenamiento que, si conseguía salir airoso, lo convertiría en sirviente de una de las familias más poderosas de la zona. Como era de esperarse, su deseo por salir del orfanato, y ser alguien en la vida, lo habían ayudado a llegar lejos. Superó a todos sus compañeros, y, en el día de la prueba final, sus instructores lo enviaron a la famosa mansión. Le dijeron que esperara en el patio, cosa que él hizo sin protestar.

Fue al cabo de un rato de estar vagando bajo los árboles y el pasto descuidado, que crecía casi en estado salvaje, que percibió a una figura observándolo con curiosidad. Era sólo un niño, casi de su edad, muy serio pero con una expresión de superioridad que a él no le agradó. Fue hacia él y se paró justo adelante. Fue cuando hizo la pregunta y no recibió respuesta. Eso lo enfureció de sobremanera. ¡Odiaba ser ignorado, y mucho más aun si se trataba de un mocoso de su misma edad! ¿Quién sería? De seguro se trataba de otro de los que habían sido aceptados para servir a esa familia. ¿O quizás el que competía con él por el puesto?

Con sorpresa vio que el niño levantaba los puños, en posición ofensiva, y aquello lo sorprendió. Parpadeó confuso. ¿Quería pelear con él? ¿Lo estaba retando?

Rió secamente, retrocediendo un poco y poniéndose en guardia también.

El muchacho, que no había dicho ni una palabra, se lanzó hacia él, que esperaba alerta. Vio como, con una facilidad sorprendente, el muchacho silencioso giraba sobre sí mismo y le lanzaba una patada con toda su fuerza, que él a duras pena alcanzó a esquivar. Sin embargo, el golpe si dio contra algo y, al bajar la mirada, vio que la empuñadura de su espada había sido destrozada. Tragó saliva. ¿Quién demonios era ese niño?

Tomándose su tiempo, y probando cuan honorable era su oponente, sujetó la espada y la retiró, dejándola suavemente en el pasto a su lado. Sonrió al ver que el otro niño esperaba a que terminara, sin atacarlo a traición. Bien, al menos era alguien con que valdría la pena pelear.

- Boku wa Fujimiya Syo {Soy Fujimiya Syo} - dijo, ajustando las cintas en sus muñecas y el cinturón de su traje de entrenamiento -. Namea wa? {¿Cuál es tu nombre?}

El otro muchacho pareció sorprendido de que se presentara tan informalmente, pero respondió rápidamente:

- Kyo desu... - e hizo una profunda inclinación antes de volver a ponerse en guardia. Syo sonrió. Bonito niñito educado... Nada mal... Pero él sería el vencedor. Servir a esta familia de renombre podría ayudarle a dejar atrás una niñez de sufrimientos y privaciones que lo tenía harto. No iba a ser considerado con nadie. Él era todo lo que le importaba.

Intercambiaron algunos golpes, y en un descuido Syo se encontró de cara contra la hierba, sin comprender qué había sucedido. El otro muchacho sólo lo observaba, con tranquilidad, como si esperara que eso pasara.

Con algo de esfuerzo, y limpiándose la sangre de los labios, se puso de pie y volvió a atacar.

El resultado fue el mismo. Frustrado, se levantó otra vez. Jadeó, riendo. ¿Eso era todo? Perder tanto tiempo entrenando para que luego un niñito viniera a derrotarlo? Quiso hacer otro ataque, pero oyó pasos acercándose. Pasos de adulto.

Un hombre apareció en el patio, vestía ceremoniosamente, de impecable negro. Observó a los dos niños sudorosos y asintió con la cabeza, dirigiéndose a Kyo.

- ¿Y qué opina, Kyo-sama? - preguntó con respeto. Syo parpadeó. ¿"Sama"?

El niño sonrió levemente y le lanzó una mirada.

- Me gusta este - dijo, indicando a Syo, que se sintió ofendido.

- ¿Qué demonios sucede aquí? - exclamó, saltando frente a ellos, impulsivamente.

Un golpe en su mejilla de parte del hombre lo mandó rodando por la hierba. Había sido tan inesperado que no pudo evitarlo y, aunque no le dolió, se sintió humillado ante semejante debilidad. Al siguiente segundo ya estaba de pie de nuevo, y por lo que parecía, el hombre se preparaba para golpearlo otra vez.

Pero Kyo se interpuso.

- No lo toques - dijo, como un niño molesto -. El es mío ahora, y no quiero que lo toques.

Syo no comprendía nada. Meses después, durante un entrenamiento especial que le dieron junto con otros chicos recién llegados, supo que Kyo era el último descendiente de los Kusanagi. La familia a la que él iba a servir. Sin poder creerlo, Syo maldijo su suerte. Justo le tocaba ser el sirviente de un niño engreído. Envidiaba a sus compañeros, que serían enviados a diferentes partes del país, a las casas de los otros miembros de ese famoso clan. Sin embargo algunos de ellos le decían que era él el afortunado al servir a esa parte de la familia. Syo no podía aceptarlo. Y odió a su futuro joven amo con todo su corazón.

El día en que fue asignado oficialmente, Syo llegó caminando cabizbajo hasta la mansión. Fue llevado al mismo jardín donde había estado la primera vez y se sorprendió al encontrar a Kyo allí de nuevo. Nunca consideró el tiempo que había pasado entrenando, pero al ver a Kyo, más alto y cambiado, no pudo evitar quedarse observándolo sorprendido, perdiéndose en sus ojos castaños.

Kyo también pareció reconocerlo y le sonrió como saludo antes de volverse hacia la persona que estaba con él, inclinarse sobre si mismo para tomar impulso, y saltar alto en el aire, dejando tras de sí un rastro de fuego. Syo observaba boquiabierto. Había oído rumores sobre el poder, el fuego, pero jamás los tomó en serio. Ahora que veía las llamaradas brotando de las manos desnudas de su futuro amo, sintió algo extraño en su interior. Sin embargo, antes de que pudiera identificar de qué se trataba, oyó el grito de Kyo mientras caía. El hombre al que había querido atacar, se paró ante él, severo.

- No eres lo suficientemente fuerte - dijo fríamente. Kyo bajó la mirada, mientras trataba de ponerse de pie. Tenía ambas manos recogidas contra el pecho, como si protegiera algo. Syo vio que por sus mejillas corrían lágrimas, pero que levantó la cabeza y miró directamente a su instructor. Este gruñó algo y se retiró, pasando al lado de Syo sin ni siquiera mirarlo, y dejando tras de sí a un Kyo herido, tal vez.

Syo dudó en acercarse, pero finalmente los gemidos del niño de cabello castaño lo obligaron a ir hacia él. Por un lado se sentía complacido al ver que lo habían derrotado tan fácilmente, pero por el otro... había algo similar entre ambos. Ambos tenían que soportar un entrenamiento que iba más allá de lo que sus cuerpos podían aguantar.

- Da... daijoubu... Kyo...? {¿Eh... Estás bien... Kyo...?} - murmuró -, sama.. - agregó, aunque no se sentía cómodo llamándolo así. El niño lo miró, sus labios temblaban mientras intentaba contener las lágrimas. Syo bajó los ojos y notó cual era su angustia. La piel de sus manos estaba horriblemente quemada -. Kyo-sama - exclamó, sin darse cuenta que lo llamaba así, y mucho menos que a pesar de que se había obligado a odiarlo, todo aquel tiempo pensando en él lo había hecho apreciarlo también...

Rasgó, sin meditarlo, el traje que llevaba. Era su uniforme oficial, pero no le importó. Con la mirada buscó una fuente en el jardín y, al verla, corrió hacia ella, sumergiendo la tela en el agua helada. Regresó corriendo hacia Kyo, en el camino reconoció un matorral al que sus instructores le atribuían propiedades curativas. Arrancó algunas hojas, y las frotó contra la tela húmeda. Kyo lo observaba en silencio.

Cuando aplicó la tela sobre las quemaduras, Kyo hizo un gesto como para apartarse, pero mordiéndose los labios, hizo el esfuerzo para soportarlo. Syo lo miraba sorprendido. Ese niño...

Aquella vez, las quemaduras fueron aliviadas, y Syo fue aceptado con una rápida ceremonia en el grupo de jóvenes que protegían al joven amo. Sin embargo, la preferencia de Kyo por él fue bastante obvia. Mientras el resto debía vigilar a la distancia, Kyo solía pedirle a él que lo ayudara a entrenar, y peleaban. Syo se encontraba disfrutando del tiempo que pasaba con Kyo, aunque fuera poco. Se sorprendía al ver los avances de Kyo en sus entrenamientos, especialmente en la ocasión en que su padre, Saisyu, volvió de un largo viaje y se enfrentaron como iguales, aunque Kyo no tuviera más de doce años.

El fuego dejó de herirlo con el tiempo, pero fue a costa de mucho esfuerzo, y Syo siempre estuvo allí para acompañarlo. Eso, sin descuidar su propia superación y entrenamiento.

Él, a pesar de su edad, era el más hábil entre los hombres de Kusanagi Saisyu y, como era de esperarse, los más altos líderes del clan decidieron transferirlo y ponerlo a su servicio. Syo recibió la notificación de su traslado con una mezcla de alegría y tristeza. Por un lado su sueño se cumplía: escalar puestos hasta llegar a ser alguien dentro de la jerarquía de los sirvientes de esa familia; pero por otro lado... no quería dejar a Kyo. El muchacho había empezado a asistir a la escuela y, porque no lo veía mucho ahora, Syo se había dado cuenta lo difícil que le era estar lejos de él. Era una sensación extraña, como una responsabilidad hacia su amo que no podía cumplir.

Decidió rechazar el ofrecimiento, y quedarse sirviendo al lado de Kyo durante el resto de su vida.

* * *

Kyoko corría por los pasillos tan rápido como el kimono le permitía. Llevaba un recipiente con agua helada en sus manos, y estaba profundamente angustiada. Su amo Kyo había regresado después de tanto tiempo y ahora su vida estaba en peligro. Era injusto...

Golpeó la puerta de la habitación pero no recibió respuesta, así que con un empujón la abrió y entró. Contuvo el aliento al ver a Syo sujetando a un Kyo inconsciente que yacía fláccido en sus brazos. Estuvo a punto de dejar caer el recipiente, pero se controló y se acercó, temiendo lo peor. Había sangre en el rostro de su amo, sangre en las manos de Syo, y una expresión de profundo dolor en sus ojos ámbar.

Ella dejó el agua a un lado del velador, mientras Syo la miraba. Vio que sus ojos estaban nublados, como si quisiera controlar las lágrimas.

- Llama a Shizu-sama - le ordenó -. De prisa.

- ¿Qué sucede? - quiso saber Kyoko, asustada al ver al frío mensajero mostrando esa expresión en sus ojos usualmente crueles.

- Creo que todo terminará ahora... Ve y llámalos, ¡pronto!

Kyoko asintió, pero cerró los ojos y al salir ya estaba llorando. Hacía apenas unas horas se había sentido increíblemente feliz al ver a Kyo en esa casa después de años... y ahora corría el riesgo de no volver a verlo jamás. Se preguntó porqué el destino era tan cruel con él.

Se detuvo en un pasillo, dándose cuenta que no sabía dónde estaba el amo Saisyu o su mujer. Hizo memoria. Le pareció verlos dirigirse a un salón que usaban para reuniones, para celebrar el nombramiento del nuevo lider. Sí, eso debía ser.

Echó a correr nuevamente, tropezando con alguien vestido de negro en el camino.

- Gomen nasai! {¡Lo siento!} - exclamó, avergonzada y temerosa de ser castigada, inclinándose profundamente, sin atreverse a levantar la mirada. Sintió que unas manos firmes se posaban en sus hombros.

- Kyo wa doko? {¿Dónde está Kyo?} - oyó que preguntaba una voz apagada. Tuvo que levantar la mirada levemente para responder, pero una mano bajo su barbilla la obligó a mirar hacia arriba, para encontrarse con unos intensos ojos verdes observándola fríamente. Retrocedió asustada. Era un ninja, un ninja dentro de la casa.

- N... No lo sé, lo siento - dijo tartamudeando mientras echaba a correr de nuevo. El miedo que le producían esos sirvientes de las sombras era abrumante, pero desapareció cuando escuchó el rumor de conversaciones. Sus pasos sonaron sordos contra el suelo de madera cuando aminoró la velocidad y, haciendo a un lado el terror que le tenía a sus amos, abrió la puerta con manos temblorosas.

El silencio que se hizo cuando los reunidos la vieron le dio escalofríos, pero entró sin pedir autorización, y con la mirada buscó a sus amos. Los vio alejados en un rincón, Saisyu abrazaba a Shizu, mientras el nuevo lider hablaba socarronamente con alguno de sus familiares.

- Ese Kyo siempre me pareció un farsante... - oyó Kyoko a lo lejos. Todo lo que podía pensar era que debía llamar a sus amos.

Shizu, al verla, fue hacia ella. Sus brazos estaban abiertos, como si estuviera dispuesta a abrazarla, y Kyoko, sin saber cómo, se encontró rodeada por ellos, cálidos. Sus mejillas enrojecieron, y sintió como Shizu susurraba en su oído:

- Dime que no es muy tarde...

La muchacha se estremeció. Esta mujer sabía lo que sucedería, ¡lo había sabido todo el tiempo! ¿Cómo podía ser tan cruel?

- Oye, tú - oyó luego, y reconoció la voz de Kusanagi Souji. Al volverse, alejándose de los brazos de Shizu, Kyoko bajó la mirada e hizo una inclinación mientras escuchaba -: Tú eres la sirvienta de mi primo, ¿verdad? - ella asintió, cerrando los ojos -. Quiero que le des un mensaje de mi parte. Dile que me encargaré de acabar con N.E.S.T.S. por él. Y que también acabaré a Yagami, ya que él, después de todos estos años, no pudo hacerlo... y tampoco tendrá la oportunidad de hacerlo jamás...

La muchacha sintió que los ojos se le volvían a llenar de lágrimas. Habían tantas cosas que hubiera querido decirle... Pero tenía miedo. Temía que si una simple palabra mal dicha brotaba de sus labios sería castigada, y estaba segura que no podría soportar un castigo como el que sus antiguos amos le aplicaban. Shizu le decía que ellos no eran tan crueles como los Yagami pero... ¡¿cómo podía decir eso si había sentenciado a muerte a su propio hijo?!

Asintió despacio y empezó a retirarse. Shizu y Saisyu salieron con ella. La expresión de ambos reflejaba profunda preocupación, pero para Kyoko aquello no eran más que hipocresías.

* * *

Nota:
- Originalmente Syo iba a ser Kirishima Syo, el striker de Kyo en el KOF2000. Sin embargo, como era un personaje sin historia, tuve que crearle una personalidad propia... y resultó totalmente diferente a la actitud del Kirishima de SNK, así que le cambié el apellido por Fujimiya. Lo mismo sucede con Kyoko, que al comienzo sería la striker de Shingo... Obviamente ahora esa pequeña sirvienta no tiene nada que ver ^^'
- Sé que es algo tonto avisar esto pero el "Henka" lo inventé yo, no es verdad que los Kusanagi lo sufran ^^ (Lo digo porque hubo gente que pensó que "Shika" era un personaje original de KOF o de YYH ^^'')

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Diciembre, 2001