~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

 

Capítulo 5.- Despertar

Souji hablaba con el sirviente ante él. Lo conocía. Fujimiya Syo. Al parecer los líderes lo habían tenido muy en alto, le aseguraban que era el más fiel de todos sus hombres, y que moriría con sólo pedírselo. Bien, pues probaría a ese muchacho.

- Quiero que acabes con el sufrimiento de mi primo - fue lo que dijo Souji. Esperó a ver la reacción del otro joven, pero para su satisfacción éste ni siquiera parpadeó.

Estaban a solas en la cálida oficina de Saisyu. Souji, tomándose algunas libertades, se había sentado tras el escritorio, en la cómoda silla de cuero, su espalda reposando en los mullidos cojines de terciopelo. El fuego crepitaba suavemente en la chimenea.

- ¿Puedo confiar en ti? - preguntó. Fujimiya no hizo ningún movimiento. Pero dijo en voz baja:

- Hai...

- Morirás si me traicionas - amenazó Souji con una sonrisa, sólo para atemorizarlo, pero el joven reaccionó de manera totalmente opuesta. Alzó la cabeza, clavando sus ojos de un extraño color ámbar en los ojos del nuevo líder de los Kusanagi.

- Mientras no vaya contra el honor de esta familia - dijo firmemente, como si le diera una lección de moral a un niño pequeño -, yo obedeceré. Pero si es algo que atente contra la seguridad de mis amos - de Kyo, se dijo mentalmente - tenga por seguro que preferiré morir.

La sonrisa de Souji se amplió aun más mientras de su bolsillo sacaba un pequeño sobre rojo, como los que se usaba en la china para entregar ofrendas a los dioses, cuando los hombres aun se preocupaban de edificar sus altares y quemar varillas de incienso.

- Veo que eres muy recto - dijo -. Y me han dicho que durante un tiempo estuviste a las órdenes de mi primo. Espero que por esa misma razón... - hizo una pausa, el joven sirviente no había vuelto a su posición inclinada, sino que lo miraba fríamente. Aquello le agradó. Era altivo, y no sumiso como el resto. Aunque, pensándolo mejor, quizás eso le diera problemas... - ... Por esa razón, sé que tú mejor que nadie comprende lo doloroso que es ver sufrir a Kyo así...

Los ojos de Syo se entrecerraron mientras en su interior gritaba: ¡Hipócrita!

- Quiero que lo hagas descansar - continuó Souji -. Sé muy bien cómo es el Henka. Yo también pasé por eso. Y he visto el sufrimiento que produce, especialmente en los últimos momentos, antes de morir.

Syo cerró los ojos un segundo. Sabía de lo que estaba hablando Souji. Él también había sido testigo de esas muertes y esos sufrimientos. Muchas veces él fue el encargado de llevar las notas que anunciaban la muerte de un miembro de la familia. Nadie estaba a salvo. No importaba lo fuertes que hubiesen sido, ni si se trataba de muchachas o muchachos. Todos sufrían, y muchos morían. ¡Pero se negaba a aceptar ese destino en Kyo! Ni aun cuando lo había visto sufrir y ser derrotado, ni cuando la sangre ensució sus manos. No podía creerlo, ¡no lo aceptaba!

- Por eso - sin notar nada, Souji seguía hablando -, prefiero que termines con él ahora... Antes de que empeore.

O antes de que se recupere, ¿verdad?

- ¿Cuánto... cuánto tiempo le queda... a Kyo-sama? - susurró Syo, aunque interiormente tenía miedo de saberlo.

- No lo sé - Souji se llevó una mano a la mejilla, en un fingido gesto de preocupación -. Quizás si lo viera te lo podría decir. Pero no creo que sea más de una semana... Como sea - el joven le entregó el sobre rojo a Syo, que dudó antes de tomarlo entre sus manos y hacerlo desaparecer entre los pliegues de su traje -, si sigue vivo, mañana iré a verlo... No, mejor después de Navidad, al fin y al cabo sólo faltan tres días. Luego de eso, haz que beba el contenido del sobre y su sufrimiento terminará.

Syo se estremeció. ¡Con qué frialdad hablaba de la muerte de su primo! Ni siquiera importaba que fueran familiares, ¡la manera en que se expresaba de la muerte era como si hablara de algo que sucede todos los días!

- ¿Oíste? - dijo el joven, indicándole que se retirara.

- Hai, Souji-sama...

* * *

La noche pasó lentamente. En la habitación de Kyo sólo Kyoko continuaba despierta, limpiando continuamente la frente perlada de sudor de su joven amo. Shizu había caído en un profundo sueño, incapaz de resistirse durante más tiempo. Saisyu se retiró silenciosamente en algún momento, sin que nadie lo notara. Era como si estuvieran a solas, pensó Kyoko.

Las sábanas de la cama estaban desordenadas debido a los constantes movimientos del joven. Ella estaba sentada a lado izquierdo, y Shizu dormía sentada en la silla y apoyada en el lado derecho de la cama. Observándola, Kyoko olvidó la rabia que había sentido al notar que ella y Saisyu sabían lo que sucedería. No tenía derecho a pensar así de su ama, después de todo, ella no sabía qué reglas familiares le habían impedido evitar la pelea.

Escuchó un sonido brotar entre los labios resecos de Kyo, e, inclinándose hacia él para humedecerle el rostro ardiente con un paño, pensó que escuchaba el nombre "Yagami". Prestó más atención, apartando el sonido de la respiración de Shizu y el crepitar de las llamas en la chimenea. Sí, ahora estaba segura. Kyo llamaba a Yagami.

Mirándolo con ternura, Kyoko recordó la ocasión en que, siendo ella pequeña, huyó de la vieja fortaleza de los Yagami, corriendo por el bosque aun sabiendo que sería alcanzada y luego asesinada. No le importaba, lo que quería era alejarse de esos crueles seres de una vez por todas. Viva o muerta, no importaba.

Fue una casualidad, quizás, o el destino, pero se encontró en un claro, observando la figura de un muchacho que le era muy familiar. Su cabello rojo, su mirada helada pese a ser sólo un niño.

- Iori-sama... - había murmurado ella cayendo de rodillas, sabiendo que el castigo por huir era inminente. Se echó a llorar. El pelirrojo la observó, sorprendido de verla allí. La expresión de su rostro la hirió, porque él era el único en toda la mansión que la trataba bien, el único que se había tomado la molestia de protegerla de los golpes de los demás. Y ahora la encontraba huyendo. Era doloroso...

Pero el pelirrojo no estaba solo. Otros dos niños estaban con él. Uno, justo al frente, como si hubiesen estado listos para pelear, y el otro, como testigo, apoyado contra el tronco de un árbol, los brazos cruzados, la mirada fija en ellos.

- ¿Quién es, Yagami? - preguntó el muchacho que estaba frente a su amo.

El pelirrojo no había respondido a la pregunta, sino que se dirigió a ella:

- ¿Huyes? - le preguntó secamente. Y como ella asintió, él susurró -: Cobarde.

Ella había bajado más la cabeza, y su amo se preparó para darle un golpe mortal, algo que ella había presenciado un par de veces, allá en la mansión.

- ¡Alto! ¿Qué crees que estás haciendo, bastardo?

Era el muchacho de cabello castaño, que se había acercado y apartaba a Iori. Se observaron con odio unos segundos y finalmente el pelirrojo se hizo a un lado, echando a andar hacia el bosque y desapareciendo por allí.

Así, ella se había encontrado mirando un par de cálidos ojos castaños como los suyos, y un rostro muy bello. Un muchacho de rasgos delicados, que le sonreía amablemente.

- Kyo-sama - el otro chico, que esperaba con los brazos cruzados, se acercó también -. Es hora de irnos.

El muchacho asintió, y le tomó la mano a ella, para que los acompañara.

- Ne, Syo, ¿crees que mi padre le permitirá quedarse? - preguntó con una sonrisa, mientras la llevaba por el bosque, sin que ella pudiera hacer nada.

El otro chico, que era más alto, le lanzó una mirada helada.

- Se parece mucho a Kyo-sama - le hizo notar, señalando los ojos, el cabello castaño y el rostro delicado y ovalado. Kyo rió, mirándola también.

- ¿Y si te llamo Kyo no ko {Pequeño Kyo}? - bromeó. Ella bajó la mirada al instante. ¿Un nombre? Nadie la había llamado por un nombre en la mansión Yagami. Ni siquiera sabía si tenía alguno.

- Kyo no ko... Kyo ko... Kyoko, ¿te parece bien? - rió el muchacho y así, la había llevado a su casa. Para total confusión de ella.

La agotada muchacha no se dio cuenta cuando cayó dormida, apoyada en sus brazos cruzados, junto a Kyo. Soñó con el bosque, con el atractivo joven en que se había convertido su amo Kusanagi, y lo veía apoyado en el árbol, pálido y débil, mientras un alto pelirrojo se le acercaba con una sonrisa maligna en sus labios, y el fuego púrpura ardiendo descontrolado en la palma de su mano. Vio lágrimas en los ojos de Kyo, un ruego silencioso en su expresión... Iori asentía, levantando su mano, invocando al fuego, que de un golpe borraba la triste sonrisa de Kyo para acabar por siempre con su sufrimiento. Iori era capaz de eso, ella lo sabía mejor que nadie, pero de alguna manera ese sueño no le pareció una pesadilla. Era como si una sensación de tranquilidad la invadiera, una premonición: Iori podía terminar con el sufrimiento de Kyo... y Kyo había recurrido a él, ¡a él, de entre todas las personas! para que acabara con todo. A él, a su frío pero amable amo pelirrojo... Sus dos amos, juntos en un sueño...

* * *

Lentamente la consciencia regresó a él. Sintió a la oscuridad alejarse, dejándolo con la pesadez que trae un mal sueño. El calor ardía a su alrededor, sentía que le quemaba la piel, pero al mismo tiempo tenía frío y se estremecía, debajo de las pesadas frazadas.

No había necesidad de abrir los ojos para recordar todo lo que había sucedido. Las escenas de su derrota y la humillación por la que le hizo pasar Souji estaban muy claras en su mente. Y más que eso, el saber que iba a morir, el saber que no había sido capaz de soportar la prueba por la que pasaban todos los Kusanagi. ¿Cuánto tiempo le quedaba? ¿De qué dependía el vivir o morir ahora? Percibía su corazón aun latiendo en su pecho, pero era extraño, porque podía sentirlo. Usualmente el latir de un corazón es algo por el que nadie se preocupa, pero...

Entreabrió los labios, intentando respirar profundamente en vano. La presión en su pecho no le permitía inhalar el aire necesario, y sentía que se ahogaba, mientras sus latidos continuaban retumbando en sus oídos.

Ladeando la cabeza hacia un lado, se obligó a abrir los ojos y mirar. Al comienzo todo le pareció una mancha borrosa, pero a medida que sus ojos se acostumbraban a la tenue iluminación, notó que las lámparas estaban apagadas, y sólo la luz del fuego en la chimenea lanzaba su luz opaca sobre la cama, y sobre la figura femenina que dormía sentada a su lado, apoyada sobre sus brazos cruzados. No pudo evitar enternecerse, pero de nada le servía la compañía de su madre ahora. ¿Qué importaba si derramaba lágrimas? De todas maneras su muerte sería inevitable.

No quiso seguir viéndola, y se volvió hacia el otro lado, sólo para encontrarse con su sirvienta, la muchachita a la que hacía tanto tiempo había recogido en un bosque, durmiendo también. Parecía rendida, su delicado rostro ovalado expresando profundo dolor y cansancio.

El joven cerró los ojos con fuerza, sintiendo que una creciente incomodidad lo invadía. No le gustaba, no le agradaba nada saber que lloraban por él. ¿Era compasión? ¿O era una tristeza egoísta que sentían por ellas mismas, porque ya no lo volverían a ver? Realmente, ojalá fuera la segunda... no podía soportar el pensar siquiera que sus últimos días los pasaría siendo atendidos por llorosas mujeres.

Una punzada lo distrajo, y se encogió sobre sí mismo, apretando los dientes intentando contener un gemido. Apretó las sábanas con sus manos, mientras el pulsante dolor lo estremecía, lo recorría y finalmente desaparecía, dejándole un sabor salado en su boca. No había necesidad de mirar para saber que era su sangre.

Se pasó el dorso de la mano por los labios, limpiando cualquier rastro carmesí que pudiera aparecer. Apartó las frazadas y sábanas, dispuesto a salir de la cama sin despertar a ninguna de las dos mujeres. Torpemente se deslizó hacia un lado, sintiendo que todo su cuerpo le dolía, debido a la fiebre y los golpes de Souji. Darse cuenta de eso sólo sirvió para molestarlo más.

Una vez en el suelo, miró a su alrededor, buscando algo para echarse a los hombros. No llevaba nada más que sus pantalones, y un vendaje subía desde su cintura hasta su pecho, quemado en algunas partes, manchado de sangre en otras. Arrastrando los pies por la alfombra, se acercó a la silla donde dormía Shizu y notó que su camisa estaba allí. La tomó en silencio, pero el dolor no le permitía levantar los brazos para ponérsela. Se limitó a pasarla tras sus hombros, dio una mirada a las dos mujeres dormidas y luego se apartó, molesto.

No iba a quedarse en esa mansión durante mucho tiempo más. El sólo hecho de pensar en aceptar su muerte tranquilamente y limitarse a disfrutar de los últimos cuidados de su madre era algo que no cabía en su mente. Si iba a morir, estaría solo. No dejaría que nadie le tuviera compasión, ¡no quería ver a nadie derramar lágrimas por él!

Había llegado a la puerta, ni siquiera se dio cuenta cuando recorrió los pasos que lo separaban de ella, pero ahora, mientras sujetaba el pomo, se dio cuenta de lo agotado que se sentía. Su corazón latía como si quisiera reventar. Su respiración se había tornado agitada y entrecortada.

Cerró los ojos un momento, inclinándose hacia adelante hasta que su frente tocó la superficie lacada de la pesada puerta. No pudo evitar una sonrisa. ¿De dónde había sacado esa costumbre?

- Doushita no, Kyo? {¿Qué pasa, Kyo?}

Esa voz... Yagami...

¿Yagami? se repitió, dándose cuenta de pronto que el pelirrojo había entrado en sus pensamientos sin que él lo notara. Sus labios temblaron, haciendo desaparecer su leve sonrisa mientras recordaba el incidente de hacía un año, cuando despertó en el horrible laboratorio de N.E.S.T.S... y vio el rostro de Iori muy cerca suyo, observándolo fijamente con una extraña expresión en sus ojos rojos. "Doushita no?" había preguntado, con una sonrisa sarcástica, mientras él se daba cuenta, pese a su mente nublada, que estaba conectado a máquinas a través de tubos y cables. "Doushita no...?" mientras el pelirrojo iba apartando los cables, y retirando las agujas que le habían clavado como si fuera una rata de laboratorio. "Doushita no...?" mientras sus ojos se posaban en su rostro, y Kyo notaba por primera vez algo más allá de su sonrisa burlesca, un segundo significado en la brusca forma en que sus manos lo sujetaron y lo ayudaron a ponerse de pie.

Pero, ¿por qué pensaba ahora en él?

Abrió la puerta, saliendo a tropezones. La cerró con cuidado para no hacer ruido, e iba a decidir a donde ir cuando notó una presencia a su derecha. Al volverse, se encontró con una figura vestida completamente de negro. Unos ojos verdes se clavaron en su rostro, brillantes.

- Alex.... - dijo suavemente Kyo, reconociendo al lider de los ninjas que protegían esa mansión. Observó su rostro delicado, sus ojos verdes de un color intenso, y los mechones de corto cabello castaño claro, que a la luz de las lámparas parecía tomar tonos rubios.

- No deberías estar aquí... - fue lo que dijo el ninja, dando un paso hacia él - ... Kyo...

El joven de cabello castaño miró al ninja fijamente.

- ¿Dónde debería estar? ¿En mi lecho de muerte tal vez...? - le dijo, cortante. Alex era su amigo, no soportaría ver que él también demostraba compasión por él. Sus temores se volvieron realidad al ver que los ojos verdes empezaban a humedecerse, y el rostro del joven a tornarse una clara expresión de angustia. Kyo negó con la cabeza -. Tú no, Alex... - pidió suavemente.

Alex asintió, apartando la mirada intentando mostrarse frío, pero no lo consiguió del todo. Dio un paso hacia Kyo, y cuando sus ojos se volvieron a encontrar él sujetó los brazos de Kyo, como para hacerlo volver a la habitación. El joven de cabello castaño no se movió. Alex vio como sonreía dulcemente, entrecerrando sus ojos oscuros y dejando que el cabello le cayera sobre el rostro.

- Nunca había pensado... - susurró Kyo, aun con su sonrisa, como si lo estuviera consolando - ... el miedo que siento de morir... Y podría soportarlo... - lanzó una corta risa amarga - ¡si todos a mi alrededor dejaran de llorar y lamentarse!

El ninja quiso decir algo, pero Kyo lo interrumpió:

- Quiero salir de este lugar.

- Pero... - Para Alex, hacer que Kyo saliera en ese estado de la casa era una locura. Necesitaba reposar. En ese momento veía sus ojos brillantes y vidriosos, su respiración afiebrada y su rostro cubierto de una ligera película de sudor. Sujetaba sus brazos, y por eso podía sentir claramente el temblor que lo recorría... y notar que Kyo se estaba apoyando en él, porque no podía soportar más tiempo de pie.

- Saldré de aquí, aun sin tu ayuda - susurró Kyo, cayendo hacia adelante, contra el ninja, que lo sujetó y deslizó sus brazos a su alrededor, en un abrazo -. No voy a morir aquí, no quiero morir aquí...

Alex lo abrazó con fuerza. No podía hacer otra cosa. Oírlo hablar así, saber que realmente estaba resignado a morir, le hacía pensar que Kyo no era así. ¡Es que no podía aceptarlo! Él había dado por seguro que Kyo viviría por años, para convertirse, quizás, en un buen lider para el clan. Las cosas habían dado un brusco giro, y tenía el presentimiento que irían de mal en peor.

- ¿Qué haces...? - una seca voz los interrumpió. Alex se volvió a medias, aun abrazando --sosteniendo-- a Kyo fuertemente, para ver aparecer a ese joven mensajero, Syo. Lo vio acercarse con pasos firmes y expresión furiosa. Parecía querer golpearlo -. ¿Qué crees que estás haciendo? - le preguntó rudamente a Alex. Sus miradas se encontraron, ojos ámbar oscurecidos contra un frío verde brillante.

El joven ninja intentó retroceder un paso. No sabía porqué, pero Fujimiya no le agradaba. No le agradaba nada. Vio que Syo extendía su brazo y sujetaba a Kyo, su mirada estaba cargada de tristeza y profunda preocupación. Miró a Alex de nuevo.

- ¿Qué haces? - repitió, lentamente, como si Alex no entendiera japonés -. Eres un idiota - agregó -. ¡Mira a Kyo-sama!

Sin comprender, Alex miró el rostro de su amigo y se dio cuenta que estaba inconsciente. No pudo evitar susurrar su nombre.

- Maldición... - Syo intentó apartarlo de Alex, pero el ninja clavó su mirada en él, con una expresión que valía mucho más que mil palabras.

- No lo lleves de vuelta a esa habitación. Kyo no quiere estar allí.

Hubo un momento de silencio en el que las palabras de Alex se repitieron en la mente del mensajero. "Kyo", había dicho familiarmente. "Kyo", como si hablara de un amigo cercano. No pudo evitar sentir una oleada de... ¿celos? Mientras se preguntaba a qué nivel de intimidad había llegado este ninja con su amo.

No pudo hacer otra cosa que asentir, mientras recibía a Kyo en sus brazos y lo alzaba. Su ligereza lo sorprendió, miró su rostro inconsciente. Alex también lo observaba.

- ¿A dónde? - preguntó Syo rudamente. Hacía años que no visitaba esa mansión, y las cosas habían cambiado mucho desde su época. Alex le hizo un gesto, señalando una puerta al fondo del pasillo. Syo echó a andar hacia allá, sujetando a Kyo con cuidado. Alex no lo seguía. Cuando se volvió para preguntarle qué pretendía, se dio cuenta que el ninja ya no estaba.

Sorprendido, se quedó mirando el pasillo desierto a su espalda. Parpadeó. Alex era silencioso, como una corriente de viento imperceptible... Quizás no debía subestimarlo, después de todo.

La habitación a la que llevó a su amo era un pequeño cuarto para visitas. Aparte de la cama, el velador y un mueble de vieja madera olorosa, estaba vacía. El suelo no estaba alfombrado, y no había chimenea. Las ventanas temblaban debido al viento, y una brisa helada se filtraba a través de ellas. Molesto, se dijo que Alex era un idiota al mandarlo a ese lugar. ¿Quería que, aparte del Henka, Kyo-sama sufriera una pulmonía? Entró en la habitación a oscuras, dejando a Kyo en la cama. Ni bien había hecho esto, cuando un suave chasquido se oyó, y una tenue luz amarilla, cálida, iluminó todo el lugar. Al volverse, vio que era Alex, que había entrado tras él sin que lo notara. Traía en sus manos las mantas que había retirado de la habitación de Kyo, y que aun continuaban tibias. Pasó frente a Syo, que no pudo hacer más que apartarse, y cubrió al joven, solícito, como si se tratara de su hermano menor.

Una vez que lo protegió del frío, se quedó inclinado sobre él, observando su dulce rostro dormido. Sabía que Syo tenía sus ojos fijos en todo lo que hacía, pero no le importó. Lentamente se acercó al rostro de Kyo, apartando delicadamente el cabello de su frente, y posó sus labios en ella. Sintió al ardiente calor, percibió el dolor... No pudo evitar las lágrimas.

- T'ajudarè, com podria no fer-ho, Kyo? {Te ayudaré, ¿cómo podría no hacerlo, Kyo?} - dijo suavemente.

Syo le dirigió una mirada escrutadora, mientras sentía que el sobre rojo que le entregó Souji-sama ardía en su pecho.

* * *

El teléfono sonó con insistencia, sacando al nuevo lider de los Kusanagi de sus cavilaciones. Volvió en sí notando como la oficina se materializaba a su alrededor. Levantó el viejo teléfono de mala gana. No necesitó decir nada. Una voz femenina dijo simplemente:

- Va en camino.

- No creo que sea necesario - respondió él, llevándose una mano al cabello, soltando el lazo y dejándolo caer libre sobre sus hombros. Le agradaba sentir la sedosidad de su cabello -. Ya me hice cargo de él.

- Mou shinimashita ka? {¿Ya murió?} - había un leve tono de ansiedad en la voz de su interlocutora -. Te dije que no te precipitaras, las piezas aun no están dispuestas.

- No, pero lo hará en tres días - sonrió Souji, disfrutando de la suave voz que hablaba del otro lado. Era un japonés perfecto y muy educado, un tono sensual. Lo adoraba.

- Evítalo - aquello fue una orden, seca. Nada de educación ni sensualidad esta vez.

- Creo que es demasiado tarde para pedirme eso...

- Hazlo - la voz lo interrumpió y la comunicación se cortó. Souji se quedó mirando el teléfono y sonrió socarronamente.

- Tres días...

* * *

Syo observaba como Alex cerraba con fuerza la ventana, atrapando la vieja cortina en la ranura, para evitar que el aire helado entrara. No pudo evitar fijarse en su cuerpo delgado y esbelto, tan menudo. La forma en que se movía cuando se puso de puntillas para alcanzar la parte alta de la ventana. Era extraño, y seguía sin agradarle. Sabía que el sentimiento era mutuo. Sin embargo, la forma en que demostraba su cariño hacia Kyo lo confundía. ¿Era sólo cariño o simple responsabilidad hacia su amo?

Él... amaba a Kyo, sí. Amaba a su amo... y quería protegerlo, pero la orden de Souji, su nuevo amo, había sido clara. Veneno. Eso era. Ayudaría a que Kyo dejara de sufrir. Pero eso era como matarlo... Sacudió la cabeza, confundido, apoyándose en el velador, mientras Alex revisaba el resto de las ventanas.

Kyo había recuperado la consciencia, había salido de su habitación y Alex lo había encontrado, eso era obvio. Estaba consciente, con la mente despejada... para sentir en toda su intensidad el sufrimiento del Henka.

"¿Por qué no se quedó dormido, Kyo-sama?", susurró para sí. Temía verlo sufrir como había sucedido con otros miembros de su familia. No pensaba poder soportarlo.

- Fujimiya...

La voz de Alex lo sacó de sus pensamientos. Hablaba sin mirarlo, aun trabajando con las ventanas.

- ¿Puedo confiar en ti? - preguntó Alex luego. Volviéndose a medias, lanzándole una mirada de sus ojos claros.

Asintió. ¿Qué clase de pregunta era esa?

- Voy a sacar a Kyo de este lugar - dijo suavemente Alex, volviéndose finalmente, y yendo hacia él. Se observaron a través de la cama, pero Alex desvió sus ojos hacia Kyo. Acarició su cabello, entrecerrando los ojos. - Si es lo último que quiere, haré lo posible por ayudarlo...

Syo quiso decir que era una locura, pero Alex parecía saberlo. ¡Claro que lo sabía! Pero, ¿qué más daba? La muerte llegaría tarde o temprano. Nunca, en toda la historia del clan, un miembro afectado de ese modo por el Henka había seguido viviendo.

Los hermosos ojos claros del ninja volvieron a fijarse en él, brillantes.

- Y lo haré sin que su primo se entere. Lo quiere ver muerto, ¿no es así? - dijo con una leve sonrisa que sorprendió a Syo -. ¿Cuándo piensas darle ese veneno que ocultas bajo tu ropa?

El joven retrocedió un paso. ¿Por qué Alex sabía de eso?

- Ah... ja ho veig {Ah... ya veo} - continuó el ninja, aun con una sonrisa, pero sus ojos endureciéndose -. Te lo dije, no eres el único que puede protegerlo.

La tensión en el ambiente era insoportable, pensó Alex. Quizás se mostraba duro y frío, pero ese joven frente a él le daba un mal presentimiento. Como si no pudiera confiar en él. Kyo le contó muchas veces las cosas que hacían siendo niños, y parecía apreciarlo muchísimo, pero de todos modos él no conseguía verlo como alguien confiable. Su aspecto de muchacho impulsivo no iba con su carácter, tan sumiso ante sus amos. Le costaba saber de qué lado estaba.

Alex rodeó la cama, y se acercó a Syo, quedando a sólo milímetros de él. Lo miró fijamente a los ojos.

- Te dejo a cargo - le dijo fríamente -, iré a preparar su partida.

Syo apartó la mirada, furioso, escuchando como el ninja se alejaba, sus pasos tan ligeros que pronto ni siquiera los percibió. Sólo oyó su voz, suave:

- Y me llevo esto conmigo...

De algún lugar del techo bajó revoloteando el sobre donde Souji le había entregado el veneno... completamente vacío.

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Shades of Flames and Passion
Diciembre, 2001