Fanfic por MiauNeko

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 17.- Los que Jamás Comprenderán

- Shimatta...

La habitación en penumbra se iluminó súbitamente cuando el delgado joven de cabello gris apartó las cortinas para dejar pasar la luz matinal. Entrecerró sus ojos claros, haciendo una mueca de molestia. El reflejo del sol en la nieve era doloroso. Buscó sus lentes oscuros inconscientemente, pero recordó que no vestía nada. Su pecho descubierto mostraba su piel morena, húmeda con las gotas de agua luego de que se lavara la cara.

- ¡Por un demonio, Kusanagi yarou {maldito Kusanagi}! - gruñó, rozando su piel con la punta de los dedos.

Una voz desde la sala del estrecho departamento lo sobresaltó, era profunda, baja.

- Oi, K’, nan da? {Oye, K’, ¿qué pasa?}

Volviéndose sobre su hombro, lanzó una mirada a la puerta cerrada.

- Nan demo nee {Nada} - murmuró.

Maxima había pasado la Navidad con él. No tenía nada mejor que hacer, dijo, así que compraron una buena provisión de cigarrillos y cerveza y se pasaron bebiendo toda la tarde, noche y madrugada. Fue en medio de las brumas producidas por el alcohol cuando K’ sintió el primer angustioso dolor. Fue como si su corazón se detuviera para encogerse en sí mismo, absorbiendo sangre y al mismo tiempo tirando de sus venas y dejándolo sin aliento. Como si fuera un espasmo de muerte.

Era imposible que el causante de aquello fuera una simple cerveza, pero de todos modos dejó de tomar. Luego toda la noche estuvo sintiendo el pinchazo ir y venir, su aliento debilitarse, sus ojos cerrarse pesados, como si jamás fuera a despertar otra vez. Y fue en uno de esos momentos de oscuridad cuando lo percibió claramente: Kusanagi.

El maldito lazo que lo unía con Kyo era el culpable. Antes no había sido problema. De algún modo extraño K’ podía saber que Kyo estaba cerca, o de pronto ser consciente de las sensaciones del otro joven. Era algo extraño, muy débil, pero que se hacía claro y transparente por momentos. Ahora podía sentir su dolor. No tenía idea de qué le sucedía, pero el dolor era horrible. ¿Acaso estaba herido? ¿Acaso N.E.S.T.S. lo había atrapado de nuevo?

N.E.S.T.S.... Repitió en su mente. En la base, durante el final del KOF’99, cuando se encontró frente a frente con Kyo... En ese momento fue cuando el lazo se hizo evidente. Kyo parecía sorprendido, un entendimiento sin palabras. "¿Tú eres parte de mí...?"

Por eso tenía la vaga idea de lo que sucedía en ese momento.

Kusanagi Kyo... ¿muriendo?

- Maxima - llamó, saliendo de la habitación y observando fijamente al otro joven que aún dormía en el sillón -. ¿Qué sabes de Kusanagi?

Maxima abrió un ojo, enarcando sus pobladas cejas.

- ¿Uh? ¿No tuvimos esta conversación hace un año?

- ¿Dónde vive? ¿Dónde está? - insistió K’.

El fornido joven de cabello castaño se incorporó, uniendo las manos y entrelazando sus enormes dedos, pensativo.

- Hay una mansión Kusanagi en las afueras de la ciudad... - murmuró titubeante. Cada vez que le daba información a K’ terminaban metidos en problemas, y tenía la firme seguridad que esta vez no sería la excepción.

* * *

Iori condujo por las avenidas a la misma velocidad con que se había dirigido al templo Kagura. Tenía los ojos fijos en el camino, pero su mente estaba muy lejos. No importaba lo mucho que intentara distraerse para dejar de pensar en Kyo, todo lo que había en su cabeza era la figura de cabellos castaños del que una vez fue su enemigo.

"Fue..." se repitió. ¿En verdad había dejado de serlo? Porque no habían llegado a un acuerdo, no se habían declarado amistad, ni una tregua. Era un motivo de fuerza mayor el que los llevaba a verse ahora como... ¿como qué?

Maldición, otra vez llegaba a lo mismo.

Con un gesto brusco encendió la radio, y una voz masculina, extraña, llenó el vehículo. Iori se concentró en la música. Reconoció al grupo que Tsukiyo había estado escuchando. Melodías con teclado, una guitarra que intentaba llenar el sonido, una voz no perfeccionada...

El pelirrojo sacó el cassette y lo lanzó en el asiento a su lado. Quedó en completo silencio otra vez.

Lo que sentía era algo extraño, una rara ansiedad que no podía definir. Por instinto, sabía que debía odiar a Kyo, pero su razón le decía que era agradable tenerlo a su lado. Ese joven, por el que tanto desprecio había llegado a sentir, era alguien con quien le resultaba fácil estar. No era necesario hablar demasiado, sólo saber que estaba allí, con él.

Saber que estaba... allí...

Iori miró inconscientemente el asiento a su lado, vacío. Durante un segundo creyó ver a Kyo, dormitando, apoyado en él, con la tranquilidad de saber que mientras estuvieran juntos estaría a salvo. Sintió una presión en su pecho, algo que nunca antes había sentido. No era dolor, era una incomodidad, que lo obligó a apretar los dientes y aferrar fuertemente el volante. Sin darse cuenta, aceleró un poco más. Mientras antes terminara de arreglar los asuntos pendientes, antes estaría de vuelta en el templo.

De vuelta a Kyo.

* * *

Cuando Iori llegó finalmente al departamento de Mature, supo que algo estaba mal. No era el ambiente extraño, ni la sensación de ser observado. Sabía claramente que el edificio había sido rodeado por ninjas, que, por supuesto, no serían problema para él. Pero había algo más. De algún modo la presencia de todos aquellos ninjas Kusanagi era inexplicable. ¿Cómo habían conseguido dar con ellos? Si él eliminó a uno, y el ninja rubio a otro... era imposible que los encontraran tan pronto.

Había descendido del vehículo, y caminaba por la nieve sin rumbo fijo. No iba a entrar en el departamento, no todavía.

- Oi, Yagami... - Una voz familiar llamó su atención. Vio que se trataba de Mature, acercándosele desde un lado del estacionamiento. No había rastros de su otra compañera.

La rubia llegó hasta él, con las manos en la cintura, frunciendo el ceño.

- ¿Sabes lo que ha pasado? - preguntó en voz baja, llena de furia contenida, observando fijamente al pelirrojo, que se limitó a responderle con una mirada fría. Mature, sin inmutarse, señaló hacia lo alto del edificio, al balcón de su departamento -. Está hecho un desastre. Vice está ocupándose de él en este momento.

En ese instante, un estruendo de vidrios rompiéndose los sobresaltó, y una sombra oscura salió a través del cristal quebrado, en dirección al vacío. Un rostro se asomó por la ventana hecha pedazos y miró hacia abajo, donde el cuerpo había caído y yacía en una creciente poza de sangre. Los ojos oscuros de Vice avistaron al pelirrojo y la joven rubia.

- Ah, Yagami - murmuró entre dientes, sacudiendo el polvo de sus ropas y dando media vuelta para dejar el departamento e ir hacia Iori y Mature. Cruzó la salita, una vez ordenada y acogedora, ahora con cuerpos muertos desperdigados sobre la alfombra. Los muebles estaban desordenados o destrozados. Las habitaciones no corrieron con mejor suerte. Parecía un ataque de ladrones buscando riquezas escondidas, no de ninjas que sólo quieren encontrar a un joven agonizante. Porque de eso se trataba, ¿verdad?, se preguntó la joven, Vice, tocando con algo de pesar el mueble donde Mature había guardado la caja de bombones que le regaló por Navidad, y que ahora yacía en el suelo, inservible.

Le había dado su merecido a esos ninjas, sí. Pero la rabia que sentía en su interior al ver la manera salvaje en que habían destruido el lugar donde más a gusto se sentía, aún no se calmaba. No podía imaginar que los Kusanagi tuvieran a hombres tan descontrolados entre sus ninjas. ¿A qué iban a llegar los clanes? Cada vez que lo pensaba, notaba como el viejo honor se iba perdiendo, para dar paso a un simple grupo familiar, un grupo de negocios, una mafia secreta.

Eran capaces de abandonar al heredero del clan, sin piedad.

Eran incluso peor que aquellos que servían a Orochi...

* * *

- ¿Y cómo está Kyo, Yagami? - preguntó Vice al pelirrojo, mientras Mature esperaba la respuesta también.

Iori miró a su alrededor. Podía sentir la presencia de los ninjas rodeándolo, listos para seguirlo a donde fuera. Sonrió. Tenía una idea para deshacerse de ellos. ¿Querían seguirlo, rastrearlo y descubrir su refugio? Bien, les daría diversión por un momento. Iría directamente hacia lo que ellos deseaban: un maldito Kusanagi.

- Yagami...

El pelirrojo no escuchaba a las mujeres, estaba perdido en sus propios furiosos y confusos pensamientos. Sí, los llevaría, pero no todavía.

Una llamarada púrpura se encendió en su mano. Las dos jóvenes no comprendieron qué se proponía, pero en seguida oyeron la reacción de los ninjas ocultos al ver esa acción ofensiva de parte de Iori. Sombras salieron de los rincones, tras los automóviles, tras los árboles cubiertos de blanco que adornaban la entrada al edificio. La cantidad de ninjas Kusanagi era ridícula, demasiados para hacerse cargo de sólo tres personas que no se veían amenazantes. Sin embargo, cada uno de los sirvientes estaba consciente que quizás, si el momento se daba, aquellos tres jóvenes que observaban todo con frialdad, serían capaces de reducirlos a miserables cadáveres.

No estaban dispuestos a que sucediera, por supuesto, y su decisión se notó en la forma en que atacaron. Rápido, en silencio, sin palabras innecesarias o tontas amenazas.

Iori dio un paso al frente, el fuego púrpura envolviéndolo, salvaje, violento. Sus manos desgarraron con pasmosa facilidad a los que tenía cerca, la sangre salpicó sobre la nieve, sobre sus ropas y su rostro. Los gritos empezaron a oírse, y bastó intercambiar una mirada con sus compañeras para darles a entender que debían hacerlo rápido. No era normal atacar en plena luz del día, en el estacionamiento de un edificio donde habitaban cientos de inquilinos.

Mientras ellos luchaban, el fuego púrpura se encargaba de consumir los cuerpos, dejando manchas negras, sanguinolentas, que se mezclaban con la nieve derretida, dándole un aspecto siniestro a todo el lugar.

Fueron rápidos, Mature cortando el aire con golpes de energía que herían profundamente la piel, con una sutil elegancia. La rubia no dejaba de parecer delicada en cada cosa que hacía. No importaba si frente a ella alguien estaba muriendo, la forma en que se paraba, sus delicados zapatos de taco alto lejos de la sangre que lo manchaba todo, el gesto con que apartaba su vestido para no ensuciarse con la sangre que salpicaba. Vice podía mirarla de vez en cuando, e inevitablemente, sonreía. Mature se veía tan sofisticada. ¿Quién hubiera pensado que era una fría asesina?

Y ella misma... No, Vice no era sofisticada. Parecía más disfrutarlo, como si adorara ensuciarse las manos con sangre. Como si simplemente le gustara oír los huesos del cuello de su enemigo al quebrarse. Era más salvaje, quizás, aunque no más cruel.

Muertes rápidas, sin sentido, que, de todas maneras, no pesarían en su consciencia. Era su naturaleza, y estaba agradecida por eso. Matar cuando fuera necesario, y no sentir nada. Ya no sabía a cuántos había matado cuando trabajaba para Rugal, pero quitar una vida, tener el poder y la capacidad para hacerlo, era una idea muy seductora. Lo adoraba.

Vice dejó caer el cuerpo que sostenía entre sus manos, y se alejó algunos pasos, dándose cuenta que todo había terminado. El fuego púrpura ardía en silencio en varios puntos. Nieve derretida, olor a muerte, sangre oscura... Los estúpidos que vivían allí jamás se darían cuenta, pensó. Dirían que eran restos de potentes fuegos artificiales que habían consumido la nieve y dejado su huella negra en el suelo. Que ingenuos. Niños correrían a través de esas marcas, jugando, riendo. Jamás nadie se enteraría que alguna vez fueron personas, vivas.

- Oye...

La voz de su compañera volvió a Vice a la realidad.

- Vamos... - sonrió Mature, apartando algunos mechones rubios de sus ojos, subiendo al automóvil de Iori.

Las dos jóvenes se introdujeron en el asiento de atrás. El pelirrojo salió, una vez más, a toda velocidad.

Enfiló nuevamente al templo Kagura. Había hecho un cambio de planes, y no podía contener su impaciencia en llevar a cabo una egoísta y cruel idea.

* * * 

Kyo estaba recostado en el futon, sobre el suelo de la amplia habitación. Sólo descansaba, dormitando a ratos, disfrutando del suave viento helado que se filtraba por una ventana mal cerrada.

La luz que entraba por las delgadas puertas de papel, hacía que el lugar se viera opaco, pero no en penumbra. Cientos de diminutas motas de polvo quedaban atrapadas en los rayos de sol que encontraban su camino al interior de la habitación, y en muchas ocasiones sus ojos oscuros se posaban en ellas. En medio de la luz, subiendo y bajando, para luego desaparecer de su vista súbitamente, tragadas por la sombra.

El ninja también estaba allí, sentado, alerta, con la espalda contra la pared, las piernas cruzadas. Su posición era de descanso, pero Kyo sabía que todo su cuerpo estaba en tensión, listo para levantarse ante la más mínima señal de peligro. Dirigió su mirada hacia él, hacia Alex. Sus ojos castaños se cruzaron con los verdes, que aún se veían algo enrojecidos debido a las lágrimas. Kyo sonrió.

- ¿No te aburres? - preguntó suavemente.

La respuesta fue un apagado: "iie".

- ¿Estás bien? - preguntó luego, sin dejar de mirarlo. Alex frunció el ceño, no respondió -. Tu brazo...

- Al diablo con eso - maldijo Alex en voz baja, Kyo pareció sorprendido, pero no le reprochó. No era común ver a Alex alterarse por nada, pero el joven sabía que cuando estaban solos las cosas cambiaban. Ser un jefe ninja significaba no dejar que las emociones interfirieran con sus actos, pero para Alex aquello era en extremo difícil. Podía pretender frente a desconocidos, pero su fachada se venía abajo cuando estaba con sus amigos, y más aún cuando estaba con Kyo. Kyo era su amigo, más que su señor o su compañero. Era la única persona que importaba en su vida. La única que lo conocía y que podía decir si estaba bien o mal con sólo observarlo.

Ahora se miraban fijamente, en silencio. Alex parecía molesto, Kyo sólo observaba. Sabía qué era lo que incomodaba a Alex; no haber podido protegerlo, y haber sido tan sentimental al decirle que aun tenía una esperanza. Quizás en ese momento, en la mente de Alex pasaban mil reproches por su forma de actuar; por ser tan impulsivo, por dejar que sus emociones lo sobrecogieran. Pero eso era lo que lo hacía especial, pensó Kyo, incorporándose y acercándose a Alex, gateando por sobre las esteras del suelo. Eran los sentimientos los que hacían que Alex no fuera sólo una máquina de matar, como el resto de los ninjas.

Arrodillado frente al joven rubio, Kyo acercó su mano a su mejilla y la rozó suavemente. Alex no se movió, continuó con sus ojos verdes clavados en el rostro de Kyo.

- ¿Por qué no sales a dar un paseo? - le dijo con dulzura, como si lo consolara.

- No quiero, Kyo - dijo Alex, obstinado, sujetando esa mano, y manteniéndola atrapada pero sin apartarla.

- ¿Te lo ordeno? - insistió el joven con una sonrisa.

- Eso no es justo - murmuró Alex.

Kyo realmente quería que Alex se alejara de él un momento. No porque no lo quería a su lado, sino porque sabía que debía ser demasiado doloroso estar con alguien que va a morir. Alguien que agoniza... El ninja ya había tenido que pasar por eso antes, ver como alguien querido moría, lentamente, frente a sus ojos. Soportar esos recuerdos, y tener que vivirlos otra vez, era algo que Kyo le quería evitar a toda costa.

- Recuerdo que había un mirador aquí cerca - dijo, apartándose los mechones castaños de sus ojos -. Quisiera ir...

Alex parpadeó.

- ¿Kyo...? - dijo, como si no hubiera oído bien. No veía al joven en condiciones de ir a ningún lugar.

- ¿Por qué no vas y luego me dices si está muy lejos? - insistió Kyo, aún con dulzura, con una expresión de cariño imposible de ocultar. Alex la veía claramente, y comprendió. - Quizás en la tarde podremos ir - continuó Kyo, agradecido de que el ninja se pusiera de pie y, luego de una ligera inclinación, saliera sin hacer un sonido.

Suspiró, ahora que estaba solo y podía dar rienda suelta a su dolor. Se quedó recostado sobre las esteras, respirando despacio, pensando. Recordando el alivio que había sentido cuando, en su departamento, despertó sintiendo a Iori a su lado, y el dolor mitigado. Fue extraño, abrir los ojos y darse cuenta que sentía al pelirrojo, pero que él no estaba cerca. Había estado en la sala todo el tiempo, tras una puerta cerrada.

Kyo rozó su mejilla, su frente. Sentía aún la calidez de la caricia de Yagami... Sentía su energía, débil, rodeándolo, como una suave barrera que lo protegía del dolor.

Una breve risa brotó de sus labios, y el sonido se perdió en la vacía habitación. Si lo que Alex había dicho era verdad, entonces aún tenía una esperanza. Pero... ¿qué sabía Alex? Quizás Iori se había estado burlando de él. No tenía motivos para ser tan cruel con el ninja, pero de todos modos... Kyo suspiró, confundido. Entonces... lo que Yagami había hecho para calmar su dolor durante unos momentos... ¿Podría ser eso? Un intercambio de energía, volver a entregarle la fuerza que había perdido.

Haciendo memoria, intentó recordar las enseñanzas de un viejo maestro, en su mansión, cuando él era un niño. Nunca le prestó atención, porque todo lo que quería era divertirse y pelear. ¿Qué importaba un poco de leyendas y libros? Aquel maestro fue quien le habló del Henka, quien lo llevó a visitar a algún familiar agonizante y luego lo acompañó para que viera su muerte. Era cruel, pero era la realidad dentro del clan Kusanagi y debía aceptarla como tal. Una cura... ¿Ese maestro había hablado de una? Todo lo que recordaba, porque las palabras habían marcado su niñez, era el eterno dolor, el sufrimiento, los deseos de morir, y finalmente una muerte intranquila, como si ni en el más allá su alma encontraría la paz.

Una cura... Energía... ¿Cuánta sería necesaria? ¿Y cuánto tiempo duraría ese pasajero alivio?

Decidió que le preguntaría a Yagami. Parecía ser que el pelirrojo era el único que estaba consciente de las tradiciones familiares.

Y, claro, ¿cómo no iba a ser así?, se dijo Kyo. Era la forma de pensar de alguien que vivía su vida basándose en viejas leyendas y rivalidades. Aunque... pensándolo bien, ese último día con Iori, Kyo casi había podido olvidar que eran enemigos destinados a destruirse entre sí. Ciertamente, el pelirrojo había sido muy amable. ¿Qué razón tendría?

Así, Kyo se encontró pensando en que deseaba que Iori volviera pronto. Se dio cuenta de que lo sentía, era extraño, pero quería estar con él. No sólo para preguntarle sobre la posible cura, sino que quería verlo comportarse casi amablemente con él, saber que comprendía...

- ¿Yagami? - murmuró, para sí, incorporándose hasta ponerse de pie, y acercándose a la puerta.

* * *

- Kusanagi-san?!

La voz de Shingo resonó en medio de la calle, y los pocos transeúntes se volvieron para mirar al muchacho que, con ojos brillantes, daba dos pasos hacia la esquina. Algunos se apartaron, pensando que aún debía estar bebido luego de alguna fiesta, pero no podían estar más equivocados.

El sonrojo en las mejillas del muchacho, y el brillo de sus ojos, se debían a la intensa emoción. Estaba seguro de haber visto a su maestro desapareciendo en una calle angosta. Una figura vestida de negro, cabello castaño, una cinta blanca alrededor de su frente. ¡Debía ser Kyo!

Cruzó la avenida corriendo. Desde el amanecer no había hecho nada más que vagar, pero ahora comprendía que algo debía haber guiado sus pasos. Había encontrado a Kyo en el momento menos esperado. Kyo, al fin.

La calle era realmente angosta, un estrecho pasaje entre dos altos edificios. La nieve allí era poca, acumulada contra las sucias paredes, cubriendo bolsas de desechos abandonadas por algún descuidado. Las huellas de Kyo eran frescas aún, pero desaparecían del otro lado.

- Kusanagi-san? - llamó.

Shingo miró hacia todos lados, rascándose la cabeza. ¿Dónde se había metido? ¿Cómo alguien podía desaparecer así?

De súbito sintió un dolor en la espalda, la aguda punta de un arma cortante.

- Si eres tan descuidado, podrían matarte. - dijo una voz fría, maligna.

- Na... nani...? Dare...? {¿Q... qué...? ¿Quién...?} - tartamudeó.

- Omae wa Yabuki Shingo da na... {Eres Shingo Yabuki, ¿verdad?} - dijo una voz, mientras el dolor se intensificaba. Quiso volverse, pero eso le valió un fuerte golpe. Apretó los puños, dispuesto a devolver la ofensa. Esperó un momento más y luego, en un acto muy arriesgado, giró sobre sí mismo para lanzar el golpe... que encontró sólo aire. Una risa llenó la calle, burlona y corta; luego, el más completo silencio, porque allí, frente a él, en medio del estrecho callejón, se encontraba la figura que había visto... La persona a quien había confundido con Kusanagi-san.

- Yabuki... san...?

Esa voz, suave. Totalmente diferente a la anterior que lo había amenazado. Una chica, observándolo unos segundos con unos ojos demasiado parecidos a los de Kyo, antes de hacer una profunda inclinación. Shingo se estremeció. Era tan parecida a su maestro, que por un momento pensó que era Kyo quien lo saludaba respetuosamente. Tuvo que sacudir la cabeza con toda su fuerza para volver a la realidad... y la muchacha continuaba allí. Ahora esbozando una ligera sonrisa.

- ¿Y tú... quién...?

- Kyoko desu - saludó la joven -. Kusanagi Kyo no... - Kyoko iba a decir "la sirvienta de Kyo" pero se detuvo. Syo le había dicho que ya no era una esclava, así que cambió la frase -: Kusanagi Kyo no tomoda... chi... - dudó un segundo, ¿amiga de Kyo-sama? Bien, Syo también le había dicho que dejara de lado todos sus comportamientos de antigua sirvienta, si es que no quería que la descubrieran. Syo. Ya no Fujimiya-san, nunca más.

- Kusanagi-san no tomodachi? - repitió el joven frente a ella, acercándosele, tomándola de los hombros, ansioso -. ¡¿Dónde esta él?! ¿Lo sabes?

Kyoko no pudo evitar sonreír, nerviosa. Asintió lentamente, mientras se apartaba. Shingo retrocedió unos pasos, avergonzado, mientras notaba lo súbitamente que el rostro de la joven se entristecía.

- Está... ¿Algo está mal? - dijo, Shingo titubeante -. ¿Sucede algo malo con Kusanagi-san?

* * *

A pocos pasos, Syo observaba la escena. Kyoko y Yabuki conversaban, en medio de la calle, como dos personas que se encuentran y hablan casualmente. Bien, la joven no parecía ser una sumisa sirvienta, como había temido al sacarla de la mansión. Suspiró, guardando el puñal entre sus ropas, entrando al automóvil que estaba aparcado a su lado. Debía abandonarlo pronto, antes de que el dueño pusiera una orden de captura por robo, pero, mientras tanto, aún le serviría para ir a un lugar más.

Mientras empezaba a recorrer el camino que lo separaba del templo Kagura, se preguntó si los ninjas ya habrían encontrado a Kyo. Ese templo era el lugar más obvio donde buscarlo. El más seguro, pero el más obvio. No sabía si el resto de hombres del clan estaban conscientes de eso, pero no podía hacerse cargo de ellos ahora. Tenía que ganar tiempo, y prevenir a Kyo.

* * *

Faltaba poco... Dentro de unas horas ya no sería necesario el tiempo ni la paciencia, y la mujer lo sabía. Setsuna miraba por la ventana, con el auricular de su teléfono inalámbrico a la altura de su oído, perdido entre los largos mechones de cabello azul grisáceo. Asentía, observando la ciudad nevada. Eran buenas noticias, de parte de una informante más útil que la que la había despertado tan bruscamente por la mañana.

- Entonces... ¿Kusanagi está allí? - dijo, confirmando la noticia.

- Hai... - una voz suave del otro lado.

- ¿Solo?

- No. Un ninja y Yagami lo acompañan.

Setsuna hizo una mueca de molestia.

- ¿Crees que se podrá llevar a cabo el plan? - preguntó, dando un paso por la oficina, rozando con la punta de sus dedos los recortes del torneo que estaban sobre su escritorio.

- Sí.

Ante eso, la joven sonrió, deteniéndose ante una fotografía de Kyo, algo antigua. Arañó el papel con sus largas uñas. Rió en voz alta.

- Y luego Kusanagi Kyo será mío...

La voz en el teléfono la interrumpió:

- Pero... señora... - había un ligero temblor, un titubeo, una duda -, el joven está muriendo. ¿En verdad cree que nos será útil? Quizás muera en el camino...

Ella interrumpió bruscamente. ¿Acaso no podía conseguir un personal más decente? Todos debían tener un defecto, maldición...

- ¿Hablas de dejar ir al que destruyó a nuestro señor Orochi? - casi exclamó -. No importa si está muerto al llegar. ¡Incluso su cuerpo merece ser destrozado por lo que hizo! ¡No vuelvas a decir semejante tontería!

- Gomen nasai...

- ¡Además - continuó Setsuna, exaltada - necesitamos al último miembro de la familia Kusanagi para poder revivir a nuestro señor otra vez! Lo quiero aquí, ahora - dijo, furiosa -. ¡No falles!

Cortó la comunicación y dejó el teléfono sobre la foto de Kyo.

- Estás perdido, muchacho - dijo llena de malignidad -. Si no mueres solo, yo te mataré. No hay modo de que alguien pueda salvarte ahora.

Hizo una pausa, apartando el cabello de sus ojos.

- Orochi-sama... - sonrió -. Pronto...

* * *

*Notas varias:
-Para los no conocedores: K’ es el "protagonista" de KOF a partir de 1999. Es un joven de entre dieciséis o dieciocho años al que le lavaron el cerebro y le implantaron ADN de Kyo, permitiéndole usar llamas de fuego. Pero, como es un prototipo (o algo así) solamente las puede invocar en su mano derecha, y no tiene control sobre ellas, por lo que para dominarlas usa un guante rojo especial.

Continúa

[ Capítulo 18: Dejándose Llevar por la Tentación ]

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MiauNeko, Artemis &
Shades of Flames and Passion
Marzo, 2002