Fanfic por MiauNeko

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

 

Capítulo 19.- No sabes lo que tienes hasta que se ha ido

El plazo había llegado a su fin, y Kyo yacía tendido sobre el futon. Una manta blanca lo cubría hasta el cuello, pero dejaba ver su rostro tranquilo y pálido. Alguien lloraba lejos, pero en la habitación sólo estaba Iori. El cabello rojo caía sobre sus ojos, mientras una de sus manos aún sujetaba la de Kyo. No podía soportar el recordar sus últimas palabras. Aún le parecía ver su sonrisa, sus ojos cansados, mientras dulcemente le decía: "Todo fue tu culpa, pudiste haberme salvado... ¿Por qué no lo hiciste, Iori?"

La semana de sufrimiento había acabado para Kyo. Ya no más sangre, ni más dolor. Sus amigos habían desaparecido, incapaces de soportar durante mucho tiempo el verlo allí, sin vida. Uno a uno habían ido saliendo. Primero el ninja de cabello castaño, sin decir adiós, sólo se fue. Alex tardó un poco más, luego murmuró un "hasta luego" y salió también. Iori sabía que no lo volvería a ver jamás. Si pensaba cumplir su palabra, lo más seguro era que ya se encontrara con Kyo del otro lado. Chizuru lo acompañó unos momentos, pero finalmente salió. Ya no había nada más que hacer.

Las velas temblaban con el viento, y una a una se fueron apagando para dejarlos en la más completa oscuridad, rodeados del ligero olor a humo.

- No tenía responsabilidades hacia ti - murmuró Iori, al cuerpo sin vida de Kyo -. Nada me obligaba a ayudarte... Y así dices que fue mi culpa...

No hubo respuesta. Tampoco la esperaba.

- Era tu destino - insistió, como si no estuviese convencido de sus propias palabras -. Kyo...

* * *

Iori despertó sobresaltado. Miró a su alrededor. Estaba en la misma habitación del sueño... pero no había velas, sólo una lámpara de papel aún ardiendo en un rincón, y la luz del exterior filtrándose por las ranuras de las paredes. Y Kyo... no estaba acostado frente a él, estaba en sus brazos, descansando. ¿Cuánto tiempo habría pasado como para que ambos se quedaran dormidos?

Se separó de él bruscamente, tanto que Kyo abrió los ojos. Parecía confundido.

- Nan da... {¿Qué...?} - murmuró.

El pelirrojo ya estaba de pie y saliendo. En el pasillo, Chizuru esperaba arrodillada frente a la puerta. Iori la observó fijamente mientras ella se levantaba con una expresión seria en su rostro, pero de pronto el mundo pareció ladearse, y la sacerdotisa debió sujetarlo de los brazos para que no cayera.

- ¿Sabes lo que has hecho, Yagami? - murmuró ella en su oído. Iori le lanzó una mirada dura, pero no se movió.

- ¿Chizuru? - preguntó Kyo desde el interior. Ella le dirigió una sonrisa tranquila.

- Daijoubu {Todo está bien}, Kyo. Descansa un poco más... - dijo amablemente -. Llevaré a Yagami a otra habitación.

La puerta fue cerrada, y Chizuru liberó a Iori.

- ¿No te sientes extraño? - le dijo al joven -. ¿No te sientes más débil?

El pelirrojo no comprendía aquellas palabras. ¿Débil?

- Kyo está en un estado crítico - continuó Chizuru -. ¿No te diste cuenta que inconscientemente su cuerpo se está alimentando de tu energía?

- Qué... - Iori frunció el ceño, apretando los puños. Por eso había perdido la consciencia, ¿porque su energía había estado siendo absorbida sin que él lo notara...?

- Evita cualquier contacto con Kyo - dijo Chizuru seriamente, como si se lo ordenara -, si no quieres terminar muerto.

Hubo una pausa, y el pelirrojo se sacudió con una risa burlona.

- No te preocupa si vivo o muero - gruñó -, hay algo más.

La mujer pareció sorprendida, pero luego su expresión se suavizó, y sonrió con tristeza, negando lentamente con la cabeza.

- Está prohibido - dijo en un murmullo. Iori creyó oír mal -. Prohibido - repitió ella -. Un Yagami no puede darle su energía a un Kusanagi. El resultado sería un desastre, en la vida de ambos. Está prohibido... ¿Lo recuerdas? Las viejas leyes...

- Al diablo las viejas leyes - le cortó el pelirrojo, pronunciando lenta y fríamente. Chizuru se quedó de una pieza, no estaba segura de haber comprendido las palabras. ¿Acaso Yagami pensaba darle su energía a Kyo? Y lo que acababa de decir era una contradicción... ¿no era él quien por ancestrales tradiciones deseaba acabar con Kyo? Para Yagami las viejas reglas valían más que para Kyo. Incluso tanto como para Chizuru, que había dejado su vida y su futuro para dedicarlo al templo y al sello de Orochi.

- Yagami - llamó seriamente... pero se detuvo. Kyo estaba allí, en el pasillo, con ellos. Los observaba con una expresión extraña en su rostro. Una leve sonrisa de resignación. Levantó sus manos, de las que brotaban pequeñas llamas anaranjadas, que extinguió con un movimiento.

- No te preocupes, Chizuru - dijo suavemente, negando con la cabeza, su cabello castaño cayéndole sobre los ojos pensativos -. No es necesario que se lo repitas. No pienso romper las reglas...

- ¿Alguna vez las supiste? - gruñó Iori por lo bajo, burlón. Kyo ciertamente no era el descendiente modelo para los Kusanagi. Nunca le habían importado las tradiciones, y el pelirrojo lo sabía muy bien.

- Muy gracioso, Yagami - gruñó Kyo a su vez, antes de que el silencio cayera sobre los tres. Chizuru suspiró. Kyo estaba mejor, eso era evidente. Sería prudente que los dos rivales durmieran en las alas opuestas del templo, si no quería acabar con el lugar sagrado hecho pedazos.

* * *

- ¿Qué piensas? - preguntó Vice de pronto.

Ella y Mature se hallaban sentadas en la entrada del templo, sobre una manta extendida en el brillante suelo de madera. Vestían los simples trajes blancos de las doncellas del templo, porque sus vestidos habían sido llevados a lavar y reparar. No era correcto estar en ese lugar llevando ropas manchadas de sangre, les había dicho Chizuru, y ellas tuvieron que aceptar.

Ahora esperaban, envueltas en mantas, a que el pelirrojo saliera, o Tsukiyo apareciera.

- Yagami se está comportando muy extraño - continuó Vice, mirando los alrededores. Todo era naturaleza allí, bajo la nieve blanca, pura. Daba la impresión que el mal nunca había existido. Las hacía sentir como si aquel no fuera un lugar para ellas, que desde siempre habían servido al mal, y se regocijaban de ello -. Y no es sólo él, ese Kusanagi...

La rubia observó a Vice con una leve sonrisa.

- Yagami está a punto de perder a su único rival... - dijo suavemente, como si creyera comprender -. Y está tan obsesionado que debe estar tratando lo imposible porque eso no ocurra.

- Pero es algo tonto - murmuró Vice, abrigándose aun más entre las mantas -. ¿No lo quería ver muerto?

- No sabes lo que tienes hasta que se ha ido... - murmuró Mature, observando a su compañera de reojo. Vice parpadeó algo confusa.

- Nunca comprenderé a Yagami - le aseguró, apartando la mirada.

 * * *

Kyo estaba en su habitación otra vez, solo, sentado en el futon. Podía respirar el aire frío de invierno, y era un alivio luego de semanas sintiendo una dolorosa opresión en su pecho. El dolor había cedido casi completamente, y sólo estaba allí, disfrutando de la tranquilidad.

Sentía un cosquilleo en sus brazos, sus hombros, su pecho. Todos los lugares que habían estado en contacto con Yagami, pero, al mismo tiempo, le agradaba. Era cálido, placentero. Le parecía increíble que Iori Yagami fuera el que podía alejar el dolor y la muerte...

Cerró sus ojos castaños un momento, con una risa corta e irónica. ¿No era gracioso? Depender de su enemigo. Yagami siempre había tenido esa habilidad para encontrarlo donde fuera y sacarlo de las peores situaciones. Era como si siempre estuviera allí por él, para evitar que alguien, quien fuera, le hiciera daño, argumentando ser el que por nacimiento tenía el "derecho" de matarlo. Kyo no sabía cómo era que Yagami lo rastreaba tan bien, pero lo había sacado de aprietos muchas, demasiadas veces. Al comienzo su comportamiento obsesivo le había parecido una locura... Luego se había dado cuenta que era un gran rival. Llamas púrpura contra llamas escarlata. Era una batalla eterna, en la que ninguno de los dos tenía la ventaja... Pero le gustaba, no podía negarlo.

Kyo extendió su mano nuevamente, dejando que el familiar fuego brotara, como si nada sucediera. Entrecerró los ojos con una sonrisa. ¿Cuánto tiempo duraría aquel alivio? ¿Y qué haría después? ¿Morir de una vez por todas?

"Baka na...!"

Se sobresaltó al oír la voz de Iori, y se volvió hacia la puerta, para encontrarse con que no había nadie allí. Parpadeó. Lo había oído tan claro, como si estuviera a su lado. Como si lo dijera en su oído...

Una punzada en su pecho lo hizo recordar cuándo había oído a Yagami decir eso... y la escena trajo vívidos recuerdos anteriores. Algunos había tratado de olvidarlos, convirtiéndolos en un odio irracional, pero ahora, en la calma de aquel templo, no podía evitar que su consciencia se inundara con recuerdos.

NESTS... La horrible base... El laboratorio...

Cerró los ojos, llevándose una mano a la cabeza. Todo había cambiado en aquel lugar. Su modo de pensar, su vida, Yagami... Todo.

Fragmentos de memorias le permitían ver nuevamente el laboratorio. Computadoras, cables, sondas. Todas demasiado cerca de su rostro. No podía moverse porque alguien se había asegurado de atar sus muñecas y tobillos a la helada mesa de metal donde yacía. Una voz le decía que se calmara, que aquello no le dolería...

Momentos de lucidez, y momentos de oscuridad...

Recordaba haber despertado una noche en una cama helada, una superficie metálica en un lugar que no le era familiar. Era parte del laboratorio, lo sabía, pero no comprendía por qué lo habían trasladado a esa otra sala. Al levantar la mirada, vio a alguien observándolo desde el pie de la cama, pero no pudo reconocerlo. Al mirar hacia abajo, se dio cuenta que su cuerpo estaba cubierto por una maraña de cables.

"¿Qué...?", había querido preguntar, pero una mano se posó sobre sus ojos, y luego...

"¡KYO!"

No había tenido forma de calcular cuánto tiempo después ocurrió aquello, despertar y ver los furiosos ojos rojos observándolo... pero por primera vez no era furia contra él. Intentó levantarse, con la mente aún confundida, pero un dolor lo detuvo. Un dolor que comenzó en su pecho y se extendió por todo su cuerpo.

"No te muevas...", había siseado Yagami, con un tono de urgencia en su voz. Kyo no comprendió, pero al mirar... vio las agujas. El suero goteando dentro de su cuerpo, lentamente, entrando por sus venas. Sensores mezclándose con tubos de fluídos experimentales. Se quedó sin habla, observando... Hasta que de pronto, como si alguien hubiese encendido un interruptor que enviara una descarga por su cuerpo, el dolor lo hizo gritar.

Vio la sorpresa en el rostro de Yagami, vio cómo sus labios le decían que se calmara, ¡pero no podía! De pronto sentía miles de pinchazos en su cuerpo, algo entrando en sus venas. ¡El dolor...!

Yagami lo sujetó cuando intentó arrancarse las agujas. Hubiera sido lo más estúpido que pudiera hacer, pero la desesperación no le permitió pensar. Nunca en su vida había sentido semejante dolor. Todo lo que podía hacer era desear que terminara, como fuera, ¡pronto!

"¡No te muevas, por un demonio!", gritó Yagami en algún momento, exasperado. Kyo nunca supo cómo logró retirar todas aquellas horribles agujas de su cuerpo. Cuando recuperó la consciencia, se encontraba en un pasillo metálico, andando con la ayuda del pelirrojo.

"Creo que te debo una...", había murmurado, su garganta seca, pero sintiendo el sabor de la sangre en su boca. Yagami le había dirigido una mirada imposible. Kyo jamás en su vida hubiera esperado ver esa expresión en Iori, pero allí estaba. Era furia, mezclada con preocupación, lástima, desprecio, todo. Quiso bajar la mirada, confundido, pero Yagami no se lo permitió. Sujetó su barbilla, obligándolo a mirar al frente. Kyo se había estremecido, tratando de no imaginar en qué estado se encontraba su cuerpo como para que Yagami quisiera evitar que se viera. Ahora sentía que estaba cubierto con un traje, pero de todos modos, si Yagami no quería que observara... debía ser algo serio. En ese momento no tenía fuerza como para protestar, así que siguió avanzando a tropezones, al lado de Iori.

"Siempre te metes en problemas", murmuró Iori en algún momento, furioso. "Pareces un mocoso."

"Siempre vienes a salvarme", le había respondido él, burlón. "¿Para qué cuidarme?"

Se habían detenido. Iori le lanzó una fría y amenazante mirada, pero, cuando Kyo pensó que lo encendería en llamas, el pelirrojo lo obligó a seguir avanzando.

"Me las pagarás cuando salgamos de aquí", fue todo lo que dijo. Pero nunca había llegado un momento como para "pagarle". Kyo no recordaba nada más... salvo el haber despertado días después en una cama que no era suya, en un lugar que, gracias a dios, tampoco era el laboratorio de NESTS.

Si Iori debió enfrentarse a hombres de NESTS para poder sacarlo de ese lugar, Kyo nunca lo supo. Despertó en un departamento, que supuso era de Iori. Las cortinas abiertas de la ventana le permitían ver el cielo nocturno y el paisaje luminoso de la gran ciudad. Hacía tanto tiempo que no veía la simplicidad de un edificio contrastando contra el cielo oscuro, que se quedó largo rato solamente observando. El viento frío que entraba acariciaba su cuerpo semidesnudo, haciendo que las heridas se sintieran claramente.

Kyo observó las marcas rojas, algunas aún sangraban, pero no eran demasiado profundas. ¿Qué habían hecho con él?

Rozó sus brazos, tocando levemente sus heridas, mientras le prestaba atención a la noche. Completo silencio.

- ¿Yagami? - llamó, deslizándose de la cama y dando unos pasos peligrosamente inestables hacia la puerta.

Encontró una bata colgando en el armario, y se la echó con cuidado sobre los hombros. Iba a abrir la puerta cuando lo oyó, el leve suspiro, el jadeo, el gemido. Se había quedado totalmente quieto, preguntándose qué demonios era lo que oía. ¿Alguien estaba herido? ¿Riot, tal vez? Quiso llamar de nuevo, pero su instinto le dijo que no y, despacio, entreabrió la puerta.

Vio que la sala del departamento estaba en penumbra. No era falta de luz, sino un suave y acogedor ambiente preparado. En la mesita baja del centro se alzaban varias botellas de vino y latas vacías de cerveza. Cigarrillos a medio consumir, anillos plateados.

Una alta lámpara estaba caída sobre la alfombra, aún encendida, enviando su luz en un extraño ángulo, haciendo que las siluetas que se encontraban en el sillón se dibujaran en la pared y parte del techo. Kyo no podía moverse. Le era imposible terminar de abrir o cerrar la puerta. Sólo estaba allí, sin poder apartar la vista de la escena.

Por los estuches de los instrumentos que yacían apartados en el suelo, supo que debía tratarse de un músico amigo de Yagami, y que aquella noche debían haberla pasado muy bien, a juzgar por las botellas y latas vacías. Pero eso no importaba en ese momento, porque lo que Kyo había visto era a Yagami con un jovencito bajo él.

Pensó que se sentiría asqueado, pero había algo atrayente en todo aquello que le impedía apartar la mirada. El joven era casi un niño, quizás no tendría más de diecisiete años. Largo cabello castaño, ojos de color caramelo brillando embriagados de alcohol y del pelirrojo en la oscuridad. Sus manos acariciaban la camisa de seda negra que Iori no se había quitado, sus piernas estaban abiertas, una entrelazándose entre las de Iori, con un ritmo que hizo que Kyo comprendiera que Iori estaba dentro del joven. Oyó un gemido y una risa. Unas palabras de Yagami, que, con su voz profunda, no pudo comprender. No era violento, tampoco era gentil, pero... Kyo se sonrojó el pensarlo; no era como lo había imaginado.

Quizás contuvo el aliento, o suspiró, pero de pronto se encontró con que Iori había inclinado la cabeza y lo miraba de reojo. Su rostro estaba húmedo de sudor, y su cabello caía desordenado. Pareció sonreírle burlón, antes de continuar, como si no le importara en lo más mínimo. Kyo parpadeó un par de veces antes de, con manos temblorosas, obligarse a retroceder y cerrar la puerta.

El sonrojo aumentó aun más cuando notó que no sólo sus manos temblaban, sino todo su cuerpo, en una situación que no podía controlar.

No recordaba mucho más de su estancia en el departamento de Yagami, salvo que el pelirrojo actuaba como si él no existiera.

Le había cedido su habitación, y dormía en el sofá... Y pronto Kyo comprendió por qué.

No podía decir que Yagami "durmiera" exactamente. Las noches que recordaba, las había pasado con la cabeza bajo la almohada, tratando de no escuchar los gemidos y jadeos de los ocasionales invitados del pelirrojo. Nunca era la misma persona. Una noche era un joven de largo cabello negro, otra noche una groupie que lo había seguido desde el bar donde su banda se presentó. Eran jóvenes, todos, había tenido oportunidad de verlos algunas veces, a través de la puerta entreabierta, antes de, por voluntad propia, cerrarla violentamente. Esos jóvenes entraban con la mirada brillante, adorando al alto Yagami. Quizás la mitad de ellos no imaginaba que terminarían siendo seducidos por el alcohol y la salvaje belleza del pelirrojo, pero siempre era así.

Kyo no comprendía por qué Yagami hacía eso. Jóvenes o muchachas, le daba lo mismo. Un delicado muchachito, o una maquillada niña intentando pasar por mayor de edad. Nunca oyó un sonido de placer de parte de Iori, nunca vio la excitación clara en su rostro. Podía oír los ruegos, y gritos, y llantos de placer, pero nunca a Iori. Y no lo comprendía. ¿Por qué?

Finalmente, sus heridas curaron y pudo devolverle el ataque a Yagami cuando un día éste intentó darle un golpe a la altura de su cintura. El pelirrojo había parecido complacido al decir: "Te quiero en perfecto estado la próxima vez que nos enfrentemos." Él no le había respondido.

Hacia el atardecer Iori se fue a un concierto, y Kyo se marchó. No lo volvió a ver hasta el encuentro en la víspera de Navidad.

- ¿Y porqué recordé eso específicamente? - se preguntó Kyo ahora, sonriendo para si, dándose cuenta que las sombras en esa habitación del templo se hacían más y más densas... como el ambiente en que Iori solía recibir a sus visitas.

* * * 

No había ni una maldita cerveza en ese templo, se repitió Iori dejándose caer en el futon. No le agradaban demasiado las habitaciones clásicas. Le recordaban a su casa, y eso era algo en que prefería no pensar. No muebles, salvo los imprescindibles: cómoda, lámpara, una mesa baja, el futon... No había un televisor, ni minicomponente. Era totalmente lo opuesto a su moderno departamento.

Maldijo en voz baja, sabiendo que amargarse era algo inútil.

Kyo tenía la culpa por haberlo hecho volver, pensó, pero no sentía rabia contra el joven, sólo una extraña incomodidad. Aún lo sentía dormido en sus brazos...

Observó sus manos, antes de empezar a desvestirse, dejando su abrigo a un lado, y liberando algunos botones de su camisa. Subió las mangas hasta la altura de su codo. Su piel era blanca, pero nunca tanto como la de Kyo. No pudo evitar una mueca que podía ser una sonrisa de burla. Kyo, desnudo. Su piel, suave, contra sus manos, mientras él limpiaba la sangre, mientras quemaba las agujas y las correas que lo mantenían sujeto en aquella cama, en la base de NESTS.

En ese tiempo nunca pensó que lo salvaría para que luego la propia naturaleza se lo arrebatara nuevamente. Y, en esta ocasión, no había nada que pudiera hacer para ayudarlo... salvo...

El pelirrojo cerró los ojos, con un suave bufido. No podía hacer nada salvo darle a entender que había alguien que comprendía el dolor, y hacerlo aceptar su muerte. No quería ver a Kyo consumirse en la desesperación de la muerte cercana, y prefería que lo aceptara como lo aceptaba él: fríamente, con resignación.

Era lo único que podía darle, lo único que podía hacer por él... ¡Y los más cercanos a Kyo todo lo que hacían era hacerlo sufrir diciéndole que no los dejara solos! Que irónica era la vida. Los que amaban a Kyo le hacían más daño que él, más daño que las llamas púrpura, más que sus manos, arañando la piel y haciendo brotar la sangre. Él, como enemigo, sentía al menos un mínimo respeto hacia el Kusanagi. Podía odiarlo, pero, al fin y al cabo, era su enemigo, el único digno, el único que había encontrado en su vida. Quería que, si no moría en sus manos, al menos lo hiciera en una situación decente. No quería verlo sumirse en la desesperación. No deseaba despreciarlo en los últimos momentos.

Momentos que había prometido pasar a su lado.

Suspiró suavemente.

Ya era inútil intentar explicar qué lo motivaba. Respeto, sí. Egoísmo, sí. Desprecio... Posesividad...

Recordó el momento en que vio a Kyo con Tsukiyo a su lado, en el futon. Le había dolido, pero bastó con repetirse que esa clase de sentimientos eran inútiles. Él nunca quiso nada con la niña, sólo la dejaba acercarse. Quizás hubiese dormido con ella, pero la mirada atenta de Mature siempre lo evitó. Tsukiyo no significaba nada. Nada.

La verdadera molestia fue...

- Shimatta {Maldición}, KYO! - gritó súbitamente, golpeando el suelo con fuerza. Levantando un poco de polvo de las esteras. Se puso de pie molesto, avanzando a zancadas hacia la puerta que daba al jardín del templo. La abrió violentamente, saliendo al aire frío de la tarde. De un salto llegó a la nieve, al medio de esa blancura inmaculada. Había caído allí, y nadie se había acercado para alterarla. Todo era tan hermoso... y monótono.

Empezó a sentirse más y más molesto por esa situación, cada vez más amargado. Dejó que el fuego brotara de sus manos, y en eso levantó la mirada hacia un árbol. Podría haber jurado que sintió el temor entre las sombras. Sonrió con malignidad, y, alzando su mano, envió una llamarada hacia la copa nevada.

Dos siluetas salieron rápidamente en diferentes direcciones, sin hacer un sonido.

- ¿Qué pretenden? - gruñó Iori amenazante -. Escondiéndose entre las sombras como cobardes que son...

- No nos escondemos - respondió una voz, desafiante. Iori levantó la mirada, el fuego aun encendido y dejando una estela tras él a medida que se volvía. El pelirrojo se veía amenazante, estaba molesto y todo lo que deseaba era descargar su furia en lo que fuera. Un ninja, un árbol, cualquier cosa.

El joven que tenía al frente lo observaba con una sonrisa confiada, como si estuviera listo para enfrentarlo. Su corto cabello negro desordenado se sacudía con la brisa. Una sombra tras él lo contuvo sujetándolo del brazo.

- Déjalo, Hiroshi - dijo con voz suave, y Iori sonrió despectivo.

- Así que eres tú... - murmuró, como si no lo hubiese sabido.

El ninja de ojos verdes se limitó a observarlo fijamente.

- Es al lado de Kyo donde debo estar - dijo Alex, con firmeza, pero no pudo decir nada más, porque en ese momento debió empujar a su compañero a un lado, para evitar al pelirrojo que se había lanzado contra ellos, sus llamas encendidas.

El joven de cabello negro rodó por el suelo, pero se puso de pie en seguida, exclamando:

- Nan da yo, temee...! {¿Qué te pasa, idiota...?}

No tuvo tiempo de terminar, Iori estaba frente a él, listo para lanzar un golpe.

- ¡Hiroshi! - Nuevamente Alex se interpuso entre ellos, empujó lejos al descuidado Hiroshi y saltó alto, esquivando las llamas. En un parpadeo, vio cómo Iori se materializaba con él en el aire, una sonrisa maligna adornaba sus labios cuando lanzó una llamarada que el ninja no pudo esquivar.

Alex sintió que caía a gran velocidad, demasiado rápido para que su cuerpo, cansado y aún herido, pudiera reaccionar. Esperó sentir el suelo en cualquier momento, mientras veía el cielo sobre él, y el pelirrojo cayendo un poco más allá. Alex no pudo evitar pensar en lo hermoso que se veía, el cielo oscurecido y nublado, y la estela púrpura que dejaban las llamas de Yagami a medida que iba perdiendo altura... Empezaba a cerrar los ojos. No entendía qué le sucedía al pelirrojo para haberlos atacado así, sin motivo.

De pronto sintió que lo sujetaban en el aire, antes de que golpeara el suelo. Entreabrió los ojos y vio que se trataba de Hiroshi. El joven parecía furioso.

- ¿Qué le sucede a ese idiota? ¿Acaso no está del lado de Kyo? - preguntó en voz baja, sus pies tocando el suelo suavemente, mientras dejaba ir a Alex, que se apartó bruscamente.

- No lo sé - murmuró Alex.

- Saa - habló Iori de nuevo, sus ojos brillando con un extraño fulgor escarlata. Avanzaba hacia ellos, parecía realmente dispuesto a atacarlos.

Hiroshi cubrió a Alex esta vez, para que se recuperara. Sus ojos oscuros observaron fijamente al pelirrojo, sin comprenderlo.

* * *

- Iré por atrás - había dicho Alex simplemente, momentos atrás, sin darle tiempo a Syo de protestar. Hiroshi se fue con él, dejándolo solo.

El joven mensajero se había preguntado qué pretendían esos dos, pero no les dio más importancia y de un salto entró en el templo. El lugar tenía una seguridad totalmente nula, pensó. O quizás la sacerdotisa estaba confiada en que nadie atacaría un lugar sagrado. Le era imposible entender eso, pero tampoco importaba. Quería ver a Kyo.

Entró sigiloso a la habitación, encontrándolo sumido en sus pensamientos.

Esperó largo tiempo a que Kyo notara su presencia, y sintió gran alivio al ver sus ojos castaños reconocerlo. Hizo una ligera inclinación. Kyo le sonrió indicándole que se sentara cerca a él.

- ¿Qué piensa hacer ahora, Kyo-sama? - preguntó Syo en voz baja. Yagami había vuelto, vio su automóvil estacionado al pie de las escalinatas que llevaban al templo, y era obvio que ya debían haber hablado.

- No lo sé - respondió Kyo con una leve sonrisa que desde hacía un tiempo no abandonaba sus labios.

- Pero se irán de aquí a un lugar seguro - insistió Syo, preocupado.

- Betsuni {No importa realmente} - susurró Kyo.

- ¡Claro que importa! - exclamó el joven, harto de la actitud resignada de su amo. Quiso sujetarlo del cuello y sacudirlo, pero se contuvo. A cualquiera otra persona podría haberle hecho eso, pero no a Kyo.

- Veremos cómo sale todo... - sonrió Kyo apartando el cabello castaño de los ojos de Syo con un lánguido movimiento de su mano. El joven no pudo evitar estremecerse. ¿Qué era esto que sentía por su amo? Deseaba sujetar su brazo y luego tirar de él, para atraer a Kyo hacia sí y estrecharlo. Quería que sintiera su calor, que supiera que estaba vivo. Que aún estaba vivo, y que él deseaba estar para siempre a su lado. Desde que eran niños le había gustado estar con él, se divertían juntos, hablaban, jugaban. Kyo era la única persona en el mundo a la que soportaba cerca. Ahora que ambos eran mayores, todo continuaba igual. Pero no le gustaba verlo tan silencioso y resignado.

-¿Quién le ha hecho esto? - preguntó, sin dejar que la mano de Kyo se alejara de su mejilla.

- ¿Hacer qué?

- Esto. Todo. Usted no era así.

- Pero Yagami tiene razón - dijo Kyo con un tono leve, como si quisiera que Syo comprendiera.

- ¡Claro que no la tiene! ¡Ese tipo está loco!

Syo calló al darse cuenta de la mirada que le estaba dirigiendo Kyo. Jamás lo había visto tan silenciosamente furioso. Tartamudeó una disculpa, poniéndose de pie sin dejar de observarlo. ¿Tanto había cambiado Kyo en esos años que habían estado separados?

Había creído entenderlo, pero ahora que lo veía pasar de resignación a furia con esa facilidad se dio cuenta que el Kyo que recordaba, poco tenía que ver con el joven que tenía enfrente ahora.

Le parecía más la imagen del luchador orgulloso de los torneos, al Kyo que había conocido desde siempre.

- Shitsurei shimashita {Con permiso, me retiro} - murmuró, con otra leve inclinación, antes de salir sin hacer ruido. Kyo no dijo nada, sólo lo miró hasta que la puerta se cerró tras él.

Era lo mejor, se repitió Kyo con tristeza, observando aún la puerta corrediza por la que el joven había desaparecido. Que Syo se diera cuenta que no valía sufrir por alguien como él. Sería fácil, porque llevaban mucho tiempo distanciados... Pero... ¿Qué haría con Alex? A él no podría simplemente engañarlo. Alex lo conocía demasiado bien.

* * *

- ¡Cuidado!

Alex levantó la mirada al oír el grito de alerta. Vio venir una llamarada púrpura, que esquivó a duras penas, rodando sobre sí mismo por el suelo. Se sentía cansado, y todo lo que hacía el pelirrojo era atacarlo salvajemente. No podía hacer más que estar a la defensiva. Era imposible acercarse a Yagami. Quizás él era rápido y ágil, pero por mucho que saltara o esquivara, el fuego siempre parecía estar a un centímetro de él.

Ahora peleaban en el aire, podía ver a Hiroshi de pie, abajo, impotente. Iori no le prestaba atención y él no podía intervenir en una pelea que no era de su incumbencia. No podía interrumpir, no era justo, ni honorable. Alex debía solucionar el problema por sus propios métodos... pero se veía tan mal...

- Yagami-san... - murmuró Alex observando los ojos de Iori -. ¿Por qué...?

- ¿Por qué? - repitió Iori con una sonrisa de burla -. Por ninguna razón en especial. Me estorbas... ¡desaparece!

Las manos del pelirrojo buscaron sujetar al ninja, pero este se escabulló. Alex dio un par de saltos al llegar al suelo, breves, lo suficiente como para alejarse unos metros y recuperar el aliento. Iori continuaba de pie frente a él, inclinado hacia adelante, como un animal listo para saltar sobre su presa. Sus manos crispadas ardían en fuego, en llamas que saltaban, encendiendo el aire violentamente, haciéndolo volverse púrpura, con una hermosa y mortífera estela.

- Pero qué típico de usted - habló Alex, alzando su voz, haciéndola más grave y despectiva -. Atacando sin una razón. Así como ha atacado a Kyo desde siempre...

Aquello pareció confundir al pelirrojo un segundo, pero en seguida la sonrisa de burla reapareció en sus labios. Apagó las llamas con un simple movimiento, y se irguió. Alex pareció relajarse al ver desaparecer el fuego. Hiroshi dio un paso hacia él, pero se detuvo al ver como ambas miradas, la de Alex y la de Yagami, estaban fijas en el otro. Como si se dijeran algo en silencio, una amenaza sin palabras, una lucha por el bien de Kyo.

Los ojos verdes de Alex brillaban, como si estuviera a punto de echarse a llorar, pero no había lágrimas. Hiroshi vio que estaba temblando, incontrolablemente. Iori sólo observaba, su rostro estaba tranquilo. La burla y furia lentamente desaparecían.

- ¿Quieres una razón, gaijin? - habló Iori lentamente, frunciendo el ceño.

- Me gustaría, sí - asintió Alex, lentamente llevándose una mano al brazo, sobre la herida que ahora quizás se había abierto otra vez. Sí, como pensaba, su traje estaba húmedo de sangre y el dolor comenzaba a extenderse.

- ¿Cuál es tu razón para estar aquí? - preguntó Yagami, desafiante de nuevo.

- Proteger a Kyo - respondió Alex sin titubear.

- ¿De qué?

- Cualquier peligro, enemigos - marcó esa palabra, para que Iori notara la indirecta -, alguien que le quiera hacer daño...

- Protegerlo de ti - acotó el pelirrojo, interrumpiéndolo -. De ti, de ése - señaló al silencioso Hiroshi -, de todos los que dicen ser sus "amigos".

Alex no comprendía. Negó con la cabeza lentamente, como si Iori estuviera en un error que no podía explicar.

- ¿No lo entiendes? - murmuró Iori, acercándose un paso -. ¿No entiendes que tu presencia aquí hace sufrir a Kyo?

Ante eso Alex apartó la mirada, apretando los puños. Quería cerrar los ojos y simplemente desaparecer, pero no podía mostrarse tan débil frente a Yagami, que continuó:

- Todo lo que haces es decirle a Kyo cuánto lo necesitas... - su voz era fría, como si no sintiera nada. Parecía que para el pelirrojo todo era un hecho imposible de cambiar al que ya estaba resignado -. ¿Crees que él no lo sabe? ¿Acaso crees que él puede hacer algo por ti? Lo que logras con tu actitud es que se angustie en vano... ¿no quieres protegerlo de eso también?

- Yo... no... - murmuró Alex, en un intento de defenderse, pero las palabras de Iori lo herían más que cualquier golpe que hubiera podido recibir. Sentía que sus piernas no lo sostendrían más.

- Kyo no puede hacer NADA - terminó Iori -. Nada más que resignarse, ¿por qué no lo dejas en PAZ?

Iori echó a andar hacia Alex, y pasó a su lado sin ni siquiera volverse a mirarlo. Sólo murmuró:

- Eres tan egoísta... Hipócrita, escondiendo tus deseos bajo una falsa preocupación por él...

- ¡Pero no es así! - pudo, al fin, protestar Alex.

- ¿No lo es? - repitió Iori volviéndose hacia él, su voz llenándose con desprecio de nuevo -. Dime qué pierde Kyo si muere. ¡Dime qué hay de malo en la muerte! - ahora el pelirrojo era amenazante. Alex se sintió furioso ante su intimidación, y quiso enfrentarlo... pero se dio cuenta que no tenía argumentos... Iori finalmente puso sus manos sobre Alex, sujetándolo del cuello de su sweater, atrayéndolo hasta que sus rostros quedaron a sólo milímetros de distancia -. La muerte no es mala, si es uno mismo el que muere - siseó, evitando los inútiles intentos del ninja por alejarse -. No es mala, ¡si los que nos rodean no nos hacen difícil el aceptarla!

Con eso, Yagami liberó a Alex, empujándolo hacia atrás. Se sorprendió al sentir lo ligero que era, la poca resistencia a su fuerza. Cuando la espalda del ninja golpeó contra la pared, vio que se quedaba allí, cerrando al fin sus hermosos ojos verdes, cubriéndose el rostro con una mano.

- Usted nunca ha amado a alguien, ne, Yagami-san? - murmuró Alex -. No comprende... no puede comprender...

Un golpe al lado de su rostro, contra la pared, hizo que el ninja callara, pero no se movió. Iori parecía estar sobre él, totalmente furioso.

- No sabes lo que dices - siseó, en voz tan baja que sólo Alex la oía -. ¿Para qué amar a alguien, sabiendo que vas a morir pronto, sabiendo que le causarás sufrimientos... y sufrirás al dejarlo? ¡Esa clase de sentimientos son una estupidez!

- ¿Para qué vivir sin sentir nada, entonces? - insistió Alex, sin atreverse a mirarlo a los ojos -. ¡Eso no es vivir! ¡Usted no entiende lo que yo siento...! Yo...

- Yagami-san... - Finalmente Hiroshi intervino. No le agradaba el aspecto de Alex, parecía a punto de colapsar, y el que estuviera siendo tan sincero con Yagami le preocupaba aun más.

Iori se apartó, se alejó como si no hubiese sucedido nada. Como si no le importara si Alex se derrumbaba allí mismo.

- Daijoubu? {¿Estás bien?} - preguntó Hiroshi, mientras observaba a Alex. La voz de Iori se oyó de nuevo:

- Ten la seguridad que los mataré, si es necesario...

- ¿Qué dices, bastard...? - quiso gritar Hiroshi, pero Alex cubrió sus labios suavemente con su mano.

- Déjalo - murmuró con tristeza -. Déjalo...

Era la forma de Yagami de preocuparse por Kyo, se dijo. Una forma aparentemente fría, pero... ¿quién se tomaría esas molestias, por una persona que supuestamente quiere ver muerta?

No comprendía a Yagami, pero ahora sabía que ambos buscaban lo mismo.

 

* * *

[ Capítulo 20: Como un Milagro en el Cielo ]

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MiauNeko, Artemis &
Shades of Flames and Passion
Mayo, 2002