Fanfic por MiauNeko

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 22.- Omae dake {Solamente tú}

Kyo no se dio cuenta del paso del tiempo hasta que sintió a Alex temblar ligeramente. Se separó despacio, abriendo los ojos, que había mantenidos cerrados debido al lacerante dolor que no abandonaba su pecho. Vio cómo el vapor del agua era menos denso ahora, e intentó alcanzar una toalla limpia para cubrir a Alex. Tomó una a tientas, que resultó ser la más grande de todas. Áspera y gruesa, blanca, lo suficientemente amplia como para pasarla por los hombros de Alex y cubrirlo.

El rubio levantó su cabeza para mirar a Kyo. Le sonrió débilmente, sin separarse de él. Por un momento Kyo creyó que le hablaría, estaba seguro que iba a pedir que por favor no lo dejara, como ya había hecho antes, pero no hubo ni una palabra. Sólo los hermosos ojos observándolo con cariño, mientras Alex se alejaba un poco.

- Voy a terminar de tomar mi baño - sonrió el ninja, acercándose a la pared que daba al exterior y dando dos golpecitos. El sirviente que cuidaba el fuego desde afuera obedeció la orden de echar más leña para volver a templar el agua -. Quieres... ¿quedarte un momento más? - terminó Alex, sentándose al borde del furo, cubriendo su cuerpo con la toalla -. Y, ne, Kyo, ¿me devuelves los cuchillos?

Kyo rió suavemente, tomando las armas que había dejado a un lado antes de acercarse a Alex. Sabía que podría ser peligroso. Quizás Alex hubiera atacado antes de mirar de quién se trataba, porque en ese momento, en ese baño, su cuerpo desnudo, era como estar indefenso a cualquier ataque... del pasado.

Luego de un momento, el joven rubio volvió a entrar al agua, cuando el vapor comenzaba a nublar el lugar de nuevo. Dejó la toalla a un lado, sumergiéndose para recuperar el calor que su cuerpo había perdido mientras abrazaba a Kyo. Él, por su parte, se sentó en el borde, vuelto hacia Alex, que se le acercó para apoyar la cabeza en sus piernas. El vendaje de su brazo estaba húmedo, pero ya no había tanta sangre. La mano de Kyo se posó entre el cabello mojado, acariciando suavemente.

Kyo no tenía nada que decir. De pronto había sentido la necesidad de pasar un tiempo a solas con Alex, porque quizás dentro de poco le sería imposible. Ya había aceptado su destino. Nunca pensó que lo haría tan pronto, resignándose tan fácilmente, pero Yagami tenía razón. ¿Para que angustiarse pensando en lo inevitable, perdiendo el precioso tiempo que le quedaba? Ahora quería demostrarle a Alex lo mucho que lo quería, que se preocupaba por él. El ninja comprendía, y por eso no decía nada. Ya no había nada más que hacer o decir, salvo evitarle más penas a su amigo.

Ambos sabían que el otro sufría. Uno por abandonar, el otro por ser abandonado, pero no iban a decirlo.

- Alex... - los ojos de Kyo observaban su espalda, la larga línea de la cicatriz.

- ¿Sí...?

- Tu espalda está... - murmuró el joven Kusanagi, su mano bajando por el cuello de Alex, rozando sus hombros, en dirección a la larga línea.

- ¿Sangrando? - completó Alex entrecerrando los ojos -. Suele pasar - dijo luego. Sí, el esfuerzo que había realizado esos días había sido demasiado para su cuerpo. Pese a ser tan antigua, la vieja herida se había vuelto a abrir, pero a Alex no le importaba. Por él, bien podía desangrarse hasta morir. ¿Qué importaba? Kyo iba a morir, él podía morir... Era lo mejor.

Pero Kyo ya estaba limpiando la sangre, solícito, su mirada preocupada.

- Déjalo - dijo Alex, intentando apartarse. Que lo dejara, se dijo. Kyo debía descansar, no estar preocupado cuidándolo. ¡Era él quien estaba mal! ¡Él!

- Estaré bien... Kyo - se obligó a decir Alex -. Déjame.

Kyo le dirigió una larga mirada, pero Alex insistió:

- Déjame, ¿sí? Vete a descansar. Quiero estar a solas un rato.

El joven de cabello castaño se quedó un momento más, sólo mirando a Alex, sus ojos, su hermoso rostro, recordando. Si un alma podía regresar del otro mundo, deseaba poder hacerlo, poder visitar a Alex y de alguna manera hacerle sentir que no estaría solo...

Finalmente, Kyo se retiró. Alex quería pensar, y no podía obligarlo a aceptar su compañía. Se dirigió a la puerta, donde la joven sirviente se había quedado dormida esperando. Estaba a punto de despertarla para que estuviera atenta a las necesidades de Alex cuando oyó que lo llamaba de nuevo.

Volvió la cabeza, mirando a Alex asomarse por encima del furo, sonriéndole tiernamente.

- Gracias, Kyo - dijo el rubio -. Te quiero.

* * *

Kyo recorrió a solas los pasillos que lo separaban de su habitación. Esa había sido su despedida a Alex. El último momento en que podría estar a solas con él. Aún podía sentir la calidez de su cuerpo, podía escuchar las palabras que no había pronunciado. Su miedo, su tristeza... Pero, junto con la despedida, también había sido una manera de aceptarlo él mismo. Alex se quedaría solo. No había nada que pudiera hacer.

Entró en la habitación ahora a oscuras, perdido en sus pensamientos.

¿Cuánto tiempo faltaría para que todo terminara? Se sentía bien, mucho mejor que cuando estaba en la mansión de su familia, pero sabía que eso se debía a la cercanía del poder sagrado del templo y la energía de Yagami, que había alimentando al Henka. Pero ahora, con la súbita explosión de la energía de Orochi era como si todo se debilitara. Yagami, él, Chizuru...

Rió para si, llevándose una mano a la cabeza para apartar el cabello castaño. ¿Se sentiría mejor de saber el tiempo exacto? ¿O todo sería para peor?

- Estás todo mojado. Estás temblando.

Kyo se sobresaltó violentamente. La voz había sido profunda, proveniente de la oscuridad. No había notado que Yagami estaba allí.

Una llama púrpura se encendió, pequeña. Lo suficiente como para que Kyo viera las sombras que enviaba al rostro del pelirrojo, que en ese momento se acercaba para encender una de las lámparas de papel repartidas en el lugar.

- ¿Dónde estabas? - preguntó el pelirrojo mientras el fuego púrpura encendía una mecha y se tornaba de un anaranjado cálido.

- Con Alex - respondió Kyo, sin darle importancia.

- Idiota - gruñó Iori. Kyo se dejó caer frente a él, observándolo con ojos empañados de sangre. - ¿Así en ese estado? - insistió luego el pelirrojo, tomando el rostro de Kyo con una mano y levantándolo, para ver mejor el reflejo de la luz en sus ojos.

- Quizás después ya no habrá tiempo - sonrió Kyo pacíficamente. Observó al joven pelirrojo, que también lo miraba. Se veía cansado, su camisa desordenada y desabrochada. Su ojo visible entrecerrado, sus labios entreabiertos, preocupado. Nunca antes Kyo había pensado que Yagami pudiera ser hermoso, pero ahora lo creía. Tan lleno de vida, de energía. Decidido, viviendo como le daba la gana. Antes Yagami había querido matarlo, ahora lo cuidaba, y nadie podía decir nada al respecto porque siempre había sido una persona imposible de entender. Hacía lo que quería. Era simple.

Kyo se encontró observando esos labios entreabiertos, invitantes. En esos pocos días, se había encontrado con un Yagami comprensivo y amable, que, aunque parecía hacerlo de mala gana, se preocupaba por él, como si siempre hubiesen sido amigos. ¿Qué había originado ese cambio? ¿Por qué...?

Se inclinó hacia adelante, esta vez fue su turno de tocar suavemente la mejilla del pelirrojo, apartando su cabello un poco. Iori no se movió, mientras Kyo rozaba los largos mechones escarlata. Jugó suavemente con ellos, apartándolos, y luego dejando que cayeran sobre sus ojos otra vez. Sus ojos tan hermosos, de un color inusual. Rojo como la sangre, pensó. Las puntas de sus dedos acariciaban a Iori ahora, su mejilla, tan suave y cálida, la comisura de sus labios, que estaba ligeramente curvada hacia abajo, con su habitual expresión mezquina.

- Yagami... - susurró Kyo, dolido. Las manos de Iori lo buscaron en la relativa penumbra. Sintió que tocaba su ropa.

- Estás mojado - dijo Iori en voz baja, mirándolo a los ojos. No dijo más, sólo empezó a desvestir a Kyo, que no se resistió. Ya lo había hecho antes... ya no tenía nada que temer.

La camisa y camiseta fueron lanzadas al otro lado de la habitación, y Kyo se estremeció de frío. Iori se quedó observándolo, de nuevo, tal como había hecho en el departamento. Lentamente su mano bajó, hasta posarse completamente extendida en el estómago de Kyo, cubriendo la marca de una de las heridas que le había producido Souji.

Kyo observó, sus ojos resignados; su mente, habituada a ese gesto en Iori, le decía que de un momento a otro una llamarada púrpura brotaría para quemarlo, pero nada sucedió. Fue sólo Iori, rozando la herida, pasando por los marcados músculos, explorando delicadamente el cuerpo de su rival.

Siempre era fácil saber dónde golpear, se decía Iori, sus ojos bajos también, sin buscar ni encontrar los de Kyo. Sabía donde herir para hacer que Kyo bajara su guardia y quedara indefenso. Sus manos desgarraban ese cuerpo, que ahora estaba así, expuesto frente a él. No había necesitado golpes, o heridas, para que Kyo estuviera de rodillas, en la misma habitación que él, a su merced. Preocupado en herirlo, nunca había podido fijarse en lo esbelto que era el cuerpo de Kyo, en la curva de su tórax, que suavemente se angostaba hasta llegar a una cintura estrecha y marcada por los músculos, suaves.

Su mano rozaba allí ahora, sentía los huesos de Kyo a través de la piel, pero era una sensación tenue. Lo que le agradaba era ver la expresión de sorpresa del joven al no saber cómo reaccionar al cosquilleo que le producía.

Una cicatriz aquí, la huella de una quemadura más allá... Quizás no había sido producida por él, pero Iori sentía como si todas aquellas marcas fueran su culpa. Y realmente, le agradaba, de un modo siniestro, saber que no importara qué ojos observaran a Kyo, se encontrarían siempre con sus marcas. Porque Kyo era suyo. Hasta el final era suyo.

Hasta el final, se repitió... Tan cercano...

Iori le entregó a Kyo un poco de ropa que había en su bolso, uno que había dejado caer descuidadamente al llegar y ahora estaba cerca a ellos, entre el futon y la lámpara. Era sólo una gruesa camisa de franela que Kyo se echó sobre los hombros, para luego introducir sus brazos en las mangas que le quedaban largas. Escondiendo sus manos dentro de la prenda, para protegerse del aire frío.

La forma en que Iori lo observaba lo ponía un poco nervioso. Parecía... deseo. Una salvaje pasión. A Kyo esa mirada le recordaba los muchachos y muchachas que Iori solía llevar a su departamento, el tiempo que vivieron juntos. Pero... no era la actitud de Iori la que recordaba, sino que se sentía como si él fuera uno de los jovencitos embelesados por el pelirrojo. Había sentido su mano contra su piel, la ligera caricia, y cuando Iori se apartó deseó que no lo hiciera. Era extraño, no lo comprendía, pero era lo que deseaba. Quería sentir el cálido contacto de Iori, sus caricias, tan bruscas y placenteras al mismo tiempo.

- Es sorprendente... - comenzó Iori de pronto, interrumpiéndose a media frase para luego continuar con una sonrisa sarcástica -: Sorprendente que de una familia de cobardes haya salido alguien como tú.

¿Cómo era posible?, se preguntaba Iori. ¿Como era posible que la mirada de Kyo siguiera siendo tan dulce, tan cálida? ¿Por qué le parecía aún un joven despreocupado, como si nada de lo que estuviera ocurriendo fuera verdad? Años atrás esa expresión lo enfurecía... Era como si Kyo no se preocupara por nada, salvo divertirse. En sus encuentros su mirada cambiaba a una de desafío, pero siempre estaba presente ese aire de calidez, ese sentimiento que evitaba que Kyo lo odiara irracionalmente, como hacía él.

Iori había aprendido a disfrutar de esa mirada, especialmente después de sacar a Kyo de NESTS. Le hacía sentir bien. Kyo era alguien que no le temía, pero que no se entregaba. Un igual. El único, en todo el mundo.

Y ahora se iría.

Iori no quería perder... No quería perderlo... No, lo único que importaba en su vida...

- ¿Yagami? - la débil voz de Kyo, interrogante, sorprendida por el movimiento que hizo, inclinarse hacia él... Observando sus labios.

- No. Digas. Nada. - gruñó Iori, posando su mano en la mejilla de Kyo. Se acercó un poco más, y finalmente sus labios se encontraron. Kyo dejó escapar un ligero gemido de sorpresa, e intentó apartar a Iori, posando sus manos en el pecho descubierto del pelirrojo y empujando. Era inútil. Mientras él empujaba, Iori ahondaba el beso, su lengua introduciéndose súbitamente en su boca, fría, curiosa. Kyo cerró los ojos con fuerza, la situación le parecía angustiante, pero cuando sintió que Iori posaba su mano tras su nuca, y acariciaba suavemente, dejó caer los brazos. El pelirrojo estaba casi sobre él, haciéndolo arquear un poco la espalda hacia atrás, como si fueran a caer. Kyo sintió el impulso de aferrarse a Iori, de sujetarlo y no dejarlo ir. Después de la sorpresa, el beso se sentía muy bien. Era salvaje, como el pelirrojo, brusco, violento. Era tal y como imaginaba que sería Iori... y no podía evitar disfrutarlo. Le gustaba. Esa pasión prohibida, su aliento ardiente...

Iori se dio cuenta que Kyo le devolvía el beso, que sus manos se aferraban a su camisa a medida que ambos lo profundizaban, sus alientos mezclándose. Cuando Kyo acarició suavemente sus labios con los suyos fue extraño, Iori sintió que su corazón se aceleraba salvajemente. Había besado antes, sí, pero nunca a alguien a quien odiara tanto como a Kyo. Sentía el impulso de querer hacerle daño. Daño con ese beso. Pero Kyo parecía estar dispuesto al dolor, y se lo permitía. Oyó un gemido de parte del joven Kusanagi. Un urgente tono de deseo.

Se apartó en ese instante, limpiándose los labios con el dorso de su mano mientras sonreía.

- No vales la pena ahora... - dijo simplemente a un atónito Kyo.

¿Por qué? ¿Qué había sido eso? Kyo no lo comprendía. Ese no había sido un beso de amor... Fue demasiado salvaje, demasiado doloroso... pero Kyo no había querido que terminara. Imágenes empezaron a invadir su mente. Yagami preocupándose por él. Yagami cuidándolo. Deseando ver a Yagami... Deseándolo...

Ahora se miraban fijamente. Kyo totalmente sorprendido, Iori un poco lejano, como ajeno a la situación.

- Yagami... yo... - murmuró el joven. No sabía qué sentía exactamente, las palabras salían solas.

Iori lo hizo callar con una caricia en la mejilla. Él lo había notado antes que Kyo se diera cuenta... pero...

Kyo levantó una mano a los labios, como si no pudiera creerlo. La sensación era tan abrumante, tan clara. Los dedos que acariciaban su mejilla tocaron ahora su mano, cálidos. Kyo se aferró a ellos, aún mirando a Iori. Era... imposible, se dijo. Pero ahí estaba, la tibia sensación en su interior al observar el rostro de quien era su enemigo.

Entonces Iori sonrió. Lo hizo levemente, de forma casi imperceptible.

Kyo nunca había salido de su mente. Había sido su obsesión desde siempre. Verlo así ahora, verlo tan confundido... y él sabiendo, comprendiendo todo con claridad, era algo que lo hacía sonreír.

- Siempre estuviste allí - dijo Kyo suavemente -. Siempre... y yo...

- Estás temblando, Kyo - murmuró Iori suavemente, atrayéndolo hacia sí, haciéndolo callar con un abrazo.

- ¿Qué es esto...? - murmuró Kyo, contra el pecho de Iori, sintiendo sus fuertes brazos a su alrededor. Se acomodó entre las piernas del pelirrojo, buscando su calor, acurrucándose. Levantó sus ojos castaños hacia Iori, interrogante -. ¿Por qué...? ¿Por qué... dices que no vale la pena...?

Iori sintió que Kyo parecía un niño indefenso. ¡Con qué ingenuidad preguntaba, como si realmente no comprendiera! ¿Y cómo le iba a explicar? ¿Cómo le iba a decir lo que había sentido, desde la mismísima noche en que lo ayudó a escapar de NESTS?

Había tratado de negárselo a sí mismo, sí. Pero cada vez era más difícil, cada vez se le hacía más imposible soportar la idea que, a pesar de haber salvado a Kyo muchas veces, el Henka se lo arrebataría con tanta facilidad.

- ¿Para qué involucrarme con alguien que va a morir? - gruñó Iori, sin querer mirar a Kyo a los ojos. Sin embargo, no pudo evitar bajar su mirada hacia él, y vio que Kyo sonreía.

- Uno más entre muchos, ¿realmente importará? - preguntó el joven Kusanagi, refiriéndose a sus ocasionales parejas nocturnas. Aquellos con los que una sola vez hacía el amor y luego los descartaba para siempre.

Iori sonrió también, levemente.

- ¿En verdad lo quieres? - dijo -. ¿Ser uno más entre muchos? Tú eres más que eso, Kyo.

El joven Kusanagi cerró los ojos, asintiendo.

- Si es todo lo que puedo ser ahora - murmuró -, antes de morir... No me importaría. Ser uno más en tus brazos. ¿Qué importa? - Kyo bajó la mirada, sus ojos entrecerrados, hacia la entrepierna de Yagami. Inconscientemente su mano ya estaba allí, rozando el pantalón, sintiendo la firmeza bajo él. - Si tú me deseas... - comenzó Kyo, sus mejillas comenzando a sonrojarse -, y yo lo deseo... ¿Por qué no, Yagami?

Iori se apartó de él en ese momento. Bastó un segundo para que estuviera de pie, mirando a Kyo arrodillado en el piso. El pelirrojo apretaba los puños, su rostro era una mueca de confusión y pesar.

- He tratado de que te alejaras de todo lo que pudiera angustiarte, Kyo - empezó Iori, su voz opaca, seria -. Sólo quería que no sufrieras por las personas a las que dejarías atrás... Sólo quería evitarte... - El pelirrojo cerró los ojos un momento, como tratando de aclarar sus pensamientos. Nunca había sido bueno con las palabras, y mucho menos lo era con Kyo -. Lo logré con tus ninjas, ¿verdad? Finalmente te despediste de ellos. - Hizo una pausa, para ver si Kyo comprendía. El joven asintió. - Sólo estaba tratando de evitarte sentir algo por ellos, ¡algo que no debías sentir!

- Quisiste alejarme de ellos - murmuró Kyo, y a medida que hablaba, una sonrisa triste apareció en sus labios -. Y finalmente... sólo quedaste tú...

Iori negó con la cabeza.

- Estás confundido porque soy el único que tienes cerca...

- No, Yagami - murmuró Kyo -. Estoy seguro de esto.

Una risa seca resonó en la habitación, era Iori, dándole la espalda a Kyo, alejándose de él unos pasos, levantando la mirada al techo, para luego dejar la cabeza en un gesto de desesperanza.

- No es tan malo... - susurró Kyo, apartando la mirada avergonzado.

- ¿No lo es? - repitió Iori, volviéndose hacia él -. ¿No lo es? ¡Intento alejarte de todo...! ¡Intento evitarte un dolor... y tú te lo buscas, donde sea! Siempre has sido un idiota.

- ¿Qué quieres...? - preguntó Kyo ahora, su mirada cálida y calmada, contrastando con la de Iori -. ¿Que no sienta nada?

- Que no sientas nada por - gruñó el pelirrojo, secamente.

Kyo le sonrió.

- Es demasiado tarde, Yagami...

Se quedaron frente a frente, Kyo aún arrodillado en el suelo; sus miradas se encontraron.

- Fuiste tú el que se lo buscó - dijo Kyo -. Alejaste a todos de mi lado para finalmente quedar sólo tú...

Iori negó con la cabeza.

- Nunca había sentido esto por nadie - continuó Kyo -. Y no me arrepiento... No me importa que al final me haya dado cuenta...

- Estupideces...

- Gracias por estar conmigo... Iori... - terminó Kyo, haciendo una leve inclinación con su cabeza, sonriendo para sí. Yagami podría despreciarlo por siempre, pero no importaba. Había muchas cosas que ya no importaban, pero haber podido decirlo, haber podido saber los motivos del pelirrojo... Era suficiente.

Pero no había terminado allí. Iori seguía ante él.

- Toda mi vida intenté... evitar... - comenzó el pelirrojo, como si le costara un gran esfuerzo encontrar las palabras de nuevo - ... evitar sentir algo... por cualquier persona. No quería sentir... el perderlos... ¿Sabes lo que es eso?

Kyo lo observaba sorprendido.

- Es irónico - rió Iori -. Irónico saberlo, y que justamente tuvieras que ser , tú, que vas a morir en tan poco tiempo. Irónico, no haber podido evitarlo. No haber querido evitarlo.

Su voz se detuvo allí, no podía decir más. Expresar eso había sido algo que hacía por primera vez en su vida. Si Kyo comprendió, bien por él, si no lo hizo, no le daba importancia. Estaba hecho y dicho.

Se quedaron largo rato en silencio, escuchando solamente el crepitar del fuego en el interior de la lámpara de papel. Finalmente, Kyo se puso de pie, y avanzó hacia Iori, que esperaba con el rostro vuelto hacia un lado, obstinadamente decidido a no mirarlo.

Kyo abrazó a Iori dulcemente, sin decir nada. Lo abrazó con fuerza, agradecido por sus medias palabras, que habían sido suficientes. Iori se apoyó en él, pasando sus brazos tras la espalda de Kyo, escondiendo su rostro en el cabello del joven. No pronunciaron palabra, sólo se abrazaron, sinceramente, como si nunca quisieran separarse. Como si nunca fueran a dejarse ir.

* * *

Continúa

[ Capítulo 23: Reglas del Pasado ]

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MiauNeko, Artemis &
Shades of Flames and Passion
Julio, 2002