Fanfic por MiauNeko

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 23.- Reglas del Pasado

Aquella noche, como todas las noches, Chizuru se dirigió al salón de ceremonias del templo. Debía ofrecerle sus respetos a los dioses protectores, y en sus manos llevaba algunas varillas de oloroso incienso, junto con una pequeña lámpara de aceite dorada.

Su cabello negro, lacio, caía sobre sus hombros y espalda. Contrastaba de forma hermosa contra el blanco de su traje. Esa ceremonia era algo que hacía siempre, por obligación y costumbre, a solas. Era como un pequeño momento en que podía olvidarse de todo, para relajarse oliendo el incienso, su mente abandonando las preocupaciones mundanas.

Era por eso que se sorprendió tanto al ver una silueta esperando dentro del salón. Sentada sobre sus piernas, dándole la espalda, justo frente al altar.

Entró en silencio, sus pasos cortos, sin sonido. Quiso preguntar qué hacía ese intruso allí, pero se dio cuenta que era Iori. Su cabeza estaba caída, sus ojos cerrados, los mechones de cabello rojo cubriéndole parte del rostro. La joven lo rodeó hasta quedar casi frente a él. Sabía que Iori la había oído, pero no abría los ojos. Ella sonrió.

Se arrodilló en el suelo, haciendo una venia hacia el altar, y luego sentándose a un lado del pelirrojo. Observó su rostro calmado, parecía meditar, pero ella sabía que eso no era propio de un Yagami. ¿Meditar? ¿Para qué? La verdad estaba en la muerte y eso era todo.

Notó la camisa entreabierta, y las gotas de sangre que ensuciaban sus mangas y pliegues.

- Doushite... sono chi? {¿De qué es... esa sangre?} - susurró suavemente, haciendo que el pelirrojo abriera sus ojos. Sin embargo Iori no la miró.

- Kyo no chi da {La sangre de Kyo} - murmuró Iori, llevándose una mano al pecho, ocultando las manchas bajo su palma.

Los ojos de Chizuru se ablandaron al oírlo, y ella ladeó un poco la cabeza.

- ¿Estuviste con él? - preguntó la joven. Al fin Iori le lanzó una mirada.

- ¿Cuando se acabó el efecto de mi energía? Sí - asintió, luego apartó los ojos, frunciendo el ceño, apretando los puños.

- Yagami...

- Una de tus sacerdotisas está con él - murmuró el joven.

- Tu espíritu está alterado, debes calmarte - dijo Chizuru, sonriendo débilmente.

Iori sonrió también, pero sarcásticamente.

- Mi espíritu quiere que ese maldito Kusanagi siga con vida - gruñó.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Chizuru miró a Iori con expresión sorprendida. Ella negó suavemente con la cabeza, como si negara una idea, una petición no pronunciada.

- No puedes - dijo suavemente -. No puedes, Yagami.

El joven no se movió, siguió sumido en sus pensamientos. Chizuru hizo una leve inclinación hacia él, y luego se puso de pie para presentar su ofrenda de incienso a los dioses del altar. La ceremonia era breve, pero ella no se sentía en paz consigo misma como para realizarla, así que pidió perdón y regresó a Yagami. Ahora él sí la miraba fijamente, sus ojos rojos serenos, fríos, mostrando una decisión que ella, sabía, debía echar abajo si no quería que el último descendiente de los Yagami muriera junto con Kyo.

- La familia Kagura nunca ha intervenido en los asuntos entre los clanes - dijo Chizuru al ver que Iori no hablaría -. Ha estado presente, para guardar secretos, para vigilar a Orochi... Hace años que no tenemos que intervenir, Yagami. No me obligues a hacerlo ahora, en verdad no quiero tener que...

- ¿Tener que qué? - interrumpió la profunda voz del pelirrojo, resonando por todo el salón, en el silencio de la noche -. ¿Qué harás? ¿Matarme? De todos modos ellos lo harán. De todos modos moriré. ¿Por qué debe importarme lo que una mujer me diga?

Su tono despectivo hizo que algo en Chizuru se sintiera herido. Cerró los ojos frunciendo el ceño. Era paciente, sí. Comprendía la confusión de Yagami, y compartía su pesar al ver morir a alguien que había sido importante para ambos, pero a pesar del dolor, el pelirrojo no podía hablarle así. Ella estaba allí para ayudarlos, a los dos. Era injusto que Iori la tratara mal.

- Sigue esas reglas - murmuró Chizuru en tono bajo, molesto -. Es tu deber hacerlo. Es el deber de todos nosotros.

La respuesta de Iori fue una sonrisa burlona.

- Es tu deber, mujer - dijo.

Ella negó con la cabeza, vehemente.

- Yagami - dijo, su voz fría, casi rayando en lo despectivo -. Esas reglas son respetadas, porque es casi imposible que un Yagami o un Kusanagi las rompa. Esa clase de situaciones no se dan normalmente. Nunca antes he tenido que intervenir. No quiero hacerlo ahora. - Hubo una pausa, como si fuera demasiado difícil para Chizuru el ser fría con el joven, que parecía estar confundido -. Si es el destino de Kyo, déjalo... No puedes hacer nada...

- ¿Destino? ¿Destino? - repitió Iori, alzando la cabeza, sus ojos brillando llenos de furia -. Tú eres la que se somete al destino, la que sigue las costumbres, la que sacrifica su vida para servir a los estúpidos dioses...

La joven abrió mucho los ojos. Aquello era demasiado. ¡Era el colmo!

- ¿Y vienes a decirme eso? - exclamó, finalmente perdiendo la paciencia, inclinándose hacia Yagami, furiosa -. ¿, que aceptas sumisamente una rivalidad que ha durado siglos, para dedicar tu vida a destruir al heredero de un clan enemigo? ¿, que no cuestionas el porqué, que no haces nada más que seguir a Kyo esperando matarlo? No me hagas reír, Yag...

Su voz se cortó de pronto, cuando una mano se cerró sobre su cabeza, cubriéndole los ojos y parte del rostro. Chizuru se sintió elevada, empujada por los aires hacia atrás, a gran velocidad, hasta que un potente estruendo le indicó que Yagami la había golpeado contra el altar. Segundos después sintió la explosión de dolor en su espalda, y la sangre salpicando en el interior de su boca entreabierta.

Sus manos buscaron el brazo que la sostenía, aún suspendida en el aire. Podía sentir el olor del incienso, ahora desparramado por todo el suelo. Sabía que pronto el fuego púrpura estallaría a su alrededor, y debía hacer algo para evitarlo. Sus manos brillaron, blancas y violetas, cuando se aferró a Iori, sintiendo la tela de su camisa y la piel de su pecho desnudo. Dejó fluir su energía, dejó que ésta sellara a la de Yagami por unos segundos para evitar las llamas que amenazaban con brotar.

La presión en su cabeza se liberó, y ella cayó al suelo, entre trozos de lo que había sido un altar, y esculturas doradas de dioses antiguos.

Intentó aclarar su visión, que estaba borrosa, y vislumbró a Iori rodeado en el aura que cancelaba sus poderes. Pasos apresurados corrían, las sacerdotisas apresurándose a averiguar el motivo del estruendo, y todas las jóvenes se sorprendieron al ver a Chizuru sentada en el suelo, herida, y a Yagami de pie ante ella. Hicieron un movimiento para entrar, pero Chizuru las detuvo con un gesto, poniéndose de pie lentamente para enfrentar al pelirrojo. Había lágrimas en los ojos de la joven, y sólo una helada mirada en los de Iori, que no cambió cuando ella empezó a hablar, débilmente:

- Estaba en una posición neutral, entre Kyo y tú - dijo, su voz quebrada, herida -. Pero si rompes las reglas prohibidas, tendré que estar en contra tuya. Y no quiero estar en tu contra, Yagami...

El pelirrojo dio media vuelta, dándole la espalda y dirigiéndose a la puerta. El altar estaba completamente destruido, y sabía que eso le valdría una enemistad con la sacerdotisa, pero no le importaba mucho. Vio cómo el resto de muchachas se apartaba, asustadas, para dejarlo pasar. Algunas corrieron hacia Chizuru, para ayudarla.

- No lleves a Kusanagi contigo - ordenó la joven de cabello negro, leyendo las intenciones de Iori.

El pelirrojo se volvió a medias, para lanzarle una mirada helada.

- ¿Y quién lo va a evitar? ¿Tú? - preguntó, sarcástico, antes de seguir su camino.

* * *

- Despierta...

El joven de cabello castaño entreabrió los ojos, confundido. Había estado sumido en un sueño intranquilo, acompañado de una de las doncellas del templo que se ocupaba de refrescar continuamente su frente, que ardía en fiebre. Recordaba que un poco después de conversar con Iori, el dolor había regresado intensamente, y luego nada.

El alivio temporal había terminado para Kyo, esta vez el verdadero final comenzaba.

- Despierta... - la voz suave, profunda, severa. El ligero empujón en su hombro, sacudiéndolo.

- ¿...Yagami? - murmuró, sus labios resecos. Veía una mancha borrosa inclinada sobre él. Era el pelirrojo, vestido totalmente de negro, con un largo abrigo cayendo a su alrededor, formando pliegues en el suelo -. ¿Qué sucede? - preguntó luego, incorporándose, viendo cómo Iori metía todas sus pocas pertenencias en su bolso y luego buscaba algo para cambiarlo y abrigarlo a él.

- Nos vamos - fue toda la respuesta.

- ¿Por qué? - preguntó Kyo. Iori le lanzó un abrigo largo y grueso como respuesta.

- Sólo nos vamos - gruñó.

Kyo se puso la prenda despacio, se sentía mareado, y aunque su cuerpo ardía en fiebre, tenía frío. Hubiera preferido quedarse durmiendo en el templo que salir a la intemperie de nuevo, pero algo le decía que el pelirrojo debía tener sus razones para irse tan abruptamente de ese lugar.

- ¿Qué pretende, Yagami-san? - habló una voz de pronto, rompiendo el silencio. El pelirrojo levantó la mirada, Kyo no necesitó hacer eso. Era Alex.

El joven ninja extranjero estaba de pie cerca a la puerta que daba al jardín, apoyado ligeramente en el marco, los brazos cruzados. Vestía de negro, como siempre, pero encima llevaba lo que parecía ser un kimono celeste, que colgaba holgado, sin cerrar, a manera de abrigo. Se veía extraño, pero no mal.

- Hn - Iori estaba levantando a Kyo y no se molestó en responder. No podía mirar a esos ojos verdes, y recordar que todo lo que le había hecho y dicho a ese ninja había sido contradicho por sus propios sentimientos. Ya no había argumentos para utilizar contra Alex. Si el ninja quería quedarse al lado de Kyo... No le importaba.

- Yagami se va del templo - interrumpió otra voz, Chizuru, desde la puerta. Kyo la miró, se veía pálida.

- ¿Por qué? - preguntó Kyo, débilmente.

- No es gentil agradecer la hospitalidad que se brinda, con violencia - murmuró Chizuru -. Tú no tienes por qué irte, Kyo. Es sólo Yagami.

Hubo un sonido de burla de parte de Iori, que se quedó quieto, esperando que Chizuru terminara de decir sus tonterías, pero antes que pudiera responderle, fue Kyo quien habló:

- No voy a causarte más problemas, Chizuru - dijo -. Me iré con él. - Había una leve sonrisa en los labios de Kyo, un significado oculto.

Iori parpadeó perplejo. No se esperaba que Kyo tomara esa decisión tan repentina y se mostrara de su lado. Solamente había pensado en llevarlo consigo sin darle más explicaciones.

- Kyo, no puedes... - empezó Chizuru -. Las reglas...

Kyo asintió, sin dejarla terminar.

- No las romperemos - dijo suavemente.

La joven sacerdotisa tuvo que hacerse un lado, muy a su pesar, para dejar salir a Iori y Kyo. Ella se quedó en el marco de la puerta, los puños apretados y los ojos inundados en lágrimas de rabia e impotencia. Maldito Yagami. ¿Acaso había forma que fuera aun más cruel? Ella los amaba. Amaba a esos dos jóvenes que compartían un destino con ella. No quería tener que estar en su contra. ¿No comprendía? ¿Por qué Yagami no entendía lo que era algo prohibido? ¿Por qué siempre ese deseo de hacer su voluntad, sin considerar al resto de las personas?

- Kagura-san...

Chizuru se dio cuenta que no estaba sola. El ninja de Kyo continuaba en la habitación y ahora caminaba hacia ella, dejando caer el kimono celeste en el tatami del suelo.

- ¿Por qué se preocupa tanto? - preguntó Alex, deteniéndose justo frente a ella, mirándola fríamente -. ¿A qué reglas se refiere?

La joven entreabrió los labios, admirando los hermosos ojos fijos en los suyos.

- Son... viejas tradiciones... - dijo titubeante.

- ¿Cuáles? - insistió el ninja.

- No comprenderías... - murmuró Chizuru.

- No pretendo entenderlas - le cortó Alex, severo -. Sólo quiero saber qué reglas harían que Kyo se fuera de este lugar, tan abruptamente.

No hubo respuesta, así que Alex pasó al lado de Chizuru, para seguir a Kyo y Yagami, que ya se habían perdido de vista al final del pasillo. Oyó la voz de la joven sacerdotisa a sus espaldas, baja, como si estuviera reticente a comentarle nada sobre las tradiciones de los clanes.

- Los Yagami y los Kusanagi son rivales - murmuró, con voz monótona -, están destinados a matarse, y los respectivos padres saben que deben enseñarle a sus hijos a odiarse. Esa es una regla. Enseñar a odiarse. - Alex se detuvo, volviéndose para observar a la joven -. Y claro... jamás entablar ningún tipo de amistad entre ellos. Jamás desarrollar una relación sentimental...

- ¿Sentimental? - repitió Alex, confuso.

- ... Amarse - aclaró Chizuru, entrecerrando los ojos con expresión dolida.

- ¿Eso es todo? - preguntó el ninja, como si no pudiera creer que la discusión hubiese sido por algo tan simple. Las leyes y tradiciones de los clanes nunca habían sido muy coherentes para él, así que no se sorprendió que esto tampoco tuviera sentido. Hizo una ligera inclinación de cabeza a modo de despedida, y dio unos pasos para alcanzar a Kyo. Nuevamente, cuando estaba a punto de irse, la voz de Chizuru se oyó:

- No, eso no es todo - dijo, tan suave como un susurro -. Hay una cosa más...

Alex escuchaba. ¿Qué podía hacer dudar tanto a esa mujer?

Las lágrimas cayeron de los ojos oscuros de Chizuru mientras decía:

- La última regla es... que a pesar de tener el poder de hacerlo... un Kusanagi no puede salvar a un Yagami de la muerte producida por la sangre Orochi, y...

En este punto, el ninja ya sabía cuales serían las palabras de la sacerdotisa... Sintió un dolor en el pecho, una angustia insoportable mientras escuchaba su voz, como una sentencia irrevocable:

- ... un Yagami, no puede salvar a un Kusanagi... del Henka.

A pesar de tener el poder...

Prohibido.

* * *

[ Capítulo 24: La  Razón por la que Haces las Cosas ]

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MiauNeko, Artemis &
Shades of Flames and Passion
Julio, 2002