Fanfic por MiauNeko
Créditos del beta/proof-reading a Artemis, Youko Gingitsune y Pekkochu

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capitulo 26.- Incluso ahora... amenazas

Iori había dejado a Kyo en la sala, sin decir una palabra. Ahora se encontraba en su habitación, extendiendo las sábanas, maldiciendo al estúpido gato que se metía por debajo, jugando con las ondas y las telas al moverse. Llegó un momento en que, harto, lo atrapó bajo las sábanas, lo envolvió, y lo lanzó en un rincón, tan enredado que pronto oyó sus maullidos desesperados por salir.

El pelirrojo siguió con su trabajo, como si estuviese concentrado en lo que hacía, pero su mirada estaba totalmente perdida. Su mente tratando de recordar si lo que Kyo le había dicho realmente había sucedido. No lo recordaba, sabía que había llegado, y se había dejado caer casi sobre el joven. Luego recordaba algo referente al gato... y después había despertado, nada más. Tocó su pecho desnudo, descubierto a través de la camisa blanca desabrochada que vestía ahora. Con un cosquilleo volvió a sentir los besos de Kyo, y se estremeció, cerrando los ojos.

El joven tenía razón. ¿Qué importaba si lo hacían, si de todos modos iban a morir, ambos? ¿Por qué no complacerlo? Él lo deseaba, y Kyo lo deseaba...

Quizás... si por la noche Kyo se había calmado, y si no se encontraba mal...

Quizás...

Iori dejó lo que estaba haciendo, dejó la cama a medio ordenar, para dirigirse hacia la puerta, y asomarse para observar a Kyo. Lo encontró en el mismo sitio donde lo había dejado, acurrucado contra un rincón del sofá. Se veía extraño, como fuera de lugar. Encogido en sí mismo, un brazo apoyado en el respaldo, y su cabeza reposando en él. Sus piernas estaban flexionadas; daba la impresión de ser un niño a quien han reprendido. Pero eso no era lo que llamaba la atención de Iori, sino todo el entorno. El sofá estaba forrado en una áspera tela crema, y era lo suficientemente amplio como para que una persona se tendiera allí cómodamente. Frente a él, la mesita baja de vidrio oscuro reflejaba las luces encendidas. Un cenicero había sido dejado allí, junto con su cajetilla de Marlboro. Súbitamente sintió ganas de fumar.

Se acercó despacio a Kyo, cuyos ojos castaños se movieron levemente, mirando a Iori en silencio. El pelirrojo sólo se dejó caer a su lado, su mano buscando los cigarillos, sin encontrarse con la mirada de Kyo. Se tomó su tiempo para sacar un cigarro y encenderlo, inhalando suavemente, sus ojos fijos en el frente, como si no le importara en lo más mínimo el que Kyo estuviera tan cerca. Pensaba en lo agradable que era, tenerlo a su lado, y que no hubiese necesidad de palabras, ni miradas, para sentirlo. El odio que una vez existió, parecía haber desaparecido desde la noche en que lo ayudó a salir de la mansión de su familia, y no había regresado y, sinceramente, no lo echaba de menos. Cambiar ese sentimiento tan profundo, por uno que era similar, pero placentero, lo reconfortaba. ¿De qué? No estaba seguro. De una niñez prohibida, de una juventud de sufrimiento, de una soledad absoluta... Nunca antes había estado tan a gusto con nadie... Jamás volvería a estarlo, tampoco.

¿Por qué justamente con Kyo?, pensó, con amargura. La respuesta era obvia. ¿De quién más, si Kyo era la única persona que le había importado en toda su vida? Quién más que él, para llenarlo completamente de odio y de deseo como si se tratara de lo mismo.

- Ch', kudaran {tonterías} - gruñó, dándose cuenta que lo había dicho en voz alta.

Dejó escapar un pequeño suspiro, junto con el humo, volviéndose hacia Kyo, para mirarlo totalmente inexpresivo. En su mente podían pasar muchas cosas, pero no le gustaba que sus sentimientos se reflejaran en su rostro, y eso no cambiaría nunca. Ni siquiera con Kyo.

El joven lo observaba con fijeza. Ya no había rastros de la ironía que había utilizado momentos atrás, mas bien parecía un poco arrepentido. Era una mala idea enemistarse con Yagami en ese momento, ¿quién podía saber cuánto duraría el rencor del pelirrojo? Quizás ya no hubiera tiempo para pedirle disculpas. Kyo no quería morir así, siendo despreciado por alguien que tan súbitamente se había convertido en la mejor persona que había conocido en su vida.

Iori sostuvo el cigarrillo entre sus labios, mientras con una mano rozaba la de Kyo, que no se movía. Subió por el brazo, hasta alcanzar la mejilla que descansaba allí. Apartó los mechones castaños para poder ver sus ojos, y se encontró con que estaban inyectados de sangre, las pupilas dilatadas, los párpados enrojecidos. Todo el rostro de Kyo estaba extremadamente pálido y frío, pero sus ojos se veían rojizos. Casi como los suyos.

- ¿Te duele? - preguntó Iori en un leve murmullo, como si temiera que alguien lo pudiese oír, aparte de Kyo. El joven asintió.

- Siento como si mi pecho fuera a estallar - dijo débilmente, llevándose una mano allí, posándola sobre la camisa que había desgarrado en un momento de desesperación y que no había tenido oportunidad de cambiarse.

- Ven, tienes que lavarte esa sangre - dijo Iori de pronto, sujetando el cigarrillo con dos dedos y haciéndolo desaparecer en una llamarada púrpura. Luego acercó esa misma mano a la mejilla de Kyo, a la comisura de sus labios, y al borde de sus párpados. Había rastros de sangre seca allí.

El pelirrojo se puso de pie; Kyo hizo lo mismo, pero una vez que estuvo parado tuvo que detenerse. Una punzada en su pecho lo dejó sin aliento. Jadeó, tratando de respirar, pero pronto sus jadeos se convirtieron en dolorosos tosidos. La sangre fresca corrió por un lado de sus labios, y se estremeció, sintiendo que caía en brazos del pelirrojo.

- ¡Dios! - exclamó Kyo de pronto, un grito angustiado, mientras sus manos se aferraban a Iori. No podía verlo, todo se había nublado en una bruma roja, de sangre. Sangre inundando sus ojos, quemando cada delicado nervio de todo su cuerpo, haciéndolo sentir como si el fuego lo consumiera interiormente. No veía ni sentía nada más que el rojo, en sus ojos cerrados, en su garganta, en su boca. Su corazón latiendo salvajemente, cada latido provocándole más y más dolor. Deseaba que se detuviera, que su corazón dejara de moverse, que todo terminara. Sí, ¡lo deseaba con todas sus fuerzas! Aquello era más de lo que podía soportar, estaba consciente, plenamente consciente del dolor. ¡Era demasiado! - ¡Yagami! - llamó, pero en vez de su voz, sintió que a su boca acudía un torrente de sangre.

Quería pedirle que lo detuviera, como había hecho antes. Que hiciera que el dolor desapareciera, o que acabara con él de una vez por todas... ¡pero no podía encontrarlo! Lo que sus manos aferraban ahora era el vacío, rojo. Húmedo, sangre. No podía ver u oír nada, ni siquiera su propia voz. Pero... algo, familiar... a su alrededor. Su fuego, ardiendo, como siempre lo había hecho, sin herirlo... ¿o era que había llegado a un límite, en que nada podía superar el dolor que sentía?

- Kyo... - la voz de Iori, lejana. Quiso responder, pero una punzada en su cabeza lo obligó a llevarse las manos a los lados de su rostro. Percibió la sangre, abundante y pegajosa, siendo consumida por el fuego. Era eso, ¿verdad? No había más energía para alimentarlo, y ahora el Henka... ¿afectaba a su sangre?

Durante un momento quiso dominar las llamas, como había hecho desde siempre, pero no lo logró...

Era inútil...

* * *

Iori sostenía el cuerpo de quien había sido su enemigo. Estaba de rodillas en el suelo, viendo cómo Kyo gemía y se convulsionaba. Lágrimas de sangre inundaban los ojos, ahora rojos; sangre brotando de sus labios entreabiertos, que no hacían más que llamarlo entre jadeos desesperados.

Una llama anaranjada brotaba de la mano derecha de Kyo, rebelde e irónica, llevándose lo último de energía que quedaba en el joven.

Lo llamó, repetidas veces, intentando hacerlo reaccionar, esperando, anhelando, que no muriera, que ese ataque no se llevara a Kyo. No ahora...

Había sido tan inesperado e intenso. En verdad, durante un momento, había tenido la impresión que Kyo se encontraba un poco mejor. Sólo un poco. No era como cuando salió de la mansión Kusanagi, ni cuando dejó de respirar, noches atrás, al llevarlo al departamento de Mature. Ahora conversaba y sonreía, había intentado seducirlo, incluso.

Tenerlo así, en sus brazos, oyendo con qué desesperación lo llamaba, como si él pudiese hacer algo, era demasiado para el pelirrojo. Iori maldijo para sí. Kyo estaba muriendo, y esta vez no habría nada que pudiera evitarlo. Comenzaba a alcanzar un punto crítico, una vez acabada la energía, quedaba la sangre, y cuando la sangre estuviera totalmente contaminada... el final.

Cerró los ojos. La sangre que corría en sus propias venas estaba infectada por el poder de Orochi, y lentamente le hacía daño. El Henka era similar, pero su efecto mucho más rápido. Si Kyo resistía a este ataque, quizás no sobreviviera dos noches más.

Estrechó a Kyo contra sí. Lo estaba perdiendo, y para siempre. La angustia que sentía en su pecho era tan intensa, que a la vez le resultaba una sensación desconocida. No sabía cómo reaccionar a ella. Sabía que normalmente una persona lloraba, pero era como si no tuviera lágrimas que derramar. Sólo la desesperación, la presión que ahogaba su respiración. Kyo, el Kyo que le pertenecía... yéndosele de las manos con tanta facilidad...

- Resiste - dijo, abrazándolo con fuerza -. Kyo... Mada... {Todavía no...}

Una noche, quería darle a Kyo la noche que él le había pedido. Complacerlo, y hacerlo finalmente suyo. El joven Kusanagi tenía razón, podía hacerlo, y quizás después de eso lograría olvidarlo, como si realmente hubiera sido uno más entre muchos otros.

Se apartó un poco, los gemidos habían cesado. ¿Todo había terminado? No se atrevía a mirar el rostro de Kyo, mantuvo los ojos cerrados, sin moverse.

Una mano helada acarició su mejilla. Sorprendido, vio que era Kyo, consciente, angustiado también, tocándolo como si tuviera miedo de hacerlo, miedo de verificar que estaba muerto.

- ¿Yagami? - dijo Kyo, débilmente, retirando sus dedos algunos milímetros. Parecía confundido y desorientado.

Iori entreabrió sus labios, mientras fruncía el ceño. Los ojos de Kyo, sus hermosos ojos castaños...

- Yagami... - susurró Kyo, aun más suavemente, al no recibir respuesta, volviendo su rostro hacia Iori.

- Daijoubu {Todo está bien...} - murmuró Iori. - Tranquilo, Kyo - continuó, aún en voz baja. De pronto sentía al joven Kusanagi tenso en sus brazos. Tenía su rostro muy cerca, podía sentir el penetrante olor de la sangre, y su respiración afiebrada. Podía ver sus ojos, las pequeñas venas alrededor de sus pupilas inflamadas. El color castaño casi desapareciendo para tomar un tono rojizo.

La sangre había nublado para siempre aquella mirada tan cálida.

Ahora los ojos rojos de Kyo lo observaban con una clara expresión de temor. La respiración del joven Kusanagi estaba agitada y era trabajosa. Se llevó una mano al cabello, apartándolo, cerrando los ojos durante un momento como si eso le ayudara a calmarse y aclarar sus pensamientos.

Durante unos segundos había pensado que así terminaría, súbitamente, sin darle oportunidad de decir nada, ni despedirse, ni agradecerle al pelirrojo. Sin embargo el dolor había cedido con la misma rapidez con que apareció, y Iori lo sujetaba, observándolo con sincera preocupación. El alivio que había sentido al ver su rostro otra vez era indescriptible.

Quiso decir algo, pero las palabras no brotaron.

- Kyo... - un susurro de Iori otra vez al verlo titubear. Un beso, gentil, en su frente.

- Lo siento... - murmuró Kyo finalmente, inseguro -. Lo que dije... de anoche... era mentira... Lo siento.

Iori dejó escapar una risa corta y apagada.

- Esta noche - susurró, sólo para Kyo -, será verdad, Kusanagi.

Kyo lo abrazó con fuerza, sintiendo que era correspondido. Suspiró perdiéndose en la calidez de Iori, disfrutando de ese gesto que parecía albergar promesas, que le aseguraba que no estaría solo.

* * *

Alex estaba con los brazos cruzados, relativamente lejos del departamento de Iori. Su mirada estaba baja, y sus ojos verdes perdidos. El cabello casi rubio le caía sobre su rostro, que se veía cansado, pero no hacía nada por apartarlo. Sólo estaba allí, sentado en unos viejos columpios de un parque cercano. La nieve a su alrededor resplandecía dolorosamente, reflejando la luz del débil sol invernal.

De vez en cuando se movía, inconscientemente, haciendo chirriar las oxidadas cadenas que sostenían el columpio. Estaban hechos para niños, por lo que Alex bien podía estirar complemente sus piernas, en una posición bastante cómoda. Estaba casi desierta, esa calle. De vez en cuando, grupos de niños pasaban corriendo, mostrando los regalos que habían recibido en Navidad, riendo alegremente, ajenos a la misteriosa figura de negro que esperaba a solas en el parque helado.

A veces el joven alzaba la mirada. Podía ver desde allí la ventana de la habitación de Yagami, las cortinas descorridas. Solamente vigilaba que ningún ninja extraño estuviera cerca, pero había decido salir del edificio, porque no quería escuchar una conversación que para Kyo podía significar mucho, y que debía quedar en secreto entre él y Yagami.

Lo amaba, esas habían sido las palabras que el pelirrojo dijo, y que habían llegado a oídos de un muy sorprendido Alex. Por un lado, sospechaba que eso podía suceder. Aquella obsesión de Yagami por Kyo le había hecho pensar mucho al respecto, pero jamás esperó que Iori pronunciara sus sentimientos en voz alta.

Sonrió con tristeza.

Tampoco había esperado, nunca, que Kyo muriera así, tan repentinamente, sin que ellos pudieran hacer nada.

Los sentimientos en su interior eran cada vez más contradictorios, y no podía soportarlo. Las palabras que Yagami le dijo, sobre alejarse de Kyo para no hacerlo sufrir... Lo había aceptado, porque de cierto modo tenía razón, pero no podía dejar de pensar que lo único que quería era estar al lado del joven. Sin embargo ahora Kyo debía estar disfrutando su tiempo con el pelirrojo. Debía estar haciéndolo, sí.

Un sonido apagado a su espalda lo sobresaltó. El familiar ruido de un ninja cayendo suave y silenciosamente en la nieve. Vio la sombra, a su lado, pero no se movió.

Una mano se posó en su hombro, gentil, y él se estremeció.

- ¿Estás bien, Alex? - una voz, fría, como si preguntara sin interés en la respuesta.

Se volvió a medias, para ver a uno de sus compañeros: Kaiji. El largo cabello castaño del recién llegado estaba suelto, el leve viento jugueteando con los sedosos mechones. En su mejilla derecha tenía un profundo corte, antiguo ya, que quedaba semi oculto bajo su cabello, pero que le daban un aspecto demasiado oscuro, demasiado peligroso. Su mirada era tan fría como su voz, pero, mientras estaba allí, mirando al ninja rubio, que era su líder, dejó que su mano subiera del hombro de Alex a su cabello, acariciándolo suavemente, dándole algo de confort.

- Uhn, bien - sonrió Alex. Kaiji lo estaba haciendo sólo para que se sintiera mejor. Él menos que nadie era del tipo de personas que hacen una simple caricia.

- Descansa un momento, yo haré guardia - dijo Kaiji simplemente, rodeando los columpios para ir a apoyarse en la columna que servía de soporte para los juegos. Se cruzó de brazos también, lanzándole una mirada indiferente a la ventana que Alex vigilaba.

- Kaiji, tú... - comenzó Alex. Se sorprendió al oír su propia voz, ¡se oía tan cansada! Al hablarle a Kyo había sido suave, dulce, para no preocuparlo... pero sentía que no tendría fuerzas para poner al tanto de la situación a su compañero.

- No te preocupes, ya lo sé todo - dijo simplemente Kaiji, lanzándole otra mirada, y luego volviendo a posar sus ojos en la lejana ventana.

No, no todo, se dijo Alex, cerrando los ojos un momento, suspirando.

- ¿Por qué te preocupas? - preguntó el joven de largo cabello castaño al oírlo. Alex se encontró con su mirada dura, y le sonrió. Sabía que no era desprecio lo que veía en ojos de Kaiji, solamente su extraña forma de ser. - Todos moriremos en algún momento - continuó -, atacados, por una enfermedad, un accidente, el Henka... Todo termina en lo mismo: la muerte. ¿Por qué se te hace tan difícil aceptarlo, Alex...?

No hubo respuesta de parte del rubio.

- Él no iba a estar a tu lado para siempre - insistió Kaiji, aún sin entonación en su voz -. Deja de preocuparte. Déjalo ir.

- Hablas como Yagami, Kaiji - sonrió tristemente Alex. Kaiji alzó una ceja, pero no dijo nada. Sólo esperó que su líder continuara -: Es... una razón más simple, y más egoísta - susurró Alex, pero su voz fue audible en el silencio de esa tranquila mañana. Dudó un momento, no le era fácil confesarle sus sentimientos a Kaiji, aunque fuera su compañero, y uno de sus mejores amigos. La única persona con quien podía hacerlo era con Kyo. No había modo que las palabras fluyeran si es que no hablaba con él -. No quiero que me deje... - dijo al fin -. Si Kyo se va, ya no me quedará nada. - Alex rió de pronto, como burlándose de si mismo -. Suena tan estúpido, ne, Kaiji... - dijo. Y rió de nuevo al ver que el otro ninja asentía seriamente.

- Aún nos tienes a nosotros - murmuró el joven de cabello largo. Alex le sonrió con ternura, mientras negaba con la cabeza.

- No... Ustedes... todos ustedes, tienen a alguien más. Tú y Shikai, y Hiroshi... - pronunció los nombres con cariño -. Y yo... tenía a Kyo... E incluso cuando yo no significara nada para él, yo lo tenía... y eso bastaba... pero ahora...

Kaiji observó sorprendido como Alex continuaba hablando, todavía sonriendo, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

- Siento que voy a enloquecer, pensando en esto... - murmuró finalmente el joven rubio.

El helado filo de un cuchillo rozó su cuello, inesperadamente. Volvió sus ojos hacia la derecha, donde Kaiji había estado, y vio que ya no había nadie allí. Sonrió, inclinando su cabeza hacia atrás, hasta que finalmente quedó apoyada en el pecho del silencioso ninja, que se había movido en menos de un segundo, para pararse detrás del rubio. Kaiji observaba hacia abajo, a Alex, que miraba hacia arriba. Su cuchillo acariciaba el cuello del rubio.

- Puedo acabar con tu sufrimiento ahora - dijo simplemente, y Alex le sonrió.

- Aún no. Hasta que todo termine para Kyo...

Kaiji pareció turbado. No había pretendido decirlo en serio, era sólo una manera de demostrarle a Alex que estaba hablando tonterías... pero al parecer el joven rubio estaba demasiado alterado ahora. No pensaba racionalmente.

- ¿Quieres que te mate? - preguntó.

- No creo que puedas lograrlo - sonrió Alex, poniendo un dedo entre el cuchillo y su cuello, haciendo presión para alejarlo -. Pero podrías intentarlo...

- Has estado con Hiroshi, ¿verdad? - se burló Kaiji con sarcasmo -. Estás volando. - Alex ladeó su cabeza, sin comprender. Kaiji lo miró con un dejo de desprecio, llevándose una mano a la larga cicatriz que surcaba su mejilla -. Aún no has pagado por esto - dijo simplemente. No era rencor, sólo palabras. Alex le sonrió. - Ve a descansar - le sugirió luego Kaiji, sacando un arrugado papel de uno de sus bolsillos. Había una dirección cercana escrita allí -. Shikai te espera - dijo -. Los alertaré si sucede algo.

Alex asintió, poniéndose de pie y alejándose con pasos lentos y pesados. Kaiji lo siguió con la mirada, y suspiró.

- Kyo... - murmuró, sus ojos reflejando tristeza por un segundo, pero la expresión desapareció con un parpadeo.

* * *

En el departamento de Iori, Kyo esperaba sentado en el sillón, mientras el pelirrojo se inclinaba sobre la bañera, a medio llenar. Sumergió la punta de sus dedos, sintiendo el agua tibia, que despedía un suave vapor. El espejo del baño estaba totalmente empañado, y apenas era capaz de ver el otro lado del cuarto con claridad. Lanzó una mirada a la puerta, viendo a través de ella a Kyo, que estaba reclinado en el respaldo del sillón, casi en la misma posición en que se había pasado la mañana. Tenía los ojos abiertos, la mirada totalmente perdida. Sus labios estaban entreabiertos y respiraba con dificultad.

Iori no podía creer que de un día a otro Kyo pudiera encontrarse tan mal. Peor aun, no podía creer que aquel podía ser el último día con él. ¿Qué se podía hacer en tan poco tiempo? Tenía la seguridad que las horas pasarían volando, y realmente deseaba que aquellas fuesen las horas más largas de su vida.

- Kyo - llamó, poniéndose de pie y yendo a la sala. El joven Kusanagi no se movió hasta que sintió la mano de Iori en su hombro. Sólo entonces irguió la cabeza.

- No soporto esto - dijo.

- ¿El dolor? - preguntó Iori, gentilmente obligándolo a ponerse de pie y llevándolo al baño, pasando entre los muebles con cuidado, sujetándolo de un brazo para que Kyo se apoyara en él.

Kyo se detuvo, negando con la cabeza.

- Todo esto - dijo entre dientes —. Tener tan poco tiempo para estar contigo — continuó en un susurro. Iori apenas lo oyó, pero hizo como que no lo hubiera escuchado. Habían llegado al baño, y Iori se sentó al borde de la bañera, con Kyo frente a él.

La camisa desgarrada y manchada cayó sobre las baldosas de color amarillo pálido, que hacía juego con la delicada decoración de las paredes. Kyo sintió el frío tocando su piel, y se estremeció, porque junto con eso percibió la mano de Iori, acariciando su pecho. Sonrió, buscándolo, queriendo devolverle la suave caricia.

Posó su mano en el hombro de Iori, mientras él desabrochaba sus pantalones, bajándolos luego, despacio, dejando al descubierto sus piernas, su piel tersa y blanca. Hizo a un lado la ropa, empujándola a un rincón, y le indicó a Kyo que entrara al agua, algo que él hizo despacio, titubeante.

- ¿Frío? - preguntó Iori, observando como el esbelto cuerpo del joven se sumergía en el agua, que le llegaba a la altura del pecho. Una suave película rosada se disolvió en la superficie cristalina. Sangre.

- Iinda {Está bien} - murmuró Kyo, callando al sentir que Iori echaba agua sobre su cabello. Cerró los ojos; inconscientemente, una de sus manos saliendo del agua para ir a aferrarse a la camisa de Iori, salpicándolo, mojándolo con el agua tibia. El pelirrojo se había sentado al borde otra vez, y Kyo apoyó la cabeza en sus piernas. Iori lo dejó hacer, sonriendo levemente, apartando los mechones de cabello castaño.

Sentía que el cuerpo de Kyo llamaba a ser acariciado, y besado, pero se contuvo. Sólo quería que el dolor cediera un poco, y esperaba que la calidez del agua ayudara en algo a que Kyo se relajara.

Qué extraño se sentía, pensó Iori, tratar bien a una persona. Era difícil, porque muchas veces no sabía qué hacer, pero no podía negar que le agradaba. Kyo le agradaba. Le gustaba ver su rostro, redondeado y tranquilo, como si durmiera contra él. En su mente vio ese mismo rostro, adornado por la sonrisa arrogante, y le pareció increíble que fuera de la misma persona. Incluso la voz de Kyo cambiaba cuando no estaba peleando. De ser una voz grave y dura, pasaba a ser suave, aún con una entonación deliciosamente masculina, pero diferente.

Un gemido de Kyo lo distrajo de sus pensamientos, sintió que se sacudía, formando ondas en el agua. El joven se llevó una mano a la cabeza, pero en ese mismo momento Iori escuchó la voz, resonando en su mente, la amenaza.

Como acto reflejo, sus ojos rojos recorrieron todo el cuarto de baño, esperando encontrar la presencia de la voz que les hablaba, a ambos. No había nadie, y lo sabía. También sabía que ese dolor que repentinamente sentía en su pecho era causada por el poder de Orochi. Tembló de pronto, llevándose una mano a los labios, sintiendo la húmeda sangre subiendo por su garganta, ahogándolo.

Tosió, sin poder evitarlo, sin poder evitar que Kyo escuchara su casi grito de dolor.

- ¡Yagami! - la voz de Kyo, a su lado. Las manos apoyadas en sus piernas, sus ojos observando la sangre que adornaba sus labios.

- Estoy bien - le dijo, con su voz aparentando calma, pero aún sintiendo la sangre agolparse en su interior.

"¿Por qué no le dices la verdad, Yagami?," habló la voz, con un dejo de sarcasmo. "¿Por qué no le dices que estás a punto de sucumbir a mi absoluto control... otra vez?"

- Orochi... kisama... {tú...} - gruñó el pelirrojo, apretando los puños.

- Iori... - la voz de Kyo ahora, preocupado. Iori lo hizo callar posando un dedo sobre sus labios.

- ¿Qué pretendes? - gruñó Iori, hablando directamente con el dios, una sonrisa burlona apareciendo en sus labios -. ¿Dominar el mundo? ¿No te basta con ser vencido una vez?

"No deberías ser tan irrespetuoso, Yagami..."

Iori rió.

- Jamás volverás a dominarme - dijo secamente.

"Eso lo veremos...," una burla, una amenaza. "Kusanagi debería mantener las distancias contigo... Podrías ser peligroso..."

Iori se quedó en silencio ante esto, sorprendido.

"Kusanagi Kyo..."

- Nan da yo, kora... {¿Qué demonios quieres?} - gruñó Kyo, como respuesta. Odiaba que ese dios amenazara así a Iori, utilizándolo a él como si se tratara de un chantaje.

"La venganza de Orochi-sama...", esta vez la voz era de una mujer. Para Iori y Kyo no era totalmente desconocida. ¿Dónde la habían oído...? "Considérate perdido, Kusanagi." Las palabras fueron interrumpidas por una aguda risa femenina, y la voz se desvaneció, tal como había venido.

Kyo respiraba agitadamente. Iori suspiró, acariciándole el cabello. Ninguno dijo nada. Solamente tenían ese día y su noche. ¿Qué más podía suceder?

- ¿Estás bien? - preguntó Kyo, sujetando la mano de Iori, volviéndose hacia él. Iori asintió mientras murmuraba un "sí" apagado. Se limpió los rastros de sangre con el dorso de su mano libre, y luego hizo que Kyo lo soltara.

- Terminemos con esto - dijo, simplemente, volviéndose y arrodillándose en el suelo, frente a Kyo. El joven no comprendió, pero pronto sintió algo frío cayendo sobre su cabello, y luego los dedos de Iori acariciándolo, esparciendo el shampoo. Fue algo corto, rápido, y Kyo sintió que repentinamente un chorro de agua caía sobre él.

El baño terminó en silencio. Cuando Kyo salió, despacio, de la bañera, Iori lo envolvió en una larga bata, pero lo mantuvo frente a él, cerca, para poder inclinarse hacia el joven y besar sus labios. Kyo, en un comienzo, echó su cabeza hacia atrás, otra vez desprevenido ante el contacto, pero pronto lo correspondió, levantado su mano para posarla en el cuello de Iori, acariciándolo suavemente.

Iori se hizo a un lado, separando el beso, bajando por el cuello de Kyo, apartando la bata, lamiendo las gotas de agua que habían quedado sobre su piel. Kyo gimió ligeramente, sintiendo que su cuerpo deseaba con desesperación que las manos de Iori lo tocaran, que el pelirrojo lo tomara, ¿para qué esperar a la noche?

Ahora Iori había bajado por su pecho, empujándolo hacia atrás, hasta que Kyo quedó contra la pared. Iori hubiera continuado, hubiera seguido hasta terminar haciendo el amor con Kyo, pero notó que el pecho del joven, allí donde había besado, estaba manchado de sangre. Su sangre.

- Kuso... {Maldita sea...} - susurró, retirándose. No dio ninguna explicación, pero Kyo pareció preocuparse, había podido oír la maldición de Iori. Sin embargo no preguntó nada, sólo bajó la cabeza. - Ven, te llevaré a la habitación - le dijo, sujetándolo del brazo. Kyo no se movió.

- Puedo ir solo - dijo simplemente, liberando su brazo, alejándose de Iori.

El pelirrojo lo dejó ir, observando cómo el joven lentamente salía del cuarto de baño, siguiendo la pared con la punta de sus dedos, rozándola apenas, como si temiera caer.

No pudo evitar una sonrisa, al verlo. Maldito Kyo, aún conservando ese orgullo, pese a todo lo que había sucedido. Se inclinó sobre la bañera, dejando que el agua se fuera, tomando un poco en la palma de su mano para limpiarse los labios, viendo cómo las gotas que salpicaba teñían de rojo la superficie líquida antes de disolverse y desaparecer.

Salió del baño siguiendo a Kyo, y extendió su mano para rozar su espalda. Kyo se detuvo en medio de un paso, volviéndose ligeramente, como si esperara que Iori dijera algo. El pelirrojo lo abrazó por detrás.

- ¿Qué harías, si el Riot...? - murmuró Iori, sin completar la frase.

- No sucederá - sonrió Kyo, como si debiera tranquilizar a Iori, pero pareció considerarlo mejor. Se volvió lentamente, en brazos de Iori, hasta quedar frente a frente. Con una mano, rozó la mejilla del pelirrojo, que solamente observaba sus ojos. Se veía tan extraño con esa mirada escarlata... Kyo se inclinó hacia él, para besarlo. Fue corto, pero apasionado. Se separó un poco al sentir el salado sabor de la sangre de Iori. No supo qué decir. Bajó la cabeza. - No sucederá - repitió, con suavidad.

 

* * *

Continúa

[ Capítulo 27: Y cuando ya no esté... ]

***

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Shades of Flames and Passion
Septiembre, 2002