Fanfic por MiauNeko
Créditos del beta/proof-reading a Artemis, Youko Gingitsune y Pekkochu

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 28.- Muerte en la Penumbra

Iori se llevó una mano a la cabeza, Estaba sentado al borde de la cama, donde Kyo se había quedado profundamente dormido. No podía evitar mirarlo de vez en cuando. Sus palabras lo habían dejado pensando. Si lo iba a extrañar... claro. ¿Qué clase de pregunta era esa?

En todos aquellos últimos años no había podido dejar de pensar en dónde estaba Kyo, y lo interesante que podría resultar encontrarlo en la calle y enfrentarlo un rato. Interrumpir la vida de Kyo para hacer más entretenida la suya... Y si la casualidad de encontrar a Kyo no se daba, entonces podía simplemente pensar: hoy o mañana, siempre habría tiempo. A pesar de estar lejos, sabía que el joven Kusanagi aparecería tarde o temprano ante él.

Pero eso estaba a punto de terminar.

Kyo se iría, y no le dejaba nada. Ni siquiera la satisfacción de haber podido matarlo con sus propias manos.

No podía soportar esos pensamientos durante más tiempo, pensó, poniéndose de pie. Quería salir un momento, golpear a alguien, destruir algo, ¡lo que fuera!

Miró al gato negro salir de la nada y pasar indiferente frente a él, totalmente ajeno a lo que pasaba a su alrededor. El gato se escurrió entre los pasos de Iori cuando el pelirrojo salió de la habitación. No quería dejar solo a Kyo, pero no podía soportarlo un segundo más.

Era lo que había evitado durante toda su vida: sentir dolor por alguien que moría. ¿Por qué justamente debía suceder esto, y más aun con Kyo?

Abrió la puerta del departamento, pero dudó antes de salir. Volvió su mirada hacia la habitación en penumbra, viendo la forma tranquila de Kyo bajo las sábanas. Suspiró suavemente, lanzándole una mirada al reloj que había en la pequeña sala. Aún era temprano, y Kyo no se encontraba tan mal...

En ese momento sentía que necesitaba una cerveza, un local cerrado, y sus compañeros para desahogarse tocando un poco de música... Pero los conciertos eran por las noches... y en la noche quizás Kyo ya no estaría con él. Kyo, Kyo. ¿Acaso no había forma de sacárselo de la cabeza?

Dio un paso hacia el corredor, decidiendo, al fin, salir a tomar un poco de aire fresco. Sin embargo, antes de poder moverse, vio que un joven aparecía en el pasillo, avanzando hacia él descuidadamente. Sus ojos oscuros fijos en su rostro, las manos hundidas en los bolsillos del largo sobretodo negro que vestía. No se había cerrado el abrigo, por lo que Iori podía ver el resto de su atuendo: un jersey negro también, ceñido a su cuerpo, desapareciendo dentro de jeans negros, adornados con más correas de las necesarias. Sus pantalones estaban rotos en varios puntos, pero, a pesar de todo, su aspecto no era desaliñado. Parecía que cada agujero y cada accesorio estaba puesto allí con un propósito especial: hacer que el joven se viera desordenado, pero bien.

Su cabello era negro y corto, despeinado, con los mechones yendo de un lado a otro en total libertad. Sus ojos estaban delicadamente delineados, y sus labios mostraban una sonrisa traviesa. Lo reconoció como el ninja que había acompañado a Alex en el templo.

- ¡Yo, Yagami-san! - saludó el joven, con ligereza. Alzó una ceja al ver que Iori no parecía reconocerlo -. Ore wa Hiroshi, Alex no tomodachi da {Soy Hiroshi, el amigo de Alex} - dijo jovialmente.

De no haber tenido Iori las manos en los bolsillos, de seguro ese joven de aspecto alocado le hubiera estrechado la mano sacudiéndolo de arriba a abajo.

- Oboenai? {¿No me recuerda?} - preguntó luego, algo desilusionado ante la mala memoria del pelirrojo. Pero en seguida sonrió de nuevo -: Kyo está aquí, ¿verdad? - dijo, asomándose por la puerta que Iori aún no terminaba de cerrar.

- Nani wo shiteru no ka, kisama (¿Qué demonios pretendes?) - gruñó Iori amenazadoramente. ¿Cómo saber si este tipo era amigo o enemigo?

- Vamos, Yagami-san, déjeme ver a Kyo - pidió luego Hiroshi, su sonrisa desapareciendo para ser reemplazada por una expresión seria y fría -. No soy un enemigo - dijo luego, notando la creciente desconfianza de Iori.

Hiroshi se inclinó entonces, llevando una mano a su pierna derecha. Al levantarse, empuñaba una hermosa espada corta. La sostenía con la aguda hoja plateada hacia Iori, pero la hizo girar diestramente para poder entregársela por la empuñadura. Le sonrió al pelirrojo:

- Douzo {Tome} - ofreció, observándolo pícaramente a través de los mechones que caían sobre sus ojos. Iori sólo lo miró, antes de murmurarle que entrara, pero Hiroshi comprendió muy claramente que si algo le pasaba a Kyo, él moriría instantáneamente en fuego púrpura.

Entró en el departamento, yendo directamente a la habitación, sin fijarse en el desorden de la sala. Yagami lo observaba desde afuera.

- Konnichiwa, Kyo! {¡Buenas tardes!} - exclamó Hiroshi de pronto, sobresaltando a Iori y despertando a Kyo con su voz estridente.

El joven Kusanagi escondió la cabeza bajo las sábanas, murmurando algo, reconociendo la voz del ninja. Hiroshi sólo rió. Iori, viendo que en verdad ese idiota era inofensivo, cerró la puerta, dejándolos solos.

- Anda, no me recibas así - dijo Hiroshi, sentándose en la cama y tirando de las sábanas, descubriendo a Kyo. Se encontró con sus ojos, rojos, observándolo interrogantes y, quizás, algo molestos. Aquello lo tomó por sorpresa, y calló. Kyo tampoco dijo nada. El ninja observaba lo pálido que estaba, lo mal que se veía. Apartó el cabello castaño, murmurando -: Kyo... - en seguida agregó, con una sonrisa maliciosa -: ¡Ese Yagami sí que sabe cómo agotarte!

Kyo pareció sorprendido, pero al segundo siguiente rió, y Hiroshi con él. Sin embargo el ninja pudo ver cómo las mejillas del joven se encendían ligeramente. ¿Acaso podía ser verdad que ellos...?

- ¿Qué haces aquí? - preguntó Kyo antes de que él pudiese decir nada. El joven de cabello castaño se incorporó, sentándose. Hiroshi sujetó su brazo, y Kyo se sobresaltó ante ese contacto inesperado. Con dos dedos, el ninja obligó a Kyo a volver su rostro hacia él, para poder ver bien sus ojos. ¿Cómo había sucedido?

- ¿Yagami-san te hizo esto? - preguntó Hiroshi, sus ojos oscureciéndose con furia. No sabía cual era la razón, pero su instinto le decía que culpar al pelirrojo siempre era una buena opción.

Kyo negó con la cabeza, apartando la mirada, incómodo.

- Es parte de... el proceso - dijo en un murmullo.

Hiroshi estuvo a punto de decir algo, pero lo guardó para sí. ¡¿Cómo era posible que KYO se sentara a esperar tan tranquilamente la muerte?! Estaba allí, como si nada importara, como si dejara pasar el tiempo, el poco que tenía. Sin embargo, a pesar de la súbita rabia que sentía, sólo murmuró:

- Alex no puede verte así.

Kyo bajó la cabeza, lo sabía. Alex ya había tenido suficiente.

- Yo... - fue un suave susurro de Hiroshi, cuando se apartó de Kyo, clavando su mirada en el suelo frente a él, sus manos juntas, jugueteando con una figurita de papel que había llevado en su bolsillo -. Vine a pedirte que no te lleves a Alex - mientras decía eso, el joven ninja, se volvió hacia Kyo, y dejó la figura de papel, una paloma, sobre la cabeza del Kusanagi, entre el desordenado cabello castaño -. Creo que ya decidió irse contigo... Shikai está angustiado y Kaiji - el joven rió suavemente, tristemente -, ese tonto es capaz de matar a Alex si es que llega a suicidarse...

- Aleja a Alex, entonces - lo interrumpió Kyo, sonriendo ante tan mala broma -. Evítale todo esto.

Kyo sabía que Hiroshi era capaz de maniatar a Alex para llevárselo a rastras, pero ambos estaban conscientes de que, en verdad, quizás esa sería la única forma de alejar al joven rubio.

- Kyo... - murmuró Hiroshi luego de pasar un rato en silencio -. Te... ¿Te duele mucho?

Se lanzó hacia Kyo sin esperar respuesta, lo abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cabello, sintiendo el aroma a sangre que lo impregnaba, sangre... y Yagami. Kyo le correspondió el abrazo, aunque algo sorprendido. ¿Doler? Sí, claro que lo hacía, pero... ¿a Hiroshi le preocupaba eso? ¿A él, que se tomaba todas las cosas a la ligera? Como Kyo no dijo nada, el joven susurró en su oído -: Tengo unos calmantes... Los conseguí recién... ¿Los quieres?

Kyo sonrió. El tono de su ninja al ofrecerle esas drogas que tanto disfrutaba le parecía algo tímido. Era la primera vez que Hiroshi le ofrecía drogas, y también la primera vez que parecía avergonzado de tenerlas.

- ¿Qué hacen? - preguntó, para romper el incómodo silencio en que cayeron luego de eso.

- Te duermen, y no sientes nada... - murmuró Hiroshi, explicándolo simplemente, como si se dirigiera a un niño. Sus ojos bajos. El ninja se sentía extraño. No era común en él demostrar ese tipo de emociones, todo se ocultaba bajo una sonrisa, pero ahora... era diferente. Porque con Kyo siempre había sido diferente.

- Pensé que preferías el éxtasis a los calmantes - dijo Kyo, aún con una sonrisa. Hiroshi negó con vehemencia, despeinándose aun más.

- Estos son para ti... - dijo, su voz baja, casi inaudible. En seguida rió, para sí, no podía evitarlo -: Qué tontería... Tú no tienes miedo, ¿verdad? No necesitas escapar del dolor... No necesitas esto.

Kyo vio como Hiroshi sacaba las cápsulas de su bolsillo, y las apretaba en su puño como si quisiese hacerlas polvo. Le entristecía pensar que Hiroshi cambiara su sonrisa traviesa por una mirada triste. Posó su mano, fría, en el puño del ninja, susurrando:

- Déjalas cerca, quizás las necesite...

- Maldición, Kyo... ¿por qué...?

¿Quién consolaba a quién? ¿Quién dejaba a quién? Aquella era una despedida. Al día siguiente quizás el joven ya ni siquiera pensaría en él; estaría riendo y divirtiéndose, totalmente ajeno a su muerte... Pero en ese momento parecía tan desconsolado, que Kyo no pudo evitar estrecharlo contra sí, deseando desaparecer de una maldita vez, para dejar de hacer sufrir a quienes más cerca había tenido.

* * *

Hiroshi se había ido con la misma actitud que llegó, hablando ligero, riendo a veces. No había forma de saber cuánto tiempo había pasado, pero Kyo no pudo evitar preguntarse a dónde había ido Yagami. Mientras el ninja se despedía y salía, él se quedó en la cama, en la oscuridad de la habitación, recostado, sus ojos cerrados, pensando. ¿Por qué Iori había salido? ¿Por qué? Acaso... ¿se arrepentía de lo que habían hecho? ¿Volvería?

Yaciendo así, en el total silencio del departamento, Kyo oyó claramente cuando la puerta de entrada volvió a abrirse. Escuchó los pasos contra la alfombra, suaves, casi sin hacer ruido, como si no quisieran ser notados. Pero los oía, el sigilo.

- ¿Yagam...? - iba a preguntar, pero calló, incorporándose despacio en la cama, volviéndose hacia la puerta, hacia el sonido. ¿Quién podía ser? No sentía la presencia del pelirrojo, y la forma en que caminaba, era demasiado ligero. ¿Un ninja tal vez?

Parpadeó, intentando aclarar su mirada, pero las brumas escarlata habían vuelto, y la penumbra que envolvía a todo el departamento no le ayudaba en nada.

Maldición, ¡se sentía tan indefenso! Nunca antes había tenido esa sensación de forma tan intensa. Continuó maldiciendo, mientras salía de la cama, despacio, sus movimientos torpes y pesados, hasta que su espalda tocó la pared. Los pasos continuaban, el mismo ritmo, la creciente sensación de amenaza. Por un demonio, ¿quién era? No podía preguntarlo en voz alta... ¿o si? Las luces estaban apagadas, las gruesas cortinas no permitían que la luz del atardecer entrara en la habitación, y la fiebre y agotamiento que le producía el Henka habían nublado sus sentidos. Kyo prestó más atención a los ligeros sonidos que alcanzaba a oír. Pero, ¿era realmente un desconocido?

Y de todos modos, ¿qué podía hacer?

Con un leve y breve chirrido, la puerta de la habitación fue totalmente abierta. Kyo sintió un escalofrío, sabiendo que los ojos del desconocido se habían posado ya en su cuerpo. Sintió que se estremecía, esperando que en cualquier momento una mano lo tocara, en su pecho, en su brazo, en su rostro. La insoportable espera, la incertidumbre y... ¿qué era aquello que sentía? ¿Miedo? Todo eso lo hizo gruñir, furioso y frustrado:

- Dare da... omae? {¿Quién eres?}

Su voz sonó tan insegura que deseó no haber hablado. Escuchó un leve suspiro, o una respiración, quizás una risa silenciosa, mientras él se apoyaba con más fuerza en la pared, como si intentara retroceder más, alejarse.

Súbitamente, una mano lo tomó de los hombros, dedos fríos, duros. La presión comenzaba a hacerse dolorosa, y Kyo volvió el rostro a un lado, al sentir una respiración tibia contra su mejilla.

- ¿Quién...? - preguntó de nuevo, con rabia. No le gustaba estar indefenso, ¡lo odiaba! Y de pensar que el desconocido ya debía saber que lo tenía en su poder, incapaz de defenderse...

Una leve risa. Una mano en su barbilla obligándolo a girar hacia el frente. Y, de pronto, los cálidos labios de alguien besando su boca. Se sorprendió, sí, pero la sorpresa fue sobrepasada por una profunda sensación de alivio, mientras sentía el beso de Iori acariciando sus labios dulcemente.

Cuando se separaron, Kyo intentó sonreír, bajando el rostro, avergonzado.

- Yagami... - dijo, en voz baja -, me asustaste...

Como respuesta, otra suave risa. Mientras el pelirrojo acariciaba el cabello castaño de Kyo, aún sin dejar ir uno de sus hombros.

- Kusanagi... - susurró, sujetando su cabeza, obligándolo a levantar su rostro, para mirar sus ojos, su palidez, su aspecto extenuado. Cuando su mirada se aclaró, Kyo vio cómo una sonrisa aparecía en los labios de Iori, y luego una risa, pero esta vez fue maligna, casi burlona -. Al fin, en mi poder - dijo, disfrutando de la expresión confusa del joven.

- ¿Qué...? - musitó Kyo, intentando liberar su hombro y dándose cuenta que la presión que Iori ejercía le estaba haciendo daño. Iori... pero... No podía sentir la presencia del pelirrojo frente a él. Era como estar oyendo su voz, y observando su rostro, mientras otra persona lo sujetaba. Quiso soltarse, pero al retorcerse sintió una súbita llamarada quemando su hombro, casi alcanzando su mejilla.

Kyo no pudo evitar un grito, mientras se apartaba del violento fuego que brotaba de las manos de Iori. No pudo hacer nada más, porque en ese momento sintió un brusco golpe en su estómago, que lo hizo quedarse sin aliento. El dolor de aquel golpe veló el que le producía el fuego, que aún quemaba y hería su piel, mientras sentía que sus piernas temblaban y que empezaba a caer.

Unos brazos lo sostuvieron, pero no de forma gentil. Fue sólo sujetarlo para que no cayera, para que quedara frente al pelirrojo, para que viera su rostro con una expresión que no era suya, riendo de forma baja y maligna.

- Esto es tan perfecto - murmuró el pelirrojo, cuando Kyo gritó de dolor al sentir cómo los huesos de su hombro cedían ante la despiadada presión -. Tener al último descendiente de los Kusanagi en mi poder... - hubo otra risa, maldad desmedida -. Si tú mueres, no hay leyenda - continuó Iori -. Nadie podrá detener a la serpiente ahora...

- Orochi... - jadeó Kyo, reconociendo, al fin, el tono maligno que escuchaba. Comprendió de pronto, era la amenaza que habían oído aquella mañana, era lo que Iori temía: volver a estar bajo el poder del dios, y hacerle daño. Contra su voluntad, aunque no quisiera... Aunque intentara resistirse.

- Me costó mucho esta vez - la voz había cambiado ahora, dejaba de ser profunda, y, a pesar de la situación, Kyo se sintió aliviado de ya no escuchar a Iori pronunciando esas palabras tan crueles -. El Yagami se resistió como nunca he visto resistirse a alguien. Pero está débil, y su voluntad también está débil, por tu culpa.

- Deja a Yagami en paz - dijo Kyo de pronto, imaginando a Iori en el comienzo de Riot, tratando de no dejarse dominar, sufriendo, solo -. ¿Qué demonios es lo que quieres? Si vas a matarme, hazlo ahora, ¡y deja a Yagami! - La voz de Kyo denotaba la intensa furia que lo comenzaba a embargar y, al mismo tiempo, lo desesperado que estaba. Exigía algo que sabía inútil. Orochi los mataría a ambos.

Iori...

- Despídete, Kusanagi - la voz de Orochi nuevamente, pero suave, como si se alejara, para dar paso a un profundo gemido y una maldición.

- Yagami... - murmuró Kyo, al ver el rostro del pelirrojo expresar un intenso dolor, sus ojos cerrados con fuerza, sus cejas juntas en un ángulo agudo.

Sintió que la presión en su hombro desaparecía, y que en vez de eso lo abrazaban, con ansiedad. Fue algo corto, pero sintió el leve susurro en su oído pronunciando las palabras que, sinceramente, no había esperado oír de labios de Iori.

Un suave "lo siento", y luego Iori estaba lejos de él otra vez.

- Huye, Kyo - dijo el pelirrojo, acariciando una mejilla del joven, pero en su voz había impaciencia, casi una orden. Iori quiso empujar al Kyo hacia la puerta, pero Kyo no se movió. - ¿Qué demonios haces? ¡Vete! - exclamó Iori -. Ese bastardo no tardará en volver, y no puedo hacer nada, maldita sea, ¡nada!

Kyo negó con la cabeza, suavemente. Su rostro estaba serio, decidido.

- Kyo, vete - insistió Iori, sacudiendo la cabeza, sintiendo el agudo dolor que la presencia cercana de Orochi le producía -. Vete... - repitió, más suavemente, viendo que Kyo no lo haría.

- ¿A dónde iría? ¿Para que me iría? - susurró Kyo, extendiendo su mano, rozando con la punta de los dedos el rostro enfurecido del pelirrojo. Se acercó a él, buscando su calidez, hasta quedar apoyado contra su pecho -. ¿Para morir en otro lugar... lejos de ti? ¿Para que Orochi te mate a ti, en vez de a mí, que de todas maneras no pasaré de esta noche? No... - el joven sonrió ligeramente -. No lo haré.

El pelirrojo lo observó con una indefinible expresión afligida. No iba con él, no, esa mirada preocupada, casi conmovida. Pero era la primera vez que sentía aquello por alguien, el fuerte impulso en su interior que quería, a toda costa, proteger a Kyo.

Lo que el joven decía era verdad, en ese momento era casi ridículo pedirle que escapara, porque era como tratar de huir de la muerte, y eso era algo que Kyo llevaba dentro de sí. Algo de lo no podría alejarse.

- ¿Dónde están tus malditos ninjas cuando se les necesita? - murmuró Iori, sintiendo que, nuevamente, el dolor en su cuerpo se incrementaba, haciéndolo comenzar a perder la consciencia. Quiso luchar, resistirse, pero era inútil. Todo lo que alcanzó a hacer, antes de sucumbir ante Orochi, fue mirar el rostro de Kyo, y susurrar su nombre suavemente.

* * *

Shikai acompañaba a Alex, caminando a su lado, aunque un poco más atrás que él. Iban por las calles ahora un poco más animadas, pero a pesar de los niños jugando, y los automóviles, y el ambiente en general, para ellos era sólo un triste atardecer de invierno. Se sentía como las horas previas a ir a un entierro, dolor, un dolor apagado, que no se manifestaba a menos que se perdieran en los recuerdos. Era como si todo sucediera lentamente, esperando el momento del final, y, al mismo tiempo, temiéndolo. No había nada que hacer salvo esperar.

El joven ninja de ojos verdes sólo quería estar cerca de Kyo, y luego...

Miró a Shikai, sin volverse completamente, pero sintió que los ojos de su compañero estaban fijos en él, atentos. Aún podía ver su mirada cuando le pidió que, por favor, no llevara a cabo lo que planeaba hacer después que Kyo se fuera.

No sabía si realmente tendría la fuerza para acabar con su propia vida. Alex estaba consciente que, en algunos momentos, todo pensamiento racional lo había abandonado. Aceptaba que la situación lo había afectado más de lo que nunca hubiera podido pensar. Ir de las lágrimas a la risa, de la aceptación a la total negación... Quizás ni siquiera pudiera soportar ver morir a Kyo. Quizás...

- Ahí está - no pudo evitar decir Shikai, cuando sus brillantes ojos celestes reconocieron la figura de Kaiji, en el parque, esperando en la misma posición en que Alex lo había dejado. Brazos cruzados, la mirada helada y fija en la lejana ventana.

Kaiji, el ninja de largo cabello castaño, se volvió al oírlos llegar, pero su rostro no demostró ninguna expresión. Sólo los observó fríamente: a Alex, caminando con la cabeza baja, sus pasos un poco inseguros, dando a entender notoriamente que no había descansado nada. Y Shikai, su rubio compañero, que cruzó una mirada con él, y una leve sonrisa.

Al llegar al parque, vieron que Hiroshi también estaba allí, inclinado frente a Kaiji, haciendo una figura con la nieve acumulada en el parque. Los recibió poniéndose de pie de un salto, dirigiéndoles una sonrisa traviesa, sacudiendo la nieve de sus manos y ropa.

Alex se detuvo de pronto, mirando como Shikai saludaba a Hiroshi acariciándole el cabello como a un cachorrito, y luego se acercaba a Kaiji, que lo siguió con sus ojos castaños sin decir palabra. Los observó unos segundos, antes de que los tres lo miraran a él, como esperando que se aproximara también. No pudo evitar pensar en cómo serían si él no estuviera. Hiroshi, travieso, juguetón como un niño a ratos; Shikai, tan calmado siempre y Kaiji, el asesino perfecto. El único entre ellos que realmente parecía tomarse en serio su trabajo. Si los dejara... ¿cambiarían? ¿Cuánto? Lo normal que una persona cambia al lo largo de la vida o... radicalmente. ¿Qué significaba él para esos tres jóvenes? Alex tenía la impresión que bien podía irse, y ellos ni lo notarían. Bueno, eso había sido hasta que Kaiji lo desafió a dejarse matar, y Shikai le pidió que no los dejara. Ahora dudaba. Lo que menos quería era hacerlos sufrir a ellos. No quería que sus compañeros sintieran la angustia que él sentía por Kyo, pero...

- Todo tranquilo - habló al fin Kaiji, apartando su mirada de Alex para volver a posarla en la ventana. Alex sonrió.

- Vuelvan a la mansión Kusanagi y espérenme cerca, ocultos si es necesario - ordenó, yendo hacia ellos -. Yo los alcanzaré... - un ligero titubeo - luego. - Alex alcanzó a notar la mirada cargada de significado que le dirigió Shikai, pero no demostró haber comprendido el mensaje.

- Pero, Alex... - la voz de Hiroshi se oyó, exagerando un tono de alguien a quien acaban de echar a gritos -. ¿No puedo quedarme contigo?

Alex sonrió, mirando a Hiroshi, sus ojos oscuros, su cabello desordenado. Estuvo seguro de poder ver por un momento aflicción en su mirada, pero pasó en menos de un segundo. Creyó saber qué había ido a hacer esa tarde, con la excusa de que se iba a hacer unas compras.

- Sólo me despediré de Kyo, los alcanzo luego - insistió Alex, pasando frente a ellos, en dirección al departamento de Yagami. Shikai quiso protestar también, pero Kaiji lo hizo callar poniéndole una mano en el hombro.

- Ya oíste, deja que se vaya - murmuró, su voz neutra.

- Sí... - dijo Shikai, viendo como Alex desaparecía entre los árboles del parque, hasta que finalmente lo perdió de vista.

* * *

- ¡Ah!

Kyo había caído al suelo, sangrando. Ya había dejado de intentar defenderse. Aquel que lo atacaba no era Iori. Era solamente una criatura de destrucción, que lo único que buscaba era causarle dolor: Orochi. Podía oír su risa regocijada, sus burlas, la manera en que lo desafiaba a atacar. Pero Kyo no podía. No tenía la fuerza, ni la capacidad, y tampoco lo hubiera hecho... No quería atacar y ver que a quien le hacía daño era a Iori.

Recibía los golpes, algunos alcanzaba a evitarlos, pero no demasiados. Eran increíblemente rápidos, y ni siquiera podía ver la manera en que Orochi lo atacaba. Algunos recuerdos de la humillante pelea contra su primo Souji volvieron a su mente, era lo mismo, repitiéndose. Incapaz de controlar su propio fuego, incapaz de ordenarle a su maldito cuerpo agonizante que se moviera.

Otra batalla perdida. ¿Moriría esta vez? Cerró los ojos al sentir el fuego envolviéndolo. Ni siquiera había podido despedirse de Iori... Un sollozo escapó de sus labios, al recibir el siguiente impacto. El dolor lo invadió, pero su mente no estaba allí; si iba a morir de esa forma, ya no le importaba. Lo que deseaba en ese momento era poder ver a Iori, ver su rostro una última vez... Pero no podía. Sabía que si abría los ojos lo único que vería sería la expresión de Orochi, entre brumas escarlata.

Sólo esperaba perder la consciencia, o morir, pero pronto, mientras Orochi castigaba aun más su cuerpo.

La habitación había sido destrozada, mientras el dios lanzaba llamaradas púrpuras, utilizando el cuerpo de el pelirrojo. Paredes resquebrajadas, los pocos muebles cayendo por el suelo, haciendo que Kyo tropezara cuando intentó retroceder.

Llegó un momento en que Orochi se sentó sobre él, que yacía de espaldas en el suelo, haciendo presión contra su pecho, mientras sus manos se aferraban al cuello de Kyo. No como para ahogarlo, pero sí para dificultarle, aun más, el respirar.

- ¿Sabes qué fue lo que pensé cuando el Yagami me sujetó de este modo, hace años, y tú te acercaste para lanzar el golpe final? - siseó con malignidad. Kyo no respondió. Sólo posó sus manos en las muñecas de Iori, tratando de liberarse. Orochi lo sacudió violentamente, obligándolo a desistir en su intento, y a responder su pregunta. - ¿Sabes qué era lo único que había en mi mente? ¡¿Lo sabes?!

Una nueva sacudida, y Kyo gimió. Sus ojos estaban fuertemente cerrados, y él demasiado preocupado por intentar respirar, como para responder las estúpidas preguntas del dios.

- Venganza - susurró Orochi, acercando los labios de Iori a la oreja de Kyo, y luego, al retirarse, lamiendo su mejilla manchada de sangre -. ¿Cuánto tiempo más crees poder soportar, Kusanagi? - preguntó después de sentir lo helada que estaba la piel de Kyo, y como todo su cuerpo temblaba -. ¿Quieres a Yagami contigo otra vez? Ah... ¿pero qué es esto? ¿Estás llorando? - sonrió el dios, y empezó a reír, sin liberar a Kyo, dejando que el sonido de su risa llegara a todos los rincones de la habitación.

Era increíble que pudiera disfrutar tanto al ver las lágrimas sanguinolentas brotando de los ojos cerrados del joven. Había querido infligirle un castigo físico, pero verlo, al fin, dejar esa expresión orgullosa y cambiarla por una de angustia y desesperación era más de lo que nunca había esperado.

Se quedó esperando una respuesta, mientras continuaba observando a Kyo. Lentamente, el joven pareció reaccionar, y una leve sonrisa apareció en sus labios. Orochi se extrañó. ¿Ya había perdido la razón acaso?

- ¿Por qué no lo haces? - susurró Kyo, conteniendo la furia. Deseaba que todo terminara de una maldita vez. - ¿Qué esperas?

- ¿Y que tu sufrimiento termine tan pronto? - sonrió Orochi, apartando los largos mechones rojos de su rostro -. No.

Lanzó otro golpe con su puño cerrado, esta vez dirigido hacia el rostro de Kyo, que no pudo evitarlo. El dios vio como el joven quedaba inconsciente, y sonrió. ¿Tan pronto había muerto? Él tenía tiempo aún. Podía esperar a que despertara para continuar con su sádico juego.

"Es demasiado..."

Orochi se detuvo en seco. Esa voz... era Yagami... ¿Cómo demonios era posible que ese maldito mortal pudiera continuar consciente luego que él tomara control de su cuerpo?

"Demasiado..."

En ese momento Orochi sintió que no podía mover el cuerpo de Yagami. Estaba allí, sobre Kyo aún, pero no le respondía. Sólo continuaba con la vista fija en el joven, viendo su rostro inconsciente. El último golpe había hecho un profundo corte sobre su ceja, y la sangre bañaba su expresión de rojo. Parecía resignado a morir, como si ese último golpe hubiese sido el que esperaba para darse por vencido y cerrar los ojos para siempre.

Una cálida lágrima cayó por su mejilla, notó Orochi, sorprendido, aun sin poder moverse. Sus ojos estaban inundados de lágrimas y la figura de Kyo se volvía cada vez más y más borrosa. El dolor en su pecho y en su garganta le dificultaban el respirar. Era Yagami, ¿verdad? No podía soportar ver al Kusanagi en ese estado, muriendo en sus manos.

"Jamás te perdonaré esto..."

Y, tal como él había dominado el cuerpo del Yagami, sintió que perdía el control, y de pronto ya no estaba allí, sino de vuelta en el viejo sello Kagura, atrapado.

Ya no tenía energía suficiente para salir de ese lugar, pero estaba satisfecho, y, de haber podido hacerlo, hubiera reído hasta no dar más. El último descendiente de los Kusanagi estaba muerto, o lo estaría en algunos minutos. Dentro de poco sus servidores lo liberarían, y todo el mundo estaría condenado.

Un Yagami solo, y una descendiente de los Kagura nada podrían hacer contra él.

* * *

Iori salió de encima de Kyo, arrodillándose a su lado, viendo el mal estado en que ese maldito dios lo había dejado. El rostro del pelirrojo estaba inexpresivo, ni pesar, ni dolor, ni furia. Sólo miraba, el corte sobre la ceja de Kyo sangrando abundantemente, sus ojos cerrados con fuerza, sus labios entreabiertos.

Acarició suavemente su mejilla, levantándolo y acercándolo a su pecho. Oyó un gemido de parte del joven, y maldijo. Aún estaba con vida. En ese momento, realmente hubiera sido mejor para Kyo que todo hubiese terminado. No quería que Kyo se fuera, pero tampoco quería que recuperara el conocimiento y sintiera el dolor de su maltratado cuerpo.

¿Cuántos huesos podían estar rotos? ¿Cuántas heridas internas? ¿Por qué demonios no había podido luchar contra el control que Orochi tenía sobre él, sino hasta ese último momento?

- Kyo... - llamó, sin poder evitarlo, apartando el cabello desordenado de sus ojos. No lo quería despertar, y al mismo tiempo, no quería verlo así; como si durmiera y pasara por un mal sueño, como si pudiera morir en cualquier momento y él no lo fuera a notar.

Lentamente, el joven Kusanagi abrió los ojos. Al hacerlo, su cuerpo pareció ponerse en tensión, en los brazos de Iori, y Kyo contuvo un respiro entrecortado. El dolor... Ahora era tan fuerte... Su pecho ardiéndole, la sensación de fuego en su interior extendiéndose por sus brazos y piernas. Tosió, sintiendo que su garganta se inundaba de sangre. Hizo la cabeza a un lado, dejando que un hilo rojo bajara por la comisura de sus labios.

- Yagami... - susurró.

- Ya no luches más - la voz de Iori era amarga, no una orden brusca, sino un tono para que Kyo comprendiera que ya todo había terminado.

Kyo abrió los ojos, el brillo escarlata atrapando un rayo de luz, vidrioso. Esbozó una sonrisa, débil.

- No me mantengas aquí, entonces... - dijo en un susurro. Iori se quedó perplejo ante sus palabras, pero su mirada sorprendida se suavizó de pronto. Kyo tenía razón. El único lazo que le quedaba con lo que una vez fue su vida, era él... pero... mientras lo sostenía allí, el deseo de no dejarlo ir se incrementaba cada vez más. ¿Qué sucedería si utilizaba el poder, su poder, para darle un poco de energía? Un par de días, y luego un poco más, y así... - ¿Iori...? - la voz de Kyo lo trajo de nuevo a la realidad.

- Aquí estoy... - la voz de Iori también era baja. No podía hablar más fuerte, no quería hacerlo. No quería que Kyo oyera cuando su voz se quebrara.

- Yagami... - había ansiedad en el tono de Kyo, un leve toque de desesperación -. ¿Yagami...? - la segunda vez había sido pronunciada tan suavemente... pensó Iori. De pronto Kyo abrió completamente los ojos, había lágrimas en ellos, que no tardaron en caer. - Tu promesa... - susurró Kyo, levantando una mano en al aire, y luego cubriendo su rostro mientras continuaba -. No cumpliste...

Iori se sorprendió al oírlo hablar así. ¿Acaso no estaba allí? ¿Acaso no estaba a su lado tal como había dicho?

- ¡Kyo! - llamó, intentando hacerlo reaccionar. ¿Acaso Kyo no sabía que estaba con él?

Con una mano acarició la mejilla del joven Kusanagi, apartando los mechones de cabello castaño, llevándose las lágrimas rojas.

- Kyo... - dijo en un murmullo -. Estoy aquí.

Vio como el joven se volvía hacia él, como si no pudiera mantenerse más tiempo consciente.

- Duele... - susurró, mientras Iori sentía que un estremecimiento recorría su espalda. ¿Por qué se sentía así? ¿Por qué... sentía... esa intensa tristeza? - Duele... tanto... Yagami...

Iori no dijo nada. Sabía que debía hablar, asegurarle al joven que él seguía allí, pero las palabras no salieron. Lo estrechó contra sí, observándolo, en silencio. Finalmente, Kyo susurró débilmente:

- Cuida de Alex... por favor... Y... - Iori negó con la cabeza, no quería oírlo mencionar a nadie, a nada. No quería que eso acabara, no quería que sufriera, no quería que eso sucediera, ¡no quería tantas cosas! - Y... - Kyo levantó una mano, buscando a Iori, para rozarlo con la punta de sus dedos helados, ofreciéndole una última caricia. - Gracias... - una débil sonrisa apareció en sus labios.

Iori se inclinó para rozar esos labios y hacerlo callar, no quería oír nada en ese momento. Lo único que deseaba era que Kyo olvidara todo, y que descansara. Si aún no era su momento, si aún debía sufrir que el Henka terminara de consumir su cuerpo, entonces no tenía nada más que hacer. Había pensado cederle su energía, pero ya veía que sólo serviría para que Kyo sufriera unos días más. En vez de eso, cerró los ojos, mientras, en ese suave beso, tomaba consigo la sangre, y el último aliento de la persona para la que había vivido desde que nació.

Claramente percibió cómo el cuerpo de Kyo se relajaba, y de pronto se encontró besando unos labios que ya no le correspondían. Se alejó unos milímetros, manteniendo los ojos cerrados esperando, en su interior, sentir la débil respiración del joven otra vez contra su mejilla, pero esperó, y esperó, y nada sucedió. Un débil sonido se ahogó en su garganta, mientas se aferraba a Kyo. ¿Eso era? Se sentía tan mal... no podía explicarlo, pero le dolía. Imaginar que no volvería a ver al joven, a oír su voz, a sentir su desesperación...

No pudo evitar sonreír, apartándose un poco más. La esperanza era una tontería... Una manera de negar la realidad. Pero ahí terminaba todo.

Vio que Kyo aún tenía los ojos entreabiertos, mientras lágrimas rojas terminaban de caer de ellos. Su expresión era triste, como si le doliera, aun más que su cuerpo malherido, dejar a Iori. Se quedó observándolo largo rato, escuchando el silencio. ¿Qué había pensado Orochi? ¿Qué pretendía ese maldito dios? Ahora que miraba a Kyo, no podía ver nada más que un joven, mortal, como todos. Pero el sufrimiento que había experimentado en esos últimos días era demasiado para una persona sola. ¿Por qué?

¿Lloraría por su enemigo? No se creía capaz, sin embargo, allí estaba, el dolor en el pecho que encogía su garganta y no le permitía respirar. Luchó contra eso, y contra las imágenes y recuerdos que en tan pocos días había tenido de Kyo. Era lo peor que podía hacer, rememorar el pasado. En ese momento, todo lo que debía importarle era buscar venganza contra aquel maldito que lo había utilizado para destruir a Kyo.

Cerró los ojos, negándose a sí mismo la cálida humedad que comenzaba a acumularse tras sus párpados. Esas lágrimas, por Kyo... No. Era imposible que él las derramara. Imposible. ¿Acaso no era lo que quería? Verlo muerto era el objetivo de su vacía vida.

Negándose cosa tras cosa, qué simple. ¿Por qué no aceptar que durante esos pocos días casi había llegado a comprender que tras la imagen del heredero de los Kusanagi había una persona verdadera?

Había conocido a jóvenes que amaban a Kyo como a nadie en el mundo... Eso le había dicho mucho sobre lo que valía el joven Kusanagi, que ahora yacía en sus brazos como si durmiera. Por increíble que fuera, Kyo estaba rodeado de gente que realmente lo quería. Y ahora Iori se daba cuenta que valía la pena. Kyo era más que su enemigo predestinado, más que un arrogante idiota en un estúpido torneo de peleas.

Pero era un poco tarde para darse cuenta, ¿verdad?

- Kyo...

El pelirrojo parpadeó lentamente una vez, aclarando su mirada, antes de volverse, porque esa voz no había sido suya. La reconoció, sí. Era el ninja extranjero, de pie en la puerta del departamento, desde donde podía verlos a ambos. En el suelo, la sangre, en medio de una habitación que había sido destrozada con violencia.

- Llegaste tarde... - iba a agregar el despectivo "gaijin", pero se contuvo. Alex ya estaba a su lado, tomando una de las manos de Kyo y acercándola a sus labios, en silencio. Sus ojos verdes estaban enrojecidos y brillantes, pero no dijo nada. Para el pelirrojo era imposible saber qué pasaba por la mente del ninja. Tenía la impresión que podía reír o llorar, pero, para sus sorpresa, no hizo ninguna de las dos cosas.

- Kyo - llamó Alex suavemente, una vez más. Al no recibir respuesta, dejó en el suelo la mano que sostenía, y bajó la cabeza, dejando que sus lágrimas corrieran libres, en silencio.

Sólo entonces Iori notó que, entre el cabello rubio, había sangre. Una herida en la cabeza de Alex, un profundo corte que teñía sus mechones dorados de rojo. ¿Qué...?

Un dolor a través del pecho lo hizo contener el aliento, para luego llevarse una mano allí. Jamás había sentido ese tipo de dolor, ni siquiera con el Riot. Era algo inmovilizándolo. Apenas dejándolo respirar.

Su vista se nubló de pronto, sintió la sangre agolpándose en su interior, y entonces notó las otras presencias en el departamento. Vestidas de negro, habían entrado junto con Alex, y sólo ahora se movían. Las vio inclinarse alrededor de Kyo, como aves de rapiña listas para destrozar su cuerpo. Quiso gritar, ponerse de pie y hacerlos pedazos, pero no podía. Un gruñido furioso brotó de sus labios cuando intentó, inútilmente, moverse.

Los hombres no le prestaban atención, ni a él, ni al ninja que continuaba de rodillas junto a Kyo. Sólo tomaron con ellos el cuerpo del joven Kusanagi, y se quedaron quietos, como si esperaran.

Una figura se alejó del grupo y se paró ante él, una esbelta mujer. Su cabello era gris azulado, y desde su posición encogida en el suelo, el pelirrojo no podía verle el rostro con claridad.

- Nadie podrá vencer a Orochi-sama nuevamente... Ni siquiera tú, Yagami - oyó que le decía la desconocida. Por un momento creyó poder reconocer su voz, pero pronto ella se retiró. Vio sus largas piernas, y sus zapatos de altos tacos, alejándose de él, saliendo de esa habitación con rapidez y elegancia.

Y de pronto, Iori sintió que el dolor desaparecía, junto con todos aquellos hombres y la mujer... Todo lo que quedó a su alrededor fue su habitación destrozada, y el ninja extranjero, sollozando en voz baja.

Se habían llevado el cuerpo de Kyo. ¡¿Por qué?! Iori se puso de pie bruscamente, saliendo tras los desconocidos, atravesando su departamento y luego corriendo por el pasillo hacia los ascensores y escaleras, pero no había nadie.

Regresó con un gruñido a su departamento, a la habitación, pasando junto al ninja que aún no se había movido, y se asomó por la ventana. En la avenida, a lo lejos, podía ver una fila de vehículos oscuros alejándose a toda velocidad. Eran todos negros, todos iguales. No tenían nada fuera de lo común, y pronto se perdieron entre otros automóviles, tomando diferentes caminos.

Se volvió, cerrando los ojos y respirando profundamente, para alejar de su mente la confusión que sentía. Todo había terminado, se dijo. Al fin, Kyo ya no sufría más, se había ido. Pero... ¿por qué tenía la sensación de que a pesar de todo había algo que quedaba pendiente?

Acabaría con NESTS, sí. También iría a buscar la cabeza del actual líder de los Kusanagi... Pero...

Kyo no podía estar muerto. No Kyo. Era imposible.

Lanzó una mirada a la cama desordenada, donde horas atrás habían hecho el amor. La ropa del joven aún estaba en el bolso que habían traído del templo, cerca de él. Sus cosas, su olor, incluso su presencia.

Lentamente, se sentó en esa cama, acariciando las sábanas inconscientemente. En su mente, una parte de él le decía que ya todo había acabado, que no había más. Y otra parte le exigía que averiguara quienes eran esos misteriosos hombres que se habían llevado a Kyo.

Tenían aspecto de yakuza... Quizás... Quizás el resto de la familia Yagami supiera algo. Después de todo, esa mujer lo había llamado por su nombre, había mencionado también a Orochi, y con tal dejo de respeto que era obvio que tenía algo que ver con el despertar del dios.

Pensar en volver a la mansión Yagami, después de tanto tiempo, no era una idea que le agradara en lo más mínimo, pero no podía simplemente dejar que esos bastardos se salieran con la suya con tal facilidad. Habían irrumpido en su departamento, esa mujer le habló con tono altivo y despectivo, y nadie podía hablarle así al descendiente de los Yagami. Nadie.

Pero... por ahora... no podía hacer nada. Sentía su cuerpo agotado, y sus párpados se cerraban contra su voluntad. Sólo se quedó recostado en la cama, su mejilla contra las sábanas, creyendo poder sentir que la mano de Kyo se posaba suavemente en su cabello, como la noche anterior, y que lo acariciaba tiernamente. Era como si Kyo le pidiera que durmiera tranquilo, porque él estaría allí a la mañana siguiente.

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[ Capítulo 29: Understanding ]

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MiauNeko, Artemis &
Shades of Flames and Passion
Septiembre, 2002