Fanfic por MiauNeko
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Créditos del proof-reading a Artemis

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 29.- Understanding

La cama olía a sangre, pero no lo notó hasta que despertó en la semipenumbra, sintiendo las sábanas arrugadas bajo su espalda, produciéndole un incómodo dolor tenue. No se movió, mientras observaba el techo blanco inmaculado. En alguna parte de su mente tenía la esperanza de que, si observaba el techo durante el tiempo suficiente, cuando volviera su vista hacia otro lado, nada habría sucedido. Todo estaría bien. Ni sangre, ni fuego.

Ni Kyo.

La sangre que olía era del joven Kusanagi. No tenía caso intentar engañarse. Esa sangre había salpicado seguramente en el momento en que Orochi lanzó a Kyo contra la pared, para que luego cayera en la cama. El pelirrojo acarició las manchas escarlata, ahora secas.

Sentía un extraño dolor en el pecho, que nada tenía que ver con cansancio físico o la voluntad de Orochi dominándolo. Una creciente incomodidad que estaba allí sin tomar la forma de tristeza o de lágrimas. Él sabía que tarde o temprano Kyo se iría... Sin embargo las extrañas circunstancias de la noche anterior lo habían hecho parecer tan irreal, tan imposible... Era como si las cosas no hubieran terminado en la muerte. No había paz, allí. Y así todo continuaba... Kyo volvía a ser la razón por la que tenía un propósito en su vida, aun cuando no estuviera con él.

Se volvió, paseando su mirada por la habitación. Sus muebles estaban por el suelo, la mayoría intactos. El fuego púrpura no solía arder espontáneamente en objetos, sino en cuerpos que tuvieran energía para ser consumida.

Lo que sí llenaba las paredes eran rastros de sangre y quemaduras. La alfombra continuaba húmeda de sangre en el lugar donde Kyo había... muerto.

Parpadeó despacio, incapaz de aceptar esas palabras como ciertas. Era como si hacía sólo unos minutos él hubiera estado con el joven Kusanagi en sus brazos.

Ni siquiera se había dado cuenta cuando se durmió. No debían haber pasado más de cuatro horas. Podía decirlo por los juegos de luz y sombra que caían sobre los objetos, los pliegues de la sábana.

Pero en realidad amanecía.

Se incorporó sintiendo su cuerpo aún cansado y adolorido, luego de su lucha contra la voluntad de Orochi. Sin embargo no tuvo tiempo para pensar en eso, porque frente a él vio una figura a quien casi había olvidado: Alex.

El ninja continuaba en la posición en que lo dejó, antes de caer dormido. Sus piernas cruzadas, sus ojos cerrados, sus manos delicadas y relajadas, manchadas con sangre seca. Parecía meditar.

- Oi - llamó Iori rudamente. No hubo respuesta. Aquello lo obligó a levantarse para ir hacia Alex -. Oi, omae - gruñó. Su mano tomó al ninja del hombro para darle una sacudida, pero al hacerlo, un cuchillo cayó sobre la alfombra. Estaba totalmente rojo de sangre, y roto. La hoja había sido partida, y el trozo que aún continuaba unido a la empuñadura era demasiado corto como para ser de utilidad a nadie.

Durante un momento, el pelirrojo pensó que el ninja estaba muerto. Pensó que en verdad había cumplido sus palabras y se había ido con Kyo, pero no era así. Alex lentamente abrió los ojos, enrojecidos. Su mirada estaba perdida, y no se volvió para observar a Iori. Sólo continuó allí, bajando la vista para observar sus manos manchadas.

No había muerto, parecía pensar el ninja con una débil sonrisa. A pesar de las heridas, a pesar de la sangre que había perdido, no fue suficiente para irse con Kyo. Y... Kyo le había pedido que por favor no lo hiciera... no podía acabar él mismo con su vida. No quería desobedecerlo... Ni siquiera ahora.

- No hay nada que hacer aquí - decía Iori a su derecha, buscando algo de ropa en buen estado en el armario. Aquel lugar estaba inhabitable y comenzaba a hacérsele insoportable el continuar allí. Se obligó a no pensar, a ignorar el extraño vacío en su pecho. Tenía asuntos pendientes, se dijo. Una venganza que llevar a cabo, y otra promesa que cumplir. Maldito Kyo, gruñó en su interior. Encargarle a ese inútil ninja extranjero que en ese momento parecía haber perdido todo vestigio de razón -. Gaijin - gruñó con voz apagada, volviéndose para observar a Alex, que no reaccionó -. Alex - llamó luego, suavemente, y vio que al menos recibía como respuesta un ligero movimiento de cabeza.

Cuando el cabello rubio se movió con el leve asentimiento, Iori pudo ver la larga herida abierta entre los mechones. Aún sangraba, pero no lo había notado porque la sangre corría por la parte de atrás del cuello, oculta entre el cabello.

- Maldita sea - gruñó, cerrando los ojos. ¿Kyo había tenido que hacerse cargo del inútil ninja del mismo modo que tendría que hacerlo él? ¿Era por eso que se lo había pedido? ¿Porque Alex no podía valerse por sí mismo? Qué desperdicio de tiempo...

Y, sin embargo, pese a pensar así, Iori se acercó al ninja lentamente, y lo tomó del brazo con rudeza, para que se pusiera de pie. Dócilmente, el rubio obedeció, y siguió a Iori cuando éste lo llevó al baño, para limpiar esa desagradable y profunda herida.

- ¿Quién te hizo esto? - preguntó Iori, con tono indiferente, como si no le importara, pero en verdad quería saber. Ya había visto a Alex moviéndose, con increíble velocidad, y no podía imaginar cómo habían logrado herirlo de ese modo.

Como era de esperarse, no escuchó respuesta alguna.

- ¿Ya terminaste de perder la razón? - preguntó luego, con un burlón dejo de maldad. Tampoco hubo reacción en Alex.

El pelirrojo no perdió más tiempo hablando. Tomando un trozo de algodón y empapándolo en alcohol, apartó los mechones rubios y lo pasó por sobre la herida. Alex se sobresaltó al sentir el horrible dolor del líquido tocando la carne viva, pero no se quejó ni dijo nada. Sólo un leve sobresalto, sus ojos aún fijos al frente, su mirada perdida.

Iori estaba sumido en sus propios pensamientos también, mientras seguía la larga herida, apartando el cabello, levantándolo hasta poder ver el rastro rojo que bajaba por el cuello del joven rubio, impregnando su simple traje negro. Gruñó algo en voz baja al pensar que debía limpiar toda esa sangre si no quería que el ninja anduviera por allí con el aspecto de un muerto.

- Sácate esa ropa - le ordenó, amenazante.

Nada. Ni una sola reacción.

- Alex - llamó luego. Eso era más de lo que podía soportar. Había cuidado a Kyo, sí, porque era Kyo. Pero de ninguna manera podía preocuparse por las heridas de otra persona. No le interesaba. Y aunque Kyo se lo hubiese pedido, no tenía cómo hacer algo a lo que no estaba habituado. Por él, Alex podría haberse quedado allí hasta morir, pero... Titubeó. Aquella semana, todo el tiempo que pasó con Kyo, le había enseñado a sentir algo. Algo indefinible en su interior. Una sensación que le gritaba, le ordenaba, no abandonar a Alex a su suerte.

Porque si Alex era de Kyo... Alex era lo que Kyo le había dejado. Lo único...

- ¿Tanto valor... tienes para él? - se encontró susurrando, pasando su mano por la mejilla del ninja, obligándolo a encontrarse con su mirada.

Se sorprendió al ver un golpe en su otra mejilla, una marca que comenzaba a tomar un tenue color morado. Tomó sus manos, observando entre la sangre seca, y notó que no eran manchas, sino heridas. Cortes profundos en su blanca piel. Frunciendo el ceño se preguntó qué le habría sucedido.

Sujetó el borde inferior del jersey de Alex, tirando suavemente hacia arriba. El ninja cooperó, todavía con la mirada perdida, levantando los brazos, dejando que la prenda resbalara suavemente por ellos, para que luego Iori la lanzara al suelo. El pelirrojo tomó una toalla que colgaba junto al lavamanos, y se volvió para limpiar con ella el cuerpo de Alex.

Se quedó quieto al observar el cuerpo del ninja. La piel era blanca, pálida, manchada de sangre, y marcada por numerosas viejas cicatrices. Era más delicado de lo que había supuesto. Vistiendo de negro, podía ocultar su estrecha cintura, y el comienzo de sus caderas. Incluso podía ocultar... la suave y notoria curva de su cuerpo de mujer.

Iori parpadeó lentamente, sorprendido ante algo que no había esperado. Alex sólo continuaba allí, su cabeza baja, sus manos entrelazadas en su regazo, como si ni siquiera hubiese notado que estaba desnuda. El fiel ninja de Kyo, ¿era una mujer? Aquello nunca había pasado ni remotamente por sus pensamientos. Pero ahora que lo sabía, recordó las veces en que lo había visto comportarse de manera extraña, como si las cosas que sucedieran a su alrededor lo afectaran en extremo, como si la sola idea de la muerte de Kyo fuera demasiado para su alma delicada.

Lentamente Iori recordó algunos momentos más en que había visto a Alex con Kyo. La preocupación de Kyo por el ninja había sido diferente a la que demostraba por sus amigos o compañeros. Con él... con Alex, era protector, como si temiera que una simple corriente de aire pudiera hacerle daño. Y, al mismo tiempo, Alex, como ninja, había estado allí para protegerlo también. Era irónico, pero ahora comprendía. Kyo cuidaba de Alex, de su razón, de su aparentemente delicada cordura, y Alex a cambio, vivía por él. Eso era. A eso se había debido la profunda desesperación que Alex había mostrado tantas veces. Si Kyo moría, el motivo que la mantenía en el mundo real, desaparecía. Ahora, mirando su delicado cuerpo, sus ojos verdes, Iori pensó que quizás se debía a la influencia de Kyo sobre él, pero no deseaba ver a Alex sumirse en la locura.

Continuó limpiándola, sin que su rostro expresara nada de lo que había pensado, ni la sorpresa de saber que Alex era una mujer. Se llevó la sangre, inclinándose sobre el ninja, que no se movió, mientras trataba de alcanzar su espalda y limpiar también. Vio la larguísima cicatriz que surcaba su piel; era antigua, pero sangraba, los bordes ligeramente desgarrados.

Oyó un sollozo cuando rozó la cicatriz despacio y, al retirarse, vio que Alex lloraba en silencio. Seguía sin moverse, sólo las lágrimas corriendo por sus mejillas enrojecidas. Todo estaba tan claro ahora, pensó Iori, recordando por qué el comportamiento del ninja le había parecido tan extraño desde el comienzo. No lo había considerado lo suficientemente fuerte como para proteger a Kyo, ni a nadie; quizás rápido y hábil, sí, pero no fuerte.

¿Qué la había llevado a vivir de ese modo, renunciando a una vida tranquila como cualquier chica, para dejarse llevar por la violenta vida de un ninja? No tenía modo de saberlo, y no iba a preguntar porque estaba seguro de que no recibiría respuesta.

Su cuerpo marcado se estremeció, y el pelirrojo se apresuró a terminar de limpiarla, sintiéndose extraño al saber que era una mujer. Una mujer y no el joven a quien le había demostrado su abierto desprecio. Le parecía increíble que Alex hubiese conseguido engañarlo durante tanto tiempo, pero le gustaba la idea. Lo hacía especial. Casi creía comprender por qué Kyo la había llegado a apreciar tanto.

Dejó a Alex en el baño y fue a buscar algo de ropa para prestarle. La sorpresa del secreto de Alex lo había hecho olvidar, durante un segundo, lo que pretendía hacer. Ahora debía meditarlo, cambiar sus planes. ¿Ir contra NESTS? No, eso podía esperar aún. Así como el idiota de Kusanagi Souji. Lo que quería hacer era averiguar quienes estaban tras ese súbito despertar de Orochi. Eso significaba ir a la mansión de su familia y pedir información... pero antes debía deshacerse de Alex. Dejarla en algún lugar seguro, donde no le estorbara.

Encontró lo que buscaba, y se dirigió nuevamente al baño. La joven aún estaba desnuda, de espaldas a la puerta, vendándose las heridas de sus manos.

- Gaijin - le dijo simplemente, como si no le importara el haberla visto y el saber la verdad ahora. Su trato no iba a cambiar. Ella se volvió, al fin reaccionando y sujetó la prenda que Iori le tendía. Agradeció con una leve inclinación de cabeza, sus mejillas sonrojadas, como si estuviera avergonzada de que la vieran así.

Pero los ojos de Iori nunca se alejaron de los suyos verdes, dándole a entender que no estaba mirando su cuerpo. Alex esbozó una débil sonrisa, mientras el pelirrojo se retiraba.

Iori estaba listo ya, cuando vio a la joven salir del baño. Su rostro limpio y más calmado, sus ojos verdes aún enrojecidos, pero con la mirada fija en él, no perdidos en sus pensamientos. Él esperaba sentado en la cama, fumando. No se había preocupado en arreglar nada, ya alguien vendría para ordenar el lugar. Observó a Alex mientras ella se detenía en el marco de la puerta, como si esperara permiso para entrar. Iori se puso de pie, yendo hacia ella que se hizo a un lado, dejándolo pasar. Como Iori no dijo nada, Alex simplemente lo siguió.

Salieron juntos del lugar. El pelirrojo no podía saber qué pasaba por la mente del ninja, pero tampoco iba a preguntar. Caminó sin prestarle atención, dirigiéndose hacia los elevadores, buscando las llaves de su auto en uno de los bolsillos del largo abrigo negro que vestía. Alex desapareció en algún momento, sin que él se diera cuenta, pero esto no lo sorprendió. Sólo bajó en el ascensor, su rostro serio e inexpresivo. En su mente no había nada más que ir a la mansión Yagami, enfrentarse a los fantasmas de su pasado, a su padre, y obtener la información que quería.

Volvió a la realidad al llegar a su automóvil. Alex ya lo esperaba por allí, apoyado en una puerta lateral, sus brazos cruzados. Sus manos estaban ocultas en las largas mangas del sweater que Iori le había prestado. Le quedaba ancho y largo, pero era suficiente para abrigarla. Su cabello rubio caía desordenado sobre la lana negra, y Alex se veía muy pálida, pero no era diferente a la palidez que le había visto desde que la conoció.

Subió al auto, abriéndole la puerta al ninja, que entró en silencio, sin decir palabra. Iori apoyó los brazos en el volante, sin encender el vehículo, volviéndose para mirarla.

- Estás totalmente loco - gruñó. Alex le devolvió la mirada, primero sorprendida, luego asintiendo con una leve sonrisa. Antes de llegar al auto, Iori había pasado por el estacionamiento subterráneo de los edificios de departamentos. Había visto la matanza que se llevó a cabo allí, sin duda a manos de Alex. Un vehículo negro, como los que había visto alejarse por la avenida cuando se llevaron a Kyo, continuaba en el lugar, abandonado. Dentro de él, los cuerpos de varios hombres muertos yacían unos sobre otros. Las heridas mortales habían sido causadas por un cuchillo, y aquello sólo lo hacía pensar en Alex. Sin embargo, ella también había salido malherida.

Extendió una mano hacia la joven, que se echó para atrás, viéndose asustada por un momento, pero luego dejó que Iori apartara su cabello rubio, para ver si la herida seguía sangrando.

- Eso no lo hizo uno de los hombres - dijo Alex suavemente, hablando por fin.

Iori esperaba algo así. Aceptaba que una persona normal no sería capaz de hacerle tan profunda herida. La joven comenzaba a ganarse algo de su respeto, reconoció interiormente.

- Esa mujer... - continuó Alex -. Es poderosa...

- Lo sé - murmuró Iori.

- Venía por Kyo... - agregó la joven rubia, en voz más baja ahora, como si pronunciar el nombre de Kyo le doliera demasiado -. No podía permitírselo pero, me hirió... Tan fácilmente... Y no pude hacer nada... - Alex hizo una pausa, luchando contra las lágrimas que querían caer de sus ojos. - Y luego...

El pelirrojo asintió, encendiendo el vehículo.

- Yagami-san... - susurró Alex de pronto, de forma casi inaudible, pero el pelirrojo se volvió a medias hacia ella, esperando que continuara -. Kyo... ¿murió en... paz?

Él negó con la cabeza. ¿Para que mentirle? Una muerte así, era dolorosa.

Entonces, al fin, Alex se llevó las manos al rostro, escondiendo sus lágrimas. No podía evitarlo, era un acto reflejo, porque no quería que Iori la viera en ese estado. Sentía tal tristeza, tal desesperación... Pena por Kyo, frustración al no haber podido estar con él a su lado, ¡y no haber podido hacer nada! Todo había terminado, pero no podía creerlo, no podía aceptarlo. Se sentía como viviendo detenida en el tiempo, como si ese intenso dolor en su interior jamás fuera a amainar.

Sintió la mano del pelirrojo en su hombro, y su voz a lo lejos diciéndole que descansara, que el viaje era largo.

* * *

- ¡Kyo! - el joven ninja de corto cabello oscuro corría hacia Kyo, que dormitaba sentado bajo la sombra de un árbol, en el amplio jardín de la mansión Kusanagi. Abrió los ojos para ver a Hiroshi acercándosele, su rostro serio, su expresión traviesa reemplazada por una de preocupación -. ¡Es Alex!

- ¿Alex? - preguntó Kyo, levantándose, preocupado al ver la prisa del joven.

- No sé qué tiene... Kaiji y Shikai están con ella, ¡pero no lo sé...!

Hiroshi lo llevó hacia la casa donde vivían, y subieron las escaleras de prisa, en dirección a la habitación donde la joven dormía sola. Los otros dos ninjas estaban en la puerta, y al ver llegar a Kyo se apartaron para dejarlo pasar. Shikai tenía la preocupación reflejada en sus ojos azules; Kaiji sólo miraba.

- ¿Alex? - llamó Kyo, entrando despacio. Esperaba ver a su amiga en la cama, pero no estaba allí. Paseó su mirada por la habitación, y finalmente la vio encogida en un rincón, sujetando su cuchillo con una mano, mirándolo como si no lo reconociera.

- ¡No em toquis! - exclamó ella, cuando Kyo dio un paso para acercársele.

- Soy yo... Kyo. - Y, como el joven no obedeciera, Alex se levantó de golpe, demasiado rápida como para que Kyo reaccionara, hundiéndole el cuchillo a la altura de su hombro derecho. La sangre de Kyo manchó las manos de Alex, que lo empujó hacia atrás. Kyo cerró los ojos debido al dolor, pero casi al instante cerró su mano alrededor de la empuñadura y tiró de ella, arrancándose el puñal. - ¿Qué pasa, Alex? - dijo suavemente, ignorando el dolor, viendo que la rubia no parecía reconocerlo.

- ¿Por qué no te vas...? - gimió Alex -. ¿No fue suficiente? ¡¿Por qué no me dejas en paz?! ¿Por qué...?

Sus palabras fueron cortadas cuando Kyo pasó sus brazos alrededor de ella, atrayéndola hacia sí. La joven, al sentir la proximidad de otro cuerpo, gritó, e intentó liberarse, pero nada podía hacer contra la fuerza de él. Su grito se convirtió en un sollozo ahogado, mientras sus manos se aferraban a la ropa de Kyo.

Desde que sus padres murieron, nunca nadie la había abrazado como Kyo hacía en ese momento. Era la primera vez que Kyo la abrazaba, la primera vez que alguien lo hacía.

- Tranquila... - susurró Kyo, calmándola. El joven no sabía qué le había sucedido, pero por la expresión tan desesperada de Alex, no había podido evitar abrazarla con cariño. Se alejó un poco de ella, mirándola directamente a los ojos -. No tengas miedo... Eso ya pasó.

Alex había bajado el rostro, como si estuviera avergonzada. Kyo sonrió.

- Ahora estaré siempre contigo, jamás dejaré que eso vuelva a pasar.

Estaré siempre contigo...

* * *

Alex abrió los ojos. Continuaban viajando, ahora por una carretera que para ella era desconocida. Aún podía oír la vacía promesa de Kyo en su mente, su voz...

¿Qué hacía allí con Yagami? Acompañándolo aunque no sabía exactamente a qué, siguiéndolo como si el pelirrojo hubiera aceptado sus servicios... siguiéndolo con la débil esperanza de que el pelirrojo pudiera llevarla hacia Kyo una vez más.

Débilmente recordó que le había dicho a sus compañeros que los alcanzaría al anochecer, y no había cumplido pero... ¿cómo hacerlo? ¿Cómo podría regresar a esa casa que estaba tan llena de recuerdos?

- No creo que quieras entrar conmigo - murmuró el pelirrojo de pronto, mirando una construcción que se alzaba a un lado del camino. Para llegar a ella debían atravesar un largo sendero adornado con altos árboles, desnudos ahora y cubiertos de nieve. El ninja reconoció la vieja mansión Yagami.

- ¿Por qué no? - preguntó firmemente.

Iori se encogió de hombros, tomando el camino que llevaba a la mansión. No le hizo más caso.

* * *

- Iori-sama... - la voz del sirviente que los recibió era incrédula, como si fuera imposible que el pelirrojo estuviera allí, ante él. Iori le sonrió con malignidad, sin hacerle caso, entrando seguido de Alex que sí se dignó a inclinar un poco su cabeza, a modo de saludo.

Algunos sirvientes curiosos se asomaron desde diversas puertas, todos sin poder creer que el joven amo Iori estuviera realmente allí, después de tanto tiempo, desafiando las claras órdenes que su padre había dado, para negarle a volver a pisar ese lugar hasta que aceptara ser el legítimo sucesor del clan.

Alex siguió al Yagami en silencio, cruzando largos pasillos de oscuras paredes. Todo tenía un aspecto imponente, incluso más serio y frío que la mansión Kusanagi. Este lugar... era casi tétrico. Sin embargo no podía negar la belleza de la construcción. El pasadizo que ahora recorrían bordeaba un pequeño jardín interior. No había nada separando el pasillo del jardín, y la luz natural se filtraba sobre ellos, iluminando la estrecha área cuadrada donde diminutos árboles enanos crecían dispuestos sobre montículos de mullida hierba. El camino entre ellos estaba formado por grava blanca, piedrecillas brillantes de colores claros. Una linterna de piedra negra se alzaba justamente al medio, apagada durante el día. Una inscripción ancestral estaba grabada en la superficie oscura y Alex reconoció algunos viejos kanji que le habían enseñado durante su entrenamiento ninja.

Iori le lanzó una mirada, ordenándole que se apresurara y no se quedara atrás mientras la observaba pensativo. Alex se veía tan perdida entre las altas paredes, tan delicada y frágil. ¿Qué era lo que Kyo veía en ella? ¿La amaba? No... De haberlo hecho, la Kushinada nunca hubiera estado a su lado. Entonces... ¿era Alex que amaba a Kyo?

Una presencia frente a él lo obligó a detenerse, pero sus ojos rojos se mantuvieron bajos. Una oleada de recuerdos y sentimientos recorrió al pelirrojo; escenas de su niñez, de su juventud, los entrenamientos y castigos que recibía por orden de ese hombre que ahora estaba ante él. El miedo... el terror que sentía de desobedecerlo. Cuando dejó ese lugar creía haberlo superado, ahora era el momento de ponerse a prueba.

Iori levantó la mirada lentamente, sonriendo despectivo, sus ojos encontrándose con la mirada de los intensos ojos azules de su padre. La figura imponente no había cambiado nada pese a los años, su expresión mezquina y cruel, tan dura. Pero ahora él había cambiado también, ya no era un niño temeroso.

- Y tienes el descaro de volver - gruñó su padre. Su voz amenazante, contra la sonrisa burlona de Iori.

- Vengo por información.

Su padre sonrió también. La crueldad era parte de su naturaleza; Iori supo de alguna manera, que antes de conseguir lo que venía a buscar, alguien tendría que sufrir.

Y, al notar que la mirada del viejo hombre se desviaba hacia su silenciosa acompañante, supuso qué era lo que iba a pasar.

* * *

Continúa...

[ Capítulo 30: Light from the tiniest hope ]

* * *

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Shades of Flames and Passion
Noviembre, 2002