Fanfic por MiauNeko
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Créditos del proof-reading a Artemis

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 31.- Looking for...

Iori despertó súbitamente al oír un grito. Se incorporó, abriendo los ojos y acostumbrándose rápidamente a la oscuridad. No necesitó encender las luces de la habitación para ver que la cama de Alex estaba vacía, y que la joven se encontraba arrodillada en el suelo, abrazándose a sí misma, encogida contra un rincón. Oyó su sollozo ahogado, y un leve murmullo, antes de decidirse a ir hacia ella.

No sabía qué le sucedía, estaba temblando, y lloraba.

- ¿Qué te pasa ahora? - preguntó rudamente, sin inclinarse hacia Alex ni tocarla, sólo deteniéndose frente a ella. La joven no le respondió, cerró los ojos con fuerza, bajando más la cabeza hasta ocultar totalmente su rostro de la vista del pelirrojo -. Nan da omae... - gruñó Iori. De nuevo no estaba recibiendo respuestas de parte de Alex. Extendió su mano para tomarla del hombro y sacudirla, para que reaccionara, pero vio claramente cómo ella levantó la cabeza bruscamente, sus ojos verdes brillando salvajes. Alex desapareció de su vista en menos de un segundo, y él, reaccionando, se volvió hacia la cama, a su izquierda, viendo la silueta de la ninja tomando los cuchillos que había dejado sobre el colchón, y en el mismo movimiento, lanzar uno de ellos contra él.

Lo esquivó apenas, sintiendo el frío metal rozando su mejilla y llevándose mechones de cabello rojo.

Iori cayó sobre la alfombra, pero pronto estuvo de pie, en medio de la habitación a oscuras. Estaba acostumbrado a las sombras, igual que Alex, y podía notar con claridad las formas de los muebles, pero, lo que más le sorprendía, era la manera en que ella se movía, tan silenciosa. No hacía ruido al moverse, y si Iori aún no estaba herido, era porque la ninja sollozaba, y le era más fácil ubicarla. En ningún momento el pelirrojo hizo uso de su fuego. No comprendía qué sucedía con Alex, ni el porqué de esas lágrimas y ese ataque.

Finalmente, ella se quedó quieta. Estaba de pie sobre la cama, pero agachada. Su mano izquierda tocando ligeramente el colchón para mantener el equilibrio, y la derecha sosteniendo uno de los cuchillos. Aunque Alex temblaba, su mano era firme, lista para lanzarse sobre Iori y cortar su cuello, o atravesar su corazón.

El pelirrojo se irguió, solamente mirándola. Las lágrimas brotaban de sus ojos verdes, sin cesar. Ella lo observaba, pero parecía que le costaba trabajo mantener su mirada en él.

- No te me acerques - siseó la rubia, a la defensiva. De pronto miró a su derecha, como si hubiera oído un ruido, luego a su izquierda, y de un salto bajó de la cama, cayendo de pie sobre la alfombra, casi sin hacer un sonido. Retrocedió un poco más, hasta que su espalda tocó la pared -. No - gimió, negando con la cabeza y llevándose una mano a un lado de su rostro, como si quisiese ocultarse de alguien.

El cuchillo cayó cuando ella se arrodilló, encogiéndose en sí misma, las manos en sus oídos, sus labios gimiendo entrecortadamente que por favor se detuvieran ya, que era suficiente, que no lo soportaba. Iori la observó un segundo más antes de ir hacia ella, y obligarla a levantar su rostro.

- Eso no está sucediendo, gaijin - dijo en voz baja, intentando hacer que Alex apartara sus manos de su rostro, para que al menos lo viera a él, y supiera que lo que pasaba en su mente no era la realidad. Se sorprendió al ver los ojos nublados de Alex, como si para ella la realidad no existiera. No sabía qué hacer. ¿Qué hacía Kyo cuando algo como esto sucedía? ¿Y por qué sucedía?

Apartó el cabello rubio de los ojos de Alex. Al menos ya parecía más calmada. Rozó su mejilla, sintiendo que ardía.

- Abrázame... - susurró ella, estremeciéndose, cerrando sus ojos -. Por favor, abrázame... Kyo...

Iori parpadeó.

- No quiero que se acerquen... - insistió ella -. No quiero, no de nuevo...

El pelirrojo la recibió en sus brazos cuando ella se apoyó contra su pecho. Había escuchado las palabras, y aunque no sabía los detalles, creía comprender qué le sucedía.

- Kyo no está aquí, Kyo murió - susurró en el oído de la joven. Ella rió suavemente.

- Y yo no pude hacer nada... Ni siquiera tengo la fuerza para irme con él... - murmuró Alex, cerrando los ojos con desesperación -. Es tan difícil... - continuó -. Siento que voy a enloquecer. Siento que no puedo soportarlo más...

- No pienses - murmuró Iori. Sentía que ella aún temblaba, pero no había nada que pudiera hacer. No le nacía consolarla, no había palabras dulces para calmarla. Él no era como Kyo, demonios.

- Lo siento... en verdad - sonrió Alex débilmente, antes de cerrar sus ojos. Iori observó su rostro cansado, y la levantó para dejarla con cuidado sobre la cama. Se sentó a su lado un momento, echando su cabello rubio hacia atrás. No podía evitar tratar de imaginar qué hacía Kyo por Alex en momentos como ése.

Ella parecía tan frágil... Era increíble que alguien que ni siquiera podía con su propia vida, como Kyo, pudiese ser tanto consuelo para Alex. Kyo era la persona que había mantenido lejos a los fantasmas del pasado, quizás. Con su sola presencia, con una mirada o una sonrisa. Era demasiado difícil, algo imposible para él.

Acarició la mejilla de la joven dormida, pensando que le era imposible cuidarla. Aunque Kyo se lo hubiese pedido, Alex se hundía en su propia y personal desesperación. No podía llegar a ella. No sabía cómo. No quería intentarlo tampoco. Si ella no tenía la fuerza para continuar viviendo, entonces no valía la pena.

Kyo siempre había sido un estúpido sentimental en esas cosas.

* * *

Iori dejó Osaka antes del amanecer. Se fue solo, sin Alex, sin ver rastros de los compañeros del ninja. Le era imposible continuar con alguien como ella cerca. Al comienzo quizás le había llamado la atención, su fuerza, su decisión, su habilidad, pero ahora le había demostrado que sólo era una mujer, y con un serio problema emocional. Era mejor alejarse de ella si no quería ser atacado en un momento de locura, o si no quería que ella terminara muriendo en sus manos.

No era gran problema. Siempre había estado solo, y continuaría así, hasta dar con el paradero de Setsuna y sus hombres.

El plan que tenía para investigar la empresa que pertenecía a la misteriosa mujer, lo desechó. Le bastó con pasar cerca del enorme edificio de oficinas, para darse cuenta que no percibía su aura. Ella no estaba allí, ni siquiera en esa ciudad.

No le quedaba nadie más a quien recurrir, salvo Chizuru. Sí, de nuevo la sacerdotisa. Si Setsuna estaba tras el sello de Orochi, el templo Kagura era el lugar más obvio para encontrarla. Despertar a Orochi.

Kyo...

¿Estaría allá? ¿Estaría vivo? Iori se encontró pensando en que quería ver sus ojos castaños, tan cálidos, una vez más. Rió amargamente para sí, sin poder evitarlo. ¿Qué demonios le sucedía? ¿Acaso lo de Alex era contagioso?

Tomó la carretera a toda velocidad, alejándose de Osaka, su mirada fría y fija en el camino.

Ya estaba bien de perder el tiempo. Eso no iba con él. De ahora en adelante, destruiría a todo el que se interpusiera en su camino. Kyo ya no estaba, y aquella cálida sensación que había dejado en su pecho comenzaba a apagarse. Tenía ganas de matar a esa mujer, Setsuna. Quería ver sangre, quería verla muerta. No la conocía, pero el deseo era obsesivo.

¿Se atrevía a utilizar a Kyo? ¿Se atrevía a servir a ese maldito dios que había provocado la muerte del joven?

No... No los iba a perdonar, ni a ella, ni a su señor. Aunque le costara su vida, quería destruirlos. Era un pensamiento irracional, pero... él nunca había sido muy racional de todos modos. Cuando sacó a Kyo de los laboratorios de NESTS, dejó tras él un rastro de matanza y sangre. Decenas de cuerpos muertos, de los que se atrevieron a intentar detenerlo.

El único problema que le preocupaba en ese momento, era el control que Orochi tenía sobre él. Dos veces lo había controlado, como a una marioneta, sin que él fuera capaz de oponer la más mínima resistencia. Si volvía a suceder...

Sacudió la cabeza. De pronto había vuelto a ver el rostro de Kyo en sus últimos momentos, lo triste que parecía, y cuando le dijo que el dolor era demasiado. Cada vez que pensaba en eso, se sentía lo suficientemente fuerte como para convertir el odio hacia Orochi, en el arma que le permitiría resistirse a su control.

* * *

Setsuna sonreía complacida. La perfección de lo que estaba sucediendo la sorprendía incluso a ella. Todo estaba yendo tan bien; su señor Orochi había despertado, había oído su voz, luego de tantos años de espera. Incluso la había ayudado a sacar a ese Yagami del camino en el momento más oportuno. Todo auguraba su completa victoria. Sólo bastaba con llegar al templo Kagura, y encontrar el sello. Ella tenía preparada la ceremonia, tenía a un Kusanagi, la sacerdotisa del templo también estaría allí, y el Yagami... aquella era la parte graciosa de todo el plan. El Yagami jugaba un papel fundamental, sin saberlo.

Desde que ayudó a escapar a Kyo de la mansión de su familia, había puesto en marcha un evento que ella no había previsto, pero que al final salió bien, y que fue para su beneficio. Quizás el que Yagami tomara consigo a Kyo la retrasó dos días, pero el tiempo perdido ya había sido recuperado. Las casualidades habían estado de su lado. Y ella se sentía feliz.

En ese momento se dirigía, junto con algunos de sus seguidores, donde Chizuru. Su enemiga desde la niñez, en que ambas habían compartido un destino como antagonistas. Chizuru, la sacerdotisa del bien. Setsuna, la mujer que servía, por voluntad propia, al dios que quería gobernar al mundo y regirlo con nuevas leyes de crueldad y sangre. Se habían despreciado desde la primera vez, pese a no saber nada sobre su pasado como enemigas. Las miradas de desprecio que intercambiaron habían sido producidas por un instintivo odio. Ahora, pasado el tiempo, asignados los papeles que cada una interpretaba, sólo le quedaba esperar a que Chizuru siguiera siendo la misma niña débil y tonta que lloraba al tiempo que se resignaba a renunciar a una vida normal, para quedar atrapada en la tradición de su familia: la guardiana del sello que mantenía atrapado a Orochi.

La van negra en que viajaba se sacudía suavemente con las irregularidades del camino. A ella no le importaba. Tenía las manos sobre su regazo, entrelazadas sobre la corta falda de terciopelo que vestía. Sus piernas desnudas estaban cruzadas, terminando en delicados zapatos de altos tacos. Vestía tal y como había salido de su oficina antes de ir por el Kusanagi. Un traje no demasiado elegante, blusa, falda, y un largo abrigo negro para protegerse del frío. Su cabello se veía plateado a la luz del cercano amanecer, y estaba suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros.

Se volvió en el asiento, para observar a los que viajaban detrás. Un par de ojos castaño claro la miraron con algo de temor. Ella sonrió:

- ¿Cómo está nuestro invitado, hermana? - preguntó con un dejo de sarcasmo, a la joven que estaba sentada en una silla dispuesta lateralmente. Su cabello era castaño, claro como sus ojos, corto y desordenado debido a aquel viaje repentino. Su rostro ovalado se veía muy joven e inocente, pero cuando vio la mirada de su hermana mayor, su expresión cambió, por una casi tan fría como la de Setsuna.

- Pronto recuperará la consciencia - respondió, sonriendo también.

Ambas mujeres se miraron con complicidad, y luego desviaron sus ojos hacia el joven que yacía en una camilla en la camioneta. El rostro pálido y sudoroso, el cabello castaño oscuro, húmedo, manchado de sangre. Tenía los labios entreabiertos, y respiraba con dificultad, pero de manera estable.

- Ii ko deshou ka {Es un buen chico, ¿verdad?} - comentó Setsuna, viendo su rostro dormido, tan agotado y dulce a la vez.

- No lo creas, oneesama - respondió la muchacha de cabello corto, pasando una mano por su propio rostro, como si estuviera aburrida -. Es un tonto... no sé cómo alguien podría soportarlo.

- Tú lo hiciste, durante años - comentó Setsuna, divertida por el comentario. Su hermana le lanzó una mirada molesta.

- No lo hubiera hecho si no me hubieses obligado, oneesama - protestó débilmente.

Setsuna se puso seria, y al instante la chica más joven bajó la mirada.

- Gomen ne, no quería hablarte así...

- ¡Entonces cierra la boca! - Setsuna le dio la espalda, pensando en lo estúpida e inútil que había sido su hermana durante todo ese tiempo. No servía para nada más que engañar a ese tonto Kusanagi con su amistad y su apoyo.

Desafortunadamente, debía rodearse de gente que la ayudara a conseguir sus fines, y era preferible confiar en sus tontas hermanas menores, a depender de completos desconocidos.

Miró por el espejo retrovisor, observando al resto de automóviles que seguían la misma ruta que ellos. Vio que cerca de la camioneta se encontraba el lujoso y llamativo vehículo de Kusanagi Souji, y sonrió complacida. Ese joven idiota estaba de su lado, confiado de que, actuando así, estaría a salvo de la furia de Orochi.

Souji había visto el estado en que Kyo fue llevado al interior de la camioneta, y ella había notado el brillo de miedo en sus ojos, junto con el de placer, al ver a su engreído y orgulloso primo sin vida. Setsuna le sonrió en ese momento, mientras se acercaba para acariciar la tersa mejilla del joven. No odiaba realmente a Kyo, ni siquiera lo despreciaba como despreciaba a Souji, era sólo que Kyo era su enemigo, y como tal, debía sufrir y morir. Él había sido el maldito que acabó con el anterior intento de Orochi por despertar, pero, para Setsuna, Kyo era sólo un joven cualquiera. Era lo que había hecho en contra de su señor lo que consideraba despreciable, y ella se encargaría de que recibiera un merecido castigo.

Había puesto sus manos, ambas, cruzadas sobre el pecho del joven Kusanagi y cerrado los ojos, dejando fluir su energía hacia él. Irónicamente, era energía buena, energía de vida. Sintió el débil latir de su corazón, y su respiración trabajosa. Continuó en esa posición, observando como poco a poco su energía llenaba al Kusanagi, hasta que ella misma llegó a sentir el dolor de su vida siendo absorbida por él. Realmente estaba mal, sonrió. El Henka había estado a punto de llevarlo a un estado del que no había retorno. Pero ese joven había tenido suerte...

¿O tal vez no?

Volvió al presente, y pensó de nuevo que Souji era un idiota. Pero lo necesitaba por si Kyo no le servía para despertar a Orochi, y, además, ese autonombrado líder de clan tenía consigo a alguien que también podría serle de utilidad. Un joven de cabello gris, de aspecto amargado, en el que ella había sentido arder el fuego de los Kusanagi.

Sonrió, pensando que con tantos Kusanagi juntos, quizás hasta podía deshacerse de Kyo sin mayores problemas pero... No, meditó. Sin Kyo, no había Yagami. Era mejor dejar que todo continuara saliendo perfecto, después de todo, ya casi habían llegado al templo y no había tiempo para estar cambiando de planes.

* * *

Chizuru se inclinó ante el altar, cerrando los ojos, angustiada. El lugar parecía temblar, todo el templo, como si Orochi realmente estuviera rompiendo el sello que lo mantenía atrapado. Sabía que era su imaginación, no había tal temblor, era sólo que ella sentía la energía que impregnaba el aire, el dios listo para surgir como había hecho apenas años atrás.

Sabía que esa mujer, Setsuna, era la culpable. Ya no había duda. Pero saberlo no le ofrecía ningún consuelo; todo lo que podía pensar era que esta vez ella estaba sola. En el templo, sus sacerdotisas no podían hacer nada. Las dos mujeres que habían sido servidoras de Orochi podían ser controladas por el dios, con la misma facilidad que Orochi podía matarlas con sólo desearlo. Y, por último, el ninja de Kyo que se había quedado con ella luego que Yagami se llevara al joven Kusanagi, era muy hábil, pero no como para enfrentarse al poder divino de Orochi.

Lo aceptaba, tenía miedo, y deseaba que al menos uno de los dos jóvenes amos del fuego estuviera con ella. Debía defender ese sello con su vida, y estaba dispuesta. Pero lo que la angustiaba era que sería inútil. Morir para que luego Orochi hiciera lo que quisiera. Morir... y todos los años que sacrificó de su vida, se convertirían en nada. Era demasiado injusto.

La joven intentó dejar de pensar así, porque sólo debilitaba su voluntad e interfería con su concentración... pero era demasiado difícil para ella sola.

- Kagura-san... - una voz la llamó suavemente, a su espalda, y se volvió para ver a Syo de pie allí, esperándola. El ninja había hecho una llamada, a un compañero en quien confiaba, y éste le confirmó la muerte de Kyo.

La noticia había corrido entre los clanes, y pronto todos estaban al tanto de eso. Los miembros importantes, los primos menores, los niños, los sirvientes. Los Yagami y Kusanagi comentaban el hecho. Syo sentía un enorme vacío en su pecho, de sólo pensar en que no volvería a ver a Kyo jamás, pero no lo demostraba. Le hizo una seña a Chizuru para que, por favor, lo siguiera.

- ¿Qué sucede? - preguntó ella, saliendo del lugar. Una de las sacerdotisas más jóvenes se les acercó, en su mano tenía un pergamino en el que Chizuru había escrito parte del conjuro que mantenía atrapado a Orochi.

- Kagura-san - murmuró la joven, entregándoselo.

- ¿Por qué...? ¿De dónde sacaste esto...? - preguntó Chizuru. El sello estaba en lo profundo de una cueva, que estaba justo bajo el templo. Nadie podía llegar a él, porque sólo Chizuru y unas pocas jóvenes tenían el poder suficiente para pasar la barrera de energía que lo protegía.

- Estaba en el jardín... - murmuró la joven, asustada y temerosa -. Tengo un mal presentimiento...

Chizuru la despidió con un movimiento de su mano, mientras miraba a Syo.

- Usted sabe qué es lo que está sucediendo, ¿verdad, Fujimiya-san?

El ninja de ojos ámbar asintió despacio.

- ¿No piensa irse? Debería alejarse de aquí lo antes posible - dijo Chizuru luego, echando a andar en dirección a la parte trasera del templo, desde donde podía alcanzar la entrada a la cueva.

Syo sonrió levemente, negando con la cabeza.

- Kyo-sama se hubiera quedado, ¿verdad? - dijo débilmente. No era una pregunta que esperara una respuesta, sólo lo dijo.

El joven sabía que ahora que Kyo había muerto, no podía regresar a servir al resto de Kusanagi. No podía, ni tenía intenciones de hacerlo. Entonces, ¿qué mejor que quedarse con Chizuru? Ya no importaba si moría o si huía, de todos modos, tenía la impresión que esta sería una batalla perdida.

No pudo evitar pensar en dónde estaría Alex ahora, mientras él seguía a Chizuru por un retorcido pasadizo de piedra. El rostro del rubio estaba claro en su mente, su mirada sarcástica y despectiva, su sonrisa burlona. Había parecido muy fuerte, pero ¿cómo estaría ahora que Kyo había muerto? ¿Estaría bien?

- Cuidado - dijo Chizuru señalando una parte en que el pasadizo se bifurcaba. Avisos escritos en un dialecto antiguo adornaban una de las entradas. La sacerdotisa parpadeó confusa, leyéndolos. Eran hechizos que anulaban a los que ella había escrito en los muros de la cueva. ¿Quién podía haber hecho semejante cosa?

Pocas personas tenían el poder de crear esos conjuros, y menos aun sabían cómo hacerlo correctamente. Estos eran perfectos, los trazos exactos y seguros.

Empezó a andar más rápidamente hacia el ahora desprotegido sello, y se encontró con más de esos hechizos. Toda la protección del lugar había desaparecido, y, en el centro de la cueva, se encontraba una enorme roca, que representaba el lugar donde Orochi dormía. Se acercó para tocarla, y sintió el hormigueo del poder maligno deseando brotar para destruir todo el lugar.

Bajó la mirada. Hacía falta sólo una combinación de poder, y el sello se rompería. No quedaba mucho por hacer.

- ¿Quién pudo haber llegado hasta aquí...? - murmuró para sí, con impotencia. Syo no dijo nada. El no conocía a las sacerdotisas, y podría haber sido cualquiera de ellas. Una espía entre las jóvenes doncellas. No era difícil de imaginar.

De pronto agudos gritos llegaron hasta ellos, provenientes del exterior, de las jóvenes que vivían en ese lugar. Chizuru corrió hacia la salida, veloz, casi alcanzando a Syo, que se le había adelantando. Llegaron al aire libre, sintiendo el frío de invierno, y se quedaron pasmados ante lo que vieron.

Un grupo de hombres estaba dentro del templo, el kekkai completamente destruido. De pie entre ellos, una hermosa mujer de cabello azulado la observaba con una sonrisa traviesa.

- Hisashiburi desu wa ne {Tanto tiempo}, Chizuru - saludó. A su lado derecho, un joven de cabello oscuro, atado en una pequeña cola, la miraba fríamente, intercambiando un largo momento de reconocimiento.

- No puede ser... - murmuró Chizuru -. No... - repitió, al ver que al lado izquierdo de Setsuna estaba Kusanagi Souji, y un hombre desconocido que tenía en sus brazos a...

- Kyo-sama... - la voz de Syo, fue un susurro enfurecido.

El tiempo pareció detenerse, mientras Chizuru observaba a aquellos que venían a intentar provocar el fin del mundo que con tanto sacrificio ella había protegido.

* * *

Continúa...

[ Capítulo 32: Eternos Engaños ]

* * *

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Shades of Flames and Passion
Noviembre, 2002