Fanfic por MiauNeko
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Créditos del proof-reading a Artemis

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 32.- Eternos engaños

El templo era una enorme construcción. Dividido en tres alas, la principal era donde Chizuru recibía a las visitas. Poseía su propio altar, hermosos jardines nevados rodeándolo. La hierba, ahora cubierta de blanco, se alzaba mullida, abrazando las piedras grises ornamentales, las linternas tradicionales que ardían con fuego eterno a lo largo de toda la noche.

El jardín tenía un pequeño estanque, ahora congelado. Un puente de madera oscura cruzaba sobre él. No era necesario, realmente, pero le agregaba un toque delicado a todo el lugar.

La zona que quedaba oculta a los ojos de los desconocidos eran las habitaciones donde residían las sacerdotisas. Una pequeña comunidad, que podía pasar años totalmente ajena al ala principal.

Por último, la parte trasera del templo, era solamente un jardincillo, no demasiado cuidado, pero tampoco abandonado, cuyo único sendero daba a la ladera de una alta montaña de piedra. Todo ese camino estaba adornado y protegido por pergaminos, contra los demonios, contra los malos espíritus. Algunos de ellos heredados durante generaciones de Kagura, amarillentos y resecos debido a las inclemencias del tiempo, pero aún conservando todo su poder, intacto.

El lugar era una hermosa representación de la paz. Su aspecto tan sereno parecía imposible de alterar. No podía ser que existiera alguna persona que quisiera arruinar la belleza del templo Kagura, ni una que se atreviera a irrumpir del modo en que Setsuna y sus acompañantes lo habían hecho.

- No eres bienvenida en este lugar - dijo fríamente Chizuru. Syo continuaba de pie a su lado, erguido y quieto, como si estuviera a punto de desaparecer para materializarse junto a Kyo. Sus ojos ámbar estaban fijos en el cuerpo de su señor, inconsciente en brazos de un hombre desconocido. Sólo uno más de los seguidores de Setsuna.

- No espero serlo - sonrió Setsuna, haciendo un lánguido gesto con su mano, extendiendo los pálidos dedos hacia la construcción principal del templo, donde varias jóvenes sacerdotisas se hallaban reunidas, observando asustadas.

Los hombres se desplegaron por el lugar, haciendo aparecer letales armas de fuego que brillaron a la luz de las linternas nocturnas. Las doncellas parecieron querer huir, pero los hombres se detuvieron, apuntándolas simplemente, sin decir palabra, sin comenzar la ofensiva. Setsuna sonrió.

- Una por una morirán si haces algo que me impaciente, Chizuru - dijo, pronunciando las palabras dulcemente, dándole un aire de sutil sarcasmo a su voz -. Y no pretendo ser bienvenida. Después de todo - rió -, no estoy aquí por ti, ni por tu templo. Quiero ver a mi señor.

- Orochi fue vencido y sellado - indicó Chizuru, aún sin moverse -. Ganamos el derecho de mantenerlo para siempre atrapado, y evitar que vuelva a causar destrucción en este mundo.

- ¿Ganaron el derecho? - repitió Setsuna, llevándose una mano a los labios, simulando estar sorprendida -. Veo que no has cambiado nada... Ne, ¿dónde están los papeles que te atribuyen ese derecho, querida? ¿Me los muestras?

Chizuru frunció el ceño, y en ese momento Setsuna atacó. Bastó con que la joven de largo cabello azulado extendiera sus manos frente a ella, haciendo aparecer el luminoso símbolo de Orochi, para que Chizuru sintiera el dolor desgarrando su piel, sin ni siquiera rasgar las ropas blancas que vestía. No pudo evitar un gemido, pero no cayó. Cerró los ojos un momento, y luego quiso contraatacar. Vio que Setsuna levantaba su mano derecha, el dedo índice extendido, y volvía su rostro hacia los hombres que apuntaban a las doncellas del templo, sus ojos nunca dejaron de mirar fijamente a la sacerdotisa principal.

- Ah... - dijo sonriendo -. Atrévete, y las verás morir.

- Kagura-san... - susurró Syo, analizando la situación con ojos fríos. Sentía sus cuchillos firmes en el cinturón, donde siempre los guardaba. Sabía que bastaba un movimiento suyo para llegar a los hombres de traje negro, y desarmarlos, pero la joven Kagura parecía dudar.

- Déjelos, Fujimiya-san - respondió Chizuru, también en un débil murmullo -. No haga nada, aún.

- Así me gusta... - sonrió Setsuna, con sinceridad, haciendo otro gesto. A su lado, los que la acompañaban se dirigieron a la parte trasera del templo, a la bajada que llevaba a la cámara secreta donde Orochi había sido sellado. Setsuna se detuvo a pasos de Chizuru, observándola con sus hermosos ojos grises, mientras Souji y el joven que iba con él, K', seguían su camino hacia la cueva. Tras ellos, su hermana y el hombre que llevaba a Kyo tomaron el mismo camino, sin preocuparse siquiera de mirar a Chizuru, que observaba todo impotente. - Pórtate bien, Chizuru - dijo Setsuna, antes de seguir su camino y alcanzar al grupo. Otro hombre tomó su lugar, apuntando a Chizuru y Syo con un arma, indicándoles que debían ir con el resto de doncellas, y guardar silencio.

Setsuna sentía el poder de Orochi vibrando en el aire, esperando, expectante. Se adelantó unos pasos, mirando de reojo el rostro dormido del descendiente de los Kusanagi, y, a su lado, la expresión rencorosa de ese joven que se hacía llamar K'.

Ciertamente tenía un pésimo gusto para vestirse, pensó, aunque ese no era el mejor lugar para estar criticando modas. El traje de cuero le hacía pensar en algún personaje salido del cyberpunk, su cabello gris y desordenado, su forma de andar, encorvada y agresiva. ¿Él tenía el fuego de los Kusanagi corriendo en sus venas? ¿Él? No pudo evitar una sonrisa, a la que K' respondió con una mirada helada e indiferente. Si lo era, también era el Kusanagi peor vestido que hubiese visto nunca.

Ese comentario privado estaba totalmente fuera de lugar, rió para sí, pero así se sentía ella, relajada y feliz. Orochi estaba a sólo unos pasos, y sólo faltaba que Yagami llegara para obtener todo el poder que necesitaba para despertarlo.

* * *

- Pero qué ingenua es esa mujer - comentó Setsuna para sí, mientras caminaba mirando las inscripciones en las paredes: viejos hechizos protectores, las bases para crear un kekkai -. Y anticuada también...

Su hermana menor caminaba a su lado, cabizbaja, sus ojos castaños fijos en el suelo de tierra, en el camino tantas veces recorrido a lo largo de siglos. Aquella podía ser la última vez que el sendero fuera utilizado, pero la joven parecía temerosa de algo. Setsuna vio la sombra de una duda en su semblante, y la tomó súbitamente del brazo, deteniéndola, apartándola de los hombres.

- Ahora es tu turno, y espero que lo hagas bien - siseó, severa. Recibió una sonrisa confiada como respuesta.

- Lo he hecho durante años, ¿qué podría salir mal?

* * *

- Kyo, ne, Kyo...

La voz... tan suave, tan desesperada. Lejana, pero que lo llamaba y lo obligaba a despertar. Era la única voz en el mundo que podía reconfortarlo, ¡y hacía tanto tiempo que no la oía!

Abrió los ojos lentamente, pero no hubo gran cambio a su alrededor, todo continuaba oscuro, en silencio.

- Kyo - la voz ahora fue casi una exclamación de alivio, mientras sentía como unos brazos lo rodeaban por el cuello, y un delicado cuerpo se aproximaba a él, cálido y frágil.

- Yu... Yuki... - murmuró, confuso, sin comprender dónde estaba, qué había sucedido, y por qué seguía con vida.

- Oh, Kyo... - sollozó la joven en su oído, antes de susurrar, su voz llena de felicidad y preocupación al mismo tiempo -: ¡Eres un tonto!

Despacio, Kyo correspondió el abrazo, sintiendo como si en cualquier momento la joven desaparecería, como si sólo hubiese sido un sueño. Pero allí estaba, la estrechaba, sentía su calor y sus sollozos.

Antes que el Henka comenzara, él había querido verla de nuevo, la había intentado buscar, pero todo ocurrió tan pronto. La enfermedad, la huída, y finalmente la oportunidad de escuchar su dulce voz a través de la línea del teléfono. Pero... aquella vez, pensó que sería la última, y había sido su despedida. Dejó de pensar en Yuki, para preocuparse por los que tenía más cerca. Ahora, encontrarla tan súbita e inexplicablemente, lo reconfortaba y preocupaba al mismo tiempo.

Deseaba con todas sus fuerzas quedarse así por siempre, sólo teniéndola cerca, pero le parecía demasiado perfecto. ¿Dónde estaba el dolor, la agonía? ¿Y Yagami?

- ¿Dónde estamos? - le preguntó en voz baja y suave -. ¿Qué sucedió...?

Ella no respondió, estaba demasiado ocupada acariciando su espalda, como si el tiempo para estar junto a él fuera limitado.

Kyo retiró uno de sus brazos, extendiendo su mano hasta rozar el suelo arenoso donde estaba sentado. Con la punta de los dedos recorrió la superficie, hasta topar con la pared rugosa de la cueva. Frunció el ceño. El lugar le parecía familiar. Sintió el poder que se percibía en el aire, la fuerza maligna amenazante, el completo desprecio de Orochi. Parpadeó despacio, permitiendo que la extraña oscuridad se apartara lentamente. Lo primero que vio fue la pared de piedra frente a él, cubierta por pergaminos escritos con trazos de kanjis que no alcanzaba a comprender.

- ¿El templo Kagura? - murmuró. Se volvió, su mejilla rozando el cabello de la joven que aún lo abrazaba. Apartó a Yuki despacio, sosteniéndola de los hombros, frente a él. Se tomó varios segundos para simplemente observarla, sin poder creer que realmente estaba allí con él, pero luego preguntó, volviendo a la realidad: - ¿Por qué estamos aquí? - Y después, más firmemente: - ¿Qué ha sucedido?

- Kyo... tus ojos...

Al instante el joven cerró los párpados, apartando su rostro.

- Kyo... - repitió Yuki, acariciando su mejilla, tratando de obligarlo a darle la cara de nuevo -. Kyo... ¿qué... tienen tus ojos...?

- Déjame - siseó Kyo, apartándose otra vez. Se sentía humillado al saber que Yuki lo veía así, tan confundido; no quería darle explicaciones, y ella tampoco estaba dando ninguna -. Respóndeme - dijo él, por última vez, y como ella no lo hiciera, terminó por apartarla, suavemente, y ponerse de pie, apoyándose en la pared de piedra. La joven se paró con él, tomándolo del brazo, como si estuviera asustada.

- Ellos quieren liberar a Orochi - dijo Yuki en un susurro, su expresión angustiada -. Por eso nos trajeron aquí.

- ¿Quiénes "ellos"? - preguntó Kyo, pero en ese momento vio algunas figuras entrando a la cueva. No pudo hacer nada cuando alguien apartó a su novia bruscamente y Yuki cayó con un agudo grito al suelo.

- Nosotras, Kusanagi... - respondió una mujer con voz suave y contenida. A medida que hablaba, se fue acercando más y más a Kyo, que no podía recordar dónde la había visto antes... y por qué le resultaba tan familiar su presencia.

- Kushinada Setsuna desu - susurró la joven, apoyando sus manos blancas y de largas uñas en el pecho de Kyo -. Yoroshiku onegai shimasu... {Encantada de conocerte...}

Kyo sintió un poder increíble fluyendo de ella, llenando su cuerpo ante ese leve contacto. Entreabrió los labios en un respiro entrecortado, mientras Setsuna lo empujaba hacia atrás hasta que su espalda tocó la pared de la cueva. ¿Kushinada? ¿De la misma familia que Yuki? ¿Por qué los Kushinada tenían intenciones de liberar al dios que casi había acabado con su clan?

- Soy... - continuó susurrando Setsuna, sus ojos grises observando fijamente los de Kyo -, alguien que podría salvar tu vida...

Kyo gimió cuando, junto con sus palabras, ella envió una poderosa descarga de ki hacia él.

Kyo sintió cómo una de las manos de la mujer acariciaba su mejilla. Vio su rostro, hermoso y sonriente, muy cerca del suyo, enmarcado en el largo cabello ondulado. Sus ojos grises observándolo sin rencor, pero sí llenos de satisfacción.

- Ah - sonrió de pronto Setsuna, apartándose -. Ya llega nuestra anfitriona.

Kyo sintió claramente la presencia de Kagura Chizuru en ese lugar. Ya había reconocido la cueva donde Orochi había sido sellado. Vio siluetas de personas, varias, moviéndose entre las sombras, pero no había podido alcanzar a reconocerlas. Sin embargo, tenía muy claro que estaba en desventaja. La extraña energía de Setsuna parecía estar dentro de él, pero no comprendía por qué. ¿Era acaso que los Yagami no eran los únicos que podían hacer algo para contrarrestar al Henka?

La voz de Chizuru se oyó, clara y calmada, antes de que la sacerdotisa apareciera en la entrada de la cueva:

- ¿Por qué haces esto, Setsuna...? ¿No te das cuenta...?

La otra joven la interrumpió.

- Me doy cuenta, ¡claro que lo hago! - dijo, su voz ganando intensidad -. Me doy cuenta perfectamente de que éste es el momento para que mi señor Orochi vuelva a la vida.

- ¿Pero acaso no entiendes...? - intentó refutar Chizuru. Era sólo una figura en la entrada de la cámara de Orochi. Se había deshecho fácilmente de los hombres de Setsuna allá afuera, y ahora estaba sola, arriesgándose nuevamente, intentado hacer razonar a la mujer.

Sus ojos oscuros vieron a Kyo a la derecha, el joven parecía confundido, y pronto se dio cuenta de por qué. No estaba vivo. Estaba rodeado por la energía de Setsuna, como si fuera ella quien lo mantuviera allí consciente. Afortunadamente, la joven no era lo suficientemente fuerte como para tener control total del Kusanagi, pero de todos modos... Chizuru apartó la mirada, y vio que Yuki, aquella dulce niña a quien habían protegido a toda costa durante la previa batalla contra Orochi, la observaba con ojos fríos y una sonrisa burlona. Kushinada Yuki, Kushinada Setsuna, hermanas con su vida totalmente dedicada a la serpiente legendaria. Era algo increíble. Algo que jamás hubiera imaginado.

Detrás de ellas, al fondo de la cueva, Kusanagi Souji observaba todo con brazos cruzados y aire de superioridad. Estaba allí como mero espectador, porque no tenía nada que ver en un asunto que involucraba a su primo menor. Lo único que quería era asegurarse de que Setsuna cumpliera su parte del trato y no permitiera que Orochi acabara con él. Kyo estaba allí para eso. Era de él quien el dios debía vengarse. ¿Acaso no había dado el golpe mortal a su anterior encarnación?

Al lado del nuevo líder del clan Kusanagi, K' también observaba. Él, menos que nadie, tenía por qué estar allí. Chizuru sintió una rabia fría al verlos tan indiferentes, como si no les importara en lo más mínimo el que un dios maligno estuviese a punto de despertar.

Estaban sólo ellos. Pero era suficiente para Setsuna; Kagura, Kusanagi y Kushinada.

Pasos resonaron en el lugar, los hombres de la líder Kushinada aparecieron en la entrada de la cámara, apuntando con sus armas automáticas a Chizuru, que les daba la espalda. La sacerdotisa no pareció inmutarse, sólo desvió su mirada, para posarla fijamente en los ojos grises de Setsuna.

- Ellos no tienen por qué estar aquí - dijo claramente, con voz alta y firme, haciendo un gesto que señaló a Souji y K'. Los dos jóvenes, al verse involucrados en los rencores personales, parecieron querer protestar, pero Setsuna se volvió hacia ellos con un infantil gesto sorprendido, que hizo volar algunos mechones de su cabello.

- Ah, tienes razón - sonrió ella, maliciosa, mirando a Souji, y luego al otro joven -. Kyo ya está bien, no los necesito a ellos.

- No lo hagas - se apresuró a decir Chizuru, suponiendo que Setsuna ordenaría matarlos -. No tienen asuntos contigo, no saben nada, déjalos ir.

- ¿Ir? - repitió la otra joven, aún con su gesto infantil y burlón.

- Déjalos. Ir.

Chizuru extendió sus manos hacia los dos jóvenes, y de pronto, antes de que Setsuna o alguno de sus hombres pudiera reaccionar, un brillo brotó de ellos, envolviéndolos, haciéndolos desaparecer en un haz de luz. Setsuna no hizo movimiento, pero rió para si, como si no pudiera creer lo que veía.

- Eres una tonta, desperdiciar energía salvándolos a ellos...

- Y mírate a ti, luchando por una causa perdida desde hace siglos...

Ambas se miraron con odio. Setsuna nunca dejó de observar los ojos oscuros y aparentemente serenos de Chizuru, mientras empezaba a dar unos pasos hacia su hermana menor, que sólo esperaba, de pie a pocos metros de Kyo, que la observaba.

- Yuki... - pronunció suavemente Setsuna.

- Hai, oneesama? {¿Sí, hermana?} - fue la automática respuesta.

- ¿Kyo te ama? - sonrió Setsuna.

- Sí, me ama...

Chizuru apartó su mirada hacia Kyo, vio que el joven había cerrado los ojos, apoyando una mano en el muro, como si no pudiera soportar más el estar de pie. Lo que Setsuna hacía era demasiado cruel...

- ¿Y tú lo amas?

Un leve titubeo, de parte de la menor de las Kushinada.

- No... Yo no lo amo.

Setsuna rió. Kyo no dijo nada, no hizo ningún movimiento.

- Entonces, dile por qué estuviste con él todo este tiempo.

- Porque tú me lo ordenaste.

- Ya basta - quiso interrumpir Chizuru.

- ¡No he terminado! - exclamó Setsuna, lanzándole una mirada furiosa. - ¿Y por qué te lo ordené, Yuki? - prosiguió, haciendo caso omiso a la expresión de la sacerdotisa.

- Porque necesitabas a alguien que estuviera cerca del futuro líder de los Kusanagi, para saber en qué momento era prudente atacar. - Yuki respondía con la vista al frente, pero sin mirar a nadie en especial. Su expresión era de satisfacción, como si le gustara seguirle el juego a su hermana mayor.

- ¿Qué piensas de Kyo? - terminó Setsuna, y Yuki rió levemente.

- Es un idiota, todos los Kusanagi lo son.

- ¡Es suficiente! - exclamó Chizuru. Ella misma no podía creer lo que estaba sucediendo ante sus ojos. Setsuna, su enemiga de siempre, era una Kushinada. El clan que había estado del lado de Orochi, miles de años atrás, ¡habían sido ellas! ¡Y los Kagura, y Kusanagi, y Yagami, habían arriesgado sus vidas para intentar "protegerlas"! ¿Cómo había sido posible que ese clan sobreviviera a través de los siglos, en completo secreto, convirtiéndose en personas tan cercanas a ellos, y al mismo tiempo, manteniendo su deseo de venganza?

Escuchó un "click" a su espalda. Un arma al ser cargada. Frente a ella veía la sonrisa de Setsuna mientras pronunciaba:

- Es tu presencia la que mantiene el sello intacto, ne, Chizuru? Por eso de nada sirvió enviar a nuestra hermana menor para retirar todos los pergaminos y los hechizos. El poder reside solamente en ti. En ti, y no en esos papeles inservibles y viejos...

Chizuru no pudo evitar sonreír con amargura.

- Aunque me mates, no podrás romper el sello.

- Oh, sí podré, te lo aseguro - Setsuna le devolvió la sonrisa -. Adiós, Chizuru. Fue desagradable tener que volver a verte.

Y, con un gesto, Setsuna dio la orden de disparar.

Silencio.

Chizuru abrió los ojos, que había cerrado inconscientemente, esperando sentir el impacto de la bala atravesando su espalda. Se volvió, sorprendida, y se encontró frente a frente con el rostro del hombre que la había apuntado. Vio sus ojos totalmente abiertos, sus labios en una mueca silenciosa de dolor, y saltó hacia atrás, comprendiendo. Cayó junto a Kyo, y lo obligó a retroceder, porque en ese momento, el cuerpo del hombre estalló en una explosión púrpura, que envió sangre a todos los rincones de la cueva, ensuciando el traje de Setsuna y el de Yuki, cayendo sobre la enorme roca en donde Orochi había sido sellado. La llamarada se apagó, consumiendo los restos casi insignificantes de lo que una vez había sido un hombre.

- Yagami... - susurró Kyo, sintiendo claramente la presencia del pelirrojo en el lugar.

- Sí, Yagami, la pieza que faltaba - sonrió Setsuna ampliamente, sin preocuparse por la sangre que había caído sobre ella.

De las sombras surgió el pelirrojo. Tenía un aspecto tan diferente a lo que las Kushinada habían esperado ver, que ambas no pudieron evitar retroceder unos pasos.

Los ojos de Iori estaban encendidos, brillantes, su rostro chorreaba sangre, de todos los hombres que había matado en el exterior. Toda su ropa, la camisa blanca, los pantalones rojos, estaban impregnados de muerte. Sus manos, como garras, también goteaban, dejando un rastro de sangre a medida que entraba en la cueva. Cuando observó a las dos mujeres, ellas se dieron cuenta que no parecía estar actuando racionalmente. Oyeron un rugido inhumano brotando de su garganta, antes de tener que saltar para esquivar una oleada de fuego púrpura que se estrelló contra la roca sagrada, haciéndola temblar. Chizuru apartó a Kyo de nuevo. Yagami ni siquiera se había detenido a mirarla a ella, o al joven Kusanagi. Iori parecía estar totalmente fuera de control.

- Eso es... ayúdame, con tu poder, a liberar a nuestro señor Orochi - dijo Setsuna, levantándose, y abriendo los brazos como si invitara a Iori a abrazarla.

El pelirrojo se detuvo un momento, y ella continuó, dirigiéndose a Chizuru y Kyo también:

- Nuestra antepasada de hace mil años era una carnada - dijo suavemente -. Para que ustedes, Yatta {Kagura}, Kusanagi y Yasakani {Yagami}, fueran destruidos de una buena vez... - El tono de Setsuna empezó a cambiar -. Pero todo salió mal, porque el poder fue demasiado para nuestro dios. Ustedes creyeron que hacían una gran acción al salvarnos... - la joven rió, con maldad y un dejo de ironía -. Y nos protegieron a lo largo de TANTOS años... Durante siglos y siglos, nuestra familia tuvo que soportar vivir en secreto, haciéndose las víctimas inocentes ante el dios maligno... Pero ya no más. - Setsuna le hizo un gesto a Yuki, que se acercó. - Tan inocentes, todos ustedes, tan buenos y nobles... Nunca se dieron cuenta de que las Kushinada les tendían una trampa...

- That's why you're all trapped down here... {Por eso están atrapados aquí...} - intervino una voz suave. Iori pareció reaccionar de golpe al oírla; no pudo evitar volverse. No podía ser...

- Tsukiyo... - susurró el pelirrojo. Su aspecto descontrolado desapareció cuando sus ojos se posaron en la figura de la muchacha que entraba a la cueva.

La rubia sonrió desde la entrada, avanzando hacia ellos, pasando por su lado sin volverse, yendo directamente hacia Setsuna, hacia su hermana.

- Es el final, Iori... - sonrió débilmente la recién llegada -. No intenten resistirse. Somos sólo nosotras tres, y ustedes tres. Por nuestro señor Orochi.

- Kisamara... {Malditas...} - gruñó el pelirrojo, sonriendo con maldad. ¿Acaso creía que no era capaz de matarla? Estaba totalmente equivocada... ¡ahora eso era todo en lo que podía pensar! Destrozar a Tsukiyo y sus malditas hermanas, con sus manos desnudas, utilizando el poder que "su señor Orochi" le había dado.

- Fue fácil engañar a tu clan, Yagami - sonrió Setsuna -. Fue extremadamente fácil convertirlos en los eternos siervos de Orochi. Los Kusanagi se resistieron, y los Kagura no tenían remedio. Pero basta con tu familia, ¿verdad? Ahora, el sacrificio no será una Kushinada, sino todos ustedes. Bastará con sus muertes, para que mi señor despierte.

Iori lanzó una risa seca.

- ¿Y cómo piensas lograr eso? - gruñó entre dientes. Nadie lo iba a matar a él para despertar a ningún maldito dios.

- Ah, claro, llegaste tarde y no oíste la historia completa - murmuró Setsuna -. La vida del Kusanagi está en mis manos.

Él no demostró estar afectado por esas palabras. Ya había perdido a Kyo una vez. Sabía que podía soportarlo, y no permitiría que eso fuera una desventaja. O, al menos, no lo demostraría.

- ¿Y? - sonrió. Setsuna pareció algo confundida. ¿Acaso no había visto el dolor en los ojos de Iori cuando ella se llevó a Kyo? ¿No lo había visto sufrir por su muerte?

El silencio cayó sobre ellos. Finalmente, Iori se atrevió a desviar su mirada hacia el joven Kusanagi. Vio su cabello desordenado, sus ojos escarlata observándolo fijamente, y... sintió un enorme alivio al verlo respirando, protegido por Chizuru.

No pudo pensar nada más, porque en ese momento, una luz los cegó a todos. El símbolo de Orochi resplandeciendo en el aire, convirtiendo la cueva sagrada en un doloroso vacío blanco. Oyó una maldición de parte de Setsuna y luego, el silencio.

* * *

Continúa...

[ Capítulo 33: Reencuentros ]

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Shades of Flames and Passion
Noviembre, 2002