Fanfic por MiauNeko
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Créditos del proof-reading a Artemis

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 37.- De Nuevo en la Penumbra

- Kyo...

Iori se detuvo en seco al llegar a la habitación 306. Interiormente maldecía el haberse apartado del lado de Kyo durante esos minutos, y también el no haber podido deshacerse de los hombres que lo atacaron en el exterior con suficiente rapidez. Todos habían sido unos perfectos imbéciles al pensar que con estar en el hospital ya estaban a salvo de esa desquiciada mujer... Ahora asumían las consecuencias de su ingenuidad.

- Kyo... - volvió a llamar, entrado finalmente y pasando por entre los cuerpos que yacían en el suelo.

Ahora el joven estaba de pie ante la ventana quebrada, dándole la espalda. El viento acariciaba su cabello, ondulándolo suavemente. No se movió cuando lo llamó, y fue sólo al acercársele que Iori notó la razón. A su lado, en el suelo, yacían sus dos ninjas. La rubia estaba contra el rincón, cubierta por una sábana blanca, sus ojos cerrados y sus labios entreabiertos, como si durmiera. Restos desgarrados de la bata del hospital estaban por todas partes. Y, con la espalda apoyada en la pared, estaba Syo. Tenía la cabeza baja, los ojos entrecerrados y vidriosos. Parecía esperar. Esperar simplemente. La sangre roja y espesa brotaba libremente de una herida entre su hombro y su cuello. No se detenía, había manchado sus ropas, el suelo. Todo estaba lleno de huellas de unas manos que se habían ensuciado con esa sangre. Un par de líneas rojas en su mejilla, el rastro de una caricia. Salpicando también sus manos, que se veían relajadas, como si fuera cuestión de tiempo estar bien.

El pelirrojo no llamó a Kyo por tercera vez. Sólo tocó su hombro suavemente, obligándolo a volverse. Se encontró con su rostro desolado, las lágrimas rojas, que no quería volver a ver, corriendo por sus mejillas, empañando sus ojos. No dijeron nada, pero lentamente Kyo comenzó a inclinarse hacia adelante, hasta que su frente tocó el hombro de Iori. Sus manos se apoyaron en el pelirrojo también, en completo silencio. Iori titubeó, pero terminó acariciando el desordenado cabello castaño. Sintió los escalofríos de Kyo, las suaves convulsiones recorriéndolo.

- Pensé que te habían matado a ti también... - susurró Kyo, mientras pasos y voces confusas empezaban a llenar la habitación. Pronto estuvieron rodeados de médicos y enfermeras, atendiendo a los heridos y haciéndose cargo de los muertos, mientras alguien decía que meterían a los culpables a la cárcel, y que ellos deberían pagar todos los destrozos del hospital.

Los medios de comunicación no tardarían en llegar, y la decisión de llevar a esos misteriosos jóvenes a un lugar más privado fue unánime. Así, Iori se encontró siguiendo a un grupo de doctores, con Kyo a su lado, sintiéndose fuera de lugar, y a la vez extrañamente "vivo". Los hechos que ocurrían a su alrededor, involucraban a Kyo, y lo involucraban a él. No era cosa de hundir las manos en los bolsillos y desaparecer. Por primera vez sentía que tenía una responsabilidad con el joven Kusanagi, al menos hasta que toda esa agitación por el ataque terminara.

* * *

El pelirrojo esperaba con las piernas cruzadas, sentado a solas en la pequeña sala de estar de esa habitación en que los habían ocultado de la prensa. Una puerta lo separaba de Kyo, que estaba con Syo y Alex. Encendió un cigarrillo para hacer más llevadera la espera, mientras se perdía en sus propios pensamientos.

Habían sedado a Alex, le había dicho Kyo. Ahora debía esperar a que despertara, si es que lo hacía, para saber cómo estaba. Pero mientras, Kyo estaba sentado al lado de la cama donde yacía Syo. El joven de ojos ámbar estaba consciente. Consciente de la gravedad de su herida, de la muerte tan cercana, y del dolor. Pero a pesar de eso, todo lo que podía hacer era observar el rostro de Kyo tan cerca suyo.

Kyo sostenía su mano, sus ojos entrecerrados y su expresión tranquila. Syo no se cansaba de observarlo. Quería decirle algo, pero no sabía qué. Pensaba que debía consolar a Kyo, pero él no parecía preocupado. Acarició la mejilla de su amo apenas tuvo la oportunidad, y vio que la expresión de Kyo cambiaba a una de pesar. No retiró su mano, continuó acariciándolo despacio, como nunca antes había hecho. Se sentía tenso, torpe, toda su precisión de ninja desapareciendo ante ese cálido contacto. No hablaban, pero Kyo inclinó su cabeza, apoyándola en la mano de Syo, obligándolo a tocar su cabello, a pasar sus dedos por entre los suaves mechones, hasta finalmente atraerlo hacia la cama.

La cabeza de Kyo quedó apoyada en su pecho, contra su corazón.

Era todo lo que Syo podía haber deseado, ese momento de tranquilidad con Kyo. No era perfecto, las condiciones en que se daba eran demasiado extremas. Lo habían herido por haberse distraído al ver a Alex... desnuda... El insoportable ninja... una mujer. Y por su culpa había recibido ese maldito disparo casi en su cuello, desgarrando los músculos de su hombro derecho. Una mujer, demonios. Una joven que ahora yacía en la cama contigua, inconsciente.

- A veces los sobreestimo - murmuró Kyo de improviso -. A pesar de todo... es como si no pudiera imaginar que alguien sería capaz de herirte, o de herir a Alex...

- O a usted - sonrió Syo levemente. Kyo asintió, con una leve sonrisa también -. Pero para eso estamos... - agregó el joven ninja -. Mi vida... por usted.

No lo negaba, nunca lo había hecho. Para Syo era fácil aceptar que dedicaba su vida a proteger a los Kusanagi porque eran la familia a la cual Kyo pertenecía. Quizás alguien con el temperamento de Alex lo negara por orgullo, pero para él, el orgullo era el puesto que tenía al lado de Kyo-sama, y poder servirlo bien.

- Sumanai {Lo siento} - susurró Kyo, ocultando su rostro contra las sábanas.

- Doushite desu ka {¿Por qué?}, Kyo-sama - respondió Syo, extrañado.

- Llegar a esto... por mí. Desperdiciar tu vida... - Kyo nunca lo había pensado de ese modo. Sus ninjas estaban allí para servirlo. Después de todo, él era como todo el resto de Kusanagi, un maldito desconsiderando viviendo en un mundo dándose demasiada importancia. Syo vivía para servirlo, y él nunca se había molestado en cuestionarlo. Ahora, pensar en la simplicidad de sus palabras cuando aceptaba que vivía para él, lo confundía. Syo le sonrió débilmente.

- Pero es como quiero vivir - dijo -. Me gusta.

Aquello le recordó la primera noche con Iori, cuando le preguntó por qué desperdiciaba su vida siguiéndolo y enfrentándose a él, en vez de ir a hacer otras cosas más importantes.

¿Quién te ha dicho a ti que eso es una pérdida de tiempo? Ésas habían sido las palabras de Iori. Y Syo parecía decir lo mismo.

Kyo sintió que el ninja se incorporaba, con algo de esfuerzo. Quiso detenerlo, pero Syo fue más rápido, en un momento ya estaba sentado observando a su cabizbajo amo. Sentía un insoportable deseo de abrazarlo, con todas sus fuerzas. Kyo se veía muy confundido. Todo lo que había pasado esos días estaba yendo más allá de un límite racional. Si Kyo no hubiera querido salir de la mansión Kusanagi, las cosas hubieran terminado sin que las personas a su alrededor se vieran involucradas. Syo aún recordaba la ardiente sensación en su pecho al saber que en sus ropas había ocultado el veneno con que debía matar a Kyo, por orden de Souji. En esos días, pese a no haber pasado más de una semana, él había llegado a dudar entre su obediencia a las órdenes de los superiores del clan, y la fidelidad a Kyo. Ahora, mientras lo observaba sentado en la silla, junto a la cama, sus brazos apoyados entre las sábanas y su mirada baja y perdida, le parecía imposible pensar en que había tenido la vida de Kyo en sus manos.

¿Cómo acabar con él? ¿Cómo atreverse a pensarlo siquiera?

Un doctor entró en ese momento, cerrando la puerta tras de sí casi sin hacer sonido. Llevaba en su mano una tablilla con papeles y la miraba fijamente, leyendo con atención. Syo lo observó hasta que finalmente el doctor levantó la mirada. Sí, era el mismo hombre que había atendido a Alex.

El médico observó a la rubia un segundo, antes de dirigirse hacia Syo y Kyo, que lentamente se había puesto de pie, una de sus manos aun apoyada en la cama, cubierta a medias por la de Syo. Examinó a ambos jóvenes con una mirada amable y cálida. Conocía al que estaba herido, él era el muchacho de extraños ojos ámbar que se había hecho pasar por Kusanagi...

- Kusanagi-san - dijo el doctor, con una ligera inclinación. Kyo no se movió, solamente lo observó con cansados ojos escarlata -. Vine a informarle del estado de sus... amigos - continuó, sin saber exactamente qué eran esos dos heridos con respecto a Kyo. Ciertamente eran un grupo extraño. - Están fuera de peligro de muerte, y eso ya es un alivio - comentó el doctor luego -. Hay que esperar que Gaunier-san despierte para poder ver el estado en que se encuentra... - se detuvo, haciendo una pausa antes de continuar. - Los detalles de este ataque ya fueron reportados a las autoridades; el grupo de hombres que entró, todas las personas involucradas ya han sido investigadas - explicó lentamente, pero con tranquilidad, como si quisiera darles a entender que no debían preocuparse. - Kusanagi Souji-san los reconoció, a todos ustedes.

- ¿Souji? - repitió Kyo. ¿Por qué su estúpido primo se involucraba de nuevo en esto? ¿Qué quería ahora? Ya tenía al clan Kusanagi en sus manos, ¿por qué continuar?

El doctor asintió de nuevo.

- Dijo que... debíamos entregarlos a la policía - murmuró en voz muy baja y pensativa, sin observarlos, como si examinara los papeles que llevaba en sus manos.

Kyo sonrió. Syo no dijo nada, la conversación no era con él, sino con su amo.

- Pero no lo va a hacer - dijo Kyo, firmemente. El doctor continuó sin mirarlo.

- Su amiga está inconsciente, Fujimiya-san está herido, y usted...

Hubo un segundo de silencio, hasta que finalmente el hombre miró a Kyo directamente a los ojos.

El médico no comprendía del todo qué sucedía. Realmente era un caso extraño. Un Kusanagi y sus ninjas, siendo acusados por la propia familia Kusanagi, sin razón y sin sentido. Era ridículo enviar a esos jóvenes a la policía en el estado en que se encontraban, y sabiendo que no habían sido ellos los culpables del ataque, sino las víctimas.

Los muertos eran numerosos, sí, ¿pero acaso no lo habían hecho para defenderse? Quizás suficiente dinero mantendría sus expedientes en lo más recóndito de los archivos de la policía. Era curioso, ese deseo que sentía por protegerlos, pensó el doctor. No conocía de ellos nada salvo sus apellidos. Nadie le aseguraba que no fueran culpables, pero en ese momento tenía la fuerte impresión de que hacía lo correcto.

* * *

- ¿Por qué no ha muerto? - murmuró Souji, escondiendo su rostro entre sus manos, en un gesto de evidente desesperación. Se quedó quieto largo rato, pero pronto sus hombros comenzaron a sacudirse, mientras su risa comenzaba a ganar intensidad. - ¿Por qué demonios ese bastardo no se va al infierno de una maldita vez?

Su voz resonó en las paredes de la oficina, mientras dos pares de ojos lo observaban indiferentes.

- Tú y tus estupideces... - fue todo lo que dijo el joven de cabello gris, y traje de cuero negro, mientras echaba a andar hacia la puerta, seguido por su alto y fornido compañero. Ya habían tenido suficiente. Acudieron a esa mansión Kusanagi buscando respuestas al súbito malestar que sentía K', y se habían visto envueltos en un asunto que no les interesaba ni podían comprender. ¿Despertar a Orochi? ¿Para qué? ¿Para qué necesitaban despertar a un dios en una época en que la tecnología lo podía todo? Y, así, habían sido llevados a un templo, transportados a un lugar remoto de la ciudad en sólo una fracción de segundos, ido de aquí para allá, sin conseguir ni una miserable respuesta -. Nos vamos - terminó el joven, abriendo la puerta y saliendo. Souji los observó en silencio. Que se fueran, no necesitaba a esos inútiles. Ya no debía temer por su seguridad porque era evidente que Orochi no despertaría. Kyo... Rió para sí, Kyo no podía hacer nada, ¡nada salvo esperar y morir!

Pero que lo hiciera de una vez, maldito fuera... Sólo así tendría la seguridad de que el clan era completamente suyo, para siempre.

* * *

Ahora Syo dormía. Kyo había tenido que ordenarle descansar para que finalmente el ninja aceptara acostarse en la cama y cerrar los ojos. Estaba herido, pero no parecía importarle en lo más mínimo. Era como si temiera que algo malo sucediera mientras dormía.

- ¿Qué más puede pasar? - había murmurado Kyo, ligeramente divertido ante la negativa de Syo, que no pretendía desatenderlo. Parecía un niño al que lo mandaban a dormir demasiado temprano y se negaba caprichosamente. Kyo esperó un momento, escuchando como Syo murmuraba un "hai" por lo bajo y se cubría despacio con las sábanas. Se acercó a su cama, hasta que sus manos rozaron los dedos del ninja. - No te atrevas a engañarme - susurró Kyo, observando que Syo mantenía los párpados entreabiertos -. Cierra los ojos y duerme.

Toda la respuesta que oyó fue un suave "hn", casi molesto. Pero no había nada que Syo pudiera hacer contra una orden directa de su amo, así que obedeció, y pronto todo lo que Kyo oyó fue su respiración calmada y pausada.

Sabía que Syo tenía muchas cosas que preguntar, incluso aunque su costumbre debía ser no importunar a sus amos con preguntas o natural curiosidad, Kyo sentía que le debía una explicación. Desde que todo comenzó Syo había estado cerca, siempre ayudando, pero sabiendo verdades a medias. Ni siquiera era su deber estar allí. ¿Acaso no servía a los líderes del clan? ¿No era Alex su reemplazo?

* * *

Pasaron unos tranquilos minutos hasta que Kyo oyó que alguien entraba. Levantó levemente la cabeza para encontrarse con el mismo doctor de amables ojos grises de hacía unos minutos. El médico posó mano gentil en el hombro de Kyo, indicándole que debía ir con él.

- Tenemos un problema afuera, Kusanagi-san - dijo, con voz calma -. Yagami-san está...

No necesitó continuar, un estruendo en el exterior fue lo suficientemente obvio para indicar que el pelirrojo estaba siendo molestado, y que su reacción había sido bastante natural en él: golpes.

El doctor hizo un gesto hacia la puerta.

- ¿Qué está pasando? - murmuró Kyo.

- Un simple interrogatorio... - fue la respuesta sosegada del doctor. Parecía que él estaba muy tranquilo ante lo que sucedía. Kyo no entendía. - Sólo cálmelo y muéstrese calmado. Aquí ustedes son las víctimas, no los asesinos. Si ese joven se descontrola, no voy a poder hacer nada para ayudarlos, ¿comprende?

- ¿Por qué hace esto...? - murmuró Kyo nuevamente, volviéndose hacia el doctor. El hombre sonrió, su rostro adoptando una tierna expresión al mirar a Kyo.

- Kusanagi Saisyu-san me puso al tanto de lo que sucedió - dijo, en voz baja -, y yo le debo un favor, es todo.

- ¿A mi padre...? - repitió Kyo, sorprendido, no sólo porque el doctor parecía estar muy al tanto de los miembros de su familia, sino también porque en toda esa semana no había pensado que su padre aún se preocupara por él.

- Yagami-san tenía sus ropas bañadas en sangre - dijo el doctor ignorando la mirada curiosa del joven, mientras llevaba a Kyo a través de la sala de espera, en dirección a una pequeña habitación cuya puerta estaba bloqueada por un grupo de curiosos. No todos los días había tanta acción en ese hospital y tal parecía que nadie se lo quería perder: primero una joven herida, nada fuera de lo común, luego un ataque armado dentro de la habitación de esa misma joven, ahora un tipo peleando con los detectives que habían querido interrogarlo acerca de todo lo que acababa de suceder allí -. Eso es suficiente para que se convierta en el principal sospechoso, y su actitud violenta no ayudará en nada. Sólo calme a Yagami-san.

Kyo escuchó el rumor de los cuchicheos de la muchedumbre a su espalda cuando el doctor lo hizo entrar en esa habitación. Lo primero que sintió fue el aire frío proveniente de ventanas abiertas. Luego vio a un hombre que amenazaba con palabras rápidas y secas a Iori. En su mano sostenía un arma automática que no dejaba de apuntar al pelirrojo.

- Yagami - dijo Kyo suavemente.

- ¡Aléjense de él, es peligroso! - exclamó uno de los detectives. Eran tres en total, vestidos con similares trajes azul marino. Uno estaba sentado en el suelo, sujetándose el brazo, mientras otro lo sostenía. El tercero era quien sostenía el arma, a sólo centímetros de Iori. El joven Kusanagi estuvo a punto de reír, burlón. ¿Yagami peligroso? Esos hombres no sabían nada.

El doctor lo dejó ir hacia el pelirrojo, y luego retrocedió hacia la puerta, diciendo en voz alta y clara:

- Les dije que lo dejaran en paz, es demasiado pronto para un interrogatorio.

Iori dejó de prestar atención a los hombres que comenzaron a discutir entre ellos, y fijó su mirada en Kyo, que avanzaba despacio hacia él. Se observaron a los ojos largo rato, sin decir nada, en medio de esa habitación que se utilizaba como depósito. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y el viento helado de invierno se filtraba a través de delgadas cortinas blancas, desordenando sus cabellos y haciéndolos estremecerse.

Kyo fue quien apartó la mirada primero, dirigiéndose hacia el viejo sillón de cuero sintético que estaba a su lado. Se sentó allí, y luego recorrió a Iori con la mirada. Comprendía por qué los detectives se habían ensañado con él.

Iori bajó la vista, siguiendo la mirada de Kyo. Su camisa negra estaba totalmente manchada, debido a la sangre de todos aquellos que había matado en el templo Kagura. En sus dedos y sus uñas aún sentía el olor a muerte impregnado en la sangre seca.

A diferencia de él, alguien le había prestado una camisa limpia a Kyo, notó. Sintió el súbito deseo de sujetarlo y atraerlo hacia sí, pero los detectives los observaban fijamente también. El doctor continuaba su discusión, alegando que ellos estaban demasiado afectados por la situación como para ser presionados en un interrogatorio. Para los detectives Iori ciertamente no parecía estar "afectado". Si hubiera sido cosa de ellos, el pelirrojo ya estaría tras las rejas. Su sola mirada enviaba escalofríos por las espaldas de los tres hombres, parecía como si los amenazara de muerte al observarlos así.

Finalmente cedieron. Obedecieron cuando el doctor les señaló la puerta, pero aseguraron que volverían hasta obtener las respuestas, porque era parte del procedimiento. Luego de que ellos salieron, el doctor cerró la puerta en las narices de los curiosos y se volvió hacia Iori y Kyo.

- Arreglaré todo para que salgan de aquí - dijo en voz confidente, sentándose en el sofá también. Iori lo observaba inexpresivo. Kyo asintió. El doctor continuó hablando, llevándose una mano a los anteojos que usaba para retirarlos lentamente y frotar sus ojos grises con gesto cansado. - Saisyu-san me comunicó que su clan está manipulando a la policía. Han ordenado que no los dejen ir, y también han enviado a algunos hombres para averiguar lo que sucedió en templo... no recuerdo el nombre...

- Kagura - dijo Kyo. El médico asintió.

- Y aunque no encontraran evidencias, tal parece que su familia ha tenido las influencias suficientes como para ordenar que, culpables o no, sean capturados. - Hizo una pausa, parecía meditar en el mejor modo de sacarlos de allí sin atraer la atención de los medios de comunicación que ya rodeaban la zona, y de los policías que vigilaban cada piso y cada sector del hospital.

- ¿Quién es usted? - preguntó Kyo, rompiendo el silencio. Sus ojos se volvieron a encontrar con los del doctor. Había algo familiar en esa mirada.

- Se lo dije - sonrió el doctor -, un amigo de su padre.

Antes de que Kyo preguntara nada más, el médico se puso de pie.

- Pensaré algo para que puedan irse esta misma noche, ustedes y sus compañeros - dijo -. Mientas tanto, quisiera que descansaran. - A medida que hablaba se acercó a un armario, semi oculto entre las mesas y sillas que yacían apiladas en el fondo de la habitación, y sacó un par de gastadas frazadas, que dejó en el sillón junto a Kyo. Luego se dirigió a las ventanas abiertas, y disfrutó del paisaje invernal que éstas le ofrecían.

Podía ver el estacionamiento del hospital, repleto de vehículos de la prensa y patrullas de policías. Recordó vagamente una situación parecida, hacía años, casi olvidada en sus recuerdos. Él había estado rodeado por vehículos muy similares a esos, y un tal Kusanagi había aparecido diciendo ser testigo de lo que había sucedido. Él no había matado a nadie, había sido un accidente. Pero... ¡claro que lo había hecho, había matado a sangre fría! Y este Kusanagi salido de quién sabía dónde le había ahorrado años de cárcel con sólo una declaración falsa a su favor.

"¿Por qué hiciste eso?," le había preguntado él al joven de cabello negro, mientras ambos salían de la estación de policía caminando con aire despreocupado.

"Ese tipo era un yakuza," fue la respuesta, acompañada de una leve sonrisa. "Mi clan también andaba tras él..."

"¿Clan?," había repetido, confundido.

"Mi nombre es Kusanagi Saisyu," oyó que se presentaba el joven. "No te metas en más problemas, Yagami."

El doctor volvió de golpe a la realidad. Sí, así había conocido a Saisyu... pero nunca había comprendido cómo supo que él pertenecía, de manera lejana, a la familia Yagami. Y qué extraña coincidencia hacía que ahora el destino de los descendientes de ambos clanes estuviera en sus manos. Pero ellos no lo sabrían, nunca se enterarían. Él jamás había utilizado el apellido Yagami, y luego de aquel incidente no se sentía parte de esa familia. El joven pelirrojo que tenía frente a él era sólo una persona más entre muchas... O eso intentaba creer.

No se explicaba por qué acompañaba a Kyo, ni por qué estaba con él sin mostrar el odio natural que existía entre ambos clanes. Se encogió levemente de hombros, terminando de cerrar las ventanas para luego dejarlos a solas en esa fría habitación.

Cuando la puerta se cerró, Iori se dejó caer al lado de Kyo, que se inclinó un poco, quedando apoyado en Iori y el sillón al mismo tiempo. El pelirrojo sujetó una de las frazadas y cubrió a Kyo. Se veía cansado, y no era para menos. Las cosas estaban sucediendo a una velocidad vertiginosa a su alrededor, y no había tenido la oportunidad de reposar siquiera unos minutos.

Kyo cerró los ojos, su cabeza descansando en las piernas de Iori. Sintió que el joven Yagami posaba su mano en su frente, y acariciaba luego su cabello.

- ¿Adónde iremos? - preguntó Kyo.

- Quién sabe - murmuró Iori. Miraba a Kyo fijamente, parecía estar tan bien, como si nada hubiera sucedido, como si no hubiera muerto -. Kyo... - murmuró luego.

- ¿Uhm?

Iori apartó la mirada.

- Es bueno... tenerte de vuelta - susurró, tan bajo, que Kyo creyó estar imaginando cosas. Sin embargo rió suavemente, buscando y tomando la mano que Iori mantenía sobre su cabello. La acercó a sus labios despacio.

- Arigatou - sonrió.

* * *

Continúa...

[ Capítulo 38: Pensamientos Egoístas, Sentimientos Verdaderos ]

* * *

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Shades of Flames and Passion
Noviembre, 2002