Fanfic por MiauNeko
Créditos del beta-reading a Pekkochu
Créditos del proof-reading a Artemis

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 41.- Susurro al Olvido

El joven de ojos ámbar se permitió un momento de calma para pensar antes de irrumpir en el camino de la pareja que despreocupadamente paseaba por el parque. El día no le agradaba, demasiada luz, el intenso calor del sol filtrándose por entre las frondosas copas de los altos árboles y cayendo directamente sobre él, que esperaba apoyado en uno de los troncos. Tenía los brazos cruzados, y los ojos bajos, pero esto no evitaba que los rayos dorados hicieran que sus ojos se tornaran del mismo color. Su cabello castaño caía desordenado sobre su rostro, descuidadamente. Sus ropas ya no eran un uniforme, vestía como un joven cualquiera lo haría en ese caluroso verano: jeans estrechamente ceñidos a su cuerpo, y una simple camiseta cuidadosamente desteñida y gastada. Los cuchillos que siempre llevaba estaban ocultos de un modo que nadie notaría nada a través de la tela de su ropa, pero era una precaución innecesaria. Nadie lo vería si él no lo deseaba así, y si en ese momento estaba despreocupadamente apoyado en ese árbol, en un lugar público, era porque tenía una buena razón.

La suave y cálida brisa sacudió su cabello, y también hizo revolotear una delgada cinta blanca que había tenido sujeta en su mano, y que hasta ese momento pendía dócilmente a su lado. El bordado rojo representando el fuego captó su atención, y bajó sus ojos ámbar hacia él, como si la cinta fuera un objeto que le era desconocido, algo que de pronto había aparecido en su poder sin que él supiera cómo.

Sonrió, sus ojos brillantes a la luz del sol.

Claro que sabía de dónde provenía esa delicada cinta. Jamás olvidaría el momento cuando le fue entregada. Le era casi tan preciosa como los cuchillos que siempre lo acompañaban. Ambos habían sido un regalo de Kyo-sama.

Les salió al paso súbitamente. Para él fue un simple movimiento con que atravesó el sendero del parque, desde el árbol hasta ellos, pero para la pareja fue como si alguien hubiera aparecido de la nada en menos de un segundo.

- ¡¡AHH!!

Syo sudó una gota al ver al muchacho sobresaltarse y caer sentado hacia atrás con una mueca de genuino terror en su rostro. No se esperaba esto, había pensado que lo atacaría al instante y estaba preparado para contrarrestar el ataque. Esa reacción tan estúpida lo dejó perplejo. ¿Era posible que este muchacho fuera realmente un aprendiz de Kyo-sama?

Cuando la nube de tierra que levantó el muchacho al caer se asentó, ambos cruzaron una mirada. El chico parecía furioso y ofendido, y se puso de pie de un salto para exigirle que no volviera a hacer eso nunca más, pero antes de poder abrir la boca, su pareja, la muchachita que hasta el momento no había dicho nada, exclamó:

- ¡Fujimiya-san!

Syo se volvió hacia ella entonces, sabiendo lo que vería, y temiendo sentir el agudo dolor que no había abandonado su interior durante todos esos meses. Los ojos castaños, el cabello corto cayendo sobre sus mejillas, la sincera sonrisa...

Kyo-sama...

- Kyoko, ohisashiburi... {Ha pasado el tiempo...}

Se veía diferente, sí, con esas ropas de chica moderna, de colores claros y ceñidas a su menudo cuerpo, dejando ver todo lo que desde siempre había estado oculto bajo kimonos de servidumbre. Pero, a pesar de eso, continuaba siendo sencilla. El único accesorio que denotaba algo de vanidad femenina era un dije que pendía de su cuello, contrastando con su blanca piel.

- ¿Qué está haciendo aquí, Fujimiya-san? - preguntaron Shingo, porque de él se trataba, y Kyoko, al unísono. Syo parpadeó perplejo de nuevo, pero lo ocultó rápidamente bajo una máscara de frialdad. Veía a esa pareja, tan llena de vida, ansiosa por escuchar noticias de Kyo, y todo lo que lo había estado abrumando desde hacía meses regresó con plena intensidad. Pero esto tampoco lo dejó salir, se obligó a no pensar en eso, se concentró en la mirada de Yabuki e imaginó cómo sería el verla apagarse súbitamente, cuando él le diera la noticia.

¿Cuántas veces había ocurrido? Toda su vida, desde que empezó a servir a los líderes del clan Kusanagi, había ido y venido entre las casas repartidas por todo el Japón llevando la noticia de que un miembro de alguna rama había muerto consumido en el Henka. Era una misión que le podrían haber ahorrado simplemente levantado el teléfono y comunicándolo a cada familia, pero una muerte no podía ser tomada de forma tan poco honorable, y mucho menos en ese clan que vivía rodeado de tradiciones. Él mismo había escrito los pergaminos, imitando la escritura antigua, que entregaba con la cabeza baja a uno de los líderes. A veces percibía una leve tristeza cuando alguien querido moría, pero no decía nada, no le importaba. Jamás se hubiera imaginado llevando un pergamino que tuviera el nombre de Kyo-sama escrito en él.

Y jamás lo haría, tampoco, recordó, porque Souji se había negado a aceptar a Kyo como parte del clan incluso después de que Syo en persona le anunció que había muerto. Era un traidor, le había dicho, los traidores no podían ser inscritos en las tablillas de los muertos de la familia a la que le habían vuelto la espalda. Souji había tenido pensada esa respuesta, notó, y su satisfacción al pronunciarla fue visible, tan evidente. Lo siguiente que Souji intentó hacer fue atraparlo por haberse atrevido a entrar en la que ahora era su mansión, pasando por sobre la seguridad de sus guardias, e irrumpiendo en su oficina sin autorización. Todo esto a Syo le había parecido una gran patraña, los cuchillos quemaban su piel, como si exigieran ser utilizados en contra de ese Kusanagi, pero se contuvo y salió tal como había entrado, con completo sigilo, desapareciendo de la vista de Souji e incluso tomándose el tiempo para cerrar la ventana del balcón al salir.

- ¿... nagi-san?

La voz de Yabuki lo trajo de vuelta a la realidad pero no oyó lo que le preguntó. Lo observó, su expresión anhelante por saber sobre su maestro, y sintió lástima por él. ¿Cómo tomaría lo que él venía a comunicarle?

- Antes de eso, necesito algo de ti, Yabuki - dijo en voz baja. ¿Cómo habría sido su tono de voz, se preguntó, que de pronto el rostro de Shingo cambió totalmente a una expresión sombría? ¿Había pasado por su mente una leve idea de lo que había sucedido con Kyo-sama? Sonrió interiormente. No, era imposible que ese muchacho tan optimista lo supiera.

- De... ¿de qué se trata? - murmuró Shingo, como si temiera preguntar.

- Algo que Kyo-sama te dio hace mucho tiempo...

* * *

- Iori está muy extraño... - murmuró la rubia, levantando la mirada de la revista que leía, al escuchar el estruendo de la puerta cuando el pelirrojo salió sin despedirse. Estaba en la sala, echada en el amplio sillón del remodelado departamento de Mature. Vestía solamente un largo sweater de hilo que le llegaba hasta los muslos y que dejaba al descubierto sus blancas y esbeltas piernas. Estaba descalza debido al calor. Ni siquiera las ventanas abiertas ayudaban para sacarse de encima el sofocante ambiente. El aire acondicionado parecía tener algo mal, hasta el momento no habían logrado hacerlo funcionar.

Mature solamente le dirigió una mirada silenciosa; Tsukiyo, acostada en ese sillón, con una revista en sus manos y una pierna flexionada en el aire, parecía una modelo. Los rizos rubios estaban atrapados en una alta cola de caballo, pero a pesar de eso caían a su alrededor como una cascada, enmarcando su rostro joven y resaltando sus ojos verdes.

- ¿Extraño? - repitió Mature.

Todos estaban extraños. Empezando por ella, que permitía que esta Kushinada continuara viviendo bajo su techo y llamándola "oneechan", cuando la verdadera hermana de Mature, que curiosamente también se llamaba Tsukiyo, vivía su vida tranquila del otro lado del mundo.

Mature observó con algo de lástima a la otra rubia. Era una impostora y había sido llamada traidora por parte de Setsuna, y por parte de Yagami. Sin embargo allí estaba, de nuevo entre ellos, sonriéndoles tontamente y aún tratando de seducir al pelirrojo, como si nada hubiera sucedido nunca, como si no hubiese estado informándole a Setsuna todo el tiempo de los lugares donde Yagami llevaba a Kyo para tratar de protegerlo.

Algo había cambiado después de que optó por ponerse del lado de Yagami, claro. Durante algunos días había demostrado un miedo absoluto a la reacción de Iori, especialmente ahora que el joven parecía estar siempre a punto de estallar. Mature sabía que eso se debía a la falta de cierto Kusanagi en su vida, pero no había modo de que Tsukiyo pudiera comprenderlo.

Si antes de que todos esos eventos sucedieran Tsukiyo había asombrado a Vice, y a ella misma, por su osadía de colgarse del brazo de Iori, o besarlo suavemente en los labios, luego los había sorprendido por la súbita timidez que la embargaba cuando estaba en presencia del pelirrojo. Claro que le duró muy poco. Apenas se dio cuenta que a Iori le daba lo mismo si era o no hermana de Kushinada Setsuna, los flirteos habían comenzado de nuevo. Tsukiyo era la única que parecía no darse cuenta de lo que Kusanagi Kyo había llegado a significar para Iori. Siempre siendo la niña tonta.

Suspiró levemente. Al menos sabía que esta chica era sincera en lo que hacía... aunque de vez en cuando se preguntaba si no sería un segundo engaño, y continuaba como espía para Setsuna. Sin embargo no se hacía muchos problemas al respecto.

No parecía muy difícil matarla si se atrevía a hacerlo de nuevo, recordó con una breve sonrisa de satisfacción.

- No habla... - comenzó a enumerar Tsukiyo, refiriéndose al silencio extremo en que Iori entraba y salía del departamento, como si ellas no existieran.

- Eso no es extraño - murmuró Mature por lo bajo.

- Desaparece sin decirle nada a nadie...

- Eso tampoco.

- Es más el tiempo que pasa fuera de aquí. No sé para qué regresa...

- También te quejarías si no lo hiciera.

- ¿Quieres callarte? - Tsukiyo le lanzó una mirada a Mature.

- ¿Jamás dejas de quejarte, niña?

Mature sujetó en el aire la revista que fue lanzada en dirección a su rostro y la lanzó de vuelta con perfecta puntería contra la cabeza rubia de Tsukiyo, que lanzó un grito.

- Sólo Yagami sabe por qué hace las cosas - murmuró Mature, sus ojos azules dirigiéndose pensativamente hacia las ventanas abiertas.

* * *

Qué pronto se habían sucedido esos meses, el invierno dando paso a la inevitable primavera, y las calles antes cubiertas de blanco ahora adornadas con los pétalos de los cerezos en flor. Los largos abrigos habían sido reemplazados por trajes ligeros, y de vez en cuando alguna muchacha vistiendo una colorida yukata se cruzaba en su camino. Era un gran contraste, la seda multicolor de esos trajes juveniles con el negro de su automóvil, que reflejaba la intensa luz del sol del mediodía.

El viento parecía haber muerto, ahora que esperaba que el semáforo cambiara su luz. La ventanilla a su lado estaba completamente abierta, y tenía su brazo apoyado en ella, dando la impresión de que conducía despreocupadamente, una mano sosteniendo el volante, un cigarrillo pendiendo de sus labios, y la música sonando, baja, a través de los altavoces. En ese momento no había más sonido que el de un riff de guitarra ascendiendo hasta alcanzar las notas más agudas, donde se mantuvo durante largos segundos; una antigua canción americana, el sonido juguetón diferenciándose claramente del estruendoso rock japonés que él prefería. Pero no importaba, después de todo no le estaba prestando demasiada atención.

Suspiró y se vio envuelto en una nube ligera de humo, que desapareció a través de la ventanilla en menos de un segundo. Sus ojos rojos pasearon por la calle ante él, bastante vacía en ese caluroso fin de semana, y viendo que no había nadie cerca, aceleró de golpe, perdiéndose entre las avenidas.

Iori se obligó a no pensar, mientras cruzaba calles y más calles en dirección a las afueras de la ciudad. Pero no había modo de evitarlo. Si en ese momento realizaba ese viaje era justamente por él, por Kyo.

Miró el asiento vacío a su lado durante un segundo. Las pequeñas gotas de sangre seca habían sido limpiadas hacía mucho, el agujero en el techo que produjo ese estúpido ninja cuando intentó matar a Kyo con su espada también había desaparecido. Pero de una manera u otra su mente le jugaba malas pasadas, y creía aún tener a Kyo ahí a su lado, acurrucado contra la puerta observando el camino nevado con ojos vidriosos.

La nieve blanca se había teñido de rosado, como mezclada con su sangre, y caía a su alrededor, sobre el parabrisas y entrando por la ventana abierta. Suave nieve olorosa que al rozar su mejilla y su brazo parecía ser de seda. Suave nieve cálida de primavera. Solamente eran pétalos de sakura. Y ahí no estaba Kyo.

El camino se le hizo eterno, y no fue sino hasta la tarde que vio la mansión de su familia contrastando contra el cielo claro. Era la única mansión en ese terreno, porque aunque la construcción fuera solamente una casa, sus respectivos jardines y sus campos de entrenamiento, toda esa área pertenecía a la familia Yagami, y a nadie se le había permitido construir sus propiedades cerca.

Se veía completamente diferente ahora que no había nieve. Lo que en invierno parecía una entrada tétrica, delineada con árboles de retorcidas formas y ramas desnudas, ahora era un camino a la sombra de enormes copas de un verde oscuro y olor penetrante. Se alzaban metros por encima del camino, las ramas de algunos casi entrelazándose con los árboles que tenían al frente. El sol que entraba entre las frondosas copas dibujaba formas circulares sobre el asfalto, los rayos de luz finamente delineados donde las hojas que caían eran atrapadas y teñidas de dorado antes de volver a su color original; el verde que le daba a esa entrada un aire demasiado solemne.

Hipócritas, sonrió para sí. ¿De qué servía aparentar semejante majestuosidad, cuando todos los que cruzaban ese camino sabían muy bien cómo era el clan Yagami realmente? Era demasiado hermoso para un grupo de asesinos.

Disminuyó la velocidad al acercarse a las altas rejas negras que bloqueaban la entrada. Alguien se había esmerado mucho en hacer desaparecer el óxido dejado luego de que la nieve se derritiera, pero nada del mundo lograría que su aspecto tétrico se fuera también.

Sirvientes aparecieron corriendo, sus ropas estaban sucias de tierra y hierba, porque habían estado arreglando los delicados jardines. Se sorprendieron al reconocer al dueño del vehículo negro que esperaba pacientemente del otro lado de la reja, y cuando pasó ante ellos, sin ni siquiera molestarse en mirarlos, ellos hicieron una profunda inclinación.

Condujo el tramo que le faltaba para llegar a la casa, y bajó justo frente a la puerta. Ni siquiera había puesto un pie en tierra cuando se encontró rodeado por dos o tres muchachas listas para cumplir cualquier orden. Las miró con desprecio, esas figuras frágiles que se estremecían de miedo ante su sola presencia. Entró a la casa con ellas siguiéndolo presurosas, las miradas bajas y las manos tensas.

- Iori-sama...

Pasos resonaron cuando él entró en la penumbra del recibidor. Sobre el suelo de mármol cada pisada tenía un eco diferente, y pudo saber, sin necesidad de esforzarse, que eran al menos diez sirvientes viniendo a darle la bienvenida.

No se equivocó, los rostros que aparecieron por las puertas, o por las escaleras que llevaban al segundo piso, se veían sorprendidos ante su presencia, y al mismo tiempo regocijados, como si todos compartieran una secreta felicidad. El joven pelirrojo se quedó observándolos reunirse y formar dos filas, una a su derecha, y una a su izquierda. Obligadamente tenía que pasar frente a todos ellos si quería entrar en la casa, pero antes de dar un paso uno de los mayores, cuyo rostro aún le resultaba familiar pese a los cientos de arrugas que lo surcaban, se acercó a él.

- Omedetou gozaimasu {Felicidades} - dijo, su voz profunda y llena de un sentimiento que confundió a Iori. Lo recordaba de cuando era niño, tal vez... ¿No era ése el hombre que por cada logro suyo se alegraba infinitamente, como si lo considerara su propio hijo? ¿El que secretamente le llevaba algo de agua cuando su padre lo castigaba sin permitirle salir del dojo donde entrenaba? Lo observó fríamente, mientras el hombre se acercaba aun más. Sí, de él se trataba, y tal como había sido hacía años, el anciano parecía lleno de felicidad con sólo verlo, no le importaba la helada mirada que el pelirrojo le estaba dirigiendo, ni que era obvio que él para Iori no significaba nada, nada en absoluto.

Lo felicitaba... ¿por qué? Una idea pasó por su mente, junto con el violento deseo de golpear a ese hombre hasta borrar la estúpida afable sonrisa de su rostro.

- Omedetou gozaimasu - repitieron a coro todos los otros sirvientes, sonriendo tímidamente.

Iori sonrió también, pero la suya era una expresión mordaz, más dirigida a sí mismo que a ellos. Eran sirvientes de la familia Yagami, después de todo. Tenía que habérselo imaginado.

- Felicidades por haber acabado con el heredero de los Kusanagi, Iori-sama.

Las palabras se quedaron resonando en sus oídos.

Ellos no tenían la culpa, se obligó a repetirse Iori mientras bruscamente apartaba al anciano que le bloqueaba el camino, enviándolo contra el resto de sirvientes. No tenían la culpa, pensó para sí de nuevo, mientras cerraba con fuerza los puños para evitar que las llamas púrpura brotaran alimentadas por su creciente ira. Ellos eran simplemente esclavos a los que les habían enseñado a lisonjear a sus amos, no sentían nada, ni felicidad por la muerte de Kyo, ni tristeza. Para ellos Kyo no era más que un nombre. No podían saberlo, no. Así como no podían saber lo cerca que todos estuvieron de morir en sus manos.

* * *

Iori había ido a la mansión a hacer lo que debía: presentarse ante su padre y anunciar la muerte del heredero Kusanagi. Lo había hecho una vez, sí, pero su padre ya debía haberse enterado del incidente del hospital, y debía estar esperando alguna explicación para la súbita aparición de alguien que suponía muerto. Pero esta vez era para siempre, la última vez que Iori pronunciaría el nombre de Kyo frente a su padre.

Se dejó caer en la cama de su habitación, su cuerpo descansando contra los cojines. Observó el techo y la lámpara de cristal que pendía de él, tan poco apropiada para un dormitorio. Había sido un capricho de su estúpido padre decorar ese lugar como si fuera la habitación de una vieja casona europea. Era la única habitación que ostentaba ese estilo, el único lugar en toda la casa donde simplemente con entrar ya parecía haber sido transportado a otro mundo. Se decía que antes de su nacimiento su padre había mandado traer a diseñadores para que hicieran una habitación digna de un descendiente Yagami, digna del hijo de un líder.

Era una tontería, obviamente. ¿De qué servía rodearlo de lujos y al mismo tiempo llenar su niñez de crueldad y sufrimiento? ¿Para qué se habían preocupado en buscar esos adornos de porcelana que estaban pulcramente alineados en el estante de vidrio frente a su cama, cuando el simple odio que lo había embargado durante su niñez no le permitía ni siquiera apreciarlas, sino simplemente desear destruirlas? Y lo había hecho una vez, aún lo recordaba. Había tomado esos pesados jarrones de tonos blancos, delicadamente adornados con pinturas hechas a mano, y los había lanzado envueltos en llamas contra las paredes, contra los muebles, contra las ventanas, contra los sirvientes que habían intentado calmarlo.

El sonido de las delicadas piezas al romperse en mil pedazos había sido placentero... pero pronto fue reemplazado por el chasquido del látigo que usó su mismo padre para castigarlo. Marcó su espalda de niño tantas veces como trozos de porcelana yacían en la alfombra oscura de su habitación. Y el castigo duró tanto como lo que se tardaron los sirvientes en limpiar las huellas de su capricho. Ambos habían terminado agotados, su padre y él. La sangre había corrido por su espalda desgarrada, y apenas consiguió ponerse de pie debido al ardiente dolor, pero eso no pudo evitar que se lanzara a atacar a su padre, quitándole el látigo de las manos y dándole un golpe con él en pleno rostro.

Recordaba claramente la expresión de absoluta perplejidad en el rostro de su padre, mientras la línea del golpe lentamente se iba marcando en su mejilla hasta que comenzó a sangrar. Él había caído hacia atrás, con un gemido, su espalda enviando el pulsante dolor por todo su cuerpo. El látigo yacía en el ensangrentado tatami, el silencio era absoluto. Esperó el castigo de su padre. Para semejante atrevimiento una muerte hubiera sido lo más seguro, pero ¿qué importaba? Sin embargo, todo lo que su padre hizo fue rozar su propia mejilla y mirar la sangre brillante... y rió. Con un gesto ordenó a los sirvientes que se llevaran a Iori.

Ahora que lo pensaba... su castigo había sido dejarlo vivir, ¿quizás?

Pese a lo que había sucedido en el pasado, ahora que volvía las cosas eran diferentes. Si le daba la gana de destruir la habitación, ya nadie podría castigarlo. Nadie tenía el poder. Ni siquiera necesitaba moverse de dónde estaba. A través de todos esos años el poder que les había otorgado Orochi era absoluto. Nada estaba a salvo de él.

Semejante poder... completamente suyo. Para quitar vidas con la misma facilidad con que podía romper los adornos de porcelana...

Pero no podía negar que le gustaba, simplemente yacer allí, las gruesas cortinas de terciopelo verde cerradas sin dejar entrar ni una línea de luz. La oscuridad era relativa, de todos modos. Nunca había podido decir por dónde entraba la luz que evitaba la completa oscuridad. En ese momento de penumbra podía ver que las lágrimas de cristal que formaban la lámpara refractaban una luz proveniente de algún lugar desconocido, y la dejaban salir en forma de pequeñas manchas del color del arcoiris que bailaban en el techo.

Todo era terciopelo, cristal y porcelana allí dentro. Los muebles de oscura madera lacada, gruesas alfombras, cobertores de hilos brillantes ocultando sábanas de seda. En ninguna parte había un solo adorno que le indicara que aún se encontraba en Japón. Se sentía transportado fuera de su propia vida.

- ¿Qué demonios haces aquí?

Su voz retumbó, amenazante, en la habitación, al tiempo que él se incorporaba y se deslizaba a un lado de la cama, quedando sentado y ligeramente inclinado hacia adelante. No era una posición de ataque, era sólo que no podía hablar con ese familiar intruso estando cómodamente recostado entre cojines rellenos de plumas.

- Yagami-san...

Al igual que los cristales de la lámpara, los ojos ámbar brillaron a la luz cuando la figura dio un paso hacia él. Iori no se movió, su rostro totalmente inexpresivo mientras observaba al ninja de Kyo acercándose a la cama. Syo lo saludó con un leve movimiento de cabeza, pero no se arrodilló ante él. Iori no era su amo, después de todo.

- Lamento la tardanza - dijo el joven, extendiendo su mano cerrada hacia Iori. El pelirrojo recibió el pequeño objeto que el ninja le entregaba, y lo miró largo rato. Fue Syo quien interrumpió sus pensamientos -. Si eso es todo, me retiro - dijo simplemente, pero Iori lo detuvo con sólo lanzarle una mirada.

- ¿Averiguaste lo que te ordené? - murmuró él. Syo asintió.

- Setsuna se retiró a sus oficinas en Southtown - dijo -. Su hermana menor, Yuki, está en la mansión Kusanagi.

Una lenta sonrisa cruel se dibujó en los labios de Iori.

- Vete ahora - ordenó Iori -. Haz lo que debas hacer y nos encontraremos en la mansión Kusanagi dentro de una semana. - Vio cómo Syo asentía nuevamente y retrocedía hacia las sombras. No se oyó ningún sonido, pero el pelirrojo sabía que Syo ya no estaba allí.

Sin embargo él continuó observando la oscuridad, pensando. Tan fiel, ese ninja; pese a que Kyo ya había dejado de ser su amo. Seguía haciendo las cosas con la misma precisión y dedicación. Porque eso era todo lo que le quedaba, ¿verdad? Cuando todo lo que tuviera que ver con Kyo terminara, él acabaría perdido sin saber qué hacer con su vida. Pero eso no le importaba ahora, sabía que Syo simplemente no pensaba al respecto. Hacía lo que era necesario hacer, aun si su Kyo-sama no estaba a su lado.

Y lo mismo hacía él, se dijo; buscando una venganza aunque ya todo hubiese terminado. Cerró los ojos, recostándose de nuevo y dejando que el cabello rojo cayera por los lados de su rostro.

Continuaba con esto porque era un modo de sentir a Kyo cerca, aun más cerca de él. Lo hacía por él, sí, para mantenerlo siempre en su mente, para sentir esa leve satisfacción que le producía el dedicarse a algo que tuviera que ver con el joven Kusanagi.

Souji le había negado una ceremonia digna de alguien de su clan, había rechazado a Kyo marcándolo como un traidor. Pues bien, él mismo se encargaría que al menos entre los Yagami la muerte del heredero del clan enemigo fuera reconocida y recordada. Era contradictorio, pero sabía que por un lado estaba bien, y era todo lo que podía hacer.

Hablaría con su padre dentro de algunas horas, y cuando lo hiciera, Kyo finalmente estaría muerto para todos los Yagami. Cuánto iban a celebrar, pensó. Por fin, el heredero del clan rival destruido. Por fin, su vida libre para hacer lo que quisiera, sin tener que perseguir a un maldito engreído para matarlo.

Libre para hacer lo que quisiera, repitió.

Sonrió.

En ese momento todo lo que quería era estar con Kyo...

 

* * *

Continúa...

[ Capítulo 42: Saigo no... ]

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Shades of Flames and Passion
Noviembre, 2002