Fanfic por MiauNeko
Créditos del beta-reading a Pekkochu
Créditos del proof-reading a Artemis

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 42.- Saigo no...

Yagami...

Entre sueños creyó oír una voz.

Honoo wa omae wo yonderu ze...

Sí, llamándolo proveniente del fuego. Había estado soñando, rememorando los viejos torneos. El griterío del público parecía ahogar la suave voz que hablaba sólo para él. Papel picado caía sobre ellos, entre ellos, como una lluvia de pétalos multicolores. Los altavoces anunciaban a los participantes de ese enfrentamiento. El Hero Team contra él, que había entrado sin compañeros, buscando luchar solamente contra aquel que ahora estaba de pie a sólo unos pasos de distancia, observándolo con una sonrisa confiada.

Kyo había levantado su puño envuelto en llamas. "El fuego te está llamando..." había dicho, sarcástico, y él le había respondido al instante, sin que Kyo pudiera ver su expresión perpleja. Pero Kyo había tenido razón. Esas llamas escarlata lo atraían tanto como el joven que las controlaba. Y en el sueño se había acercado a Kyo, para, de un momento a otro, tenerlo atrapado del cuello, de espaldas contra el piso. Los vítores a su favor no se hicieron esperar. Gritos masculinos pidiéndole que matara a Kyo, gritos femeninos simplemente chillando por él, por ellos. Pero no se había movido, porque en ese sueño no veía al Kyo de los torneos, sino al Kyo que había pasado la semana de Navidad con él.

Los ojos castaños que tanto añoraba ahora lo observaban fijamente, todo rastro del sarcasmo anterior totalmente desaparecido. Se arrodilló lentamente sobre Kyo, su mano aún en su cuello, sin dejarlo ir, y sin que el joven intentara liberarse tampoco. Quiso susurrar algo, pero vio cómo lentamente los ojos castaños se nublaban de escarlata y luego tomaban un tinte dorado, el color de los ojos de Orochi.

De un salto retrocedió y ya no estaban en el torneo, sino en el departamento de Kyo. La voz de Orochi repitiendo aquellas palabras que durante un momento lo hicieron dudar:

"Tú decidirás qué hacer... Dejarlo morir... o entregármelo para siempre..."

Y había decidido. Había tomado la decisión por Kyo, sin esperar su aprobación. No podía hacer otra cosa. ¿Qué importaba si Kyo se negaba o no? ¿Qué debía importarle a él?

Y luego de aquel frío amanecer en medio de una tormenta, en que se dio cuenta que aún sostenía a Kyo entre sus brazos, finalmente se había resignado. No podía hacerlo. No quería hacerlo. Que Kyo se lo sacara en cara eternamente mientras su alma vagara perdida en el infierno, no importaba.

No podía...

Honoo wa yonderu...

... dejarlo ir...

* * *

Despertó con un sobresalto y al instante el silencio de su habitación le recordó dónde estaba. Se movió ligeramente en la cama, haciendo que los cojines cayeran por un lado en el proceso. Solamente yacía allí, sin cubrirse, sin desvestirse, su mano reposando sobre una vieja revista que había encontrado entre los libros del estante. Era de años atrás, cuando él aún no participaba en el torneo. Y la había tomado porque entre las páginas principales había un artículo sobre los equipos participantes. Qué sorpresa fue ver el rostro de Kyo observándolo desde las hojas amarillentas. Era sólo un muchacho en ese tiempo, parecía un niño. Un acercamiento de su rostro ladeado, y sus ojos fijos en la cámara, como si lo observara directamente a él. El cabello castaño lacio cayendo sobre sus mejillas, y su expresión... La completa inocencia. Un niño deseando divertirse, se repitió, en la época previa a que él irrumpiera en su vida y cambiara todo.

Se había quedado dormido pensando en él, y por eso había soñado...

Levantándose de súbito, Iori se acercó a las cortinas y las apartó, permitiendo que la luz del exterior bañara todos los objetos de su habitación. Era solamente el resplandor plateado de la luna, la luz débil y fría apenas delineando las formas en una lucha perdida contra la oscuridad. Aún era de noche, y faltaban varias horas para que el siguiente día llegara, pero él no tenía sueño. Buscó un cigarrillo entre sus ropas, encendiéndolo sin prestarle atención mientras sus ojos recorrían el amplio jardín de esa mansión.

Aunque la entrada fuera un camino adornado con enormes árboles, el interior era solamente un paisaje japonés. Dejando de lado las rejas de la entrada, todo lo que alcanzaba a ver bajo esa débil luz era el clásico jardín de ese país. Árboles de troncos delgados y no demasiado altos, con hojas de colores, verdes, amarillas, ligeramente rojas, delineando un camino formado con diminutas piedras blancas que en ese momento brillaban para él.

Sintió el deseo de ir a perderse en la tranquilidad y frescura de ese lugar y, abriendo las ventanas de grueso cristal que daban a su balcón, pasó sobre la baranda como si fuera lo más simple del mundo, para caer sin hacer un sonido sobre la hierba verde, cubierta de rocío.

En ese momento eran solamente la noche, la luna y él, que se dirigió hacia el sendero. Sabía que ese camino lo haría pasar bajo los árboles, en dirección a una laguna artificial creada solamente con efectos decorativos. A medida que se adentraba más y más, la luz de luna dejó de ser suficiente, y empezaron a aparecer linternas ornamentales de piedra, aquí y allá, encendidas con un fuego que duraría hasta la mañana.

El sonido del agua al moverse levemente con la brisa atrajo su atención. Bajo la superficie que reflejaba el fuego de las linternas, vio diminutos peces suspendidos en el agua, sin moverse, durmiendo. Parecía que el tiempo se había detenido a su alrededor, por completo.

Cruzó al otro lado del pequeño estanque pasando con cuidado por sobre un puente creado con madera clara, que crujió bajo su peso, sus pasos resonando con un eco vacío. Sus dedos recorrieron la baranda, distraídamente, mientras creía recordar haber hecho ese mismo trayecto hacía mucho tiempo.

Un pájaro nocturno cantó en algún lugar, el eco de una gota al interrumpir la calma del estanque le respondió.

Iori sujetó su consumido cigarrillo con dos dedos y lo hizo desaparecer en una llamarada púrpura. Era un bonito lugar para disfrutar de la tranquilidad de esa última noche. Cuando amaneciera y enfrentara a su padre lo más seguro era que desearía nunca haber salido de ese jardín. Simplemente nunca haber tenido que enfrentar a Kyo.

* * *

El salón donde su padre lo recibió a la mañana siguiente estaba diseñado de forma tal que aquellos que se presentaran ante el líder de los Yagami se sintieran empequeñecidos ante su presencia.

Sentado en una silla bellamente trabajada, que recordaba a los viejos tronos donde los emperadores chinos solían recibir a los enviados de otros reinos, y que se encontraba varios escalones por sobre el nivel del suelo de esteras del lugar, el viejo pelirrojo observó fría y fijamente a su hijo, que se hallaba de pie ante él, su mirada obstinadamente levantada devolviéndole el desprecio con que él pensaba tratarlo. Ese era su hijo, su heredero, un maldito mentiroso que le había hecho regocijarse en vano trayéndole la noticia de la muerte de Kusanagi Kyo cuando no había sido verdad.

No pensó que Iori se atrevería a aparecerse tan pronto ante él. ¿Qué pretendería ahora? ¿Qué pensamientos pasaban por su mente, ocultos tras esos ojos de intensa mirada helada? Se obligó a dejar de cuestionarse. Lo que su hijo hiciera o no hiciera no debía ser tomado en cuenta, al fin y al cabo, era sólo un instrumento más en la tradición del clan. Un arma que ellos utilizaban contra los Kusanagi. Mientras cumpliera con su papel, el tiempo que le restaba en lo que se podría llamar "vida" era asunto de él.

Vida... El líder Yagami sonrió levemente para sí, la curva de sus labios oculta tras la espesa barba roja entrecana que adornaba su rostro y le daba un aire aun más severo. Él le había otorgado la vida a ese hijo suyo para que sufriera mientras no acabara con el descendiente de los Kusanagi. Mientras más pronto lo hiciera, más pronto alcanzaría la completa tranquilidad. Ah, cuan impetuoso había sido cuando salió decidido a matar a Kyo, en aquel lejano día de 1995... Cómo ardían sus ojos, en un brillo que hasta las cámaras de televisión pudieron captar cuando Yagami y Kusanagi se enfrentaron en el torneo. Jamás había sabido lo orgulloso que estaba de este hijo... hasta que fue derrotado. Derrotado por un estúpido Kusanagi que ni siquiera estaba al tanto de la rivalidad que entre ellos existía. Por un lado fue para mejor, porque los años siguientes Iori los dedicó a entrenar sin descanso... Pero con todo lo que se encontró fue con derrotas, o empates, nunca la ventaja sobre ese joven de arrogantes ojos castaños. Y con el tiempo el ímpetu de las peleas había amainado, los encuentros se limitaron a los torneos... Y ahora no tenía la menor idea de qué era lo que ocupaba el tiempo de su hijo. Ciertamente no lo dedicaba a entrenar, ya no. Había alcanzado su propio límite, quizás. No había más.

Algunos de sus espías le habían comentado acerca de la matanza en el templo Kagura, y luego el ataque que la actual líder de las Kushinada había llevado a cabo en un hospital... Donde Kusanagi Kyo había sido visto con vida.

Iori le debía una explicación, y una muy buena. Especialmente para aclarar el punto de que él había estado en ese mismo hospital, con Kyo.

Enfrentó la mirada de su hijo, observando su rostro serio y la ligera expresión de disgusto, como si no le agradara nada estar en su presencia.

- Y tienes el descaro de presentarte ante mí, de nuevo - murmuró, su voz baja pero llenando el ambiente del salón. Iori no se movió, solamente sus cejas bajaron aun más, indicando su creciente molestia. El viejo Yagami vio que el joven apretaba los puños con tal fuerza que sus manos comenzaron a temblar. ¿Se contenía? ¿De hacer o decir algo indebido, tal vez? Tonterías. Su mentira era suficiente para castigarlo como cuando era un niño indefenso. Vagamente se preguntó si su hijo aún temería los crueles castigos físicos de los que se jactaban tanto los Yagami.

- ¿Vas a negar que ansiabas verme, padre? - fue la respuesta, seca y sarcástica, el rastro de una sonrisa apareciendo durante una milésima de segundo en la comisura de los labios de Iori. Definitivamente el miedo a los castigos de su niñez era ahora un recuerdo, se dijo el líder de los Yagami. Tendría que hacer que ese hijo suyo volviera a entender el significado de la palabra "respeto". Y "sumisión", también.

Sabía que pensar así era como una broma interior. Respeto y sumisión estaban bien para el resto de los miembros del clan, que necesitaban de sólo una mirada asesina para ponerse de rodillas rogando su perdón. Pero Iori no era así, no podía ser dominado por nadie. Y por eso lo odiaba. Por eso se sentía orgulloso de él.

- ¿Cubierto de sangre Kusanagi, ostentando la victoria sobre ese clan? Claro - asintió, manteniendo su rostro severo e impenetrable -. Incluso muerto, pero no derrotado; sería algo digno de verse.

¿Fue una chispa de dolor lo que vio pasar por los ojos de su hijo, o solamente furia contenida?

- Preferiría verte muerto antes de ser testigo de la traición a tu clan para ayudar a un Kusanagi - continuó hablando. Vio que Iori entreabría los labios para responder, pero le hizo un gesto con las manos, levantándolas en el aire como si pidiera silencio. - No trates de negarlo. Has sido visto. Descuidadamente viajando por la ciudad, permitiendo que todos nuestros espías te vieran. Muy mal, Iori. ¿Qué fue de toda la prudencia que con tanto trabajo tus maestros te enseñaron? - Ver a su hijo conteniendo el impulso de lanzarse contra él para destrozarlo fue una delicia para el viejo Yagami. ¿Cuánto más podría soportarlo? - Entonces, ¿a qué has venido? ¿A explicar por qué Kusanagi Kyo sigue con vida, tal vez? Me gustaría mucho oír tus patéticas excusas así que, ¿qué esperas? Habla.

Silencio.

Y si una mirada pudiera matar, el líder de los Yagami estaba seguro que a esas alturas ya no quedaría ni el más leve rastro de su cuerpo. Esperó la respuesta de Iori, que bien podía no llegar nunca, la falta de excusas disimulada bajo un obstinado silencio. El odio que sentía brotar de su hijo era impresionante; la rabia, el más puro deseo de asesinarlo. Maldición.... ¿Por qué lo desperdiciaba en él? ¿Por qué no había podido utilizarlo para matar al Kusanagi? Era frustrante. Totalmente.

- ¿No tienes argumentos a tu favor? - habló de nuevo, entrecerrando sus ojos hasta que su mirada solamente enfocó el rostro de Iori -. Bien, entonces. - Se llevó una mano a la barbilla, en un afectado gesto, como si acabara de tomar una decisión muy importante, pero que en realidad había estado pensando desde hacía días -. Te relevo de tu obligación de matar a Kyo, hijo. Cualquiera de tus primos hará un mejor trabajo que t...

- Estúpido.

El insulto, aunque muy suave, lo tomó por sorpresa. Vio que Iori daba un paso hacia él, hasta quedar al pie mismo de las escaleras. El joven sonreía, una sonrisa llena de maldad, de satisfacción, de odio, como si hubiera estado esperando esa reacción de su parte.

- Hablas como si tu posición te otorgara un conocimiento que en verdad no tienes - dijo Iori, su profunda voz estable y tranquila mientras subía el primer escalón -. Deja de confiar en lo que ven tus espías.

- Incluso ellos son más fieles que algunos de los mismos miembros del clan...

El joven ya casi había llegado al pequeño descanso donde su silla estaba ubicada, y no daba señales de haber comprendido la indirecta en sus palabras. El Yagami no se movió, siguiendo con la mirada a su hijo que en ese momento parecía alzarse sobre él.

Ponerse de pie en ese momento era aceptar que la presencia tan cercana del joven conseguía atemorizarlo, era mostrar debilidad, un miedo que nadie tenía derecho a ver. Por eso continuó sentado, observando fijamente a Iori, que se inclinó sobre él, acercando sus labios a su oído, tan cerca como nunca antes habían estado. No se movió, esperando sentir en algún momento el golpe mortal de ese hijo suyo que, sabía, era un traidor. Pero no llegó. Solamente escuchó su susurro, enviando una cosquilleante sensación por su espalda.

- ¿Me relevas de mi obligación? - decía Iori. Era imposible que la voz de un joven pudiera destilar más rencor. - Es demasiado tarde.

Y en ese momento Iori se alejó. Lo vio nuevamente al pie de las escaleras, como si los segundos anteriores nunca hubieran ocurrido. Pero el Yagami sabía que habían sido verdad, porque cuando bajó la mirada hacia sus manos húmedas, vio que su hijo le había dejado un pequeño dije de oro, con el inconfundible kanji del nombre del heredero de los Kusanagi.

Levantó la vista para mirar a su hijo, pero todo lo que alcanzó a ver fue su espalda desapareciendo por un pasillo, su cabello rojo siendo un breve contraste con el color oscuro de la madera que cubría las paredes.

Miró el kanji de nuevo, parpadeando lentamente. Comprendía el significado. El último descendiente de los Kusanagi había dejado de existir.

* * *

Continúa...

[ Capítulo 43: Visitas ]

* * *

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Shades of Flames and Passion
Noviembre, 2002