Fanfic por MiauNeko
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Créditos del proof-reading a Artemis

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 43.- Visitas

Syo se deslizó entre las últimas sombras que se resistían al amanecer. Sus pasos sigilosos se confundían con la suave brisa de verano que corría entre las hojas de los árboles. Ese lugar le recordaba mucho al antiguo bosque que rodeaba la mansión Kusanagi, y vagamente se preguntó si Alex y sus compañeros habían escogido establecerse temporalmente allí por esa razón en particular.

La fachada de la pequeña casa de campo ya se distinguía contra los tonos violeta del cielo. Syo no necesitaba de mucha luz para reconocer las motocicletas estacionadas en el jardincillo que hacía de porche, ni para percibir cada detalle de la figura que esperaba frente a la puerta, sus brazos cruzados sobre el pecho, un cigarrillo atrapado entre sus labios. Parecía pensar, mientras de vez en cuando sus ojos paseaban por el bosque, alertas y de alguna manera también extraviados, como si realmente no estuviera allí. Sabía que esos ojos eran verdes, así como sabía que el cabello de la esbelta figura, que en ese momento dejaba caer el cigarrillo al piso, era castaño, casi rubio. El sol podía esperar. Ellos estaban muy a gusto en las sombras.

El frío sonido de su cuchillo al ser desenvainado fue lo que rompió la húmeda quietud de la madrugada. Syo maldijo entre dientes, aunque aquel era un sonido que no se podía evitar, una invitación a la muerte. Sujetó el arma firmemente y atacó al tiempo que oía:

- Para haber sido el favorito de Kyo ciertamente eres un ninja ruidoso...

Tiempo atrás Alex hubiera agregado: "y lento", pero ese ya no era el caso. Si alguna vez la rubia tuvo alguna ventaja sobre Syo, la había perdido. Y junto con ella, Syo sentía que también perdía a una de las pocas personas que él podría considerar un rival. Sonrió para sí. Quizás era por eso que estas visitas durante el amanecer habían comenzado hasta llegar a convertirse casi en un ritual, porque buscaba con sus constantes burlas hacer que Alex volviera a ser el mismo de antes.

Su golpe fue bloqueado en el último segundo, que fue suficiente para que ambos jóvenes se miraran directamente a los ojos, separados por apenas unos centímetros. Syo sintió la cálida respiración de Alex antes de saltar hacia atrás. No estaba mal, pensó complacido. Lo había oído (bueno, al maldito e inevitable sonido del cuchillo) y lo había bloqueado. Nada mal, ciertamente; en especial si recordaba que la primera vez que intentó hacer algo semejante, después de la partida de Kyo-sama, había terminado con la aguda hoja a escasos centímetros de una completamente desprevenida Alex. Esa mujer insufrible que lo único que mantenía de su antiguo ser era la irracional antipatía hacia él. Sólo el cielo sabía cuánto odiaba ver a Alex así.

Sus insoportables gritos exigiéndole saber qué diablos pretendía aún resonaban en sus oídos. Sólo había gritado, no había actuado. Como si estuviera totalmente inconsciente de que con un simple movimiento quizás hubiera podido tener a Syo a su merced. Recordaba haber amenazado con matarla sólo por darse el gusto. Sabía que se había burlado de su debilidad, física y mental. Incluso había llegado a sacarle en cara el que la pérdida de Kyo le hubiese afectado tanto, al punto de continuar negándose la realidad.

Sí, él burlándose del dolor que ambos compartían. Él perdiendo el control de sus emociones con la sola vista de Alex. Quién sabe a qué habrían llegado si no hubiera sido por los compañeros de la rubia que aparecieron atraídos por el ruido creciente de su discusión.

Sus últimas palabras hacia ella habían sido de burla y estímulo al mismo tiempo, mientras dejaba caer los dos cuchillos que él llevaba y que pertenecían a Alex. A Kyo-sama no le hubiera gustado verlo así, le dijo, mientras le daba la espalda y comenzaba a alejarse con más lentitud de la necesaria. Si Kyo sintió aprecio por "él", era porque era fuerte, diferente. Lástima que todo eso se perdiera con tanta facilidad.

Remarcó sus palabras rudas hacia Alex, no había nada en el mundo que lo haría comenzar a tratarla como a una mujer.

En las visitas que siguieron, continuó hablándole como si fuera un hombre todo el tiempo, y al cabo de algunas semanas Alex ya estaba en condición de recibirlo con un buen golpe y palabras de desprecio absoluto. Le complacía tenerlo de vuelta.

- Entonces, ¿a qué has venido esta vez? - la voz de Alex resonó en la mañana, clara, firme y arrogante.

Syo bajó la guardia, sonriéndole despreocupadamente.

- Una última orden de Kyo-sama - dijo -. Un último servicio para él.

- Habla. - Alex había intentado que su voz no temblara, pero Syo lo notó.

- Yagami-san está en camino a la mansión Kusanagi - dijo Syo simplemente.

- ¿Y?

- Debemos ir.

- No veo la razón.

Syo suspiró. La obstinación de Alex a llevarle la contraria a veces se salía de todo sentido común, perdía lógica, lo desesperaba y le daba la impresión que, haciendo a un lado la urgencia de atravesarlo con sus cuchillos, estrangular al rubio sería una muy buena opción.

Sonrió llevándose la aguda hoja de su daga cerca a los labios, un gesto inconsciente ante el cual Alex arqueó las cejas. Los ojos ámbar eran invitantes, desafiantes. Syo sabía que aún tenían tiempo. Había estado esperando lo suficiente, quería probar a Alex otra vez.

Y tenía la impresión de que el rubio parecía tan expectante como él.

* * *

El monte donde se hallaba el templo Kagura se veía muy diferente ahora que no estaba cubierto de nieve.

Como si el calor significara libertad, varias de las sacerdotisas conversaban al pie de las escalinatas, despreocupadas, sus voces ligeras mientras disfrutaban de los cerezos en flor que adornaban la pendiente de esa colina. Los horrores de hacía unos meses ya habían sido olvidados, o relegados a lo más profundo de sus mentes.

Algunas ni siquiera parecieron reconocer al pelirrojo que pasó ante ellas con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada clavada en el piso. Eran muy jóvenes como para conocerlo como el heredero del clan Yagami, muy aisladas del mundo para saber que él era Yagami Iori, el peleador del King of Fighters. Pero había una sacerdotisa que sí sabía de él, y en ese momento lo esperaba.

- Y te atreves a regresar - fue su saludo, un eco de las palabras con que su padre lo había recibido cuando se presentó ante él en la mansión Yagami. Esta vez no hubo inclinaciones ni palabras amables. El resentimiento en la voz de Chizuru era tan claro que de pronto esos meses parecieron no haber transcurrido. Casi podía oír sus propias palabras hirientes, sus manos desgarrando su traje blanco y lanzando su frágil cuerpo contra el altar sagrado. - No eres bienvenido aquí, Yagami.

Él rió, con su risa seca y burlona. ¿Acaso necesitaba una invitación para entrar a donde le viniera en gana? Hizo un gesto para apartar a la joven, que le bloqueaba el paso con los brazos cruzados sobre el pecho. Ella se mantuvo firme.

- ¿Qué has venido a hacer? - preguntó. Para verse tan calmada, su voz ciertamente la traicionaba. Iori sabía que ella tenía miedo de lo que él pudiera hacer o responder.

- Me aseguraré que esa serpiente jamás vuelva a despertar - fue su simple respuesta.

- ¿Pero qué pretendes? - exclamó Chizuru mientras era hecha a un lado. Iori entró con largos pasos, una mano aún en su bolsillo, su mirada baja sin prestarle atención a la joven. Ella lo siguió a través del jardín que llevaba a la cueva donde Orochi había sido sellado. Corrió algunos metros, adelantándose, hasta finalmente enfrentarlo y extender sus brazos a los lados de su cuerpo, negándole la entrada al camino que lo llevaría a la cueva. - ¿Qué pretendes? - repitió, su voz subiendo de tono.

Iori se detuvo un momento para finalmente dignarse a mirar a su alrededor. Era el jardín donde él se había ocupado de matar a casi todos los hombres de Setsuna que habían interrumpido la tranquilidad del lugar con sus armas automáticas, amenazando con herir a las jóvenes sacerdotisas que nada tenían que ver con el asunto. Era como un cementerio, la sangre de todos aquellos hombres absorbida por la tierra y la hierba, por las raíces de los árboles que ahora estaban en flor.

El silencio que caracterizaba al templo fue todo lo que oyó, y la respiración trabajosa de Chizuru. Casi podía sentir su miedo.

- ¿Para qué has sellado a Orochi si Setsuna puede invocarlo cada vez que lo desee? - preguntó Iori lentamente, su voz profunda pero baja, calmada. Chizuru se encontró deseando que esa voz fuera un grito furioso. Esa súbita tranquilidad e indiferencia era mucho peor que enfrentar a un Yagami ardiendo en rabia. - ¿Para qué mantenerlo vivo, cuando bastaría un simple golpe para destruirlo, para siempre?

Ella negó con la cabeza, con vehemencia.

- Destruirlo no es así de simple. No es tan fácil destruir a un espíritu...

- Debe ser más fácil que mantenerlo sellado - interrumpió Iori, sus ojos rojos encontrándose con la mirada de Chizuru. Ella volvió a negar con la cabeza.

- Aquella vez fue un error mío, fui demasiado confiada, ¡demasiado! - aceptó, sin moverse, sólo bajando los brazos, y luego su mirada, como si no pudiera soportar más los ojos de Iori -. Pero los hechizos han sido reforzados - agregó rápidamente -. Setsuna no podría invocar a Orochi a menos que estuviera dentro del templo.

Iori frunció el ceño.

- ¿Cuándo? - preguntó. Ella no comprendió la pregunta -. ¿Cuándo reforzaste los hechizos? - repitió.

- Apenas ustedes dejaron el templo la última vez...

Iori no pudo evitar reír. Era mejor reír a dejar que la rabia lo embargara y destruyera a Chizuru frente a su propio templo. Reír hasta el que el dolor de la ironía se calmara.

- ¿Qué te ha dicho tu espejo últimamente? ¿Lo has mirado? ¿O ahora vives tan confiada que ya ni siquiera lo consultas? - preguntó, manteniendo su voz baja y su sonrisa. La joven se veía cada vez más confundida. - Tú no sabes lo que sucedió con Kyo... - dijo Iori suavemente.

Las miradas de ambos se encontraron de nuevo, una más confundida que la otra.

- ¿De qué hablas... Yagami? - murmuró ella. A pesar del sol de primavera y la brisa cálida, había sentido un viento helado, un mal presentimiento. Iori estaba serio ahora, y no respondió. Parecía esperar calmadamente a que ella se diera cuenta por sí sola.

Chizuru cerró los ojos. Una idea regresaba insistente a su mente, pero no podía ser. Kyo no podía estar... No. Ella estaba furiosa con Yagami porque él se había atrevido a romper una de las más viejas leyes: le había dado su energía a Kyo para mantenerlo vivo, al grado de crear un vínculo inquebrantable entre el joven Kusanagi y él. Por eso ella estaba tan molesta. Lo había dado por hecho. Simplemente no podía ser que Kyo estuviera...

Pero así era.

La falta total de su presencia en ese mundo.

Se llevó una mano a los labios, cubriéndolos, cerrando con fuerza sus ojos. ¿Cómo había sucedido eso? Intentó calmar la angustia que había comenzado a formarse en su pecho. Recordó la última vez que vio a Kyo, había estado con Iori. Los dos juntos, tratando de resistirse a un destino que ella había ayudado a cumplir. Hizo un esfuerzo para contener las lágrimas, repitiéndose obstinadamente que así era como debía ser, pero era en vano. Creyó oír un sollozo escapando de su garganta.

Un movimiento de Iori la obligó a mirarlo de nuevo, a secar sus lágrimas antes de que el pelirrojo la viera. En un segundo había aclarado su mente y apartado el dolor, sabía que no importaba si Kyo estaba muerto o no, su deber como guardiana era no dejar que Yagami, ni nadie, llegara a la cámara donde Orochi estaba sellado. Pero Iori ya no parecía estar interesado en eso, nuevamente tenía la cabeza caída, como si mirara el suelo, apesadumbrado.

- Kyo iba a morir de todos modos, Yagami - se atrevió a decir ella. Sabía que tenía la razón, y sabía que eso era lo que debía decir. Pero el dolor en su interior... No podía permitir que Iori la viera llorar. Quizás le parecería demasiado hipócrita, negarle toda ayuda a Kyo y luego derramar lágrimas por él.

Pero el pelirrojo le daba la espalda ahora, y buscaba algo en sus bolsillos. Ella lo observó sacar un cigarrillo y encenderlo. Obligándose a dar un paso hacia él, Chizuru se dio cuenta que había pasado del resentimiento a la lástima en unos pocos segundos. Nuevamente se manifestaba en ella el deseo de querer calmar a Yagami con palabras suaves. Nunca antes había sentido en él tanto dolor.

Su mano se posó en el brazo del pelirrojo sin que ella se diera cuenta. Miró su rostro pero vio que Iori solamente observaba la lejana pared del templo, adornada por las copas de los cerezos del exterior. ¿Qué pensaba? Esos ojos fríos siempre habían ocultado todo lo que Iori pudiera sentir. Pero ahora de alguna manera ella sabía que sufría. No lo diría, no lo aceptaría, pero sentía la confusión en su interior, un vago pesar.

- Voy a destruir a Orochi - fue todo lo que dijo Iori, apartando su brazo de la mano de Chizuru.

- ¿Y qué podrías hacer contra él? ¿Por qué arriesgar tu vida, si todo ha terminado ya? - preguntó ella suavemente -. Orochi no volverá a controlarte jamás, te puedo jurar eso por mi honor. No dejaré que esto suceda de nuevo. Nunca más. - Y cuando Yagami se volvió a medias con una leve sonrisa, ella comprendió de golpe exactamente todo lo que había sucedido. Lo supo como si Iori se lo hubiese dicho sin palabras. Todas las viejas reglas... rotas.

Chizuru debió haberse enfurecido, mas no lo hizo. Se quedó allí mientras Iori continuaba sonriendo vagamente.

- Miénteme. Atrévete a decirme que no te sientes mejor - desafió él.

- ¿Has venido hasta aquí sólo para... esto? - preguntó ella incrédula. Su mano se posó inconscientemente en su corazón, como si intentara calmar los agitados latidos que habían comenzado desde que Yagami apareció al pie de las escaleras y que habían empeorado a medida que hablaban.

- ¿Para que te tragues tus palabras y aceptes que hay algunas tradiciones que debemos romper? - preguntó el pelirrojo en voz baja y sarcástica -. ¿Para que te des cuenta que las tradiciones no valen nada? Sí, sólo he venido a decirte eso.

Irónico que fuera Yagami Iori de entre todas las personas...

- Sin embargo sigo pensando que eres el menos indicado para sacarme eso en cara - le respondió ella, incapaz de aceptar el golpe y guardar silencio -. deberías ser el primero en regocijarte por la muerte de Kyo, ¿acaso la tradición de tu clan no dice que el descendiente de los Kusanagi debía morir en tus manos...?

Chizuru se arrepintió de haber dicho eso, pero ya era tarde. Tuvo el tiempo justo para hacerse a un lado cuando una garra envuelta en fuego púrpura atravesó el aire buscando su cabeza. Sin embargo ella sabía que tenía razón. Ambos tenían razón. Y ninguno estaba en derecho de mantener esa conversación.

El ataque no continuó. Yagami lanzó su cigarrillo al suelo y comenzó a alejarse en dirección a la entrada del templo, las manos en los bolsillos nuevamente, sin volverse.

Chizuru cerró los ojos, escuchando el silencio del jardín y el eco de sus pasos resonando cada vez más débilmente en las piedras de la escalinata. Sabía que debía estar mucho más furiosa de lo que se sentía. Debía haber seguido a Yagami... Pero por primera vez en su vida había visto a ese frío e indiferente joven actuar por alguien que no era él. Había querido destruir a Orochi, de pronto, luego de años de saber que el dios podía controlarlo en cualquier momento y no haber hecho nada. A Yagami no le interesaba lo que el dios pudiera hacerle a él. Quería evitar que Orochi volviera a hacerle daño a Kyo.

Y eso era lo que más la sorprendía: Yagami lo había hecho por Kyo.

* * *

En la mansión que alguna vez perteneció a Kusanagi Saisyu, una joven pareja sostenía una acalorada discusión. Estaban solos en la amplia sala, ella sentada en el borde de un sofá de cuero oscuro, y él paseando por todo el lugar haciendo impacientes gestos con sus manos.

La joven apartó su corto cabello castaño claro, levantando sus ojos hacia él, que no pareció notar su mirada.

- No lo entiendo. En verdad, no lo entiendo - gruñó él.

- ¿Pero qué es lo que quieres, Souji? - murmuró ella. Toda esa escena le hacía pensar en un berrinche de un niño de diez años. No podía creer que semejante idiota fuera el actual líder del clan Kusanagi.

El sonido de su nombre pareció hacerlo reaccionar y se volvió para mirar a esta jovencita que había sido novia de su primo, y ahora era su mujer. Le sonrió tiernamente, invitándola a acercarse, cosa que ella no hizo. Continuó sentada en el sofá, solamente mirándolo.

- Koi yo {Ven}, Yuki... - llamó él. Ella negó con la cabeza.

Souji no conseguía tratarla mal, aunque debía aceptar que muchas veces la actitud tan remilgada de esa muchacha lo sacaba de quicio. ¿Habría sido así cuando estaba con Kyo?

Observó con atención su cabello, y esos ojos claros que desde el primer día que la vio le habían parecido tan hermosos. Ella era una joven en el cuerpo de una niña. Nunca había podido dejar de repetirse que Kyo no la había merecido ni por un momento; enterarse que su largo noviazgo había sido solamente parte del plan de Kushinada Setsuna le producía una satisfacción que casi lo hacía olvidar el rencor que le guardaba a Kyo.

Y pensar que ahora Yuki era suya... Unida a él por matrimonio, para siempre, significaba también la alianza de los Kusanagi con la familia Kushinada, e indirectamente la alianza con Orochi. Si un estúpido como su primo hubiera llegado al puesto de líder, Souji estaba seguro que jamás hubiera aceptado firmar un pacto con el antiguo dios serpiente, cosa que él había hecho en las mismas oficinas de Setsuna como si se tratara de cerrar un importante negocio. Kusanagi, Kushinada y Orochi. Los Yagami definitivamente estaban destinados a desaparecer de la faz de ese mundo.

- Ven, Yuki - repitió Souji, un poco impaciente al ver que la joven no pensaba moverse. Yuki endureció su mirada, cruzándose de brazos.

- ¿Para qué voy a ir si todo el tiempo no haces más que pensar en ese bastardo? - murmuró.

"Bastardo". Souji sonrió. Eso también le gustaba de su Yuki. Cuando la había visto al lado de Kyo jamás había oído brotar de sus labios una peor palabra que "baka" como insulto. En cambio ahora se refería a Yagami Iori como a un bastardo. Qué buena elección había hecho al casarse con esa jovencita.

- Ustedes los hombres son todos iguales - continuó Yuki -. Primero Yagami no podía vivir sin estar cada día tras la pista de Kyo, ¡ahora tú no puedes vivir sin la presencia de Yagami!

Souji frunció el ceño, fría rabia recorriéndolo al ser comparado con su primo. De pronto Yuki no era su mujer, sino la ex-novia de Kyo otra vez. Maldición.

- No quiero su presencia - dijo, su voz severa, sus ojos castaños sosteniendo la mirada molesta de Yuki. Con una mano apartó su largo cabello, luego acomodó sus ropas que estaban perfectamente en su lugar.

- No, claro que no - murmuró Yuki sarcástica -. Querías el clan, ya lo tienes. ¿Por qué no te conformas con eso?

Souji bajó la mirada hacia el suelo, siguiendo los diseños de la alfombra donde estaba parado. Plateado y verde entrelazándose como serpientes en intrincados diseños.

- Eres una mujer, por eso no entiendes la importancia de la visita de Yagami - dijo en voz baja.

- Soy una mujer y por eso las estupideces que piensan las mentes de los hombres me son incomprensibles - susurró ella entre dientes, más para sí que para Souji, que finalmente perdió la paciencia. Dio un paso hacia ella, sujetándola de los brazos y obligándola a ponerse de pie.

- ¿Cuáles eran las razones por las que Yagami retaba a Kyo? ¿Por qué quería matarlo? - preguntó, sin dejarla ir aunque ella intentó liberarse.

- Hanasete {Suéltame} - murmuró Yuki, forcejeando.

- Responde - fue todo lo que dijo él, y ella suspiró, perdiendo la paciencia también.

- Porque lo odiaba, porque su clan se lo ordenaba, porque era su destino matar a Kyo...

- A Kyo no - corrigió Souji -. Al futuro líder de los Kusanagi.

Yuki parpadeó. Finalmente Souji la había soltado pero ella no salía de la sorpresa.

- Acaso... ¿Acaso quieres que Yagami venga a matarte? - exclamó. Souji miró hacia el techo, como si no comprendiera por qué la chica aún no entendía a lo que había querido llegar.

- ¡Quiero que Yagami se presente porque eso significaría que todo su clan me reconoce como líder de los Kusanagi!

Yuki habría podido jurar que vio un brillo enloquecido en las pupilas de Souji.

- Estás enfermo - murmuró. Souji negó con la cabeza. Toda su paciencia perdida ya.

- No has entendido nada de lo que dije - gruñó.

- Otoko dakara! {¡Porque eres hombre!} - exclamó ella a su vez -. ¿Qué puede importar lo que el clan Yagami piense de ti? ¿No era ser líder lo que querías? ¡Deberías estar feliz de que ese grupo de asesinos no haya enviado a alguien a buscar tu cabeza!

- ¿Qué es un líder si sus enemigos no lo reconocen como tal? - susurró Souji dándole la espalda.

- Tú nunca viste el estado en que quedaba Kyo después de enfrentarse a Yagami - dijo Yuki, cerrando los ojos y apartando el rostro -. Si lo hubieras visto no estarías deseando ese mismo destino para ti.

- Demo ore wa Kyo janai! {¡Pero yo no soy Kyo!} - gritó, más que respondió, Souji.

Y hubieran seguido discutiendo de no haber sido por un sirviente que entró jadeando y tropezando a la sala, sin ni siquiera detenerse a tocar la puerta. Souji y Yuki se volvieron hacia él.

- Taihen... {Peligro...} - jadeó el joven. Con sorpresa, Souji vio que su traje negro estaba manchado de sangre, y con aun más sorpresa lo reconoció como uno de los ninjas que protegían la mansión.

- ¿Qué sucede? - preguntó, acercándosele. Yuki estaba unos centímetros detrás de él.

- Ya... Yagami... - fue todo lo que pudo decir el ninja antes de caer sobre la alfombra donde pronto los diseños plateados fueron teñidos de escarlata.

Souji no oyó los gritos de Yuki exigiéndole saber qué pretendía hacer. Corrió a través de pasillos desiertos en dirección a la sala que usaban para recibir a las visitas importantes, un enorme salón con suelo de madera clara que también podía utilizarse para pelear. Era la vieja sala de la mansión, el lugar donde había saboreado su victoria sobre Kyo y que ahora mantenía libre de muebles, convertida en el símbolo de su ascensión al poder.

- Souji, por favor... - murmuró Yuki, sujetándolo de la manga del kimono que vestía. Él se liberó con un simple movimiento. Parecía eufórico.

Guardaron silencio durante un momento, y luego los gritos de hombres al atacar y ser atacados fueron claros para ambos. Sus voces enviaban escalofríos por la espalda de Yuki, que inconscientemente buscaba una puerta lateral para salir de allí. No era su intención morir en manos de un Yagami. De ninguna manera.

Fue cuando un par de ninjas aparecieron para proteger al líder, y Souji los despidió con un gesto de su mano, que Yuki supo que las cosas irían de mal en peor.

Estaban solos cuando oyeron los pasos lentos y tranquilos acercándose al salón. Un presentimiento les decía que todos los sirvientes que se habían atrevido a interponerse en el camino del dueño de esos pasos ya debían estar muertos. Yuki retrocedió hacia la pared del fondo, acurrucándose en una esquina entre pergaminos colgantes cubiertos de kanji. Cerró los ojos a medida que los pasos se acercaban más y más. Vio a Souji de pie en medio del salón, mirando hacia la puerta entreabierta, esperando para recibir a Yagami.

* * *

Iori apartó al último ninja de su camino y entró en la mansión. Recordaba que en los tiempos de Saisyu hacer algo semejante no hubiera sido ni remotamente posible. Era más seguro terminar muerto, a llegar siquiera a la puerta de la gran casa. Sin embargo ahora estaba adentro, recorriendo los pasillos desiertos y dejando marcas de la sangre que goteaba lentamente por sus dedos. Su rostro estaba salpicado de escarlata, lo sabía, pero de alguna manera le complacía. Llevaba meses, meses tratando de controlar esas ansias de matar que antes desahogaba con una simple pelea contra Kyo.

Siguiendo su instinto, supo que se acercaba al lugar donde Kusanagi Souji esperaba. Interesante. Lo había tenido por un cobarde que huiría ante la sola mención de su nombre. ¿No había atacado a Kyo cuando Kyo no estaba en condiciones de defenderse? Eso ya había dejado una muy mala imagen de Souji ante Iori. Era curioso que Souji realmente estuviera esperando para enfrentarse a él. ¿O sería para rogar por su vida?

Con sus manos ensangrentadas empujó la puerta corrediza y se encontró ante un amplio salón, brillantemente iluminado. Las paredes blancas y el suelo pulcro y encerado parecían esperar pacientemente a ser manchados con sangre. En medio del salón estaba un joven de largo cabello castaño, ataviado de manera ridículamente elegante. Y en el fondo, observándolo aterrorizada, reconoció a la Kushinada.

- Yagami - dijo el joven, Souji, a modo de saludo -. Veo que has llevado a cabo una matanza entre mi servidumbre.

Una sonrisa burlona torció los labios de Iori de una manera que a Souji le hizo desear estar lejos, muy lejos de allí. Sin embargo se deshizo de esa sensación con leve movimiento de cabeza. Souji permitió que la parte superior de su traje se abriera y resbalara por sus hombros, dejando al descubierto su firme torso desnudo. Levantó los brazos en un gesto que invitaba a Iori a atacar.

El pelirrojo ladeó levemente la cabeza, como si el movimiento de Souji fuera algo que no comprendiera.

- ¿Qué esperas? ¡Ataca! - exclamó Souji. Sus ojos estaban fijos en el pelirrojo, todo su cuerpo temblando, la adrenalina corriendo por sus venas.

- ¿Atacarte? - repitió Iori, aún con la sonrisa burlona y sin siquiera levantar un brazo para ponerse en guardia. En vez de eso, buscó algo en los bolsillos de los pantalones rojos que vestía. Souji lo vio sacar una gastada cajetilla de cigarrillos y dejar que el último restante cayera sobre su palma. Al instante se tiñó de rojo, pero Iori no pareció notarlo. Lo llevó a sus labios y Souji ni siquiera alcanzó a ver la pequeña llama púrpura con la que lo encendió -. ¿Para qué? - terminó Iori, y Souji no pudo hacer más que entreabrir los labios por la sorpresa. Bajó la guardia, sintiéndose estúpido por mantenerse en esa pose cuando Yagami no parecía tener intenciones de atacarlo.

- ¿A qué has venido si no es a enfrentarte a mí? - exclamó Souji. Sus ojos castaños brillaban airados.

- ¿Para qué querría atacarte? - preguntó Iori de nuevo, fumando calmadamente, observando a Souji con sus ojos rojos entrecerrados. Souji lo miró de arriba a abajo. Vio la chaquetilla negra, la camisa blanca salpicada de escarlata, los pantalones rojos. No había suficiente sangre impregnando su traje. Tan desagradable como pudiera parecer ese pensamiento, fue lo que hizo que Souji supiera que Yagami no había entrado solo a la mansión. La idea de enfrentarse a un Yagami que había acabado con todos sus ninjas lo ponía bastante nervioso, pero el pelirrojo había traído compañeros. Souji sonrió interiormente; se sentía más confiado. Yagami no era tan poderoso como se decía, y si Kyo había conseguido mantenerlo al margen durante tantos años, él, que era mucho más hábil que su primo, seguramente podría vencerlo sin problemas.

Observó la puerta, no había nadie. Escuchó atentamente; ni un sonido, salvo su respiración agitada y los sollozos de Yuki en el fondo del salón.

- ¿Entonces sólo querías divertirte matando a mi servidumbre? - preguntó Souji, sarcásticamente pero esperando provocar lo suficiente al Yagami para que empezara a atacarlo.

- No - Iori exhaló el humo del cigarrillo mientras respondía. Parecía lejano e indiferente, pero había una expresión de burla que Souji no conseguía descifrar. ¿Qué le parecía gracioso?

Perdiendo los estribos, Souji lanzó un sorpresivo golpe hacia Yagami. El fuego escarlata se encendió pasando a centímetros de su rostro, pero el pelirrojo lo esquivó con sólo hacerse a un lado. Sus miradas se cruzaron. Iori mantenía el cigarrillo entre sus labios. El humo ascendiente era todo el movimiento que había en el salón.

- ¿Sabes a quién te estás enfrentando? - preguntó Souji comenzando a sonreír porque la situación no le podía parecer más ridícula. Cuando Iori le devolvió la sonrisa Souji sintió un escalofrío.

- ¿Al traidor sin honor que obtiene el título de líder del clan en un duelo donde lleva todas las de ganar? - murmuró el pelirrojo. Souji se estremeció furioso.

- Obtuve el título de líder sin romper ninguna regla - dijo. Dios, dándole explicaciones a un Yagami. - Mi primo sólo demostró su debilidad ante toda la familia. Nuestro clan no podía tener un líder que ni siquiera puede salir victorioso en un reto.

Iori apartó el cabello rojo de su rostro con un movimiento de cabeza. Lentamente algunas hebras volvieron a cubrir su ojo, mientras Souji pronunciaba:

- Yo, Kusanagi Souji, líder de los Kusanagi, te reto al duelo a muerte que jamás pudiste llevar a cabo debido a la cobardía de mi primo. Aquí, y ahora.

Su deseo de ser atacado por Yagami comenzaba a hacerse enfermizo. Pero Iori no pensaba complacerlo. Parecía haber estado esperando ese desafío. Lentamente caminó hacia la puerta del salón, los ojos de Souji lo siguieron sin apartarse ni un segundo.

- Lamento no poder aceptar tu reto - dijo Iori, con voz baja y burlona, lanzándole una mirada a un Souji perplejo -. El único líder de los Kusanagi, y el único Kusanagi que me interesa, es Kyo - terminó.

Souji no podía creer que eso realmente estuviera sucediendo. Lo único que le faltaba para igualar a su primo era enfrentar a Yagami y sobrevivir. ¿Pero qué hacer si el maldito Yagami no estaba interesado en pelear con él? ¿Acaso no lo consideraba un oponente digno?

Iori alejó el cigarrillo de sus labios, y miró a Souji severamente, como un adulto observaría a un niño caprichoso.

- ¿Por qué habría de enfrentar a alguien que gana un título en una pelea sin honor? - preguntó el pelirrojo con calma. - Si tantos deseos tienes de morir, sé de alguien que gustoso podría complacerte.

Souji abrió los labios para responder pero las palabras murieron en su garganta. En vez de su voz, se escuchó el corto grito de Yuki.

El pelirrojo sonrió imperceptiblemente mientras se hacía a un lado.

- No puede ser... - oyó que murmuraba Souji -. Tú estás muerto.

Una figura de cabello castaño había entrado, deteniéndose unos segundos en el umbral. Souji negó con la cabeza como si no pudiera creer lo que veían sus ojos.

Kyo le sonrió desde la puerta, su mirada teñida de escarlata paseando lentamente por todo el lugar, deteniéndose en una aterrorizada Yuki, y en un estupefacto Souji, para posarse por último en Iori. El pelirrojo hizo desaparecer los restos de su cigarrillo en una breve llamarada púrpura, como era su costumbre, antes de hundir sus manos en los bolsillos. Dio unos pasos hacia la puerta, hacia Kyo que esperaba, y, observándolo a los ojos, le sonrió.

* * *

Continúa...

[ Capítulo 44: Murasaki no Honoo ]

* * *

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Noviembre, 2002