Fanfic por MiauNeko
Créditos del beta-reading a Pekkochu
Créditos del proof-reading a Artemis

~ Dark Crimson, Forbidden Fantasies ~

Capítulo 44.- Murasaki no Honoo

Cuando Kyo despertó ya era de día.

No veía nada, salvo una bruma plateada que se extendía hacia adelante, atrás, hacia todos lados, rodeándolo.

Pero sabía que era de día.

¿Era eso lo que se sentía al estar muerto? Yacer inmóvil en medio de la nada, y sólo observar, pensar, recordar. Desear hacer cosas y no poder. Desear ver personas y no poder. Desear levantar la cabeza para ver a quién pertenecían esos brazos que lo rodeaban y estrechaban contra una calidez que le era especial... y no poder.

Pero sentía dolor.

En la muerte no hay dolor. O no de este tipo. Era demasiado apagado, demasiado mundano. No tenía la intensidad del Henka, pero le era familiar. Como si estuviese infinitamente agotado. Sus miembros pesados y entumecidos.

En la muerte no hay ventanas como la que sus ojos comenzaron a reconocer en medio de ese vacío de plata. No hay ventanas con cortinas descuidadamente entreabiertas, ni paisajes de nubes grises contra las que contrastan edificios que parecen construidos a base de metal y cristal.

En la muerte no hay nada.

Y definitivamente su departamento no podía haberse ido al infierno con él.

Parpadeó lentamente, y las brumas se convirtieron en paredes claras. La niebla en que flotaba tomó la forma y contextura de una gruesa alfombra. Parpadeó de nuevo. Era extraño. ¿Cuántas veces se puede cerrar los ojos, estando seguro de morir, y luego volver a despertar?

No muchas.

A menos que hubiera un pelirrojo que todo el tiempo estuviera amenazándolo silenciosamente, obligándolo a regresar. Una y otra vez, regresar. Regresar a él. A costa de su propia vida, o lo que fuera. Nada era suficiente para Yagami, mientras consiguiera lo que quisiera.

Yagami...

Kyo intentó volverse, pero el leve movimiento hizo que su cabeza pareciera girar vertiginosamente. La realidad de su departamento lo golpeó con fuerza. Como despertar de un sueño que no sabía que había estado soñando. Estaba sobre la alfombra, sentado, apoyado en alguien que aún lo estrechaba con fuerza. Veía manchas escarlata salpicando el suelo, las paredes, manchando sus ropas.

La noche anterior volvió a él con toda su claridad. Un último ruego a Yagami que el pelirrojo estaba en todo su derecho de negar, cosa que hizo. Y de pronto la fuerza que había controlado su cuerpo en contra de su voluntad, convirtiendo su ruego en una orden y luego una amenaza. Sabía que había sido Orochi, y por primera vez comprendió lo que significaba para Yagami sufrir un Riot. Pero eso no era lo que le importaba en ese momento porque, mientras Orochi lo utilizaba para atacar a Iori, que no se defendía, Kyo comprendió lo que la muerte de Iori significaba para él. Fue tan claro, tan simple.

Defiéndete, Yagami...

El golpe de Iori tardó mucho en llegar, pero finalmente atacó. Kyo no sintió el dolor, sólo oyó la voz de Orochi retumbando en su cabeza. Un breve intercambio de palabras, y de pronto Orochi desapareció, dejándolo durante un segundo observando fijamente los ojos rojos de Iori. Y cayó en sus brazos, sintiendo su energía comenzando a aliviar el dolor, y reconfortarlo con su calidez.

Poco a poco se había dado cuenta de lo que Yagami pretendía. Por muy poderoso que el joven fuera, era imposible que dos personas sobrevivieran compartiendo esa energía. Kyo quiso protestar pero Iori se había mostrado obstinado en continuar. Tuvo que esperar a que el pelirrojo estuviera tan débil como él para alejarse.

Recordaba la mirada de Iori exigiéndole que regresara, vio que movía los labios hablándole en silencio... pero de pronto nada de eso le importaba. Sólo observaba a Iori y, como un remolino, las imágenes de su violento pasado con él parpadearon en su mente. Desde que lo consideraba un desquiciado obsesionado con matarlo, hasta los momentos en que se había mostrado tan gentil con él, protegiéndolo. Era agradable pensar en Iori, se dio cuenta. Parecía esos momentos previos a quedarse dormido, en que todo lo que se tiene son pensamientos y la calidez de suaves sábanas.

Y, al igual que en cualquier noche de su vida, lentamente el sueño cerró sus ojos. Sabía que esta vez debía ser para siempre. Era bueno que ese rostro casi oculto por desordenados mechones rojos fuera lo último que vería...

Él debía estar muerto.

A menos que...

Sólo uno de ellos podía estar con vida allí. ¿Podía Yagami haber sido tan idiota como para sacrificarse por él?

Consiguió volverse sin sufrir un mareo. Lo hizo rápido, porque tenía miedo de ver a quien estaba detrás suyo, abrazándolo aún. Vio el cabello rojo a su lado. Su espalda estaba apoyada en el pecho de Yagami, pero la cabeza del joven caía sobre su hombro, sus ojos cerrados, inconsciente. Quiso llamarlo, seguro de que no recibiría respuesta, pero entonces notó el suave y regular ritmo de su corazón contra su espalda, y su respiración rozando su mejilla.

- ¿Yagami? - dijo, despacio, su voz saliendo ronca de su garganta seca. Toda la respuesta que recibió fue un leve gemido. - K'so... - murmuró. Estúpido Yagami, realmente se había atrevido a hacerlo. Había permitido que su cuerpo se robara toda su energía.

¿Pero a qué costo?

Se liberó de su abrazo, posando sus manos en los hombros de Iori, llamándolo de nuevo. Otra vez el miedo a no obtener una reacción comenzó a crecer en su interior. ¿Y si no despertaba...?

- Yagami - volvió a llamar -. ¡Iori!

Y finalmente el pelirrojo entreabrió los ojos. Parecía cansado y molesto, irritado de que alguien lo despertara a esas horas tan tempranas de la mañana.

Su mirada se posó confusa en el rostro anhelante de Kyo ante él. Se observaron largo rato, Kyo sorprendido ante la expresión que poco a poco apareció en los ojos de Iori. ¿Era alivio? ¿Se... alegraba de verlo?

Iori levantó una mano temblorosa, como si quisiera verificar que realmente era Kyo quien estaba frente a él, mirándolo con una leve sonrisa en los labios porque parecía no saber qué otra expresión debía adoptar. Rozó la mejilla del joven Kusanagi con la punta de los dedos y la sonrisa de Kyo se amplió, se volvió más sincera, iluminando esos ojos que se habían tornado escarlata para siempre.

Súbitamente la mano de Iori se deslizó hacia la nuca de Kyo, y lo atrajo hacia sí con la violencia que lo caracterizaba. Kyo se encontró atrapado entre sus brazos de nuevo, sin aliento. Iori lo estrechaba con tal fuerza que parecía querer ahogarlo, sus largos dedos aferrándose a la ropa de Kyo, su otra mano perdida entre el cabello castaño, inmovilizándolo por completo.

Kyo escuchó su suave suspiro cerca a su oído. Iori lo abrazaba con los ojos cerrados, como si buscara convencerse de que la noche había pasado y se había llevado al Henka con ella. De que todo había terminado.

Iori ocultó su rostro contra el cuello de Kyo, que sintió su respiración ahora irregular y ardiente cosquilleando en su piel. La manera en que se aferraba a él parecía desesperada. Pero Iori no pronunció palabra. Sólo lo mantuvo así, contra él. Kyo sonrió, reaccionado finalmente y levantado sus brazos para recorrer la espalda de Yagami con la punta de sus dedos, recordando vagamente que la camisa que vestía era suya.

- Arigatou - dijo Kyo en un murmullo. Sabía que este amanecer se lo debía a Iori.

Pero así como ese reconfortante abrazo había empezado, terminó. Iori se apartó de él, apoyándose en el sofá para poder mantener el equilibrio. Kyo quiso imitarlo, pero nuevamente el extraño y apagado dolor lo recorrió. Trastabilló a medio levantarse, e Iori lo sujetó, observándolo con pesar en sus ojos rojos.

- No me agradezcas por esto - le dijo Iori con suavidad -. Dentro de poco estarás deseando que nunca hubiera sucedido.

Kyo no lo comprendió en ese momento, pero Iori había tenido razón. Eso fue claro unos cuantos días después, cuando Kyo comenzaba a pensar que su vida transcurriría con la normalidad del pasado.

Yagami se había quedado con él, en su departamento, todo ese tiempo, pero al cuarto día decidió que debía ir donde sus compañeras. Lo dejó sin darle más explicaciones, sin ni siquiera decir si volvería. Kyo sabía que lo haría. De otro modo no le hubiera exigido que fuera cuidadoso en todo lo que hiciera: para sus amigos, familia, y enemigos, Kusanagi Kyo estaba muerto.

Y de algún modo era verdad. Kyo lo experimentó en carne propia minutos después que Iori se fuera. La energía que Yagami le había dado era como una fuerza extraña en su cuerpo, que había dominado por completo cualquier rastro de energía Kusanagi que el Henka no hubiera consumido, y que él debía asimilar. Era como haber sido revivido por una energía totalmente nueva, que se sentía ajena, como si ya no fuera él, como si fuera una persona diferente. Se sentía confundido. Pero nadie lo podía ayudar en eso. Y nadie le dijo tampoco lo doloroso que sería.

Recordaba confusamente haber sentido algo similar siendo niño, cuando lo obligaron a concentrarse para manifestar las legendarias llamas anaranjadas del fuego de los Kusanagi. Era como sentir sus venas ardiendo con ese fuego.

Y ahora se trataba del fuego púrpura que tanto daño le hacía a Yagami.

Se encontró recostado en uno de los sofás, sujetando su muñeca y su mano lejos de sí, inconscientemente. Sentía que el fuego amenazaba con brotar descontrolado, pero nada sucedía, y el dolor de la espera comenzaba a subir por su brazo, su hombro, hasta explotar en su pecho con tal intensidad que creyó oír su grito ahogado, cortado por un leve gruñido. Aquello no parecía algo que pudiera dominar. El recuerdo de sus dóciles llamas anaranjadas parecía un sueño.

Todo su cuerpo ardía, dolía. Se preguntó si eso era lo que Yagami sentía todo el tiempo, pero no pudo pensar en la respuesta siquiera. Como un momento que le permitiría descansar, la inconsciencia cayó sobre él.

Así fue como Iori lo encontró al regresar, un día después; sobre el sofá, la piel de su mano derecha enrojecida por la intensidad del fuego que no había brotado, su cabello castaño húmedo de sudor. No lo despertó, sabía que de nada serviría. Sólo se dejó caer en un sofá frente a él, observándolo con ojos entrecerrados y serenos. Pensando.

El resto del mes transcurrió de esa forma, entre idas y venidas, periodos de consciencia, inconsciencia y frustración. Kyo no se dio cuenta de cómo la energía de un Yagami lo había afectado, pero para Iori todos los pequeños cambios en el joven fueron evidentes. No podía esperar que una energía proveniente de un linaje que desde el comienzo había sido regido por dolor y crueldad no dejara su marca en una persona que toda su vida había sido, casi, feliz.

Quizás para Kyo fue imperceptible cuando dejó de sentir la necesidad de una simple caricia de Yagami. Lo quería cerca sí, y algunas noches lo quería en su cama, pero ya no había esa necesidad de vida o muerte que los había unido durante la semana de Navidad. Kyo comenzó a pasarse los días encerrado en su habitación, la puerta asegurada, tratando de ahogar sus gemidos contra la almohada y encontrar la fuerza para hacer brotar las llamas púrpura. Sabía que la única manera de calmar el ardor en su interior sería dominar el fuego, subyugar el poder. Las suaves palabras de Yagami indicándole cómo debía hacerlo solamente lo exasperaban. Lo había mandado al demonio más de una vez, y el pequeño departamento se hubiera convertido en un campo de batalla de no haber sido porque ambos sabían que Kyo no estaba en condiciones de defenderse.

- No llames al fuego como si fuera tu mascota - le había dicho una tarde el pelirrojo, despectivamente, mientras encendía una llamarada sólo porque quería molestar a Kyo -. Ordénale que aparezca, ofrécele sangre.

Toda la respuesta de Kyo había sido una patada a la puerta de su habitación que se cerró secamente, dejando a Iori en la sala intentando dominar el impulso que le decía que esa puerta de madera blanca se vería mucho mejor fuera de sus bisagras. Contra la cabeza de Kyo, de ser posible.

No era fácil estar juntos, ambos lo sabían. Kyo salió horas después, viéndose agotado, caminó hacia Iori y se dejó caer a su lado en el sofá. Había cosas que querían decirse, pero no hablaron. Fue luego de un largo titubeo que Kyo apoyó su cabeza en el hombro de Iori. ¿Cuánto más tiempo podían continuar así? El pelirrojo sólo estaba allí, no daba razones, tampoco las habían. No tenía necesidad de continuar protegiendo a Kyo. La energía que los unía ahora también los había separado, pero parecía difícil romper definitivamente el lazo del que tanto habían disfrutado, cuando el miedo a la muerte los hizo llegar a pensar que, de ser posible, querían estar juntos para siempre.

Ingenuos, inocentes y estúpidos pensamientos.

A medida que el mes avanzaba, Iori pasaba más tiempo lejos de él. El fuego continuaba rebelándose a su voluntad. Hacía semanas que no dormían juntos, y Kyo ya estaba harto de pasear por los canales de TV en noches insomnes durante las que el dolor no le permitía descansar.

Pero cada vez que pensaba que el pelirrojo no regresaría, Iori aparecía. Se había ido de gira, comentaba, y como para reforzar su coartada dejaba el estuche de su bajo eléctrico en un rincón de la sala. Kyo no decía nada. Irse de gira también podía significar compartir una cama de hotel con alguna groupie o, ¿por qué no decirlo?, tener sexo en la alfombra con algún integrante de cualquier otra banda. Morderse la lengua para no sacarle eso en cara a Yagami había hecho que Kyo probara su sangre más veces de las que le hubiera gustado, pero así debía ser. Yagami no le había prometido nada, y él no tenía derecho a exigirle una fidelidad que, sabía, era imposible.

Aunque la idea de que Yagami estuviera con otras personas, y no sólo con él, lo molestaba.

Yagami era suyo.

E Iori sabía que Kyo pensaba así. Lo sabía porque él también sentía lo mismo respecto al joven Kusanagi, con la diferencia de que él lo había expresado desde el primer momento en que lo vio, frente a todos los participantes del King of Fighters. Sabía muy bien lo que era no tener control en la vida de algo que declaraba como "suyo", por eso permitía que Kyo supiera que las noches lejos de él no las pasaba solo. Era como una perversa satisfacción saber que Kyo no era feliz.

Pero eso no significaba que lo odiaba de nuevo.

* * *

La puerta de la habitación de Kyo fue la que más sufrió durante esos meses. Fue cerrada a golpes, a patadas, y fue una suerte que Kyo aún no consiguiera dominar el fuego púrpura porque lo más seguro hubiera sido que terminara hecha pequeñas astillas chamuscadas.

Kyo se sentía enfermo y no había nada que pudiera aliviarlo. Su malhumor iba en aumento. Sus conversaciones con Yagami ahora se limitaban a sarcasmos e ironías referentes a su falta total de habilidad para dominar un poder que iba más allá de sus capacidades. Encerrado en el departamento, Kyo comenzó a distraerse del dolor pensando en su primo y en lo que estaría haciendo con el clan ahora que él "estaba muerto". Yagami le había comentado vagamente que Yuki (y Kyo había notado la mirada indagante de sus ojos rojos mientras pronunciaba esas palabras) frecuentaba la mansión Kusanagi regularmente. Era fácil ver algo sucediendo entre Souji y Yuki. Souji era lo suficientemente tonto como para dejarse engañar aun sabiendo que las Kushinada eran ahora un clan rival.

Ver a Souji disfrutando de su actual posición, y recordar la infame forma en que lo retó para obtener una victoria asegurada, hacía que deseos de venganza se arremolinaran en el interior de Kyo. De pronto se encontró tramando una venganza con Yagami, como dos niños traviesos divirtiéndose mientras planeaban las mejores formas de hacer que un adulto molesto pasara un mal rato.

Se dieron cuenta que desviar el mal humor de Kyo y utilizarlo en algo tan productivo como una venganza les dejaba más momentos tranquilos para disfrutar de su mutua compañía. Iori le señaló que antes de llevar a cabo cualquier plan, él debía volver a aprender a dominar el fuego, y Kyo asintió decidido, sin tomar las palabras del pelirrojo como una alusión a los fracasos en que había estado viviendo esos últimos días.

Nada arriesgaría el plan. Ni siquiera Alex, o Syo, debían saber que él continuaba con vida. Iori se encargó de decirle al ninja que no se acercara al departamento de Kyo y Syo obedeció sin cuestionar nada. Parte de su obediencia parecía estar ahora al servicio del pelirrojo, y eso fue bueno por un lado, porque gracias a sus breves visitas Iori supo que Alex había dejado atrás todo ese estúpido asunto de confundir la realidad y había vuelto a ser, según palabras del mismo Syo, el insoportable de siempre.

Souji estaba seguro de la muerte de Kyo porque Setsuna así se lo había dicho. Y Setsuna estaba segura porque no percibía la presencia de Kyo en ese mundo. Era de esperarse, porque ella buscaba el aura de un Kusanagi, y eso ya no existía más. Lo mismo ocurrió con Kagura Chizuru.

En esos momentos, sólo Iori sabía que Kyo estaba vivo.

Era una sensación muy placentera.

* * *

- ¿Ir a dónde? - repitió Kyo como si hubiera oído mal. Iori repitió el nombre del bar. El pelirrojo estaba de pie en la sala, el estuche de su bajo colgando de un hombro, vestido con esos ceñidos atuendos que utilizaba para sus conciertos: un chaleco rojo sin mangas, cerrado por un cordón negro que se entrecruzaba a partir de su pecho, y colgaba sin llegar a cerrar del todo la prenda. Kyo se encontró mirando los firmes músculos a través de la tela, que hacía contraste con los pantalones de cuero negro adornados con plateado. Había anillos del mismo color adornando sus dedos, junto con brazaletes en su muñeca, y pendientes en su cuello. - ¿Contigo? - murmuró Kyo luego de un momento.

Yagami le había dicho que debía pasar desapercibido, para evitar que cualquiera de los cuatro clanes se enterara de que continuaba con vida, pero eso era ciertamente ridículo, considerando que Iori llamaría demasiado la atención.

- Es la idea - gruñó el pelirrojo cuando Kyo se lo hizo notar con una mirada silenciosa que lo recorrió de arriba a abajo -. Se fijarán en mí, no en ti. - Y con un vago gesto le dijo que fuera a cambiarse, o llegarían tarde al concierto.

El bar al que lo llevó era pequeño pero atestado. Yagami lo dejó en una mesa lateral, acompañado de suficiente alcohol para entretenerlo mientras empezaba el show, y se dirigió a los vestidores a reunirse con su banda. Kyo se encontró preguntándose a qué se debía todo eso. Inconscientemente rozó con su mano la ajustada camiseta negra que vestía, acomodando la chaqueta de jean sin mangas que, a última hora, había decidido ponerse.

Las miradas y risitas de unas chicas en la mesa cercana lo distrajeron, y antes de que pudiera pensarlo siquiera, ya tenía a dos hermosas acompañantes para esa noche. No le interesó mucho la conversación de ellas, y dirigió sus ojos, ocultos bajo lentes oscuros, hacia el escenario del bar, donde algunos jóvenes habían comenzado a instalar sus instrumentos. Notó que entre el escenario y las mesas había un amplio espacio vacío, y poco a poco la gente dejaba sus asientos para ir a pararse allí. Las luces artificiales del lugar se volvieron más tenues, y un murmullo de excitación se oyó con claridad cuando la música apagada que salía de los altavoces calló.

Tal vez las chicas que lo acompañaban lo invitaron a ir con ellas más cerca al escenario, pero él se negó, apoyando los codos sobre la mesa, tomando un sorbo del vaso de ¿whisky? que Yagami le había dejado.

Pareció que todos los clientes del bar habían abandonado sus lugares para ir hacia el escenario, y Kyo se encontró a solas en la penumbra. Solamente unas velas ornamentales dispuestas en cada una de las mesas iluminaba el bar ahora. Para su suerte, desde donde estaba podía ver el escenario. La multitud de gente no interrumpía su visión en lo más mínimo. Yagami lo había sabido desde el comienzo.

Las figuras en el pequeño estrado tomaron sus posiciones, los amplificadores haciendo que todo el lugar retumbara y que los sonidos de los instrumentos se elevaran por encima de los gritos del público. Eran pocos, pero Kyo sintió que hacían tanto ruido como los asistentes a los torneos del KOF.

¿Por qué Yagami lo había llevado allí esa noche? Por más que lo pensaba no encontraba la razón. Lo observó, tocando su bajo con los ojos entrecerrados y aparentemente perdido en un mundo que Kyo nunca había vislumbrado. Las luces lo iluminaban de vez en cuando, pero él parecía demasiado sumido en lo que hacía como para que eso lo molestara. Se veía muy concentrado, como si el bar a su alrededor y el griterío de la gente no existiera. Esto era lo que hacía cuando se iba de gira, pensó Kyo, esto era lo que le gustaba tanto.

Los ojos rojos se fijaron en los suyos sobresaltándolo. Ya ni siquiera podía oír la música, sólo sentía algo... Satisfacción, tranquilidad, mientras le devolvía la mirada a Iori, deshaciéndose de los lentes negros. ¿Era esa sensación producto de la energía que los unía? ¿Era lo que Yagami sentía en ese momento, allí en el escenario? Sólo él, la música... y ahora Kyo también. Un invitado en su rincón privado. Kyo sonrió, resbalando lentamente en la silla, cruzando sus brazos sobre la mesa y apoyando su mejilla allí, disfrutando de la mirada de Yagami que no dejó de seguirlo nunca.

* * *

No mencionaron el breve momento de especial intimidad mientras volvían al departamento, en el automóvil negro de Iori. No intercambiaron ni una palabra. Ni siquiera cuando el pelirrojo se desvió de la ruta y se detuvo en el camino que cruzaba un enorme parque en las afueras de la ciudad.

Era de madrugada ya, y a pesar de ser verano estaba fresco allí. Descendieron del vehículo, adentrándose entre los árboles y sintiendo la humedad del ambiente. Los pequeños sonidos de la noche eran lo único que se oía.

- ¿A qué hemos venid...? - comenzó a preguntar Kyo cuando sintió los pasos rápidos tras él. Se volvió para ver la sombra que era Yagami, con sus manos rodeadas de fuego púrpura que dejaba una estela tras él. Kyo se hizo a un lado en el último momento.

Y tuvo que saltar de nuevo porque el fuego iba hacia él otra vez en la forma de un Yamibarai que marcó un surco oscurecido en la hierba.

No pidió más explicaciones. Apartó el cabello castaño de sus ojos, listo para enfrentar a Yagami. No tenía aún control sobre el fuego, pero no había perdido su habilidad. O quizás eso era lo que Yagami quería probar. Como fuera, le sonrió levemente mientras lo veía acercarse de nuevo, el cuerpo de Iori inclinado hacia adelante indicándole que si fallaba al esquivarlo el golpe realmente le iba a doler.

Fue como un juego, aquella noche, y pronto el claro de ese parque estuvo iluminado por el débil resplandor de las llamas púrpura.

* * *

- Tú... estás muerto - repitió Souji estúpidamente, como si aquellas palabras fueran a hacer desaparecer a esa imagen de su primo que ahora lo observaba con una nueva expresión de fiereza reforzada por el color rojizo de sus pupilas. Kyo extendió su mano ante él, y permitió que tibias llamas anaranjadas brotaran, para sorpresa de Souji, que retrocedió un paso inconscientemente, viéndose como un cobarde asustado, y haciendo que Iori dejara escapar una corta risa burlona.

El pelirrojo se olvidó del autonombrado líder de los Kusanagi y se volvió hacia Kyo. El joven lo observó también, la mirada de sus ojos escarlata arrogante y confiada, como había sido antes de que ocurriera el Henka. Kyo desvió su vista hacia Souji, y luego volvió a mirar a Iori, como si le indicara que quería hacerse cargo de su primo sin perder más tiempo. Iori comprendió, aún con la leve sonrisa en sus labios. Lo que ocurriera en esa mansión de ahora en adelante, era sólo cosa de Kyo. Si quería un duelo para vengarse, o si sólo quería asustar a su primo, ya no le incumbía.

La sonrisa confiada de Kyo también significaba algo más para él: que ya no lo necesitaba. La amenaza de muerte había pasado, la necesidad de ser protegido, la íntima dependencia. Todo eso había terminado y el que Kyo estuviera allí en ese momento solamente lo comprobaba.

En verdad había sido irónico que, luego de dudar tanto en establecer el vínculo de energía que lo uniera a Kyo para siempre, ese mismo vínculo hubiera terminado por apartarlos. Iori sabía que ya no tenía razones para estar cerca de ese joven. Lo que nació entre ellos durante el Henka había terminado. Y más que eso, incluso la excusa de buscarlo para enfrentarlo y matarlo (y no podía evitar sonreír interiormente al recordarlo) ya no tenía sentido. Por su vínculo de energía sabía que Kyo moriría cuando él muriera. No había razón para retarlo a muerte a menos que Iori se estuviera sintiendo con tendencias suicidas, cosa que era bastante difícil ahora.

Así, observó un breve momento más a Kyo, que pareció notar el sutil cambio en su expresión, porque murmuró:

- ¿Yagami?

Iori se le acercó, remedando suavemente la entonación de su voz:

- ¿Kyo?

El beso que le dio fue sólo un ligero roce de sus labios, un lánguido gesto sin pasión ni amor que arrancó ahogadas exclamaciones en Souji y Yuki. Su mano buscó la mejilla de Kyo, mientras sus labios seguían rozándose solamente, sus respiraciones mezclándose. Sintió que Kyo aferraba su camisa con su mano manchada de sangre. Fue un breve momento, al que él mismo puso fin apartándose y dirigiéndose a la puerta del salón, saliendo del lugar sin volverse a mirar a Kyo.

Escuchó su voz burlándose de Souji, e incluso de Yuki ("No te preocupes, no vengo a buscarte a ti, amor.") pero dejó de prestarle atención. Su vehículo esperaba afuera, y subió en él maldiciendo por no haber comprado otra cajetilla de cigarrillos en el camino.

Lo puso en marcha, enfilando a la carretera que hacía unos meses había recorrido acompañado de un Kyo moribundo y perseguido por ninjas Kusanagi. Lo vería de nuevo, eso era obvio. Dentro de algunos meses más, cuando los clanes volvieran a calmarse luego de la sorpresa de ver a Kusanagi Kyo vivo. Luego de deshacerse de los ninjas que enviaría su padre a matarlo por haberle mentido por segunda vez.

Apartó sus ojos del camino, dirigiéndolos al espejo retrovisor, porque en ese momento sintió el leve escalofrío que le produjo ver una enorme columna de fuego púrpura elevándose donde antes había estado la mansión Kusanagi; más específicamente, el salón donde Souji había decidido enfrentar a Kyo. Detuvo su auto al borde del camino, descendiendo para apreciar con tranquilidad el contraste de ese resplandor púrpura, que aún no se apagaba, contra el cielo celeste de verano. Estaba acostumbrado a las columnas de fuego púrpura atravesando las nubes, luego de una vida dominando el Eight Wine Cups, pero era diferente saber que esta vez ese agujero en las nubes había sido producido por el Saishuu Kessen Ougi de un Kusanagi. De Kyo.

El sonido de un par de motos lo distrajo, y al mirar a su lado vio a dos jóvenes vestidos de negro que observaron el cielo y luego a él. Un par de ojos verdes y un par de ojos ámbar parecían interrogarlo en silencio. Él no les dijo nada, volvió a subir al auto, indicándole a Alex y Syo que siguieran adelante. Una sorpresa esperaba por ellos.

Su vehículo se fue desvaneciendo en la distancia, mientras el resplandor púrpura del Saishuu Kessen Ougi se apagaba. Los dos ninjas continuaron su camino en dirección contraria a la que había tomado Iori, ambos esperanzados en encontrar en la mansión a aquel que amaban más que sus propias vidas y que no se atrevían a mencionar en ese momento, compartiendo un anhelo que, durante una semana de Navidad, al menos, Iori había sentido con tanta intensidad como ellos.

* * *

Continúa...

[ Epílogo ]

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MiauNeko, Artemis &
Shades of Flames and Passion
Noviembre, 2002