Fanfic por MiauNeko

El Inevitable Crossover: Yuu Yuu Hakusho & The King of Fighters

Taiyou, Tsuki, Honoo to Bara
{Sol, Luna, Fuego y Rosas }
ver. 1.02

***

 

Capítulo 32: Yume {Sueños}

La habitación estaba silenciosa. Sobre la cama una figura semidesnuda descansaba; dormía, pero por su expresión angustiada era obvio que ni el sueño conseguía calmar sus pensamientos. Se volvió ligeramente, sus labios moviéndose en palabras silenciosas. Su desordenado cabello rojo caía sobre su rostro. Pareció que iba a despertar, pero nada sucedió.

Shika sonrió para sí levemente, y tocó aquel cabello rojizo con la punta de los dedos, satisfecho.

"Sueña, Yagami", dijo para sí. "Sueña, recuerda, ama... Y luego sufre..."

***

El bosque, otra vez el bosque que tanto veía en sus recuerdos. La luna en el cielo, los árboles sacudiéndose con el viento. Las llamas lanzando sombras afiladas a lo largo del pequeño claro. Los niños. Sí, aquellos inocentes niños. Cabello rojo, cabello castaño. Abrazados bajo el árbol, descansando y compartiendo su calidez. Las manos entrelazadas, las miradas tranquilas a pesar de saber que eran enemigos a muerte.

- Me voy de casa - había dicho el pequeño Kyo -. No pelearé contigo nunca. No dejaré que nuestros padres decidan cómo debemos vivir.

El niño pelirrojo no había dicho nada. Era inútil tratar de escapar al destino, pensaba, pero la voz determinada del descendiente de los Kusanagi le hacía sentir algo extraño. Deseaba confiar en él. Quería que todo aquello fuera verdad.

Su cuerpo le dolía terriblemente, pero el otro niño lo sostenía con firmeza. La calidez de su abrazo era algo que Iori pensó jamás olvidaría. Jamás.

Debían odiarse, pero en ese momento eran sólo dos niños. Debían matarse, pero todo lo que hacían era reposar uno contra el otro, en silencio.

El viento arreció, las hojas revolotearon a su alrededor. Varias horas habían pasado ya. Era momento de separarse.

- Ven, te llevaré hasta tu casa - se ofreció el niño de cabello castaño mientras ayudaba a Iori a ponerse de pie.

- No es necesario.

- Pero estás muy débil y...

- ¡Dije que no necesario! - el orgulloso Iori empujó a Kyo hacia atrás... Sólo para caer de rodillas incapaz de dar un paso por sí mismo.

- Anda - insistió Kyo ayudándolo de nuevo. Incluso le sonrió, y sus ojos castaños brillaron cálidos -. Hasta la mitad del camino. Y nadie se enterará nunca. ¿Ne? ¿Ne?

Ante aquella sonrisa Iori bajó la cabeza. No comprendía por qué ese Kusanagi era tan amable con él. Su mismo padre lo habría dejado abandonado a su suerte hasta que recuperara fuerzas para volver por sus propios medios, pero este niño...

- Naze...? (¿Por qué?) - no pudo evitar preguntar.

- ¿Por qué? - repitió Kyo extrañado -. No sé... Pero sé que tú harías lo mismo...

Iori rió burlón. Kyo no comprendía el motivo de su risa.

Levantando la mirada lenta y amenazadoramente, Iori clavó sus ojos en los de Kyo, que esperaba. Una sonrisa cruel se formó en los labios del pequeño Yagami.

- Yo no soy como tú. Yo te mataría. Te mataría aquí mismo.

Hubo un momento de silencio en el que Iori esperó que el otro niño se alejara corriendo, o que lo soltara y lo atacara, sin embargo nada sucedió. Kyo dio un suspiro y entrecerró sus ojos.

- Entonces debes estar agradecido de que yo no sea tú.

- ¿Eh?

- Anda, es tarde.

Echaron a andar despacio. Varias veces Iori se volvió para observar al niño que tenía a su lado. Algún día tendría que matarlo, se repetía. Era mejor no sentir nada por él. Nada...

***

Varios años pasaron antes de que Iori volviera a tener noticia del descendiente de los Kusanagi. Ya no eran niños, y poco a poco las flamas habían empezado a formar uno con ellos, a fundirse en su sangre, a ceder ante su control.

Los días no habían sido felices, para ninguno de los dos. Jamás se volvieron a encontrar, pero lentamente sus familias habían ido introduciendo un sentimiento en su corazón, un odio que los obligaría a matarse entre ellos.

La noche que pasaron juntos en el bosque no era más que un vago recuerdo, un sueño irreal. Las palabras: "no quiero que sufras más" eran difusas y distantes. Quizás parte de su imaginación.

Años... Ambos debían ser adolescentes ya... Capaces de dominar las llamas a voluntad, y preparados para empezar el verdadero entrenamiento, donde aprenderían las técnicas secretas que les permitirían acabarse mutuamente.

Preparados para experimentar el verdadero sufrimiento.

***

- ¡Iori! - la voz de su maestro retumbó en sus oídos. Levantó la cabeza lentamente sólo para ver venir un pie que lo golpeó con violencia en la cabeza, lanzándolo por el suelo, rodando sobre la tierra. - Imagina que yo soy Kyo Kusanagi, ¡no tendré piedad por ti! Si te veo en el suelo enviaré a mis llamas para consumirte, ¿comprendes? No tendré piedad, ¡ataca!

Los ojos del pelirrojo tardaron en abrirse. Todo estaba borroso y poco a poco empezó a tomar un tono rojo, como de sangre. Sin poder evitarlo, su cuerpo se arqueó y con temor vio como un chorro de sangre brotaba de su boca y caía al suelo. Se llevó una mano a los labios, sin comprender. Sin querer creerlo.

La maldición... Había empezado a hacerse evidente.

El entrenamiento terminó ahí. Su maestro lo llevó a su habitación donde le ordenó esperar mientras terminaba la hemorragia. ¿Esperar? Iori apartó la mirada y observó por la ventana. Abierta y sin nadie resguardándola, pensó.

Se deslizó hacia afuera. Hacia el bosque. No le importaba que sus ropas estuvieran aún manchadas con sangre. No sabía por qué había salido. Sólo quería alejarse de su hogar. Dirigirse al lugar donde una vez había estado a punto de saber lo que era el verdadero cariño.

***

Gritos.

Quejidos y golpes. El sonido de pasos apresurados, acallados por la suave espesura del pasto. Iori se sobresaltó y se detuvo en seco, quedando oculto tras el grueso tronco de un árbol.

Alguien corría del otro lado, sus pasos eran rápidos y firmes, pero su respiración era desesperada. Alguien era perseguido.

Asomándose levemente, Iori consiguió vislumbrar a un muchacho vestido de negro. Su cabello castaño estaba desordenado y sus ojos miraban alrededor intentando encontrar un lugar por donde huir.

- Kusanagi... Kyo... - pronunció Iori -. Kyo...

Kyo, ahí, después de todo ese tiempo.

Iba a salirle al paso cuando un silbido cortó el aire y al instante siguiente una explosión de sangre surgió de una de las piernas del muchacho que corría.

Perdiendo el equilibrio, Kyo cayó rodando sobre el pasto, y con esfuerzo se puso de pie para enfrentar a sus perseguidores.

- ¡Kyo-sama! Por favor, regrese con nosotros - exclamó una figura oscura, un ninja del clan Kusanagi.

- ¡No! Ya se lo dije a mi padre, ¡ya se lo dije a todos! No voy a dedicar mi vida a pelear contra los Yagami. ¡Ellos no me importan! ¡Si quiere verlos muertos que los mate él mismo!

- ¡Kyo-sama!

El muchacho se echó el cabello para atrás con un gesto arrogante, luego se puso en una pose defensiva, esperando que lo atacaran.

- Voy a irme de casa, aunque tenga que matarlos a todos ustedes - aseguró Kyo. Cerró sus ojos un momento y vio de nuevo a aquel niño Yagami, luchando por dominar las llamas, sufriendo el inmenso dolor que el esfuerzo le producía -. Además - agregó en un susurro mientras sonreía para sí -, se lo prometí. Le prometí que no sufriría más.

Había murmurado esas palabras para sí, pero alguien también las oyó: Iori.

Los ninjas atacaron al unísono. El muchacho golpeó a uno de ellos antes de que cayera al suelo, pero los otros lo rodearon e inmovilizaron. El pelirrojo dudó en ayudarlo. Era su enemigo, ¿por qué entrometerse? Pero sus palabras "se lo prometí..." habían sonado tan confidentes, tan llenas de determinación que...

Iori dio un paso hacia el lugar donde Kyo forcejeaba con los ninjas. Una mano se cerró alrededor de su hombro, inmovilizándolo.

- No intervengas - dijo una voz profunda y severa. Iori sintió un escalofrío.

- O... Otousama... {padre...} - murmuró, incapaz de creer que era su padre quien estaba a su lado. Su padre, aquella persona a la que no le importaba nada salvo acabar con el clan rival.

- Observa. Observa la debilidad de los descendientes de los Kusanagi. Vencidos por sus propios ninjas.

"No... No quiero observar...", gritó Iori en se mente mientras sus ojos veían cómo Kyo encendía en llamas a uno de los ninjas. "Quiero ayudarlo a escapar, quiero que se vaya, quiero dejar de vivir sólo para matarlo a él..."

Durante un momento pareció que Kyo llevaba la ventaja, sus golpes de fuego hacían retroceder a los ninjas pero poco a poco Iori se dio cuenta que la herida en su pierna lo estaba debilitando demasiado. Los ninjas no dejaban de turnarse para atacarlo y finalmente parecieron obtener la victoria.

"No te rindas..." gruñó Iori. "¡No te perdonaré jamás si te rindes ahora...!"

Kyo estaba de rodillas, pero despacio levantó la cabeza y todos vieron que sonreía. Los ninjas observaron, esperando que se resignara y volviera con ellos pero para su sorpresa y temor, el cuerpo de Kyo empezó a ser envuelto en descontroladas llamas anaranjadas.

Su cabello ondulaba ante la energía del fuego que se alzaba cada vez más y más. Los ninjas abrieron mucho los ojos, y uno de ellos se adelantó un paso.

- Yamete kudasai {deténgase}, Kyo-sama! Esa técnica...

Pero el muchacho seguía sonriendo mientras se ponía de pie. Las llamas ardían violentamente. Los ninjas se veían atemorizados. No por el poder del muchacho sino por lo que podía sucederle si llegaba a usar esa técnica. Era una de las técnicas secretas de su familia y él era demasiado joven para dominarla completamente.

- Orochinagi - murmuró el padre de Iori, observando fijamente el cuerpo llameante de Kyo.

- ¿Orochinagi? - repitió Iori pero en ese momento un gemido llamó su atención. Kyo se había llevado una mano al pecho y sus ojos estaban cerrados, como si estuviera sintiendo un dolor insoportable.

- Yamete kudasai {por favor, ya basta}, Kyo-sama! - exclamó uno de los ninjas, acercándose para intentar ayudarlo.

Entre jadeos entrecortados, Kyo abrió los ojos y murmuró:

- Si él puede soportarlo, yo también... - dijo. Y Iori supo que se estaba refiriendo a él.

Pero el fuego ardía sin control ahora, el muchacho estaba de rodillas, incapaz de levantarse. Observó a los ninjas y, con un último esfuerzo, ordenó a las llamas que fueran hacia ellos.

El resplandor anaranjado fue demasiado rápido como para que los ninjas pudieran evitarlo y se vieron envueltos en fuego y dolor. Uno a uno cayeron, vencidos por el arder de esas llamas incontrolables. Kyo yacía frente a ellos, su rostro contra el pasto, sus ojos entreabiertos y su respiración jadeante.

- Patético - gruñó el padre de Iori antes de retirarse.

Iori se mantuvo quieto durante largo rato. Podía escuchar la respiración entrecortada de Kyo, y luego sus jadeos cuando intentó incorporarse en vano. Su cuerpo había utilizado toda su energía para realizar el Orochinagi y ahora no le obedecía. Sonrió para sí con ironía. Había acabado con aquellos ninjas, pero ellos también lograron su cometido, mantenerlo ahí hasta que otros llegaran para llevarlo de vuelta a su hogar. Maldita sea...

Un paso. Suave contra el pasto fresco. ¿Quién?

Dedos fríos en su mejilla ardiente. Una mano que gentilmente lo ayudó a incorporarse. Un firme hombro en el que apoyó su rostro. La esencia del fuego... Largos mechones rojos y ojos del mismo color observándolo.

- Y... Yagami... - murmuró semi-inconsciente. Una mano apartó los cabellos de su frente. El abrazo se hizo más estrecho.

- Ii darou... {Ya está bien...} Lo intentaste... Yasunde kure {descansa}, Kyo...

- No... Intentar no es suficiente...

Hubo un momento de silencio y finalmente Iori volvió a hablar, apartándose:

- Es lo que tenía que pasar - dijo con una voz severa, que no iba con su edad -. No podremos huir de nuestro destino. Viviré para ti, Kusanagi, Viviré para acabar contigo.

- Yagami...

***

Iori abrió los ojos.

De nuevo ese sueño. Una y otra vez el mismo sueño repitiéndose en su mente. Pero en esta ocasión era algo que durante mucho tiempo no había podido recordar. Kyo siendo atrapado mientras huía, mientras intentaba escapar de su destino. Podría haberlo ayudado, pero ¡qué tonto había sido! Aceptarlo como enemigo y rival en ese momento, cuando estaba tan cerca de cambiar su vida... A punto de...

Un dolor en el pecho distrajo sus pensamientos. Durante unos segundos luchó por respirar, pero era como si se ahogara. La sangre en sus labios de nuevo...

Miró a su alrededor. La cama estaba revuelta luego de que Shika lo visitara aquella noche. Se sentía débil y mareado, sin embargo se obligó a ponerse de pie.

Echándose una túnica sobre los hombros, caminó a tropezones hacia la puerta e inconscientemente intentó abrirla. Para su sorpresa la puerta cedió. No había una barrera de energía protegiéndola, nada.

Su mente no estaba clara, pero no importaba. Caminó por el pasillo, apoyándose en las paredes. No tenía rumbo fijo, no conocía ese lugar, pero algo lo obligaba a seguir adelante. Las imágenes del sueño eran tan vívidas, el rostro de Kyo tan real...

Se detuvo un momento y tosió dolorosamente. Observó su mano manchada de sangre. Frunció el ceño. Kagirinai inochi? Tonterías... La maldición de su sangre había cobrado toda su fuerza ahora. No había marcha atrás.

Continuó su camino lentamente. Los pasillos estaban vacíos y en penumbra, no había rastros de youkai. Sin embargo su mente confundida no notó nada de eso. Lo único que podía sentir era dolor, lo único en que pensaba era en...

- Kyo...

Una puerta a su derecha. La familiar presencia de su eterno rival.

Se apoyó en la puerta y ésta se abrió con la misma facilidad que la de su habitación. Entró sin meditarlo. Levantó la mirada y la paseó por el lugar: sucio y viejo, como un desván abandonado. Se detuvo en seco. En la cama... Ahí estaba él.

Se acercó despacio. Sí, era él. Estaba dormido, los mechones castaños caían desordenados, sus ojos cerrados y sus labios entreabiertos. Hermoso Kyo...

Iori sonrió para sí. Era una locura, lo sabía. Pero no pudo evitar rozar su mejilla tersa con la punta de los dedos. Apartar ese cabello de sus ojos. Inclinarse lentamente sobre él y tocar los labios entreabiertos con los suyos.

Irreal. Así era como se sentía.

Kyo se movió un poco. Sus ojos no se abrieron.

- Yagami... - murmuró en un gemido.

El pelirrojo volvió a acariciar al joven dormido, sus ojos cansados no notaron su expresión adolorida ni la ropa manchada de sangre de Kyo.

Por él. Todo lo estaba haciendo por él. Sonrió con ironía. Quién lo hubiera pensado... se dijo. Volvió a inclinarse sobre el joven y acercó sus labios a su oído. Cerró los ojos un momento, como si le costara encontrar las palabras.

- Te... quiero...

- Yagami... - otra vez, Kyo hablando entre sueños. Iori frunció el ceño, alejándose un poco.

"No despiertes, sólo déjame estar aquí. Si despiertas tendré que herirte."

Volvió a rozar su rostro, y sin darse cuenta Iori entrecerró sus ojos. Durante un momento la tenue luz de la antorcha iluminó su expresión. El ángulo cruel de sus delgadas cejas había cambiado, su mirada se suavizó mientras se inclinaba nuevamente sobre Kyo, hasta apoyarse contra él. Su mano estaba entre el cabello castaño.

Cerró los ojos un segundo.

Si mataba a Shika... ¿tendría fuerzas para volver al Ningenkai?

Pero si era el youkai quien lo mataba a él, entonces...

"Un momento más..."

... Jamás tendría la oportunidad de estar junto a este joven que era su obsesión...

"Quiero estar contigo un momento más..."

Años habían pasado desde que lo volvió a ver. Todo era odio y venganza, y ambos lo sabían. Se enfrentaron muchas veces, con furia. Pero poco a poco empezó a perder sentido para Kyo. El viejo fuego se apagó y sólo quedó la razón por la que peleaban. Venganza y rivalidad. Era una razón muy vacía.

"Pero lo único que podía acercarme a ti... ¡Y tú te negaste a seguir peleando!"

Iori estaba a punto de quedarse dormido ahí, sintiendo la calidez de Kyo a su lado. Creyó percibir una mano acariciando su cabello. No importaba. No tenía fuerzas para levantarse.

"Te odio... Te mataré... Porque... ¿qué otras palabras tengo para decirte?"

Una tenue caricia lo hizo levantar la cabeza. Un par de cansados y enrojecidos ojos castaños lo observaban entre brumas, vidriosos.

- ¿Yagami...?

Iori sabía que debió haberse ido en ese momento. Salir de la habitación sin volverse, sin ni siquiera dirigirle una mirada. O quizás decirle algo cruel con una sonrisa sádica... Pero hizo algo totalmente opuesto.

- Sí...

Besó la frente de Kyo, y su calor se sintió ardiente en sus labios. Cuando se apartó Kyo estaba dormido de nuevo.

Entrecerrando los ojos, Iori posó su mano en la frente del joven. Fiebre.

- ¿Tuviste suficiente?

La voz lo sobresaltó. Iori se volvió bruscamente, casi perdiendo el equilibrio. Shika lo observaba desde la puerta, apoyado en el marco con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión de satisfacción en su rostro.

- Has hecho algo muy estúpido, Yagami - continuó hablando el youkai -. Podrías haber arruinado mis planes.

- No fui yo el estúpido que dejó las puertas abiertas - respondió el pelirrojo con un gruñido apagado mientras se apartaba de la cama, dirigiéndole una última y breve mirada a Kyo. Shika lo notó y agregó:

- Será la última vez que lo veas en mucho tiempo, así que disfruta de esa visión mientras puedas.

El odio ardió en la mirada de Iori.

- ¿Qué demonios le has hecho? - exigió saber. Aquella alta fiebre...

- Yo, nada... - Shika levantó sus manos en gesto inocente -. Nada. Quizás el miedo lo ha hecho enfermar. Ya sabes... Los ningen son tan débiles...

- Kisama... {Tú...} - Iori se acercó a Shika, atrapándolo contra el marco de la puerta.

- Matte yo {¡Espera!}- Shika fingió querer aclarar la situación como si le importara -. Acordamos que yo no le haría nada mientras tú me satisfagas, ne? Lo estás haciendo bastante bien. No he tocado a tu Kusanagi.

"Claro que no," agregó Shika en su interior, mientras sentía que la rabia lo embargaba. "Estaba guardándolo para una mejor ocasión, pero Ryaku es un idiota..."

En seguida la expresión de Shika cambió a una de malicia.

- Kite kure {ven}, quiero mostrarte algo.

Iori se apartó cuando Shika empezó a cerrar la puerta. Sus ojos se posaron sobre el cuerpo dormido de Kyo por última vez. Parpadeó lentamente, luego fue hacia Shika, que esperaba.

***

Kyo sintió que alguien lo sostenía pero sus párpados se sentían demasiado pesados como para abrir los ojos y ver de quién se trataba. Los rastros de su Orochinagi se habían apagado, pero su cuerpo estaba tan débil que ni siquiera podía moverse.

Lo único en que podía pensar era que debía levantarse y seguir corriendo antes de que su padre enviara más ninjas tras él. Era su última oportunidad. El día por el que había estado esperando durante tanto tiempo.

Todos esos años había entrenado duro, aprendiendo las técnicas del Kusanagiryuu {estilo Kusanagi} sin quejarse ni una sola vez. Había sido difícil y doloroso, especialmente cuando el fuego que pensaba ya dominar se rebelaba contra él. La última técnica, el Orochinagi, le había costado más esfuerzo que ninguna otra. Invocar al fuego para que rodeara todo su cuerpo, y mantenerlo bajo control, era muy diferente a encender una llamita en la punta de su dedo. El dolor que le producía le cortaba la respiración y lo hacía caer de rodillas, jadeando.

Pero cada vez que eso sucedía pensaba en el pelirrojo. En que él sentía lo mismo y que ellos eran los únicos que podían comprender ese dolor. Si Iori se esforzaba por dominar el fuego, entonces él también podría hacerlo. Eso se lo repitió miles de veces.

Claro que con el tiempo dejó de ser un motivo que lo alentaba, y se convirtió en un deseo de superarlo. Si Yagami podía, entonces él debía ser capaz incluso de sobrepasarlo. Lo hacía para poder escapar del destino que sus familias habían escrito, pero al mismo tiempo para demostrarle a Iori que era capaz de ser más fuerte que él.

Esos eran los sentimientos que su padre y sus maestros habían introducido en su corazón sin que él lo notara. Pensaba que lo hacía por ellos. Para poder crear su propio destino, pero sin darse cuenta cayó en la trampa. Él mismo aceptó la rivalidad...

Tenía que huir. Tenía que seguir adelante.

Pero todo lo que sentía era que estaba perdiendo la consciencia.

Su cabeza cayó hacia un lado y quedó apoyada en algo cálido. Entreabriendo los ojos notó que era la persona que lo sostenía. Sus brazos estaban a su alrededor, y su rostro muy cerca del suyo. Podía ver los largos mechones rojos cayendo sobre él.

No podía ser cierto...

- Ya... Yagami...

El otro joven asintió.

- Ii darou... {Ya está bien...} - dijo en un murmullo, comprensivo -. Lo intentaste... Yasunde kure {descansa}, Kyo...

La escena empezó a cambiar. Ya no era el bosque, era un parque. Iori se veía mayor. Era el Iori Yagami que conocía. El que quería matarlo, el que lo odiaba.

- Intentar no es suficiente - aquellas palabras... Pero dichas por Iori. Y por fin, después de tantos años, comprendió que el sueño era su pasado. El pasado que ambos habían compartido.

- Yagami... - murmuró Kyo -. Yagami...

***

Y lentamente había abierto los ojos.

Lo primero que sintió fue el dolor, el ardor y el frío, y en seguida los recuerdos de su experiencia con Ryaku lo golpearon, haciéndolo estremecerse. No podía moverse, ni siquiera conseguía levantar la cabeza. Había alguien a su lado, pero el dolor que lo rodeaba no le permitía pensar con claridad. ¿Hiei? No... Su presencia era diferente.

Con esfuerzo levantó una mano para posarla sobre la persona a su lado. Sintió un inmenso alivio al saber que no se trataba de un youkai sino un humano. Un humano... Sus dedos rozaron el cabello húmedo y suave. Rojo.

- ¿Yagami...?

Sonrió para sí.

"Esto es parte de un sueño... ¿verdad?"

El pelirrojo había levantado la cabeza y sostuvo su mirada. ¡Qué diferente había sido! Tan cálida... Como sólo podía serlo en sus sueños.

- Sí...

Y luego el beso en su frente.

"Yagami..."

***

Iori entró al salón al que Shika lo había llevado. No le interesaba en lo más mínimo lo que pudiera haber allí. Todo lo que podía pensar era en Kyo. Nunca antes había deseado tanto estar a su lado y la sensación lo estaba enloqueciendo.

Kyo. Kyo enfermo en un mundo desconocido.

No creía en las palabras de Shika. Estaba seguro que ese youkai era el culpable, que estaba utilizando a Kyo para lograr sus propósitos, pero ¿por qué? Ya estaba a su lado, estaba aceptando quedarse a su lado para siempre... Y sin embargo...

Ryaku esperaba por ellos. Iori notó la sonrisa satisfecha que le dirigió cuando pasó junto a él.

- Saluda a nuestro invitado de hoy - dijo Shika juguetonamente.

El pelirrojo miró y con sorpresa vio que se trataba del youkai de fuego.

Hiei...


 

Capítulo 33: Temptation

Hiei

El demonio de fuego...

Iori le lanzó una mirada y al instante recibió de regreso el brillo furioso de sus ojos escarlata mientras escuchaba que lo maldecía entre dientes. Shika se acercó al pelirrojo y rozó su brazo suavemente con la punta de los dedos, atrayéndolo hacia sí, hacia la cama.

Apretando los dientes, Iori se dejó llevar, aunque cada vez que sentía el contacto de ese youkai deseaba destrozarlo en mil pedazos. ¿Qué quería esta vez? ¿Acaso no era suficiente lo que habían hecho hacía sólo unas horas?

- ¿Qué significa esto? - gruñó en voz baja. Shika sólo rió y se dejó caer en la cama, indicándole con un gesto de que hiciera lo mismo. Sin embargo el sólo mirar las sábanas revueltas, resbalando hacia el piso, impregnadas con la energía y la esencia de Shika le provocaba repulsión. Se quedó de pie, a un lado, mientras Ryaku lo observaba con una expresión sumamente seria.

- Es nuestro invitado de esta noche, Yagami - respondió Shika suavemente, jugueteando con las sábanas -. Quiero divertirme con él, antes de que Kurama llegue a reclamarlo, si es que viene. Dime... ¿cómo reaccionarías tú si llegaras a este castillo y descubrieras que tu amante ha sido... poseído por mí? ¿No te sentirías muy mal?

Te mataría. Al instante.

Iori no respondió, pero Shika quería escuchar su respuesta y sujetó su mano con un movimiento brusco, tan rápido que el pelirrojo no pudo alcanzar a reaccionar antes de que el youkai lo obligara a inclinarse hacia sí, para poder decir muy cerca de su rostro:

- Me gustas, Yagami... Me encanta cómo no te importa lo que hagan contigo mientras tu obsesión esté a salvo. ¿Dices que lo matarás con tus propias manos...? - Shika lanzó una risita, el pelirrojo apartó la mirada, furioso -. ¿Has perdido el interés por tu propio ser?

Con un movimiento, Iori revertió la posición de la mano de Shika y esta vez fue él quien lo sujetó fuertemente y lo empujó hacia atrás, hasta que quedaron casi echados en la cama.

- ¿No llegamos a un acuerdo? - murmuró el pelirrojo mientras su mirada se oscurecía con odio y desprecio -. Me quedaría contigo, ¡pero eso significa que responderé a todas tus estúpidas preguntas!

No pudo continuar porque una mano lo sujetó por detrás de cuello y tiró de él, obligándolo a retirarse y liberar a Shika. Iori se volvió violentamente y lanzó un golpe a la mano intrusa. Se encontró frente a frente con Ryaku, que estaba listo para devolverle el golpe y desgarrarlo con sus largas uñas.

- ¡Muestra más respeto ante Shika-sama! - exigió, para total burla de Iori, que no pudo evitar reír.

- Eres tan patético... youkai... - murmuró negando suavemente con la cabeza -. Rastrero... Conformándote con servirlo a él...

Ryaku lo iba a golpear pero Shika lo detuvo con un gesto. Iori siguió riendo burlón.

- Eres realmente patético... - dijo, mirando a Ryaku fijamente a los ojos.

- No es diferente a ti - interrumpió una voz baja y profunda -. Todos ustedes son patéticos.

Volviéndose hacia donde provenía la voz, Shika apartó su largo cabello hacia un lado y dijo observando a Hiei:

- No estás en condiciones de decir eso, Niño Prohibido... Si fuéramos tan patéticos tú no estarías allí, atrapado, en mi poder.

Iori vio como los ojos del youkai de fuego se entrecerraban, furiosos. Sus manos se retorcían el las cadenas que lo mantenían atrapado contra la pared del gran salón que era la habitación de Shika.

- Libérame y te mostraré de lo que soy capaz, cobarde - gruñó Hiei.

Shika se levantó de la cama y arregló sus túnicas lentamente, consciente de que hacía esperar más de lo necesario al youkai y que eso lo enfurecía aun más. Sonrió para sí, deseaba que Hiei estuviera realmente molesto cuando le dijera qué planes tenía para él. Si reaccionaba como deseaba, pasaría un buen rato para animar ese aburrido amanecer. Y quizás incluso podría distraerse un poco y dejar de pensar en lo mucho que le enfurecía el recordar que Ryaku le había quitado su turno con Kyo Kusanagi.

Le lanzó una disimulada mirada a su sirviente antes de pasar por su lado. Pudo ver claramente cómo los ojos de Ryaku brillaban con adoración hacia él, y celos hacia Yagami. Sí, de haber estado solos, lo más probable hubiera sido que Ryaku acabara con Iori sólo por el hecho de que él le prestaba más atención y compartía su lecho con él. Tonto youkai... ¿Acaso no se daba cuenta de que todo lo hacía para humillar al pelirrojo?

Pensando así, Shika levantó su mirada hacia Hiei, que alzó la cabeza para enfrentarlo.

- ¿Quieres mucho a Kurama? ¿Crees que él te vendrá a salvar? Baka... - Los dedos de Shika sujetaron la barbilla del pequeño youkai, que hizo el rostro hacia un lado, para liberarse -. Ne... ¿realmente confías en él? No puedo creer que ese youko mentiroso haya podido engañar a un jaganshi. ¿Acaso no has entrado nunca en su mente? ¿Nunca has leído sus intenciones contigo?

Iori podía ver el odio acumularse en el semblante del youkai de fuego, y debía tener razón. Ambos estaban compartiendo el sentimiento en ese momento. Parpadeó cuando vio el brillo púrpura brotar del tercer ojo de Hiei, pero no comprendió a qué se debía.

Shika entrecerró los ojos.

- No trates de utilizar el poder de tu jagan en mí... - dijo -. Estás en mi territorio, todo tu poder disminuye, inclusive el de tu jagan.

A Hiei no le importaba eso. Tiró de las cadenas con toda su fuerza, esperando romperlas o liberarse, pero era en vano. El poder de Shika no sólo disminuía su youki, sino también su fuerza. Sin embargo, tenerlo allí, frente a él, ¡lo ponía tan furioso que deseaba liberarse como fuera y borrar esa idiota sonrisa de su rostro para siempre!

No sólo lo despreciaba por ser lo que era, sino porque pensaba que podía engañarlo a él, Hiei, diciéndole tonterías sobre Kurama. Cerró los ojos un momento y luego los volvió a abrir con decisión. Había dudado de Kurama, luego se había entregado a él, no estaba dispuesto a dejar que un youkai tan miserable como Shika lo hiciera volver a dudar de lo que había pasado entre ellos. Habían sido uno durante una noche, Kurama le había repetido que lo amaba, había sonado sincero... Le había creído.

Shika no lograría hacerlo dudar.

- Kurama wo shinjiteru! {Confío en Kurama!} - exclamó Hiei impulsivamente, para sorpresa de Shika, que no esperaba esta reacción de parte del frío youkai -. USO! {¡MENTIROSO!}

Rápidamente Shika ocultó su reacción y se cubrió los labios con la mano mientras reía afectadamente. Ryaku sonrió sin saber por qué. Iori sólo observaba, preguntándose qué demonios tenía él que ver en todo eso. Hiei no le importaba, no realmente, pero había estado con Kyo y deseaba saber qué le había sucedido. Quizás el youkai podría decirle...

Las cadenas tintinearon cuando Shika sujetó firmemente a Hiei por los hombros, atrapándolo contra la pared de piedra haciendo que su espalda golpeara dolorosamente. El pequeño youkai frunció el ceño, sus manos se cerraron en puños cuando invocó a sus llamas negras que estallaron incontrolables, lamiendo las gruesas cadenas que lo sujetaban... para luego apagarse lentamente.

- K'so! {¡Mierda!}

- Muda desu... {Es inútil...} - murmuró Shika, sin apartarse ni un milímetro. Al contrario, se acercó aun más a Hiei, hasta que el pequeño demonio de fuego pudo sentir su aliento y su cabello rozando su mejilla -. Voy a demostrarte cómo convencí a Kurama de que te dejase en mis manos...

Hiei vio que Shika entreabría sus labios y notó los pequeños y afilados colmillos que sobresalían cuando sonrió; esperaba un golpe en cualquier momento e inconscientemente sacudió las cadenas, en un esfuerzo inútil por liberarse. Nunca dudó que Shika lo heriría, es por eso que se sorprendió cuando lo oyó murmurar:

- Misete yarimasu... {Te lo demostraré...}

Y luego sintió su boca atrapada bajo el ardiente beso del youkai de cabello blanco. Durante un momento la sensación fue demasiado intensa como para reaccionar. Todo lo que Hiei podía percibir era al youkai explorando sin consideraciones el interior de su boca, probando, disfrutándolo. Shika lo obligó a entreabrir un poco más los labios, acariciándolo con los suyos que se sentían suaves y sensuales, y que finalmente le provocaron escalofríos de placer que Hiei no pudo evitar. Intentó apartarse, pero Shika lo sujetaba con fuerza de los hombros, y con su beso había hecho que la cabeza de Hiei quedara atrapada entre él y la pared. No había forma que el youkai de fuego se liberara, sus manos y tobillos estaban encadenados. Estaba a su merced...

Ryaku se sobresaltó al oír un leve gemido proveniente de Shika. No pudo evitar estremecerse de rabia y celos al ver cómo su amo besaba al demonio enano. Aquello ya era el colmo. ¡Ni siquiera él había esperado que Shika lo disfrutara tanto! Si bien con Yagami Shika se divertía haciéndolo sufrir, él sabía que lo hacía por venganza, ¡en cambio Shika no tenía nada que ver con Hiei! Lo estaba haciendo sólo porque le daba la gana. Ryaku estaba seguro que de haber habido otra razón su amo se la habría comentado.

El gemido de Shika incrementó un poco su volumen y al segundo siguiente se apartó bruscamente del demonio de fuego con una sacudida de su cabello y revolotear de las túnicas que lo envolvían.

Los ojos de Hiei ardían de furia y desprecio cuando sonrió y dejó ver sus labios manchados de sangre. Shika se llevó una mano a sus propios labios. ¡¿Cómo se había atrevido Hiei a morderlo?!

El pequeño youkai mantuvo su sonrisa y escupió la sangre a un lado.

- Oh sí. Muy convincente - se burló Hiei entrecerrando los ojos.

- Kisama... - gruñó Shika apretando los puños mientras limpiaba la sangre en un inútil esfuerzo de detenerla. Tendría que esperar a que su youki lo curara... ¡Maldito Niño Prohibido! Levantó su mano y al instante una llamarada de fuego blanco iluminó la habitación. Hiei le sostuvo la mirada mientras el fuego casi quemaba su rostro. Shika frunció el ceño, pareció pensarlo mejor y cambiar de opinión, porque al segundo siguiente apagó las llamas con un movimiento de su muñeca.

Observó a Hiei con odio.

- ¿Dices que nos demostrarás de lo que eres capaz si te liberamos, pequeño? - preguntó.

- Sólo hazlo - gruñó Hiei -. Y verás.

- Oh, muy bien - con un gesto despectivo, Shika le dio la espalda y caminó hacia donde Ryaku y Iori esperaban. Los ojos de su sirviente estaban fijos en sus labios heridos, y eso lo molestó aun más -. ¿Qué esperas? - exclamó, perdiendo sus maneras refinadas durante un segundo -. Ve y libéralo. ¡Ve!

Ryaku asintió, aunque él también comenzaba a sentirse silenciosamente furioso.

- Muy bien, Yagami... Es todo tuyo - dijo Shika dirigiéndose a Iori.

- ¿Qué?

- Anda, enfréntalo.

El pelirrojo apartó la mirada, observó a Hiei y luego volvió a mirar a Shika. No respondió, tampoco se movió.

- ¿Qué demonios estás esperando? - exclamó el youkai impacientándose.

- No me interesa enfrentarme a él - dijo Iori lentamente, en voz baja e indiferente.

Shika parpadeó inocentemente, para extrañeza de Iori, que esperaba una amenaza o algo por el estilo.

- ¿Cómo? ¿Acaso no deseas vengarte de él?

¿Venganza?

- ¿No quieres hacerle pagar por lo que le hizo a Kusanagi?

Iori no pudo evitar que sus ojos lo traicionaran, y Shika supo que había dado en el blanco así que sonrió y continuó:

- ¿No te has dado cuenta? El poder maligno que emana su tercer ojo ha afectado a Kusanagi, lo ha debilitado hasta el punto de quedar en el estado en que lo viste - Shika esperó una reacción de parte de Iori, pero todo lo que recibió fue su mirada fría y fija. Continuó, haciendo peores las cosas, deseando provocarlo y enfurecerlo, y hacer que odiara a muerte a Hiei -: Y ¿sabes para qué lo hizo?

Hizo una pausa para darle dramatismo a sus palabras. Iori gruñó:

- Habla de una vez.

Feliz de haber conseguido lo que quería, Shika bajó la voz y dijo confidente:

- Ya debes saber que los youkai no tenemos oportunidad de encontrar satisfacción muy a menudo, ne, Iori? Y mucho menos si se es uno tan frío como ese que ves allí... Así que... dudo mucho que haya podido evitar la tentación, especialmente al tener a un ningen tan hermoso como Kusanagi a su lado. Deben haberlo disfrutado. O Hiei lo debe haber disfrutado, para dejar a alguien como tu Kyo en ese estado... - Shika lanzó una risita y miró de reojo a Iori, pero el pelirrojo ya no lo observaba.

Iori cerró los ojos un segundo, intentando calmarse. Sólo entonces aceptó el significado de sus palabras; Kyo había sido poseído por el youkai. Había sido herido cruelmente, tal vez de forma más cruel de lo que Shika había sido con él. Pero estaba seguro de que no había sido Hiei. No comprendía por qué, pero en su interior lo sabía. Y Shika juraba que él tampoco había sido, entonces...

- Eres un maldito mentiroso - gruñó en voz baja, hacia Shika. El youkai hizo uno de sus encantadores gestos inocentes, parpadeando con fingida confusión.

- ¿Pero de qué hablas, Yagami?

Violentamente el pelirrojo lo sujetó de la túnica, atrayéndolo hacia sí con un movimiento brusco. Shika sintió el dolor que le producían las manos de Iori al clavar sus dedos contra la delicada piel de su pecho.

- Dijiste que Kyo estaría a salvo - siseó Iori muy cerca de su rostro -. ¡Y no has cumplido!

- Fue el Niño Prohibido - le recordó Shika sin hacer un movimiento para liberarse -, yo no tuve nada que ver...

- Urusee na! {¡¿Quieres callarte?!} - gritó Iori -. ¡Debiste haberlo evitado!

Ryaku estaba a punto de liberar a Hiei cuando oyó los gritos de Iori, se volvió y vio que sujetaba a su amo con un gesto amenazante. Quiso gritar que lo liberara, correr en su ayuda, pero cuando intentó moverse algo se lo impidió. Era Hiei, sonriéndole cruelmente, sujetando una de sus muñecas que había atrapado entre las cadenas.

- Kisama... - maldijo Ryaku, forcejeando por liberarse.

- Lo que hagan mis invitados no es de mi incumbencia - sonrió Shika burlonamente. Aquello fue suficiente para Iori que, invocando a sus llamas púrpuras, provocó una explosión que brotó de sus manos desnudas contra el pecho de Shika. Las llamas danzaron entre ellos un segundo antes de apagarse. El youkai salió despedido hacia atrás por la fuerza de la explosión. Iori cayó de rodillas, una mano crispada sobre su pecho; sin embargo se incorporó rápidamente y caminó a grandes pasos hacia la puerta de la habitación. Le lanzó una mirada helada a Ryaku, que se había quedado inmóvil al ver caer a su amo, y observó a Hiei sin decidir si odiarlo a él también o no.

- No te atrevas a seguirme - le murmuró a Ryaku, que gruñó algo entre dientes.

Iori estaba punto de cruzar el umbral de la puerta cuando oyó la risita de Shika y se detuvo en seco. Su ataque púrpura no había sido para matar al youkai, ni siquiera planeaba herirlo de gravedad. Lo único que quería era ganar tiempo para ir hacia Kyo... Sin embargo la facilidad con que Shika se puso de pie le dijo a Iori que realmente estaba quedándose sin fuerzas.

- Bien, bien, así me gusta. Ese espíritu indomable - rió Shika poniéndose de pie. Su piel estaba tersa y limpia, como si nunca hubiese ocurrido nada. Lo único que indicaba el ataque eran las quemaduras de su túnica -. Nunca te rindes, ¿verdad? Incluso crees que puedes salir vivo de mi castillo.

El pelirrojo pretendió seguir su camino. Shika frunció el ceño, desapareciendo la sonrisa y tomando un aspecto realmente cruel y satisfecho durante un instante.

- ¡Lo que le sucedió a Kyo no es nada comparado con lo que le haré cuando esté en mis brazos, Yagami!

Deteniéndose de nuevo, Iori apretó los puños. Amenazas, sólo amenazas. Eso era todo lo que Shika tenía para controlarlo. Pero... Bajó los ojos, ardiendo de frustración e impotencia. No podía saber si era cierto. Y no quería arriesgar a Kyo.

- ¡Si piensas que lo que nosotros hacemos cada noche es doloroso... entonces ni siquiera imaginas lo que sentirá Kusanagi! Da un paso más, y lo desgarraré frente a tus hermosos ojos. Intenta atacarme una vez más, y serás testigo de lo que significa el deseo de un youkai.

Nada. No podía hacer nada. No quería arriesgar a Kyo... Aquello era un círculo vicioso donde no sabía qué era verdad o qué era mentira. Pero de una cosa estaba seguro: Shika era capaz de cumplir con sus amenazas. No importaban los métodos, o si lo haría con sus propias manos, Iori comprendió que si cometía otro error estarían muertos. Ambos.

- Puedes ir a tu habitación a descansar, Iori. - La voz de Shika volvía a ser suave, casi tierna. - Y en cuanto a ti, Niño Prohibido - dijo con el mismo tono, observando a Hiei -, te alojarás en otra habitación a partir de hoy, para que no vuelvas a hacer sufrir al pobre Kyo-chan.

Ante esto Iori tembló de rabia.

- Sin embargo - Shika paseó su mirada de Hiei a Iori y a Hiei nuevamente -. Ustedes tienen un asunto pendiente. Y me interesa mucho ver cómo terminará. Descansen, hermosos míos. En unos días los volveré a reunir. Y será divertido...

El youkai esperó a que Iori saliera cerrando la puerta con un violento golpe. Ryaku continuaba allí, junto a Hiei, con su muñeca atrapada en la misma cadena que había utilizado para atar al youkai. Shika los observó serenamente, casi tristemente.

- Eres un tonto, Ryaku - dijo con suavidad mientras se les acercaba. En el camino dejó caer sus túnicas, que quedaban esparcidas en el suelo con cada paso que daba.

- Shika-sama... - murmuró Ryaku observando fijamente a su amo. Hiei también pareció sorprendido. El youkai sonrió levemente, haciendo un gesto con su mano.

- Ah... Kore? {¿Esto?} - Se llevó la mano al pecho, donde una enorme quemadura había permanecido oculta bajo las túnicas. Sangraba profusamente -. Uhm... - Shika bajó la mirada para observar -. Yagami no está tan mal como parece, ne?

Sin hacer caso de la herida, Shika golpeó la muñeca de Hiei que, por acto reflejo, se encogió, liberando la tensión de las oxidadas cadenas y dejando ir, al fin, a Ryaku.

- ¡Shika-sama! - Ryaku quiso acercársele para curar esa herida, pero fue detenido con un gesto.

- Llévatelo de aquí. A una habitación apartada.

Obedeciendo esa orden Ryaku comenzó a liberar a Hiei. Oyó la suave voz de Shika a sus espaldas.

- ¿Aceptarías quedarte conmigo? - le preguntaba Shika a Hiei -. ¿Aceptarías ser mi amante?

- ¡Jamás! - la voz del youkai de fuego fue áspera, pero no tan grosera como hubiese querido que sonara. ¡Lo que Shika le estaba pidiendo era inconcebible!

- Eres tan hermoso... - Suavemente, con gentileza, Shika acarició su mejilla. Las cadenas resonaron ante el brusco movimiento de Hiei por apartarse. - Ahora sé qué fue lo que vio Kurama en ti. Un corazón tan puro... tan inocente...

Hiei estaba estremeciéndose de rabia. Odiaba el dulce tono condescendiente que Shika estaba usando con él. Era como si le tuviera lástima. ¡Lástima por ser el amado de Kurama!

- Te quiero para mí - continuó Shika. Ryaku ya había liberado el brazo derecho de Hiei, pero él no se movió -. Yo podría hacerte feliz. Podría hacer realidad cualquiera de las promesas que Kurama te haya hecho. ¿Estar para siempre a tu lado? ¿Protegerte? ¡Cualquier cosa! Tú sólo debes pedírmelo... y yo cumpliré. Pero a cambio de que te quedes conmigo.

- ¿Qué demonios es lo que pretendes con esas estupideces? - gruñó Hiei frunciendo el ceño y sin creer ni una sola de sus palabras. Su pierna derecha ya había sido liberada.

- Estoy tan solo aquí... - prosiguió Shika mirándolo directamente a los ojos -. No hay nadie que valga la pena a mi alrededor. Yagami y Kusanagi son sólo ningen. Yo quiero algo más. Te quiero a ti.

- Estás loco - se burló Hiei -. ¿Crees que me tragaré ese súbito cambio de actitud?

Shika no le hizo caso, sólo continuó con su voz suave e hipnótica.

- Estaré para siempre contigo. Mientras dure tu vida, estaré allí. ¿Kurama te ha dicho lo mismo? Claro, puedo notar el reflejo de sus promesas en el brillo de tus ojos, pero déjame decirte algo: yo fui su amante. Su amante como ningún youkai ha llegado a serlo nunca. Juró que me amaría por siempre, que sería el único en su vida, que jamás me abandonaría. ¡Lo prometió! En nombre de Inari-sama y las cosas sagradas de los youkos. Sin embargo, ya ves, ahora tiene otro amante, e incluso quiere destruirme. A mí. A quien una vez juró amor eterno.

- Kurama tiene sus razones.

- Ah, no lo defiendas, pequeño. Mejor acéptalo. Acepta que tú terminarás igual que yo. Kurama es un youko, su propia naturaleza le impide ser fiel. ¡Acéptalo!

El youkai de fuego observaba a Shika con recelo. La mitad de sus palabras eran tonterías, pero la otra mitad... eran verdad. Las utilizaba para hacer parecer a Kurama una criatura lujuriosa, pero en el fondo Hiei sabía que podía ser cierto. Shimatta. Era lo mismo que le había ocurrido a Yagami y las amenazas con respecto a Kyo. Ese manipulador youkai los tenía en una red de amenazas que no querían atreverse a comprobar. Podían ser verdad o podían ser mentira. Para ellos era imposible saberlo.

Finalmente las cadenas cayeron con un sonido resonante y metálico. Hiei sobó con fuerza sus muñecas, sintiendo sus brazos entumecidos. Shika le dio la espalda para dirigirse a su amplia cama de dosel. Las cortinas estaban sujetas a las columnas pero bastó rozarlas para liberarlas y convertir la cama en un pequeño salón privado. Las sábanas revueltas fueron dejadas allí, mientras Shika desaparecía entre las cortinas.

- Ven - ordenó Ryaku a Hiei. El youkai de fuego comprendió que de nada le serviría atacarlos ahora, así que lo siguió en silencio. Pero antes de salir de la habitación volvió a oír la voz de Shika.

- Piénsalo y dame tu respuesta. Un simple youkai como tú no hará cambiar el corazón de Youko Kurama. No importa qué tan inocente o puro puedas ser. Él no te será fiel. En cambio yo, estaré a tu lado mientras vivas.

- Hn - sonrió Hiei para sí mientras seguía a Ryaku por los opacos y débilmente iluminados pasillos.

****

Minutos después la puerta de la habitación de Shika se abrió, pero casi sin hacer sonido. La habitación estaba silenciosa y la figura que entró no interrumpió la quietud. Despacio, comenzó a recoger las sábanas y túnicas que estaban repartidas por el suelo. Reparó en una mancha de sangre que ensuciaba las telas y las apretó con fuerza, volviendo el rostro hacia la cama, donde su amo dormía.

El amanecer llegaría pronto y él también estaba cansado. Dejó todas las telas a un lado y con pasos lentos se acercó hasta quedar entre las cortinas semi-transparentes que colgaban del dosel.

Se quedó observando con ojos anhelantes el cuerpo dormido de Shika. Su corazón latía violentamente cuando con una mano apartó los largos mechones de cabello blanco. No hubo reacción. Sentía su boca reseca, y cada respiro le arañaba la garganta. Pero sólo continuó allí, quieto, admirando la belleza de su amo.

Finalmente los ojos de Ryaku encontraron la quemadura, que aún sangraba. Se curaría con el tiempo, sí, pero debía ser muy dolorosa. La sangre brillaba a la débil luz de una antorcha moribunda.

Segundos después las llamas iluminaban una figura inclinada sobre otra, lamiendo suavemente la herida y llevándose la sangre. Shika gimió suavemente. Ryaku sólo cerró fuertemente los ojos, esperando una amenaza o una orden tratándolo como a un perro diciéndole que se largara. Pero nada sucedió. Al contrario, sintió una mano de Shika yendo a posarse contra su hombro y atrayéndolo aun más hacia sí.

- ¿Shika-sama? - susurró. Como no recibió respuesta quiso alejarse, pero la mano en su hombro no lo permitió, al contrario, presionó aun más, obligándolo a recostarse. Ryaku parpadeó... Luego apoyó la cabeza contra su amo y cerró los ojos.


Capítulo 34: Por [Celos]

Kurama cerró la puerta del salón trasero del Memoirs suavemente y se apoyó en ella, con las manos cruzadas tras su espalda. En el exterior, Katsuki se encargaba de mantener alejados a los entrometidos policías que habían llegado alertados por las llamadas de los vecinos.

No, allí no estaban los culpables de la pelea. Sí, era un bar. Sí, había personas que bebían más de la cuenta... No, no ocultaba nada. No, no podían entrar a inspeccionar porque eso incomodaría a la clientela...

El pelirrojo suspiró. Katsuki y su encantadora y amable sonrisa no serían capaces de detenerlos durante mucho tiempo. No a esas horas de la madrugada en que los policías se habían visto obligados a salir de su oficina donde estaban tan cómodamente instalados para encargarse de un típico asunto de borrachos. Qué diablos, ya que estaban en el bar, debían aprovechar la oportunidad y encontrar algún asunto que los beneficiara. Una bolsita de droga... O quizás ganar dinero de una u otra forma. Katsuki se veía bastante adinerado... No le importaría desembolsar algunas monedas si con eso podía mantener limpia la reputación de su bar, ¿verdad?

- ¿Kurama? - Yuusuke se asomó desde el pequeño depósito donde había estado el portal. Negó suavemente con la cabeza, sus ojos oscureciéndose mientras mechones de cabello negro caían sobre ellos -. Está cerrado... No queda más que una leve energía... - dijo, refiriéndose al portal que, a pesar de todo, Chizuru había logrado cerrar.

Apartando la mirada, preocupado, Kurama se llevó una mano a la barbilla, pensando. Entrecerró los ojos, como si una luz lo desconcentrara y no pudiera pensar. Temía lo que estaba sucediendo en el Makai. Tenía miedo de lo que Shika pudiera hacerle a su Hiei...

- Kuwabara y yo intentaremos algo - continuó Yuusuke, su voz sonando determinada y firme. El muchacho iba a retirarse cuando oyó un:

- Etto...

Al volverse, vio que se trataba de Kensou, poniéndose de pie despacio, levantándose del sillón donde esperaba en silencio junto con Robert que cuidaba de una debilitada King y una inconsciente Chizuru.

- Nan da...

Kensou frunció el ceño, apretando los puños.

- Yo también quiero ayudar - dijo con mucha seguridad. Durante un momento Kurama y Yuusuke sintieron que su reiki se elevaba, mostrando el alto nivel de energía que poseía para ser sólo un ningen. Yuusuke asintió y le hizo un gesto para que lo siguiera. El muchacho sonrió.

Un leve suspiro se oyó y Kurama levantó los ojos para observar a la compañera de Kensou, Athena. Estaba junto a una ventana que daba a la oscuridad de un callejón lateral al bar. Mantenía los brazos cruzados, y en ese momento su mirada acababa de dejar a Kensou para apartarse y posarse en el exterior nocturno. Era como si supiera que todo sería inútil, que el portal no volvería a abrirse.

El silencio del salón se hacía denso. Robert hablaba con King, pero sus voces eran sólo murmullos. La joven presionaba una toalla contra la herida en su costado, y aseguraba que no era nada. Robert insistía en que sería mejor si la llevaba a un hospital. Ella negó con la cabeza.

- Alguien tiene que vigilar a Chizuru... Por si despierta y continúa intentando detenerlos - dijo en voz baja.

- Yo podría hacerlo - intervino Yuki por primera vez en todo ese rato. La muchacha estaba del otro lado del salón, opuesta a Athena, sentada en una antigua mesita de madera que había sido desechada del bar hacía mucho tiempo. Robert y King la miraron, pero no alcanzaron a decir nada porque una voz los interrumpió:

- ¿Y qué podrías hacer tú?

Kurama, que observaba en silencio, se volvió hacia la voz y vio a Athena. Se había alejado de la ventana y observaba a Yuki con sus puños apretados. Sus cejas caían en ángulo agudo, endureciendo su mirada usualmente dulce. Su cabello púrpura se desordenó cuando hizo un gesto de molestia.

- Mou... - murmuró. Cerró los ojos, como si quisiera calmarse, o como si no soportara continuar viendo a Yuki frente a ella. La muchacha de cabello claro bajó de la mesita y dio un paso hacia ella, llevándose las manos al pecho en una actitud de genuina preocupación.

- Athena... En verdad, quiero ayudar en algo... Quiero hacer cualquier cosa, si es que eso traerá a Kyo de vuelta... - dijo, su voz muy suave y dulce, contenida, como si quisiera evitar echarse a llorar.

Athena la observó y su mirada brilló de una forma que sólo Kurama pudo notar, pero que lo sorprendió. Yuki continuó:

- Si Chizuru despierta le explicaré que es necesario que deje abrir el portal para poder encontrar a Kyo. Yo sé que me escuchará, así como estuve con ella durante la batalla contra Orochi, sé que comprenderá...

- Oi, muchacha - habló King débilmente y le hizo un guiño tranquilizador a Yuki -. Kyo es fuerte, él está bien.

Yuki la observó confusa, luego sonrió asintiendo, avergonzada. Ellos conocían a Kyo como peleador... Debían tener razón, pero... ¿como podrían comprender esa corazonada que sólo ella sentía y que la tenía tan angustiada?

Mientras Yuki volvía a su lugar, Kurama observaba a Athena hacer lo mismo. Parpadeó suavemente, apartando los mechones de sus ojos. Esa muchacha con poderes psíquicos no podía ocultar sus sentimientos hacia Kyo. Quizás del resto de personas en ese salón sí, pero no de Kurama. El desprecio, ¿o debía decir celos?, que sentía hacia Yuki se debía a esa razón, porque ella tenía a Kyo, lo amaba y era correspondida. Athena odiaba ver a Yuki haciendo gala de sus puros sentimientos hacia su novio. No podía soportarla.

Kurama no pudo evitar sonreír para sí. No sólo Iori buscaba a Kyo, sino dos lindas ningen. Debía ser así... Después de todo, también había llamado la atención de un youko plateado.

Recordó, sin querer hacerlo realmente, a Kyo durante la primera noche que compartieron. Un muy hermoso muchacho. La esencia de su cabello y su cuerpo volvieron a él, la suavidad de su piel, la ardiente pasión que había demostrado poseer. La idea de que ahora estuviera en manos de Shika le mortificaba tanto como pensar en que Hiei se encontraba en la misma situación. Cerró los ojos, si no hubiese sido por Hiei, jamás hubiera permitido que alguien como Kyo se escapara de sus manos, lo hubiera hecho suyo durante mucho tiempo.

Ah... Pero ahora debía preocuparse por Hiei. Su demonio de fuego se había visto envuelto en un problema que no tenía por qué afectarlo. Si Shika se atrevía a hacerle algo... jamás lo perdonaría.

Estaba tan sumido en sus pensamientos, que no notó cuando Athena lo empezó a observar fijamente. La muchacha había estado con la vista obstinadamente dirigida al callejón. No deseaba ver el bonito rostro preocupado de Yuki porque le daba la impresión de... de que volvía a ver una y otra vez la sonrisa que mostraba cuando Kyo andaba cerca. No podía soportarla, ni a Yuki ni a su sonrisa. Ella era tan débil, tan insignificante. Le daba una razón para odiar a Orochi, que no había tenido nada que ver con su vida hasta la aparición de Yuki. Si no hubiese sido por Orochi y las mujeres que debían ser sacrificadas... Kyo no hubiera estado tan unido a Yuki. El riesgo de perderla lo había hecho pensar en lo mucho que la amaba. La despedida entre ellos cuando Kyo decidió luchar contra Orochi al lado de Yagami y Chizuru fue tan patéticamente emotiva que Athena había sentido ganas de matarla con sus propias manos. Apartarla de los brazos de Kyo, obligarlos a detener ese tierno beso. Se contuvo porque, gracias a dios, Iori-san, que los observaba fijamente también, hizo un comentario burlón al que Kyo respondió, viéndose obligado a apartarse de Yuki.

Paseó su mirada por la habitación, por Chizuru, por Robert y King, por cualquier cosa con tal de evitar el rostro de Yuki. Finalmente sus ojos se posaron en el silencioso pelirrojo que esperaba con la espalda apoyada en la puerta. Se sorprendió al notar una extraña aura rodeándolo, casi maligna, muy poderosa. Diferente a la que sentía en el resto de personas. Momentos atrás lo había visto pelear, claramente fue testigo de cómo su energía convertía a una delicada rosa en un largo látigo cubierto de espinas. Chizuru lo había atacado a él diciendo que era un demonio... ¿Era posible? Parecía sólo un muchacho...

Concentrándose, la muchacha reunió su energía, sin hacer un movimiento. Su mirada estaba clavada en Kurama que, pensativo, no se dio cuenta de la intrusión de ella. Lentamente, Athena empezó a adentrarse en la energía de él, sintiendo su poder, su calidez... y el misterio. En su mente parpadearon escenas de bosques y lugares totalmente desconocidos, castillos, mazmorras, grandes y lujosos salones; criaturas de formas extrañas, seres amados... y amantes. Cabello plateado y ojos dorados... Un zorro... Un youko... Los paisajes naturales empezaron a cambiar y llegaron a ella lugares que sí conocía, era el Ningenkai. Una mujer, el colegio, Yuusuke, Kuwabara... Un muchacho de cabello erizado y ropas negras... Y luego... Cerró los ojos, concentrándose. Sonrió cuando vio el hermoso rostro de Kyo... Pero al instante la sonrisa desapareció. Era el cuerpo desnudo de Kyo... Bajo ella, como si ella estuviera haciéndole el amor... Gimiendo suavemente... Llevándose la mano a los labios en un gesto de placer insoportable...

- ¡No!

Sus labios no pronunciaron palabra pero ella se llevó las manos a la cabeza. Sus ojos se abrieron, acostumbrándose de nuevo a lo que la rodeaba y dejando ir las confusas imágenes. Sacudió la cabeza. Debía ser un malentendido, una equivocación, las visiones la habían confundido, era imposible que...

Observó a Kurama, que continuaba sumido en sus pensamientos. Sus labios temblaron. ¿Por qué lo negaba? Era posible... Era muy posible...

Athena sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.

***

Katsuki se cruzó de brazos.

- Les repito que no tuve nada que ver en el asunto.

Los dos policías estaban justo frente a la puerta de entrada del bar, pero el joven les cerraba el paso.

- Los vecinos dijeron que esos hombres salieron de aquí, queremos verificar.

- Si salieron de aquí, ya no están - murmuró Katsuki.

- Si es así, déjenos entrar. Sino, tendremos que hacerlo por la fuerza... Y no queremos ofender a sus clientes - gruñó uno de los hombres sarcásticamente. Katsuki suspiró. Ah, qué más daba...

Se apartó levemente, dejando el espacio justo para que los dos altos hombres pasaran y se golpearan contra la puerta. En el interior una de las meseras les dio la bienvenida con amabilidad. Ellos se detuvieron y le sonrieron... Aunque sus ojos pasearon del escote de su blusa al final de su minifalda. Ella bajó la bandeja que tenía en sus manos, siempre sin dejar de sonreirles.

- Los señores van a verificar un asunto, no se molesten en atenderlos - ordenó Katsuki despidiendo a las meseras, con un tono que obviamente buscaba ser poco amable con los policías que ya empezaban a husmear por el lugar. Katsuki los observó con molestia, y luego miró la puerta cerrada del salón trasero. Hizo un gesto imperceptible al muchacho que tenía al lado, el único mesero del lugar, llamado Shiinichi, para que fuera a alertar a los que se encontraban adentro. Si encontraban a Chizuru inconsciente, y a King herida, junto a un grupo de menores de edad, todos se meterían en problemas.

El muchacho se apresuró a cumplir la orden. Empujó la puerta, sintiendo un poco de resistencia, pero finalmente entró. Se encontró frente a frente con el muchacho pelirrojo de ojos verdes.

- Oigan, la policía está aquí, y van a entrar - les dijo un poco bruscamente, apartándose el cabello castaño de los ojos -. Sería mejor que salieran... - Shiinichi calló cuando vio a Chizuru en el sillón. No tenía aspecto de que fuera a levantarse.

- Entreténganlos un momento - dijo Kurama, mientras pensaba en qué podían hacer. Era imposible que ellos dejaran que un par de policías los llevaran a la comisaría por ser menores de edad en un bar a esa hora de la madrugada. El papeleo que tendrían que hacer para salir tardaría días, especialmente en esa ciudad, que no era donde vivían, y sin sus padres para hacerse responsables por ellos. Eso, más explicar la razón de una mujer inconsciente...

- Katsuki-san está con ellos - dijo Shiinichi.

- Eso será suficiente - sonrió King, levemente.

Pero Kurama estaba observando por sobre el hombro de Shiinichi y notó que los policías realmente estaban buscando algo con qué levantar cargos contra ese bar. Shiinichi entró y cerró la puerta.

Se observaron entre todos, inclusive Yuusuke, Kuwabara y Kensou, que se habían asomado para ver qué sucedía. Finalmente, Robert se puso de pie y se estiró perezosamente.

- Bueno, creo que me voy - sonrió.

Kensou le gritó en su cara:

- ¡Claro, vete y déjanos con este problema encima!

Robert mantuvo su sonrisa y sujetó bien su largo cabello oscuro mientras se volvía hacia King y le decía:

- Ja na, cuidate, preciosa.

Todos lo siguieron con la mirada cuando hundió una mano en su bolsillo y sacó las llaves tintineantes de su automóvil. Shiinichi le abrió la puerta y Robert agradeció con una inclinación de cabeza, luego salió silbando despreocupadamente del salón.

- Oiga... ¿qué hay allá detrás? - oyeron que preguntaba uno de los policías al notar la puerta entreabierta.

- Es sólo el depósito - fue la seca respuesta de Katsuki mientras seguía al indolente Robert con la mirada.

- ¿Depósito? Vamos a ver allá - comentó el otro oficial intercambiando una mirada de complicidad con su compañero. Katsuki miró hacia la puerta, hacia Shiinichi que ya no podía cerrarla de golpe sin levantar sospechas.

Robert sonrió para sí, mientras continuaba silbando y oía que Katsuki le comentaba a los policías que sería mejor que no entraran allí. Salió del bar tranquilamente. Las luces intermitentes del auto de los policías lo iluminó de azul durante un segundo antes de dejarlo en la oscuridad y volver a delinear su figura con un tono rojo. Su vehículo continuaba allí, estacionado a un lado. El cielo del horizonte anunciaba el amanecer cercano y el joven se volvió a estirar.

- ¿Robert-san?

Se volvió para notar que era Shingo quien lo llamaba. Estaba apoyado en la pared del bar, sintiendo el refrescante aire de la madrugada, por si eso le ayudaba a aclarar sus pensamientos.

- Mata {Hasta luego}, Yabuki - le dijo haciendo un gesto de despedida y abriendo la puerta de su automóvil -. Nos vemos.

- ¿Eh? ¿Se va?

Robert rió ligeramente.

- Claro, nada mejor que ir a correr a una autopista para iniciar el día - y luego agregó en voz baja para sí -: Gracias a dios que no se me ocurrió traer el Ferrari...

Encendió el motor y esperó unos momentos mientras sacaba el freno de mano y encendía las luces. Suspiró dando un par de golpecitos al volante.

- Lo siento, bonita...

Su pie hundió el acelerador violentamente y el vehículo salió disparado hacia adelante... Llevándose consigo la parte delantera del auto de los policías. Una alarma estalló en ese momento, resonando por todo el barrio, escandalosamente.

- Oops... - rió Robert, y puso reversa.

Shingo lo observó boquiabierto cuando la parte trasera de su vehículo volvió a golpear a la patrulla.

***

Shiinichi estaba entreabriendo un poco la puerta, como para dejar pasar a los oficiales cuando de pronto escucharon un estruendo en el exterior, seguido por el sonido de una aguda alarma. Los policías se volvieron violentamente. ¡Era su auto!

- Es ese maldito loco... El hombre que salió recién... - tartamudeó uno.

En ese momento se volvió a escuchar un golpe seco y luego vidrios quebrándose... Y el sonido juguetón de una bocina antes del rechinar de los neumáticos contra el asfalto y el motor del vehículo alejándose a toda velocidad.

Los que estaban adentro del salón sudaron una gota. Katsuki se llevó una mano al rostro. Los policías salieron corriendo del bar, alcanzaron a divisar el auto que se escabullía por las esquinas y saltaron a su propio vehículo... Se alejaron tras él, dejando a un boquiabierto Shingo.

- Bueno... Al menos nos salvó de ésta... - murmuró Kuwabara rascándose la cabeza.

- Sou da na... {Sí, ¿verdad...?} - murmuró el resto.

***

Con un problema menos, se dedicaron por completo al asunto del portal. Había amanecido y el sol ya iluminaba las calles desiertas. Katsuki había cerrado el bar hacía poco y salió con King para llevarla a un hospital donde pudieran curar su herida. También se llevó a Chizuru, que había despertado mareada y confusa, y no había vuelto a insistir sobre el tema del portal.

- Todo fue inútil - dijo Yuusuke golpeando la pared con el puño. Kensou apartó la mirada. Sus poderes no eran suficientes para abrir un pasaje como ese. Ni siquiera el poder combinado de ellos tres era capaz de hacerlo.

Kurama los observó. Él no había ayudado, pero sabía que también sería en vano. Necesitaban a más personas. Chizuru hubiera sido suficiente, pero sería imposible convencerla para que los ayudara. Otra opción habría sido ponerse en contacto con Koenma, pero al parecer el joven dios había tenido serios problemas con su padre y en ese momento ni siquiera estaba en estado de enviarles a su mensajera Botan para que cooperara. Estaban solos en eso.

Athena también observaba en silencio. No podía dejar de mirar a Kurama. Ya no sentía sus recuerdos, pero le bastaba esa imagen tan vívida de Kyo en su cama para sentir un repudio hacia él. Era como lo que sentía hacia Yuki, celos terribles. Tenía que aceptar que ese pelirrojo era demasiado hermoso como para no seducir a cualquiera, pero ¿Kyo? ¿Había seducido a Kyo Kusanagi aun siendo hombre? ¿Lo había hecho pasar por sobre... por sobre el amor a su novia? Odiaba a Kurama porque ella no era capaz de hacer eso.

Mientras se alejaban calle abajo, iluminados por el cálido sol matinal, Athena empezó a retrasarse más y más. El grupo de muchachos iba adelante de ellos, despacio, sin rumbo fijo. Los chicos que no conocía, el pelirrojo, el alto y el que parecía delincuente, hablaban entre sí. A veces negaban con la cabeza, otras veces hacían un gesto de impaciencia. Discutían los planes y luego los descartaban. Ella no podía dejar de mirar al pelirrojo. Aún no podía aceptar que él y Kyo...

Se detuvo. No quería seguir viéndolo. La muchacha dio media vuelta y echó a correr por una calle transversal. Oyó que Kensou llamaba su nombre, pero no le hizo caso ni se detuvo. Corrió y corrió, pasando entre la gente, con los ojos llenos de lágrimas. Una vez había pensado que con un poco de esfuerzo conseguiría que Kyo se fijara en ella, que dejara de lado a Yuki... aunque fuera por una sola noche... Una noche con Kyo... Se conformaba con eso... Pero ahora...

Había llegado al final de la calle y lo que tenía ante sí era un lujoso centro comercial. Entrecerró los ojos. No quería estar allí...

Sin embargo entró, buscó un lugar apartado, y finalmente se sentó en un banco frente a una tienda esotérica que recién abría sus puertas. La dependienta le sonrió y ella devolvió la sonrisa. ¿Qué pensaría? ¿Que qué hacía una muchacha a esas horas, sola, en ese lugar? No había otro lugar adonde ir. Si regresaba al hotel de seguro se encontraría con los chicos de nuevo. Con el pelirrojo. Y no quería. ¡No quería!

Sonrió para sí, observando sus manos blancas, tan suaves. Se tocó la mejilla, cerrando los ojos ante este contacto. El sonido de las puertas al ser abiertas no la distrajo. Pensaba profundamente en algo que la preocupaba. Nunca se imaginó que ella pudiera llegar a ser tan egoísta...

Su poder psíquico brilló unos segundos en sus dedos... Cerró la mano fuertemente en un puño, negándose a sí misma.

"Si Kyo no será mío... ¿para qué ayudar salvarlo?" se dijo, y se obligó a sonreír como si esa decisión la hiciera sentir mejor... Pero por dentro continuaba llorando.

***

"Ne... Kyo-san..."

El muchacho se había vuelto hacia ella, su cabello castaño brillando bajo la luz del sol y sus ojos observándola con curiosidad.

"¿Athena?"

Ella había corrido hacia él con una risita, se detuvo a unos pasos, enlazando sus manos detrás de su espalda, sus dedos jugando con el lazo que ataba su falda de marinerito. El viento sacudió su cabello púrpura, hizo ondular su uniforme. Kyo le sonrió dulcemente. Ella miró directamente a su rostro y sintió que podía quedarse observándolo durante siglos.

"¿Ya sabe quién será su pareja?" le preguntó ella, juguetonamente. Sabía la respuesta, pero quería asegurarse... Quería que Kyo le rompiera el corazón de nuevo. "Digo... para el baile..."

Él había reído, con esa risa confiada y rica. Le puso una mano en la cabeza, como a una niña. Como la niña que era. Ella sintió un escalofrío.

"No pienso ir a esa estúpida fiesta", le confió Kyo. "Pero si voy, sabes que será con Yuki..."

Claro, sonrió mientras sentía un nudo en la garganta cuando trató de tragarse las lágrimas. Asintió y rió ligeramente.

"Pero nada perdía con preguntar, ¿ne?"

Kyo le sonrió.

"Sou..."

"Pero Kyo-san... Yo... Yo..."

"Ja na"

Te quiero.

El joven le dio la espalda, caminando hacia la salida de la escuela... donde *ella* esperaba.

Te quiero. ¿No lo ves?

Yuki se paró de puntillas para saludar a Kyo con un ligero beso en los labios. Se veían tan felices. La mano de Kyo se posó en la cintura de su novia, atrayéndola hacia sí. Orgulloso de ella. Orgulloso de que todas las chicas de la escuela tuvieran los ojos fijos en ellos y en lo que hacían. Yuki rió tontamente. "Ne... Kyo... No frente a todos..."

Estoy aquí, ¿no me ves?

"Doushite?" rió Kyo mientras la empujaba hacia la calle, donde estaba estacionada su motocicleta. Yuki se sentó detrás de él, lo rodeó con los brazos y entrelazó sus dedos sobre su vientre. Apoyó la mejilla en la firme espalda de Kyo. Le lanzó una mirada pícara, sabiendo que Athena observaba, al igual que el resto de muchachas.

Bruja.

La moto se encendió con un fuerte sonido.

"Sujétate, amor..."

"Sí, amor..."

Maldita Kushinada...

¿No te das cuenta? Acabará contigo... Ella... acabará contigo... Kyo...

***

- Hey, señorita. ¿Se encuentra bien?

Athena parpadeó. ¿Dónde estaba...? Ah, el centro comercial...

- Uhn, hai... - murmuró, frotándose los ojos.

- ¿Segura? - la mujer que le hablaba era la que minutos atrás había estado abriendo su local. Un pequeño local repleto de velas, cirios y hermosos adornos de cartomancia -. Venga. Será mejor que tome algo. Parece que no hubiera dormido en toda la noche.

Athena quiso negarse, pero la mujer ya la empujaba hacia su local. Al instante Athena se vio rodeada de un olor especial. Una mezcla de incienso y flores. Se sentó donde le indicaron y esperó. Vio cómo la mujer abría una cajita metálica y echaba unas cuantas hojas secas en una taza de madera, cuidadosamente tallada y adornada con flores cuyos colores se entrelazaban, como si hubiesen sido pintadas de un solo trazo.

- Tome. - La mujer le entregó la taza, que despedía un olor dulzón y que le recordó un momento del pasado...

- Arigatou...

- Namae wa? {¿Cómo te llamas?} - fue lo que preguntó la mujer mientras tomaba asiento frente a ella, del otro lado de la mesa.

- Uhm... - Athena tomó un sorbo del líquido antes de contestar -. Asamiya Athena desu... - Parpadeó cuando el sabor se expandió por su boca. Era delicioso... La mujer la observaba complacida.

- Se ve que tienes problemas, ¿no quieres hablar al respecto?

- ¿Eh? - Athena levantó la mirada para clavarla en los ojos lavanda de la mujer -. No... No, está todo bien, en serio... - tartamudeó.

Obviamente la mujer no le creyó, pero debía respetar su intimidad así que no insistió. Athena sintió algo de curiosidad a su vez.

- ¿Usted lee el futuro?

La mujer sonrió asintiendo.

- ¿Quieres que probemos con el tuyo?

Arriesgado, ¿ne?

- No... - rió -. No creo en esas cosas... Yo... acabo de decidir mi futuro.

Athena terminó de beber y dejó la taza sobre la mesa frente a ella. Hizo una inclinación. La mujer sólo le sonrió sin comprender de qué hablaba.

- Suerte - le dijo, mientras Athena salía rápidamente de la tienda.

* * *

Decidí mi futuro.

Escogí abandonarlo.

Que Yuki sufra... ¡Que sufra mucho!

Mientras me hundo en este sentimiento de culpa...

* * *

Capítulo 35: Unos segundos, una realidad

Podría haberse quedado yaciendo en esa cama eternamente; sintiendo las sábanas arrugadas y ásperas bajo él, y un manto oscuro y suave, impregnado con el olor salvaje del Makai cubriéndolo y manteniendo su calor. Ya no tenía frío, pero sí se sentía débil. En verdad tenía ganas de yacer allí y no levantarse nunca más.

Notó que a pesar del dolor entre sus piernas, y una intensa incomodidad en su interior, estaba más aliviado que antes. Sin necesidad de levantarse ni de mirar siquiera, supo que su traje había sido retirado y reemplazado con una túnica de suave seda. Le recordaba la fría seda china que su madre había solido vestir cuando él era niño.

Sus pensamientos le hicieron preguntarse por qué retrocedía tanto en el tiempo. Era como si quisiera ocultarse en el pasado en vez de enfrentar la realidad. Suspiró, cerrando los ojos. ¿Y cuál era su realidad? Atrapado en manos de un demonio a quien no conocía y que le guardaba un inmenso rencor sin sentido. Enamorado de una persona que simplemente se divertía con él y deseaba matarlo.

Enamorado. Aquella palabra la repitió algunas veces, cuestionándose. No, no amaba a Yagami, se dijo tercamente. Debía odiarlo, tenía que corresponder a los sentimientos del pelirrojo con la misma moneda. Odio, rencor. No había más. Era todo lo que podía existir entre ellos. Iori se lo había confirmado al pasarse al bando enemigo.

Su mayor problema era salir de allí. Tenía que encontrar el modo, y por lo visto tendría que hacerlo solo. Hiei tenía una actitud que simplemente no comprendía. Tan frío e inexpresivo, actuaba del modo menos esperado. Si intentaba llevarlo consigo el pequeño demonio era capaz de matarlo allí mismo. No lo comprendía.

De repente sonrió. No quiso hacerlo realmente, pero fue algo inconsciente. Cuando pensaba en escapar solo todo perdía sentido. Si no podía llevarse a Iori con él, ¿entonces para qué preocuparse? Y el demonio de fuego, aunque no era su compañero ni su amigo, tampoco deseaba dejarlo atrás de forma tan simple. Era una locura. Hiei y Yagami eran algo que él jamás llegaría entender.

Ya no podía recordar desde cuándo había empezado a sentir ese cariño irracional hacia Iori. Así como el odio del pelirrojo le parecía infundido y absurdo, lo que él sentía llegaba a ser peor. Era incomprensible que una persona llegara a amar a aquel que buscaba matarlo; pero ahí estaba él, pensando y preocupándose por el pelirrojo, olvidándose por completo que su cuerpo había sido ultrajado y que aún sufría las consecuencias.

Kyo sentía que se iba a volver loco. Se arropó en el manto negro, sintiendo su suavidad y la calidez que le proporcionaba. Aun cuando Iori le había dicho frente a frente, por fin, que todo había sido una gran mentira para vengarse de él, no le creía del todo. La sangre y su dolor habían sido demasiado reales como para ser fingidos. Y durante el beso, el último beso que le dio, había vislumbrado un ligero deseo... una chispa de cariño que podría haber sido insignificante y que a pesar de todo estaba allí.

"¿Por qué pienso esto?", se dijo, con los ojos cerrados. "¿Por qué, si ya me dijo que todo fue mentira?"

Contradicción tras contradicción, eso era lo que su mente confundida no conseguía aclarar. Un beso y luego una mirada asesina. Una palabra dulce y luego una amenaza de muerte.

Pero por primera vez en su vida el pasado estaba muy claro. Habían tenido una oportunidad de ser amigos, pero el destino y sus propias familias lo habían evitado. Quizás aún podían cambiar eso... Hacer que Iori se diera cuenta...

Quiso levantarse pero el dolor en su interior lo mantuvo recostado en la cama, recordó a Ryaku contra su voluntad y sintió un estremecimiento de fría rabia. Tampoco comprendía por qué estaba en ese lugar. Si lo que Urameshi y los demás le habían dicho sobre su poder en el mundo de los humanos era cierto, Ryaku y su amo bien podían estar tras ese poder... Pero ¿Iori?

Levantó la mirada hacia el techo y luego observó la rústica habitación polvorienta. Debía encontrar algún modo de salir de allí. Solo, o con Hiei, o con... Iori, si es que él no lo traicionaba y lo entregaba al demonio de cabello blanco.

Pero... ¿qué haría después? No tenía la menor idea de cómo regresaría al Ningenkai. Con su nivel de poder tan bajo no era capaz ni de invocar a una simple llama de fuego, jamás lograría abrir un portal de vuelta a casa. Y además..., sonrió amargamente al pensarlo, si regresaba sin Yagami, entonces no valía la pena escapar.

Otra vez una contradicción. ¿No había jurado que iba a odiar al pelirrojo por jugar con él, por traicionarlo? Era irritante, pero Kyo no podía evitarlo.

Se quedó tendido en la cama largo rato, tratando de deshilvanar todas las ideas que se mezclaban y enredaban unas con otras. Estaba confundido.

Con un suspiro, apartó la manta que lo cubría y se deslizó por un lado de la cama. El dolor lo inmovilizó durante un momento pero luego lo ignoró. Tocó con la punta de los dedos la textura de la túnica que lo cubría y, a pesar de todo, pensó que no era tan desagradable tener puesta ropa limpia y fresca. Se levantó...

Al segundo siguiente estaba de rodillas, en el suelo, observando la alfombra desconcertado. Sus piernas no lo sostenían. Jamás hubiera pensado que podría llegar a sentirse tan débil...

Apoyándose en la cama, volvió a sentarse sobre el colchón, frotando sus piernas con las palmas de las manos, con fuerza. Sabía que ese tipo de cosas sucedían cuando una persona está postrada durante mucho tiempo y eso le dio una idea de cuántos días había pasado inconsciente.

Entrecerró los ojos, mientras sentía que sus piernas entumecidas iban recuperando algo de calor. Días, y no había rastros de Kurama ni de los otros chicos. ¿Les habría sucedido algo? O... quizás ya los habían abandonado.

Negó con la cabeza para sí, sacudiendo los mechones de cabello castaño que caían sobre sus ojos. No. Kurama no dejaría a Hiei en manos de un demonio como Shika, estaba seguro. Y, pensó, confiaba en que Kurama no lo dejaría a él tampoco. No estaba seguro del porqué, pero confiaba en el muchacho pelirrojo. Si no estaban allí debía ser por alguna razón, un problema, quizás, o porque esperaban el momento prudente...

Hacía frío allí, notó. ¿O quizás era que aún tenía fiebre? Buscó el manto que lo había abrigado todo ese tiempo y se preguntó por qué Hiei no estaba allí con él. Incluso su presencia silenciosa era mejor que estar completamente solo.

Envolviéndose en el manto, no pudo evitar pensar en lo que Shika, o Ryaku, podían haberle hecho al pequeño demonio de fuego. No se imaginaba a Hiei dejando que algo como eso sucediera, pero estando dentro del territorio de Shika no tenían medios para defenderse. Le bastaba ver su propio estado, tan débil, para hacerse una idea de la disminución del poder de Hiei.

Se llevó una mano a la frente, cerrando los ojos. Entre brumas recordaba cómo habían sido esos últimos días. Un youkai se había encargado de alimentarlo... con frutas extrañas y siempre llevándole una botella de algo que sabía a vino barato. No era gentil, pero al menos tampoco era cruel. Sólo cumplía con su deber.

A veces él le murmuraba cosas, en medio de la fiebre, y recibía respuestas. No estaba seguro de todas, pero ese youkai sirviente le comentó, y eso sí lo recordaba, que si estaba vivo era gracias a la influencia que tenía el ningen de cabello rojo sobre su amo Shika. Eso le hacía preguntarse qué tenía que ver Iori con el demonio. Al parecer los Yagami no sólo se habían vinculado con Orochi en el pasado.

De pronto una idea que antes no se le había ocurrido cruzó por su mente, dejándolo aun más confundido y con una sensación angustiante: ¿Iori amaba a Shika?

Aquello lo dejó helado. Apretó el manto entre sus dedos, con fuerza. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? ¡Era tan obvio! Sin embargo apenas pensó eso una imagen parpadeó en su mente. Un recuerdo perdido, o un sueño... Se tocó los labios.

Iori... Lo había visto allí, cuando despertó; había sentido que lo besaba con cariño, que era sincero. Recordaba entre brumas su mirada preocupada... Cerró los ojos con fuerza, queriendo aclarar sus pensamientos.

Iori... Realmente había estado allí...

Sintió que en su corazón se encendía una chispa de comprensión y esperanza.

* * * *

Hiei alzó la cabeza cuando oyó a alguien fuera de la habitación. Supuso de quién se trataba; el mismo youkai que lo había estado visitando durante toda la semana para dejarle algo de comida. Era un pequeño y cobarde demonio de la clase más baja, y era obvio que le temía. Cuando entraba titubeaba unos segundos, como si Hiei lo pudiera matar con la mirada. Luego, cuando al fin se decidía a ir hacia él, dejaba las frutas y la ocasional botella de vino en el límite exacto entre el kekkai que mantenía a Hiei encadenado a la pared de esa fría habitación de piedra.

Los primeros días se había quedado allí, esperando que Hiei comiera, pero, por supuesto, el youkai de fuego simplemente lo había despreciado sin decir palabra, y finalmente el pequeño demonio se retiraba.

Hiei sólo comía cuando al fin estaba a solas. Era lo suficientemente razonable como para alimentar a su cuerpo y que éste no le fallara en el momento en que debía usar toda la fuerza que poseía. Al día siguiente, cuando el youkai entró con una nueva ración, pareció complacido de que Hiei hubiese comido.

Así había sido durante varios días. Ahora no fue la excepción. Apenas reconoció el débil youki del youkai, Hiei volvió a dejar caer la cabeza, clavando su mirada en el suelo.

- Tu amigo ya está mejor - fue lo primero que dijo el demonio mientras se llevaba los restos del día anterior y le dejaba fruta fresca en el mismo lugar. Hiei no le hizo caso, pero supo que hablaba de Kyo. Luego, el youkai agregó con una malicia innata y una sonrisa inocente -: Tiene que estar bien para cuando Shika-sama lo llame a su habitación.

Hiei no levantó la cabeza, pero sí sus ojos, para observar detenidamente a esa criatura. No era vieja. Para la edad de los youkais, este debía ser el equivalente a un niño ningen. Con su nivel de energía cualquier otro demonio lo hubiera despachado en un segundo, pero al parecer le había agradado a Shika y se le había permitido quedarse en el castillo.

Tenía el tamaño de Hiei, o un poco menos, quizás. Sus ojos eran de un rosado pálido que se tornaba gris a ratos, especialmente cuando el miedo lo dominaba. En ese momento estaba arrodillado frente a Hiei.

- ¿Qué está haciendo Shika? - preguntó Hiei en voz baja al ver al youkai con ganas de iniciar una conversación.

- No lo sé... - respondió el pequeño -. Ha estado encerrado en su habitación todos estos días. Ni siquiera ha mandado llamar al ningen.

El ningen debía ser Yagami, pensó Hiei y se extrañó al saber estas noticias. ¿Qué podía estar tramando Shika?

- ¿Y qué hace el ningen?

El youkai se puso de pie, incómodo ante tantas preguntas.

- Duerme, o pasea por el castillo. Pero no sale mucho de su habitación. Ryaku-sama dice que está enfermo y que si quiere evitar caer muerto en cualquier momento debe quedarse en esa habitación, donde Shika-sama lo hará vivir para siempre.

"¿Vivir para siempre?", repitió Hiei entrecerrando los ojos y lanzándole una mirada indagadora. ¿Era posible que el Reikai le hubiera dado la recompensa por Yagami a Shika? ¡Koenma era un idiota! Sin embargo la expresión de Hiei cambió. Había comprendido qué estaba sucediendo allí, o una parte, al menos. Ahora sólo le faltaba averiguar algo más...

El youkai empezó a alejarse hacia la puerta, tenía la sensación de haber hablado demasiado. Estaba a un paso de la salida cuando oyó la fría y severa voz de Hiei:

- Matte {espera}.

Se volvió, y demasiado tarde se dio cuenta que había cometido un gran error. El brillo púrpura del jagan de Hiei brilló intensamente en sus ojos un momento hasta que finalmente se apagó, dejándolo en un estado semi-inconsciente a merced del poder del youkai.

Hiei sonrió con maldad.

- Ahora me dirás todo lo que quiera saber.

* * * *

En otro lugar del castillo, Iori yacía acostado entre las sábanas de su cama. Amanecía. Casi había pasado una semana sin que Shika lo buscara por las noches y aquella tranquilidad le había servido para descansar su agotado cuerpo. Físicamente estaba mejor, los accesos de sangre se habían hecho menos frecuentes e incluso podía decir que el dolor había amainado en algo. Hacía años que no sentía ese alivio y realmente lo apreciaba. Podía dormir toda la noche de corrido, como un niño, sin despertar bañado en sudor y aquejado por un dolor en el pecho que no lo dejaba respirar. Pero a pesar de estar bien, mentalmente nunca había estado peor. Ni siquiera cuando las pesadillas referentes a Kyo Kusanagi lo agobiaban tenía esa sensación de estar sumiéndose en la locura. Había estado obsesionado por el muchacho, pero nunca había sentido esa ansiedad por querer saber si estaba bien o no, si vivía o agonizaba. Desde que sus padres y maestros lo llenaron de odio había tenido la seguridad de que Kyo era de él. Y Kyo había demostrado ser una persona capaz de defenderse por sí misma, nunca tuvo que preocuparse... Pero ahora... Estaban tan cerca y a la vez tan lejos. El último recuerdo de Kyo era su rostro afiebrado y dolorido. Si lo que Shika decía era verdad, entonces debía estar peor. El Makai no era un lugar para que los humanos vivieran, ni siquiera para que sobrevivieran.

Se incorporó despacio. Le hacía falta un buen cigarrillo en ese momento. O mejor, un paquete de cigarrillos. El ambiente de ese lugar iba a terminar por transtornarlo, si es que él no se volvía loco por su propia cuenta.

Bajó de la cama desordenada, caminando por las alfombras que cubrían el suelo y entre sábanas que habían caído por un lado. Shika tenía una preferencia exagerada por las túnicas y cualquier tipo de tela que colgara. Todas las camas que había visto eran de dosel, adornadas con cortinas semi transparentes cuyos bordados competían con las cortinas gruesas de terciopelo que cubrían las ventanas, puertas y algunos muros. El sentido de la estética de ese youkai era ciertamente extraño.

Se dirigió a la puerta, apartando su propia túnica con disgusto. No le agradaban esas prendas tan holgadas, tan livianas y frías. Tocó la puerta con la palma de su mano, empujando suavemente. Abierta. No tenía llave. Ni siquiera estaba protegida con una barrera. Era extraño, se dijo. Parecía que Shika se había olvidado de él. Pero, ¿acaso Ryaku no le había dicho que podía pasear por el castillo a su gusto para que se entretuviera mientras Shika terminaba con unos asuntos en su recámara privada? Ciertamente debía tratarse de eso, la mayor parte del castillo estaba desprotegida ahora. Los únicos lugares donde había percibido el kekkai era en el exterior, donde la energía protegía al castillo de cualquier ataque externo. Y también en las habitaciones donde Shika había encerrado a Kyo y Hiei. Y, claro, toda la zona que estaba cerca de la habitación de Shika estaba bloqueada por una fuerza que no permitiría a nadie acercarse.

El pasillo estaba vacío, como esperaba. Shika no aparecería, Ryaku debía estar con él. Los únicos youkai con quienes se cruzaría serían esos despreciables sirvientes que ahora lo miraban con temor y lo trataban de "Yagami-sama". Estos estaban tan disciplinados en el terror que su amo les producía, que el solo hecho de saber que el ningen pelirrojo era uno de sus favoritos los aterraba y lo evitaban. No importaba qué hiciera Yagami-sama, ellos no podían cuestionarlo ni prohibirle nada porque él tenía todo el derecho de deshacerse de ellos de la forma más dolorosa que se le ocurriera.

Así, Iori siguió caminando despacio por los estrechos pasadizos en penumbra hasta llegar al gran salón principal, donde Shika lo había recibido, y donde había visto llegar a Kyo junto con el enano oscuro. Recordar el rostro de Kyo fue hiriente, en aquella ocasión había notado como sus ojos se llenaban de dolor cuando Shika lo abrazó y luego lo besó. Pero ese sufrimiento era necesario si quería evitarle un peor dolor. Kyo se había enfurecido, su temperamento impulsivo hizo que el dolor se transformara en rabia y odio. Aquello fue hiriente para ambos, pero Iori sabía que Kyo algún día tendría que comprender.

No se detuvo en ese salón, sino que se dirigió a la puerta que daba al exterior, a los patios del castillo. El sol de la mañana iluminaba todo cálidamente, las plantas de formas extrañas y caprichosas brillaban con el rocío de la noche, el pasto era salvaje y crecía libre; alto hasta su cintura en algunas partes, y a ras del suelo en otras. Respiró profundamente el aire fresco de ese mundo. Era extraño, el ambiente; pero de alguna manera lo hacía sentir mejor que en el Ningenkai.

Se detuvo en un claro, observando hacia el bosque lejano. Sintiendo el viento en su rostro y su cabello. Qué tranquilidad, qué paz. Le recordaba al bosque que rodeaba la casa donde creció. Era una lástima no poder apreciar la belleza de ese mundo salvaje.

Apartó el cabello de sus ojos, despacio. Miró hacia el cielo que poco a poco comenzaba a teñirse de celeste, contrastando con la alta construcción de piedra que era el castillo de Shika.

Nunca había reparado en los cientos de pequeñas ventanas que se podían apreciar desde ese lugar. La mayoría no poseían vidrios, sólo barrotes, y supuso que Shika debía utilizarlas como algún tipo de calabozo para encerrar a sus víctimas. Vaya contraste. En un pasillo bien podían haber lujosas habitaciones como húmedas y oscuras mazmorras.

Paseó su mirada por las ventanas, distraídamente.

Y entonces lo vio.

* * * *

Finalmente, se dijo Kyo cuando se puso de pie y pudo mantenerse erguido durante un rato sin caer de vuelta en la cama. Apoyándose en la pared, dio unos pasos inseguros, pero pronto se acostumbró y lo único incómodo que llegó a sentir era el dolor en su interior con cada paso que daba. Le hizo caso omiso. Ya estaría bien... Y cuando ese momento llegara iba a destruir al maldito Ryaku con sus propias manos.

Se dio cuenta que la debilidad que sentía era intolerable. Parecía que de pronto alguien le había quitado todas sus fuerzas, para dejarlo como el muchachito humano que era. La sensación lo dejaba con un vacío incómodo, y de sólo pensar que no podría defenderse si algo sucedía lo humillaba. Ya había pasado una vez con Ryaku, sabía que no sería la última, y no quería que pasara de nuevo.

Miró por la ventana, que era lo que había querido hacer desde que recuperó la conciencia. Como lo suponía, la iluminación le ayudó a hacerse una idea de qué hora era. Debía ser temprano, daba la impresión que el sol recién había salido. Ahora sólo le faltaba saber cuánto tiempo había pasado. Su memoria le decía que menos de dos días, pero su instinto no estaba de acuerdo. En dos días uno no se debilita tanto.

Qué hermoso era a pesar de todo, pensó mientras miraba el paisaje que rodeaba al castillo. Era idéntico al que había mirado siendo niño, desde la ventana de su habitación. Un bosque y las montañas a lo lejos, tan lejos que sólo eran manchas grises recortadas contra el cielo, tratando de alcanzar las nubes que lentamente pasaban sobre ellos. Vio a algunas criaturas salir volando del jardín. Podrían haber sido pájaros, pero él sabía que era algún tipo de youkai asustado. Quizás una criatura los había espantado de su lugar tranquilo entre los árboles.

Sí, había guardias rondando el lugar, notó. Altos demonios de aspecto terrorífico, algunos dispuestos en la puerta, y otros caminando en el exterior. Era imposible salir por allí sin ser visto. En el amplio jardín había lugares para ocultarse, pero el mayor problema sería pasar por entre los guardias. Sin manera de atacarlos, sería difícil.

Iba a retirarse de la ventana cuando algo llamó su atención. Era demasiado esbelto para ser un guardia, y vestido de forma muy simple para ser Shika. Entrecerró los ojos con curiosidad y notó que le devolvían la mirada. Se quedó helado, lo único que podía sentir era su corazón desbocado en su pecho. El cabello rojo, los ojos que lo miraban con expresión sorprendida, los labios ligeramente entreabiertos, como si no pudiera creer lo que veía. Era Yagami. Kyo inconscientemente levantó una mano para apoyarse en el vidrio, acercando más su rostro como si ese vano movimiento pudiera acercarlo más a Iori. Sus labios pronunciaron su nombre en silencio, y sus ojos castaños no dejaron ir nunca la mirada de sorpresa de sus ojos rojos.

- Iori... - murmuró. No sentía el rencor, ni la rabia, ni siquiera los celos que segundos atrás había sentido por Shika. Todo lo que veía y sentía ahora era al pelirrojo, varios pisos más abajo, de pie en medio de un claro de hierba. Su cabello sacudiéndose con el viento, al igual que su túnica, y el rostro que tan bien conocía levantado hacia él, sin rastros de odio o venganza. Sólo genuino asombro al encontrarse tan inesperadamente con Kyo.

El pelirrojo fue quien apartó la mirada primero, y Kyo despertó como quien despierta de un trance. Iori se alejaba por el jardín rápidamente, era como si no quisiese seguir mirándolo, ¿verdad? Seguramente iba de vuelta a la habitación de su ahora amo Shika y se acurrucaría contra él diciéndole que Kyo al fin había despertado. Con el corazón acelerado, y mil pensamientos estúpidos pasando por su mente, Kyo se quedó donde estaba, apoyado en la ventana sintiendo el frío del cristal contra sus manos y su frente.

* * * *

Jamás había visto a Kyo en ese estado. Desde donde observaba, veía su rostro delgado y cansado, su cabello despeinado, su expresión de sorpresa y dolor. No pudo apartar la mirada aunque hubiese querido hacerlo, aun sabiendo que si lo observaba mucho rato nadie podría evitar que fuera hacia él. Quería estar con él, sentirlo cerca, saber que estaba bien. Notó cuando Kyo pronunció su nombre, moviendo los labios imperceptiblemente. La distancia le pareció intolerable en ese momento. Todo lo que podía hacer era observarlo fijamente, sintiendo su corazón acelerarse mientras examinaba su rostro, sus ojos, su expresión. Era la razón por quien hacía todo, era de esperarse que sintiera esos deseos insoportables de ir hacia él.

Bajó la mirada. Shika lo había amenazado, como siempre, si es que se atrevía a volver a acercarse a Kyo... Pero Shika estaba ocupado en ese momento, podía sentirlo. Su energía estaba completamente enfocada en un solo lugar: su habitación. Incluso los kekkai que protegían al castillo eran más débiles de lo normal. Echó a andar hacia el interior del castillo de nuevo. Algunos sirvientes se apartaron para dejarlo pasar. Subió las escaleras hacia donde sabía se encontraba la habitación de Kyo y, como esperaba, encontró la zona desprotegida. Tocó la puerta: tampoco había rastros de energía. La abrió despacio.

Entrecerró sus ojos mientras se quedaba observando a la figura de pie contra la ventana; Kyo vestía un traje negro, como de seda, y no se había dado cuenta que él estaba allí. Seguía observando a través del cristal, pensando, tal vez, o maldiciendo.

Iori dio un paso para entrar. Kyo se volvió bruscamente, por instinto más que nada, porque su débil nivel de energía no le permitía ni sentir la presencia de otros.

La expresión de Kyo fue tal que Iori tampoco reaccionó. Estaban los dos frente a frente, Kyo no sabía qué hacer. Observaba con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer lo que veía. Su mano continuaba apoyada en el vidrio, y de alguna manera Iori supo que si perdía ese apoyo caería al suelo. Él, mientras tanto, sólo observaba también, con su expresión seria y fría de siempre, pero el corazón latiéndole con fuerza.

Al fin Kyo consiguió articular algunas palabras:

- Ya- Yagami...

Iba a agregar algo más pero Iori dio unos pasos hacia él, rápidos. Kyo se encogió como para recibir un golpe, frunciendo el ceño con molestia. Yagami nunca iba a cambiar, se decía. Si estaba allí era para continuar con sus burlas seguramente. No podía esperar otra cosa...

Pero... cuando abrió los ojos se encontró rodeado por sus brazos, estrechamente, cálidos, las manos de Iori aferrándose a la túnica negra y su cabeza escondida contra su hombro. Sentía su cabello rojo suave en su mejilla. Estaba perplejo y todo lo que atinó a hacer fue abrazarlo también, con tanta fuerza como le fue posible, para hacer que ese momento durara eternamente.

Cuánto había cambiado, desde la última vez que lo vio en el Ningenkai. ¿Cuántas cosas habría tenido que pasar al lado de Shika para haber sufrido semejante cambio? Era tan tierno ahora, parecía tan temeroso de herirlo con su abrazo.

- ¿Yagami...? - murmuró, aún sin poder aceptar que estaba con él, y que él realmente lo estaba abrazando.

- Cállate, no digas nada - le cortó Iori -. Sólo déjame quedarme así un rato.

Kyo cerró los ojos, apoyándose contra el pelirrojo y, por fin, relajando todo su cuerpo, sintiéndose seguro por primera vez desde que llegó al Makai.

Frágil. Así era como Iori sentía a Kyo. Debilitado hasta el extremo, incapaz de invocar a una simple llamarada. Si había sido el youkai de tres ojos, o el mismo ambiente de ese mundo, no podía saberlo; todo lo que pensaba en ese momento era que si Shika llamaba a Kyo a su habitación, él no iba a sobrevivir. No soportaría estar tan cerca de Shika, sería demasiado para su cuerpo cansado.

Tenía que seguir al lado del youkai de cabello blanco hasta que tuviera la seguridad de que Kyo estaría bien.

Por su parte, el joven de cabello castaño se limitaba a esconder su rostro contra el pecho de Iori. ¡Lo había deseado desde hacía tanto tiempo! Sentir su calidez y los débiles pero acelerados latidos de su corazón contra su mejilla le hacían desear que ese momento nunca terminara. Y cuando el pelirrojo levantó una mano para acariciarle el cabello Kyo lo tuvo que estrechar con más fuerza aun. Quería demostrarle que realmente lo quería, que no le importaba si lo odiaba o despreciaba. Todo ese tiempo que había estado lejos de él habría sido como un tormento del que no podía descansar; no saber qué hacía, no saber cómo estaba... La última vez que lo había visto en el Ningenkai Iori estaba débil, ahora se le veía un poco mejor, pero aun así era como si pudiera sentir su dolor a través del sonido trabajoso de su respiración.

Entreabrió los ojos y, lentamente, apartó la túnica de Iori, dejando al descubierto su pecho blanco y surcado de marcas de uñas... no, de garras. Las marcas que Shika había dejado en él. Continuó bajando y encontró pequeñas heridas, ya cerradas pero aún visibles, y varias viejas cicatrices que nunca antes había notado.

La mano de Iori se cerró alrededor de su muñeca, para evitar que indagara más.

Kyo sintió la fuerza en su brazo y cerró los ojos, sin insistir. Si eso era otra broma del pelirrojo para humillarlo... ya no le importaba. En verdad, nada le importaba. Después de lo de Ryaku, y darse cuenta que no tenía ni la fuerza ni las ganas de volver al Ningenkai solo, bien podía quedarse encerrado en ese castillo hasta que muriera. Cuanto fuera, mientras tuviera al pelirrojo a su lado.

- ¿Por qué estás aquí? - se atrevió a preguntar Kyo.

- Porque no soporto esto - murmuró Iori contra su oído.

- Entonces... ¿entonces por qué te aliaste a ese demonio? ¿Qué te ha hecho, Yagami...? - preguntó de nuevo Kyo en un susurro.

- No me ha hecho nada - respondió el pelirrojo, aún en un murmullo, como si no quisiese que nadie, ni las paredes, lo oyeran -. Es... - Iori se interrumpió. Apartó a Kyo de sí y se llevó una mano a los labios, cerrando los ojos con fuerza. Un espasmo hizo que su cuerpo se doblara hacia adelante con un grito. El dolor... blanco, cegándolo, apartándolo de la realidad para hundirse sólo con él en el vacío.

- ¡Yagami!

¿Por qué ahora...? ¿Por qué justo ahora que sólo tenía unos segundos para estar con Kyo?

Blanco y rojo, la combinación que tan bien conocía. Una semana había pasado sin ver a Shika, descansando, recuperando fuerzas. La dosis del elixir de la vida que Shika tenía no le había parecido necesaria... Y ahora de nuevo, el dolor que parecía querer desgarrarlo por dentro.

- Yagami...

Ambos estaban de rodillas; era como aquella vez en los vestidores, cuando un confundido Kyo había intentado ayudarlo. No podía mirarlo, el dolor cerraba sus ojos, pero sí lo sentía cerca e intentando sostenerlo con las pocas fuerzas que le quedaban. Podía percibir también la sangre corriendo por su mano, cálida y espesa, abundante. Tosió un poco, con la respiración entrecortada.

Kyo vio cómo la sangre lo salpicaba. Escuchó que Iori luchaba por respirar. ¿Siempre habría sido así? Varios años habían pasado desde que vencieron a Orochi... ¿y todo ese tiempo Iori había tenido que soportar eso?

- Kyo... - jadeó Iori. Sentía a Shika acercándose, tenía que salir de allí, evitar que lo viera allí con él. Intentó ponerse de pie, y con mucho esfuerzo lo logró, pero apoyándose todo el tiempo en Kyo, que lo miraba angustiado.

- ¿Qué haces...? - preguntó -. Descansa un momento.

Él negó con la cabeza. Todo el cabello le caía en el rostro ahora, cubriéndole ambos ojos.

- Tengo que salir de aquí... rápido...

- Yagami, no...

Hizo un movimiento de impaciencia para que Kyo obedeciera. Le puso dos dedos ensangrentados sobre sus labios.

- Sólo hazlo...

No era de gran ayuda, pensó Kyo, que a duras penas podía mantenerse de pie mientras sostenía a Iori. No comprendía nada, pero la expresión ansiosa del pelirrojo le decía que al menos por esta vez debía obedecerle sin protestar. Comprendía que era peligroso para ambos el que alguien los viera allí, juntos. Supuso que se trataba de algún guardia acercándose, pero no podía sentir nada. Cerró los ojos mientras se apoyaba en la puerta, nada. Ni siquiera a Iori a su lado. Eso sólo podía significar que su energía estaba en un nivel nulo. Se estremeció ante la idea de no volver a recuperarlo nunca, pero la voz de Iori lo distrajo.

- A la izquierda.

Caminaron por el pasillo, pasando delante de varias puertas cerradas. No habían avanzado mucho cuando Iori se irguió y se separó de él mirando a su alrededor. Puertas a la derecha, y unas ventanas a la izquierda, cubiertas por las gruesas cortinas que Shika adoraba.

- Ocúltate allí - le indicó a Kyo, que lo observó como si estuviese loco. No quería separarse de él. Iori comprendió con sólo mirar a Kyo y sonrió levemente, casi con ternura. Atrajo a Kyo hacia sí, y despacio, se inclinó para besar sus labios con los suyos impregnados de sangre. Kyo estaba tenso, pero al sentir la suavidad de sus labios, y la gentileza de su beso se calmó un poco, aferrándose de la túnica del pelirrojo.

- No quiero que te vayas - susurró Kyo en voz bajísima, abrazándolo de nuevo -. No quiero que luego vengas y digas que todo fue una broma. Siento que te mataría si lo vuelves a hacer. Y no quiero matarte.

Iori murmuró, aún inclinado, muy cerca del rostro del joven.

- No importa qué te diga... Sólo recuerda los segundos que pasaron en tu habitación... - Iori empujó a Kyo hacia atrás, hacia las cortinas, ocultándolo detrás -. Y confía en mí - agregó con suavidad, mirando a Kyo con algo que al joven le pareció... dulzura.

Luego el pelirrojo se volvió y se apoyó en la pared, tosiendo nuevamente. Kyo sintió el impulso de ir a ayudarlo pero un nuevo gesto de Iori lo mantuvo en su lugar. Oyó pasos. Alguien se acercaba. Se escondió aun más tras las cortinas, mirando por entre los dobleces sin exponer ni una parte de su rostro. Se trataban de dos figuras altas, avanzando por el pasillo hacia donde Iori se encontraba. Reconoció primero a Ryaku por su largo y desordenado cabello dorado; junto a él iba Shika, aunque en un primer momento no lo había reconocido debido a los tonos oscuros de su cabello antes blanco. Además, había cambiado sus largas túnicas por una simple prenda, que resbalaba por sus brazos, dejando ver sus pálidos hombros descubiertos. Sonreía complacido para sí, mientras comentaba algo referente a dos botellas que Ryaku llevaba en un cofre, como si fueran un tesoro.

En eso reparó en Iori, que lo observaba apoyado en la pared, con ojos entrecerrados y una mano en los labios, manchada de sangre. Shika pareció sorprenderse de verlo allí, y enseguida avanzó hacia él, con pasos rápidos, casi corriendo.

- Yagami - exclamó, sosteniéndolo mientras fruncía el ceño. Iori se desplomó en ese instante, obligándolo a arrodillarse junto a él en el suelo. Shika se veía sinceramente preocupado y buscó algo en su manga con gestos precipitados -. Yagami, no mueras aún - murmuraba. Aquello sorprendió no sólo a Kyo, sino a Ryaku también. Ambos pensaban que Iori se encontraba mejor... pero al parecer era justo lo contrario -. No mueras, que aún no termino de divertirme contigo - sonrió Shika, sacando al fin la botellita de cristal. Iori jadeó, sus ojos desviándose del rostro de Shika al delicado frasco. El demonio notó su expresión anhelante y rió juguetonamente. - ¿Te das cuenta de cuánto me necesitas? - susurró sensual, pero lo suficientemente claro como para que Ryaku y Kyo oyeran también -. Especialmente ahora, que tu tiempo entre los vivos ha terminado. - Shika retiró la pequeña tapa, acercando el frasco a los labios ensangrentados del pelirrojo, y mientras Iori bebía él continuó -: Esta semana no recibiste la dosis diaria por un motivo, Yagami. ¿Y sabes cual es? - Shika rió para sí, suavemente, alejando el elixir de Iori, ya había bebido suficiente. Se acercó a su rostro y siseó, con su voz cargada de malignidad -: Para dejarte a un paso de la muerte. Ahora eres mío mientras vivas, en el sentido estricto de la palabra. Qué irónico, ¿verdad? Ahora tu vida depende de un demonio al que tu familia desterró hace siglos. Y continuará o terminará cuando yo lo decida, apenas deje de darte esto...

Shika guardó silencio un momento, ocultando el elixir entre su ropa, dejando descansar a Iori en sus brazos. Ryaku observaba por sobre su hombro.

- Él ya debería estar muerto - murmuró más para sí que para Shika -. No tiene sentido desperdiciar tan precioso elixir en la vida de un ningen.

- No es sólo la vida de un ningen - corrigió Shika -. Se trata de mi venganza, mi diversión y mi satisfacción. Además, ¿para qué queremos esta poción si la vida de los youkais es tan larga?

Esperaron un rato más. Kyo se aferraba a las cortinas, sintiendo que en cualquier momento iba a caer, de debilidad y confusión. El elixir del que hablaban... ¿proporcionaba la vida eterna? ¿Era por eso que Iori estaba al lado de Shika? ¿Porque no quería morir? Y las palabras del youkai, cuando dijo que Iori ya no pertenecía a los vivos... Kyo cerró los ojos, dominándose para no hacer ni un movimiento que pudiera delatar su presencia. Le angustiaba saber que Yagami se encontraba tan mal, hasta el punto de someterse ante un demonio por una promesa de vida eterna.

" Iori..."

No podía decir que era una tontería; hubiera sido injusto. El pelirrojo había sufrido durante toda su vida debido a una maldición de la que no había sido responsable. Era comprensible que un ofrecimiento de alivio lo sedujera. Apretó los puños con fuerza. Ojalá él pudiera hacer algo por Iori... lo que fuera...

Oyó voces de nuevo, y sonidos de movimientos. Shika ayudaba a Iori a ponerse de pie mientras le limpiaba la sangre con la punta de la lengua. Kyo no pudo evitar estremecerse de fría rabia al ver eso, pero se contuvo. Iori se veía repuesto, todo rastro de dolor en sus ojos había desaparecido. El demonio le sonrió.

- Ahora que estás bien, ¿qué te parece si arreglamos el asunto con el youkai enano de una vez por todas?

Iori iba a decir que no le interesaba pero Shika continuó:

- Ryaku me dijo lo que realmente le hizo ese Niño Prohibido a Kusanagi - Shika entrecerró con malicia sus ojos amarillos mientras se llevaba un dedo a la frente -. El jagan - pronunció simulando respeto -, lo utilizó para controlar a Kyo, entrar en su mente y obligarlo a hacer... todo tipo de cosas... Las cosas que yo le haría de no haberte prometido a ti lo contrario... - El tono de Shika era de sincero pesar.

Kyo no podía verlo, pero supo cual era la expresión de Iori. "Es mentira", pensó, deseando con todas sus fuerzas que Iori se diera cuenta también. "No fue Hiei... fue..."

De sólo recordarlo el joven cerró los ojos con fuerza, humillado.

Iori se estremeció, intentando con todas sus fuerzas evitar mirar hacia el lugar donde Kyo estaba oculto. Sentía su corazón latiendo con inusitada violencia. Era como si aún tuviera a Kyo entre sus brazos, como si todavía pudiera sentir la fragilidad de su cuerpo agotado. Aquello lo enfureció. Si había algo en Kyo que lo atrajo desde un comienzo era su fuerza, el poder que demostraba poseer. Odiaba verlo tan débil... y lo que era peor: ¡Odiaba que ese youkai de fuego negro se hubiese atrevido a tocar a Kyo y dejarlo en ese estado!

- Veo que comprendes la idea - dijo Shika echando a andar, seguido de Ryaku, y haciéndole una seña a Iori para que fuera con ellos -. En este momento iba a repetirle mi ofrecimiento a Hiei... puedes aprovechar y aclarar las cosas de una vez por todas, ne, Iori?

Las tres altas figuras se alejaron por el pasillo, dejando a Kyo solo y rodeado por un profundo silencio. Lentamente el joven se dejó caer de rodillas, jadeando. Apenas podía mantenerse erguido, se sentía mareado y débil... Tenía que haber una forma de decirle a Iori que Hiei no le había hecho nada... sino... ambos serían capaces de matarse entre sí...

Shika era un hábil mentiroso, de eso no había duda. Entretejía mentira tras mentira, creando odios y celos. Había mentido al decir que Yagami se quedaría a su lado. Y mentía ahora involucrando a Hiei en algo que... Kyo tosió, estremeciéndose de frío. ¿Fiebre de nuevo? ... O quizás Shika no sabía lo que en verdad había sucedido... quizás era Ryaku el que había culpado a Hiei.

"Iori, ten cuidado con él..." susurró para sí, recordando el poder que Hiei había demostrado tener, cuando le ayudó a abrir el portal hacia el Makai. "No dejes que esos youkais te manipulen..."

Unos pasos ligeros lo sobresaltaron, y al segundo siguiente las cortinas se apartaron bruscamente. Kyo levantó la vista; durante un momento pensó que lo habían descubierto, pero se encontró mirando unos cansados ojos rosados.

- Omae... {tú...} - murmuró. Era el youkai que lo había cuidado durante toda la semana... pero ahora parecía diferente... como distraído.

- Sígueme - fue todo lo que dijo el pequeño, y llevó a Kyo de vuelta a su habitación. El joven se dejó caer en la cama, recostándose mientras recordaba a Yagami entrando tan repentinamente por esa misma puerta. Ya debía estar con Hiei. Cerró los ojos, cubriéndose el rostro con ambas manos. Si algo le sucedía... si algo malo llegaba a pasarle...

Oyó que la puerta se cerraba. Se quedó quieto largo rato, descansando sobre las sábanas revueltas. Si Iori actuaba como sabía que lo haría, de seguro todo terminaría mal. ¡Iori no podía pelear en ese estado! Quizás a Shika le agradara la idea... pero no lo soportaría. No contra alguien del nivel de Hiei.

- ¡Maldición! - exclamó golpeando el colchón con frustración. Si tan sólo hubiera podido explicarle... ¡si hubiesen tenido un poco más de tiempo!

* * * *

El demonio de fuego esperaba con la espalda apoyada en la fría pared de piedra. Las cadenas que lo sujetaban de las muñecas y tobillos estaban impregnadas con la energía de Shika y no había podido deshacerse de ellas, a pesar de la considerable disminución de poder que había percibido durante toda esa semana.

Cerró los ojos, descansando la cabeza contra el muro. Hacía unos minutos había dejado ir al youkai. Le había servido para averiguar y confirmar algunas sospechas, y, más que eso, lo había influenciado con el poder de su jagan para hacer de él casi un esclavo. En ese momento estaba unido a él, sabía que el youkai se encontraba con Kyo, y que no lo delataría ante Shika aun cuando su encuentro con Yagami era evidente. Hiei sonrió con malignidad. Sus ojos estaban cerrados, pero su jagan no, y emitía una brillante luz púrpura.

Shika debilitaba su youki, pero el sirviente youkai era tan patético que incluso con una mínima parte de su energía había podido dominar su mente.

Un sonido en la puerta interrumpió sus pensamientos. Se volvió para ver entrar a Shika, y Ryaku... y el ningen pelirrojo. Los observó fríamente, Shika, como siempre, con su expresión indiferente, examinando la húmeda habitación como si no pudiese creer que en su castillo existía un lugar así. Ryaku se detuvo tras su amo, junto a la puerta. Yagami se apoyó en la pared, con los brazos cruzados, lanzándole una larga y fría mirada. Para Hiei fue claro que Iori lo estaba desafiando y sonrió para sí, frunciendo el ceño. Baka ningen...

- ¿Meditaste sobre mi ofrecimiento? - preguntó Shika, rozando con la punta de sus dedos los restos rasgados de las cortinas que ocultaban sucios y quebrados ventanales -. Ya ha pasado una semana. El youko no vendrá por ti. Te olvidó. Te lo dije.

- No estoy esperando que me salve - gruñó Hiei.

- Pero debes haberlo pensando, al menos - insistió Shika mientras le lanzaba una mirada al youkai.

Hiei sonrió; no había rastros de ironía en su mirada mientras respondía:

- Claro que lo pensé.

Ante esto Shika le prestó atención, apartando el cabello de sus ojos.

- Sou? {¿Si?}

- Sou da {Así es} - respondió Hiei con una mirada inocente y una sonrisa, dejando ver sus pequeños colmillos -. También pensé que cómo fue posible que Kurama se haya sentido atraído por alguien tan estúpido como tú.

Ante eso Iori no pudo evitar una sonrisa. Bajó la cabeza, ocultando su rostro bajo los largos mechones de cabello rojizo, mientras sus hombros se estremecían de risa. Deseaba matar al youkai de fuego, pero odiaba aun más a Shika, así que sus respuestas no le parecieron nada mal.

Sin embargo a Shika no le pareció nada divertido y apretó los puños con furia.

- Si esa es tu decisión, no insistiré - dijo -. Ahora, la segunda razón por la que estamos aquí... es arreglar ese asunto pendiente que tienes con Yagami.

Hiei le lanzó una mirada a Shika, y luego una al pelirrojo, que lo observaba de nuevo con una media sonrisa maligna.

- Hn - sonrió Hiei, llevándose una mano al pecho, donde no hacía mucho había tenido la marca de una herida producida por fuego púrpura. Shika levantó sus manos y al instante las cadenas que atrapaban a Hiei cayeron con un sonido resonante. El youkai se puso de pie de un salto, sintiendo el súbito aumento de su youki. Frotó sus muñecas adoloridas, observando a Shika, que estaba frente a él. - Eres un maldito confiado - rió Hiei, pero antes de que pudiera atacarlo o hacer un movimiento, Shika habló:

- Pero no vas a huir de tu encuentro con Yagami como un cobarde, ¿verdad?

Aquello detuvo a Hiei en seco. Maldijo para sí.

Shika rió.


 

Capítulo 36: La verdad... en el [Fuego] Negro

Iori avanzó hacia Hiei, lentamente, sin dejar de observarlo nunca. Con gestos medidos y calculados empezó a sacarse la larga túnica. Invitante, desafiante, confiado. Hiei entrecerró los ojos con una sonrisa.

- Hn, te arrepentirás de haberme subestimado - gruñó, cerrando los puños y poniéndose en una posición ofensiva. Shika paseó su mirada de Iori a Hiei, complacido. Ya que ambos parecían tan deseosos de enfrentarse, les haría más cómodas las cosas. Extendió sus manos y una ligera neblina empezó a rodearlos. El pelirrojo se detuvo, mirando a su alrededor preguntándose qué demonios pretendía Shika ahora. Hiei miró también, con gesto de molestia.

Pronto la niebla se apartó, y observaron sorprendidos que estaban en un claro, de pie sobre la hierba alta y fresca, iluminados por los rayos del sol de ese mundo, sintiendo el viento seco y cortante. Era la parte exterior del castillo, notaron. A la izquierda se encontraba el muro altísimo de una de las torres, a la derecha veían el campo, el bosque cercano y las montañas recortadas contra el cielo de un color azul grisáceo. Inconscientemente ambos notaron que el kekkai que rodeaba al castillo había recuperado toda su fuerza. No había forma de aprovechar la oportunidad para salir de allí.

Shika se había sentado sobre una roca que adornaba el jardín, Ryaku estaba a su lado, con los brazos cruzados, observando divertido. Algunos youkai que hacían guardia se acercaron para ver el enfrentamiento.

El demonio de fuego abrió y cerró sus puños, sintiendo la satisfacción que significaba recuperar totalmente su youki. Cuando le pareció suficiente, clavó su mirada escarlata en el pelirrojo. Iori levantó los brazos, en posición defensiva, como desafiándolo a atacar primero.

Tomando impulso, y arrancando un poco de hierba con su energía, Hiei se lanzó hacia él, ligero, demasiado rápido como para que Iori pudiera esquivarlo. Golpeó con fuerza, repetidamente, esperando alcanzar su cuerpo, pero se encontró con que los golpes de Iori bloqueaban los suyos, no todos, pero sí los más fuertes. Frunció el ceño. Maldito ningen. Aumentó su velocidad pero conforme lo hacía, Iori lo imitaba... De un salto se apartaron. Hiei gruñó algo, Iori sonrió con malicia, mientras encendía sus llamas en la palma de su mano. El youkai decidió hacer lo mismo. Hiei sabía que él era capaz de vencerlo fácilmente, pero al parecer aún no se recuperaba por completo. Lanzó un grito mientras desplegaba su energía oscura y extendía su mano para hacer brotar el fuego negro.

Súbitamente vio que Yagami desaparecía de donde estaba, como si nunca hubiese estado realmente allí, y al momento siguiente sintió una mano cerrarse como una garra alrededor de su cuello. Se sintió alzado y luego atrapado con pasmosa facilidad contra la hierba.

- SHINE! {¡MUERE!} - oyó, antes de que la explosión púrpura lo cegara por completo.

Lejos de ellos, Shika sonreía. Era exactamente lo que quería que sucediera. A pesar de todo, el youki de Hiei no se había recuperado, era la oportunidad de Iori para acabar con el youkai, así... cuando Kurama llegara... se llevaría una gran sorpresa.

Iori retrocedió algunos pasos, esperando que el youkai se levantara de nuevo. Los ojos de ese demonio de fuego eran tan fríos y crueles que quería ver hasta dónde sería capaz de llegar. Pero de imaginarse esos mismos ojos escarlata observando llenos de lujuria a Kyo... lo enfurecía.

- Tate {levántate} - ordenó a Hiei, que se irguió lentamente, apartando los restos quemados de su camiseta. El youkai sonreía. Era su turno para demostrarle a ese ningen de lo que era capaz.

Lanzó los restos de su ropa a un lado, y sin detenerse las llamas negras rodearon su mano y su brazo derecho, se agitaron salvajes durante un momento y luego tomaron la forma de una larga espada. Lanzó una risa burlona.

Iori vio venir a Hiei pero el demonio era demasiado rápido y ligero para él. La espada de fuego penetró su defensa, cortándole profundamente el brazo izquierdo. Se apartó antes de que rozara su rostro, y rodó por el suelo, sintiendo el dolor que le producía esa extraña quemadura. Sin embargo antes de que pudiera hacer nada Hiei ya estaba sobre él, dispuesto a lanzarle un golpe. Lo observó directamente a los ojos... y se sorprendió al ver que no había rastros de malignidad en los grandes ojos del youkai. Pero, no podía perder tiempo con eso. Levantó su brazo y una llamarada púrpura brotó, separándolo de Hiei, que se vio obligado a retroceder.

- Ch'...

De nuevo, Hiei se vio atacado cuando menos lo esperaba. Las técnicas del ningen lo confundían, no se detenía cuando debía hacerlo, era como si atacara y atacara sin detenerse a respirar siquiera. Por entre el muro de fuego apareció el pelirrojo, sus manos como garras buscando la piel descubierta de su pecho. Hiei lanzó un grito cuando sintió el primer desgarrón, y luego los siguientes, que salpicaron sangre y fuego púrpura. No podía esquivarlos, era como si uno llevara al siguiente, y no podía... Sintió unas manos cerrarse sobre su cabeza, y de pronto la explosión retumbó en sus oídos. Cayó al suelo, mareado, maldiciendo. ¡Era sólo un humano! ¡No podía estar sucediendo eso!

El fuego negro se apagó. Observó sus manos confuso antes de comprender que Shika aún estaba limitando su poder. Maldito...

Iori estaba de pie ante él, que se incorporó despacio, manteniendo la mirada baja hasta que al fin se paró. Observó fijamente a Yagami.

- ¿Realmente crees que Shika te lo daría? - preguntó con su voz baja y contenida, para que sólo Iori pudiera oírlo.

- ¿De qué hablas? - gruñó Iori.

- ¿Crees que un youkai como él te ofrecería la vida eterna a cambio de nada? - Hiei entrecerró los ojos, encendiendo su fuego de nuevo. - Te está mintiendo, todo lo que hace esa poción es mantenerte vivo, no te dará la vida eterna. Además, te mantiene en el estado en que se encuentre tu cuerpo. Si estás agonizando, continuarás agonizando mientras dure la poción.

Iori parpadeó perplejo, pero no pudo pensar nada más porque en ese momento sintió claramente cómo el fuego de Hiei traspasaba su pecho.

- Eso no cura, ningen no baka - terminó de decir Hiei con una sonrisa maliciosa -. Enma no es tan tonto como para darle la vida eterna a cualquier youkai.

* * * * *

Encerrado en la habitación, Kyo no podía estar tranquilo. Yacía en la cama, sintiéndose cansado, pero apenas cerraba los ojos tratando de dormir veía a Iori y Hiei enfrentándose. Fuego y sangre... Era injusto que Iori tuviera que pelear en el estado en que se encontraba; y era mucho peor sabiendo que en ese mundo los youkai tenían la ventaja.

Le afligía enormemente el saber que Yagami hacía todo eso por obtener unas gotas de la preciada poción de vida eterna. Nunca hubiera pensado que el pelirrojo se sometería ante alguien, no cabía dentro de la concepción que tenía de él. Además, Yagami le había repetido hasta el cansancio que no le temía a la muerte. Cuando uno no tiene nada en la vida, entonces morir no importa... Pero ahora... esto lo hacía para seguir viviendo... Y lentamente, sintiendo vergüenza de sólo pensarlo, Kyo se preguntó si tal vez... Iori estaba haciendo todo aquello por él...

No, eso era más imposible aun.

- Maldición - repitió suavemente. Se volvió entre las sábanas desordenadas, despacio, y de pronto notó que junto a la puerta cerrada estaba de pie el youkai que lo había llevado hasta allí. Sus ojos inexpresivos observaban a través del sucio ventanal, como si estuviera asustado. - ¿Qué te pasa? - murmuró Kyo, incorporándose con algo de esfuerzo para mirar también.

Se sorprendió al notar la agitación de energía que había en el exterior. Pequeñas chispas brotaban del kekkai, ¿o eran contenidas por él? El resplandor púrpura llamó su atención.

- ¿Yagami? - exclamó. Estuvo a punto de caer al tratar de ponerse de pie demasiado bruscamente. Caminó hacia la ventana y se apoyó en ella, entrecerrando los ojos. Reconoció al pelirrojo allá abajo, luchando en medio del jardín salvaje que rodeaba al castillo. Hiei estaba muy cerca, el fuego negro... Kyo contuvo el aliento. Sus ojos no podían creer lo que estaba viendo. El youkai estaba delante de Iori, inclinado hacia el frente, con su brazo completamente extendido hacia el pecho del pelirrojo. El fuego envolvía su brazo y su mano, formando una larga espada negra de llamas crepitantes. La punta de esa espada, asomaba por la espalda de Iori, que estaba inmóvil, la cabeza caída, los brazos detenidos a medio camino en el aire. - ¡No! - gritó Kyo -. ¡Hiei!

Incluso desde esa altura podía ver la hierba teñirse de rojo.

Vio a Shika, sentado observando desde una roca que adornaba el jardín, con expresión de incredulidad también. Ryaku sonreía con malignidad. Pero no les prestó atención a ellos. Su mirada volvió a Yagami y Hiei. El youkai retiró su espada y dio media vuelta, arrogantemente, como satisfecho con el resultado de ese encuentro. Le lanzó una mirada a Shika mientras decía algo. Iori cayó lentamente al suelo, donde quedó arrodillado. Kyo golpeó el vidrio débilmente.

- ¡Yagami! - gritó con todas sus fuerzas.

* * * *

- Owari da {Terminó} - gruñó Hiei apagando sus flamas -. Ahora me ocuparé de ustedes.

La expresión de Shika al ver a Hiei acercándose a ellos era de genuina sorpresa. No le preocupaba enfrentársele, pero no podía creer que Yagami había caído tan pronto. Maldición, quizás debió darle algo de tiempo para descansar antes de pelear...

- Como quieras - le sonrió a Hiei, empezando a descender de la roca donde estaba sentado. Sin embargo antes de llegar al piso sintió que Ryaku tiraba de su manga.

- Shika-sama - oyó y vio que su sirviente señalaba hacia el suelo, hacia Yagami. Una expresión de satisfacción apareció en el rostro de Shika.

- Ah - dijo suavemente -. Sabía que no me defraudaría. Por algo es un Yagami. Le gusta sufrir...

* * * *

Dolor... Confusión... Iori observaba su sangre humedeciendo el pasto ante él. Estaba de rodillas, jadeando, y cada respiro ardía en su pecho. Las palabras de Hiei no lo habían sorprendido, después de todo él sabía que el elixir sólo lo calmaba, pero que con cada día que pasaba su cuerpo iba empeorando. Lo que lo confundía era por qué se lo había dicho, y qué había pretendido el youkai al mirarlo de forma tan... abierta y sincera. Era como si quisiese darle a entender algo que no podía pronunciar. Algo de lo que Shika no debía darse cuenta. Tosió, tocando la herida con la punta de los dedos. Su visión se nublaba. Sin embargo... aún no había terminado con el youkai. ¡Todavía no le había hecho pagar por lo que se había atrevido a hacerle a Kyo!

Cerró los ojos, sintiendo que caía. No podía morir en ese momento.

Le pareció oír la voz de Kyo llamándolo, preocupado. Levantó la cabeza, dirigiendo su mirada hacia las ventanas que daban a esa parte del castillo. A través de las brumas creyó verlo, vio su mirada angustiada, vio que negaba con la cabeza...

No quería dejar de mirarlo. Tan cerca, y tan lejos... Se obligó a dominar el dolor. No, no iba a morir en ese mundo. No antes de hacer a Kyo totalmente suyo.

Se puso de pie, jadeando. Vio cómo Hiei se volvía hacia él, primero sorprendido, luego complacido. El fuego se encendió, negro y púrpura. Su reiki se expandió a su alrededor, brillando intensamente, aumentando, incrementándose para un último ataque. Al sentir su energía Hiei comprendió qué trataba de hacer y comenzó a deshacer el vendaje que mantenía atrapado a su dragón negro. Shika entrecerró los ojos. Así que el orgulloso youkai de fuego aceptaba que Yagami era lo suficientemente poderoso como para enfrentar al Kokuryuuha...

Humo oscuro brotó del tatuaje con forma de dragón. Hiei clavó su mirada en Iori, en el aura violeta que se elevaba más y más... De improviso vio a Kyo observando a través de la ventana de la habitación... y luego la mirada decidida de Iori. Frunció el ceño. No... ¿por qué tenía que recordar a Kurama en ese momento? ¿Por qué estaban peleando? El pelirrojo lo hacía por Kyo... pero... ¿y él? Sólo porque Shika lo había instado a hacerlo... ¡porque ese maldito youkai los estaba manipulando! No había necesidad de demostrar quién era el más fuerte... ambos sabían que Iori estaba en desventaja, al menos en ese momento, pero...

Iori había mantenido el fuego bajo control todo ese rato, pero ahora simplemente lo dejó ir. La tierra tembló cuando repentinamente, entre ellos, una columna de fuego se alzó directamente hacia el cielo. No fue más allá del kekkai que protegía al castillo, pero la forma en que todo se remeció sorprendió incluso a Hiei. ¿De dónde sacaba ese poder, con un cuerpo tan debilitado? Los ojos de Iori estaban inyectados de sangre, una sombra oscurecía su rostro. Un segundo temblor y otra columna brotó, esta vez más cerca de Hiei, demasiado cerca. La siguiente conseguiría alcanzarlo...

Saltó hacia un lado, preparándose para liberar al dragón negro, mientras esquivaba la tercera columna de fuego. Sin embargo esta fue mucho más poderosa que las anteriores, surgió con violencia, levantando polvo y piedras, y al estrellarse contra el kekkai no se detuvo, lo atravesó con una facilidad que incluso sorprendió al mismo Shika.

- Jaou... - gritó Hiei, invocando a su dragón.

Iori gritó algo también, casi un rugido, el fuego púrpura acercándose más y más a Hiei.

- Ensatsu... - El youkai entrecerró los ojos, mientras era envuelto en llamas negras. Si Shika quería que se mataran entre ellos... no lo iba a complacer. Nunca había estado en sus planes matar al pelirrojo. No quería hacerlo. No quería que Kyo...

El rugido del dragón apagó su último grito mientras se separaba de él y se lanzaba directamente contra Iori. El rastro de llamas negras que dejaba a su paso destruyó las plantas y apartó la tierra, levantando una nube de polvo. Iori lo observó ir hacia él, veloz, las fauces abiertas mostrando los enormes colmillos de fuego negro. Una columna púrpura brotó cerca del dragón, pero fue esquivada. Hiei sujetó su brazo, incapaz de mantenerlo extendido por más tiempo... ¿Qué pasaba...?

Su youki, lo comprendió casi al instante. Su nivel de energía era demasiado bajo como para mantener controlado el poder del dragón... El Kokuryuuha atacaba por cuenta propia, y, hambriento, parecía realmente dispuesto a acabar con Iori.

- Shimatta... - gruñó Hiei, luchando por dominarlo. Su brazo temblaba y le dolía, el Kokuryuu ya casi estaba sobre el pelirrojo.

Alzándose hacia el cielo, Iori vio como el enorme dragón caía justo sobre él. Entrecerró los ojos, esperando. Maldita criatura. ¿Creía que iba a acabar con él así de fácil? Gritó cuando invocó a sus llamas por última vez, sintió como si él mismo estuviera ardiendo por dentro, envuelto en sus flamas púrpura entre las fauces del dragón.

Hiei lanzó un grito de dolor cuando su dragón se liberó por completo. Todo lo que pudo hacer fue observar cómo él y Iori desaparecían en una explosión de llamas negras y purpúreas. La tierra temblaba, y el kekkai ya había sido completamente destruido hacía mucho.

- Shimatta - repitió Hiei. No pudo evitar ver la expresión de Kyo. No había querido hacerlo... En verdad... no había querido llegar a tanto... ¿Por qué sentía esa culpabilidad?, se dijo a sí mismo observando sus manos chamuscadas mientras el dragón se retorcía sobre sí mismo, entre dos fuegos. No debía importarle pero... Kyo...

- Impresionante - comentó Ryaku. A él no le importaba lo que estaba sucediendo, al contrario, estaba feliz de que Hiei se deshiciera del ningen pelirrojo.

- Urusai na {Cállate} - gruñó Shika.

Hiei intentó llamar de vuelta a su dragón, en vano. Lentamente el fuego negro empezaba a dominar a las últimas llamaradas púrpura... pero súbitamente, el suelo se estremeció de nuevo, y una última columna de fuego brotó por debajo del dragón, subiendo hacia el cielo y llevándose parte del cuerpo del Kokuryuu consigo. Con un sonido agonizante, el fuego negro empezó a desvanecerse. Hiei no podía creerlo. Las llamas volvieron a él, dóciles esta vez. Derrotadas.

Su Kokuryuuha, ¿vencido por el poder de un ningen?

Aquello era imposible pero... se sentía aliviado.

* * * *

Iori estaba de rodillas, en medio de la tierra removida; tenía los ojos cerrados y jadeaba con fuerza. No podía respirar. No sentía dolor, en realidad... no sentía nada. El dragón negro lo había herido más de lo que esperó, pero había sido destruido. El fuego púrpura lo traspasó con la misma facilidad que había traspasado la barrera de Shika...

Dejó caer la cabeza, entreabriendo los labios. El cabello le caía desordenado y sucio con tierra y sangre sobre los ojos. No sentía dolor, sólo un entumecimiento que lo hacía desear tenderse y dormir eternamente. Empezó a caer hacia atrás, o eso pensó. Pronto la hierba que yacía sobre la tierra removida lo recibió, las largas hojas color verde claro acariciándole las mejillas con el viento.

Con algo de esfuerzo abrió los ojos. Vio el cielo sobre él. Aún grisáceo, pero las nubes habían desaparecido tras ser desgarradas por las columnas de fuego púrpura. Unos rastros de humo se elevaban a su alrededor, eran los restos de las plantas chamuscadas. Subían suavemente, hasta desaparecer en el viento...

- ¡Yagami! - muy lejana, viajando de aquí a allá como el humo en la brisa, oyó la voz de Kyo llamándolo. Sonaba desesperado. Quiso contestarle algo... pero su cuerpo no respondía. Sólo observaba...

Dirigió su mirada hacia la pared del castillo, hacia la ventana donde había visto a Kyo y lo reconoció. Parecía golpear el grueso cristal, y con cada golpe suyo saltaban pequeñas chispas de energía, provenientes del kekkai que rodeaba a su habitación. Que se detuviera... Si seguía así iba a agotar las pocas energías que le quedaban...

Intentó incorporarse. Puso toda su voluntad en ello. Tenía que hacerle saber a Kyo que se encontraba "bien". Sin embargo a veces ni la voluntad de uno es suficiente...

Iori expiró con fuerza, lanzando un gemido de dolor. Comenzaba a sentir los estragos que el dragón negro de Hiei había causado en su organismo. Entrecerró los ojos, maldiciendo. ¿De qué le servía haber vencido a ese monstruo si era él quien terminaría muerto? Eso le daba toda la victoria al oscuro youkai de fuego... Le lanzó una mirada fría. Se le había acercado bastante. Ambos estaban lejos de Shika, Ryaku y los otros demonios que observaban. La expresión del pequeño era de agotamiento, pero fue directamente hacia él, dio unos pasos temblorosos mientras su tercer ojo se iluminaba con un tétrico brillo púrpura. Iori supo de alguna manera que el youkai estaba entrando en su mente. Se observaron durante largo rato, el brillo intensificándose y disminuyendo por momentos. Iori frunció el ceño, pensando en todas las cosas que quería gritarle a ese youkai con respecto a Kyo. Finalmente Hiei parpadeó y se dejó caer sentado en la tierra, levantando una ligera nubecita de polvo.

- Hn. - Hiei miró a lo lejos, sus ojos parecían cerrarse contra su voluntad, como si le pesaran los párpados -. ¿Crees que yo le hice eso a Kyo? - gruñó -. ¿A un despreciable ningen? Uhn... baka... - Y sin terminar la frase, el youkai cayó hacia atrás, sobre la tierra erosionada y húmeda, totalmente rendido.

El pelirrojo parpadeó lentamente. No sabía por qué, pero le creía... Levantó la mirada hacia Kyo, que continuaba allí... pero sostenido por el youkai que se había encargado de cuidarlos durante ese tiempo.

- Daijoubu, Kyo... - susurró Iori. Se estremeció al sentir una oleada de dolor recorrer todo su cuerpo. Rió apagadamente. ¿Así era morir?

- Quizás. - La voz de Shika a su lado, muy cercana y confidente mientras pasaba sus brazos detrás de los hombros de Iori y lo ayudaba a incorporarse a medias, al menos para que pudiera beber un poco del elixir que le ofrecía. - Pero te lo dije, yo te mantendré para siempre a mi lado...

Nuevamente el conocido milagro; el dolor que se esfuma y las fuerzas que regresan lentamente. Sin embargo, tal y como había dicho Hiei, las quemaduras y heridas no sanarían. Cuánto tiempo, pensó, ¿cuánto tiempo puede una persona vivir con el pecho atravesado?

Mientras tanto, Shika había alejado la poción y la guardaba nuevamente.

- No estuviste del todo mal - murmuró -. Aunque hubiera preferido que lo mataras.

- No había razón.

- Uhm, ¿acaso poseer a tu Kyo no es razón suficiente? - preguntó Shika haciéndose el sorprendido. Hizo que Iori apoyara su cabeza contra su hombro. Miró hacia arriba, hacia la ventana -. A tu Kyo-chan... que ahora está tan débil que hasta ese youkai inservible que está con él podría matarlo... de no ser porque el Niño Prohibido lo tiene bajo control con su maldito jagan. ¡El mismo que utilizó para hacerle daño a su mente y su cuerpo!

Iori no respondió. Este demonio de largo cabello blanco había llegado demasiado lejos. Estaba en el punto en que un paso en falso, una palabra mal dicha o una ligerísima contradicción podían desbaratar su fina red de mentiras.

Sintió que Shika deslizaba sus brazos por su espalda y por debajo de sus rodillas, para alzarlo. La forma en que lo levantó, haciendo un mínimo esfuerzo, hizo que Iori se sintiera totalmente indefenso. Gritó de dolor ante el movimiento de cada paso de Shika, que lo observó fríamente un segundo para luego sonreírle delicadamente.

- Resiste... Te curaré enseguida, apenas lleguemos a la habitación. - Se volvió hacia Ryaku, que esperaba órdenes -. Encárgate del Niño - fue todo lo que dijo. Ryaku asintió. No hizo ningún movimiento hasta que Shika entró al castillo llevándose a Iori, sólo se limitó a mirar al youkai que parecía dormir dulcemente a sus pies. Se inclinó sobre él, admirando sorprendido el cambio de expresión en su rostro cuando estaba inconsciente. Era casi... tierno. De una ternura conmovedora, como los pequeños que solía traerle a su amo para que se entretuviera por las noches... Hermoso, igual que ellos. Inocentes...

Y a su merced... Totalmente.

Lo levantó con cuidado, con más delicadeza de la que Shika había utilizado para alzar a Iori. Este youkai se sentía como un niño. Despierto era insoportable, pero dormido... Ryaku sopló suavemente para apartar los mechones de cabello negro y blanco de sus ojos cerrados. Sonrió para sí, mientras entraba al castillo pero seguía un camino diferente al que había tomado su amo.

* * * *

Kyo vio como los dos youkais se llevaban a Iori y a Hiei. Apretó los puños, impotente, mientras sentía que el pequeño a su lado lo sostenía con más fuerza. ¿Por qué...? Ah, estaba cayendo...

Se encontró sentado en el suelo, mareado. Observó sus manos heridas de tanto golpear el kekkai... había sido inútil. Invocaba a sus llamas y nada sucedía. Nada... ¡Odiaba estar en esa situación!

- Descanse... - dijo el youkai con su expresión neutra. Kyo no le hizo caso. - Descanse - repitió el pequeño, señalándole la cama -. Lo necesitará. Shika-sama planea algo... Será mejor que recupere fuerzas...

Kyo alzó una mano, haciéndolo callar.

- ¿Por qué me dices esto? ¿Acaso él no es tu amo? - gruñó, molesto.

El pequeño no respondió, sólo lo observó con sus ojos rosados, y luego pasó su mirada a la mano de Kyo, que sangraba ligeramente. La tomó entre sus deditos, acercándola hacia su rostro. Kyo parpadeó.

- N- Nan da, omae!? - exclamó cuando sintió la fría lengua del youkai, lamiendo sus heridas.

- El youki, aunque sea débil, es lo más útil para curar - murmuró el youkai clavando su mirada en los ojos de Kyo.

* * * *

Shika estaba sobre Iori, sentado sobre sus piernas, inmovilizándolo. Con sus garras terminó de romper la túnica quemada y la lanzó al suelo, dejando al descubierto el pecho herido del pelirrojo. Era una marca desagradable y sanguinolenta, demasiado profunda para cicatrizar por sí sola. Cualquiera que le viese pensaría que era una herida mortal... Pero el maldito medio Koorime había tenido la habilidad de no tocar ningún órgano vital, ni cortar alguna arteria importante. Todo había sido calculado. Aquello enfurecía a Shika. El pelirrojo notó su molestia.

- ¿Qué te pasa? - gimió, despacio.

- Debiste haberlo matado, Iori - insistió Shika, apartando su cabello blanco y recogiéndolo en un lazo tras su espalda. -. No puedo creer que tú te hayas dejado vencer así...

Iori le lanzó una mirada helada.

- Dame una razón para pelear... algo así como destruirte, y verás la diferencia - murmuró con sarcasmo. Shika se encogió de hombros mientras se inclinaba sobre él, algunos mechones se soltaron y cayeron sobre el rostro de Iori mientras el youkai susurraba:

- Ni siquiera puedes contra ese enano... ¿crees que podrás contra mí?

- Mi familia te desterró a este mundo - le recordó Iori secamente -. Bien puedo destruirte...

Aquello hizo que Shika recordara de pronto cuánto odiaba a los Yagami, y cómo había disfrutado planeando el sufrimiento que le ocasionaría a Iori... Pero, maldición, ¡el pelirrojo no reaccionaba como debía hacerlo! Si le infligía dolor físico, lo sufría en silencio. Quizás no en un comienzo, pero las últimas noches que pasaron juntos sí. Era dócil, indiferente... Había querido jugar con su mente también, amenazarlo con quitarle la única razón de su vida... y parecía importarle menos aun. Era extraño. Lo más probable era que los rumores acerca de que estaba loco eran verdad...

Pero de todas formas le agradaba hacerlo sufrir. Era placentero. Por eso no pensaba dejarlo morir aún.

El pelirrojo era hermoso, y le agrada observarlo. Le gustaba su cabello tan suave, y la mirada pétrea de sus ojos rojos. Hacía años que lo había ubicado en el Ningenkai, cuando era más un adolescente impulsivo dominado por el odio, lo había vigilado de tiempo en tiempo, considerando su poder, disfrutando del odio que destilaba hacia los Kusanagi. Ahora que había alcanzado la madurez todo él emanaba un aire sensual al que no quería resistirse. Parecía algo innato en Iori, la forma gatuna de moverse, el contraste de sus anchos hombros y su esbelta cintura. Cada movimiento que hacía, ya fuera caminar o pelear, tenía cierto aire de delicada elegancia masculina.

Definitivamente, era una fortuna que este último descendiente de los Yagami hubiese resultado tan atractivo...

Shika sujetó a Iori por los hombros, sabía que le dolería, pero... esa era la idea, ¿no? Y se inclinó aun más hacia él, hasta que su rostro casi pudo tocar su pecho. Sintió el olor a sangre... Cerró los ojos y asomó la punta de su lengua, como para probar el sabor, con una expresión de inocente curiosidad.

El pelirrojo lo hubiera lanzado contra la pared de no haber estado tan débil. Shika sonrió cuando oyó que él contenía la respiración y luego la soltaba en un jadeo de dolor. Claro... era una herida muy, muy profunda. Qué conveniente...

- Te voy a curar... - murmuró suavemente -. ¿Puedes hacer el favor de quedarte tranquilo?

- Shika... kisama...

El youkai rió. Las únicas veces que Iori pronunciaba su nombre era para insultarlo...

- ¿Uhmmm...? ¿Qué dijiste? ¿Oí "Shika-sama"? - sonrió, mientras lamía el torso desnudo de Iori, llevándose los rastros de sangre como si realmente le gustara lo que hacía... Aplicó luego sus manos en las heridas, enviando un poco de su youki y lentamente, Iori experimentó el viejo milagro de la curación... Era irónico, que una energía tan oscura pudiera curar, pero allí estaba, cálida...

Empezó a sentirse adormecido, parpadeó. Le pareció ver el rostro concentrado de Shika, sin rastros de su expresión burlona, hipócrita o vengativa. Si siempre fuera así..., se dijo, ya casi dormido.


 

Capítulo 37: Resignación ~ Entre demonios

Una semana...

¿Cuánto puede pasar en una semana?

El viento entraba fresco por la ventana abierta de la habitación. Las cortinas revoloteaban, sacudidas sin consideración de un lado a otro. El muchacho pelirrojo observaba el horizonte pensativo. Parecía sereno, pero sus ojos brillaban con frustración, reflejando los tonos anaranjados que iba tomando el cielo a medida que el sol se iba hundiendo en el mar. Las nubes parecían estar en llamas, casi rojas por un lado, y tornándose púrpuras por el otro, con la llegada de la oscuridad. Escarlata y púrpura. Fuego. Su youkai de fuego...

Murmuró algo para sí, mordiéndose los labios y cerrando los ojos con el ceño fruncido. No podía ser posible que sucediera eso. Estaban totalmente imposibilitados de abrir un portal; los intentos fueron infructuosos, el Reikai no podía prestarles ayuda, ni siquiera sabían qué estaba sucediendo en el otro mundo. No habían tenido noticias ni de Koenma ni de Botan desde hacía tiempo.

Intentaron abrir el portal con la ayuda de algunos de los otros peleadores, pero era evidente que sería inútil. Claro... Debían tener mucha suerte para encontrar un lugar donde la división entre los mundos fuera débil. El único que había cerca era el del bar, pero Chizuru hizo un muy buen trabajo cerrándolo. Esa mujer, aunque ya no se oponía a que abrieran, o intentaran abrir, otro pasaje al Makai, había dicho que no los ayudaría. Tenía el poder de hacerlo incluso ella misma, sin la ayuda de nadie, pero, según decía, no quería que más personas murieran a causa de demonios. Había sido suficiente con la gente que fue sacrificada para Orochi. ¡Ella no sería la culpable de dejar morir a más gente!

El sorprendente corazón humano otra vez, se dijo Kurama con amargura. Siempre guardando sentimientos que los hacían verse en problemas como ese. Culpabilidad, rencor. Shingo les había comentado que entre las doncellas que se sacrificarían a Orochi no sólo se encontraba Yuki Kushinada, sino también la hermana de Chizuru, que no había tenido la suerte de ser salvada... Era por eso que la sacerdotisa no abriría el portal para ellos. Su corazón estaba demasiado apesadumbrado como para volver a confiar en nadie.

Unos golpes en la puerta lo distrajeron de sus pensamientos. Se volvió para ver entrar a Shingo. A pesar de que el torneo estaba suspendido, y que no asistía a clases, aún vestía el uniforme celeste de escolar, y los preciados guantes que Kyo le regaló. Toda esa semana se la había pasado practicando, a solas unas veces, con Yuusuke otras, firmemente decidido a ayudar a su senpai. Nadie le había dicho que él no iría con ellos, así que estaba bastante ilusionado. Nunca antes se había esmerado tanto.

En ese momento el muchacho jadeaba. Su cabello estaba desordenado y con briznas de pasto. Todo su aspecto estaba así. Daba la impresión de haber sido revolcado en un jardín. En su mejilla había algunas marcas de golpes. Kurama supuso que venía de practicar con Yuusuke.

- ¡Kurama-san! - llamó el muchacho. El pelirrojo avanzó hacia él. Shingo continuó -: Urameshi-kun me pidió que lo llamara. Kuwabara-kun ha regresado.

Ah, al fin. Hacía unos días Kuwabara se había ofrecido para ir al templo de Genkai a pedirle consejo (sin mencionar que pensaba aprovechar para ir a ver a su querida Yukina). Esperaban que la vieja maestra supiera qué hacer. Siempre había sido ella la que mantenía la calma hasta el final. Sabían que cualquier consejo de su parte era valioso.

- ¿Dónde están? - preguntó Kurama. Cerró las ventanas y luego siguió a Shingo, que le indicaba el camino, apresurado. El pelirrojo notó su ansiedad. Era comprensible.

- ¿Cómo estará Kusanagi-san? - preguntó Shingo de pronto.

Kurama sólo respondió con la mirada. ¿Cómo podría saberlo? Conociendo a Shika... bien podía estar descansando entre sábanas de seda como encerrado en un calabozo húmedo y oscuro. Y ninguna de las dos opciones significaba exactamente que estaba "bien".

De todo lo que estaba seguro, era que ni Hiei ni Iori ni Kyo estaban a salvo. Los gustos de Shika eran tan volátiles como las pociones que adoraba crear. Un día podía obsesionarse con un de sus amantes, y al día siguiente olvidarlo y dejárselo a sus sirvientes para que hicieran lo que quisieran con el desafortunado.

Había elegido a Iori esta vez, ¿pero cuánto tiempo podía conformarse con un ningen? ¿Y quién más estaba cerca? Hiei. Aquello hacía hervir la sangre de Kurama. Si Shika se atrevía a tocarlo...

"En eso nos parecemos", pensó Kurama para sí. "Yendo de un amante a otro..."

Pero no era del todo verdad. Ahora él tenía un solo amante, y pensaba quedarse con él hasta el final. Además... no importaba a cuántos hubiese tenido antes, él no era como Shika. Cada uno de sus amantes había dejado un buen recuerdo en su corazón...

No pudo evitar una levísima sonrisa. Incluso tenía recuerdos de un dulce Shika... cuando era más joven e inocente, y no ese youkai sediento de placer en que se había convertido ahora.

Bajaron al primer piso en el ascensor silencioso. Shingo se veía realmente intranquilo. Esos últimos días había estado muy cerca de Yuusuke y Kurama, insistiéndoles hasta que finalmente ellos le habían contado sobre su trabajo como Reikai Tantei y la verdad sobre el Makai y otros mundos. El muchacho se había visto muy sorprendido al oír esto, mientras se imaginaba un mundo repleto de criaturas con el poder de Orochi. Sólo entonces comprendió la negativa de Chizuru a cooperar... Y lo peor de todo fue cuando tomó conciencia de dónde estaba realmente Kyo. Un mundo de demonios, donde los humanos no tienen oportunidad de sobrevivir.

En el amplio salón de entrada, se cruzaron con algunos de los otros participantes del torneo. Algunos saludaron a Shingo alegremente mientras se quedaban observando curiosos a Kurama, que simplemente los observaba con una ligera sonrisa de reconocimiento.

- ¡Oi, Yabuki, ¿y ya encontraron a Kusanagi?! – preguntó alguien rudamente, con voz aguda y burlona. Shingo se detuvo, observó a su interlocutor pero no le respondió. Se trataba de uno de los prisione... alumnos de Kim Kaphwan, y, aunque Shingo se llevaba bien con todos los peleadores, a éste en especial no podía soportarlo. Era como si cada palabra que uno le dirigiera, él la transformara en una burla sin sentido pero que le hacía mucha gracia. Shingo no estaba de humor como para decirle nada. Se oyó la risa metálica de Choi.

Kurama lo observó, bajo, viejo y grosero. Le hizo pensar en que alguien debía ponerle una correa al cuello y sacarlo a dar una vuelta por los alrededores.

Iban a seguir de largo, pero al verse ignorado el hombrecillo frunció el ceño y con su aguda voz exclamó, asegurándose de que el resto de personas y peleadores que se encontraban en el hall escucharan:

- Oí que Yagami y Kusanagi desaparecieron al mismo tiempo... ¿No se habrán escapado juntos a algún hotel por ahí? Ya saben... corren tantos rumores... Que Kusanagi es de Yagami y yo qué sé... – rió al ver la expresión furiosa de Shingo. Se paró de puntillas sobre un pie, mientras doblaba su otra pierna y entrelazaba sus dedos en una fingida pose femenina -: "Mou, Yagami... ii da, ii da... aa... aa..."

Un golpe certero de Shingo lo mandó volando al otro lado del lugar, para completo estupor de los presentes. Los peleadores sabían que Shingo no era tan fácil de molestar, y que jamás reaccionaría así. Sin embargo... ahora lo vieron realmente furioso por primera vez.

- ¡No te atrevas... No te atrevas a hablar así de Kusanagi-san otra vez! – gritó, e iba a lanzarse sobre el adolorido Choi cuando Kurama lo sujetó.

- Yamete {detente} – murmuró cerca de su oído. Shingo reaccionó y lo hizo a un lado. El pelirrojo sabía que el muchacho estaba demasiado angustiado, era normal que reaccionara así.

Algunos de los guardias de seguridad del hotel se acercaron para ver qué sucedía. Shingo los observó con rabia mientras Kurama se excusaba hablando suavemente y mostrando una ligera sonrisa en sus labios. Los dejaron ir.

- Están esperando en el parque – murmuró Shingo roncamente, avergonzado por su comportamiento. El pelirrojo sólo asintió, mientras echaban a correr hacia donde los demás se encontraban.

- ¿Alguna noticia? – preguntó, pero Shingo no respondió inmediatamente. Pareció despertar de su ensimismamiento y negó con la cabeza, pero Kurama ya podía ver a sus compañeros reunidos en el centro del parque, junto a una fuente.

- Yo, Kurama – saludó Yuusuke levantando una mano. Se veía un poco más animado, y cuando el pelirrojo iba a preguntar la razón la vio. Era Genkai, de pie junto al muchacho, observando, con las manos detrás de la espalda, a todo el grupo que se encontraba allí.

No sólo el Urameshi Team se había reunido, sino también algunos de los participantes del King of Fighters que habían trabado una curiosa clase de amistad con ellos. Los más jóvenes, Kensou y Athena esperaban sentados al borde de la fuente. La muchacha parecía observar el atardecer distraída. A su lado, Yuki retorcía nerviosa una esquina de su blusa, mientras paseaba su mirada angustiada de Kurama a Yuusuke y a la anciana recién llegada. King estaba allí también. Había insistido en que estaba bien y quería estar presente. Robert, siempre dispuesto a acompañar a una linda chica, estaba a su lado.

- Genkai-shihan {maestra Genkai} – saludó Kurama, yendo hacia ellos. La vieja maestra asintió, devolviendo el saludo, y luego se volvió hacia el grupo, que la observó en silencio, expectantes.

- ¿Dónde está Kuwabara? – preguntó ella de pronto, notando su ausencia entre los demás jóvenes.

- ¿Eh? – Yuusuke miró hacia ambos lados y sudó una enorme gota al verlo en el horizonte, corazones brotando a su alrededor, mientras observaba embelesado a una muchachita de cabello celeste que sonreía mirando las flores que él le ofrecía.

La gotita se convirtió en una vena cuando el muchacho de cabello oscuro fue hacia Kuwabara y, sujetándolo de la oreja, lo arrastró de vuelta al grupo.

- ¡Esto es serio! – exclamó Yuusuke, soltándolo justo en medio del grupo. Algunos no pudieron evitar una risita.

Genkai aclaró su garganta, llamando la atención de todos. Se hizo silencio mientras Kuwabara se ponía de pie y Yukina se acercaba también. La maestra los observó a todos, uno por uno, frunciendo el ceño. Su mirada se detuvo en Yuki un segundo, luego siguió pasando por los demás rostros, impasible.

El viento empezó a correr, levantando un poco de polvo y sacudiendo la ropa de todos los allí presentes. Kurama se llevó una mano al cabello, apartándolo de sus ojos verdes. La tensión en el aire se hacía más y más insoportable mientras todos sentían la mirada penetrante de la misteriosa maestra examinándolos.

- ¿Qué pasa, 'baasan? – preguntó Yuusuke, impaciente, lo que le hizo ganarse un soberbio pisotón de parte de ella.

- ¡Cállate, me estoy concentrando! – fue todo lo que dijo, mientras el muchacho se alejaba saltando en un pie.

Kurama parpadeó, sorprendido. Podía notar como el reiki de Genkai se hacía visible; una temblorosa aura brillante que se iba extendiendo e incrementado su intensidad, haciendo que la energía de los demás jóvenes reaccionara también, y contrastara con el paisaje que los rodeaba. Incluso su propia energía era atraída por Genkai.

De pronto todo terminó, como si nunca hubiera pasado. Algunos se observaron entre sí, sin comprender qué había sucedido. Los miembros del Urameshi Team se acercaron a la maestra, rodeándola, esperando que les dijera algo, cualquier cosa. Genkai cerró los ojos, frunciendo el ceño.

- No es necesario preocuparse tanto – dijo con su voz cascada -. Hay una persona que es capaz de abrir un portal en el momento que lo desee. Y está entre nosotros.

- ¡¿Quién?! – exclamó Yuusuke, impulsivamente, volviéndose hacia el grupo de luchadores, que esperaban. Los miró uno a uno. Ya todos lo habían intentado sin éxito, ¡incluso habían combinado sus poderes y todo había sido en vano! ¿Quién podía poseer la energía suficiente para abrir un portal entre los mundos?

Yuusuke volvió a observarlos lentamente, uno a uno. De entre todos ellos podía descartar a tres: King, Robert y Shingo. Ellos eran sólo peleadores capaces de canalizar su energía, pero era imposible que pudieran lograr algo más que eso. Eso lo dejaba con los dos Psycho Soldier, que ya lo habían intentado también sin lograr resultados. Y por último Yuki, que en ese momento se apoyaba en la fuente de mármol blanco como si no pudiese soportar más la espera y estuviera a punto de echarse a llorar.

- ¿Quién? – repitió Yuusuke, impaciente.

- Esa persona lo sabe – habló la vieja maestra, dando un paso hacia delante y, aunque nadie lo notó, su mirada estaba fija en Athena mientras hablaba -. Pero debe enfrentar a sus demonios antes de prestar su ayuda.

- ¿Demonios? – repitió Kuwabara.

- Egoísmo, celos, envidia... Los demonios que moran eternamente en el Ningenkai – murmuró la maestra. Ni Kuwabara ni Yuusuke parecían estar entendiendo. Ella dio un paso más hacia delante -. Debemos esperar a que los venza y que luego nos ofrezca su ayuda. Esa persona sabe que está equivocada, pero al mismo tiempo...

Los ojos rosados de la vieja maestra no habían dejado de observar fijamente a la muchacha de cabello púrpura y esta vez todos se dieron cuenta de que avanzaba directamente hacia ella, que intentaba mantener la calma y parecer fría.

"Esa persona sabe que debe ayudarnos o se arrepentirá durante el resto de su vida..."

Finalmente Genkai estaba frente a Athena, que estaba sentada al borde mismo de la fuente. Una corriente de fuerte viento hizo que el agua que caía se ondulara y las gotas brillaron durante un segundo alrededor de la muchacha, reflejando la luz del sol poniente. Fue en ese momento que Genkai tomó una de sus manos. Se sentían frías y tersas, entre los arrugados dedos de la maestra.

- Na... nani? – murmuró la muchacha, con voz temblorosa.

- Pero debemos darle tiempo para que lo medite – terminó Genkai -. Es esa persona quien debe enfrentar a sus demonios, sola.

No podía ser más evidente. Era obvio que se refería a Athena. Todos la observaban ahora, ella parpadeó, liberando su mano de las manos de Genkai.

- No sé... de qué están hablando – tartamudeó, poniéndose de pie. Se volvió hacia un lado y otro, sólo para encontrarse con los ojos que la observaban fijamente, con reproche -. No... Kensou... – Quiso pedirle ayuda a su compañero, o quiso encontrar comprensión en sus ojos pero se encontró con la misma expresión sorprendida.

En un arranque, ella echó a correr.

- Oi, matte {espera}!  – exclamó Yuusuke, que quiso salir tras ella, pero Kurama lo detuvo. Cruzaron una mirada y el pelirrojo le dio a entender que él se haría cargo.

* * *

¿Por qué? ¿Por qué esa anciana sabía que ella...?

La muchacha detuvo su carrera cuando llegó al final del parque. Estaba en el lado opuesto, el que daba al centro de la ciudad. Podía ver los altísimos edificios de metal y cristal intentando alcanzar el cielo que ahora empezaba a teñirse de morado, despidiendo al atardecer. Muchas personas transitaban por esa avenida, volvían cansadas a casa y ni siquiera reparaban en la jadeante muchachita que los observaba como buscando una ruta por donde huir.

- Athena-san...

Ella se sobresaltó al oír la suave y amable voz. Pensaba haber corrido lo suficientemente rápido como para alejarse de todos, ¡incluso había utilizado su teletransportación en algunos momentos! Y sin embargo allí estaba, tras ella. Era el pelirrojo misterioso, podía sentir su abrumadora presencia. Pero no quería volverse y ver sus grandes ojos esmeralda y descubrir que a pesar de toda la amabilidad también iba a encontrar reproche y rencor por no haber querido ayudar.

- Athena-san.

Como ella no se movió, él avanzó hacia Athena. Se detuvo a su lado, observando el ir y venir de la gente.

- Déjeme tranquila – susurró ella -. Quiero estar sola. Por favor...

Kurama parpadeó. Desde la primera vez que la vio había sabido que era una chica educada y amable, de una ingenuidad que a veces rayaba la inocencia; sin embargo esos "demonios" que debía enfrentar eran demasiado para ella. Si la dejaba ir jamás los vencería, o lo haría cuando ya fuera demasiado tarde. Él no podía, no quería esperar más. Quería tener a Hiei en sus brazos ya. Quería ver el rostro de Shika cuando arrancara a Hiei de sus garras. No estaba dispuesto a esperar que esa niña caprichosa se calmara.

- ¿Por qué no lo abres? – preguntó suavemente, hundiendo las manos en los bolsillos de su pantalón y volviéndose hacia ella. Athena levantó la mirada un segundo, sus ojos estaban vidriosos.

- ¿Por qué tendría que hacerlo? No me importa – respondió rudamente, intentando sonar seca y cortante, pero las lágrimas en sus ojos la traicionaban -. No tengo nada que ganar si abro ese estúpido portal.

- Tampoco tienes nada que perder – señaló el pelirrojo entrecerrando los ojos.

Ella sacudió la cabeza.

- Claro que no... porque ya lo he perdido, ¡por eso no me interesa lo que suceda! – exclamó.

Todo estaba claro para Kurama. Ya sabía qué le sucedía.

- No quieres que salvemos a Kusanagi-kun porque aunque lo hagamos él no será tuyo nunca, ne? – dijo.

Aquello hizo estremecer de rabia a Athena.

- ¿Cómo te atreves...? – murmuró ella.

- Eres una criatura egoísta – continuó Kurama, frunciendo el ceño y endureciendo su voz -. No piensas en nadie más que en ti y lo que quieres, y lo que no puedes obtener. Te olvidas que aparte de Kusanagi-kun, Yagami también está allí... y Hiei – agregó, en voz más baja, para sí.

La muchacha apretó los puños, cerrando fuertemente los párpados mientras el pelirrojo continuaba:

- Debes amar mucho a Kyo como para hacer esto por él – dijo -. O debes odiar mucho a Yuki...

Aquello fue el colmo para Athena. Esas palabras hicieron que odiara al pelirrojo a su lado y, sin pensarlo, lanzó un golpe hacia arriba, directamente contra él, mientras acumulaba su poder psíquico en su mano derecha y gritaba:

- Psycho Sword!

La línea de energía quedó marcada en el aire mientras ella se elevaba en un salto perfecto. Cayó de pie, suavemente, furiosa. El pelirrojo había evitado su golpe. Lo observó airada, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

- ¡Cómo puedes decir eso! – gritó. Algunos transeúntes se volvieron para mirarla, pero pronto siguieron su camino, desinteresados en ver una pelea entre supuestos "novios" -. ¡Cómo puedes culpar a Yuki tan cínicamente! ¡Claro que la odio, pero eso no te da derecho de echarle toda la culpa a ella!

Kurama no comprendió bien a qué se refería. La observó esperando que continuara.

- Wakarimasen ka? {¿No lo entiendes?} – exclamó ella -. ¿Qué puedo hacer yo contra ti? ¿Cómo puedo competir contra un hombre?

- ¿Qué dices...?

- ¡Si al menos Kyo se quedara con ella! ¡Pero no! ¡No lo salvaré para ti, ¿oíste?! ¡No lo haré!

- ¿De qué hablas...? – Kurama no estaba seguro de haber comprendido sus palabras.

- ¡Cínico! – exclamó ella -. Sé lo que hicieron, lo vi en tu mente. Sé que Kyo engaña a Yuki y que ustedes son... ¡que ustedes son amantes!

- ¡Kuramaaaaaa!

Los dos muchachos se sobresaltaron al oír la voz de Yuusuke a lo lejos pero acercándose a la carrera.

El pelirrojo sonrió, Athena lo miró ofendida.

- Chigau {te equivocas} – dijo Kurama suavizando su voz y su mirada. Todo era un malentendido. Había comprendido que esa chica usó sus poderes psíquicos en él y quizás había visto fragmentos de recuerdos, pero los recuerdos de otros son la fuente menos confiable para obtener información. Lo había entendido todo mal. Y, claro, era imposible explicarle ahora que él y Kyo eran sólo amigos -. No somos amantes.

- No te creo – murmuró ella.

- No lo somos – dijo Kurama aún con una sonrisa -. Él... me rechazó – agregó. No le importaba realmente que ella se enterara, todo lo que quería era convencerla lo antes posible para que abriera el maldito portal -. Porque su corazón ya pertenece a alguien.

Athena no pudo evitar murmurar:

- ¿Tanto la ama?

Kurama negó suavemente con la cabeza.

- No a ella – sonrió.

- ¿Quién? – exigió saber Athena. Y, como respuesta, Kurama señaló el cielo, donde la luna creciente brillaba entre las nubes.

¿Por qué se lo dijo? No lo sabía. Quizás porque sabía lo que era un amor no correspondido y era mejor que ella supiera la verdad ahora que su corazón estaba destrozado a dejarla albergar falsas esperanzas que de todas maneras la herirían tarde o temprano. Era imprudente, lo sabía. Quizás a esa muchacha la volviera a dominar otro capricho y se negara definitivamente a abrir el portal para ellos. Pero por otro lado... quizás comprendiera que había sido sincero con ella.

Cuando la miró, ella estaba de rodillas en el suelo. Se cubría los labios con una mano mientras su cuerpo se estremecía con los sollozos. Las lágrimas caían abundantes por sus mejillas.

- Athena – murmuró Kurama.

Ella levantó sus ojos llorosos hacia él, no podía creerlo, era imposible... Eran tan improbable que debía ser verdad...

- Shinjirare... nai... {No puedo... creerte...} – susurró.

- ¿A qué crees que fue Kyo al Makai? – murmuró él, inclinándose sobre ella para ayudar a que se pusiera de pie -. Fue por él.

Ella no dijo más. Sólo estaba allí, con la cabeza caída y la mirada fija en el suelo. Fue así como la vio Yuusuke al llegar a ellos.

- ¿Eh? Kurama, ¿qué pasó? – quiso saber, al ver a la chica llorando.

El pelirrojo sólo desvió la mirada.

- Nada... Sólo... le ayudé a tomar una decisión definitiva – dijo. No la forzaba, no la obligaba a abrir el portal, era decisión de la muchacha el ayudarlos, el "vencer a los demonios", como había dicho Genkai.

- ¿Sí? – preguntó el chico de cabello oscuro -. ¿Y?

Observó a Athena que lentamente levantó los ojos y se limpió las lágrimas. Intentó una débil sonrisa.

- Estoy... lista - murmuró


 

Capítulo 38: Partida al Atardecer

- Estaremos esperando aquí - indicó Genkai a los muchachos que se disponían a partir.

Había pasado un día completo, y nuevamente atardecía. Yuusuke había conversado toda la noche con su maestra, intentando obtener toda la información posible sobre el extraño demonio de fuego blanco. La maestra sólo había oído hablar de él a través de leyendas. Sabía que fue derrotado por la familia Yagami hacía algunos siglos, y sellado para siempre en el Makai. Era obvio que lo que buscaba ahora era venganza, pero el joven no comprendía del todo qué tenía que ver Shika con Kurama, y el pelirrojo no le había confiado nada. Yuusuke tenía unas ganas irreprimibles por saber cómo se había involucrado el youko en todo el asunto, pero hacía lo posible por no entrometerse. Si había algo importante que saber, estaba seguro que Kurama se los contaría cuando fuera el momento. Sólo debía confiar.

- Kazuma... - una vocecita aguda y delicada llamó la atención de todos. Era la koorime, Yukina, llegando acompañada de Kurama y yendo directamente hacia Kuwabara con sus grandes ojos preocupados. Genkai la siguió con la mirada mientras ella se despedía del alto muchacho, y se volvió hacia Yuusuke.

- Les daremos tres días, ¿está bien? - dijo y Yuusuke asintió. Ella continuó -: No tenemos forma de comparar el tiempo que pase entre los dos mundos, pero abriremos el portal en tres días del Ningenkai. Ustedes sólo deben esperar en el lugar adecuado y podrán volver. ¿Entendido?

- Sí - dijo Yuusuke con firmeza pero frunció el ceño al no encontrar palabras para expresar lo que temía -. Pero, 'baasan... ¿Qué crees que haya hecho Shika con Hiei, Kusanagi y Yagami en todo este tiempo? ¿Crees que ellos aun estén...?

¿Vivos?

La maestra apartó la mirada un segundo. Kurama los observaba desde lejos, sus ojos entrecerrados y fijos, atento a sus palabras.

- Están vivos - aseguró el pelirrojo mientras se les acercaba. Yuusuke intercambió una mirada con los ojos esmeralda de Kurama, se veían fríos y furiosos -. Shika no los matará a menos que ellos hagan algo realmente estúpido.

- ¿Cómo estás tan seguro? - quiso saber Yuusuke, sin poder contener más su curiosidad -. Él te conocía, ¿verdad? Por la forma en que te... eh... saludó y te habló... ¿Era tu compañero en el Makai? ¿Sabes qué se propone? ¿Por qué hace todo esto? ¿Qué es lo que...? - Yuusuke calló de repente al darse cuenta que estaba hablando demasiado. Frunció el ceño y hundió las manos en los bolsillos, esperando. Kuwabara, que había notado el ambiente de tensión entre sus compañeros, se acercó también. Kurama tardó unos segundos en hablar, como si se mostrara reticente a revelar su pasado, o como si intentara recordar algo durante mucho tiempo olvidado.

- Shika fue un compañero en mis tiempos como Youko Kurama - dijo finalmente, con suavidad -. Pero era diferente al demonio que es ahora. En esos días él era sólo un niño obsesionado con vengarse de los que lo enviaron de vuelta al mundo del que con tanto trabajo escapó. Era todo lo que podía pensar: vengarse del clan Yagami. Sin embargo a pesar de su odio, era demasiado inocente, demasiado dependiente de otros, como si no pudiera cuidarse por si solo. - Hizo una pausa, levantando sus ojos hacia el sol del atardecer -. Fue su sed de venganza lo que nos separó y luego de eso no supe más de él, hasta ahora.

- ¿Eso quiere decir que aún se quiere vengar? - murmuró Yuusuke -. ¿Después de todo este tiempo?

- Así parece - asintió Kurama.

- Bien, ahora entiendo por qué capturó a Yagami, pero... ¿por qué Kusanagi? ¿Y por qué Hiei?

Ante esto el pelirrojo no respondió. Y no iba a hacerlo. Sabía las respuestas, claro que sí. Yagami era el motivo principal de su venganza, y Kyo la forma en que haría sufrir al joven pelirrojo. Kurama sabía que Shika estaba consciente de la extraña relación que unía a Iori con Kyo, y era obvio que lo iba a utilizar. Y Hiei... Al pensarlo Kurama apretó los puños. Tenía a Hiei porque Shika no sólo quería vengarse de los Yagami, sino también de él, de su antiguo compañero, el traicionero youko que lo había abandonado a su suerte hacía tantos siglos atrás.

Ya no había forma de saber qué haría Shika, o cuándo actuaría. Había cambiado mucho desde la última vez que lo vio, no sólo en su modo de actuar, sino también en su nivel de youki, y en su forma de pensar. No era el impulsivo demonio que se lanzaba sin pensarlo hacia el peligro. Era obvio que había planeado su venganza con detenimiento... a lo largo de todos esos años.

- Kurama - la voz de Yuusuke lo trajo de vuelta a la realidad. Era hora de partir.

El grupo se dirigió a donde algunos peleadores habían ido a despedirlos. King estaba allí, y a a su lado, sorprendentemente, estaba Chizuru Kagura. La mujer esperaba algo apartada, con los brazos cruzados y su largo cabello negro sacudiéndose con la brisa, contrastando contra su traje de un blanco inmaculado. Estaba allí por si algo sucedía; ya la habían convencido para que no interfiriera, si es que no quería morir, así que estaba como mera espectadora. La rubia se encargaba de que Chizuru no hiciera nada, pero pronto se dio cuenta de que realmente estaba dispuesta a dejarlos ir. Por su mirada supuso que debía estar arrepentida de su comportamiento anterior.

Por otro lado Shingo y Yuki esperaban. Nadie había podido convencerlos para que no fueran con ellos. Ni siquiera los gritos de Kuwabara diciendo que el ambiente del Makai acabaría con ellos apenas pusieran un pie en ese mundo, nada. Ambos muchachos estaban dispuestos a ir por Kyo, como fuera. Shingo y Kuwabara casi habían empezado una discusión cuando Yuusuke intervino. No había problema en llevar al aprendiz de Kusanagi, después de todo quizás hasta sería de ayuda, pero Yuki... Todos habían mirado a la muchacha en ese momento. Tan frágil, tan desvalida. Hasta un youkai del menor nivel podría destruirla de un solo golpe. ¿Por qué aceptaron llevarla? Nunca podrían explicarlo. Quizás fue la angustia que expresaba su mirada, o su febril insistencia que terminó por hartarlos. No lo sabían. Finalmente Kurama había tenido la idea de encargársela a Shingo, que durante un momento quiso protestar pero luego se calló todos sus argumentos. Yuki era la novia de Kusanagi-san, no podía tratarla mal.

Así, serían cinco los que irían al Makai. Yuusuke, Kuwabara y Kurama, acompañados por Shingo y Yuki.

En ese momento, Athena conversaba con Benimaru. El rubio se había puesto al corriente de todo gracias a Shingo que no había podido con su interrogatorio, y ahora sabía el peligro que corría su Kyo. Él había pertenecido al grupo de los que pensaban que Yagami y Kyo fueron atacados por una organización terrorista, y se había sentido más ó menos tranquilo al respecto, porque confiaba en que los dos podrían salir adelante sin daño alguno; pero saber que estaban en otro mundo, prisioneros de un demonio le había quitado el sueño. Se había ofrecido a ir, pero el grupo ya estaba completo. Yuusuke y Kuwabara, y Kurama también, hubieran preferido mil veces llevar al rubio en vez de a Yuki, pero era demasiado tarde para cambiar de planes.

- ¿Estás segura que puedes hacerlo? - preguntaba Benimaru en ese momento, a una nerviosa Athena que tardó un poco en asentir, no muy confiada.

- De... debo hacerlo - susurró ella, dirigiéndole una mirada desolada -. Por Kyo-san... - agregó en voz más baja aun.

- ¿Sabes cómo? - insistió él.

- Supongo... que sólo debo seguir a mi corazón - respondió ella en otro susurro. Kensou, su compañero, se le acercó y le tocó el hombro.

- Te ayudaremos - le dijo con un guiño -. ¡Por supuesto que no te dejaremos hacerlo todo tú sola!

Ella asintió, suspirando profundamente y volviéndose hacia el Urameshi Team, que aún discutía los últimos arreglos.

- Si hay un enfrentamiento - decía la maestra Genkai -, Yukina estará con nosotros para ayudar a curarlos, pero recuerden que ella no es una experta curadora, ¿entendieron? Mientras ustedes estén allá, intentaremos comunicarnos con Koenma y el Reikai para saber qué está sucediendo.

Yuusuke asintió, mostrando su sonrisa confiada de siempre.

Fueron a donde Athena y Benimaru esperaban. Genkai se le acercó a la muchacha. En esos dos días no había dejado de mirarla con severidad, pero esta vez fue amable al indicarle que ya debía empezar. La muchacha asintió, aunque era obvio que estaba nerviosa. Retrocedió unos pasos, dándole la espalda al atardecer, y extendió sus manos a los costados, cerrando los ojos.

Como una pequeña explosión de luz, su aura se hizo visible a su alrededor, levantando polvo y produciendo un viento que sacudió su cabello, su blusa celeste y sus pantalones de corte chino. El brillo continuó intensificándose mientras frente a ella se formaba un extraño remolino ovalado donde los colores del paisaje se convertían en un mezcla borrosa. Era el portal que se abría.

Yuki observaba boquiabierta semejante demostración de poder. A su lado, Shingo tenía el ceño fruncido y los puños apretados, como si el esfuerzo lo estuviera realizando él y no Athena. King esperaba observando con ojos cansados toda la escena. Ya había sido testigo de algo similar en el bar, y pensaba en lo diferente que era esta ocasión. El ambiente se sentía opresivo, pesimista. Nadie lo había puesto en palabras, pero de alguna manera sabían que habían altas probabilidades de que algo saliera mal. Chizuru estaba cerca de ella, aún con los brazos cruzados pero atenta al portal que se abría. No parecía querer intervenir. Sólo miraba. Así como Kensou, y Benimaru miraban. Sin hacer nada.

- Lo está logrando - exclamó Yuusuke al sentir la tierra estremecerse a medida que el portal se abría más y más.

- Pero no es suficiente - hizo notar Kurama. Su cabello se sacudía violentamente debido al viento que la energía de Athena levantaba -. Hace falta mucho más poder que ese.

Genkai asintió y justo en ese momento oyeron el gemido de Athena:

- No puedo hacerlo...

Yuki se llevó las manos al rostro, como si todo estuviera perdido, pero una voz intervino:

- Claro que puedes, porque lo vas a hacer por Kyo. - Era Benimaru, que había avanzado hacia Athena, para que pudiera oírla.

- Genkai-shihan - Kurama se volvió hacia la maestra, interrogándola con la mirada. Había dicho que el poder de la muchacha era suficiente para abrir un portal pero en ese momento no parecía así.

- Su corazón es débil - murmuró la maestra negando con la cabeza -. Aún no ha tomado una decisión y esta llena de dudas.

- ¡¿Dudas?! - exclamó Benimaru, que captó parte de la conversación -. Oh, no, eso no evitará que traigan a Kyo de vuelta - dijo, con seguridad, mientas extendía sus propias manos hacia el remolino a su lado y empezaba a concentrar su energía. Todos parpadearon sorprendidos, y Kensou corrió para hacer lo mismo. Las tres figuras emitieron un brillo que pareció querer opacar al sol poniente, mientras el área borrosa se extendía más y más. Un sonido como de un fuerte viento se oyó, apagando los ruidos de la ciudad y llevándose los bocinazos y rumores de voces. El viento los rodeaba, levantando las hojas secas y arrancando flores de los árboles. El suelo parecía estremecerse mientras la intensidad de los poderes se elevaba.

- ¿Cuánto falta? - le preguntó Yuusuke a Genkai, animado al ver que el portal empezaba a abrirse.

- Mada {Aún falta} - respondió la maestra frunciendo el ceño -. En este lugar la división de los mundos es fuerte. Si se hubiese tratado del lugar donde encontraron la fisura el portal ya estaría abierto.

- Pero dudo mucho que Katsuki nos permita volver a poner un pie en su bar. Teniendo en cuenta el estado en que quedó la última vez - comentó King por lo bajo.

Esperaron unos minutos, y todos notaron el esfuerzo que estaba haciendo Athena para no caer rendida. Benimaru y Kensou la observaban preocupados, porque ella había cerrado los ojos y parecía llorar, atrapada en un halo de luz.

No era posible, pensaba la muchacha. ¡No podía hacerlo! Quería, pero su fuerza no daba para más. Sentía que iba a echarse a llorar. La vieja maestra estaba equivocada, no dudaba, sabía muy bien lo que hacía y por qué lo hacía. Ya no era por amor propio, ni para demostrarles de lo que era capaz. ¡Ni siquiera lo estaba haciendo por Kyo! No... Ella lo hacía... porque si conseguía abrir el portal Kyo le debería su vida para siempre. Quizás jamás fuera de ella, quizás se fuera con Yuki, o con cualquiera de los pelirrojos, pero estaría en deuda con ella durante el resto de su vida y eso le servía de egoísta consuelo. Por eso quería abrir el maldito portal... ¡pero no podía!

Sus manos temblaron, las lágrimas corrieron. Sentía que ya no podía más y que su corazón se detendría en cualquier momento.

En eso una cuarta energía se unió a la suya. Se sintió como una onda cálida, increíblemente poderosa. Le permitió darse un respiro mientras canalizaba toda su voluntad para abrir el pasaje entre los mundos. La facilidad con que lo hacía ahora era increíble.

La muchacha abrió los ojos y vio justo el momento en que el remolino se apartaba, dejando ver un estrecho y oscuro camino que parecía dar a la nada... y frente ella, vio que Chizuru le sonreía. Sus manos brillaban con el poder que todos habían presenciado durante sus batallas en el King of Fighters. ¡La estaba ayudando! ¡Chizuru la estaba ayudando a abrir el portal que ellas mismas habían cerrado!

- Arigatou... - murmuró ella, mientras, al fin, el remolino desaparecía para dar paso a un viento helado y tétrico.

- Ya está - murmuró Yuusuke -. ¡Es nuestro turno ahora!

Benimaru bajó las manos lentamente, agotado. Kensou se dejó caer de rodillas, jadeando. Chizuru bajó la mirada, como pidiéndole disculpas a todos por haber sido tan egoísta, y Athena... la muchacha cayó hacia adelante, incapaz de sostenerse en pie durante más tiempo. Chizuru la atrapó antes de que se golpeara contra el suelo y se arrodilló sobre la tierra suelta para que la muchacha descansara.

- Yarimashita ne, minna... {Lo hicimos...} - murmuró Athena, cansadísima. Todos asintieron. Yuusuke le hizo un gesto de "bien hecho" mientras avanzaba decididamente hacia el portal. Kuwabara lo siguió, y luego Kurama.

- Muchachos - llamó Genkai, y ellos se volvieron en el borde mismo del pasaje -. Cuídense y buena suerte - murmuró la maestra con una ligera sonrisa de aliento. Yuusuke rió.

- No te preocupes, ¡venceremos! - dijo fanfarrón. Shingo avanzó hacia el portal, y detrás de él Yuki, dudosa y llena de desconfianza. Sin embargo no tuvo mucho tiempo para dudar porque los muchachos ya habían desaparecido en la oscuridad. Ella respiró profundamente, dándose ánimos y repitiéndose que Kyo la esperaba del otro lado.

Estaba a punto de entrar en el misterioso portal cuando escuchó:

- Matte kudasai {Espere por favor}, Yuki-san.

Se volvió a medias, y vio que Athena se había levantado un poco. Chizuru la sostenía de los hombros.

- Yuki - murmuró Athena sonriéndole encantadoramente -. Ten cuidado - dijo, amable. Yuki le sonrió.

- Sí, lo haré. Traeré a Kyo de vuelta.

- Y, Yuki... - agregó Athena entrecerrando sus ojos púrpura -. Aleja a Kyo de los pelirrojos... o terminarán por arrebatártelo.

La expresión de Yuki fue tal, que Athena lanzó una risa, extraña y burlona en ella, que casi siempre era dulce y afable.

- Los pelirrojos, recuerda alejarlo de los pelirrojos - repitió, estremeciéndose de risa, antes de perder el conocimiento.

Pronto Yuki desapareció en el portal también. Genkai observó el pasaje pensativa.

"Suerte, minna", repitió para sus adentros. "La van a necesitar."


Capítulo 39: Deja un susurro

En la habitación más amplia del castillo, el demonio de ojos amarillos descansaba. Su cabeza estaba apoyada en los mullidos cojines de su cama, el cabello banco desparramándose en largas ondas a su alrededor. No vestía más que una ligera túnica celeste pálido, que resbalaba por sus hombros y se ceñía en su cintura atrapada por una ancha banda como cinturón. Parecía pensativo, y de vez en cuando dejaba escapar uno que otro suspiro de aburrimiento.

Era tarde, y ese día no había visto ni a Iori, ni a Kyo, ni al Niño Prohibido. No sabía por qué, pero no tenía ganas de estar cerca de ninguno de ellos. Había curado al pelirrojo, pero a pesar de que la herida producida por Hiei ya había desaparecido, Iori continuó tendido en la cama con los ojos entrecerrados, sin hablarle, sin insultarlo siquiera. Se habían observado durante largo rato, él, de pie ante la cama donde Iori yacía, viendo como la piel de su pecho parecía tan tersa como siempre... salvo por algunas marcas que le había dejado a propósito durante sus noches de pasión, como para que lo recordara por el resto de su vida.

En esa ocasión notó que la respiración de Iori no era normal. Parecían jadeos entrecortados, brotando de sus labios entreabiertos. Su pecho subía y bajaba en un ritmo errático y trabajoso, y, aunque le dio un largo trago de su poción de vida eterna, Iori no se calmó. Se quedó mirándolo, en silencio, maldiciéndose interiormente. Había sido su idea privarlo de la poción durante una semana... pero al parecer una semana había sido demasiado tiempo. La agonía que había estado retrasando recuperó el tiempo perdido y Yagami estaba ahora...

- Ah, shimatta {maldita sea} - Shika golpeó con su puño el colchón, molesto. Si no tenía cuidado con lo que hacía, quizás el pelirrojo muriera antes de que él estuviera satisfecho de su venganza. Con todo lo que había hecho, ni siquiera había realizado la mitad de las cosas que planeó... y al parecer ya no tendría tiempo para hacerlo. Cerró los ojos haciendo un mohín. Luego sonrió para sí. Si quedaba poco tiempo, era mejor apresurarse.

Se incorporó, echándose encima una de las túnicas que estaban sobre la cama. Apartó su cabello con un gesto descuidado que hizo tintinear sus brazaletes.

- ¿Qué podría ser mejor...? - murmuró para sí -. Poseer a Kusanagi ahora... o dejar que se reencuentren y luego...

Una voz interrumpió bruscamente sus pensamientos.

- Shika-sama, ¡Shika-sama!

La puerta se abrió violentamente, el youkai que entró ni siquiera se tomó la molestia de esperar. Shika estaba a punto de lanzarle una mirada asesina cuando notó que era Ryaku, llevando en sus manos el espejo que él usaba para ver lo que sucedía en el Ningenkai. La expresión en los ojos de su sirviente le indicó que algo estaba sucediendo.

- Mite kudasai {Mire, por favor} - pidió Ryaku, alcanzándole el espejo. Shika miró, esperando que las nebulosas formas del reflejo se aclararan... y de pronto lanzó una ligera exclamación, como si no esperara ver lo que el espejo le mostraba.

Espesura, el interior de un profundo bosque, en el Makai. Un muchacho de cabello oscuro abriéndose paso, seguido de sus compañeros, un alto ningen y un... pelirrojo...

- Aa... Kurama... - murmuró Shika, frunciendo el ceño -. Qué pronto regresas... - pero el youkai se interrumpió al ver que no sólo ellos tres estaban atravesando el bosque con dirección a su castillo. Una sonrisa se formó en sus labios cuando vio que detrás de ellos venían dos simples humanos, que observaban todo alarmados y aparentemente asustados. Reconoció a uno de ellos, a la mujer, como descendiente de un clan al que Orochi había querido destruir. Era una Kushinada... Qué conveniente...

Ryaku esperaba a que le dijera algo, Shika sólo se dirigió a la puerta, apresurado.

- Esto merece un cambio de planes - dijo, sin volverse a su sirviente -. No tenemos mucho tiempo, esos Reikai Tantei ya casi están llegando.

- ¿Shika-sama? - Ryaku no comprendía del todo qué se proponía.

Shika rió, suavemente.

- Se me acaba de ocurrir algo - dijo, divertido -. Pero hay que esperar a que ellos lleguen al castillo. Mientras tanto...

Ryaku sudó una gotita. La forma en que Shika le hablaba, la expresión de su rostro, y la agitación en su semblante, le hacían pensar en un niñito entusiasmado con la promesa de una gran diversión.

- Mientras tanto vamos a preparar todo, ¿ne? - dijo Shika -. Todo saldrá perfecto... y será tan interesante...

***

Ryaku siguió a su feliz amo Shika por los pasillos del castillo en dirección al salón donde guardaba sus brebajes misteriosos. En el camino no podía sacarse de la cabeza la imagen del youkai de fuego negro, al que había estado a punto de...

Parpadeó, Shika aceleraba el paso, hecho un revolotear de túnicas claras y cabello blanco mientras seguía planeando en voz alta.

Hiei... Maldito fuera, continuó pensando Ryaku. Lo había llevado casi dormido a su habitación y lo había dejado sobre la cama, esperando poder probar al menos cómo era poseer a ese pequeño y malhumorado youkai. Hiei tenía los ojos cerrados, su cuerpo agotado luego de dominar la furia del dragón negro. Él se arrodilló sobre el colchón, atrapándolo entre sus piernas, pero el youkai ni siquiera reaccionó. Sólo yacía allí, ojos medios cerrados, mirando el vacío. Molesto, lo sujetó por los hombros y lo sacudió con fuerza. "Maldita sea, ¡despierta!", le había gritado. "¡No creas que te dejaré dormir antes de...!" Pero todo lo que recibió fue una mirada y una sonrisa burlona junto con un "Hn..." Se había quedado de una pieza. Sin dudarlo, sujetó la entrepierna de Hiei, sintiendo como su cuerpo reaccionaba pero el youkai continuó tendido allí, sin hacer ni decir nada.

Enfurecido ante tal comportamiento, probó los labios del youkai, luego besó su cuello, sintiendo su esencia a fuego y sangre. Sus manos buscaron los pantalones e intentaron apartarlos... ¡y nada! Se deshizo de las ropas del pequeño demonio, las lanzó al suelo e inclinándose rozó aquella calidez con la punta de los dedos, para luego llevársela a la boca, mientras acariciaba alrededor, sintiendo la tibieza, y el delicioso olor de ese youkai...

Había pasado un rato así, cuando se dio cuenta que Hiei no parecía estar sintiendo nada. Yacía allí, como un muerto, esperando a que terminara. Como si no le importara lo que estaba sucediendo. Y fue cuando lo hizo volverse y no encontró resistencia, que Ryaku, frustrado, se apartó. Hiei era como un cuerpo muerto que aún conservaba su calidez. "Maldito..." había gruñido y, para que reaccionara, le lanzó un golpe que esperaba desgarrar la piel del youkai. Pero para su sorpresa fue detenido por la mano de Hiei. Se observaron fijamente. "¿Qué esperas?", había murmurado el youkai de fuego con ironía. "¿No querías poseerme?". "Tú..." Ryaku observó esos indiferentes ojos rubí, parecían decirle que no le interesaba nada. Que podía hacer lo que quisiera... ¡Pero no había placer en eso! Si el otro cuerpo no se retuerce y sufre... ¡entonces no tenía gracia! Había estado a punto de golpear al demonio cuando escuchó a lo lejos que un guardia lo llamaba. El pequeño youkai había tenido suerte.

Cuando salió, Ryaku no notó el cambio de expresión de Hiei, que se mordió los labios, asqueado, y apretó los puños enfurecido de haber tenido que contenerse para no saltar y atacar a ese youkai con su bajo nivel de youki. Aunque haberse mostrado tan sumiso esa vez lo había salvado... la furia de Hiei se incrementaba más y más. ¡Iba a matar a ese bastardo rastrero!

- Ryaku... ¡Ryaku! - la voz de su amo lo trajo de vuelta a la realidad -. ¿Dónde está ese frasco que hice la última vez? - Shika miraba entre los cientos de envases de cristal que guardaba desordenadamente en un estante -. Ese último, el que me tomó tanto tiempo hacer...

Ryaku paseó su mirada por una mesa cercana y se acercó. Tomó un frasco con dos dedos y lo levantó.

- Kore? {¿Esto?} - dijo, y Shika le sonrió, en sus manos tenía un frasco más.

- Bien... Ahora, quiero que me escuches atentamente... Yo me encargaré de éste, y tú le vas a dar esto a... - Shika le dirigió una mirada al espejo y a las figuras que se veían en él, y sonrió.

***

Yuusuke escuchó un crujido y un agudo grito a su espalda. Todo el grupo se detuvo. Cuando se volvió, vio que la chica, Yuki, estaba en el suelo sujetándose fuertemente un tobillo. Al parecer se había hecho daño al tropezar. Shingo intentaba ayudarle a ponerse de pie, pero ella parecía estar a punto de echarse a llorar.

- Oi... - Yuusuke se le acercó, para examinarla. No quería perder más tiempo del necesario, y estar en medio de ese bosque no era muy seguro.

Yuki retiró sus manos para que los muchachos miraran. Su tobillo estaba hinchado y ella no podía ponerse de pie.

Kurama apartó la mirada, en un gesto de impaciencia. Vaya suerte...

Le lanzó una mirada a Yuusuke, que se había arrodillado frente a Yuki.

- Toma - dijo Kurama, entregándole unas hojas de un color verde oscuro que había llevado ocultas en su cabello -. Aplícale eso y estará mejor. - Yuusuke lo recibió extrañado. Levantó los ojos hacia el pelirrojo, pero éste ya le había dado la espalda -. Yo me adelantaré - fue todo lo que dijo, y echó a correr perdiéndose entre la espesura antes de que los demás tuvieran tiempo para protestar.

- Ooooi, Kuramaaaa - gritó Yuusuke -. ¡Pero nosotros no sabemos hacia dónde debemos ir! ¡Kuraaaamaaaaa!

El pelirrojo oyó la voz de Yuusuke a lo lejos, pero cerró los ojos con fuerza un momento, para luego continuar su camino sin detenerse. Ya no iba a perder más tiempo con ellos. Los dos ningen habían sido una carga para él desde que decidieron seguirlo, estaba harto de eso, y de que lo retrasaran tanto para encontrar a Hiei. Además, él sabía cómo actuaba Shika, o casi. No le sería muy difícil entrar a su castillo esta vez que ya había planeado algo.

A medida que corría, el bosque se hizo menos denso, y supo que estaba a punto de encontrar la salida del otro lado. El castillo de Shika se alzaría frente a él y el resto... sonrió con maldad, el resto se lo dejaría al poder de su seducción.

Con cada paso, su cabello rojo se sacudía, pero mientras más se acercaba al final del bosque, largas hebras plateadas empezaron a mezclarse hasta que finalmente todo su cabello quedó de un hermoso color plateado, mientras las ropas que vestía desaparecían y dejaban en su lugar una holgada túnica blanca, entreabierta en su pecho y que caía hasta sus tobillos desnudos, sobre cómodos pantalones también blancos. El roce de esas ropas, y el salvaje bosque a su alrededor, trajo algunos recuerdos a su mente. Shika, allí, con él. Cuando ambos eran amantes y decidieron tomar por asalto el castillo, destruyendo al antiguo amo y apoderándose de él y todas las riquezas que poseía.

Eso había sido antes que el impulsivo youkai decidiera volver al Ningenkai a vengarse de los Yagami. Fue en ese bosque donde le dijo adiós...

Kurama apartó los pensamientos de su mente con la misma facilidad con la que apartó su cabello plateado. Se detuvo en seco en la última línea de árboles. Podía ver el castillo desde allí, los guardias, las filas de ventanas que daban a habitaciones donde alguna vez hubo miles de tesoros y riquezas. Tenía la seguridad de que Hiei se encontraba en alguna de esas habitaciones.

"Espera un poco más, itoshii", dijo en silencio, mientras sus ojos dorados examinaban esa ala del castillo.

***

Se veía pensativo mientras con un lazo sujetaba su largo cabello blanco y lo amarraba en una larga cola que caía por su espalda. Los anillos y brazaletes fueron retirados de sus pálidos brazos también, dejando solo algunos delicados y pequeños, que no fueran a estorbarlo si debía enfrentarse cuerpo a cuerpo con los Tantei. Las túnicas ornamentales fueron dejadas de lado hasta que el youkai quedó solo con una traje ligero y holgado, perfecto para una pelea. Ryaku se alejó unos pasos de él, observándolo maravillado, admirando la figura perfecta de su amo Shika. Él rió.

- Considerándolo mejor... creo que ya no hay tiempo para disfrutar de todo como quería - dijo mirando a Ryaku -. Yagami está peor de lo que pensaba, el Niño Prohibido me aburre... y Kusanagi...

Shika calló, sus ojos siempre fijos en su sirviente, que sintió un estremecimiento al pensar que podría haberse dado cuenta de lo que le había hecho a Kyo. Trató de ocultar su nerviosismo ladeando la cabeza, haciendo que su cabello dorado cayera sobre sus ojos, en un gesto pidiendo una explicación a sus palabras.

- Sé muy bien la forma de acabar con Yagami - dijo Shika lentamente -. Y usaré a su amado Kusanagi para eso. Hiei es la carnada para atrapar a Youko Kurama, es todo.

- ¿Por qué a Kurama? - preguntó Ryaku, que no estaba enterado de toda la historia.

- Oh... - Shika admiró la blancura de sus brazos mientras decidía que llevaría un brazalete dorado adornado con piedras negras en forma de diamantes -. ¿Kurama? Un capricho mío... y viejas cuentas, nada más. Será fácil.

Ryaku dejó escapar un suspiro. Shika le lanzó una mirada helada.

- ¿Qué? ¿No apruebas lo que hago?

El sirviente negó con la cabeza; no era eso.

- ¿Qué hará cuando todo termine? - preguntó dudoso. El youkai de cabello blanco no respondió.

- No lo sé... no lo sé... Ya se me ocurrirá algo... - dijo sin prestarle atención, pero después de pensarlo mejor se volvió hacia Ryaku y sonrió -: Aún quedan Yagami en el Ningenkai, ¿sabías?

Con eso Shika salió, dispuesto a darle la bienvenida a sus invitados.

***

En las afueras del castillo, el hermoso youko plateado observaba unas semillas en la palma de su mano. Con cuidado, usando una de sus garras, hizo una pequeñísima hendidura en una de ellas y dejó que la raicilla que brotó se adhiriera a su carne, absorbiendo una pequeña cantidad de su sangre. Se sentía como el picar de un insecto, y Kurama detuvo la sensación simplemente cortando la raíz con su larga uña. Hizo lo mismo con el resto de semillas, hasta que todas hubieron absorbido un poco de su sangre. Luego de esto, cerró la mano en un puño y ocultó las semillas entre su cabello plateado. Iba a volver a su posición alerta, vigilando el castillo, cuando sintió que a su espalda unos pasos se acercaban. Bastó una milésima de segundo para que Kurama desapareciera dejando en su lugar algunas hebras plateadas que descendían suavemente con el aire, atrapadas en un rayo de sol.

Los pasos se acercaron más, haciéndose más y más pesados. Kurama reconoció el torpe andar de los ningen, e inconscientemente sus orejas se movieron entre los largos mechones de cabello cuando trató de reconocer de quienes se trataba.

No necesitó mucho rato para darse cuenta que eran Shingo y Yuki, llegando solos al claro donde él había estado segundos atrás. Un momento, ¿solos? ¿Dónde estaban Yuusuke y Kuwabara?

Bajó de un salto y silenciosamente cayó ante ellos, una alta figura plateada de mirada asesina e imponente tamaño.

- ¿A dónde se fueron? - preguntó bruscamente.

Shingo se sobresaltó al verlo por primera vez en esa forma. Retrocedió unos pasos protegiendo a Yuki y se puso en guardia, aunque era obvio que tener que enfrentar a un youko en el Makai no lo hacía verse muy seguro de sí mismo.

- ¿Dónde están? - repitió Kurama, subiendo su tono de voz, tan diferente a la que tenía su cuerpo ningen. Como respuesta, recibió una maldición de parte de Shingo.

- Tú eres quien ha atrapado a Kusanagi-san, ¿no es verdad? - gruñó el muchacho. Detrás de él, Yuki había caído de rodillas y observaba aterrada al demonio con orejas de zorro que parecía querer devorar vivo a Shingo.

- Soy yo, Kurama - exclamó el youko al darse cuenta que el muchacho no lo había reconocido. Sin embargo no logró la reacción que esperaba. El obstinado alumno de Kyo no le creyó, al contrario, se lanzó contra él en una imitación de un golpe de Kyo, pero a Kurama le bastó hacerse a un lado para evitarlo. Lo sujetó de un hombro con una mano y lo inmovilizó. Acercó su rostro al del muchacho, cuyos ojos pardos se oscurecieron por el temor y la impotencia -. Yabuki-kun, soy yo, Kurama - dijo, esta vez más suavemente, imitando a la perfección la voz de su cuerpo ningen, aunque con la entonación de un youko. Este repentino cambio pareció tranquilizar al muchacho, que dejó caer los brazos y se relajó.

- Pensé... - murmuró, intentando disculparse, pero no había tiempo para eso.

- Dime, ¿dónde está Yuusuke? - insistió Kurama interrumpiéndolo -. ¡Rápido!

Shingo señaló por sobre su hombro.

- Nos separamos hace un rato, dijeron que debíamos esperar ocultos aquí mientras ellos entraban al castillo por el ala derecha...

- Kuso... {maldición...}

- ... para ir a encontrarse con usted... ¿Kurama-san?

Pero Kurama ya había desaparecido en dirección al ala derecha del castillo de Shika.

Shingo lo buscó con la mirada, y lo vio a lo lejos, sorprendiéndose por la velocidad a la que corría. Parecía deslizarse por entre la hierba alta, sin tocar el suelo, su cabello y su larga cola sacudiéndose al ritmo de sus zancadas, su túnica blanca ondeando tras él en el viento.

- Increíble... - murmuró para sí, antes de volverse y mirar a Yuki, que esperaba con la mirada perdida -. Será mejor que se quede aquí, Yuki-san - murmuró, pero supo que la aterrorizada muchacha no lo estaba escuchando.

***

"Hayaku, hayaku {Rápido, rápido}"

Kurama corría tratando de pasar desapercibido ante los guardias del castillo, pero tan rápido como sus piernas le permitían. De vez en cuando saltaba en el aire, subiendo y luego bajando a una velocidad vertiginosa, golpeando el suelo con una fuerza que era absorbida por la hierba salvaje. En su mente se repetía una sola cosa: "Deténlos, ¡deténlos antes de que arruinen todo!"

Eso era, tenía que encontrar a Yuusuke y Kuwabara antes de que ellos entraran al castillo o Shika los descubriría y estarían a su total merced. Él tenía un plan trazado, y sabía que Shika también debía haber pensado en uno, después de todo, él le había enseñado a dejar de ser tan impulsivo y alocado. Si Yuusuke y Kuwabara irrumpían de golpe en el castillo, Shika era capaz de acabar con todo, así de simple. Debían ser cautelosos. Ellos estaban enfrentándose a un enemigo a quien no conocían, en cambio Kurama sabía a medias cómo pensaba el demonio del fuego blanco.

En su carrera, no notó cuando sus pies se hundieron en un charco de sangre, y fue sólo cuando encontró el cuerpo destrozado de uno de los guardias que supo que Kuwabara ya había pasado por allí, cortándolo todo con su Espada Espiritual. Apretó los puños, pasando por debajo del las ramas de un árbol, y buscando con la mirada algún indicio de sus compañeros.

Algo llamó su atención. Un lugar donde la barrera era débil y había sido cortada... ¡Ahí era! Se introdujo en la hendidura de la energía y se estremeció al poner un pie en el jardín salvaje que pertenecía al interior del castillo. Recuerdos, imágenes, las riquezas, la dulce risa de Shika...

Sacudió la cabeza, desechando esos pensamientos y atento a su alrededor. Un guardia pasaba cerca, a a su izquierda, pero no lo vería. A su derecha... el aroma de dos muchachos... y al fondo, un agujero en la pared lateral del castillo, media oculta tras unas rocas.

- Maldición - dijo, corriendo hacia allá y examinando la entrada. Obviamente se trataba de una cortesía de Yuusuke, se dijo, asomándose para examinar el estrecho túnel. Bien... con la altura que tenía ahora le sería imposible entrar por allí arrastrándose... Cerrando los ojos, dejó que el cabello plateado volviera a rojo, y que los largos miembros se convirtieran en los de un muchacho de secundaria -. Bien, ahora... - se dijo, arrodillándose y luego entrando fácilmente por el túnel. Una luz lo guiaba hacia el otro lado... Una luz y... voces... sus compañeros peleando.

Asomó su cabeza por la no menos estrecha salida y vio que los dos muchachos se enfrentaban a una horda de youkai de bajo nivel en un salón vacío.

- ¡Yuusuke, Kuwabara! - llamó, su voz resonando por todo el salón. Se arrastró para salir, pero cuando se iba a poner de pie para ayudarlos sintió que alguien lo sujetaba del cabello con tal fuerza que lo lanzó de nuevo hacia atrás, contra la pared de piedra.

Unos labios ardientes y suaves se posaron en los suyos, besándolo de un modo que le resultó familiar y al mismo tiempo repulsivo.

- Bienvenido de vuelta, Kurama - dijo una voz en su oído, y al mirar se encontró con dos ojos amarillos que lo observaban fijamente -. Te esperábamos.

Esa mirada... la recordaba tan bien... Y la entonación de la voz, como si fuera un educado youkai cuando no era más que un asesino, un hermoso asesino. El cabello blanco recogido en una cola, tal y como lo recordaba en sus últimos días juntos. La túnica simple y cómoda, tan parecida a la que usaba siendo Youko Kurama. Los ojos... esos ojos...

- Shika - dijo suavemente, sintiendo su sabor aún en los labios.

- Espero que esta vez tengas más tiempo para mí, y no empieces a exigir saber donde está ese enano de tres ojos... - fue lo que dijo Shika, sin soltarle el cabello y sin dejarlo separarse del muro.

Kurama miró a Yuusuke y Kuwabara que peleaban. Los youkai eran interminables, pero su nivel era bajo, y sabía que no tendrían problemas. No, no los tendrían... Así, quizás podría mirar esos ojos amarillos una vez más... Sólo una vez más antes de destruir a Shi...

Una lengua húmeda y fría cortó sus pensamientos. Shika besándolo nuevamente, con una pasión febril que despertó viejos recuerdos en Kurama. Sin quererlo, sus manos se aferraron al youkai, y su boca se abrió deseosa, queriendo recibir todo el beso. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué...?

- Esperé tanto tiempo por esto... - oyó que susurraba Shika, sin soltarlo -. Me alegra que hayas vuelto... itoshii...

 


 

Capítulo 40.~ Sólo Recuerdos

Kyo sentía que estaba enloqueciendo. No podía dejar de pensar en las llamas negras devorando a Iori. Aun cuando vio que había salido con vida, las escenas se repetían en su mente, la sangre. La mirada de Iori dirigida hacia él, como si le dijera que todo estaba bien. Que no se preocupara... que no moriría...

Perdió totalmente la noción del tiempo. No sabía si eso había ocurrido hacía días o tan sólo unos minutos. Tampoco importaba demasiado. Sólo yacía sobre la cama, los ojos abiertos y la mirada perdida. No se dio cuenta que lloraba, no notaba nada. Creía haber escuchado una voz hablándole, pero no podía estar seguro. Sólo veía una y otra vez el cabello rojo desapareciendo entre las fauces del enorme dragón.

- ¿Yagami? - llamó suavemente. Se encogió en la cama, cerrando los ojos. Quería escuchar su voz de nuevo, quería sentir sus brazos alrededor de su cintura, y oírlo decir aquellas palabras... Tenía miedo de no volver a verlo. No era suficiente con golpear la puerta e intentar salir. Tenían que deshacerse de ese youkai... tenía que...

Apretando los puños, maldijo en su interior. ¡Nunca antes había odiado tanto ser tan débil! Sus manos, el fuego, ¡estaba indefenso como un simple mortal! Su cuerpo sufría debido al esfuerzo que le costaba mantener la consciencia en ese mundo. Era extraño, pensó. ¿Y si ese mundo era el infierno? ¿Y si ambos ya estaban muertos? Y que todo hubiese sido una mentira. Es más... quizás hasta Iori fuera una ilusión para atormentarlo...

Gimió, llevándose las manos a la cabeza. Demonios... Si seguía así realmente iba a terminar por volverse loco...

***

En otra habitación, un brillo púrpura se reflejaba en los ojos rosados de un pequeño youkai esclavo. Este observaba fijamente, con los labios entreabiertos, el jagan que se abría en la frente de Hiei.

El demonio de fuego sonreía complacido. El estúpido sirviente estaba totalmente bajo su control ahora. Había perdido todo rastro de voluntad y lo único que quedaba de él era el cuerpo, que se movía bajo las órdenes de Hiei. Qué conveniente era tener una marioneta que pudiese pasar las barreras de energía de Shika sin ningún problema.

Era obvio que Shika ya lo sabía. ¡Claro que lo sabía! Pero al parecer no le importaba en lo más mínimo, porque dejaba que Hiei obrara su control sobre ese youkai y ya llevaba bastante tiempo trabajando en eso.

Al cabo de un rato, Hiei cerró los ojos, los tres, y suspiró, cansado. Luego que Ryaku lo dejara solo en la habitación, el youkai había entrado... y ni siquiera pudo hablar cuando Hiei ya lo tenía bajo su control. Ryaku no lo había encadenado esta vez, así que Hiei se sentó en el alféizar de la ventana, mirando hacia el bosque.

Fue por esa razón que vio claramente a Yuusuke y al idiota de Kuwabara cruzar corriendo el claro en dirección al ala derecha del castillo. Había gruñido por lo estúpidos que eran, ¡correr de ese modo, a la vista de todos los demonios que resguardaban el lugar! Claro que los guardias no fueron rivales para ellos, Yuusuke los pulverizaba con un simple disparo de energía, mientras Kuwabara dejaba toda la hierba sembrada de trozos y sangre de youkai.

Siguiéndolos con la mirada, Hiei notó un movimiento en el bosque, como el de un animal intentando esconderse torpemente. Al fijarse bien, con algo de dificultad debido a la suciedad que se había acumulado a través de los años en el vidrio de la ventana, reconoció a dos ningen. Uno lo había visto varias veces, en el torneo. El otro... era una mujer, notó sorprendido. Una aterrorizada niña, que parecía a punto de desmayarse debido al miedo.

- ¿Pero qué...? - dijo en voz alta, sin embargo se interrumpió al ver un relámpago plateado que se dejó ver un segundo antes de llevarse a los dos ningen hacia lo espeso del bosque -. Kurama... - murmuró. No pudo decir más. Sentía que su corazón latía acelerado con el simple hecho de ver a su hermoso zorro, aunque fuesen unos segundos.

Se mantuvo alerta, y pronto lo volvió a ver. Esta vez siguiendo el camino que habían tomado Yuusuke y Kuwabara.

- ¡Kurama! - llamó, contra su voluntad, pero él ya había desaparecido de su vista, con una velocidad sorprendente, deslizándose entre la alta hierba salvaje.

Apoyándose contra el vidrio, cerró los ojos un momento. Atrapado, se dijo. Odiaba que le sucediera eso. Pero, a pesar de todo, el simple hecho de ver a Kurama lo había reconfortado. No se había dado cuenta lo mucho que necesitaba aunque sea ver un segundo al hermoso youko. Ahora todo le parecía distinto. Su mente se aclaró al fin, y sonrió para sí. Si Kurama estaba allí, entonces bien podrían acabar con todo. Estarían parejos, Shika y sus sirvientes, y ellos...

Algo interrumpió sus pensamientos. Una figura en el límite del bosque. Un youkai familiar. El rastrero de Ryaku, reconoció. Lo siguió con la mirada, pero éste entró en el bosque...

- Los ningen - susurró Hiei, poniéndose de pie de un salto. Como si pudiera salir de esa habitación. Le lanzó un golpe a la ventana, pero esta sólo tembló -. Shimatta...

¿Qué pretendía ese youkai? ¿Matarlos? ¿O atraparlos también?

Maldición, gruñó. ¡¿Por qué demonios habían llevado a esos ningen idiotas al Makai?! Si los metían en problemas, ¡él mismo se encargaría de hacer pagar a Yuusuke o quien hubiese tenido la grandiosa idea!

***

Ryaku había dejado a Shika en el salón donde seleccionó las pociones. Su amo le había entregado un frasco pequeño, de cristal también, tallado delicadamente de forma que la luz se fragmentaba al entrar en él, distorsionándose en un arcoiris. Nadie podría suponer que dentro de ese envase se encontrara uno de los venenos preferidos de Shika...

Corrió por los pasillos luego que su amo se fue, y se dirigió directamente a la puerta del castillo, saliendo a la luz del día con una sonrisa en los labios. Ahora, ¿dónde estaban esos ningen? Podía sentirlos cerca, podía percibir su miedo...

En el bosque, se dijo, sonriendo. Sacó la poción y la miró a la luz del sol. Shika había tenido la mejor de las ideas, no podía negarlo. Ah... como adoraba a ese youkai...

***

- Yabuki-kun...

La muchacha miró hacia todos lados, el joven no estaba cerca. Se llevó las manos a los labios, temerosa de estar sola en ese bosque desconocido y lleno de sonidos amenazantes. ¡Hasta las plantas tenían formas extrañas, retorcidas y salvajes! El ambiente era diferente, se notaba que era otro mundo... Oh, dios... ¿Dónde se había metido ese tonto? ¿Acaso pensaba que era una buena idea investigar en ese momento?

La criatura plateada les había dicho que esperaran... ¿Por qué tenía que irse?

- Sumimasen... {Disculpa...} - una suave voz habló a su espalda, y ella se volvió aliviada.

- ¿Dónde estabas...? ¿Por qué tardast...? - sus palabras se cortaron al ver que no se trataba del muchacho. Sus ojos se abrieron increíblemente, mientras se preparaba para gritar. Sin embargo, antes de eso, el ser frente a ella se llevó un dedo a los labios, en un gesto de que guardara silencio. Ella obedeció. No sabía por qué. Quizás porque de alguna manera esa criatura tan hermosa y deslumbrante no le parecía mala.

El largo cabello dorado era hermoso, realmente. Y sus ojos de un color indefinido, claros, que la miraban tranquilamente. Sus manos de largos dedos estaban relajadas, y Yuki no pudo evitar notar la hermosa botellita tallada que llevaba en una de ellas.

- ¿Quién... quién eres? - murmuró ella, empezando a retroceder hasta toparse con un árbol.

El ser la miraba fijamente, y de pronto sonrió. Yuki sintió que sus mejillas ardían. Era hermoso... realmente hermoso, su rostro delgado y delicado, sus ojos que parecían haber sido delineados con negro y sombreados con tonos oscuros, para realzar la iridiscencia de sus pupilas.

- Soy un amigo de Kurama - dijo dulcemente el youkai, dando un paso hacia Yuki, que tropezó con una raíz de árbol y cayó sentada sobre la hierba. El rostro del youkai mostró algo de preocupación y le tendió su mano. Yuki se estremeció al ver las largas garras, pero algo la obligaba a confiar en él. Era demasiado hermoso, y su voz demasiado amable como para estar mintiendo -. Mi nombre es Ryaku - se presentó él, y ella sonrió.

- Ah... atashi wa... {yo soy...} Yuki... Kushinada Yuki...

Ryaku le volvió a sonreír, mientras dejaba ir su mano.

- Kurama me envió. Dijo que te habías lastimado un tobillo al venir hacia aquí.

Ella asintió, bajando la mirada hacia sus pies, donde aún podía verse el improvisado vendaje de Yuusuke y sus compañeros. Las plantas medicinales del pelirrojo seguían allí. Ryaku miró un segundo y luego levantó la botella, ofreciéndosela a la joven.

- Esto es para curarte - le dijo con suavidad, mirándola fijamente, intensamente.

- Arigatou gozaimasu... {gracias...} - dijo ella con una inclinación. Ryaku destapó el frasco y se lo ofreció. Ella dudó un momento, pero luego lo bebió todo, hasta la última gota.

- ¿Te sientes mejor? - preguntó Ryaku, recibiendo el envase ahora vacío y ocultándolo entre sus ropas.

- Sí - asintió Yuki con una sonrisa.

- Eso está bien... - la mirada de Ryaku le produjo un escalofrío a Yuki, pero ella no le dio importancia. El youkai empezaba a alejarse cuando súbitamente, de la nada sacó un largo cuchillo de metal oscuro. La joven se encogió de miedo y estuvo a punto de lanzar un grito, pero Ryaku se limitó a sonreír y ofrecérselo -. Kurama también me pidió que te entregara esto. Úsalo cuando creas conveniente.

- Pero... - ella iba a protestar cuando notó que el youkai ya había desaparecido. Se llevó una mano a los labios, sintiendo aún el delicioso sabor del elixir. Luego se llevó una mano al tobillo y notó que en verdad el dolor lentamente desaparecía. Sujetó los vendajes y los lanzó lejos, riendo suavemente al recordar la mirada de ese hermoso joven...

***

Kurama parpadeó...

La voz de Shika cerca de su oído le había producido placenteros escalofríos mientras recordaba los buenos tiempos que pasó a su lado. No podía evitarlo. Era como si el sonido de su voz despertara viejos recuerdos que no quería rememorar. Pero no era tiempo de pensar en eso, esta vez estaba en contra de Shika. No importaba que hubiesen sido amantes. Habían pasado siglos desde la última vez que estuviera con él y las cosas eran diferentes. Kurama amaba a otro ahora, y Shika lo tenía atrapado, como una carnada para hacerlo presentarse ante él.

Carnada. Una trampa.

Lo había sabido todo el tiempo, pensó el pelirrojo para sí, pero era la única forma en que podía actuar. Además, las precipitadas acciones de Yuusuke y Kuwabara habían acelerado las cosas y arruinado sus planes. No podía hacer más que dejar que las cosas siguieran su curso e ir con ellas.

El youkai lo observaba, sus ojos amarillos brillando complacidos. Le sonrió. Kurama frunció el ceño y, cuando iba a decir algo, Shika dio media vuelta, su largo cabello amarrado girando tras de sí en el aire, y echó a correr rápidamente, desapareciendo en la oscuridad de un pasillo.

El pelirrojo echó a correr tras él, por el rabillo del ojo vio a sus compañeros peleando, inconscientemente pensó en que debía ayudarlos, pero al mismo tiempo una voz le dijo que ellos estarían bien por su cuenta. Que no eran tan débiles.

A medida que corría por el pasillo, siguiendo el camino de Shika, a Kurama le pareció que eso ya lo había vivido antes. Confundido, se detuvo un momento, recuperando el equilibrio apoyándose en uno de los muros de piedra. Se tomó unos segundos para apreciar el lugar; el largo pasillo iluminado por antorchas, de suelo alfombrado, paredes de piedra, al que daban varias puertas cerradas todas con llave.

Un recuerdo parpadeó ante sus ojos. Ese mismo pasillo, y esas puertas cerradas que tantos problemas les dieron.

Shika... Golpeando frustrado esas puertas tan resistentes y cerradas bajo llave, mientras las voces de un ejército de youkai se acercaban por ambos lados, rodeándolos.

Llevándose una mano a los ojos, Kurama intentó apartar esas visiones, pero no podía. Todo se volvió claro de repente, y, frunciendo el ceño, tuvo que apoyar la espalda en el muro, mientras, muy a su pesar, un mareo invadía su cuerpo rodeándolo de confusas escenas que él sabía eran su pasado.

***

El youko plateado miró al cuerpo que yacía acurrucado entre las hojas del matorral. Acercándosele, y pensando que podría ser una buena y fácil cena, se sorprendió al ver dos ojos amarillos que lo observaban salvajemente, junto con un gruñido que era más de miedo que de amenaza. Él ni siquiera se inmutó. Se detuvo donde estaba, y esperó. Lentamente, el youkai desconocido se levantó, saliendo de su escondite y mostrando los jirones de ropa quemada y ensangrentada.

Kurama se sorprendió ante lo hermoso que era su rostro, delicado, y con una expresión desolada que incluso a él, el frío ladrón legendario del Makai, le produjo algo de compasión. Observó como con esfuerzo el youkai se levantaba, dejando ver su rostro herido y su cuerpo agotado. No tenía suficiente youki como para curarse, ni mucho menos para defenderse. Sólo se quedó de pie en el claro, frente al imponente youko, y sonrió levemente.

- Adelante, mátame - dijo en voz baja -. Si voy a morir, me encantaría que fuera a manos de alguien tan hermoso como tú...

Con una sonrisa fría, Kurama aceptó el halago. Hizo un gesto para que el joven youkai se acercara, cosa que hizo sin dudar. Parecía resignado a morir.

Una vez frente a él, Kurama se inclinó y apartó el desordenado cabello, plateado como el suyo, de su rostro.

- Namae? {¿Tu nombre?}- preguntó.

- Shi... ka.. - respondió el youkai con un murmullo apagado, mientras él miraba sus ojos de singular color amarillo, y limpiaba la sangre seca que se había juntado en su mejilla. Algo extrañado, levantó un largo mechón de cabello, este en vez de ser plateado se había tornado de un color blanco, sin brillo. Shika apartó la mirada, como si estuviera avergonzado ante el youko que lo examinaba con curiosidad.

Kurama jugueteó con su cabello, peinándolo hacia atrás con sus garras, apartando las hojas secas y otros rastros de suciedad que se habían acumulado en el. Cuando Shika se atrevió a mirarlo a los ojos, él le sonrió dejando ver sus colmillos y ocultando sus verdaderas intenciones.

- Ven conmigo - lo invitó. El herido demonio no tenía nada que perder. Siguió obedientemente al youko misterioso, y éste lo llevó a un claro cercano, donde un grupo de youkai estaba reunido alrededor de una fogata, preparándose para pasar la noche.

- ¡Eh, Kurama, ¿esa es la cena?! - preguntó alguien. El youko sonrió con malicia, viendo cómo Shika se encogía de temor al sentir todos los ojos fijos en su cuerpo.

Kurama lo sujetó por la cintura y sólo miró a los youkai fríamente, pasando frente a ellos sin darles explicaciones. Llevó a Shika al lugar más apartado, donde lo único que podían ver del grupo eran sus siluetas recortadas contra el resplandor del fuego. Hizo que Shika se apoyara contra el grueso y rugoso tronco de un árbol y empezó a desgarrar sus ropas sucias y rotas. No hubo resistencia mientras los restos de la tela caían sin hacer ruido sobre la hierba.

Los ojos dorados del youko brillaron cuando admiró el cuerpo del joven youkai frente a él. Estaba herido, sí, pero era hermoso. Pálido a la débil iluminación de la noche, de piel suave y cálida. Se inclinó sobre él, que continuaba inmóvil y sin mirarlo. Lamió su pecho, esperando una reacción de su parte, pero para su sorpresa Shika ni siquiera se movió. Sentía su cuerpo tenso y también su miedo.

- No te va a pasar nada - le sonrió con un brillo malicioso en sus ojos. Shika asintió, pero sin enfrentar su mirada. Sin embargo no pudo continuar con esa actitud, porque Kurama empezó a acariciarlo cada vez con más pasión, mientras lamía sus heridas y se llevaba los rastros de sangre, como si lo disfrutara.

Un gemido de sorpresa escapó de los labios de Shika cuando el hermoso demonio plateado lo abrazó, rozando su cuerpo contra el cuerpo desnudo de Shika. Sus dedos recorrían su pecho con insistencia, sólo con las puntas, dejando que la piel que rozaba se quedara anhelando más caricias.

- No te pasará nada - repitió Kurama, en su oído, presionando aun más, y, finalmente, buscando entre sus piernas -, si te entregas a mí.

Un nuevo gemido cuando sus dedos se cerraron alrededor de lo que buscaba, y un movimiento de cabeza asintiendo. Kurama rió complacido, y a partir de esa noche y durante un largo tiempo, Shika supo lo que era ser amado, y conoció la pasión de Youko Kurama.

Nunca se dieron cuenta de lo mucho que habían llegado a quererse hasta el día en que, sin saber por qué, Shika empezó a contarle sobre su pasado a Kurama. Ambos estaban sentados cerca de un pequeño fuego, esperando que los otros miembros de la banda de ladrones regresara de escudriñar los alrededores y, quizás, trajera uno que otro objeto de valor. Shika observaba el bailar de las llamas del fuego anaranjado, y extendió sus dedos de largas uñas hacia él.

- En el Ningenkai habitan seres que tienen poder sobre las llamas... - dijo, pensativo.

- ¿Hn? - fue todo lo que dijo Kurama, estaba echado de espaldas, con las manos cruzadas bajo su cabeza, dormitando tranquilamente.

- Llamas anaranjadas... y llamas púrpura...

Shika observó a su hermoso amante, y sus ojos se oscurecieron.

- Ellos fueron los que me enviaron de vuelta a este mundo - dijo en un murmullo. Las orejas de Kurama se movieron ligeramente y al segundo siguiente él estaba sentado, escuchando con atención. Shika volvió a mirar el fuego -. Los que controlaban las llamas púrpura, ellos me enviaron de vuelta... Me traicionaron...

- ¿Por qué? - quiso saber el youko plateado.

Shika lo miró como con tristeza.

- No lo sé... Se aburrieron de mí, tal vez. O se cansaron de darme lo que les pedía.

- Qué tonto eres - no pudo evitar reír Kurama -. En este mundo hay todo lo que uno puede desear. ¿Para qué ir al despreciable mundo de los humanos?

El youkai de cabello ahora totalmente blanco no respondió sino hasta largo rato después.

- Me gustaba el Ningenkai, porque allí yo tenía poder. ¿Entiendes? ¿Qué hubiera podido hacer aquí con el nivel de youki que poseía cuando me encontraste? Aquí soy sólo un youkai de clase baja, para ellos, yo era un dios.

La apagada risa del youko no lo molestaba. Era una tontería, lo sabía, pero también era la verdad.

- Eres muy ingenuo - sonrió Kurama incorporándose y acercándosele a gatas. Shika lo observó con la impresión que era un depredador al acecho.

Kurama finalmente sujetó a Shika, atrayéndolo hacia sí y obligándolo a acurrucarse contra él. Con sus largas garras el zorro rompió el lazo que mantenía atado el cabello de Shika. Este cayó sobre sus hombros, en largos mechones ondulados, de un opaco color blanco. Empezó a acariciar su cabello, apartándolo de sus ojos, peinándolo con sus dedos. Shika apartó la mirada. Le avergonzaba un poco que su cabello, que una vez había sido plateado y brillante como el de Kurama, fuera ahora blanco y sin vida. No sabía cual era la razón. Kurama le decía que se debió al periodo en que su youki estuvo bajo.

No era que le importara realmente... pero le hubiera gustado ser hermoso, sólo para complacer a ese youko plateado.

- Eres un tonto - dijo Kurama aún sonriendo. Cuando miró en sus alargados ojos dorados, Shika supo que, como siempre, Kurama había leído sus pensamientos en la expresión de su rostro -. Pero no pienses más en eso, yo estaré siempre a tu lado, porque eres hermoso, y, Shika... - los labios del youko se posaron en su frente -, tampoco necesitarás que te consideren un dios. Porque conmigo serás una leyenda.

Las palabras del zorro fascinaban a Shika, que realmente estaba dispuesto a creer en ellas. Oía rumores sobre el traicionero Youko Kurama a su alrededor, pero no los creía. Él era el amante de la leyenda, y sabía que sus promesas eran verdad.

Sin embargo, a pesar de todo, aún deseaba regresar al Ningenkai y vengarse de esa familia de guerreros pelirrojos que invocaban llamas púrpura. Era imposible que sacara esos rostros llenos de odio de su mente. Apenas cerraba los ojos por la noche, y a menos que Kurama lo hubiese dejado demasiado agotado, las imágenes de su traición se repetían de forma interminable.

El tiempo pasó imperceptiblemente. Al lado de Kurama, aprendió una infinidad de cosas, su nivel se incrementó considerablemente, aunque nunca como para igualarlo. A medida que los meses se convertían en años, Shika se dio cuenta que la pasión de Kurama se apagaba. Eran como compañeros, y confidentes, pero ya no existía el deseo de los primeros días. Y, durante las noches aburridas, fue que comenzó a planear su venganza contra los Yagami.

Tenía muchas ideas, y todas le parecían factibles. La noche en que fue a comunicarle a Kurama que lo dejaría durante un tiempo, encontró al zorro retozando junto con un youkai al que él no conocía. No los interrumpió, pero Shika supo que su tiempo con él ya había acabado. Se sentía dolido, pero de alguna forma su sed de venganza compensó su dolor y este pasó casi desapercibido. Esa misma noche dejó a la banda, con rumbo desconocido, buscando un lugar donde un portal al Ningenkai pudiera ser abierto. En el interior de su traje llevaba un curioso artefacto que Kurama había robado con él, luego de que él lo convenciera de su utilidad, y que le permitiría abrir el pasaje fácilmente.

No se había alejado más que unos kilómetros cuando unos pasos veloces lo alcanzaron; no se alarmó, sabía de quién se trataba.

- ¿Te vas sin despedirte? - preguntó la sensual y conocida voz. Al volverse, cerró los ojos y le sonrió encantadoramente al zorro.

- Estabas ocupado y decidí no molestarte - se disculpó juguetón. Sintió la mano de Kurama entre su cabello, y el esperado y ardiente beso. Fue largo y salvaje; Kurama lo obligó a caer en la hierba y le sonrió malicioso mientras se pasaba la rosada lengua por los labios.

- ¿Por qué ese apuro? - quiso saber Kurama -. ¿Qué es lo que le pediste a esos ningen, para que decidieran enviarte de vuelta a este mundo?

Shika parpadeó con inocencia.

- Sólo... les pedía a uno de sus herederos cada cierto tiempo - murmuró.

- ¿Ah, sí? ¿Para qué? - Kurama acariciaba su rostro ahora.

- Para... divertirme un poco... - Aquella respuesta hizo reír a Kurama.

- No te vas aún - le dijo, como si fuera un hecho -. Hay un castillo cerca y quiero que me acompañes.

- Pero yo ya decidí...

El zorro lo hizo callar con otro beso, mientras su mano se deslizaba al interior de la túnica de Shika, sujetaba el artefacto mágico y lo dejaba a un lado sobre el pasto, para que Kurama pudiera recostarse sobre él cómodamente, su mano acariciando en la entrepierna, escuchando los gemidos de placer del youkai de cabello blanco.

- Decides y planeas muchas cosas... itoshii... - susurró mientras besaba su cuello -. Pero siempre te olvidas de considerar algo importante.

- ¿Q... qué...? - jadeó Shika, sintiendo los dedos de Kurama explorando cada vez más dentro de él.

- Mis deseos - respondió Kurama con una sonrisa y un brillo misterioso en sus ojos.

Al cabo de un rato fueron alcanzados por el resto de la banda de ladrones, que ya habían inspeccionado los alrededores del castillo y venían a comunicarles que todo estaba listo para el asalto. Kurama sonrió, tendiéndole una mano a Shika para que se pusiera de pie. Echó a andar a la cabeza de ese grupo, en dirección a la construcción que se alzaba a pocos kilómetros de allí. Shika iba a su lado, aún sintiendo la pasión de Kurama, pero al mismo tiempo deseando más que nunca volver a ver a esos malditos pelirrojos y matarlos a todos.

Ahora era más poderoso que antes, era el segundo en el grupo luego de su amante plateado, le sería extremadamente fácil acabar con los Yagami y, como lo tenía todo perfectamente planeado, no podía esperar a llevar a cabo su anhelo.

Pero lo que quería Kurama era otra cosa, y al menos mientras perteneciera a su grupo, debía obedecerlo porque, después de todo, el youko aun era el lider.

- Bien, ahí está - dijo Kurama, deteniéndose muy erguido frente al castillo. El exterior se veía descuidado y desprotegido. La hierba alrededor crecía en estado totalmente salvaje, las paredes de piedra estaban cubiertas de musgo y humedad. Sin embargo, por las cortinas que se veían en las ventanas, y los adornos de metal que pendían de la enorme puerta, era obvio que dentro de ese lugar encontrarían tesoros en cantidades.

Con un gesto lánguido de su mano, Kurama le indicó a sus seguidores que atacaran. El grupo de youkai se dispersó por el área, entrando por puertas y ventanas, sorprendiéndose de lo fácil que era ganar el acceso a ese castillo. En el interior tampoco encontraron mucha resistencia. Algunos viejos youkai intentaron defender el lugar, pero pronto fueron reducidos. La mayoría se rindió antes de ser muertos y, así, cuando Kurama entró encontró el camino libre para ir paseando por las habitaciones y examinar las riquezas como si el castillo ya fuera suyo.

Shika iba con él por un pasillo cuando se le ocurrió intentar abrir una de las puertas. Cerrada. Y la siguiente, cerrada también.

- Kurama... - iba a llamar, cuando se detuvo en seco. A ambos lados del pasillo había youkai. Eran guerreros, no los viejos sirvientes que habían atacado al entrar -. Maldición... - gruñó, acercándosele a Kurama, que ya había sacado su látigo de espinas. - Una emboscada.

- Sou da na... {Así parece...} - dijo Kurama fríamente. Dejó caer ambos brazos, como si se rindiera. Shika lo miró sorprendido, sin entender. - Tú quédate quieto - le dijo, y soltó el látigo que cayó sobre el suelo de piedra con un sonido apagado. Los youkai que los rodeaban sonrieron con superioridad, mientras empezaban a correr hacia ellos.

- ¡Kurama! - exclamó Shika, viendo las garras, colmillos y armas listas para destruirlos.

- Saa... - murmuró Kurama entrecerrando los ojos y un fuerte sonido resonó en el pasillo. Shika sintió que el suelo temblaba, y cayó contra el zorro, que lo sujetó de la cintura.

Cuando levantó la vista, vio que de entre las hendiduras del suelo habían brotado cientos de ramas que se movían como si tuvieran voluntad propia, atrapando a los desafortunados youkai y haciéndolos pedazos. Pronto, todo el suelo quedó cubierto de sangre oscura, mientras Kurama miraba la escena con ojos fríos.

- Qué... eficiente... - intentó sonreír Shika, aunque estaba más asustado que complacido. Kurama tenía una expresión de completa satisfacción en su rostro mientras las plantas se retiraban y sólo dejaban los restos de la carnicería. Echaron a andar, mientras las puertas perdían la energía que las protegía y se abrían, revelando los antiguos y hermosos tesoros. Shika miraba asombrado, pero nada de esto le interesaba realmente. Pensaba en lo útil que sería poder controlar las plantas de ese modo.

Caminando como quien pasea por su hogar, llegaron a una enorme recámara. Kurama entró primero, sin temer a lo que pudiera haber adentro. Shika lo siguió algo receloso... pero todo lo que encontraron fue a una criatura sentada en un antiguo trono. Para Shika aquel ser no tenía forma, pero de alguna manera estaba vivo. Kurama entrecerró los ojos. Era el viejo amo de ese castillo, demasiado viejo para hacer nada, pero aún ambicioso como para guardar en ese lugar todas las riquezas que ya no podía apreciar. Bastó estirar sus dedos, invocando a la aguda hoja de una planta, para que Kurama cortara a ese youkai por la mitad, simplemente, como si se tratara de algo sin importancia y sin vida. Ni siquiera brotó demasiada sangre. Kurama se apartó un paso y, súbitamente, se volvió hacia Shika y lo besó.

- Este lugar será tuyo, si es que regresas con vida del Ningenkai - susurró, para sorpresa de Shika -. Todo tuyo, las riquezas, los sirvientes, todo.

Shika había asentido.

Unos días después, preparó el portal que lo llevaría al mundo de los humanos. Kurama lo ayudó utilizando un poco de su youki y vio desaparecer a su amante en el oscuro agujero. Unos días, le había pedido Shika. Unos tres días de plazo para que regresara victorioso. Kurama sonrió para sí. ¿Tres días? Era demasiado.

Se llevó una mano a los labios mientras sonreía y, sacando la punta de la lengua, retiró una pequeña semilla que había tenido todo el tiempo dentro de su boca.

- Tres días - rió, sentándose tranquilamente a esperar.

***

- Ne, Kurama...

Abriendo los ojos, y volviendo al presente, el pelirrojo vio al demonio de largo cabello blanco esperando por él al final del pasillo. Sintió un calor invadiéndolo, empezando en su pecho y extendiéndose por todo su cuerpo. Shika lo miraba con una expresión tan inocente, como si jugara, que Kurama no sabía qué pensar... No... sí lo sabía, es sólo que su mente estaba tan confusa que no podía...

- Ne... itoshii... Utsukushii youko... {hermoso youko...}

La voz de Shika lo llamaba, seductora y sensual, mientras el youkai hacía un gesto para que lo acompañara. Sin saber por qué, Kurama se encontró yendo hacia él. No en contra de su voluntad, sino porque eso era lo que quería. Quería tener al youkai en sus brazos, sentir que de nuevo era suyo, quería oír sus gemidos y ruegos. Se detuvo, luchando contra esos pensamientos sin sentido.

- ¿Qué...? - jadeó, cerrando los ojos con fuerza.

Oyó la risa de Shika y le pareció encantadora. Por Inari... ¿Qué estaba sucediendo?


 

Capítulo 41.- Caprichos y cuentas pendientes

Ojos verde esmeralda encontrándose con los ojos amarillos, invitantes. Shika lo miraba pacientemente, dándole tiempo para que todos los recuerdos tomaran forma en su mente. Para que aquella ocasión estuviera fresca en su memoria y Kurama comprendiera el porqué de esa situación.

Observó como el muchacho pelirrojo se apoyaba en el muro, sin apartar su mirada. Eran demasiados años, se dijo Shika, complacido. Cientos de años desde la última vez que lo vio, y muchos de los malos recuerdos se habían perdido. Pero él era paciente, sabía esperar. Quería que Kurama lo supiera todo y comprendiera. Nada tendría sentido si no comprendía...

- Recuerda... - Sus labios formaron la palabra, y Kurama cerró los ojos, sintiendo que en su mente aparecían escenas tan vívidas que parecían haber ocurrido hacía sólo un corto tiempo.

***

No había pasado ni un día completo desde la partida de Shika hacia el Ningenkai cuando una figura apareció tambaleándose en el umbral del portal.

- Ku...

La voz, tan débil y dolida... Mientras Kurama esperaba con los brazos cruzados y una sonrisa.

- ¿Sí, Shika? - preguntó.

- Kurama...

Finalmente la figura salió a la luz. Era Shika pero estaba en peor estado que cuando lo conoció. La sangre lo cubría, y nuevamente el fuego había herido su piel. Con pasos temblorosos intentó ir hacia Kurama. Ambos estaban dentro del castillo, en un salón vacío, donde el portal había sido abierto. Sólo ellos.

Los ojos de Shika expresaban un enorme sufrimiento, y, cuando se encontraron con los dorados de Kurama, mostraron confusión y miedo. Se llevó una mano ensangrentada a los labios. Toda su fuerza lo había abandonado de repente mientras atacaba a los Yagami. No había podido hacer nada contra las llamas salvo retirarse, nuevamente derrotado.

- ¿Por qué...? - preguntó en un jadeo, cayendo de rodillas ante Kurama que no hizo ningún movimiento para sostenerlo -. Esto... es veneno...

El zorro lo observaba con una sonrisa cruel en sus labios.

- Me envenenaste... - jadeó Shika, levantando la mirada hacia él -. Tú... ¡me traicionaste!

Kurama sonreía aún, con superioridad. Asintió lentamente, sin importarle aceptar aquella acusación. Entreabrió sus dedos, dejando ver una semilla oscura y sanguinolenta.

- Planeas todo muy bien, pero NUNCA consideras lo que yo deseo - dijo Kurama, secamente -. NUNCA se te ocurrió pensar que no me daría cuenta que me utilizabas. NUNCA te interesó lo mucho que eso me molestaba.

- Pero... yo no... - intentó decir Shika, luchando por respirar

Excusas, excusas... Kurama no quería oírlas. Se alejó de él.

- Este castillo es tuyo, itoshii - dijo -. Completamente tuyo. Tu tumba para la eternidad.

- ¡Kurama...!

Antes de dejarlo para siempre, el zorro se volvió y en sus ojos mostró un poco de pesar. Sólo un poco.

- Podría haberte dejado en paz para siempre, querido - dijo suavemente -. En verdad no había necesidad de ese veneno... Pero, eres demasiado hermoso como para dejarte vivir. Demasiado bello como para que le pertenezcas a otro que no sea yo...

- No te vayas...

Fueron las últimas palabras que oyó decir a Shika... su voz desesperada que se repitió en su mente cuando, desde la entrada del bosque, se volvió para decirle adiós a Shika y ese castillo...

- Eres tan tonto... - repitió para sí. Dio media vuelta, y se marchó. No se llevó los tesoros. Después de todo, se los había prometido a Shika, y él, al menos en esa ocasión, estaba dispuesto a cumplir su palabra.

Shika no murió. Lo supo tiempo después, cuando ya estaba demasiado lejos de ese lugar como para ir a acabarlo. No murió, y se convirtió en el más cruel amo de todo ese territorio. Algunas leyendas llegaron a oídos de Kurama, entre ellas, la del youko que había traicionado al demonio de cabello blanco, y que ahora era buscado para ser castigado. Sin embargo, con el pasar de los siglos todo aquello acabó. El nombre de Shika desapareció de las conversaciones convencionales, y sólo los que se atrevían a adentrarse en su territorio comprobaron en carne propia la crueldad con que era capaz de matarlos... o amarlos.

Kurama supo que Shika se había rodeado de youkai poderosos, pero que uno a uno lo habían aburrido hasta que llegó a matarlos a todos. Con excepción de un demonio de cabello rubio, una belleza que era difícil de encontrar en el Makai. Se decía que eran amantes, y al mismo tiempo que el youkai rubio era su esclavo, pero Kurama nunca se molestó en comprobarlo. Aunque, claro, en lo más profundo de su ser sentía una leve furia al saber que Shika seguía con vida, y que era tanto o más hermoso que antes.

Y que ya no le pertenecía...

- ¿Seguirás planeando tu venganza contra los Yagami? - murmuró una vez para sí, pero dirigiéndose a su antiguo amante. Rió. - No importa cuánto lo planees... Nunca lo lograrás, porque, a pesar de todo... tú mismo rompes tus planes y te precipitas en el momento menos adecuado. Si algo no sale como tú querías - y aquí Kurama cerró los ojos un momento -, no sabes qué hacer. Eso te llevará a la muerte. De forma definitiva. - Rió para sí nuevamente, con suavidad -. Por eso siempre te dije que eras un tonto, querido mío...

En varias ocasiones, especialmente cuando se sentía aburrido, Kurama pensaba en ir a hacerle una visita a su antiguo amante. Reía al imaginar la cara que pondría. Sin embargo dejó pasar el tiempo, su vida en el Makai se acercaba a su fin, y nunca tuvo la oportunidad de volver a verlo.

***

Volviendo al presente, Kurama miró sus manos, sudorosas; tocó su frente, ardía. Sus labios...

Shika lo esperaba adelante, en el pasillo y también tocaba sus labios con la punta de sus dedos.

Veneno... ¡Veneno en el beso de Shika!

- No, veneno no, querido - escuchó que decía el youkai, muy cerca de él, pero no sabía exactamente dónde -. No soy como tú... Prefiero pasarla muy bien contigo antes de matarte.. Y realmente, lo pasaremos bien - una ligera risa a su lado, una caricia en su rostro, un beso envenenado en sus labios -. Como en los viejos tiempos.

Una mano se cerró delicadamente alrededor de su muñeca. No había rastros de hostilidad, sólo una calidez insoportable. Una suavidad que le producía escalofríos. Luego sintió que suavemente lo empujaban contra la pared, hasta que quedaba apoyado de espaldas. El rostro de Shika apareció frente a sus ojos. Se quedó embelesado, mirando dentro de esos ojos amarillos que lo observaban fijamente, llenos de lujuria. Los labios de Shika estaban entreabiertos, Kurama podía sentir su respiración, rozando su mejilla. No pudo evitar un gemido cuando apartó la cabeza, como si le doliera. El calor... el deseo...

- Pero ¿por qué te resistes? - preguntó Shika, su rostro mostró genuina sorpresa -. Esperé pacientemente todos estos años, incluso pensé que no te volvería a ver jamás. - Se inclinó hacia Kurama, abrazándolo tiernamente -. En verdad... ¿no me deseas? - susurró contra su oído. - Te prometo que esta vez será como tú quieras. Según tus deseos, como siempre te ha gustado... - La voz de Shika era tan suave, tan sumisa... Kurama quería apartarlo de un golpe, y al mismo tiempo seguir oyéndola, sensual, soplándole en la oreja.

El pelirrojo levantó una mano, posándola en el pecho de Shika como si fuera a empujarlo, pero en vez de eso inconscientemente apartó la túnica, sintiendo esa piel que tan bien había empezado a recordar. Sin saber cómo, se encontró besando los labios de Shika otra vez. Tomando el veneno otra vez. Pero fue por su propia voluntad. O lo poco que quedaba de ella.

- ¿Dónde... Hiei...? - se obligó a preguntar Kurama, y cuando el nombre de su youkai de fuego salió de sus labios, se dio cuenta que en ese momento no le interesaba. Un millón de excusas acudieron a su mente: que Hiei era fuerte, que sabía cuidarse por sí solo... Shika lanzó una risita, al ver a Kurama finalmente sucumbiendo al deseo de liberar toda su pasión.

Entre besos y caricias, y sonrisas, Shika llevó a Kurama por el pasillo, adorando el cabello rojo tan suave, y el brillo de sus ojos esmeralda. Prefería la belleza casi divina de Youko Kurama, pero este cuerpo de muchacho ningen no estaba nada mal. Era más delicado y ligero que el de Yagami, más delicado que Kusanagi... Nunca pensó que un ningen podría ser tan perfecto. El leve toque de ingenuidad en sus grandes ojos verdes le gustaba, porque ocultaban a un ser cruel y frío que pocos conocían realmente.

- Kurama... farsante... - le dijo, mientras lo empujaba dentro de una habitación. Su habitación. Aquella donde el antiguo amo del castillo había muerto bajo el agudo filo de la espada de Youko Kurama.

Siguió empujándolo hacia la cama, donde hizo que Kurama cayera sentado. Cuando el pelirrojo se dio cuenta de dónde estaban, opuso una débil resistencia. Shika vio como cerraba los ojos, tratando de apartar las brumas que nublaban sus sentidos y los reemplazaban por lujuria. Hacía un gran esfuerzo, notó, y se sorprendió cuando Kurama le lanzó una mirada y le dijo firmemente:

- Kotaete... kisama... Hiei wa doko?! {Respóndeme, maldito, ¡¿dónde está Hiei?!}

Pero por supuesto que él sabía cómo anular esa poca febril resistencia de su antiguo amante. Le bastó con rozar su mejilla, y ver que aunque Kurama levantaba una mano para apartarlo no lo hacía. Complacido, Shika lo empujó hacia atrás en la cama, subiendo él también y arrodillándose a los lados de sus caderas, quedando sentado sobre ese delicado ningen. Justo sobre su entrepierna. Rió al sentir la excitación de Kurama, pero antes de hacer nada se inclinó hacia él, mientras el largo cabello que mantenía amarrado caía hacia un lado, los mechones haciéndole cosquillas en la mejilla. Sujetó el cabello rojo de Kurama y lo olió. Rosas. Aun siendo ningen ese olor no desaparecía. Y él aún adoraba ese olor.

- Shinpai shinaide {no te preocupes} - susurró -. Hiei está muy bien... Hiei está a salvo... Hiei... ¡Olvídate de Hiei!

Las manos de Shika buscaron los lados de la cintura de Kurama sujetando el cinturón y rompiéndolo fácilmente con sus garras. La túnica quedó suelta, y el youkai la apartó despacio, haciendo que se perdiera entre los pliegues de las sábanas siempre desordenadas.

La habitación estaba a oscuras, pero iluminada con algunas lejanas antorchas. Lo suficiente como para dejar ver el delicado torso, la estrecha cintura, el comienzo de sus piernas esbeltas y suaves. Todas las cortinas cubrían las ventanas, para no dejar pasar ni un rayo de sol. Un pequeño recipiente de incienso, que Kurama le había regalado hacía siglos, ardía en una esquina, y de él brotaba el suave olor a ofrendas de dioses.

Shika besó a Kurama en los labios, acariciando su cuerpo casi totalmente desnudo. Le daba la impresión que sus garras rasgarían esa suave piel, tan delicada, pero al mismo tiempo le excitaba saber el tremendo poder que escondía ese disfraz. No se quejaba, adoraba esta forma de Kurama. Era como él. Delicado, hermoso, y mortal.

Mientras sus lenguas jugaban, un gemido escapó de los labios del youko, porque en ese momento Shika encontró algo entre sus piernas, y lo tomó entre sus dedos sin más consideraciones. Lo excitó con una caricia, presionando su cuerpo contra el de Kurama, que, entrecerrando los ojos, empezó a apartar sus túnicas también.

Con una risita, Shika lo dejó hacerlo, y cuando Kurama estuvo satisfecho al ver con ojos brillantes el cuerpo del demonio que tanto placer le había dado en el pasado, Shika empezó a bajar poco a poco, hasta que sus labios quedaron a la altura de la cadera de Kurama, y luego...

El pelirrojo lanzó un fuerte gemido de placer. Sonó extraño en la inmensa habitación. Sus manos aferraron las sábanas, pero pronto una de ella se dirigió a sus labios y mordió su dedo, para evitar un grito. Sentía la lengua de Shika muy fría, contra esa parte de él que pedía más y más placer. Se estremeció con el roce de los labios del youkai. Ciertamente había adquirido mucha práctica con el pasar de los siglos, reconoció, y se lo hizo saber.

Shika se sorprendió por el halago, pero no pudo hacer más que reír porque Kurama había levantado una pierna y la pasó sobre sus hombros, obligándolo a tomarlo entre sus labios de nuevo.

- Me alegra que te guste... tanto... - jadeó Shika, recuperando el aliento.

- ... Motto... {más...} - sonrió Kurama. Sus ojos estaban cerrados y por la expresión de su rostro Shika podía decir que era imposible que lo disfrutara más. El cabello rojo estaba desordenado, algunos mechones habían quedado atrapados en la humedad de sus labios y Shika subió hacia allí, para apartarlos. Acarició el rostro de Kurama, y luego lo hizo sentarse, abriendo sus piernas, tocando el comienzo del pasaje que, tiempo atrás, Kurama nunca le había permitido explorar.

Sintió lo húmedo que era, lo cálido. Shika deseó entrar allí. Y lo intentó, pero Kurama lo detuvo con una sonrisa.

- No seas tonto... - dijo, entre jadeos -. No tan pronto...

Y él rió. Encantado con el giro que estaba tomando la situación. ¡Nunca imaginó que la poción de lujuria con la que había envenenado a Kurama fuera tan efectiva! Le había costado un buen tiempo perfeccionarla, sí, pero no sabía que lo fuera tanto.

Empezó a acariciar allí, tocando y retirándose, haciendo que el deseo de Kurama se encendiera y aumentara, más. Sentía que el pelirrojo se movía, como si no pudiera soportarlo. Escuchó su gemido apagado cuando hizo un amago de entrar pero no lo hizo.

- Pídelo - se atrevió a decir, a pesar de que no imaginaba a Youko Kurama rogándole a él. Ah, pero qué más daba. Era el cuerpo de un ningen. Bien podría...

- Hazlo, Shika... Ya... Por... favor...

Perplejo, el youkai de cabello blanco miró la expresión anhelante de Kurama. Los ojos verdes estaban brillantes y nublados por el placer... La respiración estaba agitada... y él... no podía resistirse, porque también lo quería. ¡Lo había querido desde hacía tanto tiempo!

No era suficiente conformarse con seres hermosos, se dijo Shika mientras se sentaba y traía a Kurama sobre su regazo. No, no era suficiente. Pocos hacían arder la pasión, y menos aun despertaban el deseo. Pero Kurama... de sólo pensarlo, Kurama con él, Kurama en sus brazos... Ni siquiera Yagami le había producido tales sensaciones. ¡Ni siquiera él, que era con quién más tiempo había pasado! Ahora se daba cuenta. Ese Yagami era mejor que los youkai que Ryaku solía traerle... pero Kurama era... No, siempre había sido, lo único que deseaba.

Empujó sus caderas contra las de Kurama, haciéndolo gritar. No podía evitarlo, así era él. Así le gustaba. Estaba adentro de él, sentía cómo las delicadas manos ningen se aferraban a lo que fuera, su espalda, sus hombros, su cabello, con cada movimiento que él hacía para llegar a ese lugar de Kurama que no sólo lo haría gritar, sino pedir más.

- Shik... ahh...

En su oído, el gemido de su antiguo amante. Dios... lo adoraba...

Lo sentía liviano como un niño, mientras se abrazaba a él. Delicado, mientras empujaba con fuerza, y temía hacerle daño. ¡No quería hacerle daño! Era diferente con los demás. No quería causarle dolor o sufrimiento. Quería...

- A- ah... Por favor... - volvió a pedir Kurama, su rostro oculto en el cuello de Shika, besando y mordiendo y gimiendo. Como si esperara aquello, Shika volvió a recostar a Kurama, sin salir de él, haciéndolo levantar las piernas para que él pudiera acostarse encima suyo. Para poder empujar más hacia su interior, y al mismo tiempo ver su rostro excitado. Kurama se dejó dócilmente. No pensaba, no había Hiei, no había ningen a quienes proteger. Nada existía salvo ese youkai de cabello blanco, nada excepto esos ojos amarillos mirándolo llenos de calor.

- ¿Por qué no regresas conmigo...? - preguntó Shika, pidiéndolo como un niño anhelante -. ¿Por qué no te quedas conmigo... Kurama...?

Toda la respuesta de Kurama fue una sonrisa y el pelirrojo acercó la cabeza de Shika hacia él, sujetando su cabello y rompiendo el lazo que lo ataba. Quedaron rodeados por los largos mechones blancos.

- Hazlo... - rogó Kurama -. Ya...

Y él lo hizo. Se movió en él, jadeó con él. Hasta que finalmente todo lo que sintió ese dolor en la parte baja de su vientre, y el súbito calor que se liberaba. Sintió que Kurama lo humedecía también, lanzando un gemido que se mezcló con el suyo...

Demasiado pronto, pensó Shika mientras se dejaba caer al lado del muchacho, intentando recuperar el aliento. Demasiado. Corto. Repitió, dejando que una sensación de molestia lo embargara. En eso, se irguió un poco, apoyándose en su codo, mirando a Kurama. Los ojos esmeralda lo observaron con una sonrisa en los labios. Kurama alzó una mano para acariciar su rostro.

- Ne... Kurama...

"Ne, Kurama", se repitió Shika. A pesar de todo el tiempo, aun seguía llamándolo así. "Ne, Kurama. Ne, Kurama..."

- Quiero... verte... - murmuró Shika, acariciando la mano en su mejilla -. Quiero volver a verte...

Y, dócilmente, Kurama empezó a cambiar. Sus ojos verdes se volvieron dorados con un simple parpadeo, su cabello se volvió lacio, plateado, brillando a la luz de las antorchas. Shika observaba encantado. Esa era la belleza salvaje que más le gustaba. Pronto se encontró mirando a un youko plateado tendido desnudo en su lecho. Se miraron a los ojos. Los ojos dorados de Kurama habían perdido todo rastro de ingenuidad, y eran fríos y bajo control. Pero Shika sabía que aún faltaban horas para que el efecto de su poción terminara. Kurama, ahora en su forma real, se arrodilló en la cama. Observándolo.

- ¿Complacido? - preguntó. Su voz era más grave, masculina.

- Aún no - murmuró Shika, sentándose frente a él, y apartando el cabello blanco. Acercó al youko hacia sí. Hacia sus labios anhelantes, para besarlo. Sintió los colmillos con su lengua, sintió el ardor en el beso de Kurama. Era correspondido. En la penumbra, Shika se apartó un poco, y sonrió encantadoramente, seductor -. Hazme el amor - pidió -. Quiero que me tomes y me hagas el amor.

Kurama parpadeó. Sus orejas ladeándose sin que él lo notara. Como si hubiese oído mal.

- No sabes lo que pides - respondió al fin, con una sonrisa maliciosa y llena de lujuria. Aun más que la expresión de Shika.

- Claro que lo sé - rió Shika -. Por eso lo pido. Ne... Kuramhhh...

Pero no alcanzó a decir más... porque ya tenía al youko sobre él, ahogando sus palabras con un apasionado beso en sus labios.

***

Una antorcha crepitó y se apagó. El olor a humo envolvió a las dos figuras que estaban en la cama. Dos amantes de cabellos claros y ojos con reflejos dorados.

Kurama tenía sujeto a Shika, mejor dicho, lo había atrapado contra la cama. Tal y como Shika había hecho con él hacía un momento. Idéntico. Piernas alzadas, las túnicas a un lado, totalmente dispuesto para que el zorro explorara su interior a su antojo. Sin embargo, en vez de utilizar sus largos dedos, Kurama sonrió maliciosamente, inclinándose entre las piernas de Shika que, al sentir la helada humedad de su lengua contuvo el aliento. Cuando volvió a respirar, estiró sus brazos, tomando la cabeza de Kurama, acariciando sus sedosas orejas, y obligándolo a acercarse más a él. A humedecer todo aquello. Kurama no opuso resistencia. Era lo que él quería. La forma en que le agradaba excitar a ese youkai. Siempre había sido así. Sus juegos de seducción...

Apartó con un golpe las manos de Shika cuando pensó que ya era suficiente, y lo atrapó por un hombro, inmovilizándolo contra la cama mientras su otra mano empezaba a introducir sus dedos en él. Shika le sonreía, sus ojos expresando lo bien que se sentía.

Kurama sonrió también, dejando que su dedo resbalara por aquella humedad, viendo con satisfacción como cada movimiento, por mínimo que fuera, hacía que el youkai se estremeciera de placer, que intentara liberarse, que quisiera que entrara más en él.

- Me estás... matando... - rió Shika.

- Te gusta... siempre te ha gustado esperar - respondió Kurama con voz baja, pero complaciéndolo y entrando un poco más, hasta que encontró una resistencia. Retiró un poco su dedo, y Shika gimió, cubriéndose el rostro con ambas manos, mordiéndose los labios.

Volvió a entrar, sintiendo como el cuerpo de su antiguo compañero se tensaba con las oleadas, el insoportable placer que lo invadía totalmente. Sus gemidos le gustaban, su voz diciéndole lo bien que se sentía.

Kurama lanzó una risa, empezando a bajar de la cama, pero sin liberar nunca el hombro de Shika, que lo siguió con la mirada, los labios entreabiertos, en una exclamación apagada cuando Kurama retiró completamente sus dedos de él. El zorro lamió su mano con una expresión de absoluta lujuria. Sus ojos estaban encendidos con pasión... Y de pronto, bruscamente, apartó las piernas desnudas de Shika, posicionándose, de pie entre ellas, e inclinándose amenazante sobre el youkai, que lo observaba fijamente.

Sus miradas se encontraron. Kurama entrecerró los ojos.

- Luego de esto... quiero ver a Hiei - gruñó, entre dientes. Shika se sorprendió de que aun en medio de esa ardiente pasión el youko fuera capaz de pensar en el otro demonio. Pero ¿por qué? La poción de lujuria que le había dado a Kurama duraba horas. Era imposible que el efecto ya estuviera pasando...

- ¡... AH... ! - el grito escapó involuntariamente de sus labios. No había querido... No... Pero Kurama acaba de entrar en él con tal violencia, haciéndolo cerrar los ojos y arquear su espalda. Nunca antes había hecho eso con él... Lo estaba obligando a levantar sus caderas, mientras él seguía de pie, haciendo presión contra él, dejando caer su cabeza y empujando con fuerza, rompiendo cualquier resistencia que pudiera encontrar.

Las uñas de Kurama se clavaron en su hombro, haciéndolo sangrar. Oyó su gruñido, sintió la fuerza con que empujaba, la velocidad con que se retiró un poco y volvió a cargar contra él. Shika sentía que no podía más. A pesar de todos los youkai que habían pasado por su cama y sus brazos, esto era... imposible... Era Kurama...

Pasó sus piernas alrededor del zorro, atrapándolo también, atrayéndolo hacia sí, más y más hacia dentro de sí.

La mano en su hombro parecía querer destrozárselo, pero Shika supo que era la reacción más obvia al placer que todo aquello le provocaba a Kurama. Un ligero movimiento bastaba ocasionarles placer a ambos, y ambos lo sabían. Estaban en el límite, entre el éxtasis y la excitación. Kurama se movía rítmicamente contra él, haciéndolo esperar, y esperar... y esperar...

- Kurama... ah... ah...ora... - rogó. Sí, rogó. Kurama sonrió con malicia, empujó con fuerza, gimiendo, dejando que el clímax estallara dentro de Shika, oyendo su grito apagado y sintiendo luego como Shika llegaba también.

Eso era todo, pensó Shika una vez que todo terminó. Tenía a Kurama a su lado, apoyado en él, acariciando su pecho, como antes. El cabello plateado se mezclaba con el blanco, y ambos disfrutaban. La cola del youko se movió ligeramente, buscando una mejor posición.

Satisfecho, Shika suspiró. Esta experiencia lo había llevado finalmente a dar el paso final en todo el plan que desde hacía siglos había preparado. No todo salió como esperaba, pero estaba complacido. Había tenido a Kurama de nuevo en su lecho, Yagami había sufrido y ahora iba a morir. Por fin, todo estaba cumplido, se dijo. Ahora podría acabar con Kurama, porque no había nada más que pudiera desear de él, y sabía que el kitsune se negaría a quedarse con él para siempre. Era el final de Kurama, y con él sería el final de Hiei.

Y sobre Yagami...

Una idea pasó por su mente, haciéndolo sonreír. Acarició el cabello de Kurama, bajando la mirada hacia él. Una última tarea, se dijo. Y con esta, todo estaría definitivamente terminado. Todo. La espera de cientos de años, la venganza. Al fin. Terminado.

***

Horas después, Shika abrió la puerta de su habitación. Kurama estaba con él, cabizbajo y algo confundido por una mezcla de elixires que Shika había hecho y lo obligó a tomar. Uno era el resto de la poción que lo había llevado a la cama con Shika, el otro, uno para nublar sus pensamientos y no le permitieran saber qué hacía, salvo seguir sus instintos. No estaba completamente consciente, y Shika aprovechó eso para tomarlo de la mano y llevarlo fuera de la habitación.

Ryaku esperaba ahí. Sabía lo que había sucedido, pero no estaba en sus manos hacer algo para evitar los deseos de su amo. No importaba cuánto le doliera a él. Shika hacía lo que quería.

- ¿Y? - preguntó Shika al verlo, sujetando a Kurama del brazo para que detuviera su errático andar. Ryaku asintió, entregándole un frasco de cristal vacío, y la funda oscura que pertenecía a un viejo cuchillo. Shika sonrió. - Bien... Ahora, ayúdame con Kurama y daremos por terminado todo - dijo. Ryaku asintió, escoltándolos por los pasillos en penumbra, hasta que llegaron a la puerta cerrada de una habitación.

Shika la abrió fácilmente, haciendo desaparecer el kekkai que la resguardaba. Entró antes que Kurama y Ryaku, y miró directamente hacia la figura que estaba sentada al borde de la cama. Sonrió antes de decir:

- Oi, Yagami. Mira quién te ha venido a visitar...


 

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Fanfic por MiauNeko para
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Abril, 2002