Fanfic por MiauNeko

El Inevitable Crossover: Yuu Yuu Hakusho & The King of Fighters

Taiyou, Tsuki, Honoo to Bara
{Sol, Luna, Fuego y Rosas }
ver. 1.02

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Capítulo 42.- Ai no oshie

- ¿Qué es lo que quieres ahora...? - preguntó secamente Iori, lanzándole una mirada a Shika en la puerta, y luego observando a su sirviente rastrero que sujetaba del brazo a una criatura de cabello plateado, un zorro demonio, cuyos hermosos ojos dorados estaban nublados debido al veneno.

Shika le sonrió, yendo hacia él. El pelirrojo quiso evitar sus manos extendidas, que buscaban acariciar su rostro, pero no lo logró. Quedó con la cabeza hacia un lado, y las largas garras de Shika rozando su mejilla tiernamente. Se quedaron así largo rato, en silencio. Lo único que interrumpía esa tranquilidad era la respiración de Iori. Como si algo en su garganta evitara el paso del aire.

- Déjame... en... ¡PAZ! - la mano del pelirrojo golpeó con fuerza la de Shika. Que la retiró mirándolo fijamente.

- Eso haré - dijo con una voz cargada de malicia, muy diferente a la suave y sensual que había utilizado con Iori hasta ese momento -. Claro que lo haré. Voy a terminar con todo ahora.

- ¿Qué? - Iori levantó la mirada hacia él. Lo hubiera sujetado del cuello, pero no podía. Sabía que su cuerpo no se había recuperado luego de la batalla contra el demonio de fuego negro.

- Lo que oíste - sonrió Shika, dándole la espalda y caminando hacia la puerta -. Me aburrí de esto, me aburrí de ti, ¡de todo! - se volvió hacia él aún con esa sonrisa en los labios -. Kurama me hizo darme cuenta que eres un simple ningen. Era obvio que no podías durar...

¿Kurama? Repitió Iori para sí, observándolos a través de los mechones rojos. Shika empujaba al desconocido de cabello plateado al interior de la habitación. Parecía confundido, pero pronto notó como levantaba la mirada y clavaba en él sus ojos dorados.

El brillo dorado... aquella vez en el hotel, cuando encontró a Kyo durmiendo con el pelirrojo... Había estado ebrio, pero bien recordaba esa helada mirada, y el color dorado... Entonces... ¿Ese alto demonio de cabello plateado y orejas de zorro era Kurama?

- Iori - dijo Shika desde la puerta -. Disfrútalo... - se volvió a medias, indicándole a Ryaku que los dejara a solas -. E intenta ser discreto...

La puerta se cerró acallando el sonido de la risa de Shika. Iori miró a la criatura que estaba con él dentro de la habitación. Se observaron largo rato, en silencio. Iori pensaba en lo que había dicho Shika: estaba aburrido, aburrido de él.

- Kyo... - dijo en voz baja, comprendiendo y temiendo por él. Hizo un esfuerzo y se puso de pie, para dirigirse a la puerta. Si Shika iba hacia Kyo... Si lo que deseaba era poseer a Kyo...  todo habría terminado definitivamente...

Dio un paso tembloroso, sintiendo el dolor en las heridas que el fuego negro le había causado, y la herida en su pecho, aunque cerrada, continuaba haciéndolo sufrir.

La criatura, Kurama, lo sostuvo por los hombros, evitando que cayera al suelo. Pero no lo soltó. Se quedaron ahí, de pie, ambos, frente a frente, y lentamente el zorro se inclinó hacia el pelirrojo, oliendo su piel, rozando sus labios contra su cuello.

Iori comprendió qué pretendía, e intentó apartarlo, pero con un empujón Kurama ya lo había mandado contra la cama, donde se sentó sobre sus piernas, inmovilizándolo.

Los ojos dorados se entrecerraron mientras el youko sonreía.

- Hermoso... - dijo suavemente. Sus garras sujetaron el rostro furioso de Iori, y acarició sus mejillas, apartando el cabello y observando los dos ojos rojos, intensos y llenos de furia. Tan parecidos a los de...

Hiei...

Kurama besó a Iori. Simplemente, saboreando sus labios entreabiertos y su sabor a sangre. Fue algo suave, sólo un tanteo antes de hacer el acto completo. La débil resistencia del joven sólo sirvió para que él profundizara más el beso, deslizando sus manos tras su nuca, acariciando su esbelto cuello.

Se separaron, Kurama empujando a Iori para que se recostara. El pelirrojo lo observaba fijamente, parecía querer resistirse y no poder. Kurama sentía su debilidad y su furia, pero eso no disminuyó los deseos que sentía por poseerlo. Tenía a un ningen como pocos, no le importaba que estuviera débil o no tuviera fuerzas ni para ayudarlo en eso. Sólo quería saber que era suyo por un momento. Sentía una curiosidad extrema por saber qué había visto Shika en él... Y qué había visto Kyo, también...

¿Era su mirada que parecía helar la sangre? ¿O la forma en que el cabello caía sobre su rostro, dejando ver sólo un ojo de un color rojo intenso, que lo hacía verse oscuro y misterioso? O quizás sus labios... su expresión mezquina y cruel...

Deslizó sus manos por los anchos hombros, acariciando su torso descubierto. Kurama sintió que sujetaban sus muñecas. Débilmente, un ruego silencioso para que no lo hiciera. Ah... ¿pero por qué le iban a negar ese placer? Todo lo que quería en ese momento era al pelirrojo. No podía pensar en otra cosa. Lo quería para sí. Lo deseaba.

Contempló el cuerpo semi desnudo de Iori. Sonrió con malicia, estremeciéndose al pensar en besar ese pecho firme... lamer su vientre... hacerlo suyo... totalmente.

- Por Inari-sama... - dijo en un murmullo encantado -, ahora comprendo por qué Kyo lloraba tanto por ti...

Iori parpadeó. ¿Llorar... por él? ¿Kyo?

- La tragedia de un amor no correspondido - susurró Kurama con sarcasmo mientras se inclinaba sobre él para besarlo nuevamente, y luego bajaba con sus labios por su cuello, mordiendo con suavidad, apenas utilizando sus colmillos, mientras sus manos ya jugueteaban con el sexo del pelirrojo. Un gemido apagado brotó de sus labios, y Kurama sonrió -. Que alguien te ame locamente... y tú lo único que puedas ofrecerle sea la muerte...

- ¿Amar? - repitió el pelirrojo, cerrando los ojos. Su cuerpo reaccionaba a las caricias del zorro, y no pudo evitar gemir cuando sintió su lengua explorando en su parte baja, cerca de su entrepierna. Iori apretó los puños. Luego de todas aquellas noches con Shika, no le importaba lo que Kurama hiciera con él. ¿Qué significaba un cuerpo agonizante ahora? Lo que no podía soportar era saber que Kyo... que Kyo realmente...

Un súbito grito escapó de sus labios, cuando Kurama utilizó sus labios para probar y lamer, tentativamente, dispuesto a disfrutar de él.

Iori entreabrió los ojos, apartando el rostro. Se sentía humillado, su cuerpo no le obedecía, no podía reunir la suficiente fuerza para encender al youko en púrpura. Clavó su mirada en una de las antorchas de esa habitación sin ventanas. Por primera vez notó que no era la habitación a la que Shika lo asignó la primera vez. Esta era pequeña y húmeda, más parecía una celda que otra cosa. El polvo cubría los pocos muebles que poseía, algunas telas descartadas estaban arrinconadas contra la pared. La iluminación era tan tenue que apenas podía ver al zorro, ocupado con él, allá abajo.

Sin embargo, de pronto todas estas apreciaciones pasaron a segundo plano. Kurama se había arrodillado sobre él, deslizando sus manos tras su espalda y levantándolo sin ningún esfuerzo, atrayéndolo hacia sí.

- No me gusta que estés tendido allí sin cooperar - siseó el zorro en su oído -. Quiero hacer el amor contigo, quiero poseerte... Quiero que tú... sientas...

La mano de Kurama se deslizó a su entrepierna, donde atrapó lo que quería entre sus dedos, arrancándole otro gemido al pelirrojo.

- ... mi deseo...

Violentamente, Kurama empujó de nuevo a Iori contra el colchón.

Se lanzó sobre él, entreabriendo los labios para besar la boca de Iori. Lamió despacio, disfrutándolo, compartiendo el sabor salado y... de pronto, Kurama sintió que el pelirrojo alzaba las manos y, lentamente, apartaba las largas hebras plateadas que caían por los lados de su rostro. Se apartó unos milímetros, lo suficiente para poder clavar su mirada en los ojos escarlata que lo observaban fijamente. Se sorprendió al ver que Yagami sostenía su mirada, y que un brillo, que podía ser tanto el reflejo de las antorchas como una chispa de deseo, se notaba en ellos.

Le sonrió, complacido con aquella forma de actuar. Llevó sus manos a la frente de Iori, apartando los largos mechones, dejando al descubierto su hermoso rostro. Sentía los dedos de Iori apartando el cabello, rozando su piel, y sus ojos seguían fijos en él. De un color intensamente rojo. Rojo, no escarlata como los de Hiei, sino un color que parecía haber sido tomado de la sangre.

Parecía que tuviera curiosidad por él. Por saber cómo era él. Quién era él. Kurama sabía que Iori nunca lo había visto en su forma de youko, salvo ese brillo dorado amenazante que le dejó vislumbrar una vez en el Ningenkai... Sin embargo, por la forma en que lo tocaba, era como si lo supiera... Kurama trató de aclarar su mente, sin lograrlo. ¿Shika le había dicho quién era o no lo había hecho...? ¿Yagami sabía quién era él? ¿Sabía que era el mismo muchacho que encontró durmiendo con Kyo, aquella vez en el hotel?

El zorro no podía saberlo, pero Iori ya estaba convencido de ello. Miraba fijamente el rostro pálido y alargado, los ojos dorados entrecerrados, tan fríos, pero de una frialdad diferente a la suya. Era un aire de sensualidad y amenaza lo que rodeaba a ese demonio plateado. Era un aura irreal, que lo hacía darse cuenta que no pertenecía a su mundo. Ahora, perdido en esa mezcla de dorado y plateado, Iori comprendía qué vio Kyo en él. No importaba que físicamente fueran tan diferentes, este demonio, y el muchacho pelirrojo, ambos tenían ese aire que embelesaba, ambos poseían una belleza que no era normal...

Apartando el cabello plateado de nuevo, Iori fijó su vista en los labios. Esos labios que habían besado a Kyo, que quizás habían tomado a Kyo. Labios que ahora se acercaban para robarle otro beso...

Kurama gimió. De sorpresa y debido a un ligero dolor que sintió en sus labios mientras besaba a Iori. El pelirrojo lo había mordido, pero suavemente, con... pasión. Aquello estaba tomando un giro extraño, se dijo, pero en su interior no podía agradarle más. Sonrió, su rostro aún muy cerca de el del pelirrojo. Sus manos aferrando su cintura, esbelta, estrecha. No podía evitar sacudir la cola de vez en cuando, golpeando las piernas desnudas del pelirrojo. Sentía su calor, sentía sus manos acariciándolo... Sus labios besándolo... Su cuerpo deseándolo...

Sintió que Iori se movía bruscamente bajo él. Oyó un gemido, debido al esfuerzo. Sus brazos fueron atrapados y rechazados, produciéndole dolor. Se apartó de nuevo, arqueando la espalda porque Iori había atrapado sus muñecas y le doblaba ambos brazos hacia atrás. Sacudió la cabeza, su cabello plateado cayendo sobre sus ojos, mientras gruñía imperceptiblemente, empezando a molestarse.

Pero lo siguiente que ocurrió fue Iori haciéndolo caer sobre el colchón, con un crujido de parte de la vieja cama, y luego inclinándose sobre él, hundiendo sus dedos entre la abundante melena y sujetándolo bruscamente, tirando de su cabello y echándole la cabeza hacia atrás... para besarlo. Yagami lo besaba, con una intensidad que lo tomó desprevenido incluso a él. Sentía cómo Iori ahondaba el beso, de forma nada gentil. Su mano seguía entre su cabello y le dolía allí donde Iori estaba tirando con fuerza. Kurama notó cómo, utilizando su mano libre, el pelirrojo lo sujetaba por detrás de la espalda, haciéndolo levantarse un poco, atrayéndolo contra su cuerpo desnudo.

El youko parpadeó un par de veces y sus ojos se abrieron más cuando sintió que Iori buscaba su cadera, y luego su entrepierna, para rozar su sexo y luego sujetarlo utilizando toda su mano. Kurama no pudo evitar un gemido y una sonrisa. Se abrazó al pelirrojo, rodeándolo con sus brazos y piernas, escondiendo su rostro en el ángulo de su cuello donde, con malicia, siseó:

- ¿Te gusta violento... eh?

No hubo reacción de parte de Iori. Sólo continuó acariciando intensamente al hermoso demonio que tenía bajo él. Este no era Shika, aunque se parecían. No, no lo era. Shika le provocaba repulsión, este youkai no. Este... despertaba en él las ganas de poseerlo... o ser poseído por él.

Iori se detuvo un segundo al notar qué estaba pensando. ¿De dónde salía ese deseo? ¿Por qué lo sentía? Ah... Cerró los ojos con fuerza, oía la respiración agitada de Kurama, sentía sus brazos y piernas abrazándolo y sin dejarlo ir. Pero no le importaba. ¡No le importaba nada! Kyo había dormido con esta criatura... y él sentía que también deseaba hacerlo. La forma en que el youko lo miraba, como si estuviera indefenso aunque en realidad era todo lo contrario, como si esperara provocarlo.

Los ojos dorados que habían mirado a Kyo... Los labios que habían besado a Kyo... Las manos que habían acariciado a Kyo... Tenían que ser suyas...

Empezó a deslizarse sobre el youko, bajando para llegar hasta su entrepierna, pero las piernas que lo sujetaban no se lo permitieron. Oyó la risa suave de Kurama y, de pronto, con un giro, fue él quien estuvo debajo, y el youko otra vez sobre él. Sus ojos dorados brillaban con lascivia. Los labios sonreían y mostraban unos agudos colmillos.

- Te gusta violento... - repitió Kurama. Esta vez no lo preguntaba, lo afirmaba. Iori no respondió, ni se movió. El zorro acarició su pecho, rozándolo con sus garras -. Yo podría enseñarte... - Kurama hizo una pausa, mirando el pecho de Iori, que estaba lleno de pequeños arañazos. Frunció el ceño -. Shika no fue nada gentil contigo, ¿verdad? - dijo, suavemente, sonriendo -. No te debe haber permitido disfrutar nada...

Kurama se acomodó sobre Iori, que gimió cuando el zorro se sentó sobre su entrepierna, justo sobre su sexo, y empezaba a moverse suavemente, de un lado a otro.

- Por eso digo que Shika es un tonto - susurró Kurama, retirándose. Se llevó una mano al cabello, perdiéndola entre los abundantes mechones plateados, sus ojos nunca dejando de mirar a Iori. Cuando retiró su mano, la extendió para que el pelirrojo mirara lo que tenía en su palma: una pequeña semilla de color arena, que se abrió para ellos, con un leve crujido.

El youko sonrió, dejando que la semilla absorbiera su youki, creciendo hasta convertirse en una flor de color púrpura intenso. Iori observó sin comprender, y Kurama levantó dos dedos, llevándolos lentamente hacia la flor, introduciéndolos en el centro, apartando los pétalos con un suave movimiento. Al retirar sus dedos, Iori vio cómo estos estaban húmedos debido al néctar de la planta, brillando, reflejando la débil luz de las antorchas.

Lamió sus dedos, sus ojos llenos de lujuria mientras empezaba a bajar su mano hacia la entrepierna de Iori, observándolo fijamente aún con la sonrisa, para que el pelirrojo supiera qué era lo que pretendía hacer. Sintió cómo Yagami se estremecía, una protesta silenciosa, pero lo sujetó con una mano e introdujo sus dedos en Iori sin más miramientos.

El estrecho pasaje se humedeció con esos dedos cubiertos de néctar, y Iori gimió de placer, cerrando los ojos un momento, mientras Kurama empezaba a forzar y tirar dentro de él. El apagado "ah..." de Iori lo hizo sonreír.

- No puedes decir que no soy mejor que Shika - dijo, con una sonrisa maliciosa, introduciendo aun más sus dedos. Adorando la forma en que Iori se estremecía. Se inclinó hacia él, estirando su brazo libre, y lo posó sobre la cabeza del pelirrojo, entre el cabello -. Te lo demostraré...

Lo hizo volverse, arrodillarse, el pelirrojo quiso resistirse, aunque no podía evitar la excitación que las manos en su cuerpo le producían. Pensaba en Kyo. En esas manos sobre Kyo. Una y otra vez. Era como para enloquecer, pero no podía apartar los pensamientos de su cabeza, mientras le hacía las cosas difíciles al zorro. Kurama frunció el ceño, golpeando con una mano los brazos del pelirrojo, donde este estaba apoyado. Con un gemido, Iori cayó contra las almohadas, mientras el zorro se posicionaba detrás de él, sosteniéndolo por la cintura, para que mantuviera sus caderas en alto mientras él retiraba sus dedos, para volver a humedecerlos con el néctar de la flor que ahora había caído en el colchón. Introdujo su dedo de nuevo, despacio al comienzo, y violentamente luego, al sentir el líquido que ya había humedecido todo.

Sonrió cuando Iori se aferró a la almohada, como si no pudiera soportar el placentero roce en su interior. Se detuvo un momento, para disfrutar de la respiración agitada del pelirrojo, luego continuó, entrando aun más.

- Ya comprobé que Shika no ha hecho grandes avances en estos últimos cientos de años, créeme - siseó Kurama, sonriendo. No podía ver el rostro de Yagami, pero la forma en que sujetaba las sábanas y como intentaba apagar sus gemidos contra la almohada le parecían suficientes y muy excitantes.

Sujetó fuertemente la cintura de Iori, para evitar que se moviera, y se apoyó en él. Sólo lo rozó, levemente, provocándolo. Apartó aun más sus piernas, viendo, complacido, como el pelirrojo escondía el rostro contra la almohada. Sus mejillas estaban enrojecidas, quizás por la excitación, quizás por la vergüenza, no le importaba. Tenerlo en su poder agradaba a Kurama.

De pronto, el rostro de Hiei, su mirada acusadora, volvieron a aparecer en su mente y Kurama se detuvo, parpadeando y frunciendo el ceño. Sabía que lo que hacía estaba mal, sabía que Hiei se lo recriminaría cuando lo supiera. Era obvio que perdería para siempre al demonio de fuego pero... el dolor que le producía su pasión era tan insoportable... y el cuerpo de Iori tan invitante... así, arrodillado frente a él, totalmente indefenso y preparado.

Kurama gimió, tratando de pelear contra la sensación de lujuria y deseo pero...

Al demonio.

Penetró a Iori como lo había hecho con Shika, y sonrió infinitamente complacido al oír su grito de dolor y de placer. Entró y salió un par de veces, empujando a Iori y haciendo que este se encogiera sobre las sábanas. ¿El era el poderoso descendiente de los Yagami? No era nadie en ese momento. Nadie en especial mientras gemía con cada movimiento que él hacía, disfrutando y sufriendo. Deseando más y al mismo tiempo intentando negarse. Se sentía delicioso, sonrió Kurama, esa resistencia inconsciente, la forma en que se mordía los labios en un intento de sofocar los sollozos y los gemidos.

Casi echándose sobre él, alargó su mano para posarla nuevamente en el cabello del pelirrojo, pero esta vez atrapó un mechón de cabello y tiró de él, haciendo que Iori arquease la espalda, para susurrar en su oído.

- ¿El tonto de Shika está aburrido de ti? - dijo con una voz sensual, cargada de pasión -. Inari-sama... eres delicioso...

Un gemido de parte de Iori. Lo que el zorro le estaba haciendo estaba dejando atrás al placer para volverse doloroso. Extremadamente doloroso... Quiso liberar su cabello, pero la mano de Kurama era fuerte, y no le permitiría irse. Estaba forzándolo más de lo que su cuerpo podía permitir... Le estaba doliendo demasiado...

En eso se dio cuenta. Al fin Iori pudo diferenciar el placentero dolor que le producía Kurama y el súbito ardor que invadía su cuerpo. Llegó un momento en que no pudo respirar, quería jadear, pero no podía. La sangre en sus pulmones bloqueaba el paso del aire. Empezó a toser, sangre salpicando las sábanas, pero el zorro no notó nada, y continuó allí. Empujando dentro de él.

Iori hundió el rostro entre las sábanas. Le dolía... La mezcla de sensaciones, el dolor, el placer, y más dolor, estaban nublando sus pensamientos. De pronto fue como si quisiera estar lejos de ese demonio que en ese momento se movía detrás de él con un ritmo imposible de soportar... quería estar lejos de él. Lejos de todo...

¿Por qué pensaba en él en ese momento? ¿Por qué su nombre brotaba de sus labios llenos de sangre? No... pero no era su nombre... era un grito...

Sintió que súbitamente sus sentidos se nublaban, y oyó la voz de Kurama a lo lejos...

- ¿Qué pasa, Yagami...? Pensé que te gustaba violento...

****

- ¿Yagami?

Kyo estaba seguro de haberlo escuchado. No había llamado su nombre, sino que escuchó su voz. Ni siquiera era una palabra. Sólo su voz... Desesperada... apagada...

Miró a su alrededor de forma inconsciente. ¿Lo había imaginado? No... Pero ahí estaba de nuevo. Sí, era Iori. Y sufría.

- ¿Yagami? - llamó en voz alta. Rozando la pared de piedra con sus dedos. Se acercó a la ventana, mirando hacia el jardín ahora destrozado. No, el sonido no provenía de allí. Un segundo gemido lo hizo volverse hacia la pared de nuevo, y se acercó a ella, despacio. ¿Era posible?

Los ojos castaños de Kyo expresaron una profunda angustia cuando claramente oyó un grito a través de la pared. Cargado de dolor... y a la vez...

- No... - dijo para sí. Lo que estaba oyendo era a Iori... gimiendo... Era placer lo que matizaba su voz. Eran jadeos entrecortados, era...

Sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. ¿Qué estaban haciendo con Yagami? Las escenas del youkai rubio sobre él volvieron a su mente, crueles y despiadadas. Sacudió la cabeza, su cabello cayendo sobre sus ojos húmedos. No podían estar haciéndole lo mismo a Iori. ¡No podía ser que le estuviera sucediendo eso a él!

Golpeó el muro con todas sus fuerzas, una y otra vez, hasta que sus puños sangraron, mientras las lágrimas de rabia e impotencia caían por sus mejillas y gritaba el nombre del pelirrojo, desgarrando su garganta, dejando que las lágrimas y el dolor se mezclaran.

Invocó a sus llamas, en un intento desesperado. Imposible. Pero con cada gemido que oía, su desesperación iba creciendo. No podía soportar saber que Iori estaba sufriendo. No más. Lo recordaba tan debilitando durante el torneo, su mirada cuando lo ayudó aquella vez en los vestidores.

- ¡Yagami! - llamó nuevamente, mientras continuaba golpeando el muro. La sangre de sus manos manchaba las piedras oscuras, pero eso no le importaba. Tenía que ayudar a Iori... ¡Tenía que hacer algo por él! Pensó en el momento en que Iori había entrado repentinamente en la habitación, la forma en que lo había abrazado, y luego el saber que si estaba con Shika era para protegerlo -. No tienes que hacer esto por mí, idiota - sollozó, a medida que sus golpes intensificaban su fuerza y chispas escarlata comenzaban a brotar -. Maldita sea, ¡¡IORI!!

***

Kurama lo había oído antes que el pelirrojo, pero no le prestó atención. Los golpes, repetitivos, provenientes de la habitación contigua. La voz llamando al pelirrojo desesperadamente. La ignoró, volviendo sus movimientos más bruscos aun para que Iori apagara esa voz con sus propios gemidos. Sin embargo, Iori también lo oyó. Lo supo por la manera en que volvió la cabeza hacia un lado, levantándola de la almohada, sus ojos cambiaron de expresión. Habían estado nublados por el deseo, el dolor y la humillación; ahora algo más brillaba en ellos, pero Kurama no podía decir exactamente qué. Vio que las lágrimas se acumulaban en sus pestañas. No era por lo que le estaba haciendo, ni por la vergüenza que eso debía producirle.

El frío pelirrojo estaba llorando. Las lágrimas caían por un lado de sus ojos, humedeciendo las sábanas. Sin embargo, era como si simplemente cayeran, como si él no sintiera nada, porque su rostro continuaba inexpresivo, salvo por una ligera mueca de dolor. Pero las lágrimas no iban con ese rostro... Es más... parecía como si Yagami ni siquiera hubiese notado que estaban cayendo.

Sin embargo, sí lo sabía. Sabía que lloraba y no lo comprendía. Continuaba sintiendo el placer que le producía Kurama, y el dolor en su interior, y la sangre en su garganta, pero esas lágrimas... Habían aparecido cuando oyó el grito de Kyo llamándolo.

¿Por qué? Oh... No estaba seguro... Durante un segundo había visto a Kyo, pero no como estaba ahora, sino como antes de que los llevaran a ese mundo maldito. Lleno de energía, arrogante y sonriente. No era el Kyo que ahora gritaba por él. Era uno que él había destruido con su obsesión, con su maldito egoísmo. Era el Kyo que deseaba... y el que había destruido para siempre...

Sentía su cuerpo débil entre sus brazos, veía de nuevo su mirada apagada, su rostro cansado... ¿Cómo podían ser la misma persona?

Y ahora lo estaba angustiando. Kyo se estaba preocupando por él que, de cierto modo, deseaba al zorro que en ese momento le hacía el amor. Las lágrimas eran una mezcla de todo, la humillación de Shika, el dolor, el sufrimiento, la angustia... No quería llorar, pero no podía evitarlo no contenerse más. Había llegado al límite de su resistencia.

Volvió a oír su voz, llamando su nombre, y su respuesta fue un gemido, porque Kurama se había inclinado sobre él, una mano apoyada en su cintura y la otra bajo él, sujetando su sexo.

- Yamero {Detente...} - exigió, su voz ahogada contra la almohada.

Kurama no se detuvo, continuó escuchando sus gemidos y deleitándose en ellos. Por la intensidad de sus jadeos entrecortados, y la forma en que cerró los ojos, supo que ambos estaban próximos a llegar al clímax. .

El pelirrojo se estremeció, y ese leve temblor sirvió para que Kurama alcanzara el punto máximo. Abrazó a Iori, mientras sentía que él también llegaba... La calidez era placentera, los gemidos apagados ahora, sus manos aferrándose a lo que fuera, la almohada... las sábanas... sus dedos tocando el muro de piedra...

- Na... terminó - dijo suavemente, al ver que Iori no se apartaba de él en ese abrazo. Al mirar hacia abajo, vio que estaba con la cabeza apoyada en la almohada. Sus mejillas húmedas de lágrimas, y su mirada totalmente perdida. Kurama parpadeó algo confuso, como si despertara de un sueño lentamente.

Las sábanas totalmente desordenadas, el cuerpo casi desnudo de Iori Yagami entre sus brazos. Las túnicas apartadas hacia un lado... El pelirrojo semi-inconsciente yaciendo sobre el colchón.

Notó su propia respiración agitada...

Un mareo lo invadió, pero duró sólo un segundo. Y de pronto, todo lo que había hecho volvió claramente a él. Se llevó una mano a la cabeza.

Miró a Iori.. Confusas escenas de su noche con Kyo, su noche con Hiei, Shika... todas regresaron a su mente. Todas. Todos los detalles. Las promesas rotas. Su repetida traición hacia el demonio de fuego...

Sujetó su túnica abierta y la cerró. Cubriendo luego a Iori y volviendo a vestirlo, suavemente, en silencio.

Se inclinó hacia él, para secar las lágrimas.

- Maldito... bastardo... - oyó que decía el pelirrojo débilmente, no sabía si se lo decía a él, a Shika o simplemente a la nada.

Los golpes en la pared continuaban. La voz de Kyo llegando a ellos.

- Shika... maldito seas... - dijo Kurama en voz alta, comprendiendo. Cerró los ojos apretando fuertemente los puños. ¿Cómo había podido ser tan cruel? Lo había dejado en esa habitación, bajo la influencia de la poción, para que poseyera a Iori. ¡Ese había sido su plan desde el comienzo! Kyo lo había oído, Iori había oído a Kyo... Separados por un muro de piedra... El joven Kusanagi debía haberse abandonado a la desesperación al oír los gemidos de Iori... y el pelirrojo, al saber que Kyo estaba tan cerca, había intentado contenerse, en vano... hasta que finalmente su voluntad se quebró y las lágrimas habían corrido.

No eran tan fuertes como para soportarlo, Kurama se cubrió el rostro, lleno de rabia, negando con la cabeza. No importaba lo orgulloso que se mostrara Kyo, ni lo frío y cruel que aparentara ser Iori, ¡eran sólo dos jóvenes ningen! Shika no había jugado solamente con sus cuerpos, sino con sus mentes. Toda esa angustia, el miedo. Todo había sido planeado. Y él formó parte de importante en ese plan...

Dejó que el odio hacia Shika se acumulara en su interior. No tenía perdón. Lo había utilizado otra vez, había utilizado a Hiei también, nuevamente, ¡todo para vengarse de los Yagami! No... No fallaría esta vez. Acabaría con ese calculador youkai para siempre.

Se levantó de la cama, mirando a Iori. No pudo evitar rozar su mano, con suavidad, mientras lo cubría con una de las sábanas.

- Lo siento... - susurró, y sus palabras eran sinceras.

****

Shika había estado calculando el tiempo. Para ese momento, los rastros de la poción ya debían haber sido absorbidos por el organismo de Kurama. Con una sonrisa, observó a Hiei y Kyo, que estaban con él en el pasillo. Hiei parecía frío y distante, como siempre. Era obvio que sabía que Kurama había entrado al castillo, lo que no sabía era lo que Kurama había hecho después que entró. Ah, pero eso no tenía importancia, porque ahora lo comprendería sin necesidad de dar explicaciones y, cuando lo hiciera, Shika quería ver cómo Hiei se daría cuenta que sus palabras eran verdad. Que Kurama seguía siendo el traicionero e infiel youko que se acostaba con cualquier criatura hermosa que cruzara su camino. Sí... ya quería ver cómo reaccionaría...

Y en lo que a Kusanagi se refería... aquello era aun más satisfactorio. El ningen vería a Iori, no sólo formando parte del bando de Shika, sino también dejándose amar por cualquiera. Sin honor, y, además, rechazándolo a él... Claro, Yagami tenía que rechazar a Kyo. Era el acuerdo al que habían llegado. Iori no arriesgaría a Kyo por nada. Pero claro, Kyo no sabía eso.

Deleitándose con su confusa red de mentiras, Shika rió para sí, dando un paso hacia la puerta de la habitación donde Iori y Kurama habían sido encerrados. ¿A qué pueden llevar los celos de las criaturas?, se preguntó Shika, mientras con un gesto confiado hacía aparecer una katana que Hiei reconoció como suya. Para sorpresa del jaganshi, Shika se la entregó.

- La vas a necesitar - rió. Hiei sólo apartó la mirada, sin comprender.

Así, el youkai de cabello blanco abrió la puerta, indicándole a Hiei y Kyo que entraran. Desde afuera, la habitación se veía en penumbra, pero pudo distinguir a las dos siluetas aún sobre la cama. Su sonrisa se amplió aun más mientras cerraba la puerta y se volvía hacia Ryaku, que había esperado en silencio todo ese tiempo.

- Se matarán entre ellos, ya lo verás - rió. Ryaku sólo lo observó sin decir nada. Tenía un mal presentimiento. Todo estaba saliendo demasiado perfecto...

****

Kurama no sintió la puerta al abrirse, y el sonido que hizo cuando se cerró lo atrapó con la mano a medio camino en el aire, mientras acariciaba el cabello rojo y húmedo de Iori. Sintió las presencias tan familiares apenas traspasaron el kekkai de Shika. Volviéndose, se encontró con dos ojos escarlata que lo observaban muy abiertos. Vio como la mano vendada de Hiei temblaba mientras sujetaba la empuñadura de su espada con fuerza. Kyo estaba a su lado, pero no había expresión alguna en su rostro. Sólo observaba la escena. La cama desordenada, Iori con los ojos cerrados y agotado... y Kurama con el cabello húmedo, y su respiración aún agitada.

Se observaron en completo silencio. No había explicaciones o excusas que dar. Había sucedido. No podía negar eso.

En el incómodo ambiente, Kurama se puso de pie, apartando la mirada hacia un lado, sin poder soportar la acusación en los ojos de Hiei. Caminó hacia la pared más alejada, su cabello plateado ondeando suavemente tras él. Tenía miedo de hablar, miedo de que Hiei pusiera en palabras lo que sus ojos le decían. Le había costado tanto darle a entender que lo amaba sólo a él... y ahora, que finalmente podían estar juntos, Hiei lo encontraba al lado de alguien que no era él. Con los rastros de su escena de amor aun frescos en todo su cuerpo.

Podía tener más de mil años de edad... pero ninguna de sus experiencias a lo largo de su vida lo habían preparado para ese momento, en que estaba perdiendo lo más preciado que había tenido nunca.

- Hiei... - susurró, volviéndose hacia él, y sorprendiéndose al encontrar al youkai justo a su lado, en silencio.

Miró dentro de sus ojos, sus acusadores ojos rojos. Esperó las palabras de furia, las palabras hirientes.

- Kurama - dijo Hiei, sin apartar su mirada -. Kurama...

Lo abrazó. Su youkai de fuego, se lanzó hacia él y lo abrazó con toda la fuerza que fue capaz. Tenerlo allí, tan cerca de él, al fin... El zorro correspondió el abrazo, inclinándose para esconder su rostro en el cabello de Hiei. No se dijeron nada, ni acusaciones ni excusas, sólo se mantuvieron abrazados en la sombras. Aparte del mundo, sin notar nada más que sus respectivos cuerpos, y la calidez que ambos emanaban. Las manos de Hiei se habían cerrado alrededor de los mechones plateados de su cabello, con tanta fuerza que casi le producía dolor, pero no le importaba. Kurama acarició a Hiei, fuertemente, rozando sus ropas, como si no pudiera creer que, al fin, lo tenía entre sus brazos, y que el youkai correspondía a su cariño. Lo besó en los labios, una y otra vez, insistentemente, como si no fuera suficiente. Hiei estaba bien, Hiei al fin estaba con él...

****

Kyo no se había movido de su lugar. No veía a Kurama ni a Hiei. En realidad, no veía nada. Nada salvo la cama, y una silueta borrosa, sentada en el borde. No podía verlo bien, quizás debido a las lágrimas que nublaban sus ojos, o a lo confuso que se sentía, como si aquello fuera algo imposible.

Tenía miedo de ir y encontrarse con algo que no podría soportar. Sabía que Iori no estaba bien, pero no se atrevía. No después de haber oído su voz tan llena de desesperación. Pero mientras seguía de pie allí, algo cálido lo envolvió. Lentamente. Así como sus llamas finalmente habían vuelto a él, el sentimiento regresó. Parpadeó, aclarando su mirada, y pudo reconocer las familiares facciones del pelirrojo.

Lo observaba, como siempre. El único ojo visible entrecerrado y frío. Su rostro serio. Nada había cambiado. Era como si verlo lo llevara de vuelta al mundo que ellos conocían. Nada de youkai, nada de amenazas ni venganzas sin sentido.

- Yagami... - dijo suavemente, avanzando hacia él. Se acercó despacio, quedando frente a Iori, que levantó la mirada haciendo que sus ojos se encontraran. Con una mano titubeante, Kyo rozó su mejilla, acarició su cabello -. ¿Estás bien...? - preguntó, aunque temía escuchar la respuesta.

Hacía sólo unos días las únicas palabras que intercambiaban eras burlas y amenazas. No eran nada, salvo enemigos. Y luego, todo lo que quería era estar con él, todo lo que podía pensar era en él... y tenía miedo de que Iori lo rechazara, que le dijera alguna palabra cruel, o que confirmara que ahora había elegido su destino junto a Shika.

Todavía sentía la calidez de su abrazo, cuando le dijo que por favor simplemente confiara. Que no importaba lo que dijera o hiciera, que confiara en él. Yagami no parecía ser él. Era alguien totalmente diferente, no podía decir qué había cambiado. Es más, no podía creerlo. ¿Qué había pasado con él para que llegara a ese estado?

- ¿Yagami...? - volvió a llamar.

Sin embargo Iori no dijo nada. Se limitó a sujetar su mano, mirando las heridas que las cubrían. Las marcas de golpes y quemaduras. Cerró los ojos un segundo. Los violentos golpes en la pared aún retumbaban en su mente, tan fuertes aunque Kyo hubiese estado sumamente débil. La llevó a sus labios, besándola con ternura, manchando sus labios con la sangre de Kyo, y dejando rastros de su propia sangre sobre las heridas. Kyo pareció querer decir algo, pero antes de que pudiera hacerlo Iori tiró de él, para que se acercara más, y despacio se inclinó hacia adelante, apoyando la cabeza a la altura de la cintura de Kyo. Levantó sus brazos para rodearlo, descansando en él. Kyo posó sus manos en los hombros de Iori, acariciándolo con suavidad, como nunca había hecho antes.

Iori volvió a tirar de él, haciendo que se arrodillara en el suelo, para que quedara casi a su altura.

- Kyo - dijo en voz baja, mientras se perdía en su mirada cálida y dolida, acariciando su mejilla pálida, y apartando los mechones castaños. Acercó su rostro al de Kyo, que parpadeó, perplejo. Sus labios se encontraron, esta vez suavemente. Una mano de Iori se posó detrás de su nuca, atrayéndolo más hacia sí, mientras la otra iba a su barbilla, tocándola con la punta de los dedos, delicadamente haciendo que Kyo alzara la cabeza.

Kyo sujetó el brazo de Iori. Era tan irreal... tan imposible... Incluso en ese mundo que sólo les había traído sufrimiento, se sentía completamente feliz. Tenía a Iori con él. Iori lo acariciaba, lo besaba...

Volverían al Ningenkai, se dijo mientras al fin se atrevía a abrazarlo. Llevaría a Yagami a casa y pasaría un tiempo con él, hasta que se recuperara. Eso era lo que quería. Sólo estar con él, decirle todo lo que sentía, asegurarle que nunca jamás volvería a permitir que algo como aquello le sucediera por su culpa.

Todos volverían.

Juntos.

****

Shika empezó a retirarse por el pasillo, seguido de un poco convencido Ryaku.

- ¿Cómo sabe que reaccionarán como lo espera? - preguntó.

- No lo sé, por eso deje el kekkai allí - fue la débil respuesta de Shika -. Estoy cansado, creo que iré a dormir un rato - continuó, pero luego pareció recordar algo -. Por cierto, y los otros dos ningen, ¿los que peleaban en el salón?

Se refería a Yuusuke y Kuwabara, por supuesto.

- Se perdieron entre las kekkai - dijo Ryaku, mirando por sobre su espalda hacia la habitación que acababan de dejar -. No encontraron el camino y salieron hacia el bosque de nuevo.

- Perfecto. No estorbarán - sonrió Shika. Ya casi habían llegado a su habitación. Empujó las pesadas puertas y suspiró, yendo hacia la cama y dejándose caer en ella. Pronto se quedó dormido. Con Ryaku haciendo guardia a su lado.

Su sueño era profundo y tranquilo, descansando con la inocente seguridad de que todo había salido de acuerdo a sus planes...


Capítulo 43.- Breve Espera

Iori tosió un poco. Se inclinó hacia adelante, intentando ocultar el hilo de sangre que brotaba de sus labios para que Kyo no lo viera, pero fue inútil. El joven lo observaba fijamente, el dolor presente en sus ojos castaños.

- Yagami... - susurró, inclinándose hacia él pero dudando en tocarlo. Sus manos temblaron en el aire antes de, finalmente, posarse en las del pelirrojo y apartarlas suavemente. Iori se veía muy pálido, sus ojos rojos estaban brillantes, pero su mirada parecía apagada. La sangre manchaba apenas la comisura de sus delgados labios y Kyo rozó con el dorso de su mano, para limpiarla.

¿Siempre había sido así?, se preguntó Kyo. Él recordaba el año en que vio a Iori sufrir el Riot por primera vez. Vio la sangre, y el dolor, pero nunca le prestó demasiada atención. ¿Qué podía hacer él? Además, ¿realmente le importaba lo que le sucediera al pelirrojo en ese entonces? No. Iori podía morir y Kyo continuaría tranquilamente con su vida. Pero ya no más. Ahora, ver la sangre de Iori brotar espontáneamente lo angustiaba. No sabía cuánto tiempo más resistiría su cuerpo, pero ni siquiera quería imaginar lo que vendría después. Sin embargo la palabra se repitió en su mente, como si alguien se la hubiera dicho, como si Iori se lo estuviera diciendo con su mirada: muerte.

Después de eso, la muerte. Era su tiempo que al fin se había acabado, luego de casi veinte años de vivir con la incertidumbre de cuándo terminaría todo. La sangre era un mensaje. Era el sello del pacto que su familia había hecho con Orochi hacía tantos siglos. Kyo temía pensar en eso. El pelirrojo estaba a su lado, luego de tanto sufrimiento, y era injusto que la muerte se lo llevara. ¿Podría vivir más luego de todo lo que había sucedido? Quizás todo el dolor que el demonio de fuego blanco le produjo sólo había servido para acelerar el deterioro de su organismo. Quizás...

No pudo seguir pensando. Iori apartó sus manos, y apartó su mirada también. Kyo sintió un dolor en el pecho al ver ese rechazo, pero enseguida comprendió por qué. Kurama y Hiei se habían acercado.

Kyo miró a Kurama, no pudo evitar quedarse admirando la plateada belleza de su cabello, su rostro alargado y sus ojos dorados, fríos y serios. Era tan diferente al muchacho ningen que había conocido... era difícil aceptar que eran la misma persona. Su porte, su expresión, su voz, todo cambiaba. Sin embargo cuando habló, Kurama sonó igual que en el Ningenkai:

- ¿Cómo te encuentras, Kyo?

La respuesta fue un movimiento de cabeza, mientras los ojos castaños de Kyo seguían fijos en los dorados del hermoso youko. Kurama le sonrió levemente, y luego miró a Yagami. El pelirrojo tenía el rostro vuelto hacia un lado y no miraba ni a Kyo, ni a Kurama, ni a Hiei. ¿Cómo podría hacerlo? Kurama lo había poseído sin que él pudiera hacer nada, no importaba si estuvo bajo el influjo de una poción, el rencor en el corazón de Iori duraría eternamente.

Mirando su rostro, Kyo se dio cuenta que Kurama estaba tranquilo, casi feliz. Casi. De no ser por una sombra de furia que oscurecía su mirada. Tenía razones para ser feliz, ¿verdad?, se dijo Kyo. De ahora en adelante estaría junto a su youkai de fuego. Estarían por siempre juntos. Sólo debían salir de allí y ya. En cambio para él, y para Iori, ¿qué había? El tiempo que pasó en ese mundo había cambiado todo. Su vida, su pasado y su futuro. Todo temblaba debido al capricho de Shika.

- ¿Crees que puedes pelear? - preguntó Hiei, interviniendo en la silenciosa conversación. Kyo asintió de nuevo, pero Iori no le hizo el menor caso. Hiei frunció el ceño. Él también podía considerarse enemigo del pelirrojo. Iori había vencido a su dragón negro y el pequeño youkai no estaría satisfecho hasta demostrar su superioridad ante el ningen -. Oi - dijo en voz baja y contenida, dirigiéndose a Iori, que se volvió lentamente -. Omae. {Tú.} Te estoy hablando.

- Te estoy escuchando - gruñó Iori como respuesta, sonriendo de forma mordaz -. Pero no me da la gana responderte.

Hiei apretó los puños e hizo un sonido como "ch'" pero no dijo nada. Kurama habló antes que él.

- Yagami, ¿crees poder resistir salir de este lugar? - La voz de Kurama era más grave en su estado de youko, pero la amabilidad con que lo preguntó daba a entender, o quería dar a entender, que realmente estaba arrepentido de lo que le hizo a Iori.

El pelirrojo cerró los ojos y rió secamente. Kyo se estremeció, porque ese tono de voz y esa sonrisa llena de maldad le recordaban al Iori de tiempo atrás. El que sólo pensaba en matar.

- Dije que no voy a morir aquí - dijo Yagami quedamente, y Kurama asintió con firmeza, su cabello plateado ondulándose cuando lo hacía.

- ¿Acaso tienes algún plan? - preguntó Kyo, viendo a Hiei apartar la mirada para observar la puerta y luego ir hacia ella a sentir el kekkai que la protegía.

Kurama le sonrió con complicidad, se llevó una mano al cabello y sacó una pequeña semilla oscura. Kyo se quedó observándola.

- Nan da sore...? {¿Qué es eso?} - murmuró.

- Nuestra llave de salida - respondió Kurama aún sonriendo.

****

Mientras tanto, en las afueras del castillo, Yuusuke y Kuwabara se miraban perplejos. ¿Cómo era posible? Estaban en el exterior de nuevo, pero no tenían idea de cómo llegaron allí. Recordaban haber estado peleando en el salón, rodeados de una cantidad increíble de youkai de bajo nivel. Kurama había aparecido en algún momento, lo vieron y oyeron su voz, pero al instante aquel demonio de cabello blanco apareció, sujetó a Kurama para besarlo y luego huyó. Era de esperarse que Kurama fuera tras él.

Yuusuke había estado peleando desordenadamente, lanzando golpes que destrozaban cuerpos, y Kuwabara cortaba con su espada en forma más bien errática. No era una pelea, era una matanza. Los youkai no tenían el nivel suficiente para ser un reto. No eran nada. Nada salvo una distracción que evitaba que ellos fueran con Kurama a acabar con el maldito Shika.

Llegó un momento en que ambos muchachos se dieron cuenta que habían sido obligados a retroceder a lo profundo del salón sin darse cuenta. Los youkai los rodeaban, pero eran menos. Lo que había ahora era... una fuerte energía rodeándolos. ¿Una... barrera?

- ¡Maldición! - exclamó Yuusuke, lanzando un golpe frente a él y estrellando su puño contra un kekkai invisible. Los youkai lanzaron risitas y poco a poco fueron desapareciendo. Una trampa. Habían caído en una estúpida y obvia trampa.

- Urameshi - Kuwabara señaló un oscuro pasadizo, por donde la energía no era muy fuerte. Ambos sabían que se trataba de un camino que alguien había dispuesto para que siguieran. Otra trampa. Pero en ese momento no había nada más que hacer, y era mejor moverse que quedarse en ese lugar.

Kuwabara hizo un intento de cortar la barrera con su espada antes de seguir ese camino tenebroso, fue inútil. Intercambiaron una mirada y echaron a correr.

No fue mucho tiempo, sus pasos resonaban en las piedras desnudas del suelo, el eco se repetía contra las paredes del pasadizo y no oían nada salvo ese sonido y sus respiraciones agitadas. El silencio era tétrico y demasiado profundo, como si se fueran adentrando en una dimensión que no conocían y que se tragaba sus voces, sus jadeos, su energía.

- ¿A dónde nos llevarán esas puertas? - preguntó Kuwabara a media carrera. Muchas puertas daban a ese pasillo, y hasta el momento no habían pensando en abrir ninguna.

- Veamos - sugirió Yuusuke deteniéndose y acercándose a la que tenía más cerca. Apoyó su mano en el pomo, haciéndolo girar y sorprendiéndose de que se abriera tan fácilmente. Hubo un chirrido debido al óxido, pero la puerta cedió y casi terminó por abrirse sola.

- ¡Ah!

Una nube de polvo los envolvió. Gris y espeso, haciéndolos toser y retroceder, pero pronto se desvaneció y los muchachos parpadearon confusos.

- Na... nan da sore...? {Qué... ¿qué es eso...?} - murmuró Yuusuke sacudiendo el polvo de sus ropas manchadas con sangre de youkai.

- ¡Ah, Urameshi!

El estridente grito de su compañero lo hizo saltar, asustándolo más que si se hubiera tratado de un demonio.

- ¿Pero qué te pasa? - exclamó, frunciendo el ceño y dándose vuelta para sujetar a Kuwabara del cuello. Sin embargo el rostro del muchacho no estaba vuelto hacia él, sino al interior de la habitación. Por su expresión, Yuusuke lo soltó al instante y se volvió para mirar también...

Retrocedió un paso, asqueado. Lo que había en la habitación era un grupo de cuerpos, apilados unos sobre otros. Muertos desde hacía mucho tiempo, quizás. Y abandonados allí para que se pudrieran. ¿Cómo era posible que, lo que parecía ser un hermoso castillo por un ala, pudiera tener semejantes habitaciones por el otro?

No debía importarles mucho el que estuvieran muertos y abandonados, después de todo en ese mundo de demonios podía suceder de todo, pero lo que no se explicaban era qué razón tendría Shika para haberlos dejado allí. Obviamente habían sido lanzados estando muertos. Bien podrían haber sido quemados o abandonados en un río para que la corriente se deshiciera de ellos... pero, ¿por qué allí?

Observando mejor, Yuusuke frunció el ceño. En medio de aquel montón de cuerpos... ¿Acaso no veía restos de un ningen? No iba a entrar en ese lugar a verificarlo, pero era obvio que algunos de esos cuerpos eran humanos...

- Vámonos, sigamos - le dijo a Kuwabara sintiendo un inmenso odio hacia el dueño del castillo. No comprendía su crueldad, ni qué satisfacción le ofrecía el tener cadáveres en su castillo. Estaba loco... Yagami, Kusanagi y Hiei estaban en manos de un desquiciado. Debían sacarlos de allí...

Se volvió al no recibir respuesta.

- ¡¿Kuwabara?! - llamó Yuusuke, dando un paso hacia el pasadizo. No había nadie allí. El otro muchacho había desaparecido -. Demonios... - murmuró, mirando hacia todos lados. Se sorprendió al ver que no estaba en el pasillo, sino en otro lugar. Las puertas habían desaparecido, así como la habitación llena de cuerpos... Es más... estaba en un lugar que no conocía. No parecía ser un castillo, sino un... vacío. Un lugar blanco donde no había nada. Donde... ¡caía!

Gritó por la sorpresa, pero en seguida calló, porque se dio cuenta que su voz no tenía sonido. ¿Ese era el poder de Shika? ¿Cómo era posible que una criatura tan, aparentemente y de cierto modo, inofensiva pudiera lograr manejar una dimensión así?

Un golpe lo hizo reaccionar. El sol en su mejilla... el viento... el olor de la hierba, y la voz de Kuwabara a su lado...

¡¿En el exterior?!

- ¡Urameshi-kun! ¡Kuwabara-kun!

Se volvieron y vieron a Shingo llamándolos desde el bosque. Yuusuke y Kuwabara intercambiaron una mirada de sorpresa. Sí, estaban en las afueras del castillo, y no tenían la menor idea de lo que había sucedido. ¿Debían entrar de nuevo para ayudar a sus compañeros?

Sin hacer caso a la voz de Shingo, Yuusuke se acercó unos pasos hacia el castillo, sólo para darse cuenta que la barrera era más poderosa que antes y que les sería imposible cortarla y entrar.

Se volvió hacia el bosque nuevamente. El muchacho esperaba donde ellos le habían indicado, y parecía sorprendido al verlos afuera, sin su Kusanagi-san, ni los otros dos a quienes supuestamente habían ido a rescatar.

Yuusuke maldijo en voz baja, apretando los puños.

Inútil. Se sentía como un perfecto inútil.

Shingo hacía señas para que se acercaran, y Yuusuke echó a andar hacia él luego de darle una última mirada al castillo y comprender que esta vez no podría pasar la barrera. Kuwabara lo siguió, tan confundido como él, en silencio.

- ¿Qué sucedió? - preguntó Shingo, saliendo del bosque y yendo hacia Yuusuke -. ¿Dónde están los demás?

Yuusuke negó con la cabeza, llevándose una mano al cabello para rascarse con expresión confundida.

- De pronto aparecimos aquí... - dijo, para desesperación de Shingo, que dio unos pasos hacia el castillo, como si él pudiera hacer algo.

- Pero Kusanagi-san...

Yuusuke miró el castillo también, apretando los puños lleno de rabia. Había fallado en ayudar a sus compañeros. ¿Qué clase de líder era? Ahora dudaba si tendría tiempo para intentar algo más... Confiaba en Kurama y Hiei y sus habilidades. Sabía que Kurama se las arreglaría para escapar, después de todo, era un ladrón, y su experiencia entrando y saliendo sigilosamente de lugares como ese le serviría. Hiei... Bueno, Hiei era capaz de destruir todo el castillo si era necesario... Pero los ningen... Yagami y Kusanagi... Eran su responsabilidad. Koenma les había encargado que los vigilaran... y todo había salido de lo peor. Era cuestión de vigilarlos en el Ningekai... y ahora estaban en el Makai. Tenían que evitar que pelearan... y ahora necesitaban de esa energía para poder volver al mundo de los humanos. ¡Todo mal!

- Anou... {Este...}

Una voz femenina lo hizo reaccionar. Había olvidado a la muchachita que los obligó a llevarla. Era lo que le faltaba. Si Kusanagi no salía con vida, tendrían que cargar con esta niña llorando todo el camino, y siendo una presa fácil para cualquier youkai.

- ¿Kyo está bien? - preguntó ella al ver que Yuusuke la observaba sin decir nada.

¡Claro está muy bien! ¡En garras del youkai más sádico que hubiera conocido nunca! ¡Muy bien! ¡Perfectamente!, quiso gritarle, pero se contuvo. En vez de decir eso, sonrió despreocupadamente, hundiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón.

- Saldrá dentro de poco. No te preocupes - dijo dulcemente, y sintió un escalofrío cuando la muchacha murmuró, agradecida:

- Yokatta... {Qué bueno...}

****

- ¿Para qué me habrá entregado mi espada, ese idiota...? - murmuró Hiei. Estaba sentado contra la puerta de la habitación, puliendo la hoja de su katana contra un trozo de su ropa. Kurama estaba de pie a su lado, con los brazos cruzados, apoyado en la pared. Sus ojos parecían mirar fijamente a través de la ventana, en concentración. Kyo esperaba de pie al lado de la cama donde Iori estaba sentado con la misma expresión que Kurama.

- Si sigue como antes, quizás creyó que me cortarías el cuello... por hacer lo que... hice - dijo Kurama en voz baja, mirando hacia el youkai que no cambió su expresión, sólo continuó puliendo la hoja.

- En ese caso debería haberme entregado la espada a mí - gruñó Iori, levantando sus ojos hacia el youko y mirándolo fijamente.

Kurama movió levemente sus orejas, luego sonrió con algo de lascivia. Iori vio su expresión y apartó la mirada, con rabia.

- Esto no se va a quedar así... - murmuró, tan bajo que sólo Kyo, que estaba a su lado, lo oyó.

- Iori... - dijo suavemente, extendiendo su mano para rozar el brazo del pelirrojo. Sin embargo un seco golpe de Iori lo apartó. Kyo se quedó observándolo confundido mientras él levantaba sus ojos y lo miraba furioso.

- ¿Crees que lo he olvidado? - dijo Iori aún en un murmullo -. ¿Que te entregaste a él?

Kyo quiso decir algo, pero el pelirrojo continuó en un siseo:

- Te entregaste... porque dudo mucho que te haya obligado... O quizás no pudiste resistirte...

- ¿Pero qué dices...? - intentó responder Kyo. Iori le sonrió y luego volvió a desviar sus ojos, dando por terminado el asunto.

No importa qué te diga... Sólo recuerda los segundos que pasaron en tu habitación...

Las palabras que Iori pronunció aquella vez en que tan sorpresivamente fue a él y lo abrazó se repitieron en la mente de Kyo. ¿Debía confiar? Pero... no entendía por qué Iori se mostraba tan frío ahora. Ya no había razón, al fin estaban juntos y todo dependía del plan de Kurama para acabar con el youkai de fuego blanco y escapar de allí para siempre. No tenía que fingir más. Entonces, ¿por qué?

Kyo suspiró, cerrando los ojos para que nadie viera su expresión profundamente dolida.

****

Iori oyó con claridad el suspiro de Kyo, pero no lo miró. No debía hacerlo.

Se sentía calmado, como nunca en largo tiempo, sólo por saber que el joven estaba a su lado. Kyo estaba con él, a salvo, a su lado. No necesitaba mirarlo ni tomarle la mano para sentirse en paz. Sin embargo, lo que acaba de hacer, herirlo nuevamente, tenía una razón. Quizás Kyo jamás la sabría, y Iori tal vez moriría sin decírselo... Morir... Tan pronto.

El pelirrojo sintió que sonreiría, pero no lo hizo. Sólo pensaba. No quería que Kyo demostrara nada hacia él, quería hacerlo dejar de sentir lo que fuera que ambos sentían. Era una necesidad, un anhelo, una desesperación por estar cerca y saber que ambos estaban a salvo. Iori no podía decir si aquello era amor, porque nunca había experimentado algo semejante. Ni con una mujer, ni con un hombre. Sólo Kyo, desde el comienzo.

Si para Kyo aquella sensación era tan agobiante, entonces... ¿qué sería de él cuando al fin Iori muriera? Eso era lo que angustiaba al pelirrojo en este momento de tranquilidad. No había esperado que el joven Kusanagi llegara a preocuparse tan abiertamente por él. Lo que sentía lo podía leer en sus ojos y en sus gestos. Y le dolía herirlo. Pero, ¿qué era mejor? ¿Rechazarlo desde ahora o hacerlo sufrir en el final? Quedaba poco tiempo... Quizás lo suficiente para volver al Ningenkai, si es que lo conseguían, y pasar un par de meses. No tenía miedo, porque el final de su vida había sido aceptado desde que era un niño... Pero no esperaba tener a alguien que sufriera por él a su lado. Y no quería tenerlo. No quería que Kyo sufriera más. Él tenía una vida ya establecida, sus amigos, su familia. Si Kyo sentía lo mismo que él, cuando todo terminara esa vida perdería sentido. Y no quería dejar a Kyo viviendo solo en un mundo que ya no tenía significado.

Él había vivido de ese modo hasta que se encontró con Kyo... No quería que la única persona a la que quería tuviera que pasar por eso también.

Miró a Kyo de reojo, y para su mala suerte se encontró con su mirada. El joven le sonrió, como si se sintiera en la obligación de calmarlo... Y Iori bajó la cabeza, sonriendo para sí y llevándose una mano al cabello. Era una causa totalmente perdida.

**** 

Capítulo 44.- Suishou no kitsune {Zorro de Cristal}

- Ah... Kurama...

Shika se movió en su cama, en sus manos sujetaba las sábanas, ahora desordenadas debido a que había estado sumido en un sueño intranquilo desde que se durmió. Ryaku estuvo a su lado durante algunos minutos, pero finalmente se había retirado a descansar también, dejando a su amo soñando con escenas del pasado.

- Kurama...

Podía ver al youko plateado esperándolo al borde de un acantilado, las corrientes de viento provenientes del abismo sacudían su cabello y hacían ondular su túnica, salpicada con gotas de sangre oscura. La matanza había sido productiva, y el resto de la banda reunía en esos momentos los tesoros de otro grupo de ladrones, sobre los que habían caído esa noche, a la luz de la luna llena.

Kurama se volvió hacia él, tan real que no parecía un sueño. Sonreía con superioridad, sus labios apenas curvados. Los mechones plateados interrumpiendo la visión de su rostro, mientras Shika ascendía por la pendiente hacia él.

Había algo de anhelo en la expresión del demonio de cabello blanco, como si no pudiera soportar la distancia que aún lo separaba de su líder. Sus ojos brillaban, parecía estar feliz de sólo mirarlo.

- ¿Qué quieres? Te quedarás sin tu parte del tesoro si dejas al resto solos - dijo Kurama, cruzándose de brazos y observando al youkai. Shika le sonrió:

- Tengo lo que quiero - dijo suavemente, sonriendo también. Tenía sus manos tras la espalda, ocultando algo de la vista del youko plateado. Kurama movió sus orejas, y sacudió su cola impaciente, como una señal para que Shika continuara hablando -. Encontré algo, y pensé en ti. - Kurama entrecerró los ojos. Shika sacó las manos de detrás de su espalda cuando estuvo frente a él. - Kore {Esto}.

Era una escultura de cristal, transparente. Pequeña, cabía en una de las manos de Shika pero él la sostenía con ambas como si fuese algo muy valioso. La luz de la luna lo iluminaba. El cristal parecía capturar la luz y mantenerla en su interior, fragmentándola en haces multicolores. Tenía la forma de un zorro, sentado erguido, de nueve colas. Era una pieza de colección, hermosa y delicada. Kurama parpadeó cuando Shika se la entregó.

- Kirei, ne? {Hermoso, ¿verdad?} - murmuró Shika, esperando ver la reacción de Kurama.

- Aa... {Sí...}

El youko sonrió, tomando la escultura de manos de Shika y al mismo tiempo atrapando su mano firmemente, tirando de Shika hacia él. El youkai no se resistió, dejó que Kurama lo abrazara y acariciara su largo cabello. El viento helado del acantilado lo hizo estremecerse, pero el cuerpo de Kurama era tan cálido que lo protegía. Él lo obligó a alejarse un poco del borde. Oían los gritos de satisfacción y sorpresa del resto de su banda de ladrones al encontrar más y más piezas valiosas, sus ásperas voces llevadas y traídas por el viento, resonando en las paredes del profundo abismo.

- ¿La quieres? La guardé para ti - continuó Shika, levantando su mirada hacia el rostro tranquilo de Kurama, que le sonreía y, con esa misma sonrisa, negaba suavemente con la cabeza. Shika entreabrió los labios desilusionado.

- ¿Qué quieres? - preguntó Kurama secamente, era muy frío, pero aún continuaba abrazándolo. Una mano tras su espalda, la otra sosteniendo el cristal.

- ¿Qué? - Shika no entendía la pregunta.

- ¿Qué quieres lograr con esto? ¿Un ascenso? ¿Una recompensa? - Kurama levantó el cristal, observándolo -. Esto no vale nada... Es sólo una pieza bonita. Quizás podrías cambiarlo por alguna baratija en el pueblo.

Y diciendo esto, Kurama dejó que el zorro de cristal resbalara de sus dedos, despacio, mientras Shika observaba confundido como su regalo caía al abismo, y se perdía en las brumas, el viento y el silencio. Kurama se apartó finalmente de él, y le sonrió.

- Realmente bonito - había dicho aquella vez, con sinceridad -. Pero no necesito ese tipo de cosas inservibles. ¿Crees que matamos y robamos por este tipo de... inutilidad? Tienes mucho que aprender...

Shika se había quedado de pie, frente al barranco, mientras el youko se alejaba y luego echaba a correr, para ser recibido por los demás miembros de la banda que le mostraron todos los tesoros conseguidos. Bueno, todos los que ellos no iban a guardar para sí, claro. Lo miró en la lejanía, el frío youko plateado, inclinándose sobre cada grupo de riquezas y examinándolas. Desechando algunas, y guardando otras.

Era todo lo que le importaba, ¿verdad? Riquezas y tesoros, no le importaba nada más. ¿Por qué había sido tan tonto al ofrecerle un regalo como si ese youko pudiera comprender el verdadero significado? ¿Qué había estado pensando?

Y sin embargo, a pesar de maldecirse a sí mismo por hacer esa estupidez, no pudo dejar de sentir un dolor en su pecho. Realmente quería que Kurama lo aceptara, quería que le gustara esa pequeña pieza. Ni siquiera esperaba un "gracias", sólo... se lo dio porque sintió que tenía que hacerlo...

- Eres cruel... - susurró Shika, entres sueños, moviéndose en la cama una vez más y despertando finalmente.

Se estiró perezosamente, extendió sus brazos por las sábanas revueltas, sintiendo su frescura y suavidad. Su cabello estaba desordenado por todo el colchón, pero no le importaba. Miraba el techo, el dosel de su cama, las cortinas que lo encerraban como en una lujosa jaula de sedas y encajes. Iba a susurrar algo, cuando se llevó una mano a la mejilla. Sorprendido, se dio cuenta que estaba húmeda. Lágrimas... ¿Él estaba llorando?

Incorporándose, se secó con la punta de una túnica que estaba por allí, y frunció el ceño. Hacía siglos que no lloraba. No lo había hecho desde que Kurama lo abandonó, cuando el dolor de una traición y la frustración fueron superiores a él. ¿Por qué ahora, de nuevo...? ¿Acaso era por tener a Kurama tan cerca? A Kurama, y a Yagami, la razón por la que fue separado del hermoso youko.

Salió de la cama apartando las cortinas y sábanas violentamente. Recorrió la habitación, paseando su mirada por los cofres que adornaban algunos rincones. Se detuvo ante uno oscuro y pequeño, insignificante, y se arrodilló ante él, abriéndolo despacio.

Unos cuantos viejos tesoros brillaron para él, pero eran cosas sin importancia. Ni siquiera tenían valor. Los guardaba porque cada uno de ellos le traía recuerdos. Memorias de sus antiguos amantes, de aquellos que habían sido seducidos por su belleza, o su poder, y que él había terminado destruyendo. Se detuvo un segundo. Sentía un dolor en su pecho, una angustia, que se hacía peor a medida que recordaba los nombres y rostros de todos los youkai que una vez lo amaron. Qué... por qué... ¿Por qué sentía ese pesar, ese arrepentimiento? Nunca antes le había sucedido... Guardaba esos recuerdos pero nunca le habían hecho sentir nada. ¿Por qué ahora...?

Quiso apartarse, cerrar la tapa del baúl con un golpe, encenderlo en llamas y destruirlo para siempre, pero un objeto llamó su atención. El objeto con que aquella colección había empezado. El pequeño zorro de cristal, resquebrajado y opaco...

- Maldito Kurama... - susurró, sin entender por qué sus ojos se llenaban de lágrimas... ¿Qué era aquello? ¿Se estaba volviendo completamente loco? Si sentía esos remordimientos por cada youkai que había matado iba a desaparecer consumido por el pesar. - ¿Qué me has... hecho...? - gimió suavemente, sin soltar el cristal. Su cabeza daba vueltas, las lágrimas convertían su habitación en una mancha borrosa.

Él no los había amado, no. Aquellos youkai lo habían amado, pero él nunca les correspondió. Sólo amó a un youko en su larga vida, y luego de él no hubo nada más que pasatiempos y diversión... Por eso no entendía qué era lo que le estaba sucediendo...

Enfurecido, limpió sus lágrimas con un gesto brusco y salió violentamente de la habitación, con un ondular de túnicas y mechones de cabello blanco. Se dirigía hacia Kurama, directamente hacia él, quería preguntarle, recriminarle. No podía pensar con claridad, ni siquiera estaba seguro de qué le recriminaría si el youko en verdad no había hecho nada más que poseerlo.

Lo que quería en ese momento era destruírlos a todos. A cada uno de los que tenía atrapados en esa habitación. Si su plan no había salido mal debían haberse matado entre sí. Ah... sonrió cruelmente, los celos eran algo tan peligroso...

Por casualidad pensó en qué haría si sus planes habían sido incorrectos... y se detuvo. No concebía claramente esa opción, porque estaba seguro de que todo salió como lo planeó, pero... ¿qué tal si los cuatro estaban ahora unidos en su contra? Era posible...

Sacudió la cabeza. No, aun cuando estuvieran planeándolo, nada podrían hacer. Los dos ningen estaban muy mal. Yagami, especialmente. Kurama... quizás el efecto del elixir ya había pasado, pero de todos modos, él y Hiei estaban dentro de su kekkai, sus energías debían estar disminuidas a menos de la mitad... Shika encendió un pequeño fuego incandescente en la palma de su mano, y lo observó deleitándose con él. Lo apagó con un simple movimiento. Tenía el poder suficiente para destruirlos a los cuatro. Estaría bien.

Avanzó por los pasillos tan retorcidos de ese viejo castillo, a grandes y presurosos pasos, mientras consideraba las opciones en su mente. Estaba tan distraído que no notó a Ryaku observándolo desde un pasadizo transversal. Su sirviente incluso hizo un gesto para hablarle, pero Shika no lo vio. No le gustaba lo que sentía en su interior, todo lo que le importaba en ese momento era deshacerse de esa extraña sensación, y sabía que no había mejor forma que enfrentar a Kurama. Verlo, escuchar sus palabras frías y cínicas, recordar su traición, odiarlo nuevamente. Había un ligero riesgo, y Shika lo sabía. Quizás lo que pretendía saliera totalmente al revés... Quizás ver a Kurama sólo aumentaría ese dolor en su interior... pero debía arriesgarse. Comenzaba a aburrirse y tal vez ya era tiempo de acabar con todo.

****

Iori se puso de pie, finalmente apartándose de Kyo, y de los dos youkai. Se dirigió a la ventana, donde se quedó de pie, observando el paisaje de ese mundo salvaje. No quería seguir allí, comenzaba a hartarse. ¿Cómo era posible que él, un Yagami, hubiese sido atrapado por un demonio? No lo había pensado demasiado porque su preocupación había estado centrada en Kyo, pero ahora todo el rencor volvía a sentirse muy claramente.

Frunció el ceño y bajó la mirada hacia su mano derecha. Una breve lengua de fuego púrpura surgió, brillante, dolorosa. Pero era un dolor familiar, que ya no lo molestaba tanto, sino al contrario, lo incitaba a controlarlo, a resistirlo. Pronto el pequeño fuego se convirtió en una llama que dejó una estela a su alrededor cuando dejó caer su brazo. El brillo púrpura atrajo la atención de Kyo, que lo observó en silencio. El joven Kusanagi pensó para sí que Iori no debía usar su poder, pero no quiso decirlo. Durante un segundo sus ojos se encontraron, y vio en los de Iori el viejo odio y rencor. Sabía que esta vez no iban dirigidos hacia él, pero era obvio que ya estaba planeando ir en contra de Shika.

Hiei, que había estado silencioso desde hacía mucho, se puso de pie de pronto, su mano en la empuñadura de su espada. Con ojos interrogantes observó a Kurama, y luego a la puerta. Sonrió.

- Es muy tonto - dijo con su voz profunda, más para sí mismo que para los demás.

Kurama asintió con una ligera sonrisa de superioridad, mientras apartaba su cabello plateado de su rostro.

- Siempre lo he dicho - dijo, mientras los dos youkai se apartaban de la puerta.

Kurama se dirigió a la cama y se sentó, cruzó una pierna sobre la otra y también cruzó sus brazos, observando fijamente la puerta cerrada. Hiei se quedó de pie a su lado, su brazo descansando sobre la empuñadura de su espada. Ellos dos parecían ser los únicos que sabían lo que estaba sucediendo. El pelirrojo continuaba cerca de la ventana, observando el exterior con aire impaciente. Kyo los observó a los tres, y de pronto sintió una energía acercándose. Aquello lo tomó por sorpresa, porque no esperaba recuperar ese sentido tan pronto. Hasta hacía unos momentos ni siquiera podía percibir las presencias de los dos youkai a su lado, pero ahora lentamente todo volvía a la normalidad. Eso significaba que... ¿la barrera de Shika empezaba a debilitarse?

- ¿Kurama? - murmuró, cerca del youko que estaba junto a él.

- Ya verás lo que sucede, Kyo - dijo Kurama en voz baja -. Shika es un tonto, tú sólo espera...

****

- Shika-sama...

La voz a su espalda... Shika se sobresaltó. Se volvió bruscamente dándose cuenta que estaba tan distraído que no percibió a su sirviente acercándosele por detrás. Sin embargo, antes de que sus ojos se encontraran con los de su sirviente, notó que no se trataba de Ryaku, sino del pequeño youkai que solía servirle para cuidar de sus prisioneros. Se encontró mirando sus hermosos ojos, de un color rosado pálido. Un niño, volvió a pensar, como siempre que lo veía. Sólo un niño.

- ¿Qué quieres? - preguntó, echando a andar de nuevo.

- Sólo... - el pequeño youkai parecía algo cohibido -, preguntarle si debo seguir... encargándome de sus prisioneros del otro mundo.

- No, ya no - dijo Shika, sin detenerse -. Yo me haré cargo de ellos ahora.

- Demo... {Pero...} Shika-sama...

Ambos se detuvieron, Shika se volvió hacia su sirviente mientras se apartaba los largos mechones ondulados de sus ojos. Vio que el pequeño lo miraba con ojos suplicantes.

- No los va a...

¿Eran lágrimas las que veía brillando allí, nublando sus ojos de ese curioso color rosado?

Shika se arrodilló frente al youkai, sujetó su barbilla delicadamente, rozando con sus uñas la suave mejilla.

- ¿A? - dijo suavemente, sonriéndole a su pequeño esclavo.

- No los va a...

- Korosu...? {¿Matar?} - terminó Shika, con una ligera expresión de compasión mientras acariciaba la mejilla del youkai. Le sonrió dulcemente, acercando sus labios a su frente y depositando un beso allí. Luego posó sus manos en los hombros del niño y lo apartó de él, observándolo. Llevaba algo en sus brazos, y Shika reconoció los trajes que los dos ningen habían llevado cuando llegaron a ese mundo. - ¿Y eso? - preguntó.

- Eh... los lavé, como usted ordenó, Shika-sama - dijo el youkai en voz baja -. Iba a entregárselos...

- Justo a tiempo - dijo Shika, aun sonriéndole con ternura. Acarició el cabello del youkai, y le dio un ligero empujón para que continuara caminando -. Y no te preocupes, no los verás morir...

****

Kurama podía sentir a Shika acercándose. Ese maldito confiado ni siquiera se preocupaba de velar su youki. Lo sentía claramente, como si lo estuviera viendo. Ahora estaba frente a la puerta, y lentamente la energía que la protegía empezó a desvanecerse, para luego abrirse despacio.

El demonio de largo cabello blanco apareció en el marco de la puerta, una sonrisa adornando sus labios, sus ojos paseándose por toda la habitación para apreciar a sus prisioneros. Se sorprendió de verlos a los cuatro vivos, pero nunca dejó que la sonrisa abandonara su rostro. Se llevó una mano a los labios, afectadamente, ladeando la cabeza ligeramente y entrecerrando sus ojos.

- Oh... - dijo suavemente, simulando estar sorprendido para ocultar sus verdaderos pensamientos -. Vaya... Creí que ya estarían muertos...

- Pues te equivocaste - respondió Kurama entrecerrando sus ojos dorados, dándoles un aire de amenaza que sorprendió a Shika -. Eres un tonto - dijo, nuevamente, para completo furor del youkai -. No debiste haber entrado aquí.

Fue un soplo, un movimiento imperceptible, antes de que el agudo sonido de una hoja al ser desenvainada y un silbido, cortaran el aire. Hubo una explosión roja, que salpicó el piso y las paredes, cuando la katana cortó limpiamente la carne y el látigo invocado por Kurama atravesó el pecho a la altura del corazón.

Ambos youkai estaban de pie ahora, juntos, sus armas cubiertas de sangre, observando la expresión confusa de Shika, que se había llevado una mano al pecho y temblaba.

- K... Kurama... Cómo...

El youko observaba solamente. Hiei sacudió su katana, salpicando los restos de sangre en el suelo y maldijo en voz baja.

Kyo observaba también. Sabía que algo estaba mal allí. La expresión de Shika era indescriptible, como si no pudiera creer que realmente Kurama se había atrevido a atacarlo de ese modo. El corte producido por la espada sangraba profusamente, y una mancha roja comenzaba a humedecer toda su túnica. En su mano había llevado sus trajes de pelea, pero ahora estos yacían desperdigados por el suelo, lejos de la sangre. Habían salido despedidos cuando la violencia del golpe sacudió el cuerpo del youkai.

Iori miraba a Shika desde su posición en la ventana, su expresión fría. ¿Por qué debía de sentir algo por un demonio a quien debía odiar? Sin embargo, a pesar de todo, cuando los ojos de Shika encontraron con los suyos, como si suplicaran, sintió un estremecimiento. No podía dejar de observarlo. Su cabello, manchado de rojo, sus túnicas, resbalando al suelo, sus labios entreabiertos, sus ojos con una mirada indefensa que jamás hubiera imaginado en él.

Lentamente Shika cayó de rodillas, quedando ante Kurama, que lo observaba altivo, frío, despiadado.

- ¿Por qué nunca sigues tus propios planes? - murmuró Kurama, dando un paso hacia él, su Rose Whip desapareciendo y volviendo a su forma original de rosa. El youko se inclinó hacia Shika, alzando su rostro sujetándole la barbilla. Sus ojos dorados se encontraron con los amarillos llenos de dolor -. Siempre te metes en problemas. ¿Acaso no aprendes?

Una suave risa brotó de los labios de Shika, que alzó una mano, despacio, para intentar tocar el rostro de Kurama.

- Ne... Kurama... - dijo, en voz baja, aún sonriendo. Kurama no comprendía qué le pasaba. Estaba de rodillas, ¡estaba muriendo! Y sin embargo esa sonrisa... esa maldita sonrisa... Al comienzo había sido una sonrisa de burla y superioridad, pero ahora, luego de haber... sido suyo, y de haber hecho suyo a Shika después de todos esos años... Era como si recordara aquella época en que parecía ser un indefenso youkai idolatrándolo.

Pero las cosas habían cambiado mucho... Shika ya no era un indefenso youkai, sólo un impulsivo y algo tonto hermoso demonio. ¡Había sido capaz de atraparlo, a él, Kurama! Lo había seducido y envenenado. Era un logro... Pero ahora, de nuevo por actuar impulsivamente había puesto en peligro su vida... Kurama sentía un pesar por él, verlo así, frente a él, observándolo con esos ojos que le traían tantos recuerdos. Nunca demostró nada profundo por Shika, pero no lo había olvidado... No... Esos ojos, esa sonrisa, esa actitud juguetona...

Sintió que los dedos de Shika por fin alcanzaban su mejilla y lo acariciaban... Fríos...

El youko se apartó de un salto, en un revoloteo de blanco y plateado. Hiei también había hecho un movimiento previniéndolo, pero Kurama fue más rápido y en menos de un segundo ya estaba en guardia, al lado del youkai de fuego.

- Pero qué... - murmuró Kyo, viendo que de la mano derecha de Shika, la que había estado acariciando a Kurama, se había convertido en una garra, y que había intentado arañar su hermoso rostro.

Y, mientras observaban, Shika bajó la cabeza y algunas lágrimas cayeron. No podían ver su rostro, sólo notaban la sangre esparciéndose por el suelo, y los temblores que recorrían su cuerpo y luego, muy despacio, su figura empezó a cambiar, empequeñecerse, el cabello a acortarse. Su sonrisa desapareció... y cuando levantó el rostro, vieron que sus ojos amarillos brillantes pasaban a ser rosados, apagados, adoloridos.

Frente a ellos ahora se encontraba un pequeño youkai, el niño sirviente. La hoja de la katana de Hiei había cortado su torso, y el Rose Whip de Kurama realmente había destrozado su pecho. Sangre brotaba de su frágil cuerpo, mientras lágrimas caían de sus ojos. Observaba sus manos, tan pequeñas, manchadas de rojo. Lloraba porque era un niño, y tenía miedo. Los demonios lo observaban... Conocía a Hiei... Habían conversado, ¡lo había cuidado! Pero ahora el youkai era su enemigo, estaba al lado de esa belleza plateada, el enemigo de su amo Shika... entonces era su enemigo... Aunque le doliera... Y el ningen, que lo observaba como si no pudiera salir de su sorpresa... también había estado cerca de él... No parecía cruel... ¿lo ayudaría si se lo pedía?

Kurama escuchó una maldición de parte de Hiei. Se veía furioso, sus ojos brillando con rabia al ver a ese indefenso youkai muriendo frente a ellos. Shika había sido tan cruel de enviarlo a la muerte, creando una ilusión a su alrededor para que sintieran que era él. Engañándolos a todos, confundiendo sus sentidos con su kekkai.

Hiei empuñó con fuerza su espada, ¿qué más podía hacer? No iban a dejarlo agonizar allí, sin hacer nada. Sólo era una víctima inocente de la crueldad de Shika.

Cuando la espada finalmente cortó, Kurama frunció el ceño. A través de la sangre que salpicó el aire, veía una silueta de pie en la puerta. Hiei esperó que el cuerpo del pequeño sirviente cayera al suelo antes de levantar la mirada hacia Shika, el verdadero Shika, que les sonreía desde el pasillo.

- ¿En verdad creíste que cometería ese error, Kurama? - dijo, sonriéndole dulcemente y negando con la cabeza.

Kurama sonrió también.

- La verdad es que sí - dijo, maliciosamente.

- No soy tan... tonto, Kurama - dijo Shika, dando un paso hacia la habitación, encendiendo su fuego incandescente en la palma de su mano.

- Claro que lo eres - murmuró Kurama, sujetando una rosa, listo para invocar su látigo. Shika se detuvo y miró los restos de su sirviente.

- Oh... - dijo, sonriendo levemente al ver la furia en los ojos de Hiei -. ¿Qué les hizo este pobre esclavo para que lo mataran así?

- Kisama...! - fue un gruñido bajo de parte del youkai de fuego, que hizo un amago para lanzarse sobre Shika. Kurama intentó detenerlo, pero algo fue más rápido que ambos. Una llamarada púrpura avanzando por el suelo, en dirección al youkai, a una velocidad increíble. Kurama y Hiei se apartaron del camino, Shika observó sorprendido. Era el fuego de Iori... ¡que se suponía estaba tan débil que de invocar a esa cantidad de poder moriría en un instante! ¿Cómo era posible?

Lanzó su fuego blanco, pero cuando las llamaradas se encontraron, las suyas fueron consumidas totalmente, y la columna de fuego púrpura continuó avanzando directamente hacia él.

- No puede ser... - musitó, sintiendo el calor a punto de tocar su rostro. Vio al pelirrojo observándolo lleno de rencor a través de las llamas. No había rastros de dolor en su expresión. ¿Qué estaba sucediendo?

- ¡Shika-sama!

Un golpe violento lo hizo caer al suelo, sintiendo un peso sobre él. Vio pasar el fuego a milímetros de su rostro, y oyó un grito. Era Ryaku, que lo había apartado del camino, pero las llamas púrpura habían quemado parte de su brazo. Sin embargo, rápidamente Ryaku se puso de pie, frente a la puerta abierta de la habitación y, extendiendo sus manos, conjuró un kekkai, más débil que el de Shika, pero que mantendría a los prisioneros atrapados durante un buen tiempo.

En seguida se volvió hacia Shika, y le tendió su mano, para ayudarlo a ponerse de pie. Shika aceptó, mirando preocupado las quemaduras de su sirviente.

- Ne... - dijo, levantando sus ojos hacia Ryaku -. ¿Te duele?

- No es nad... - empezó a decir el youkai rubio, pero Shika ya había sujetado su brazo y comenzaba a lamer la sangre que brotaba, despacio, con cuidado. Ryaku se quedó inmóvil. Estremeciéndose al sentir esa extraña caricia de parte de su señor. No sabía qué hacer, pero pronto dejó de preocuparse porque Shika se detuvo, pero sin soltar su brazo. Lentamente, Shika se apoyó en él, en su pecho, como si quisiese ocultarse de alguien. Inconscientemente, Ryaku posó una mano entre el ondulado cabello blanco.

- ¿Por qué...? - murmuró Shika, entrecerrando los ojos -. ¿Qué está pasando?

- ¿Shika-sama? - preguntó Ryaku, confuso.

- ¿No lo sientes...? Mi energía... - dijo Shika en un susurro -. Se debilita... ¿Por qué?

Con un ligero empujón, Ryaku obligó a Shika a caminar. No comprendía qué le sucedía. Era cierto que él se había presentado al sentir la brusca disminución de la energía de su señor, pero no se esperaba esto.

- Descanse un momento - dijo con suavidad, llevándolo a su habitación -. Ha estado esforzándose demasiado últimamente.

Shika lanzó una risa corta y seca. ¿Esforzándose? ¡Sólo había estado divirtiéndose! No podía ser posible que en el momento en que pudiera vengarse, su propio poder se volviera contra él. No. Ese tipo de casualidades no eran propias de él.

- Así que un tonto, ne, maldito Kurama... - murmuró para sí, sus ojos amarillos tornándose vengativos y más maliciosos.


Capítulo 45.- ¿Todo... terminó?

La habitación estaba en silencio, un aire denso e incómodo que ninguno de los cuatro tenía la intención de romper. El olor a quemado que dejó el fuego de Iori aún se percibía, y la sangre del cuerpo muerto que yacía a pocos pasos de ellos comenzaba a hacerse insoportable.

Kurama guardaba silencio, porque Shika lo había podido engañar fácilmente. ¡Ni por un segundo había pensado que el que entró no era ese demonio! Hiei tampoco lo había imaginado, y habían perdido la oportunidad perfecta de acabar con el demonio de fuego blanco.

- Las personas cambian con el tiempo - habló Iori de pronto, con una sonrisa burlona, mientras observaba fijamente desde su posición, la expresión apesadumbrada de Kurama. El youko se volvió hacia él, lanzándole una mirada helada. El pelirrojo agregó, como si no le importara en lo más mínimo la silenciosa amenaza de Kurama -: Tal parece que los demonios también lo hacen.

El zorro rió despectivamente, negando con la cabeza.

- Quizás eso le salió bien, pero hay muchas cosas que aún le falta considerar...

Kyo sólo los escuchaba, sin decir nada. ¿Qué quedaba más que esperar un tiempo? Podía percibir que el kekkai que los atrapaba ahora era muchísimo más débil, pero aún era demasiado pronto como para intentar romperlo. Era prudente descansar, esperando a que Shika se descuidara y finalmente ellos pudieran salir de allí.

Sentía el deseo de vengarse de ese youkai, de Shika y su sirviente, por todo lo que habían hecho, pero al mismo tiempo sabía que salir de ese horrible castillo y dejar ese mundo podría ser suficiente. Pensar en volver al Ningenkai, con Iori, hacía que incluso se resignara a vivir con la humillación de saber que Shika continuaba existiendo...

- Hn... - Hiei le lanzó una mirada interrogante a Kurama -. Comienzo a pensar que tú eres el confiado aquí - dijo de pronto, y ante eso el zorro adquirió un aire amenazante. Hiei sonrió levemente, como si disfrutara molestándolo -. ¿Qué tal si nada sale como lo habías planeado?

Kurama sonrió con malicia, sacudiendo la cola con ligera molestia, aunque un poco divertido al ver que Hiei lo estaba provocando.

- Siempre se puede improvisar - dijo, misterioso.

****

Shika esperaba a un lado de su cama, mientras observaba cómo Ryaku alisaba las sábanas, apartaba las túnicas y preparaba su lecho para que pudiera descansar con comodidad. Notó con qué dedicación el youkai doblaba las prendas para dejarlas cuidadosamente a un lado. Su cabello rubio caía sobre sus hombros, molestándolo un poco, pero bastaba con un movimiento de su cabeza para enviar los mechones hacia atrás... desde donde no tardaban en volver a caer hacia adelante.

- Mañana acabaré con todo de una vez - dijo Shika de pronto, en voz baja, mientras Ryaku ordenaba las almohadas. El sirviente se volvió a medias, observando a su amo, sólo escuchando -. Kurama realmente está dispuesto a matarme... y ya que ellos no se destruyeron entre sí... no queda más que acabar con este juego.

El youkai parecía triste, como si no quisiera renunciar a esa diversión tan pronto.

- Por ahora descanse y no piense más en eso, Shika-sama - le sugirió Ryaku, dirigiéndole una leve sonrisa. Con un gesto de su mano, le indicó a su amo que la cama estaba lista, y que podía acostarse si así lo deseaba. Shika avanzó hacia él, despacio, pasando a su lado y sujetándolo del brazo un momento. Observó que las heridas causadas por el fuego púrpura habían desaparecido casi, sanadas por su youki. El viejo milagro.

- Luego de esto nos volveremos a aburrir unos cuantos siglos - murmuró Shika, mientras se sentaba al borde del lecho, llevándose las manos al cabello, pasándolas por entre los largos mechones, echándoselo completamente hacia atrás y luego dejándolo libre. Las ondas cayendo por su espalda, hasta esparcirse por el colchón. Luego llevó sus delgados dedos hacia su túnica, liberando la parte superior, que resbaló por sus hombros dejando ver su piel increíblemente blanca, perfecta.

Ryaku entrecerró sus ojos, observando a su amo.

- No serán aburridos mientras esté usted... - dijo. No había adulación en su voz, sólo sinceridad. Shika cambió su expresión por una divertida, casi reconfortada, y llevó sus manos a las mejillas de Ryaku, apartando sus largos mechones rubios, para poder mirarlo a los ojos.

- Sólo tú eres capaz de decir esas cosas... - murmuró, en voz baja -. Sólo tú eres capaz de sentir algo semejante por mí... Eres tan tonto - Shika besó suavemente a Ryaku, su sirviente, el único que le había sido fiel, el único a quien él había soportado, y él único que lo amaba... casi, casi sin temerle.

- Incluso quiero que todo termine - le confió Ryaku, algo avergonzando. Sabía que a Shika le agradaba tener a esos cuatro prisioneros bajo su poder, pero al mismo tiempo era un riesgo. Demasiado peligro para su amo.

Si se hubiera tratado de otros humanos, y otros youkai, Ryaku habría estado encantado de que Shika tuviera con qué entretenerse, pero se trataba de Youko Kurama... Si él era una leyenda en el Makai, debía ser por algo. Nunca el nombre de un youkai había llegado a perdurar tanto en el tiempo como el de Kurama, y Ryaku ya sabía que Shika había sido fácilmente traicionado por él. Sabía también cómo sus intentos de vengarse de los Yagami habían sido un fracaso. No quería arriesgarse a que intentara algo de nuevo, y que esta vez fuera la última. Confiaba en Shika, sí, y estaba muy consciente de su poder, pero al mismo tiempo temía por él. Era poderoso, y podía ser cruel, pero al mismo tiempo... Ryaku tenía la impresión de que Shika se tomaba las cosas demasiado a ligera, siendo demasiado optimista, demasiado confiado.

- Terminará, sí... - asintió Shika sonriéndole levemente a Ryaku, malicioso. ¿Qué era eso que veía en su mirada? ¿Preocupación? ¿Por él? Bonito youkai tenía por sirviente, se dijo, un tanto aburrido, pero no le molestaba que se corrieran rumores de que Ryaku era su amante. Y si lo era, ¿qué más daba?

Iba a decir algo, cuando sintió que Ryaku lo sujetaba bruscamente de los brazos, y lo lanzaba al suelo con todas sus fuerzas. Aquello fue tan sorpresivo, que Shika ni siquiera pudo reaccionar y cayó rodando sobre la vieja alfombra, hasta dar contra las piedras del suelo. La caída fue fuerte, pero no le produjo demasiado dolor, sólo una repentina rabia que casi lo hizo maldecir a su sirviente.

Alzó la cabeza, dispuesto soltar una retahila de insultos y amenazas, pero en ese momento vio venir contra él trozos de madera y telas desgarradas, junto con un estruendo y polvo. Se cubrió el rostro, apartando la cabeza para evitar que los trozos de madera lo golpearan. Tosió, cuando la tierra y astillas entraron en su garganta.

Escuchó un sonido agudo, un chillido que no le era del todo desconocido.

Se puso de pie, casi perdiendo el equilibrio cuando el suelo comenzó a temblar. El polvo se apartó, dejándole ver la habitación de nuevo. ¿Pero qué demonios...?

Un grito lo hizo mirar hacia lo alto, entre las brumas que se disipaban lentamente. Vio unas largas y ondulantes siluetas moviéndose de un lado a otro en el aire, y entonces reconoció qué era lo que tenía enfrente. Aún no podía verlo del todo, pero reconoció las formas: de entre los restos de su cama, surgían largas ramas verdes, adornadas de espinas, moviéndose como si cada una tuviera voluntad propia.

Observó perplejo a la criatura. Las ramas servían de tentáculos, aferrándose a todo lo que encontraban cerca, y destruyéndolo. Brotaban de un cuerpo ovalado, donde una abertura esperaba totalmente abierta, como si fuera una boca lista para devorar al que cayera en sus garras.

Algo cayó del techo, haciendo un sonido familiar cuando dio contra el suelo de piedra. Sangre...

- ¡Ryaku! - exclamó Shika, mirando hacia arriba, a las ramas que se sacudían como látigos, y que sujetaban a su sirviente. ¿Cómo había sido posible, que un youkai de clase baja como Ryaku hubiera podido notar el peligro, y él no? ¡Lo había apartado con segundos de anticipación, y él ni siquiera se había dado cuenta de lo que estaba sucediendo!

Vio el cabello rubio sacudiéndose al ritmo de las ramas, la sangre salpicando las paredes y el suelo, corriendo por los tentáculos que no dejaban de moverse. El rostro de su youkai vuelto hacia él, con una extraña expresión en sus ojos; no era miedo, ni dolor. Parecía... tristeza. La sangre manchaba las ropas desgarradas de Ryaku, las largas espinas de aquella planta demoníaca habían atravesado su espalda y brotaban por su pecho.

- Maldita sea... - murmuró Shika.

Sin dudarlo, Shika saltó hacia ese demonio, en sus manos se encendió una violenta llamarada blanca, que alcanzó a la planta cuando las ramas intentaron llegar hacia él. Extendió sus garras, clavándolas en esos tentáculos verdes, haciendo brotar un extraño líquido amarillento. Como si fuera combustible, ese líquido, la savia, se encendió y la planta se retiró con un sonido chirriante, que hirió sus oídos, dejándole libre el camino hacia Ryaku. Shika tuvo el tiempo justo para atraparlo en sus brazos y luego saltar a un lugar más seguro, mientras la criatura se retorcía, intentando alejarse del fuego, haciendo un sonido agudo, como un chillido constante, salvaje y escalofriante.

- Daijoubu ka? {¿Estás bien?} - preguntó a Ryaku, sosteniéndolo en sus brazos, sentándolo en el suelo, contra sí.

- Shika... sama... daijoubu desu ka...? {¿Se encuentra bien...?} - preguntó el youkai a su vez, mirando a Shika con ojos confundidos. Había sido tan rápido, maldición. El crujido de la cama y una rama brotando justo del medio de las sábanas, aguda y afilada, como una estaca queriendo llegar hasta el techo. Si Shika hubiese estado acostado allí... Si no lo hubiera apartado a tiempo...

- Fue ese maldito Kurama - exclamó Shika, mirando las profundas y graves heridas de su sirviente -. Dejó una maldita semilla cuando estuvo en mi cama... - Como Ryaku intentó incorporarse, Shika perdió la paciencia -: ¡Quédate quieto, deja de moverte, demonios! - casi gritó, apartando su cabello blanco con furia, atrapándolo en un lazo detrás de su cabeza, para que no le molestara mientras aplicaba sus manos para transmitir un poco de youki a la heridas de Ryaku .- ¿Pero cómo pudo hacerlo...? - murmuró para sí, más tranquilo al ver que Ryaku obedecía y no se movía, cerrando los ojos debido al dolor que le producían las horribles heridas. - Se supone que en ese momento la poción no debía dejarle pensar en nada mas que... - Hizo una pausa cuando una idea pasó por su cabeza, tan descabellada que incluso él se sorprendió de haber pensado en eso -. Ryaku... crees... ¿crees que la poción... no hizo efecto?

Ambos youkai intercambiaron una mirada. Para Shika era muy posible... Kurama nunca había estado bajo su poder, ni bajo su influjo. Había tenido sexo con él, pero por voluntad propia, no porque la poción le obligaba... Era... increíble... ¡lo que podía llegar a hacer ese maldito youko! Shika no podía aceptar que Kurama se había dejado poseer por él, ¡y que todo hubiese sido mentira!

De pronto otra idea vino a su mente. Ah, ¡pero si era de esperarse con ese lujurioso Kurama! Eso significaba que lo que le había hecho a Yagami... lo había hecho sólo porque quiso. La poción no tuvo absolutamente nada que ver con eso, salvo ser una perfecta excusa. No pudo evitar reír ante el ingenio del zorro. Era de esperarse en él... y no lo había considerado. ¡Era tan simple!

Pero la trampa que Kurama le tendió no había funcionado. Él seguía vivo, la planta demoníaca aún continuaba allí, moviéndose de forma repulsiva, haciendo sus sonidos agudos mientras trataba de llegar a ellos. Kurama, y esa planta, se repitió en su mente. De no haber sido por Ryaku...

Shika bajó su mirada para observar a su sirviente. De todos los que había tenido, era éste el que más le había durado. Con los anteriores siempre terminaba hastiándose, y los destruía con sus propias manos. Ryaku era el único que le había llegado a agradar... No permitiría que fuera el único que moriría en manos de otro.

Pero parecía que no iba a poder salvarlo. Lo vio temblar, cerrar sus ojos, entreabrir sus labios para intentar respirar.

- Resiste - ordenó, firmemente, pasando más y más youki al cuerpo de su sirviente. No tenía forma de saber si esa planta había dejado algo dentro de Ryaku, algo que le hiciera daño o absorbiera su energía... Todo lo que podía hacer era evitar que muriera. ¡Porque no quería que Ryaku lo dejara! Hasta ese momento no había pensado, nunca, en que ese sirviente se iría. Era el único que tenía, en verdad. Sirviéndolo siempre, aceptando todos sus deseos y sus caprichos... Discutiendo con él unas pocas veces. - No voy a dejar escapar a Kurama - murmuró con voz enfurecida, levantando al youkai y atrayéndolo contra sí en un abrazo -. No va a salir vivo de este mundo...

El youkai de largo cabello blanco dejó a su sirviente en el suelo, con suavidad. Tomó una de las túnicas que habían caído al suelo, y lo cubrió, dejándolo descansar mientras miraba por última vez su rostro. Sonrió para sí. ¿Sería realmente la última vez?

Se volvió bruscamente, para mirar con fijeza a la planta que Kurama le había dejado, a traición. No había nada más en su mente que vengarse, de una maldita vez, de ese youko que a pesar de todos esos años seguía siendo tan hermoso y mortal.

Las llamas de fuego se encendieron mientras caminaba hacia la planta, las ramas iniciaron sus movimientos erráticos para atacarlo, pero al hacerlo se encontraron con el ardiente youki de un enfurecido Shika. El fuego consumió con excesiva facilidad a esa criatura, que emitió un último chillido antes de caer, ardiendo en medio de llamaradas blancas.

Había sido demasiado fácil, pero a Shika no le interesó en lo más mínimo. Siguió su camino en dirección a la puerta, en dirección a Kurama.

****

Kyo se volvió hacia la puerta de la habitación. Había sentido el súbito desaparecer del kekkai, y Kurama y Hiei ya estaban allí, examinando el exterior, verificando que no hubiese guardias, ni que Shika estuviese cerca.

- ¿Qué demonios ha pasado? - murmuró Hiei. Aquello había sido tan repentino e inesperado, que durante un momento no supieron si esperar o salir.

Iori se acercó a Kyo. Nuevamente ambos vestían los atuendos con que habían sido llevados al Makai. Iori el traje que siempre utilizaba en los combates: la larga camisa blanca, los pantalones rojos, la chaquetilla bordada con el símbolo de su familia. Kyo sus jeans celestes, la camiseta negra y su chaqueta blanca. Las túnicas que Shika les había dado yacían en un rincón oscuro de la habitación, y el simple hecho de habérselas quitado, ya significaba un gran alivio para ambos jóvenes. Con esas túnicas se habían sentido demasiado extraños y fuera de lugar. Volver a sus atuendos de siempre, al menos les daba un poco más de seguridad.

- No perdamos tiempo - murmuró Kurama, volviéndose hacia ellos, haciéndoles una seña para que salieran. El youko podía imaginar qué había sucedido, y eso significaba que Shika seguía con vida, y quien había alimentado a su planta demoníaca había sido su sirviente, por eso el kekkai de Ryaku había desaparecido tan súbitamente.

No pudo evitar una sonrisa para sí al darse cuenta que, a pesar de todo, las cosas le estaban saliendo bien a Shika.

Esperó que Hiei pasara frente a él, y luego se volvió hacia Iori y Kyo. Poco a poco volvían a ser ellos mismos. Yagami ya había demostrado, luego del violento intento de ataque a Shika, que su poder estaba intacto, aunque quizás su cuerpo demasiado débil. Kyo no había hecho uso de su poder aún, pero tampoco podía decirle nada. Era momento de salir de ese lugar de una vez por todas.

- Por aquí - le dijo Kurama a Hiei, señalándole el pasillo a la izquierda. Sí, todavía recordaba los estrechos corredores que los llevaban a una salida. No era la puerta principal, sino una vieja puerta que daba a un ala lateral, desde donde se podía llegar al bosque.

- ¿Huimos? - gruñó Hiei siguiendo al youko, molesto ante esa actitud. No era un cobarde como para escapar de ese modo. Quería enfrentarse a ese estúpido youkai que se había atrevido a atraparlo y tenerlo como prisionero y carnada. Kurama le sonrió con malicia, lanzándole una mirada a los dos jóvenes que iban con ellos.

- Sólo los dejamos en un lugar a salvo, y luego regresamos si es lo que quieres.

Hiei respondió con una sonrisita complacida... Aunque, la verdad era que prefería enfrentarse a los youkai en el exterior. Era mucho mejor que pelear en ese estrecho castillo.

****

Kyo se preguntaba si en verdad todo ya había terminado. Estaban en el exterior, bajo el cielo gris del Makai. No era muy diferente de un paisaje en el Ningekai, de no ser por el mismo ambiente, que se hacía opresivo y extraño. Sin embargo, respirar el aire libre, al fin, después de lo que parecía haber sido una eternidad, lo aliviaba.

Caminaban en silencio, sigilosos, por entre la alta hierba de esa ala del castillo. Los pocos guardias que vigilaban el frente no los habían visto, y continuaban su camino, esperando que en cualquier momento Shika apareciera listo para acabarlos. Era lo que debía suceder, pensaba el joven, mientras veía cómo Kurama se detenía, mirando los alrededores, sus orejas plateadas moviéndose ligeramente, captando sonidos inaudibles para él.

Hiei caminaba también, casi desapareciendo entre las exageradamente altas briznas de hierba. Era silencioso, y a ratos parecía desaparecer de un lugar, para aparecer algunos metros más adelante. Les daba la espalda, dándoles a entender que no les importaba en lo más mínimo.

Por último, el pelirrojo, caminando a su derecha, unos pasos más adelante. No lo miraba, sólo avanzaba con la vista fija en el frente, sus ojos llenos de fría ira. Estaba saliendo de ese lugar, se repitió Kyo, inconscientemente dando un paso que lo acercó más a Iori. Notó cómo el pelirrojo se daba cuenta, y se volvía para mirarlo. El joven de cabello castaño se quedó helado al ver la mirada que le dirigía el pelirrojo, tan parecida a las que le había dirigido toda la vida: odio sin sentido. Pero... ¿por qué había cambiado de pronto?

Una idea descabellada pasó por su mente. Quizás... ¿los sentimientos de Yagami habían sido manipulados por Shika? ¿Podía ser eso posible? No dejó de preguntarse eso, ni de mirar al pelirrojo, hasta que finalmente Iori se detuvo, como si no pudiera soportar más que Kyo lo observara con tanta insistencia.

- Nan da, omae? {¿Qué te pasa?} - gruñó Iori, y Kyo tartamudeó algo, palabras entrecortadas sin ningún sentido. Se maldijo por ser tan estúpido, pero no podía evitarlo. Yagami lo cohibía de tal forma que no podía conseguir articular las palabras como se debía. Iori esperaba una respuesta, Kyo negó con la cabeza.

- Nan demo nee {Nada}- murmuró, y siguieron avanzando, para alcanzar a Kurama y Hiei. Pero Kyo no podía dejar de pensar. Estaban casi libres, a un paso de regresar a la normalidad de su mundo... Normalidad... Odio y enfrentamientos. ¿En verdad sería así? No podía dejar de dudar, no quería que eso sucediera. Yagami se había preocupado por él mientras estuvieron atrapados... pero... era otro mundo... había estado en manos de un demonio... No podía confiar, pero quería hacerlo...

El joven de cabello castaño bajó la mirada, continuando su camino en silencio, sin notar los ojos de Iori fijos en él.


 

Capítulo 46.- Cruel Satisfacción

No estaba pensando claramente cuando corrió por el pasadizo del castillo, en dirección al exterior. En su mente sólo había un pensamiento: acabar con todos. Repentinamente todo el rencor había regresado. Odiaba a Kurama por haberlo traicionado hacía siglos, odiaba a Yagami porque pertenecía a ese maldito clan de pelirrojos. Odiaba a Kusanagi por el estúpido amor y odio que lo unía a Yagami. Odiaba a Hiei porque Kurama lo amaba... No iba a dejar a ninguno con vida, ¡ninguno!

La luz del exterior lo deslumbró por un segundo, cuando al fin llegó al jardín. Se cubrió los ojos y los vio, a los cuatro, entre la hierba, huyendo cobardemente. Sonrió con malicia, no iban a escapar.

****

- ¿A dónde creen que van?

La voz retumbó en las cabezas de las cuatro figuras que se alejaban del castillo. Se volvieron, viendo a Shika acercarse. Su cabello blanco estaba atrapado en una cola, y ondeaba con el viento, a su espalda. Las túnicas se movían también, dócilmente. No vestía como siempre, sólo llevaba una delgada prenda que caía holgada de sus hombros. Todas las joyas que solían adornar sus dedos y muñecas, habían desaparecido. Les sonreía, sus ojos amarillos iluminados con un salvaje brillo. Los mechones que caían sobre sus ojos cubrían a medias su mirada, haciéndolo verse inofensivo por momentos, para que luego el juego de luces y sombras lo hiciera parecer un verdadero demonio.

Kurama lo enfrentó, sonriéndole también. Los demás no hubieran podido decir cual de los dos youkai se veía más confiado. El youko se llevó una mano al cabello, su sonrisa sin desaparecer.

- Veo que mi regalo no fue bien recibido - murmuró Kurama, refiriéndose a su planta, dejando entrever sus colmillos entre palabra y palabra. Shika se irguió, mirando fijamente como el zorro retiraba la mano de entre los mechones plateados, con tres rosas intensamente rojas entre sus dedos. Frunció el ceño.

- ¿Regalo? - sonrió Shika, burlón, dirigiendo su mirada sarcástica hacia Hiei, que entreabrió los labios, molesto -. Si ese es tu concepto de regalo, tienes peor gusto del que pensaba.

- Oh, ¿será por eso que la primera vez que te vi pensé que eras un encanto? - respondió Kurama, volviendo la ofensa contra Shika, que pareció divertido, más que ofendido.

- Veremos si ese buen humor te dura hasta que haya acabado contigo, maldito youko...

En ese momento Kurama atacó, justo antes de que Shika terminara de hablar. Las tres rosas salieron directamente contra Shika, no mortales, pero sí dispuestas a herir. Sin embargo, el youkai hizo un delicado movimiento con su muñeca, dejando una estela de fuego blanco en el camino, que consumió completamente las rosas de Kurama. Se miraron a los ojos, dorado contra amarillo. Hiei, Iori y Kyo retrocedieron un poco, dejando a los dos antiguos compañeros pelear. Shika sonrió al ver los dos pares de ojos rojos, y los ojos castaños, observándolo con la misma mirada cargada de rabia.

Un chasquido lo distrajo, y tuvo que dar un salto hacia atrás para evitar un golpe del látigo que había invocado Kurama. Vio cómo el lugar que recibió el impacto se resquebrajó, para que luego la tierra y piedras saltaran hechas pedazos. Otro golpe se oyó, esta vez más cerca de él, y Shika lo esquivó, cayendo más atrás, teniendo que apoyarse en sus manos para no caer al suelo. Kurama sonrió, lo tenía.

Un tercer golpe, pero el látigo desapareció en una columna de fuego que envolvió a Shika. Kurama tiró de él, y se encontró con que había sido consumido. Sorprendido, lo dejó caer al suelo, pero en ese segundo de distracción Shika había aprovechado para acercársele, envuelto en fuego, a toda velocidad.

Kurama intentó esquivar, pero no pudo evitarlo porque el fuego abarcaba un área demasiado grande. El zorro rodó por el suelo, su cabello plateado impregnándose de tierra y hierba, el fuego de Shika aún encendido en sus ropas blancas. Maldijo entre dientes, intentado ponerse de pie lo antes posible, para contraatacar, pero oyó un rugido a su espalda, y cuando recuperó el equilibrio, se volvió para ver a Yagami lanzándose directamente contra Shika, adentrándose en el fuego, rodeándose a sí mismo con sus llamas púrpura.

Observó solamente, igual que Hiei y Kyo, mientras el pelirrojo resistía el dolor que de seguro el fuego blanco le producía, para lanzar un golpe a un muy sorprendido Shika. Las manos de Yagami desgarraron la tersa piel del youkai, haciendo brotar sangre. Ambos retrocedieron de un salto, Shika pasando su mano por la herida recién abierta, Iori sonriendo cínicamente.

- ¿No querías venganza? - se burló Iori, encendiendo una llamarada púrpura en la palma de su mano, enviándola por el suelo, acabando con la hierba, en dirección a Shika, que simplemente la contrarrestó con su propio fuego.

- Claro - le sonrió a Iori -. Y fue muy divertido, pero, como te dije... me aburro muy rápido de los despreciables ningen como tú. - Hizo una pausa, levantando su mano derecha, su dedo índice. Iori se quedó quieto, observándolo sin entender. El youkai envió hacia atrás los mechones de cabello blanco que caían sobre su rostro, y todos pudieron ver que continuaba sonriendo. Parecía entretenerse enormemente con esa pelea. Su dedo tocó la comisura de sus labios, y Iori tocó los suyos. Al mirar su mano, vio que había sangre. - ¿No te duele? - preguntó Shika burlón, y le sonrió ampliamente a Kyo cuando vio su expresión preocupada. - ¿Y tú, Kusanagi, no vas a hacer nada? - lo retó, volviéndose hacia él e ignorando a Iori y Kurama. Kyo apretó los puños, frunciendo el ceño. Los mechones de cabello castaño cayeron sobre sus ojos cuando adoptó su pose de pelea.

- Aún no he terminado - interrumpió Iori, poniéndose en el camino entre Shika y Kyo, el fuego ardiendo en su mano nuevamente. Shika lo miró, y continuó ignorándolo. Cuando habló, lo hizo dirigiéndose a Kyo.

- ¿Vas a dejar que Yagami pelee solo, en ese estado, Kusanagi? - dijo, simulando una voz afectada. Disfrutó de la expresión furiosa de Iori, pero no dio muestras de haberlo notado. Era obvio que Yagami quería evitar que Kyo peleara... pero sería más interesante ver cuántas burlas podía soportar el orgullo del Kusanagi... si es que aún le quedaba algo. - Yagami está muy mal, porque no tiene... - Shika introdujo su mano entre las túnicas -, esto.

Todos observaron el frasco de cristal que resplandeció a la luz del exterior.

- ¿Te es familiar, Yagami? - preguntó Shika, moviéndolo en el aire, provocativo -. Tu vida...

Iori pareció totalmente indiferente, pero gruñó algo, amenazante. Shika volvió a esconder el frasco, que desapareció entre los pliegues de su vestimenta.

- Te reto a conseguir esta poción, Kusanagi - dijo de pronto el youkai de cabello blanco. Kyo dio un paso hacia él, dispuesto a aceptar. Si eso podía curar a Iori, bien podía conseguirlo. No soportaba el aire tan confiado de ese maldito demonio.

Kurama observó a los dos ningen. Cada uno intentando proteger al otro. Shika lo sabía también, y por eso les estaba tendiendo una trampa. Bastante inteligente, se dijo Kurama, pero Shika no estaba considerando algo muy simple. Iori y Kyo no eran los únicos que estaban allí.

- No intervengas, Kyo - ordenaba Yagami en ese momento, recibiendo una mirada extrañada y furiosa de parte del joven -. Aún no termino - murmuró Iori, como si debiera dar una explicación. Kyo asintió, de mala gana. En verdad no quería que Iori peleara más, no quería que utilizara su fuego, ni siguiera desperdiciando energía en esa batalla. Sabía que el pelirrojo no iba a dejar que la ofensa de Shika quedara sin castigo... pero por una vez... ¿no podía dejar que Kurama se hiciera cargo? Kurama estaba bien, su poder, su youki, intactos...

Kyo sacudió la cabeza, apretando los puños. ¿Qué tonterías pensaba? Esa no era la actitud de Iori. Jamás lo aceptaría. Esa pelea iba a continuar...

Iori tampoco quería que Kyo peleara. Lo sentía aún demasiado débil como para que se enfrentara directamente a Shika. Quizás después, pero no ahora.

- ¿Quieres seguir? - preguntó Shika mirando al pelirrojo, que se había limpiado la sangre con el dorso de su mano. Como respuesta, Iori corrió hacia él. Nuevamente el fuego encontrándose y mezclándose. Shika esquivo las manos de Iori, que buscaban desgarrar su piel de nuevo. Rió. Ese ningen no iba a poder hacer nada.

Un sonido conocido se oyó en el aire, y Shika se apartó cuando vio al pelirrojo retroceder. El látigo de Kurama cayó en el suelo, justo donde él había estado hacía un par de segundos.

- ¿Atacan los dos al mismo tiempo? - murmuró Shika sorprendido -. Sí que deben estar desesperados - sonrió, apartando los mechones de cabello que le caían sobre el rostro. - Ne, Kurama... ¿ahora soy demasiado para ti?

- No te des tantos créditos - siseó Kurama.

- Pero si ustedes son los que están atacando - se defendió Shika, sin dejar nunca de sonreír. Sorpresivamente se acercó a Kurama, lanzando algunos golpes que el youko pudo evitar fácilmente, retrocediendo un par de pasos. - Así que creíste que podrías engañarme, ¿eh? - susurró Shika, sólo para Kurama, sin que los otros lo oyeran -. Muy ingenioso, eso de simularlo todo.

Kurama parpadeó, ¿era su impresión o Shika parecía resentido por ese engaño?

- Ingenioso también haberte aprovechado del pobre Yagami - continuó Shika, burlándose de Iori -. Sólo espera a que se entere... y que Kusanagi se entere... No puedes con tu naturaleza, ne?

Kurama atrapó un puñetazo de Shika con sus manos, pero tuvo que retirarse cuando el fuego blanco se encendió, amenazando con quemar sus ropas otra vez.

- Qué lástima que tu planta haya tenido que morir - sonrió Shika, y Kurama frunció el ceño, sus ojos brillando burlones también.

- Que lástima que tu sirviente haya tenido que morir - remedó, y se sorprendió al ver como la expresión de Shika cambiaba súbitamente. Kurama sintió un corte a la altura de su pecho, y rodó hacia atrás, alejándose del youkai. Miró, y vio que tenía un corte, no muy profundo, que comenzaba a sangrar. Lamió sus dedos manchados de sangre, mirando con ojos entrecerrados al molesto Shika -. Aunque hubiera sido mucho mejor si hubieses muerto tú - susurró.

Shika apartó la mirada lentamente, con fingido aire de desprecio. Posó sus ojos en Kyo y Hiei, que sólo observaban.

- No te metas con ellos - amenazó Kurama -. Ellos no tienen nada que ver.

- ¿Ah, no? - sonrió Shika -. Tu amante, ¿no tiene que ver? Me encantaría que lo vieras morir...

- ¿Quién va a morir? - se oyó la voz de Hiei a lo lejos, desafiante, y Kurama y Shika vieron sus ojos escarlata fijos en ellos.

- No es un indefenso youkai, como tu sirviente - dijo Kurama.

- Como sea - murmuró Shika. Encendió su fuego de nuevo, y lanzó una llamarada a Kurama, para distraerlo mientras volvía hacia Yagami, listo para atacarlo. Los ojos rojos de Iori lo observaban calmados, neutros, esperando que se acercara. A diferencia de Kurama que debía atacar de lejos, Iori podía entrar sin sufrir daños en el fuego de Shika, protegido por su propio poder púrpura. Esperaba usar esa ventaja para acabar con el youkai. Era más que obvio que Shika sólo estaba jugando con ellos, con su eterna sonrisa, yendo de uno a otro para, más que atacar, burlarse. Era una criatura incomprensible.

Iori preparó su fuego púrpura, invocando a todo su poder. Podía sentir una punzada en su pecho, y su corazón latiendo acelerado, pero estaba preparado. Aquello ya se había extendido mucho, y estaba harto de todo: del maldito youkai, de ese maldito mundo, del dolor, del fuego, ¡todo!

Notó que Shika aminoraba su velocidad antes de llegar a él, parecía confundido. Su ataque fue muy lento, comparado con los anteriores. El pelirrojo pudo ver claramente cómo Shika creaba la barrera de fuego para protegerse, pero tan lentamente, que alcanzó a golpearlo antes de que terminara de completarse. El youkai cayó hacia atrás debido al impacto, y Yagami no tardó en estar sobre él, sus manos alrededor del cuello de Shika, ardiendo en púrpura. Los ojos de Iori estaban brillantes, el youkai parecía no poder defenderse pero... ¿por qué tan súbitamente?

Al demonio, Iori hizo presión en el cuello del youkai, que inconscientemente llevó sus garras alrededor de las muñecas del pelirrojo, clavándolas en su piel profundamente, pero a Iori no pareció importarle. El fuego púrpura hería a Shika, podía verlo. Era como si de pronto todas sus defensas se hubieran venido abajo. Como si estuviera indefenso. No comprendía por qué, pero no le importaba. Clavó sus uñas en el cuello del youkai, disfrutando de la sangre tibia que empezó a correr por sus dedos.

Kurama se acercó, observando la escena. Fuego blanco, fuego púrpura, y Shika sin poder hacer nada. Era extraño. ¿Otra trampa? De pronto el fuego de Shika se apagó, fue repentino, desapareció totalmente, y sólo quedó el de Iori, quemando su piel, su rostro, su cabello. El zorro miró los ojos de Shika, que parecía tan sorprendido como ellos. Su youki... ¿estaba desapareciendo? ¿Por qué?

El demonio gritó cuando sintió las manos de Iori desgarrando su piel. El pelirrojo sonreía, su mirada salvaje, sin poder evitar disfrutar de la sangre que brotaba, mientras desgarraba y golpeaba al indefenso Shika, ejecutando su Yaotome.

Kurama sonrió, con maldad.

- ¿Y? ¿Qué se siente estar del lado que no puede defenderse? - murmuró, llevándose una mano al cabello, sacando una pequeña semilla. Shika lo observó, sus ojos fijos en la mano de Kurama, luego en sus ojos, helados y despectivos.

- No... no te atrevas... - murmuró Shika, su rostro salpicado con su propia sangre. Iori miró también cómo Kurama dejaba caer la semilla en el pecho de Shika, justo donde estaba la herida. El pelirrojo se retiró de un salto, cuando una enorme raíz surgió, extendiéndose y clavándose profundamente en el suelo. Kurama retrocedió lentamente, observando cómo la semilla que había utilizado se empapaba con la sangre de Shika, y comenzaba a desarrollarse. Shika se llevó una mano al pecho, arrancándola y lanzándola lejos antes de que creciera más.

- Es muy tarde - dijo Kurama, cruzándose de brazos -. Ya está en tu sangre.

- ¿Qué? - gruñó Shika, limpiándose el rostro, poniéndose de pie lentamente. Iori lo observó, sus manos goteaban de sangre, pero se veía cansado, respirando cada vez más trabajosamente.

- El veneno de esa planta, en tu sangre - repitió Kurama, como quien se lo explica a un niño.

Shika sonrió.

- Entonces aún tengo algo de tiempo para acabar con ustedes - dijo, forzando una sonrisa.

- Tienes tiempo para intentarlo - corrigió Kurama -. Unos... dos o tres segundos.

Shika hizo un movimiento para atacar, pero Kurama tenía razón. El youkai sintió como su cuerpo se inmovilizaba, y todo comenzaba a dolerle, sus brazos, sus piernas, su pecho...

Jadeó, cayendo de rodillas ante Kurama, que retrocedió dos pasos, para no ser salpicado con la sangre que Shika comenzó a toser. El zorro observaba fríamente, esperando. Lentamente la piel de Shika empezó a sangrar, y pequeños cortes aparecieron aquí y allá. Shika gimió, mirando sus manos y brazos, ahora manchados de rojo.

- ¿Quieres que te explique qué va a suceder, o prefieres morir sin saberlo? - sonrió Kurama. Shika le sostuvo la mirada hasta que el dolor lo obligó a cerrar los ojos. - Ah, ¿quieres saberlo? - continuó el zorro -. Esa planta se alimentará de la sangre en tus venas... y luego... saldrá a la superficie, buscando la luz del sol.

Shika jadeó de nuevo, al intentar responder. No comprendía por qué su energía había descendido tan súbitamente, pero entonces recordó que ya le había sucedido una vez, cuando fue a ver a los cuatro prisioneros a su habitación. Ryaku había estado allí, y luego el usó su energía para curarlo... y luego curarlo de nuevo... Pero... ¿esa simple razón lo había agotado tanto?

- No has estado vigilando tu energía últimamente, ne, Shika? - sonrió Kurama -. Nunca había sentido un youki más inestable que el tuyo. ¿Nunca te has preguntado cuánto youki se necesita para mantener un kekkai?

- Mald... dito... Kura... ma... - gimió Shika, una mano crispándose sobre su pecho, debido al dolor.

- ¿Quién es el maldito aquí? - preguntó Kurama, encantadoramente -. Shi... ne... {Mue... re...}

Los ojos de Shika estaban nuevamente fijos en él cuando la sangre salpicó de su cuerpo. Yagami observó, sin parecer afectado, cómo las raíces brotaban de diversos puntos, húmedas de sangre, buscando un lugar en la tierra donde poder introducirse. El demonio no hacía ni un sonido, estaba sobre la hierba con los labios entreabiertos, y expresión sorprendida. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, pero aun así no dijo nada. Kurama entrecerró sus ojos, apretando sus labios. ¿Acaso no iba a pedir piedad ese tonto youkai?

Miró a Hiei, observándolo todo lejos de allí. Pudo ver una leve sonrisa complacida en sus labios. El demonio de fuego negro parecía satisfecho de lo que estaba sucediendo: una muerte cruel, y ellos dos, Kurama y el pelirrojo, observándola con increíble frialdad. Kyo, por su parte, miraba también. Su asunto no era directamente con Shika, sino con su sirviente, pero por lo que había podido inferir, ninguno de los dos estaría vivo mucho más tiempo. No le interesaba ver esa muerte frente a él. Era sólo un demonio al fin y al cabo.

- ¿Te duele? - murmuró Kurama, viendo que Shika seguía consciente a pesar de que el crecimiento de esa planta ya estaba bastante avanzado. Sus hojas comenzaban a cubrir el cuerpo del demonio, las raíces entremezclándose con las hebras de su cabello -. Pídeme que la detenga - continuó el zorro, entrecerrando sus ojos dorados de nuevo, en una perfecta expresión de maldad. No había modo de detener el avance de su planta ahora, pero quería oir a Shika rogando.

Sin embargo, el youkai no lo hizo, sólo continuó allí, inmovilizado contra el suelo, en silencio.

- Ya va a morir - le dijo ligeramente Kurama a Iori, mientras daba media vuelta y comenzaba a caminar hacia Hiei. El pelirrojo no lo siguió. Observó a Shika un momento más, atrapado por raíces y hojas de esa planta del demonio. Miró sus lágrimas, y su expresión de total dolor. ¿Y esta criatura se había atrevido a atraparlo? Ahora Shika estaba en una situación tan patética que no podía creerlo. Era el contraste perfecto a como había sido hasta entonces, de burlón y confiado, a estar esperando la muerte. El alivio de la fría oscuridad. Qué fácil.

Se arrodilló en el suelo, junto a Shika, y apartó el cabello de sus ojos, para observarlo fijamente. Le sonrió levemente, mientras sus manos continuaban apartando la desagradable planta, hasta dar con el lugar donde Shika había guardado la botellita con la poción de vida eterna. Los ojos amarillos se encontraron con los rojos de Iori. Era tan obvio que haría eso, parecía decir Shika. Tan obvio...

Iori retiró la tapa del elixir, y lo acercó a sus labios, como si disfrutara del aroma. Shika observaba, respirando dolorosamente. De pronto, Iori se acercó a él, pasando su mano libre bajo el cuello de Shika, ayudándolo a sentarse. El youkai lo hizo, con un gemido, obligado por la fuerza del pelirrojo. No pudo evitar tragar cuando sintió el pico de la botella contra sus labios y el elixir siendo vaciado completamente en su boca. Fue tan inesperado, que lo tragó, sin tener oportunidad de escupirlo.

- ¡¿Pero qué demonios hace?! - exclamó Kurama, apretando los puños, viendo cómo el elixir de vida eterna era bebido por Shika. ¿Cómo se atrevía el pelirrojo a hacer algo semejante? ¿Acaso estaba bajo el influjo del poder de ese youkai?

- Eso es, bebe - murmuraba Iori, con una sonrisa en sus labios. Dejó caer hasta la última gota entre los labios de Shika, y luego lanzó la botella vacía lejos, para que se perdiera en la hierba.

Shika le escupió en la cara, pero ya era tarde, ya había bebido demasiado.

- Kisamaaaa...h! - exclamó Shika, cuando Iori se puso de pie para volverse, su grito convirtiéndose en uno de puro dolor, la planta invadiendo su cuerpo, por completo.

El pelirrojo le hizo caso omiso, mientras empezaba a andar hacia Kyo, que esperaba, y que había sujetado a Kurama de un brazo. El zorro parecía listo para ir a destruir a Iori también, por haber hecho tal estupidez.

Iori se detuvo a unos pasos, sosteniendo la mirada del youko mientras sonreía con maldad. Pasó a su lado sin decir palabra, y Kurama sintió el deseo de matarlo allí mismo. Los gritos de Shika se oían, pero eso no era lo que le importaba.

- Kurama - llamó Kyo, intentando llamar la atención del youko, que no apartaba su mirada del pelirrojo -, ¡Kurama! - repitió, al ver que los ojos del zorro observaban a Iori con un brillo asesino.

Al fin Kurama se volvió hacia Kyo, mirándolo fríamente, esperando que hablara antes de lanzarse contra Iori a darle una lección.

- Ese elixir no es lo que tú piensas - explicó Kyo. Kurama ladeó su cabeza.

- ¿Qué dices? Es la vida eterna - gruñó, pero Kyo negó suavemente.

- Es la vida eterna... pero no cura... - dijo, y no pudo contener una leve sonrisa cruel al pensar en la buena idea que había tenido Yagami.

Kurama parpadeó, y se volvió hacia donde Shika yacía. Una breve risa salió de sus labios, mientras bajaba la cabeza y sus hombros se sacudían. Negó suavemente. Qué ocurrencia...

- Eso significa que se quedará sufriendo allí por siempre... - murmuró Kyo, más para sí que para Kurama.

Hiei estaba observándolos, en silencio. Tenía una ligera sonrisa en sus labios. Esos dos ningen habían resultado ser más de lo que él esperaba. No estaba mal, esa crueldad.

- Vamos - dijo Kurama, haciéndole un gesto a Kyo para que echara a andar, Hiei cerró los ojos un momento, desechó la desagradable imagen que era ver a Kurama tan cerca de ese humano, y empezó a caminar a su lado.

Dejaron atrás el castillo de Shika, oyendo sus gritos, hasta que estuvieron demasiado lejos, dentro del bosque.

Kyo se detuvo un momento, sus ojos castaños mirando pensativos el castillo. No quería volver a ver ese mundo jamás en su vida.


Capítulo 47-. Una última vez...

- ¡Kyo!

- ¡Kusanagi-san!

Oyó los pasos que se acercaban por la hierba del bosque, y antes de poder volverse, ya sentía que alguien se había lanzado a sus brazos, para estrecharlo con fuerza. Casi perdió el equilibrio, sintiendo un ligero y extraño dolor, pero recuperó su estabilidad mientras bajaba sus ojos castaños hacia la muchacha que estaba aferrada a él.

- ¿Yuki? - preguntó, sorprendido. ¿Qué hacía ella en ese lugar? Parpadeó, tratando de reaccionar. Yuki, Yuki allí. Y había alguien con ella, alguien que estaba justo frente a él con una gran sonrisa en sus labios y ojos brillantes -. ¿Shingo? - murmuró, con el mismo tono escéptico. Los dos muchachos se veían tan fuera de lugar en ese bosque...

- Hai, Kusanagi-san! - asintió Shingo. Sus ojos oscuros brillaban de sólo ver a su senpai sano y salvo -. ¿Se encuentra bien? - preguntó luego, al ver que Kyo tenía una expresión que nunca antes le había visto en el rostro.

Kyo asintió, volviendo a mirar a Yuki, que estaba con su cabeza apoyada en el pecho de él, sollozando sonoramente. El joven sonrió, acariciando su cabello con cariño.

- Pensé que no te volvería a ver... Kyo no baka! - sollozó ella al sentirlo, abrazándolo con más fuerza aun -. Tenía miedo... Pensé que... pensé...

Calló, Kyo estaba con ella ahora, volverían a casa y sus vidas continuarían con normalidad. Ya no tenía nada que temer.

- Vamos, Kusanagi-san - indicó Shingo de pronto, señalando tras su espalda. Yuusuke y Kuwabara ya se habían alejado en dirección al centro del bosque, luego de recibir a sus compañeros y comprobar que la misión había sido cumplida. Era en el bosque donde el portal se abriría nuevamente para llevarlos de regreso. Kurama y Hiei iban tras ellos, el alto zorro plateado intercambiando algunas palabras con el demonio, que mantenía la vista obstinadamente al frente. Iori iba tras ellos, las manos hundidas en los bolsillos, un poco encorvado hacia adelante. Kyo entreabrió los labios. Veía el dolor en la forma de caminar del pelirrojo, estaba seguro. Quiso avanzar, pero se dio cuenta de que Yuki no se movía. Se encontró con la mirada de Shingo, que aún le sonreía, ligeramente divertido.

- ¡Oi, Yuki! - exclamó Kyo, despegándosela con un empujón. Ella levantó la mirada, totalmente furiosa. ¿Cómo se atrevía ese idiota a interrumpir su romántico reencuentro? Estuvo a punto de lanzarle un golpe, de broma, como siempre hacía, pero se encontró con que Kyo le sujetaba bruscamente la muñeca, inmovilizándola incluso antes de que tuviera tiempo para tomar impulso. Quiso protestar, quejarse juguetonamente, como era su costumbre con él, pero al mirarlo a los ojos se quedó helada. El joven estaba serio, su mirada castaña era totalmente fría, incluso con ella. Parecía molestarle el tenerla allí, en vez de alegrarlo o sorprenderlo. - Este no es lugar para esas tonterías - siseó Kyo, dejándola ir -. Es otro mundo, ¿no comprendes? - continuó el joven. Yuki se quedó en silencio. Si hubiera sido una ocasión normal, hubiera reaccionado fingiendo exagerada molestia hacia Kyo, pero por alguna razón no lo hizo. Bastaba con mirar sus ojos, para darse cuenta que si hablaba de nuevo Kyo reaccionaría de una forma que ella no había visto nunca.

El joven se sintió aliviado cuando ella asintió y empezaron a andar. Yuki a su derecha, y Shingo a la derecha de Yuki. Seguían un sendero hacia el bosque, viendo las figuras de los Reikai Tantei más adelante. Kyo no podía evitar mirar a Yuki, admirándola como nunca había hecho antes.

Estar tanto tiempo entre esos demonios, viviendo en carne propia la experiencia de sus cuerpos masculinos, hacía que el simple hecho de ver a la muchacha fuera algo reconfortante. Sus suaves formas, la manera delicada como caminaba, esquivando las piedras del camino, y las ramas de algunas plantas que crecían a ras del suelo. Quería abrazarla en ese momento, y sentirla cerca. Estaba increíblemente feliz de verla; nunca pensó que podría llegar a estarlo tanto, por ella, pero así era. La hubiera abrazado, en verdad, para no soltarla en horas, pero al mismo tiempo le enfurecía el que estuviera allí. ¿Cómo habían permitido que una muchacha fuera llevada a ese mundo? La quería, sí, pero estaba muy consciente de que ella no podía hacer nada por protegerse de un demonio, por muy débil que fuera, que se apareciera de pronto. Y Shingo, demonios... Dos humanos indefensos en un mundo de demonios... Qué suerte habían tenido de que Shika o alguno de sus sirvientes no los descubrieran. No quería ni pensar en lo que podría haber sucedido.

Sintió que Yuki entrelazaba sus dedos con los de él, que estaban helados.

- ¿Estás bien, Kyo? - preguntó la joven, al darse cuenta de eso. Kyo asintió, esbozando una ligera sonrisa, sin decir nada. Yuki parpadeó confusa. ¿Por qué Kyo no le hablaba? ¿Qué lo molestaba? ¿Acaso no le agradaba verla allí?

- ¡Oigan, de prisa! - oyeron que llamaba Yuusuke desde adelante, y Shingo asintió con un:

- HAAAAAI!

Kyo cerró un ojo debido al fuerte grito, y luego frunció el ceño, ordenándole al muchacho:

- Ve con ellos.

Shingo obedeció sin protestar, sólo rió ligeramente, antes de echar a correr para alcanzar a Yuusuke, que ya desaparecía entre un montón de árboles.

Él continuó su camino de la mano de Yuki, acelerando el paso y notando que ella ya estaba cansada. Escuchó sus jadeos débiles, y vio que ella hacía lo posible por mantener su velocidad, pero no podía. De nuevo Kyo maldijo a los que habían permitido que ella viajara a ese mundo.

Ni bien terminó de repasar a una lista de posibles culpables, cuando se encontró en un pequeño claro. Yuusuke iba de aquí para allá, tratando de recordar cual era el camino que habían seguido para llegar allí desde el portal. Kuwabara iba detrás de él, rascándose la cabeza sin comprender muy bien qué era lo que estaba sucediendo.

- No deberían quedarse tan atrás, ustedes - dijo una voz, y al volverse Kyo se encontró con la mirada dorada de Kurama, observándolo con ojos entrecerrados y una extraña sonrisa burlona que dejaba ver la punta de uno de sus colmillos. Parpadeó sin entender lo que pretendía el zorro. Ese no era un aviso, parecía una burla. Sintió las manos de Yuki aferrándose fuertemente a su brazo cuando el youko volvió sus ojos amenazantes hacia ella.

- Hn, quién sabe cuántos youkai estarán al acecho para cenar un par de jóvenes ningen - dijo otra voz, aun más profunda, mientras un par de ojos escarlata miraba directamente a los ojos de Yuki. Hiei le sonreía con una sonrisa torcida, su expresión oscureciéndose, mechones de cabello cayéndole sobre los ojos.

Yuki lanzó un chillido, apartando su rostro y abrazándose a Kyo que sudó una enorme gota. Parpadeó de nuevo, mirando cómo Kurama y Hiei le sonreían inocentemente. Era tan extraño verlos con esa expresión, cuando hasta ese momento todo lo que había visto eran miradas frías y palabras amenazantes... Pero ya todo había terminado, se dijo, sonriéndoles levemente también. Ellos estaban juntos, al fin, y debían tener sus motivos para sentirse aliviados y simplemente felices. Y él...

Sintió que Yuki temblaba como una hoja, aferrada a él, y tuvo que posar sus manos en los hombros de la chica, para alejarse de los youkai con ella.

- ¿Quieres calmarte? - murmuró Kyo a Yuki, incómodo al darse cuenta que la mirada de Yagami estaba fija en él -. Oi! - insistió, porque la muchacha no le estaba haciendo el más mínimo caso. Intentó apartarla de nuevo, pero era inútil. Kyo frunció el ceño, molestándose súbitamente ante la estúpida escenita que le estaba haciendo -. Supongo que fuiste tú la que quiso venir, ¿verdad? - preguntó Kyo, secamente, finalmente obligándola a separarse -. ¿Para qué lo hiciste si sabías que verías demonios y todo tipo de monstruos?

Yuki acalló los sollozos con sus manos. Kyo... Kyo le estaba... gritando. Levantó sus ojos hacia él, arrasados de lágrimas. Sacudió la cabeza, haciéndolas caer.

- Por ti, porque te amo - susurró -. Porque temía no volver a verte... Kyo...

El joven se quedó de una pieza, y se relajó despacio. Intentó sonreír, apartando la mirada, pero se encontró con los ojos de Yagami y debió volver a observar a la chica.

- Lo siento - se disculpó con algo de dificultad -. Estoy algo...

- Wakatta {Entiendo} - sonrió ella, interrumpiéndolo -. Es mi culpa. No lo haré más.

Se miraron largo rato, los ojos de ella estaban vidriosos. Kyo se veía cansado. Quería dejarse caer en el pasto y olvidarse de todo, no ocuparse de ella en ese momento. Pero... ¿estaría bien si hacía eso? Maldición... ¿por qué estaba ella allí?

- Kyo - llamó Kurama de pronto, acercándosele mientras Hiei desaparecía entre los árboles, junto con Yuusuke y Kuwabara. El zorro miró solamente a Kyo, ignorando a la muchacha que parecía aterrada de tener a la alta criatura tan cerca -. Tal parece que el portal aún no ha sido abierto - dijo Kurama -. Iremos a buscar en el bosque, quizás apareció en otro lugar.

El joven asintió, y Kurama desapareció casi sin hacer sonido.

Mirando a su alrededor, Kyo notó que todos los Reikai Tantei se habían ido con él. Yuki seguía a su lado, y Shingo esperaba un poco más alejado. Yagami estaba apoyado contra el grueso tronco de un árbol, sus brazos cruzados, sus ojos rojos fijos en él. Sintió un impulso de ir a Iori, aun teniendo a Yuki tomada de la mano. No comprendía qué era eso tan extraño que sentía. Yuki estaba perfectamente, pero Iori no... y era como si el pelirrojo lo llamara con esa mirada silenciosa.

- Matte kure {Espérame un momento}, Yuki - dijo repentinamente, liberando su mano y yendo hacia Iori. Yuki observó sorprendida cómo Kyo se acercaba a su enemigo, sin que hubiesen movimientos hostiles de parte de ninguno. Parecieron intercambiar breves palabras, y la joven vio cómo Kyo sacudía la cabeza de un lado a otro, para luego sujetar a Yagami de los brazos, como si quisiera convencerlo de algo. Sus voces eran bajas, inaudibles. Las manos de Kyo fueron apartadas violentamente por Iori, y el joven retrocedió un paso. Yagami sonrió con ironía y en ese momento Kyo se volvió, diciendo -: Shingo, cuida de Yuki un momento.

El muchacho aceptó; como siempre, era el perrito faldero de Kyo, se dijo Yuki. ¿A dónde se iba Kyo...? ¿Y por qué iba con Yagami? ¿Acaso ese pelirrojo no era su enemigo? ¿Pretendían irse a pelear, incluso en ese mundo?

Pelirrojo...

"Aleja a Kyo de los pelirrojos... o ellos terminarán por arrebatártelo..."

****

Iori y Kyo rodearon un gran árbol, alejándose unos pasos de los dos muchachos, sólo para quedar fuera de su vista. Kyo caminaba con la mirada baja y el ceño fruncido. Había querido hablar con Yagami, y todo lo que había recibido a cambio eran burlas acerca de Yuki. Molesto, lo último que le soltó fue un: "¿Celoso, acaso?" y Iori le respondió con esa sonrisa sarcástica, que le recordó los viejos tiempos de odio y rivalidad sin sentido. Ahora sólo quería saber qué era lo que sucedía con el pelirrojo, aclarar las cosas antes de volver al Ningenkai, donde sería más difícil hablar con él a solas.

La conducta de Iori lo confundía, del más puro odio a querer protegerlo, luego a traicionarlo... luego decirle que confiara en él. Kyo realmente quería hacerlo, confiar, pero no podía. Dudaba de todo, porque no comprendía ni veía el objetivo tras la actitud que ahora el pelirrojo mostraba hacia él.

Se le acercó despacio, porque Iori estaba apoyado nuevamente contra un tronco, sólo observándolo. No hubo movimiento de parte de Iori, sólo sus ojos, que siguieron a Kyo, su expresión aún fría e indiferente. Al menos no había odio ahora, pensó Kyo.

Apoyó una mano en el tronco, al lado de la cabeza de Iori, inclinándose hacia él. Tampoco hubo reacción. Kyo frunció el ceño. ¿Qué sucedía? Incluso hubiera sido más fácil si Iori lo golpeaba o insultaba, pero no sabía cómo llegar al silencioso pelirrojo. Una idea pasó por su cabeza.

- Daijoubu ka {estás bien}, Yagami? - preguntó, intentando controlar su voz pero sin poder evitar que expresara demasiada preocupación. No hubo respuesta, nuevamente. Miró los ojos de Iori, con frustración. ¿Qué le pasaba?

Pasó su mano del tronco a la mejilla de él, haciéndole una leve caricia y, al fin, Iori entrecerró sus ojos, apartando su rostro. Bastó ese simple gesto, para que Kyo se apoyara en él, buscando sus labios en un beso. Sintió que Iori extendía sus brazos, abriendo más su boca para permitirle entrar, curioso, mientras lo rodeaba por la cintura, posando su mano en la espalda de Kyo y atrayéndolo hacia sí.

Fue un largo y profundo beso, en ese bosque que súbitamente les parecía tranquilo. Kyo sintió que Iori acariciaba su cabello, antes de percibir que su boca estaba salada. Se apartaron.

- Yagami... - Kyo vio que había sangre en los labios del pelirrojo, y al pasar el dorso de su mano por los suyos, notó que estaban impregnados también. Bajó la mirada, hacia Iori que se había dejado resbalar hacia el suelo, sentándose apoyado aun en el árbol, respirando con los labios entreabiertos. Kyo lo oyó toser suavemente y luego reir, mientras se llevaba una mano al pecho.

- Un día me voy a arrepentir de haberle dado todo el elixir a ese estúpido - gruñó, pero aún sonriendo sarcástico, mientras una linea de sangre bajaba por su barbilla.

Kyo se dejó caer ante él, de rodillas, e inclinándose nuevamente, lamió la sangre que manchaba los labios del pelirrojo, besándolo de nuevo, apoyándose en él hasta que Iori resbaló hacia un costado y cayeron sobre la hierba en el suelo. Iori pareció sorprendido al darse cuenta que Kyo estaba sobre él, pero no le desagradaba. Hasta le parecía atractiva la idea de que Kyo estaba haciendo eso con su novia unos metros más allá.

Sintió el dolor incrementándose en su interior súbitamente, y todo lo que hizo fue abrazar a Kyo con todas sus fuerzas, esperando que la oleada pasara. Kyo susurró algo en su oído, y Iori lo liberó. En verdad había hecho demasiada presión, tanta, que Kyo se dio cuenta de qué era lo que le sucedía...

- ¡Yagami! - Kyo se incorporó de pronto, alerta al notar como los brazos de Iori caían sobre el pasto, fláccidos. Iori le dirigió una mirada inexpresiva, y Kyo lo ayudó a sentarse. Por un momento había temido... Recordó todo el dolor que parecía sufrir Iori, y sintió una punzada en su pecho, mientras ayudaba al pelirrojo, sosteniéndolo, hasta que quedó con la cabeza apoyada en su hombro.

Iori no lo miraba, sus ojos parecían fijos en la hierba y las hojas que la cubrían. Kyo ladeó su cabeza hasta que su mejilla rozó el cabello rojo, escuchando como la respiración de Iori se hacía más y más trabajosa. Quiso preguntarle si estaba bien de nuevo, pero se contuvo. No estaba bien, se dijo. De lo contrario, Iori no hubiera estado apoyado de esa forma en él... estaba seguro.

****

¿Por qué tardaban tanto?, se preguntaba Yuki, mirando el camino por el que se fueron los Reikai Tantei. Shingo estaba sentado en el pasto, simplemente esperando. Él estaba feliz, claro, Kusanagi-san ya estaba a salvo y ahora sólo debían esperar.

- Mou... - Yuki se puso de pie.

- Doko e ikima...? {¿A dónde va...?} - comenzó Shingo, pero ella no le hizo caso y fue directamente al árbol donde Yagami había estado apoyado. Si peleaba con Kyo, ella se encargaría de detenerlos. No iba a permitir que ahora que Kyo había sido rescatado de manos de ese... de ese lo que fuera, Yagami lo matara por una estúpida venganza familiar.

Inconscientemente, sus dedos volvieron a acariciar la daga que el amigo de Kurama le había dado y que ella ocultaba en su manga. Era extraño, pero ese metal, ahora tibio, le hacía sentir menos indefensa, más segura de sí misma. Con eso podía defenderse de Yagami si él intentaba algo. Nunca lo había hecho, de todos modos, simplemente la ignoraba, pero ahora por alguna extraña razón tenía miedo.

El pelirrojo no apartaría a Kyo de su lado jamás, se dijo. Pasando por sobre las enormes y rugosas raíces del gigantesco árbol. Cayó suavemente del otro lado, sobre un montón de hojas que se habían acumulado allí donde la raíz sobresalía del suelo.

Escuchó la voz de Kyo cerca, muy cerca. El pequeño claro donde se hallaba, estaba rodeado de tantos árboles, que el silencio era profundo, como si se tratara de una habitación estrecha. Rodeó el tronco con cuidado, y vio a Kyo de pie, hablando. Avanzó un poco más, y notó el perfil del pelirrojo. Al instante retrocedió, ocultándose y asomándose despacio, con mucho cuidado, para verlos sin ser descubierta.

No peleaban, eso era un alivio, pensó para sí, pero se quedaría sólo en caso que Yagami intentara algo contra su Kyo. Continuó observando, y vio cómo Iori caía sentado al suelo, como si estuviera agotado. Kyo lo miraba aún de pie, su expresión arrogante de siempre, los puños apretados. ¿Yagami se daba por vencido antes de empezar la pelea?, se preguntó Yuki, pero en ese momento Kyo también cayó, de rodillas. Estuvo a punto de correr hacia él, pero algo la detuvo en su lugar. La mirada de Kyo... La mirada que Kyo le dirigía a Yagami... solamente la había visto cuando Kyo la observaba a ella. ¡Sólo a ella, a nadie más!

Como si sus manos tuvieran voluntad propia, sacó el cuchillo que ocultaba, y acarició la aguda hoja con la punta de sus dedos, sus ojos siempre fijos en Iori y Kyo, sin poder creer lo que sucedía.

Kyo se había inclinado hacia Iori, y parecía estar a punto de burlarse, pero en ese momento...

Yuki parpadeó.

Los dos jóvenes cayeron sobre el pasto, las manos de Kyo en los hombros de Yagami, su cuerpo inclinado sobre él...

Sus labios...

Besándolo.

Kyo, besando al pelirrojo.

Pelirrojo.

La muchacha se llevó sus manos a sus propios labios, mirando con horror... temor, asco... y lo que sea que estuviera sintiendo en ese momento. Kyo... ¿por qué? ¿Por qué hacía eso? ¿Era una forma de burlarse de su rival? ¿De humillarlo?

Pero no... Kyo lo estaba disfrutando, podía verlo, y el pelirrojo pasó sus brazos alrededor de Kyo, atrapándolo... Kyo no hizo nada, ¡nada!, para liberarse. Lo disfrutaba en verdad... Y cuando después se separaron Kyo atrajo a Yagami, hacia sí, lo apoyó en su hombro, como si lo consolara, como si lo arrullara... Y su rostro... Yuki no podía soportarlo más, su mano se cerró alrededor de la empuñadura de la daga. El rostro de Kyo era...

Vio cómo acariciaba el cabello de Yagami. Ese desordenado cabello rojo...

Las lágrimas inundaron sus ojos. ¡¿Eso había querido decir Athena?! ¡¿Ella sabía sobre eso?! ¿Cómo era posible...? ¿Cuántos más lo sabían? ¿Era tan tonta como para no haber notado nada?

Miró la daga que le había entregado ese demonio de cabello rubio. ¿Él también lo sabía? Sus lágrimas cayeron sobre la hoja, y se quedaron un momento allí antes de resbalar sin dejar rastro alguno de humedad. Se sentía tan confundida, miles de preguntas acudían a su mente, y no podía pensar en nada más que Kyo con el pelirrojo frente a ella. Le daba mucha rabia, demasiada rabia. Un lado de ella le pedía resignarse, perder a Kyo no significaba gran cosa, no moriría sin él, no era de ese tipo de chicas. Pero otro lado, le gritaba que debía hacer algo. Tenía el cuchillo en su mano, el pelirrojo estaba de espaldas, Kyo tenía los ojos cerrados...

"¡Aprovecha esa oportunidad!"

La voz... dentro de su cabeza... El súbito mareo... Ojos iridiscentes observándola desde algún lugar...

- ¿Q... qué...? - murmuró, llevándose una mano entre su cabello.

"Estúpida ningen..."

Un brillo con reflejos rubios, una figura en una habitación destrozada poniéndose de pie, y extendiendo sus brazos, sus garras hacia ella. Vio los ojos fríos, el cabello rubio, y lo reconoció. Era el youkai que la ayudó, el que le dio la daga... Ryaku...

"¡Obedece!"

Yuki sintió que todo se nublaba y que ella se movía, no por voluntad propia, sino por una fuerza extraña. Todo su cuerpo estaba en movimiento, más rápido de lo que nunca se había movido antes. No era que estuviera nublado, sino que no alcanzaba a procesar las imágenes que se sucedían ante ella. El bosque, los ojos de Kyo observándola fijamente, el cuchillo desapareciendo dentro de un cuerpo, la sangre... sangre roja... del pelirrojo...

- ¡¿Qué haces?! - era la voz de Kyo, sujetando su muñeca.

- K... Kyo... - y esta era su voz, pero ahogada dentro de su garganta.

- ¡Responde!

Sintió que retiraba el cuchillo, y lo lanzaba directamente contra el pecho de Kyo, que alcanzó a saltar hacia atrás y esquivarlo.

- ¡Yuki, ¿qué demonios estás haciendo?! - un grito, un violento empujón, y ella cayó al suelo, pero su cuerpo recuperó el equilibrio al instante.

"Mátalo..."

- ¿Qué? - sollozó Yuki, para sí, porque su voz no se oía. Lloraba, pero ya no sentía las lágrimas. No comprendía qué sucedía. Era la voz de Ryaku, ordenándoselo como si ella tuviera algún control de sus acciones, ¡pero no las tenía!

"Te traicionó con el pelirrojo... Mátalo a él también, ¡mátalo!"

De nuevo vio a Kyo frente a ella, y la mirada de sus ojos era salvaje. Más parecía Yagami, que Kyo. Quiso retroceder, pero en vez de eso su brazo lanzó un golpe con la daga, y Kyo lo desvió justo a tiempo, evitando que le hiciera una herida en un costado. El joven ya no hablaba. De nuevo vio al pelirrojo, recostado en la hierba, sus ojos abiertos sin moverse... ¿Muerto?

La daga era muy larga, y había penetrado completamente, atravesando fácilmente la piel, y abriéndose camino en el interior... Si ya estaba muerto, ¿para qué debía atacar a Kyo? ¡No quería matar a Kyo!

Intentó gritar, para que Kyo la oyera, pero era como si alguien la sujetara de la garganta. No podía... y Kyo no estaba intentando escucharla, porque al mismo tiempo ella blandía la daga demasiado cerca de su rostro. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué?

- Kyo... - sollozó ella -. Kyo...

****

Con un salto, Kyo retrocedió algunos metros, cayendo suavemente en el pasto y tomando impulso para lanzarse contra Yuki. No estaba pensando, no tenía tiempo. Veía a la muchacha observándolo con ojos que no eran suyos, moviéndose de un modo que parecía inhumano, demasiada velocidad para su frágil cuerpo.

Esquivó un golpe que ella lanzó con la daga, que pasó a milímetros de su mejilla y alcanzó a cortar algunos mechones de su cabello castaño. Estaba muy cerca de Yuki, y bastó con que Kyo levantara su brazo para atrapar la muñeca de la joven en una llave. Hizo presión, esperando que el dolor la obligara a soltar la daga, pero ella sólo lo miró con ojos helados y una sonrisa burlona. Eso no iba a funcionar.

Yuki levantó su mano libre hacia él, como si quisiera acariciarlo, pero de ella brotó fuego... una llamarada blanca, que hizo a Kyo liberarla y rodar por el suelo para evitar el ataque. Estaba sorprendido. Ese fuego... ¿Shika? ¿Qué le había hecho a Yuki?

Intentó levantarse, y se dio cuenta que había caído justo al lado de Yagami. Miró su cuerpo, caído en el suelo, inmóvil. Iori le daba la espalda, y podía ver cómo la sangre que brotaba había manchado su camisa blanca y era visible donde terminaba la corta chaquetilla oscura que el pelirrojo vestía. Sintió un dolor en su interior cuando posó sus manos en los hombros de Iori, volviéndolo hacia él. Debía verificar si estaba vivo, pero temía que no fuera así. Sin embargo, se obligó a hacerlo, mientras Yuki se detenía en seco, simplemente observándolo, sin hacer intento de atacarlo.

- Yagami - murmuró Kyo, y se sorprendió al oír lo trémula que era su voz al llamarlo. El súbito ataque de Yuki no le había dado tiempo para preocuparse, pero ahora, mientras lentamente se obligaba a mirar a Iori, sintió una horrible angustia. Todo eso no podía estar pasando, no después de haber salido al fin del castillo del demonio. Era demasiado ya, demasiado irónico... Morir en el camino de regreso a casa. ¡No!

Sacudió la cabeza, sus ojos encontrándose con los rojos de Yagami. Vio un parpadeo, y lo invadió un ligero alivio.

- Shikkari shiro {Resiste} - murmuró, haciendo que Iori se apoyara en él. Notó que el pelirrojo se veía muy cansado, respirando débilmente, pero de alguna forma parecía tranquilo, como si no importara realmente. Acarició el cabello de Iori, inconscientemente, cerrando los ojos un segundo, esperando una respuesta, pero no oyó nada, sólo un movimiento frente a él. Yuki de nuevo.

La miró largo rato, de pie con el cuchillo ensangrentado en su mano. ¿Cómo se había atrevido? Era obvio que estaba siendo manipulada, y ese fuego blanco... ¿Shika aún tenía el poder para obligarla a hacer eso?

Se levantó despacio, dejando a Iori suavemente en el suelo otra vez.

- Tienes que matarme, Kyo-chan - sonrió ella, dulcemente -, o acabaré con Yagami.

- ¿De qué demonios estás hablando...? - gruñó Kyo. Esa no era Yuki.

- De que no dejaré que regresen al Ningekai con vida, claro - respondió la joven, dando un paso hacia él. Kyo retrocedió inconscientemente, tratando de encontrar un modo de hacer regresar a Yuki a la normalidad. De repente, lágrimas empezaron a caer de los ojos de ella, mientras decía -: Kyo, ¿cómo pudiste?

Kyo parpadeó.

- ¿Por qué...? - insistió ella, señalando al caído pelirrojo -. ¿Por qué... engañarme con él? ¿Si ya no me amabas... por qué no decírmelo? - Avanzaba lentamente hacia Kyo, su expresión intensamente dolida -. ¿Desde cuándo, Kyo?

El joven entreabrió los labios. ¿Cómo iba a explicarle o darle respuestas, cuando ni siquiera él estaba seguro de cómo había sucedido? De pronto se había encontrado anhelando estar cerca del pelirrojo... a pesar de sus palabras crueles y duras... Pero no sabía por qué, no podía explicarlo...

- Me traicionaste por un Yagami - dijo Yuki, alzando súbitamente su voz -. ¡No te lo voy a perdonar!

Ya estaba demasiado cerca como para que Kyo pudiera esquivarla, y cuando ella atacó, el también lanzó un golpe. Inconscientemente se dijo que no debía herirla, pero su cuerpo por instinto había tomado demasiado impulso. Esperó el impacto, pero no llegó. Yuki rió. Ya no estaba frente a él, sino unos pasos hacia atrás, fuera de su alcance.

- ¿Qué es lo que quieres? - preguntó Kyo, irguiéndose y entrecerrando los ojos. Ya era suficiente.

Yuki sonrió ampliamente.

- Sólo... no quiero dejarlos salir de este mundo tan fácilmente.

Aquella manera de hablar... No había duda ahora, Kyo reconoció a Shika. No comprendía cómo era posible que estuviera sucediendo eso. La que estaba frente a él realmente era Yuki, podía sentirlo, pero solamente su cuerpo.

- Cuando la voluntad es débil... es tan fácil tomar control de las criaturas - oyó que decía. Kyo no soportaba la voz de Yuki con esa entonación, ni pronunciando esas palabras. Apretó fuertemente los puños, no sabía qué hacer, y mientras dudaba, vio cómo el fuego blanco aparecía alrededor de la joven otra vez, expandiéndose hacia él -. Yagami ya va a morir - de nuevo la suave risa, burlona -. Me pregunto... ¿le habrá dolido mucho? - continuó Yuki, llevándose un dedo a los labios, pensativa.

Kyo bajó la mirada. ¿Qué? ¿Qué debía hacer?

- Si dudas un segundo más, Yagami va a morir - escuchó, y al levantar sus ojos castaños, vio que Yuki sostenía el fuego en su mano derecha, lista para lanzarlo sobre Iori.

El pelirrojo se había incorporado, y estaba de pie, dolorosamente apoyado en el árbol tras él. Miraba con odio a la joven, pero más que eso, observaba el fuego. Ese fuego que le recordaba al maldito youkai de cabello blanco. Iori no hizo movimiento alguno, mas que observarla. Shika no tenía ya nada contra él, había sido derrotado, vencido. Este asunto era con Kyo. Rió burlón, murmurando:

- Atrévete.

Yuki lo observó con una sonrisa aún, aceptando el desafío del pelirrojo, pero Kyo exclamó:

- ¡Alto!

Dio un paso hacia Yuki, sus llamas anaranjadas encendiéndose, haciendo evidente que su energía ya había regresado a su nivel normal. Sin embargo, Kyo se detuvo allí, observando el rostro de la joven que había sido su novia durante años. ¿Era ese el único modo? ¡No podía aceptarlo!

- Hazlo, Kusanagi - habló una voz a su espalda, justo en el momento en que vio a una sombra caer a su lado. Vio unos ojos escarlata fijos en Yuki, y el erizado cabello negro. Hiei. - El portal espera - dijo el youkai, lanzándole una mirada a Kyo, para luego volver a observar a Yuki -. Hazlo ahora... o yo me haré cargo... - Había una sonrisa maliciosa en los labios del pequeño demonio de fuego mientras decía eso y comenzaba a desenfundar su katana. Kyo lo detuvo con un gesto.

No, no había necesidad... En verdad podía sentir que era Yuki quien tenía al frente. Era extraño... como si ella gritara por ayuda, lo sentía en su interior. Si Shika estaba controlándola, ella se estaba resistiendo con todas sus fuerzas. No podía atacarla. No, porque continuaba siendo Yuki.

****

- ¡Ya basta! - gritó Yuki, desesperada al darse cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Sacudió la cabeza, pero sabía que su cuerpo no le obedecía. Deseaba que se detuviera, lo que fuera que había tomado control de sus brazos y piernas. Quería llorar... quería decirle a Kyo que por favor la ayudara. Pero no podía.

- Hey, pequeña...

Una suave voz, hablándole cariñosamente.

La joven se volvió, y se dio cuenta que estaba en un salón oscuro, iluminado por unas cuantas antorchas ardiendo en la lejanía. Una figura alta estaba con ella, envuelta en suaves telas blancas, que caían hacia el suelo y se perdían en las sobras.

Se encontró observando un par de hermosos ojos amarillos, delicadamente alargados, fijos en ella.

- ¿Quién es usted? ¿Dónde...?

Una leve sonrisa en los labios del desconocido, hizo que su rostro se viera tierno y hermoso. Se le acercó unos pasos, pero ella retrocedió, alarmada. Vio cómo ese joven apartaba con un lánguido gesto los mechones de cabello blanco que caían sobre su frente, y que luego le tendía la mano, sin ser hostil.

Sus largas garras asustaron a Yuki, pero ella no pudo evitar quedarse observando los brazaletes plateados que adornaban su muñeca. Eran tan delicados, brillando como si tuvieran luz propia, dentro de ese oscuro lugar.

- ¿No sabes qué hacer, pequeña? - habló el ser, y ella se dio cuenta que inconscientemente había tomado su mano. Las garras acariciaron su piel, sin herirla. Se sintió envuelta por las túnicas blancas, y por un olor dulce, como a rosas.

Negó con la cabeza, sintiendo que no podía contener más las lágrimas, que pronto empezaron a caer. Sus ojos castaño claro brillaban ahora, evitando la intensa mirada del ser que parecía abrazarla, protegerla.

- ¿Alguien te ha hecho daño? - susurró en su oído, y ella bajó la mirada.

- ¿Quién es usted? - preguntó de nuevo, débilmente. ¿Importaba saberlo?

- Un amigo - fue la respuesta, y vislumbró una sonrisa -. Mi nombre es Shika.

¿Shika? El nombre se repitió en la mente de la joven. Le era familiar, pero en ese momento no podía recordar dónde lo había oído antes. Sin embargo, sonaba suave, le gustaba. Era un ser realmente hermoso.

- Quiero ayudarte - susurró el youkai en su oído nuevamente, y Yuki sintió que escalofríos recorrían su cuerpo -. A ti y a Kyo - aclaró Shika, apartándose un poco, y haciendo un gesto para que ella mirara. Un joven de cabello castaño apareció entonces, y se detuvo a pocos pasos.

- ¿Kyo? - preguntó ella, quiso ir a su encuentro, pero Shika no liberó su mano.

- Ah, espera un poco - sonrió el youkai, señalando a la izquierda, donde otra figura había aparecido y caminaba hacia la luz.

El cabello rojo, los ojos fríos.

- Yagami... - murmuró ella ahora, con voz trémula y sus ojos se abrieron más cuando vio como Iori pasaba su brazo por la cintura de Kyo, atrayéndolo bruscamente hacia él, posando sus labios en los del sorprendido Kusanagi. - ¿Q... qué...? - gimió Yuki, cubriéndose los labios con sus manos, sus ojos arrasados de lágrimas. ¿Por qué le dolía tanto ver esa escena? Su pecho le ardía, y se sentía encogido. Eran celos, pero también era algo más que eso. No podía definirlo exactamente.

- Parece que Kyo siente algo muy especial hacia ese Yagami, ¿verdad, Yuki? - dijo Shika con voz sorprendida, mirando la escena con ojos extrañados y los labios entreabiertos, como si no se lo esperara -. ¿Qué vas a hacer al respecto?

Yuki lo miró, vio los ojos amarillos fijos en ella de nuevo.

Ella sabía muy bien lo que debía hacer... Apartarse, claro. Salir de la vida de Kyo para que él pudiera vivir como quisiera, amar a quien quisiera. No podía pelear por su amor, porque dentro de ella sentía que no tenía derecho. Mientras Kyo la amara, ella estaba satisfecha, es más, se sentía afortunada cuando él, tan admirado, tan poderoso, la había aceptado. Le dolía, sí, pero sabía que lo que Kyo decidiera sería lo correcto.

Ya podía suponer qué era lo que Kyo deseaba de ese salvaje pelirrojo, era algo que ella jamás podría darle, y no tenía derecho de interponerse. ¿Qué podía ofrecerle ella a Kyo? ¡Nada! ¡Nada en lo absoluto! Era ella quien salía ganando al tener a alguien como el joven Kusanagi a su lado, pero ella no era nada... Ni poderosa, ni adinerada, ¡ni siquiera era bonita! ¿Qué más le quedaba que aceptar lo que veía?

Si en vez de Iori hubiera sido una mujer... quizás hubiera peleado... ¿Pero qué podía hacer contra Yagami? Tenía que sentirse bien por Kyo, bien porque al fin había elegido a alguien por voluntad propia, y no porque estaba destinado debido a la leyenda de su clan. Pero... no podía. Mientras los observaba, abrazados simplemente, los ojos de Kyo cerrados, como si durmiera apoyado en el pecho de Yagami, por su mente no dejaban de pasar ideas malas, retorcidas... Un modo de vengarse.

Eso no hacía más que hacerla sentir doblemente mal. Quería alegrarse por Kyo, y al mismo tiempo, pensaba en lo divertido que sería, al regresar al Ningenkai, correr el rumor de Kyo amando a su enemigo. Sería sensacional, la prensa tras los dos jóvenes, adiós privacidad. O sino, alertar a los clanes. De seguro ellos no se quedarían tranquilos, los respectivos clanes se encargarían de separarlos, de hacerles daño. Eso era, ¡quería hacerles daño! Se sentía bien y mal a la vez, pero no dejaba de ser placentero imaginar mil modos de herir a Kyo. Su Kyo-chan...

Incluso podía ser algo más simple, recordarle que Yagami no tenía mucho tiempo de vida. O decirle a Yagami que Kyo había sido poseído por un youkai...

¿Un youkai...? ¿Kyo...? ¿De dónde había venido ese pensamiento...?

No pudo cuestionarse más, porque una mano en su hombro la hizo volverse, dándole la espalda a Kyo y a Iori. Era Shika, sonriéndole, mientras le señalaba su mano, aquella que sujetaba aún la daga.

- Kyo en verdad siente una gran atracción por Yagami, ne...? - dijo Shika, entrecerrando sus ojos de una manera que a Yuki le dio temor -. Pero hay algo que no sabe...

- ¿Qué? - dijo Yuki al instante, sobresaltándose al oír su propia voz.

- Yagami lo está engañando. - La voz de Shika sonó llena de pesar cuando pronunció aquellas palabras -. Yagami está siendo controlado. Un youkai lo está haciendo... su nombre es Ryaku.

- Rya... ku... - repitió Yuki. Otro nombre que le sonaba extrañamente familiar.

- Sí - asintió el youkai de cabello blanco -. Es malvado, y quiere acabar con Kyo a toda costa. Es por eso que ves que se comporta así. Yagami sólo quiere estar cerca de Kyo para matarlo más fácilmente, y Kyo no se ha dado cuenta...

- Kyo... - murmuró Yuki. Quiso volverse para mirarlo de nuevo, pero unas manos en sus hombros lo evitaron.

- ¡Tienes que ayudarlo! - dijo Shika, imperioso, como si fuera una orden -. ¡Tienes que acabar con Yagami!

- Acabar... ¿Pero cómo?

Ante esta frase, Shika sonrió con malicia.

- Es fácil, Yuki... - dijo, acariciando el cabello corto de la joven -. Sólo... deja de resistirte... Déjame ayudar a Kyo a través de ti, yo me haré cargo de todo...

- C... ¿cómo...? - tartamudeó ella, sintiéndose extraña.

- A través de ti, utilizando tus ojos, tus manos... - explicó pacientemente Shika, delineando con la punta de sus dedos las finas cejas de la joven. - Ne..., no temas, sólo confía en mí... Kyo estará a salvo, y regresará al Ningekai a tu lado.

- Pero... pero si Yagami muere... - quiso protestar ella, débilmente.

- ¿Qué importa si muere? - preguntó Shika con dulzura -. Kyo volverá a tu lado y tú podrás hacerlo feliz, ¿verdad? - hubo una ligera pausa, y la voz del youkai cambió, de paciente a severa -. Además, es la única forma de que Yagami no le haga daño. ¿O acaso quieres que Kyo muera, porque tú no quisiste ayudarlo?

- No, eso no - negó Yuki, moviendo enérgicamente su cabeza -. Eso no.

- Entonces permíteme - sonrió el youkai, acariciando su rostro -. No te resistas... dame el completo control...

Yuki bajó la cabeza. Yagami quería hacerle daño a Kyo, y Kyo no se había dado cuenta... ¿Qué más podía hacer ella?

Asintió levemente, y Shika puso sus dedos bajo su barbilla, obligándola a levantar la mirada hacia él.

- Gracias - dijo, sonriendo con malicia -. Eres una buena niña. No entiendo cómo Kyo pudo cambiarte por ese pelirrojo...

Y con esas palabras, Yuki se dio cuenta que había algo mal... pero pronto ya no supo más... Cayó hacia atrás, de espaldas en el suelo, y lo último que sus ojos vieron fue a Kyo separándose del beso de Yagami, y mirándola como si acabara de tomar la peor decisión de su vida.

****

Kyo no vio venir el fuego blanco. Estaba observando a Yuki, y cómo ella parecía luchar interiormente, y la explosión lo tomó por sorpresa, alcanzándolo y estallando en su pecho, haciendo arder su rostro. Rodó hacia atrás, envuelto en llamas. Por el rabillo de sus ojos entrecerrados vio que Hiei avanzaba hacia él, la espada desenfundada y lista para cortar. Quiso gritarle que se detuviera, pero antes de poder hacerlo, otro grito resonó en el pequeño claro del bosque, agudo, la voz de Yuki.

El joven de cabello castaño no luchó contra el fuego blanco, sólo encendió sus propias llamas para que éstas se encargaran de ahogar a las de Shika, mientras se ponía de pie con un salto. Su fuego estaba encendido aún cuando sus ojos se encontraron con los de Yuki. No pudo evitar sorprenderse al ver el brillo amarillo y enloquecido en el rostro de su novia. Si un momento atrás le había parecido que aún quedaba algo de Yuki en ella, ahora estaba totalmente seguro de que no era así. Era Shika quien lo miraba, en verdad eran sus ojos, con ese color tan peculiar, amarillo. Y la sonrisa... retorcida, mientras sujetaba el puñal en su mano derecha.

No hubo ni un segundo de duda y Yuki ya estaba sobre Yagami, el puñal hundido profundamente en su pecho. La expresión de Iori era de total sorpresa. No habían esperado eso... fue tan súbito... Tan rápido que ni siquiera sentía dolor. Ambos jóvenes observaban a Yuki. No había sangre, no había ni un sonido, ni un movimiento. Era como si el tiempo se hubiese detenido súbitamente. Kyo sólo miraba, fijamente, sin poder creer que eso estuviera sucediendo en realidad. ¡No podía ser! Aquello no tenía sentido, no podía ser.

Junto con el chorro de sangre que salpicó el violento golpe, todo comenzó a moverse de nuevo. El fuego púrpura de Yagami no tardó en lanzarse contra Yuki, que se protegió el rostro con sus manos ensangrentadas. El pelirrojo se había puesto de pie, arrancando el cuchillo de su pecho como si se tratara de una simple espina, lanzándolo al pasto sin hacer un sonido. Ardía en su fuego, tan furioso que su rostro era sólo una sombra oscura, sus ojos ocultos bajo los mechones de cabello rojo. Dio un paso hacia Yuki, que ya había retrocedido y le sonreía sarcásticamente, mientras apagaba las llamas violeta con simples gestos de sus manos. No podía haber más satisfacción en sus ojos ahora amarillos, y reía. Era la suave risa burlona del youkai blanco...

Iori se detuvo antes de avanzar más, con un gruñido apagado, y cayó al suelo lentamente, primero de rodillas, alzando su mirada furiosa hacia la joven, que continuaba observándolo. Murmuró algo, una maldición, tal vez, pero sus palabras se perdieron en la sangre que inundaba su boca. Yuki simplemente extendió una mano hacia él, y pronto el fuego blanco envolvió al pelirrojo, consumiéndolo.

- Yagami...

Kyo no podía pensar nada, no veía nada más que al pelirrojo envuelto en la vorágine de llamaradas, alzándose sobre él, quemándolo todo. No se movía, maldita sea... ¡Iori!

- ¡¿Cómo te atreviste?! - su voz sonó ronca y seca cuando encaró a Yuki... al youkai que estaba en ella -. ¡¿Por qué?!

No esperó respuesta, ni siquiera había formulado la pregunta para recibir una. Su mente estaba en blanco, y cuando sus manos se cerraron alrededor del cuello de la joven, sus llamas encendidas, no podía dejar de ver la figura oscura de Iori. ¿Por qué esa obsesión con matar al pelirrojo? ¡¿Por qué el youkai no podía dejarlos en paz?! ¿Acaso no había tenido suficiente?

Sintió unas manos cerrándose alrededor de sus muñecas, pero no cedió la presión que hacía en el cuello de Yuki. Los ojos amarillos continuaban observándolo, la sonrisa seguía allí. Kyo sacudió la cabeza con fuerza, sin sentir las lágrimas que caían por sus mejillas.

Luego de todos esos días, lo único que quería era pasar un tiempo a solas con Yagami, quería una oportunidad para iniciar una amistad con él... ¡o algo! Pero no quería que muriera, el simple pensamiento no hacía más que alimentar más y más su fuego escarlata.

- Maldito youkai - gruñó, sintiendo que finalmente las manos de Yuki lo liberaban y caían fláccidas a los lados de su cuerpo. Pero no la dejó ir, porque esa mirada era de Shika, y se burlaba de él. Había acabado con Yagami, parecía decirle, lo había logrado a pesar de todos los contratiempos, a pesar del cambio de planes. Yagami estaba muerto y la venganza de Shika finalmente completa... ¡después de tanto tiempo! El youkai lo disfrutaba, pese a estar poseyendo un cuerpo que ya había perdido la vida en manos de Kyo. Cada lágrima de rabia que veía caer de los ojos castaños era una recompensa por los siglos de espera. La idea original había sido hacer sufrir al pelirrojo viendo como el Kusanagi moría... pero esta otra forma no estaba nada mal. Le gustaba cómo el joven derramaba lágrimas sin darse cuenta, adoraba su expresión furiosa e impotente, el fuego ardiendo a su alrededor, el grito ahogado en su garganta...

Pero ya era hora de dejar ese cuerpo ningen muerto... Dejar a Kusanagi solo, para que reaccionara y viera que las dos personas que le importaban en algo, estaban muertas frente a él. Era una lástima no poder quedarse a disfrutar de su desesperación, se dijo el youkai, mientras lentamente dejaba que los ojos de Yuki regresaran a su color castaño claro... ahora enrojecidos debido a las pequeñas venas inflamadas...

- Adiós, Kyo... - no pudo evitar susurrar Shika a través de los labios de Yuki, con la suave voz de la joven, para que, finalmente, Kyo parpadeara y la soltara de súbito, luego de que un audible crujido indicara que había roto el delicado cuello.

La joven cayó sobre el pasto sin hacer un sonido, y Kyo retrocedió un paso. Veía el rostro de Yuki, su novia, sus ojos abiertos e inexpresivos... La sonrisa... desaparecida... Sin vida... Había caído de espaldas, como si simplemente se hubiese tendido en la hierba para descansar un momento. Su cabeza ligeramente ladeada, sus labios entreabiertos, pero sus ojos... parecían observarlo, vacíos y acusadores al mismo tiempo. Era tan irónico. La había protegido de Orochi hacía años, y ahora moría en sus propias manos.

Sus... propias manos...

Kyo bajó la mirada, no había ni un rastro de sangre en sus dedos. Si en algún momento la hubo, el fuego se había encargado de consumirla completamente. Sus manos estaban limpias, sin culpabilidad. Inocentes...

Pero... Cerró los ojos con fuerza un momento, apretando los puños. No sentía... nada. Ni porque estaba muerta, ni porque él la había matado. Era extraño. Un vacío... pero nada más. Ni culpabilidad, ni pena... Simplemente... nada....

- ¡Yagami! - murmuró de pronto, volviéndose hacia donde yacía el pelirrojo. Corrió hacia él, dejándose caer a su lado para volverlo despacio, mirando su rostro. Hiei estaba allí también, y sus ojos escarlata observaron en silencio a Kyo, mientras el joven sostenía a Iori. El pelirrojo no había sido herido por las llamas, porque Hiei se encargó de apagarlas a tiempo, pero las heridas producidas por la daga sangraban abundantemente... y no había nada que él o Kyo pudieran hacer.

El pequeño youkai oyó un ruido entre los árboles, una presencia familiar, y desapareció con un soplo de viento, dejando a los dos jóvenes ningen a solas un momento. Era mejor alertar a los otros que ese estúpido pelirrojo agonizaba, en vez de seguir perdiendo el tiempo esperando que intentara llegar al portal.

****

- ¿Yagami?

La voz de Kyo era débil, temerosa de no recibir respuesta. Iori estaba sentado, apoyado contra el árbol de nuevo. Su cabeza baja, oculta por el cabello. Todo lo que Kyo podía ver eran sus labios entreabiertos. Sentía su respiración y eso lo aliviaba un poco... muy poco.

Estaba a su lado en la hierba, y de pronto notó que el joven comenzaba a inclinarse hacia él. Lo sostuvo suavemente, haciendo que Iori descansara su cabeza contra su pecho. Los dos sabían que esa herida era mortal, pero no decían nada al respecto. Kyo acarició el cabello de Iori, delicadamente, pasando su brazo alrededor de los hombros del pelirrojo, atrayéndolo un poco más hacia sí. Había querido hacer eso desde hacía mucho tiempo, pero no así, no en esa situación...

- Naze naku no? {¿Por qué lloras?} - oyó que decía el pelirrojo, en voz muy baja.

- Yo no estoy llor... - dijo Kyo al instante, y sólo entonces se dio cuenta de que sus mejillas estaban húmedas. Oyó una ligera risa burlona de parte de Iori, pero no protestó. Apartó la mirada, y no pudo evitar que sus ojos se posaran en la figura de Yuki, yaciendo entre la hierba un poco más allá.

- ¿Por ella? - murmuró Iori, aún con un tono de burla en su voz. Kyo observó a la joven, con quien había compartido tantos momentos... y negó lentamente con la cabeza, inconscientemente estrechando con más fuerza al pelirrojo.

- ¿Quieres callarte? - gruñó Kyo. Sabía que debía sentir pesar, angustia, algo, pero era incapaz. Todo lo que le importaba era el joven a quien sostenía, y que ahora suavemente había posado sus manos frías sobre las suyas. No pudo evitar sorprenderse ligeramente ante el gesto, y mucho más cuando Iori levantó su brazo, para rozar su mejilla con la punta de sus dedos. Estaba demasiado helado, y ni siquiera parecía tener fuerza para hacer de ese roce una caricia. Los labios de Kyo temblaron cuando intentó formular una pregunta y su voz se ahogó en su garganta. Lo intentó de nuevo -: ¿Yagami... crees que resistirás...?

El pelirrojo levantó la cabeza, para que Kyo al fin pudiera ver sus ojos rojos.

- Te dije que no moriría en este mundo - dijo Iori, fríamente. Pasó su brazo por detrás del cuello de Kyo, y esta vez fue el joven de cabello castaño quien se encontró siendo abrazado, rodeado por Iori, su mejilla apoyada en el pecho del pelirrojo, sintiendo la humedad escarlata de sus ropas. Kyo murmuró algo, débilmente, titubeante. No esperaba que sus palabras fueran oídas, y se sorprendió cuando Iori le respondió con una leve risa apagada.

Kyo levantó la mirada, y se encontró con los ojos de Iori fijos en él. Observándolo serios, pero con una expresión indefinible en ellos. Por un momento le dio la impresión que Iori sentía lástima por él, pero no comprendía por qué. Veía dolor matizando sus ojos rojos, pero parecía desaparecer con cada parpadeo. Dolor... Dolor en su interior, o dolor por una herida. ¿Era posible que Iori ya estuviera acostumbrado a eso? ¿Podía una persona llegar a habituarse al sufrimiento?

Oyeron pasos acercándose, e inconscientemente se apartaron un poco. Pronto Kurama y Hiei aparecieron por un lado, mientras Yuusuke, Kuwabara y Shingo sorteaban la alta raíz del árbol por el otro. Todos notaron a los dos jóvenes apoyados en el enorme tronco, pero su atención fue desviada al cuerpo de la joven que yacía en el pasto. Yuusuke, que era quien estaba más cerca, no dudó en acercarse a Yuki e inclinarse sobre ella. Parpadeó un par de veces, y luego miró a Kyo con ojos enormemente abiertos, mientras señalaba a la chica con un dedo. Iba a preguntar qué demonios había sucedido allí, pero impulsivamente Shingo lo hizo a un lado, arrodillándose junto a la joven.

- ¿Yuki-san? - dijo, la angustia presente en su voz. Yuusuke lo miró, mientras Kuwabara se le acercaba con su expresión de siempre de no entender nada, y no saber si debía hacer preguntas o no.

Shingo tenía su oído contra el pecho de Yuki ahora, no oía latidos, ni sentía su respiración.

- Kusanagi-san, yo... - quería que Kyo lo autorizara a intentar hacerla respirar de nuevo. Quizás podía salvarse, no era posible que todos se quedaran allí sin hacer absolutamente nada. Miró a Kyo, que finalmente se había alejado de Iori para permitirle a Kurama tratar las profundas heridas, pero Kyo no lo miraba. Tenía sus ojos fijos en el pelirrojo, en su cabeza echada hacia atrás y sus párpados fuertemente cerrados mientras el youko abría su camisa y dejaba al descubierto el corte en su pecho y su espalda. ¿Era el dolor, o la rabia de tener a esa criatura tan cerca? El joven Kusanagi no podía decirlo. Tampoco podía dejar de mirarlo. Que Shingo hiciera lo que quisiera.

Al no recibir respuesta, Shingo respiró profundamente. Llevó sus manos al cuello de Yuki, moviéndola con delicadeza. Quería intentar darle respiración de boca a boca, y la joven no estaba en posición adecuada. Sin embargo, cuando sus dedos continuaron rozando el suave cuello, sintió que algo estaba mal allí. Miró, y vio rastros de quemaduras, las familiares marcas producidas por el fuego escarlata. No pudo evitar lanzarle una mirada sorprendida a su senpai, pero vio que esta vez era Kyo quien lo observaba a él.

Kurama y los otros se alejaban en dirección a lo profundo del bosque ya. El zorro sosteniendo en sus brazos a un muy debilitado pelirrojo.

- ¿Kusanagi... san...? - murmuró Shingo. No le gustaba la manera tan fría en que Kyo lo miraba, rencorosa. Se puso de pie de un salto, alejándose de Yuki. No comprendía por qué Kyo no parecía preocupado por ella, ¿pensaba dejarla allí? ¿Qué había sucedido exactamente?

- Kaerou ze {Volvamos}, Shingo - habló al fin el joven de cabello castaño, con su voz cansada y suave, para total alivio del muchacho. No protestó, ni dijo lo que pensaba. Sólo asintió y fue en dirección a su maestro.

Yuusuke, esperando más adelante, observaba fijamente a Kyo. Los Tantei no dijeron nada tampoco. Ya habría tiempo para hacer preguntas...

****

Capítulo 48.- Capricho secreto

Ryaku estaba apoyado en el marco de la puerta de la habitación de su amo. No sabía exactamente cuánto tiempo llevaba allí, sólo sintiendo la extraña energía a su alrededor. Había percibido la batalla que se desarrollaba en el exterior del castillo, pero no tenía fuerzas aún como para llegar y serle de alguna ayuda a Shika. Sin embargo... la energía de Shika también se sentía rara, fluctuando de niveles altos, a bajos... y fue en uno de esos momentos en que Ryaku supo que algo había salido mal en los planes de su amo. Cerró los ojos, tratando de apartar de su mente los pensamientos y posibilidades que se arremolinaban. Debía confiar en Shika-sama pero ¿en verdad podía hacerlo?

Un escalofrío lo recorrió en algún momento, y eso sólo había servido para confirmarle la derrota de Shika. Era increíble, imaginar a Shika siendo derrotado... Ryaku sabía de algún modo que el bajo nivel de su amo no era normal. Si hubiese sido estable, lo más seguro hubiera sido que la batalla no fuera tan corta. Pero algo estaba mal con Shika, desde hacía días estaba mal.

Se quedó apoyado allí, temeroso de moverse. No quería ir al exterior y encontrarse con su amo... Tampoco quería quedarse allí sin saber qué había sucedido. Un momento más, se dijo. Esperaría un momento más.

Un momento...

Tan largo...

Había estado a punto de perder la consciencia, mientras esperaba, pero recordó algo súbitamente. Un encargo de su amo, que aún debía cumplir.

Cerró sus ojos, echando la cabeza hacia atrás para apartar su largo cabello desordenado. Visualizó el bosque en su mente, lejano, pero familiar. No se permitió perder el tiempo vagando, se concentró en encontrar a la ningen esa a quien había entregado la daga de Shika.

Fue fácil hacerlo, porque no había energía que la protegiera u ocultara su presencia. La observó un momento. Ella tenía la daga, sí, y la sostenía en sus manos como buscando la fuerza de voluntad que le faltaba para interrumpir la escena que formaban los dos ningen, Yagami y Kusanagi.

Qué tierna escena, se dijo Ryaku con malicia, mientras veía a través de la muchacha cómo los dos jóvenes se besaban en un claro solitario del bosque. No pudo evitar fijarse en la expresión de Kyo, tan diferente a la que había visto cuando lo poseyó, aquella vez. Ahora besaba a Yagami como si fuera la última oportunidad que tenía para hacerlo, como si presintiera lo que estaba a punto de suceder.

Respiró profundamente, cerrando los ojos con fuerza, sintiendo por completo a la joven Yuki. Shika le había dado una poción, y ella la había bebido ingenuamente. No sabía que al hacerlo ellos habían ganado control parcial sobre su voluntad. Nunca lo sabría...

Fue fácil hablar dentro de su cabeza, ordenándole atacar al pelirrojo, tal como Shika deseaba. La resistencia de Yuki fue decidida, pero débil, y pronto él, pese a tener tan bajo nivel de youki, ya estaba moviendo el cuerpo de la ningen. Fue como si él mismo clavara el cuchillo en el cuerpo del pelirrojo, disfrutándolo al máximo. Eso era lo que había ganado luego de tantos días con su amo Shika, era lo que merecía por haber compartido la cama de Shika, las caricias de Shika...

Hubiese querido matarlo con sus propias manos, pero a través de esa ningen tampoco se sentía tan mal... y Shika-sama ya no tendría argumentos para recriminarle el haber acabado con su presa, porque, después de todo, él mismo se lo había encargado.

"¿Eso es lo que crees?," habló una voz en ese momento, resonando en su cabeza. Ryaku oyó una ligera risa, tan familiar. ¿Shika? "Déjala ya, es mi turno..."

- ¿Shika-sama? - preguntó Ryaku en voz alta, abriendo los ojos, dejando ir a la ningen. Sí, se trataba de su amo, y se oía ligero y despreocupado, como siempre que uno de sus planes iba bien. Quería su turno... pero lo pedía como si fuera un juego... El youkai sonrió. Era un alivio. Shika no estaba muerto.

****

En el exterior, Kurama miraba a Shika fríamente. Se había separado de los Tantei en un descuido, para volver a donde yacía su antiguo compañero. Su ingenuo amante. Los ojos dorados del zorro observaban la planta demoníaca que había alcanzado un tamaño considerable. Bajo ella aún yacía el youkai de cabello blanco, ahora en silencio, sus ojos cerrados y sus labios entreabiertos, respirando débilmente.

- ¿A qué... has vuelto...? - murmuró Shika de pronto, sin abrir los ojos. No se movía, no era necesario. Kurama sólo entrecerró sus ojos, observando el rostro del youkai. Pese a su cuerpo destrozado por las raíces de la planta, su rostro seguía siendo hermoso, intacto.

Se inclinó sobre Shika, en silencio, para apartar su cabello blanco y poder verlo con más claridad. No era el final que había esperado para él. Las primeras veces lo abandonó, porque sabía que Shika podría sobrevivir si es que se sobreponía a su traición... Pero esta vez realmente había querido matarlo. Maldito fuera Yagami por entrometerse obligándolo a beber la poción de vida eterna. Era una buena idea, no podía negarlo, pero odiaba que alguien alterara lo que él decidía hacer.

¿Así que Yagami pretendía hacerlo sufrir por siempre? Rió para sí ante el pensamiento. Ciertamente le agradaba su forma de pensar pero...

Su sonrisa maliciosa se amplió un poco más mientras introducía su mano en su largo cabello plateado, buscando una semilla que se convirtió en una enredadera, creciendo alrededor de su brazo, adoptando la forma de una aguda hoja de espada.

Los ojos de Shika se abrieron en ese momento, nublados de dolor, pero lo suficientemente conscientes de que Kurama pretendía algo... y fuera lo que fuera, si provenía del zorro, de seguro era algo que no le iba a agradar.

- ¿Quieres matarme...? - murmuró Shika con una leve sonrisa sarcástica, a la que Kurama respondió con una similar.

- Algo más simple - dijo, sus ojos dorados entrecerrándose maliciosos.

La espada de Kurama se dirigió directamente a la parte central de la planta que atrapaba a Shika. La cortó fácilmente, salpicando su savia verdosa sobre el youkai, que apartó el rostro.

Con un sonido agudo y escalofriante, la planta cayó hacia un lado, sobre la hierba. Sus raíces al aire se sacudían espasmódicamente, tratando de encontrar un lugar donde penetrar de nuevo. Kurama se irguió, extendiendo su mano hacia ella, lanzando una descarga de youki, que brilló intensamente durante unos segundos, consumiendo a su propia planta, y las raíces que aún continuaban aferradas al cuerpo de Shika. Unos momentos después, no había rastros de ella, y sólo estaban él y Shika, que parpadeaba sin comprender nada en absoluto.

Kurama le lanzó una mirada, antes de hacer desaparecer la enredadera de su brazo.

- ¿Qué pretendes liberándome? - preguntó Shika, al sentir su mirada intensa. No se podía mover, aún. La herida en su pecho era profunda, pero ya podía notar cómo los rasguños más leves de sus brazos y piernas comenzaban a cicatrizar. Su youki se estabilizaba.

- Si no lo sabes, es que eres un tonto - respondió Kurama fríamente. Shika frunció el ceño.

- No puedes darle esta satisfacción a Yagami, ¿verdad? - dijo, su tono de voz demasiado sarcástico para alguien que estaba en esa posición tan desventajosa. No convenía enfurecer a Kurama en ese momento, pero no podía evitarlo. Sonrió al ver el leve movimiento de las orejas del zorro, y la forma molesta en que sacudió su cola, sin darse cuenta -. Querías matarme, y él me dio justo lo contrario, la vida eterna...

- Sufrimiento eterno - corrigió Kurama, cruzándose de brazos.

- Pero ya no más - señaló Shika. Dentro de poco podría levantarse. Si Kurama continuaba allí, entonces...

- No intentes nada estúpido, te lo advierto, youkai - habló Kurama de pronto, como si hubiera leído su mente -. Si te atreves a ir al bosque tras nosotros, ten por seguro que me encargaré de ti, y esta vez aceptaré la técnica de Yagami o cualquier otra que me sugieran.

- No me moveré de aquí - le aseguró Shika, sonriendo.

Esa sonrisa... Kurama maldijo para sí. Tonto youkai...

- Pero esto no va a terminar así de fácil, Kurama... - continuó Shika.

- Mantente lejos de nosotros - interrumpió el zorro, dándole la espalda -. Sabes muy bien que puedo hacer que los restos de la planta vuelvan a brotar en ti -. Kurama empezó a caminar en dirección al bosque, sabiendo que Shika aún no podría moverse. Se preguntó por qué lo había hecho. ¿En verdad era sólo porque no quería complacer al Yagami? ¿O porque era un desperdicio dejar que Shika terminara así...? O... ¿algo más, quizás?

Sonrió otra vez, sin nadie que lo viera. Si ese tonto se atrevía a hacer algo en contra de ellos de nuevo, ya se las vería con él. Ciertamente Shika era muy capaz... pero quizás unos cuantos siglos le habrían enseñado algo. ¿O tal vez no?, se preguntó, mientras echaba a correr por el bosque en dirección a sus compañeros.

****

- ¿Quién es el tonto, Kurama? - murmuró Shika, sentándose en el suelo, observando la piel de su pecho y sus brazos, aún desgarrada. Eso sanaría pronto, así que no debía preocuparse. Lo que quería hacer ahora era terminar con algo que ninguno de los Tantei había previsto. Utilizar a la Kushinada para cumplir el que había sido su objetivo desde el comienzo: matar a Yagami.

Fue fácil encontrarla, y más fácil aun dominarla, porque Ryaku había hecho un buen trabajo rompiendo su primera resistencia. El resto era simple. Tan simple...

Una corta carrera, un empujón y Yagami estaba mortalmente herido. Era la simple fragilidad de los ningen. Incluso se tomó su tiempo para disfrutar de la confusión de Kusanagi. Sí, podían escapar, regresar a su mundo, pero el pelirrojo no sobreviviría. ¿Acaso no era lo que había querido desde el comienzo? Venganza sobre los Yagami. Eso era todo. La diversión se le había salido de las manos, pero, increíblemente, todo estaba bien ahora.

Se levantó con algo de esfuerzo, iniciando el camino hacia su castillo. Sabía que Ryaku esperaba por él, como siempre había sido.

Shika se detuvo un momento, reflexionando.

¿Realmente era posible que todo hubiese salido tan bien, después de todo?

****

En el bosque, las figuras se hallaban justo frente al portal. Era cuestión de decidir quién iba primero, y todo habría terminado. Sin embargo, habían perdido a Yuki en ese mundo. ¿Cómo lo explicarían? Kyo había decidido no llevar el cuerpo de regreso al Ningenkai. Era mejor así, había murmurado, y nadie lo contradijo.

Ahora el joven observaba a Yagami, que estaba inconsciente, sostenido por Kurama, que también miraba su rostro dormido. Había detenido la sangre con algunas plantas medicinales, y para el dolor y obstinación del pelirrojo, que no quería aceptar ayuda, no le quedó más que dormirlo. Estaría bien, le había asegurado a Kyo.

Sin embargo, mientras los ojos dorados de Kurama se posaban sobre las facciones cansadas de Iori, su mente no podía dejar de pensar en que la última jugada de Shika había sido brillante. Una última carta, por si su plan principal fallaba. Ni siquiera él había pensado que el youkai podría llegar a utilizar a uno de ellos, para lograr sus fines. No sabía cómo lo hizo, o cuándo tuvo oportunidad de darle a Yuki la poción para controlarla. Pero claro, como era Shika, había olvidado algunos detalles importantes, como que crear esa poción para controlar la voluntad de alguien requería demasiado youki... y Shika lo había utilizado sin darse tiempo a recuperarlo. Ahora sabía que el súbito descenso de su energía mientras peleaban se había debido a eso. Poción para someterlo a la lujuria, poción para someter la voluntad de una persona, mantener todos aquellos kekkai al mismo tiempo... El youko negó con la cabeza, de forma inconsciente. Tonto youkai, no pudo evitar pensar otra vez.

- Oi, Kurama - la voz de Yuusuke llamó su atención, y al mirar se dio cuenta que en ese bosque sólo estaba él, sosteniendo a un Yagami dormido, Kyo a su lado, y Yuusuke indicándole que entrara al portal de una vez. Asintió, dejando que Kyo pasara primero, para seguirlo luego. Yuusuke cerró la marcha, hundiendo las manos en los bolsillos según su costumbre. La misión estaba terminada.

****

- Kyo - la suave voz al lado del joven de cabello castaño lo sobresaltó, pese a haber sido contenida y dulce. Se volvió hacia el que había hablado, y vio que se trataba de Kurama, pero ya no en su forma youko. Volvía a ser el muchacho pelirrojo que había conocido originalmente. Era bueno verlo, pensó, mientras devolvía la mirada verde de sus ojos.

Se acercó para ayudar a sostener a Iori, mientras continuaban avanzando por el pasaje de vuelta al mundo real. Ya podían ver la salida del otro lado, una luz brillante parpadeando en la distancia. Kuwabara y Shingo abrían la marcha, bastante animados. No les preocupaba mucho el que Iori estuviera herido. Kurama había dicho que estaría bien, y Kuwabara no refutaba las palabras del youko. Shingo ni siquiera estaba enterado de todo lo que había sucedido, y más que preocuparse por Yagami, se preguntaba cómo afectaría la muerte de Yuki a su senpai.

Hiei estaba tras ellos, sin observarlos, sólo caminando. Interiormente se sentía aliviado de que Kurama y Kyo casi no hubiesen intercambiado palabra alguna desde que entraran al portal.

Yuusuke caminaba atrás, observando con el ceño fruncido, en silencio.

Finalmente, la luz pareció acercarse a ellos. En menos de un segundo el oscuro portal se convirtió en un túnel de luz enceguecedora, y unos pasos más allá sintieron el frío y familiar viento de un atardecer. Kyo oyó voces, dándole la bienvenida, pero no entendió las palabras. Súbitamente se sentía agotado, harto de estar preocupándose, harto de todo. Quería cerrar los ojos y olvidar lo que había sucedido.

Yuusuke ya estaba discutiendo en voz alta con su maestra, acerca de ineptitud y falta de coordinación, y fueron sus voces las que hicieron reaccionar al joven Kusanagi.

Miró a su alrededor. Era un parque, cerca a una fuente, y atardecía. No muchas personas se hallaban allí, pero las que estaban, eran todas figuras familiares.

- Kyo-san, daijoubu desu ka? - La suave voz femenina frente a él... ¿Yuki...?

Parpadeó reconociendo el cabello púrpura de Athena, que le sonreía feliz, sus ojos brillantes y sus manos juntas.

- Okaeri {Bienvenido}- sonrió ella. Kyo parpadeó. No debía ser Athena quien le diera la bienvenida. Debía ser Yuki... - ¡Ah! - Athena avanzó hacia él, mirando a su espalda, sonriendo animadamente -. Okaeri, Iori-san - dijo también, haciendo que Kyo se volviera para encontrarse frente a frente con el pelirrojo, que había despertado ya. Se observaron a los ojos un momento, cada uno intentando leer los sentimientos del otro, antes de que una risita de Athena los hiciera volverse. Ella ladeó su cabeza levemente. Había tenido tiempo para pensarlo bien. Kyo-san con Iori-san... Quizás no fuera tan malo después de todo. Lo importante era que estaban de vuelta, a salvo.

Kurama miró a su alrededor, alejándose unos pasos de los jóvenes que parecían no saber cómo reaccionar ante las risitas de Athena. ¿Hiei ya había desaparecido?, se preguntó y no pudo evitar sonreír.

Un grito en el otro lado del parque lo distrajo, así como a Iori, Kyo y Athena. Eran Kuwabara y Yuusuke diciéndoles que mejor regresaran al hotel. Era tiempo de tomar un descanso.

El grupo se puso en movimiento, hacia donde el joven les indicaba, pero Iori se quedó atrás, y Kyo con él.

- Iku ze {Vamos}, Yagami - dijo Kyo, luego de que el resto ya los hubiese dejado atrás. Adivinó los pensamientos del pelirrojo y se le acercó -. No estás en condiciones de irte por ti solo - le dijo, seriamente. Como respuesta, recibió un ligero bufido.

- ¿Qué sabes tú? - fue todo lo que dijo Iori. Kyo frunció el ceño, y señaló la sangre que manchaba la ropa del pelirrojo. Había perdido tanta, a lo largo de todo ese tiempo... ¿Cómo era que seguía manteniéndose en pie? ¿En verdad una persona podía llegar a habituarse a esa situación?

- Sólo ven conmigo - murmuró Kyo. No iba a rogarle a Iori que lo acompañara, lo dijo y echó a andar. Escuchó los pasos de Iori tras él, y aminoró la velocidad para permitirle alcanzarlo. Se volvió para observarlo, y notó como el pelirrojo también lo miraba. No pudo evitar una leve sonrisa, mientras caminaban en dirección al sol poniente.

* * *

 Capítulo 49.- Taiyou to Tsuki, Honoo to Bara

Fue imposible volver al hotel, a pesar del optimista paso con que Yuusuke abría la marcha. En el instante en que comenzó a cruzar la calle, ya varias cámaras de televisión estaban listas para filmarlo, a la más leve sospecha de que él tuviera algo que ver con los participantes desaparecidos del King of Fighters.

Por fortuna los demás se habían quedado atrás, y se dieron cuenta a tiempo que era una pésima idea intentar siquiera pasar por entre ese tumulto. Demasiados días habían pasado desde que el torneo fuera súbitamente suspendido. Era un evento internacional, y todo el mundo se preguntaba qué habría sucedido con Kyo Kusanagi e Iori Yagami. Día a día, la televisora Satella ofrecía un reporte con las investigaciones que se efectuaban, junto con una completa guía de las actividades en las que el resto de peleadores participaba mientras todos los problemas se arreglaban. Había sido productivo, al fin y al cabo, el revuelo que produjo el supuesto "rapto" de los dos jóvenes a manos de un grupo de misteriosos yakuza. Junto con todos los eventos que se organizaron para obtener dinero de los fans (ganar almuerzos y cenas con sus ídolos favoritos del torneo, demostraciones de poder, presentaciones exclusivas, e incluso un concierto de Athena), más las respectivas entrevistas en televisión e información vendida a altos precios, era indudable que los organizadores se habían beneficiado.

Ese era el mundo real, girando en torno a la manipulación de los medios y el dinero, totalmente ajeno a poderosos youkai intentando llevar a cabo sus venganzas del pasado.

Era el Ningenkai, y ellos habían regresado, al fin.

**** 

Casi había anochecido cuando el grupo de jóvenes encontró un hotel pequeño y apartado donde nadie haría preguntas. Se dividieron las varias habitaciones sin hacer muchos problemas. Yuusuke y Kuwabara desaparecieron tras una puerta, dejando a Kurama, Genkai, y Athena, junto con Iori y Kyo. Shingo amablemente se ofreció a regresar al otro hotel (previas órdenes de Kusanagi-san), para averiguar en qué estaban las cosas, y también para comunicarle a Chizuru y los otros que todo estaba bien, o casi.

Ahora, en la amplia habitación de dos camas, las cinco figuras se hallaban relativamente apartadas unas de otras.

Yagami estaba en la cama, sus ojos fijos en el techo y su rostro tranquilo e inexpresivo, mientras Kurama desabotonaba su camisa, para mostrarle a Genkai el lugar dónde debía curar. La vieja maestra no pudo evitar sorprenderse al ver las numerosas y frescas cicatrices que cubrían la piel del joven. Se preguntó hasta qué grado podía llegar la crueldad de un youkai, mientras posaba sus pequeñas y arrugadas manos en la herida de Iori, luego de que Kurama retirara las plantas que él mismo había aplicado.

Kyo los observó un momento, aliviado al saber que esa profunda herida podía ser curada. Quizás fue sólo él quien notó cómo lentamente Iori cerraba los ojos, adormecido por la cálida energía que fluía hacia su interior.

Se volvió, dándole la espalda a la maestra y a los pelirrojos, abriendo las puertas vitrales que daban al balcón. El aire frío acarició su rostro, jugando con su cabello castaño.

Podía ver el mar en el horizonte, el cielo nocturno aún teñido de púrpura allí por donde el sol se había hundido. Las estrellas brillaban ya, titilantes, ocultas a medias por jirones desgarrados de nubes. Este cielo... Nunca antes le había prestado demasiada atención, pero ahora la claridad con que las constelaciones se definían en la oscuridad le hacía penar que podría alcanzarlas, con sólo extender su mano.

Durante varias noches insomnes había contemplado el cielo del Makai y sus estrellas... Era similar. Le hacía imaginar que estaba en el mundo de los hombres de nuevo, pero ahora que podía comparar ambos firmamentos, se daba cuenta que el cielo del otro mundo tenía un angustiante aire de irrealidad, como si no debiera estar mirándolo, como si nunca hubiese existido.

- Kirei desu ne {hermoso, ¿verdad?}, Kyo-san - habló una voz a su lado, y Kyo se sobresaltó al ver a Athena. No la había sentido acercarse, tan concentrado estaba en sus pensamientos.

La muchacha se volvió también, apartando sus ojos del cielo, para sonreirle al joven.

- ¿No está herido, Kyo-san? - preguntó ella, con amabilidad. Kyo negó con la cabeza, apartando su mirada para disfrutar de nuevo del horizonte. ¿Heridas? Sólo ligeras quemaduras, nada grave si lo comparaba con el estado del pelirrojo.

Athena lo miró durante largo rato, en silencio, y sin que Kyo lo notara siquiera. ¿Qué pensaba?, se preguntó. ¿Por qué sus ojos castaños se veían tan diferentes a como eran cuando partió? ¿Qué había sucedido en el otro mundo?

Sin titubear, apoyó su cabeza en el brazo de Kyo, para total sorpresa del joven. Athena entrecerró sus ojos, mientras el viento desordenaba su cabello púrpura. ¿Sabía Kyo que gracias a ella había podido regresar? ¿Se enteraría que le debía su vida, en todo el sentido de aquellas palabras? ¿Lo sabría algún día?

No, no lo haría. Era innecesario que alguien respondiera a su pregunta. Ese tipo de cosas para Kyo no significaban nada. Era un desconsiderado que no se daba cuenta cuándo debía agradecer.

- ¿Dónde esta Yuki, Kyo-san?

Ella misma se sorprendió de su crueldad apenas terminó de pronunciar sus palabras... Podía intuir la respuesta, pero... ¿no era lo que Kyo se merecía? El la hacía sufrir, haciéndole caso omiso a sus evidentes sentimientos. ¿Acaso no debía sentirse igual? ¿Por qué era ella la que se sentía mal formulando esa pregunta?

La mirada del pelirrojo de ojos verdes fue casi tangible para ella, clavándose en su espalda ordenándole callar, pero no le importó, porque vio cómo Kyo se mordía los labios y apretaba los puños.

- ¡Kyo-san! - exclamó ella de pronto, y se lanzó a sus brazos. Nunca supo por qué lo hizo de esa forma. Quizás fue el darse cuenta de que Yuki Kushinada ya no existía más, y al mismo tiempo notar que Yagami o el otro pelirrojo ya se habían apoderado del lugar en el corazón de Kyo, que por derecho le pertenecía a ella. ¡A ella, a Athena Asamiya!

- Hanase... {Suéltame...}- un gruñido de parte de Kyo, mientras intentaba apartarla -. SAWARU NA! {¡NO ME TOQUES!}

Pero era tarde. Las imágenes de sus recuerdos ya fluían en la mente de Athena. Intensos y claros, como si ella misma los hubiese vivido. Era su poder, y su maldición, compenetrar tan profundamente con los recuerdos de otras personas.

Se separó de Kyo con un agudo y corto grito, sacudiendo la cabeza como si la impresión hubiese sido muy grande. ¿Qué era lo que veía? Un demonio de cabello blanco con Yagami-san, separándolos, burlándose y amenazando con una dulce sonrisa, una habitación, desesperación y soledad... La visita nocturna de un demonio de cabello dorado...

Lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de la muchacha, sus ojos aún viendo las imágenes que parecían interminables.

Yagami, Yagami, una y mil veces, hasta que al fin lograron escapar. Una batalla... Yuki. Pero no era ella... Un beso que Kyo le dio a Iori y la confusa pelea. Sus manos en el cuello de Yuki hasta que finalmente lo había quebrado... Muerta, como debió haber sido siglos atrás.

Muerta... en manos de Kyo... Manos que ahora la sacudían firmemente de los hombros.

Sus labios temblaron, mientras continuaba llorando. Negó con la cabeza... ¿Era posible que todo eso fuese verdad? Todo el dolor... Esa criatura llamada Shika... ¿cómo había podido? ¿Cómo se había atrevido?

- Ya terminé - dijo la voz de Genkai, distrayéndolos y, por fin, haciendo que se apartaran.

- Debería volver a su hotel, Athena-san - intervino suave pero seriamente Kurama -. Genkai la acompañará.

La joven vio que la maestra hacía una inclinación de cabeza, y comprendió que aquella amable invitación era en realidad una orden. Asintió levemente, y no se atrevió a mirar los ojos de Kyo cuando se despidió de él. Su esperanza había muerto finalmente, podía notar con toda claridad los abrumantes sentimientos de Kyo hacia Yagami... Nada iba a hacer que ese amor cambiara jamás. Ni ella, ni ninguna otra persona. Resígnate, se dijo. Resígnate...

Kyo la siguió al interior de la habitación, tomándose su tiempo para cerrar los ventanales en silencio. Al alzar la vista para cerrar las cortinas también, notó el reflejo de Kurama, tras él, en el vidrio. Su largo cabello rojo, sus ojos verdes y brillantes...

Era tan diferente... Kyo no podía reconocer al youko plateado en él.

- De ahora en adelante - dijo Kurama sosteniendo su mirada a través del reflejo -, debes cuidarlo bien.

El joven Kusanagi se volvió bruscamente. De forma inconsciente notó a Iori dormido en la cama, su cuerpo cubierto por una sábana ligera, pero los intensos ojos verdes de Kurama lo distrajeron por completo. ¿Qué quería decir con esas palabras?

- Cuida de él - repitió Kurama, esta vez sonriéndole levemente, antes de dar media vuelta y salir.

En silencio, Kyo observó la habitación por primera vez, como si regresara a la realidad.

No era una antorcha la que ardía iluminando el lugar, sino simples lámparas de colores pastel que apagó fácilmente con sólo presionar el interruptor a su derecha. Una tenue luz junto a la cabecera de la cama fue todo lo que quedó, y se dirigió a ella.

El sonido de sus pasos era apagado por la gruesa alfombra, no resonaban en muros de piedra, ni percibía la musgosa humedad de un suelo de roca.

La cama donde se sentó fue suave, contrastando con aquel mueble inmundo que los youkai consideraban un lecho.

Y el pelirrojo... Era Iori, no sufriendo en manos de ese mil veces maldito youkai, sino durmiendo tranquilo, sus labios entreabiertos respirando suavemente.

Habían vuelto, se repitió mientras se inclinaba hacia Iori y apartaba su cabello rojo, acariciando con la punta de sus dedos aquel rostro que alguna vez había significado problemas, y que ahora era todo lo que deseaba observar.

Si se acostaba a su lado, ¿lo despertaría? La cama era amplia, y había suficientes frazadas como para cubrirlos a ambos. Parpadeó lentamente. Sería mejor dejar de perder el tiempo pensando, porque de todos modos no iba a poder evitarlo.

Se deslizó junto a Iori, luego de dejar caer su chaqueta y su camiseta negra sobre la alfombra. Trajo las frazadas sobre sí, abrigando a Iori también. Cerró los ojos acurrucándose contra Yagami, e iba a suspirar levemente cuando escuchó el chasquido de un interruptor. Abrió sus ojos al instante, para encontrarse en la más completa oscuridad.

Sintió un brazo pasar sobre él, atrayéndolo, y de pronto se encontró siendo estrechado por el pelirrojo.

- Y... ¿Yagami? - murmuró, sorprendido, y al no recibir respuesta, supo que debía hacer lo mismo que Iori: dormir.

A salvo, en sus brazos. Todo había terminado en verdad, y aquella primera noche de regreso, la pasaría como lo deseaba desde mucho, demasiado tiempo.

****

Kurama no se quedó en su habitación. Necesitaba pensar un poco, y el aire frío le ayudaría a aclarar su mente. Así, se encontró descendiendo en el ascensor, en dirección al pequeño hall del hotel. Recibió algunas miradas, pero la cantidad de gente que había allí era mínima. Era un hotel poco elegante si lo comparaba con el enorme lugar donde Satella había hospedado a los participantes del KOF. El suelo de mármol no brillaba, mas bien parecía opaco, debido a los cientos de pasos acumulados sobre él a través de los años. Los muebles estaban impecables, pero para un ojo atento, se podían notar las pequeñas imperfecciones en sus forros de terciopelo. Sin embargo, a pesar de todo, era un lugar acogedor, las ventanas cubiertas con blancas cortinas de encajes, que se distinguían con la poca luz que caía sobre ellas.

El pelirrojo salió sin prestar mucha atención al entorno. No estaba allí para admirar el lugar, sino para alejarse de todo y todos. Para intentar sacar los últimos eventos de su mente.

No le importaba tampoco lo que había hecho. Tenía que aceptarlo. Al ir al Makai, había estado casi llorando de amor por Hiei, y su rechazo le dolía... Le dolía hasta el borde de las lágrimas... Quizás su alma se había ablandado demasiado durante sus años como ningen. Había olvidado muchas cosas, y había aprendido muchas otras... Sabía que a pesar de haber sido un youko frío y cruel hacía tiempo, en su otra vida, ahora también podía sentir, como un humano, y, también como un humano, no podía evitar contener sus sentimientos. Era algo estúpido a veces, placentero otras veces... En un momento pensaba que valía la pena, y al segundo siguiente le hubiera gustado simplemente dejar de sentir...

Y ahora... ¿qué era lo que sentía? Kyo... Shika... Yagami... Habían sido suyos, y no iba a negar que los disfrutó, a los tres. Pero, ¿por qué? ¿Dónde había estado su amor por Hiei en esos momentos?

Se cubrió el rostro con una mano, por un momento, mientras el viento frío soplaba con fuerza sacudiendo su cabello, penetrando en su traje y helando su cuerpo. Era lo que necesitaba, frío, para apagar sus deseos.

A Hiei parecía no haberle importado cuando lo encontró con Yagami. Lo que sucedió entre ellos era totalmente obvio. Fue obvio para Kyo, obvio para Hiei... y a pesar de todo el pequeño youkai se había lanzado hacia él, como nunca pensó verlo, para expresar en un abrazo lo mucho que lo había ¿extrañado? ¿Lo preocupado que había estado?

Y luego de eso, nada. Ninguna palabra al respecto. Era extraño, pero no podía decir si todo estaba normal con Hiei, y que esa era su actitud habitual de pocas palabras, o si era un silencio obstinado para no tocar el tema. Porque... ¿cómo era posible que un youkai como Hiei aceptara que su amante estuviera pasando las noches con otras personas?

- Doko ni iru...? {¿Dónde estás?} - murmuró, sin darse cuenta, levantando la mirada de sus ojos verdes hacia el cielo. Sonrió levemente -. ¿Hiei? - dijo, en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que el youkai, que estaba en lo alto de un árbol, supuestamente oculto, lo oyera.

No recibió respuesta, ni hubo reacción alguna. Kurama parpadeó un par de veces. Tenía toda la noche por delante. Podía esperar.

Tomó asiento en una de la bancas del pequeño parque al que había llegado. Era sólo una diminuta área verde justo en la esquina del hotel. Un pequeño sendero lo cruzaba, y el lugar terminaba a los pocos pasos. Pero a esa hora de la noche, rodeado por la oscuridad, las elegantes lámparas de metal negro que lo adornaban se veían hermosas. Era una buena vista, dándole un agradable aspecto al paisaje que se podía verse desde cualquiera de los edificios de esa calle.

Cruzó una pierna sobre otra, apoyándose en el respaldo del asiento, dejando escapar un leve suspiro. Cerró sus ojos verdes un momento, echándose hacia atrás. Al abrirlos, vio el cielo repleto de estrellas. Sólo había silencio a su alrededor, sólo tranquilidad. En su mente imaginó que un portal se abría frente a él, un pequeño agujero que comunicara al Makai con este mundo. Una risita lo sacudió al ver claramente una cabeza de desordenados mechones blancos asomándose curiosa, dos ojos amarillos brillantes, y una sonrisa traviesa en los labios. De seguro eso sucedería algún día. Shika viniendo al Ningenkai para "vengarse" de nuevo. Era de esperarse. El youkai estaba vivo, y era un tonto. Lo suficiente como para intentar ir contra ellos otra vez.

Rió un poco más fuerte ahora, sintiendo cómo el viento hacía que hebras de su cabello rojo pasaran frente a su rostro. Volvería a ser divertido si Shika aparecía. Claro que sí. Y era una sensación muy excitante saber que estaba vivo, mientras todo el resto de Tantei pensaban que no. ¿Les diría alguna vez?

Kurama jugó con sus pensamientos, hasta que finalmente bajó la cabeza, apartando su mirada distraída de las estrellas.

Se encontró frente a frente con un par ojos rubí que lo observaban, fijamente, inexpresivos. En una milésima de segundo captó todos los detalles del rostro de Hiei, hasta el más mínimo, como no había tenido oportunidad de hacerlo en el Makai, cuando se le entregó aquella noche. El cabello negro que le caía sobre los ojos, y su cinta blanca que casi le cubrían las delgadas cejas, le daban un aire de seriedad muy extraño para sus facciones a veces casi infantiles. En ese momento Hiei parecía estar esperando una explicación, sus ojos fijos, sus labios entreabiertos, brillantes...

Se encontró besando esos pequeños labios, sus manos moviéndose como si tuvieran voluntad propia, para posarse en la cintura de Hiei y aferrarse al manto negro, tirando de él, estrechándolo contra sí. Su propio cuerpo se irguió, separándose del respaldar del asiento, y apoyándose en el de Hiei, a medida que su beso se ahondaba más y más. Él tenía los ojos cerrados, y no sabía cual era la expresión del youkai de fuego. Lo sentía tenso, aún de pie sin moverse, sin reaccionar. ¿Quería mostrarse frío? ¿O quizás quería reprocharle algo?

Se separó de él, pasando un dedo por sus labios húmedos. Hiei continuó observándolo simplemente. Kurama le sonrió, y se sorprendió al ver que el youkai también lo hacía, mientras comenzaba a inclinarse hacia él, para esta vez ser él quien llevara la iniciativa del beso.

El pelirrojo medio-sonrió, antes de sentir la curiosa lengua de Hiei lamiendo sus labios y luego explorando su boca, lentamente, disfrutándolo. Fue el turno de Hiei para posar sus manos en su ropa, y tirar de él. Kurama pasó su brazo alrededor del medio koorime y continuaron así largo rato, besándose simplemente, sin palabras, sin reproches, nada.

****

La noche estaba tan tranquila, silenciosa, pacífica. Era como si pudiera escuchar el silencio llenando sus oídos. Fue debido a esa paz tan profunda, que Iori despertó. No estaba acostumbrado a sentirse así. Era cálido, reconfortante, y a la vez muy incómodo. Cerró los ojos un momento, para abrirlos lentamente en la oscuridad. Por la luz que se filtraba a través de la ventana, pudo reconocer una habitación desconocida. Espaciosa, pero muy fría. Cada mueble que veía, las mesas de cristal, los mullidos sofás, no le hacían pensar en nada. Estaban allí porque ese era su lugar, no porque alguien los quería dispuestos así. Era la impersonal habitación de un hotel.

Pasó una mano por su rostro, apartando los mechones de cabello rojo hacia un lado, dejando sus dos ojos descubiertos. Volvió a parpadear, intentando aclarar sus pensamientos. Las últimas horas eran muy confusas. Sabía que no debía estar allí, pero no recordaba la razón exacta. Era confuso... como si todo lo que sucedió con el demonio de fuego blanco hubiese sido un sueño del que acababa de despertar. No sentía dolor, ni rastros de heridas en su cuerpo. En verdad era como si todo lo hubiese soñado. Quizás era así, quizás todo lo que aconteció con Kyo fue realmente su imaginación... Y si eso era, en verdad debía estar más loco de lo que nunca hubiera pensando.

Se incorporó, pero al instante sintió un leve quejido a su lado. Se volvió bruscamente, en la oscuridad, y vio la silueta de alguien. No fue necesario encender la luz. Esa figura durmiendo acurrucada a su lado le era familiar, jamás había abandonado sus pensamientos, ni por un segundo.

- Kyo... - susurró, comprendiendo que no había sido un sueño. Todo era realidad.

No se movió durante un momento, esperando por si el joven despertaba, pero nada sucedió. Con movimientos lentos, se alejó unos centímetros, para luego poder inclinarse sobre el dormido Kusanagi, y observarlo de cerca.

Acarició su cabello, titubeante al comienzo, con más confianza y cariño después. Estaba sucio, notó, aún con el olor de ese horrible castillo, y restos de hojas secas del Makai. Kyo simplemente se había dejado caer a su lado, agotado, y ahora dormía profundamente. Tanto, que bien podía matarlo en ese momento y el joven no se llegaría a enterar nunca.

Deslizó sus manos hacia el cuello del joven Kusanagi, sintiendo su piel cálida y suave, su respiración pausada, y luego los regulares latidos de su corazón. Alguna vez incluso había llegado a pensar... en tener ese corazón sangrante en su mano... dejando correr el vital líquido rojo hasta sentir que finalmente dejaba de moverse... Ahora no podía evitar sonreír ante eso.

Se alejó del cuello de Kyo, subiendo por el lado de su rostro, posando su mano en su mejilla para volver su cabeza hacia él. Ante esto, Kyo murmuró algo, y lentamente abrió los ojos. Su expresión adormilada era algo nuevo para el pelirrojo, que, desprevenido, se quedó observándolo sin apartarse. Notó claramente el sobresalto de Kyo cuando lo vio tan cerca de él, con una mano en su cuello, pero al instante su expresión cambió por una de tierna calidez.

- ¿Cómo te encuentras, Yagami? - fue lo primero que dijo Kyo, sin moverse, mirándolo directamente a los ojos, sonriendo. Iori no pudo responder. ¿Qué debía hacer? No lo sabía. Maldición, aquello era tan gracioso. No sabía qué hacer con Kyo. En el Makai había pensado que sería mejor continuar siendo frío con él, para darle a entender que entre ellos no había, ni habría, una amistad, nunca... Pero no importaba cuánto lo hubiese pensado... Ahora que tenía a Kyo frente a él, no quería dejarlo ir. Quería pasar sus brazos alrededor del joven, para atraparlo, por siempre.

Por siempre...

Sintió que Kyo acariciaba su rostro, con la misma expresión de hacía un momento.

- ¿Por qué...? - comenzó Kyo, en voz muy baja -. ¿Por qué... lo hacías?

- ¿Qué...? - gruñó él, sin saber a qué se refería Kyo.

Como respuesta, recibió un profundo beso en sus labios. Parpadeó sorprendido, pero Kyo ya se había dejado caer contra la almohada.

- Eso.

No hubo respuesta. Kyo sonrió.

- Todo esto es tan extraño - continuó -. Me siento... feliz... Me alegra que estés aquí, me alegro de estar contigo... diciéndote estas tonterías... Pero... aún no sé cómo llegamos a esto...

Iori parpadeó, completamente confuso.

- No sé qué sientes tú... - volvió a hablar Kyo, en voz muy baja, cerrando los ojos, mientras sus mejillas se encendían -, pero antes de que te llevaran al Makai... incluso antes de eso... yo...

¿Por qué parecía que le costaba tanto trabajo decirlo?, pensó Iori. Él quería escucharlo, sí, pero Kyo dudaba. Ambos sabían lo que iba a decir, y a pesar de todo era incapaz de ponerlo en palabras. Quizás jamás lo hicieran... porque... tal vez ya no era necesario.

Se inclinó sobre el joven, casi rozando sus labios, sintiendo su respiración un poco acelerada. Kyo entreabrió los ojos en el momento en que Iori lo besó, bruscamente. Abrazó al pelirrojo, era imposible que se sintiera más feliz. Tenía a Iori con él, besándolo, bajando por su cuello, dejando un húmedo rastro y continuaba besando su pecho, deteniéndose un momento para acariciar con su lengua los erectos pezones de Kyo. El Yagami acarició la espalda del joven, arañándola suavemente con sus uñas, produciéndole escalofríos, apoyando su propio cuerpo contra el del Kusanagi, disfrutándolo.

Kyo lo acariciaba también, tocando su torso desnudo, intensificando los suaves roces cuando Iori intensificaba sus besos. En alguna parte de su mente, estaba aterrado por el giro que comenzaban a tomar las cosas. El recuerdo de lo que Ryaku le hizo estaba demasiado claro aún, y ver que el pelirrojo parecía dispuesto a hacer lo mismo...

Pero tenía miedo de negarse. Miedo de que Iori no comprendiera y pensara que lo estaba rechazando. Disfrutaba de cada movimiento que hacía, e intentaba no pensar en Ryaku, no ver su rostro ni su expresión. Cuando Iori   comenzó a liberar el botón de sus pantalones, Kyo se mordió los labios para evitar decir algo. Sólo cerró los ojos, clavando sus uñas en los hombros del pelirrojo hasta que brotó sangre. Sabía que Iori lo haría olvidar al demonio, porque lo estaban haciendo por amor, ¿verdad? Porque a pesar de no haberlo dicho, los dos sabían que era justamente eso lo que sentían.

Iori lo observó, observó sus mejillas sonrojadas, su aliento irregular. No le importaba el dolor que Kyo le producía al herirlo en los hombros, pero le llamaba la atención el miedo que parecía tener. Se inclinó un poco más, tirando de los jeans de Kyo hasta deslizarlos por las piernas del joven y dejarlos caer sobre la alfombra. Entrecerrando los ojos observó su cuerpo, viendo pequeñas marcas de heridas en su pecho, brazos y piernas. Se parecían demasiado a aquellas que Shika había dejado en él, profundos arañones producidos por un youkai.

- Kyo - murmuró, sintiendo que la rabia lo llenaba. Siguió los rastros rojizos con la mirada, bajando por el pecho, hacia el vientre, hacia su entrepierna, sus muslos... también en ese lugar que él pretendía invadir con su pasión... No pudo evitarlo, apretó los puños, descargando un fuerte golpe contra el colchón, dejando escapar un gruñido. ¡¿Ese maldito demonio no había cumplido su palabra?! ¡¿Por qué Kyo no le había dicho nada, por qué había permitido que eso sucediera?!

Sintió que una mano se cerraba alrededor de su puño, que temblaba debido a la fuerza del golpe. Levantó la mirada, y a través de sus lágrimas de rabia vio que Kyo negaba con la cabeza. Ya pasó, parecía decir. Borra el recuerdo de ese momento...

Y como Iori no se moviera, Kyo se incorporó, a medias, para besarlo de nuevo. Para pasar sus brazos alrededor del furioso pelirrojo y atraerlo hacia sí, contra la cama.

El pelirrojo no dijo nada, sólo devolvió el beso. Pasó su mano sobre el cuerpo desnudo del joven, por sobre las heridas que aún eran visibles, como si quisiera hacerlas desaparecer con ese contacto.

Volvió a besarlo, desde sus labios hasta su pecho, lamiendo suavemente la sangre de las pocas heridas que aún estaban abiertas. Kyo se estremeció ante esto, y en la oscuridad de la habitación, Iori sonrió. El Kusanagi reaccionaba muy bien, ya quería verlo cuando diera el siguiente paso.

Mientras lamía a la altura de su estómago, su mano buscó la entrepierna de Kyo, sintiendo su erección, posando sus dedos alrededor de su sexo y frotando lentamente, suavemente. Oyó que Kyo contenía el aliento, debido a la sorpresa, y lo acarició de nuevo, para oírlo dejar escapar un gemido. Un gemido que sonó como su nombre.

En silencio, continuó bajando un poco más, hasta que finalmente pudo envolver con sus labios aquella firme calidez de Kyo. Succionó tentativamente, complacido al oir que la reacción del joven fue un gemido ahogado. Sentía su propia y dolorosa excitación. Quería tomar al Kusanagi en ese mismo momento, y al mismo tiempo quería hacerlo esperar. Sentir que ya no soportaría más. Quería seguir oyendo sus gemidos de placer. Quería oírselo pedir.

Acarició a Kyo con su lengua y disfrutó del escalofrío que recorrió al joven. Sintió que las manos de Kyo se posaban en su cabello, obligándolo a tomarlo más, y luego alejarse unos milímetros, imponiéndole un ritmo acompasado por los sonidos que escapaban de sus labios. La propia respiración de Iori era irregular ahora, y finalmente se apartó, con una sonrisa. Interesante reacción la de Kyo, pensó, limpiando sus labios húmedos con sus dedos. Acarició la entrepierna del joven con su mano, pero esta vez bajó un poco, buscando el pasaje prohibido, intentando no pensar en que esos arañazos que cubrían sus pierna habían sido causados por un demonio.

Dejó el camino ligeramente húmedo, tomándose su tiempo, sujetando de nuevo a Kyo, excitándolo de tal forma que el joven se sintiera próximo al clímax, para luego dejarlo ir, y volver a comenzar.

- Yagami... hazlo... - murmuró Kyo en algún momento, sus ojos entreabiertos intentando enfocarse en el pelirrojo, que sonreía levemente. No, no lo iba a complacer aún. Recién habían comenzado...

Quizás Yagami esperaba que Kyo continuara echado allí, simplemente disfrutando de sus caricias, pero el joven Kusanagi se incorporó, extendiendo su mano para posarla tras el cuello del pelirrojo y atraerlo hacia sí para poder besarlo. Imitó sus movimientos, dejando sus labios y comenzando a bajar por el pecho desnudo de Iori. El pelirrojo estaba sentado en la cama, y Kyo tuvo que inclinarse para poder buscar el botón de sus pantalones, su cabello castaño ocultando sus mejillas furiosamente sonrojadas.

El súbito contacto de los labios de Kyo contra su excitación hizo que Iori dejara escapar un gemido, mientras cerraba los ojos. El joven Kusanagi no tardó en lamer completamente el sexo del pelirrojo; él mismo gemía y jadeaba, porque en ningún momento Iori lo dejó ir. Sus dedos continuaban acariciando su entrepierna, forzando a veces el pasaje, preparándolo, aumentando la intensidad de sus movimientos cuando Kyo lograba hacerlo sentir un extremo placer.

Iori comprendió el propósito de Kyo, pero no quería complacerlo y ser el primero en ceder. Continuaron así un momento, conteniéndose, ahogando gemidos; las manos acariciando, los labios besando. Por momentos Iori sentía que Kyo lo estaba haciendo llegar demasiado cerca al clímax, pero el Kusanagi parecía notarlo y aminoraba sus movimientos. Sin embargo, ahora hasta sus jadeos excitaban al pelirrojo, que lo obligó a levantarse, para poder observar su rostro sonrojado y sus labios brillantes de humedad. Atrajo a Kyo hacia sí, posando sus manos en la cintura del joven, sentándolo casi sobre sus piernas. Kyo lo abrazó con fuerza, rodeando su cuello, preparándose para lo que debía venir.

- Te quiero... - creyó oír Iori, cuando su sexo tocó la entrada del estrecho pasaje de Kyo, pero el susurro pronto se convirtió en un gemido. Se deslizó hacia adentro con un ligero empujón, y otro gemido de Kyo en su oído lo hizo cerrar los ojos. Ambos ganaron un ritmo que lo hizo entrar más y más en el joven, que ahogadamente jadeaba contra su cuello. Parecía que lloraba, pero no podía decirlo.

Tener a Kyo en sus brazos era tan extraño, esconder su rostro en el cuello del joven, y sentir su familiar presencia. Lo sujetaba con fuerza, porque aún veía las imágenes de lo que ocurrió en el Makai, y las amenazas de Shika se repetían en su oído, siempre poniendo en peligro a Kyo, siempre llenándolo de miedo e impotencia por no poder hacer algo. El temor de perderlo... Todo eso, sólo hacían que Iori deseara ser uno con él, no dejarlo ir, compartir un acto que podía significarlo todo. Sin palabras, una declaración de los profundos y confusos sentimientos. Gimiendo como si se tratara de una lucha, arañando, jadeando y quizás llorando. Pero no era una batalla...

La sensación que los embargaba era extrema ya, y las oleadas de placer los recorrían intermitentemente. Un ligero movimiento, y ambos apretaban los ojos, dejando escapar un jadeo. Kyo era quien llevaba el ritmo ahora, aferrándose a él con fuerza, aumentando la velocidad a medida que ambos se acercaban al clímax.

Lo alcanzaron al mismo tiempo, el placer convirtiéndose en una explosión de calidez entre ellos, en un gemido silencioso de sus labios entreabiertos. La sensación latiente recorriéndolos, una y otra vez, desvaneciéndose lentamente, ahogada entre sus jadeos, mientras ellos continuaban fundidos en un abrazo, sintiendo la necesidad de nunca dejarse ir... 

 


 

Capítulo 50.- Sólo el [Hoy] Importa...

El bosque. De nuevo.

Iori no pudo evitar una sonrisa. ¿Qué hacía allí? ¿A qué venía ese sueño? ¿A intentar hacerle odiar a Kyo otra vez?

Llegó hasta el claro entre los árboles. Aquella era una noche perdida en el tiempo. No sabía cuándo había sucedido. Sentía el viento frío, pero aún no era invierno. Los enormes troncos terminaban en copas frondosas, tampoco era otoño. ¿Verano? Un verano muy frío. Le recordaba el verano en que dejó su hogar para ir a cumplir su destino, buscando a ese Kusanagi.

Y si se trataba de esa época, también significaba que fue cuando comenzó el intenso e insoportable dolor en su interior, anunciando el próximo despertar de Orochi.

Se apoyó en uno de los rugosos y ásperos troncos, jadeando por recuperar el aliento, reviviendo el dolor, sintiendo otra vez la sangre salada en sus labios. Tosió, despacio, pero luego aquello se intensificó aun más, y cayó de rodillas. No podía evitar cerrar los ojos y sonreír. Era un sueño, ¿verdad? ¿Incluso en sus sueños no podía encontrar descanso? ¿Cuándo lo encontraría, cuando muriera?

Sintió que lo tocaban levemente en los hombros, y levantó su mirada para encontrarse frente a frente con ese niño que estaba en sus sueños y sus pesadillas: el pequeño Kyo.

Ver sus grandes ojos castaños llenos de preocupación le producía una sensación extraña. ¿Qué demonios hacía ese Kyo allí? Ya no existía más, en esa época debía ser el maldito arrogante Kyo Kusanagi a quien él buscaba para destruir. ¿Qué hacía este niño, perdido en el tiempo, preguntándole si se encontraba bien?

Lo apartó, como siempre hacía. No le gustaba que lo viera sufrir. No le gustaba ver que se preocupaba por él. Pero nuevamente Kyo se le acercó, haciéndole levantar el rostro, preguntándole una y otra vez si estaba bien. Iori quiso asentir, finalmente, para calmarlo. Le daba la impresión que el mocoso pronto se echaría a llorar. En verdad quiso hacerlo, pero se dio cuenta que no podía moverse. Su cuerpo estaba entumecido, y cayó hacia un lado. El pequeño Kyo intentó sostenerlo, pero ambos cayeron y se encontraron tendidos sobre el pasto.

Era difícil respirar, difícil mantener los ojos abiertos, difícil reconocer las palabras que el pequeño sollozaba en su oído. ¿Resiste? ¿Vas a estar bien, te lo prometo? ¿Por favor... no te vayas? ¿Por favor... no mueras...?

****

El pelirrojo despertó con un violento sobresalto, su respiración agitada y su frente cubierta de una ligera película de sudor. Se llevó una mano al pecho, como si intentara calmar los latidos desesperados de su corazón. Cerró los ojos con fuerza, tratando de volver a la realidad y dejar atrás ese sueño.

Miró a Kyo, que se había quedado dormido tranquilamente a su lado. Su rostro era muy pacífico, una perfecta imagen de inocencia que él jamás había visto... No, se equivocaba. Sí la había visto. Acababa de verla antes de abrir sus ojos.

Acarició el cabello castaño suavemente, antes de deslizarse por un lado de la cama para dirigirse al baño.

Caminó despacio, sus pies desnudos rozando la alfombra, sintiendo sus piernas pesadas y torpes, mientras sus ojos recorrían la habitación en penumbra. El frío del ambiente lo hizo estremecerse, mientras con una mano buscaba a tientas el interruptor de la luz del baño. Respiró profundamente, como si quisiera sacarse de encima la opresión que sentía en su pecho. Se apoyó en el lavamanos, dejando correr el agua helada, juntando un poco en la palma de su mano y salpicándose luego el rostro, humedeciendo su cabello rojo y echándoselo hacia atrás para luego verlo caer sobre su ojo de nuevo.

Al incorporarse, vio su reflejo en el espejo. Se quedó observándose largo rato, ligeramente sorprendido. Su rostro estaba tan pálido, de un color blanco no natural, enfermizo. Su mirada parecía cansada, sus párpados enrojecidos. La base de su cuello, y su mismo cuello, cubiertos de líneas rojas dejadas por las garras de Shika. Parecía extremadamente cansado, y en realidad así era.

Tocó su pecho, le ardía cuando respiraba, sentía que no podía inhalar aire suficiente para calmar ese calor. Era el fuego púrpura quemando en su sangre, como siempre había sido, pero ahora percibía algo diferente. Quizás los demás jamás lo notaran, pero ¿quién mejor que él para darse cuenta cuando su cuerpo empezaba a ceder, luego de tantos años de sufrimiento?

Debió haber muerto en el Makai, durante esa semana en que ya no podía más y el demonio de fuego blanco lo mantuvo con vida gracias a ese maldito elixir. Ese hubiera sido el límite natural designado para su vida desde el comienzo, pero no había sido cumplido por culpa del entrometido demonio. Ahora, ¿cómo saber el tiempo exacto que le quedaba? ¿Uno o dos meses? ¿Uno o dos años?

Si hubiera sido él no le hubiera importado. Hubiese continuado viviendo día a día sin esperar un futuro. Si una mañana su corazón dejaba de latir, lo hubiera aceptado, porque sabía que tarde o temprano llegaría... Pero ahora...

Se dejó caer en el suelo del baño, apoyando su espalda desnuda contra la pared helada, sus piernas flexionadas en un ángulo agudo, sus brazos apoyados sobre sus rodillas y sus ojos rojos perdidos en la nada. Se preguntaba si fue una buena idea darle el elixir a Shika... ¿hubiera servido de algo si lo guardaba para si?

Se llevó una mano al cabello, cerrando los ojos en un inconsciente gesto de desesperación. Sintió una mano cálida tocándole el hombro. No quiso mirar.

Si es así como debe ser, lo acepto... Una voz en su mente, entre sueños. Si abría los ojos vería esa mirada castaña angustiada por él y no quería. ¿No podía hacer desaparecer a esa presencia del pasado de una vez por todas? ¿Por qué demonios no se iba?

- Idiota... - murmuró.

Sí, y tú también.

No pudo contenerse y abrió los ojos, molesto. Esperaba encontrarse en el bosque de nuevo, o ver a ese niño que a través de los años siempre lo había agobiado con su presencia, pero todo lo que vio fue a Kyo, arrodillado frente a él, entre sus piernas, mirándolo con ternura.

- ¿Crees que no lo sé? - dijo Kyo esbozando una sonrisa tranquilizadora -. ¿Crees que no lo sé? - repitió, más suavemente esta vez, como si todo el tiempo hubiera estado escuchando los pensamientos del pelirrojo. - Pero prefiero tener este poco tiempo - habló Kyo de nuevo -, a no tener nada...

Iori apartó la mirada, con una sonrisa burlona, como si le fuera imposible creer que Kyo realmente comprendía.

- Si desde que eras pequeño sabías que ibas a morir, ¿qué te llevó a continuar con tu vida, en vez de abandonarte y simplemente esperar a que la muerte llegara? ¿Qué fue, Yagami? - murmuró Kyo, acercándose más hacia el rostro de Iori, hasta que su mano pudo tocar su mejilla y su aliento rozar los labios del pelirrojo. No recibió respuesta, sólo el gesto obstinado de Iori que se negaba a mirarlo, sus ojos rojos fijos en la pared del baño, sus cejas bajando molestas. Kyo lo obligó a volver lentamente su rostro hacia él -. Entonces, ¿qué te cuesta seguir haciendo lo mismo? - dijo suavemente -. Sólo sigue viviendo, sin pensar en nada más. Hoy estoy contigo, sólo hoy importa... - hubo una pausa, y Kyo besó los labios de Iori mientras sentía que el joven Yagami pasaba sus brazos alrededor de él, sin responder una palabra.

****

Kurama extendió su mano bajo las sábanas, buscando el cuerpo desnudo de Hiei a su lado. Cuando encontró lo que buscaba, lo atrajo hacia sí, abriendo sus ojos verdes y mirando la expresión complacida de su amante. Aún podía ver las gotas de sudor perlando la frente de Hiei luego de la noche que habían compartido. El sol ya se filtraba por la ventana, una línea de luz cayendo justo sobre ellos, para no permitirles el seguir durmiendo ni un minuto más. Los ojos rubí de Hiei brillaban, mientras el pequeño youkai se deleitaba viendo el rostro del pelirrojo, sonriéndole lleno de afecto.

Le sonrió también, levemente, para que Kurama supiera que se sentía muy bien estando a su lado, aunque eso no era necesario. Luego de la larga noche de pasión, para Kurama era muy obvio que Hiei se sentía lleno de felicidad. En algún momento Hiei había pronunciado unas palabras que lo dejaron conmovido. No importaba si Kurama decidía pasar la noche con alguna otra persona, ningen o youkai; porque ambos sabían que a partir de esa noche, Kurama le pertenecía, a él, sólo a Hiei. ¿Existía una mejor muestra de amor que Hiei pudiera darle? Le estaba permitiendo hacer lo que quisiera, porque quizás no se atrevía a exigirle que pasara las noches sólo con él. Hubiera sido algo inútil, y ambos sabían cómo era la pasión de un youko. Obligarlo a tener una sola pareja hubiera sido algo imposible cuando el instinto superaba a la razón.

Sin embargo, Kurama se sentía extraño ante la resignación de Hiei. Rebajarse a eso, todo porque no quería perderlo... ¿Qué había pasado con él? ¿O quizás le dolería menos pensar todo el tiempo que Kurama podía estar con otro, y así no sufrir tanto cuando se enterara que era cierto?

Pero intentaría no caer en eso, se dijo Kurama. Así como Hiei le daba libertad para hacer lo que quisiera, él debía demostrarle al pequeño jaganshi que lo quería lo suficiente como para no dejarse dominar por su instinto.

Lo abrazó con cariño, sus cuerpos entrelazados bajo las sábanas de esa cama de hotel, sus labios encontrándose e intercambiando un largo beso, el cabello rojo y el negro enredándose contra la blancura de la almohada.

****

Satella inventó una convincente historia que intentaba explicar el porqué de la desaparición de Kyo Kusanagi y de Iori Yagami, junto con su súbita presencia en el hall del hotel donde los desprevenidos ejecutivos se los encontraron frente a frente. Nadie se explicaba de dónde habían salido, ni cómo lograron pasar por la multitud de periodistas que esperaban en la puerta sin ser vistos. Al instante los dos jóvenes fueron llevados a una oficina privada, donde comenzó un intento de interrogatorio, que terminó con ejecutivos temiendo por sus vidas luego de que el Yagami perdiera la paciencia ante tantas tonterías. Si estaban allí, era porque el Reikai así lo quería. Explicar "lo que había sucedido" era la única manera para que las cosas volvieran a la normalidad y el torneo siguiera su curso. El Reikai no querían a más ningen analizando meticulosamente la grabación del ataque youkai, porque corrían el riesgo de que en algún momento alguien se diera cuenta de la verdad. Que el King of Fighters volviera a empezar, eso era todo lo que ellos debían lograr.

- No estás pensando en participar, ¿verdad, Yagami? - preguntó Kyo por lo bajo en un momento en que los dejaron a solas. Iori sólo le dirigió una mirada en silencio. Kyo parpadeó -. No voy a permitir que pelees en ese estado - dijo el joven Kusanagi, seriamente. El pelirrojo sonrió levemente ante esa muestra de preocupación, y lo sujetó del cuello con de la camisa que Kyo vestía, para empujarlo contra el respaldo del asiento murmurando:

- ¿Cual es la gracia de participar si tampoco lo harás? - siseó, sus ojos entrecerrándose maliciosos al tiempo que los encargados de Satella volvían a entrar a la oficina, y se apresuraban a separarlos temiendo que pelearan allí mismo. Kyo apartó la mirada. Maldito Yagami, rió para sí, pero tenía razón, y así se lo comunicaron a los ejecutivos que tenían en frente. El torneo continuaría, pero sin ellos.

****

- Koenma dijo que el Reikai no los molestará por un tiempo.

Era Kurama quien hablaba con Kyo, los dos solos en la habitación del hotel. Kyo solamente observaba al pelirrojo, sin pensar en nada, simplemente escuchándolo. ¿Eso significaba que el poder que amenazaba la estabilidad de los mundos, y que él y Yagami poseían, ya no era un peligro? Kurama adivinó sus pensamientos.

- Sabes que Yagami no está en condiciones de invocar a semejante poder, Kyo - dijo suavemente -. Y pasará un tiempo hasta que tú te recuperes del todo. Hasta entonces el Reikai no hará nada.

- Que alivio - murmuró Kyo, con sarcasmo -. ¿Y luego?

El pelirrojo sonrió dulcemente, encogiéndose de hombros.

- Ni idea - dijo, y agregó, malicioso -: ¿Nunca has pensado en convertirte en Reikai Tantei?

Kyo sudó una gota.

- Jyodan janee {No bromees} - gruñó, hundiendo las manos en los bolsillos. Kurama lo siguió con la mirada, divertido.

- ¿Dónde está Yagami? - preguntó y esta vez fue Kyo quien se encogió de hombros.

- Como no hay nada más que hacer aquí, ya debe haberse ido - dijo simplemente. Kurama entrecerró sus ojos.

- Entonces será mejor que nos vayamos también - sugirió, poniéndose de pie. Afuera, el resto de Tantei esperaban, para volver a casa.

****

- No olviden que aún me deben una pelea ustedes dos - exclamó Yuusuke animadamente mientras Kyo y Shingo lo observaban a él y su grupo desapareciendo en dirección a la parada de autobuses. Kyo asintió, con una leve sonrisa, las manos hundidas en los bolsillos, viéndolos alejarse.

Kurama había dicho que si algún día los necesitaba, para lo que fuera, que simplemente llamara. Ahora el muchacho pelirrojo le daba la espalda, su rostro vuelto hacia un lado mientras conversaba animadamente con el silencioso youkai de fuego.

Kyo los observó hasta que los perdió de vista, y suspiró para si. Shingo se volvió para mirarlo.

- Kusanagi-san... - murmuró, su voz preocupada. No recibió respuesta. El muchacho apretó los puños con fuerza. Había sido testigo de las cosas que habían sucedido esos últimos días, y aunque no comprendía muchas de ellas, sabía que eran graves. Los demonios, la muerte de Yuki...

Estaba preocupado por Kyo, pero no se atrevía a expresarse en voz alta. Kyo nunca le había confiado ninguno de sus problemas. Fue sólo antes de la batalla contra Orochi cuando demostró que realmente se preocupaba por él, cuando le ordenó no acercarse al dios por nada del mundo.

Ahora temía que su maestro tuviera algún problema, y ya no estaba Yuki para reconfortarlo con su compañía... Quizás la misma muerte de la Kushinada lo angustiaba... Podían ser tantas cosas...

La mirada de Kyo interrumpió sus confusos pensamientos. El joven de cabello castaño le sonrió, como siempre hacía, como si nada hubiera sucedido.

- ¿No sería mejor que volvieras al hotel, Shingo? - dijo Kyo.

- Uhn... no... - Shingo iba a dar una excusa, no quería irse aun, pero Kyo agregó malicioso:

- ¿Acaso mañana no se reinicia el torneo? Deberías volver, o te dejarán fuera...

- ¿Fu... Fuera? - repitió Shingo, que no había considerado la posibilidad. Kyo continuó:

- Y si estás fuera, no podré sentir la satisfacción de verte ganar, ne?

Con eso, Kyo debió entrecerrar los ojos ante la estela de polvo que levantó el muchacho al irse a toda velocidad en dirección al hotel.

Kyo sonrió levemente para sí, ligeramente divertido, echando a andar como si no tuviera rumbo fijo, en dirección contraria. Caminó durante largo rato, perdiéndose en sus propios pensamientos y recuerdos, cruzándose con gente que lo miraba curiosa, pero sin prestarles atención. De un momento a otro, toda su vida parecía haber cambiado. Tenía nuevas cosas de qué preocuparse, tenía esa cálida sensación en su interior que lo hacía simplemente estar feliz. Ni siquiera detalles como anunciarle a la familia Kushinada sobre la lamentable muerte de su hija podía opacar la felicidad en su interior.

Se detuvo ante la amplia ventana de un acogedor café.

Nuevamente atardecía, y el interior estaba lleno de cálidos colores anaranjados y muebles de madera oscura. No dudó en entrar. Era el perfecto lugar tranquilo para esperar la noche.

Miró a su alrededor. Demasiado temprano para que los clientes llegaran, la única figura que veía era una silueta en un rincón, dándole la espalda para poder ver lo que se transmitía en un pequeño televisor dispuesto en una esquina. Se acercó despacio, tomando asiento a su lado.

El cabello rojo cayó hacia un lado cuando la figura se volvió para mirarlo. Kyo sonrió en silencio. Proveniente del televisor podían oír las voces de alguien anunciando la esperada continuación del KOF, pero no le prestaban atención, en la penumbra y privacidad del local, el joven Kusanagi besaba a Iori.

Era imposible saber si el pelirrojo se quedaría con él todo el tiempo, o si continuaría su vida como siempre había hecho, desapareciendo durante meses sin dejar rastro. No importaba. Kyo sabía que todo momento que pasaran juntos debía disfrutarse, y estaba firmemente dispuesto a hacerlo. Era fácil pensar así mientras sentía que el pelirrojo lo atraía en un abrazo, pero en su relativa felicidad, Kyo estaba pasando por alto la sutil expresión afligida que ya nunca abandonaría el rostro de Iori.

~ Owari ~

Terminado: 25 de Septiembre, 2001.
Revisado: 3 de Abril, 2002.
~ MiauNeko ~ 



Afterwords (tras la revisión)

3 de Abril, 2002

Cuando empecé a corregir este fic, hace casi cuatro días, estaba con la seguridad de que al llegar al capítulo 50 querría re-escribir o agregar muchas cosas. Todo lo que podía recordar era:
1.- Que el fic no me gustaba.
2.- Que el final no me gustaba.
Sin embargo, me llevé una sorpresa al releer el último capítulo y darme cuenta que no recordaba qué era lo que sucedía allí... es más, terminé con la impresión que se había dicho todo lo que debía decirse. Amor consumado, una solución fácil a lo del King of Fighters... Abrupto, pero no tan mal como fue mi primera impresión.

Aún tengo ideas para "Taiyou..." y revisarlo no ha hecho más que inspirarme un poco. Shika está vivo y ansioso por hacer travesuras de nuevo ^^'

El capítulo 50.1 son algunas escenas que tenía en mente desde hace tiempo, pero que decidí no escribir hasta terminar con "Dark Crimson". Ese fic ya está, ahora regreso a "Taiyou..."

Saa... mo ichido hajimemashou? ^_~

~MiauNeko~

 

Fanfic por MiauNeko para
Shades of Flames... and Passion
KOF es propiedad de SNK
YYH es propiedad de Yoshihiro Togashi y otros
versión 1.02
Abril, 2002