Título: ...As I Witness...
Autor: MiauNeko - miauneko@hotmail.com
Categoría: Shortfic-vignette / Angst / algo de Fluff / No Yaoi (¡¡no yaoi!!), pero implica Iori x Kyo para aquellos que quieran que la relación exista / Universo Alternativo / Shingo 3rd person POV (a.k.a. Punto de Vista en tercera persona)
Disclaimer: Iori Yagami, Kyo Kusanagi, Shingo Yabuki, Benimaru Nikaido, Goro Daimon y KOF, son propiedad de SNK/Playmore/NeoGeo/Eolith or whatever. No son míos. Yo sólo los hago sufrir un poco más de lo que sufren "oficialmente".
Publicado: Vía mail / Shades of Flames and Passion / Cualquier otro lugar, pedir autorización primero, gracias ^^.
Beta-ed: By Pekkochu. Arigatou gozaimasu! *bows... and bonks against the desk* ^^'
Notas previas: El fanfic contiene spoilers de los primeros tomos del manga chino del KOF2001 (no exactos, pero allí están). Sería bueno que conocieran el manga antes de leer el fic. Algunas frases tienen el sentido de la historia del manga, así como unos detalles que se mencionan y no se elaboran. El resumen está en www.kofonline.com, y la historia aún continúa, así que el final definitivamente será diferente al de este fic. ¿Quieren ver a Kyo sufrir y deprimirse en colores? Vayan allí y disfruten ^^. Realmente recomendable.
Bueno... esto lo escribí luego de ver el manga, justamente. Había demasiadas escenas donde Kyo salía triste o humillado (el público le lanzó basura porque perdió ante Mai, al no poder usar su poder completamente ;_;). Y una cosa es ver a Kyo indefenso en un fic, y otra muy distinta verlo en la misma situación pero en un manga... Tenía que escribirlo... ^^ Ya conocen mi estilo, esto es un poco más de lo mismo. Shingo siempre me ha agradado, y por fin puedo escribir una historia desde su punto de vista. Benimaru en fics Yaoi se me hace odioso, pero aquí está bastante soportable. Quizás sea OOC, sí, y algo precipitado, pero debía ser así para que fuera un shortfic y no una serie en varios capítulos. ^^
Ok, suficiente palabreo. Fic wo hajimemashou? ^^


...As I Witness...

Alguien tocó a la puerta del departamento, y el muchacho que en ese momento estaba atareado en la cocina salió a abrir. No necesitó preguntar quién era para saber que el que entraría sería Benimaru Nikaido. Después de todo, sólo ellos dos tenían conocimiento de ese lugar.

—Shingo —fue todo el saludo de parte del rubio.

—Benimaru-san —murmuró el muchacho haciendo una imperceptible inclinación con su cabeza.

Pasaron dos segundos antes de la esperada pregunta:

—¿Sigue igual?

Shingo asintió, observando el suelo alfombrado un momento, incapaz de prestar atención a nada más que al joven que estaba ante él, apretando fuertemente los puños en un gesto de frustración. No quería encontrarse con la mirada de sus claros ojos celestes y ver que era el reflejo exacto de su expresión, entre furiosa y angustiada.

—Supongo que continúa en su habitación —murmuró Benimaru entre dientes, también evitando mirar a Shingo.

El muchacho volvió a asentir, en silencio. Esperó a que el rubio se alejara antes de volverse y entrar a la cocina, donde había dejado algunas verduras a medio cortar. Las observó con expresión ausente, el cuchillo brillante, salpicado con algunas gotas de agua. Todo perfectamente organizado, listo para preparar un platillo que, sabía, no sería comido.

El impulso de sujetar el agudo cuchillo y clavarlo contra la mesa de gastada madera fue grande, pero se contuvo apenas sus dedos se cerraron alrededor del mango. Parpadeó como si no comprendiera qué estaba haciendo, y luego dejó escapar un gemido de frustración. Se llevó las manos al rostro, cerrando los ojos, cubriéndose los párpados con los puños, en un inútil gesto de negación. Sacudió la cabeza. Si pudiera hacer algo... Si tan sólo pudiera hacer algo...


Todo había comenzado hacía unos meses. El torneo del King of Fighters para el 2001 acababa de haber sido anunciado, y, para sorpresa de Shingo, fue Benimaru quien le sugirió que formaran equipo de nuevo. No tenían esperanzas de ver a Kyo participar con ellos ese año, por lo que se dirigieron sin perder tiempo al dojo donde Goro Daimon impartía clases de judo.

Fue agradable ver su rostro familiar, algo serio pero animado como lo recordaban. Por supuesto que entraría al equipo, dijo. Llevaba demasiado tiempo sin salir de la rutina, y un cambio no le vendría nada mal.

Shingo y Benimaru se habían mirado y sonreído.

Desde el punto de vista del muchacho, la situación era excitante. Él, formando parte del legendario equipo de Japón. ¡Él!

Sin embargo había un detalle que evitaba que su felicidad fuera perfecta: la falta de su maestro entre los integrantes.

No albergaba esperanzas de luchar a su lado, pero el anhelo no desaparecía, por mucho que intentara apagarlo. Durante semanas se dedicó a usar la sala de entrenamientos del dojo para practicar sus golpes contra los aprendices o simplemente contra los pesados costales de arena que pendían del alto techo.

A veces, cuando estaba a solas, gritaba con cada golpe. Era extraño, pero tenía la impresión de que el eco de su propia voz en el salón vacío era como oír a Kyo a lo lejos, como cuando le demostraba un golpe una vez, para que Shingo lo imitara hasta hacerlo perfecto. Callaba cuando Benimaru entraba a observarlo. A veces parecía que el rubio sentía cierta calma al verlo entrenar. Podía pasarse horas apoyado contra la pared, los brazos cruzados, sus ojos nunca apartándose de la figura de Shingo, que poco a poco se iba difuminando a medida que el sol se ponía.

Fue después de varias de esas visitas silenciosas que la idea se le ocurrió al muchacho: Quizás Benimaru lo observaba entrenar... porque le recordaba a Kyo. El estilo, los movimientos, el ímpetu. O quizás porque él y Kyo eran todo lo contrario. Porque Shingo se esforzaba con cada golpe, mientras era de conocimiento general que Kyo no sentía mucho apego por practicar. El poder era algo natural en él, no algo que debiera cultivar para poder utilizar con eficacia. Era como si el fuego y la fuerza fueran uno con Kyo; Shingo no podía pensar en Kyo sin pensar en fuego escarlata al mismo tiempo, y no había ocasión en que una simple flama le hiciera pensar en su maestro.

—Lo harás bien en el torneo —le dijo Benimaru una vez, mientras él se dejaba caer de rodillas, extenuado luego de toda una tarde de entrenamiento.

—¿En verdad... lo cree así? —le había preguntado él entre jadeos. Kyo nunca le había dicho si realmente estaba yendo por el buen camino, y Shingo lo atribuía a la curiosa total incapacidad que tenía Kyo para expresar algo bueno sobre alguien, a ese alguien precisamente.

—Kyo debería verte... —asintió el rubio, pero pronunciar el nombre fue como un error.

Se quedaron en completo silencio luego de eso. Cada uno sumido en sus propios y privados pensamientos. Mientras más cerca estaba el torneo, más pensaban en Kyo. Era imposible marcar un límite que separara a Kyo del KOF, así como no podían dejar de asociar al fuego con Kyo.

Benimaru se había puesto de pie aquella vez, y había salido sin decir nada más. Shingo observó su figura alejarse, sin poder evitar preguntarse qué pensaría el joven rubio. Para él Kyo había sido primero un ídolo, luego un maestro, luego un amigo. Para Benimaru había sido un rival, y luego su compañero. Habían pasado más años luchando juntos que los que Shingo había pasado simplemente entrenando. Le hubiera gustado saber si el pesar que él sentía al pensar en Kyo se podía comparar a lo que pudiera estar sintiendo Benimaru.

No mencionaron el tema en los días siguientes, y ambos se mantuvieron ocupados entrenando en lugares alejados, sin que hubiera necesidad de verse y recordar.

Casi se acercaba el día en que debían dejar el dojo para volver a la ciudad, a terminar de arreglar los documentos necesarios para viajar al lugar donde se realizaría el King of Fighters, cuando uno de los aprendices del dojo llegó al salón donde Goro, Benimaru y él cenaban.

—Sensei... —dijo algo titubeante, desde el marco de la puerta.

Goro alzó la cabeza de su taza de arroz, observándolo interrogadoramente, sus pequeños ojos negros escrutándolo con tal intensidad que el aprendiz murmuró algo ininteligible antes de poder aclarar su voz.

—Un visitante —dijo—. Se presentó como Kyo Kusanagi.

Ni siquiera fue necesario intercambiar una mirada, Shingo y Benimaru ya se habían puesto de pie y se dirigían hacia el joven, que comprendió al instante que debía llevarlos hasta el recién llegado.

—¿Será posible...? —murmuró Shingo a Benimaru, mientras recorrían los pasillos de madera clara con pasos apresurados. El rubio continuó avanzando con la mirada fija en el frente.

—Quién sabe —dijo, con una nota de desconfianza en su voz—. Manténte alerta.

—Hai —asintió Shingo.

Sin embargo sus sospechas quedaron olvidadas cuando vieron a la figura que esperaba justo en el arco de entrada al dojo. Pese a que la iluminación era tenue, había algo en su porte que no dejaba lugar a dudas.

—Kusanagi-san! —exclamó Shingo. Estaban a pocos pasos ahora, casi entrando en el débil círculo de luz que ofrecían los faroles a lo largo del camino. Vio que la figura se volvía hacia él, los ojos castaños, el cabello cayendo en hebras sobre sus mejillas, una débil sonrisa en sus labios.

Pese a las indicaciones de Benimaru sobre ser prudente al acercarse a peleadores desconocidos, y a que sabía que quizás sería rechazado bruscamente con un golpe, Shingo echó una corta carrera hacia Kyo. No se detuvo a pensar siquiera que podía ser un error. Era Kyo. Kyo allí, luego de tanto tiempo.

Sus brazos rodearon la cintura, sus manos aferrándose a la extraña tela blanca de la chaqueta que Kyo vestía. Su mejilla apoyándose en la camiseta negra, sobre su pecho, firme, y tan, tan cálido. Se aferró a él sabiendo que en un par de segundos sería apartado, y volvió a murmurar como un niño: "Yokatta {Qué alegría}... Kusanagi-san..."

Para su sorpresa, el abrazo fue devuelto. O eso le pareció a él. Incluso creyó oír el susurro de su nombre, pero todo fue demasiado rápido, y de pronto se encontró con que dos manos se habían posado en sus hombros y ahora lo mantenían a buena distancia de Kyo, que se veía incómodo. Pero no le importó, porque conocía esa expresión. En verdad era Kyo.

—Hey... —sonrió Benimaru, acercándose por fin, seguido de Goro, que asentía con la cabeza como si se sintiera satisfecho de ver a sus compañeros reunidos. Shingo miró a uno y a otro, incapaz de ocultar su emoción.

—¿Listos para ganar el torneo? —fue todo lo que dijo Kyo, y Benimaru le dio un juguetón golpe en el hombro, igual que en los viejos tiempos.

Sin embargo aquella noche sucedió algo. Shingo había estado dando vueltas en el futon, incapaz de dormir. Observaba el techo de la pequeña habitación que le habían asignado, y se volvía hacia la derecha. Suspiraba, se estiraba, y se volvía hacia la izquierda. Escuchaba el absoluto silencio de la noche, interrumpido solamente por el canto de los grillos en el exterior, y volvía a suspirar. La emoción de saber que Kyo estaba bajo ese mismo techo, de que había regresado para participar junto a ellos en el King of Fighters, y de que realmente se había presentado, dejando de ser el fantasma que había seguido de cerca a los anteriores torneos, era demasiado como para poder dormir. A ratos lo sobrecogía el impulso de levantarse y, sigilosamente, abrir las puertas corredizas que lo separaban de la habitación que Benimaru compartía con Kyo, solamente para verlo durmiendo allí, real, tan cerca.

No supo cuántas horas pasó en ese estado de agitación e insomnio desesperado, pero finalmente decidió levantarse. Apartó los cobertores con cuidado, sintiendo que el simple rozar de las telas hacía el ruido suficiente como para alertar a todo el dojo. Caminó de puntillas hacia la puerta que comunicaba con la otra habitación, y entreabrió una milimétrica rendija. Se asomó por allí, sus ojos escrutando la penumbra, conteniendo la respiración... Y se encontró con dos futones vacíos. Los cobertores estaban extendidos, pero nadie los había utilizado. Más bien daba la impresión de que alguien se había sentado sobre ellos durante un momento, para luego salir, olvidando totalmente el hecho de que a esa hora debían estar dormidos.

La curiosidad pudo más que él. Sólo ver a Kyo, se dijo. Verlo, asegurarse de que no había sido un sueño, y luego volver a su habitación, sin que nadie se diera cuenta de que había salido. Una inocente travesura. ¿Qué mal podía hacer?

Se calzó las suaves zapatillas de tela que se utilizaban dentro del dojo, y salió al exterior. El viento fresco lo hizo estremecerse, pero el deseo de ver a Kyo lo antes posible hizo que ni siquiera lo notara.

Se detuvo un momento, preguntándose a dónde habrían ido. Observó a su espalda, hacia la sala de estar del dojo, y la sala de entrenamiento. Vio las puertas cerradas, las luces apagadas. Todo lo que quedaba era el sendero que llevaba a la entrada, aún iluminado por la pálida luz de los faroles de piedra negra. Se encogió de hombros, decidiendo echar un vistazo.

Caminó con cuidado, tropezando a veces con piedras sueltas y las irregularidades del camino de tierra que salía del lugar. El dojo había sido construido entre dos montes cubiertos de vegetación, en un lugar bastante aislado. Todo lo que oía era el viento, los grillos, agua corriendo a lo lejos.

Iba a dar media vuelta, cuando le pareció oír una voz, o el eco de una voz. Quizás sólo era el viento al pasar por el acantilado cercano, pero continuó adelante. Sólo un par de pasos. Si no encontraba a nadie, volvería y se obligaría a dormir hasta el amanecer.

Un movimiento a su derecha, entre los árboles, llamó su atención. Hacia esa dirección ya no había luces, pero se dio cuenta que había un claro entre los altos troncos, y la luz de la luna creciente era suficiente para iluminar la silueta que se movía despacio por allí.

Fue hacia ella, sin decir nada, y se sorprendió cuando vio que el lugar donde ya no había árboles eran los últimos metros que lo separaban a él, y a la figura, del abismo. Se detuvo cuando el movimiento delante suyo se aquietó. Se mantuvo semioculto tras uno de los troncos, casi imitando los gestos de la silueta. Una leve brisa hizo ondear largos mechones de cabello rubio, y Shingo reconoció a Benimaru. Apartó la mirada de él un momento, buscando lo que el rubio pudiera estar observando, y luego reconoció a una segunda sombra de pie ante el acantilado. Al igual que lo había reconocido horas atrás, la forma en que se paraba, como desafiando al vacío, lo hizo reconocer a Kyo.

Era extraño. Él espiando a Benimaru, que espiaba a Kyo.

Sin embargo, Benimaru no se mantuvo en las sombras durante mucho tiempo. Salió al encuentro de su antiguo compañero luego de algunos minutos de perfecta inmovilidad.

—Hey, Kyo —dijo, su voz sonando suave, sin necesidad de alzarla en medio de aquel silencio—. ¿Meditando a estas horas?

Llegó al lado del joven Kusanagi, que se volvió para observarlo un segundo, antes de volver a mirar el abismo. El viento que subía sacudió el cabello de ambos, así como sus ropas. Shingo se estremeció, comenzando a sentir el frío penetrando su delgado pijama. Benimaru y Kyo aún vestían las ropas que habían llevado durante el día.

—¿Quieres practicar un rato? —ofreció Benimaru, alzando una mano como si fuera lo único que se le pudiera ocurrir a esas extrañas horas.

—Preferiría que fuera mañan... —había comenzado a responder Kyo cuando bruscamente se volvió bloqueando un golpe de Benimaru con sus brazos.

—Mañana será muy tarde. Estamos a un par de días de volver a la ciudad y no esperarás que te deje entrar en mi equipo sin haber pasado la primera prueba, ¿verdad? —sonrió el rubio, sus ojos brillando ya con la emoción de la promesa de una pelea, como en los viejos tiempos.

Sin embargo Kyo no devolvió el ataque. Solamente dejó caer los brazos, sonriendo cansadamente.

—El viaje ha sido largo... En verdad no estoy de humor...

Pero, de nuevo, Benimaru no lo escuchaba. Esta vez lanzó un golpe con su puño, y cuando Kyo bloqueó, una descarga de electricidad recorrió sus brazos, haciéndolo gruñir debido al inesperado dolor.

—Vamos, compañero, compláceme —le provocó el rubio.

Shingo vio cómo Kyo fruncía el ceño. Pero no era por molestia ante la insistencia de Benimaru. Había en su rostro una expresión que no le había visto nunca antes. Estuvo seguro de que Benimaru también lo notó, y supo claramente que con su insistencia esperaba hacer que Kyo le contara lo que le preocupaba. A veces esa era la única manera de hacer que Kyo compartiera sus problemas.

Sin esperar respuesta, Benimaru inició una serie de golpes. Kyo todo lo que hizo fue bloquearlos, retrocediendo algunos pasos. El rubio incrementó su velocidad, haciendo imposible que Kyo pudiera continuar a la defensiva. Pequeñas chispas iluminaron momentáneamente el claro, la electricidad brotando de las manos de Benimaru, marcando caminos en el aire, y llamas de fuego, acariciando los dedos de Kyo.

Shingo vio cómo Kyo lanzaba un extraño golpe hacia adelante, y al segundo siguiente el contraataque de Benimaru lo había alcanzado en el estómago, lanzándolo hacia atrás, hacia el abismo.

La exclamación de Shingo fue audible en el momento de intenso silencio que siguió. Benimaru alcanzó a sujetar a Kyo de la muñeca, y tiró de él justo cuando se inclinaba sobre el vacío del acantilado. Midió mal su fuerza y el joven rubio se encontró con Kyo encima suyo, ambos sobre el pasto. El joven Kusanagi jadeaba debido al golpe, y tenía los ojos cerrados. Shingo, sabiendo que su presencia ya había sido notada, salió a su encuentro, deteniéndose ante ellos.

Benimaru sostenía a Kyo por los hombros, mientras el joven continuaba arrodillado, los mechones de desordenado cabello castaño cayendo sobre sus ojos. Parecía haberse recuperado del golpe, pero no se levantaba. Shingo le tendió una mano para ayudarlo, pero Kyo lo apartó con brusquedad. Se apartó de Benimaru también, sentándose en el pasto.

Shingo se sentó a su lado, sin decir nada. Benimaru observaba, y esta vez su expresión sí era de preocupación. Su ataque no había sido nada fuerte o difícil de bloquear. Al contrario, había sido el golpe de Kyo el que fue errático y fuera de tiempo, dejándolo con todas sus defensas bajas y dándole oportunidad suficiente a Benimaru para ejecutar cualquier combinación que se hubiese propuesto. Eso jamás le había sucedido con Kyo.

—Te dije que me sentía un poco cansado —murmuró Kyo, como un último y débil intento de protesta.

—Pero no me has dicho a qué se debe ese cansancio —señaló el rubio, suavemente. Kyo se volvió para observarlo, y luego cerró los ojos, con esa expresión de frustración que pocas veces Shingo había visto.

Cuando Kyo comenzó a narrarles lo que le había sucedido, Shingo perdió la noción del tiempo y del lugar donde estaba. Kyo había prometido contarles dónde había pasado todos esos años a la mañana siguiente, pero cuando empezó, aquella noche, en ese tranquilo claro, fue como si no pudiera detener las palabras. Shingo se encontró rememorando toda la batalla contra Orochi de años atrás, con tanta claridad como si la estuviese viendo de nuevo. Sin embargo, aquello no terminó allí. Porque lo que para él y el resto de participantes había sido el final de una amenaza, no había sido más que el comienzo de una dura prueba para Kyo. Vagamente escuchó las palabras "NESTS", "clones" y "Yagami". Algo sobre un experimento genético. Algo sobre pruebas realizadas al cuerpo de Kyo. Escapar de la base de NESTS en llamas. Dolor... Y daño. En su cuerpo... Kyo pensó que con el tiempo pasaría, pero no fue así. Al comienzo ni siquiera había podido invocar al fuego, pero finalmente lo había logrado. Sin embargo aún no conseguía hacerlo con la intensidad de antes. Según sus propias palabras, no estaba ni siquiera al nivel del más débil participante del torneo.

A Shingo le dolió oir aquello, pero no dijo nada. Quiso ofrecerle palabras de aliento a su maestro, pero sabía que eso sólo molestaría más a Kyo, porque su orgullo le haría tomar su apoyo como lástima, y aquello era algo que él no iba a soportar.

—Pensé que participando en el torneo podría obligarme a ser quien era antes —murmuró Kyo, sin mirarlos. Durante un momento pareció apesadumbrado de estar utilizando al Japan Team para sus propósitos, sin importarle que estaba arriesgando la victoria de su equipo. Shingo lo notó, y por la mirada que le dirigió Benimaru, supo que él también.

El rubio posó una mano en el hombro de Kyo, sonriéndole despreocupadamente.

—Verás que todo se arregla —dijo—. Lo que te hace falta es un buen incentivo. Cuando veas en lo que se ha convertido el KOF ahora, te darán ganas de volver a hacer del torneo lo que era en sus comienzos. No hay mejor inspiración que ésa para despertar los poderes del Kusanagi más perezoso que haya conocido en mi vida.

Shingo sonrió, asintiendo.

—Y si en algún momento las cosas se ponen difíciles, no se preocupe, para eso he entrenado todo este tiempo, ya lo verá. —Habló con un tono muy animado, como siempre, pero a través de la media sonrisa que le dirigió Kyo, supo que ni sus palabras ni las de Benimaru habían alcanzado realmente al joven.

Obviamente aquella noche Shingo no pudo dormir. Observó la puerta de la habitación de Benimaru y Kyo largo rato, hasta que finalmente oyó la respiración acompasada del rubio, indicando que él sí creía en sus propias palabras, y que no se preocupaba por lo que pudiera llegar a suceder.

Los sonidos de alguien al volverse a un lado y al otro, incapaz de conciliar el sueño, hicieron eco de los que Shingo producía al apartar los cobertores y volverse a cubrir, una y otra vez.

—Kusanagi-san... —susurró, permitiendo que la tristeza se reflejara en su voz. No hubo respuesta, y tampoco la esperaba.

Sin pensarlo mucho, volvió a levantarse y entró directamente a la habitación contigua. En completo silencio pasó por sobre Benimaru, sin despertarlo, y se arrodilló al lado de Kyo. Pasó unos segundos esperando a que el joven Kusanagi dejara de aparentar estar dormido, y finalmente lo vio abrir los ojos.

—¿Qué quieres? —le preguntó Kyo en voz baja, seca, como si le estuviera ordenando dejarlo en paz. Shingo sonrió, feliz de volver a escucharlo hablarle así, con esa familiaridad.

—Sólo quería decirle lo emocionado que estoy por poder participar en el King of Fighters en su equipo —respondió Shingo en voz baja también, pero demostrando claramente la "emoción" de la que hablaba. Kyo hizo un gesto de molestia, como si le aburriera ese tipo de charlas. Shingo no se inmutó y comenzó a narrarle cómo había sido el torneo anterior, en que él participó con Benimaru y otros dos compañeros que no conocían realmente.

Se encontró contándole a Kyo cómo era NESTS desde el punto de vista de los participantes, y no de los que habían estado involucrados directamente, como él o como Yagami. Respondió a casi todas las preguntas que hizo Kyo sobre los eventos del último torneo, le confesó su miedo de no volver a verlo nunca, y cómo había estado practicando arduamente para poder ser un rival digno por si él regresaba, negándose a los anteriores pensamientos.

—Y tuve razón —sonrió finalmente, para luego agregar: —¿Por qué no regresó, Kusanagi-san? ¿Dónde estuvo? Nos preocupamos mucho por usted.

La respuesta de Kyo llegó luego de un silencio tan largo, que Shingo sintió que se quedaría dormido esperando.

Cuando despertó, fue porque Benimaru estaba riendo. Parpadeó confuso, mirando alrededor, y se dio cuenta que yacía en el futon de Kyo, bajo el cobertor de Kyo.

Kyo lo miraba desde la puerta que daba al exterior, iluminado por los rayos del sol matutino, sonriendo. Sin entender nada, Shingo se volvió hacia Benimaru, que le devolvió la mirada.

—¿No oíste lo que dijo Kyo? —rió el rubio—. Dijo que tus conversaciones son tan aburridas que hasta tú mismo te quedas dormido.

Shingo había mirado a Kyo entonces, y no había podido evitar sonreír también, al descubrir un leve gesto de agradecimiento en su semblante.

Pero las cosas no salieron como ellos esperaban. El KOF comenzó, y para sorpresa de todos, Kyo fue vencido sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Sus compañeros no demostraron en ningún momento estar desalentados por la derrota, más bien se preocuparon por él, olvidándose totalmente del torneo hasta que los altavoces les recordaron que el siguiente integrante debía ir a la arena.

Shingo no prestó atención a la pelea que estuvo a cargo de Benimaru. Todo lo que podía ver era a Kyo, con el ceño fruncido y la mirada perdida, a su lado. Parecía que ni él mismo podía creer lo que había sucedido. Varias veces quiso decirle algo, pero cuando lo intentaba, no sabía qué. Era imposible ofrecerle consuelo, imposible decirle que las cosas se arreglarían, porque de un modo u otro él, Benimaru y Goro comenzaban a pensar que quizás en verdad lo que NESTS había hecho era un daño irreversible... ¿Pero cómo decirle eso a un compañero? Seguirían adelante con él... Aquello se había vuelto más importante que ganar un estúpido torneo. K' y su equipo podían encargarse de los que, como siempre, tramaban planes secretos utilizando al KOF como pantalla, ¿acaso no lo habían hecho el año anterior?

Shingo apretó los puños. Sabía que Kyo realmente se había esforzado. Pero esforzarse no había sido suficiente, y eso era lo que lo frustraba. Por eso su mirada se había oscurecido, y su expresión se había convertido en una de completo odio hacia sí mismo.

Vio cómo Kyo evitaba mirar hacia ningún otro lado que no fuera el suelo, o la nada ante él. Los otros equipos no dejaban de observarlo y cuchichear entre ellos. Y Yagami, que siempre era el primero en lanzarle algún burlón insulto, guardaba silencio desde el otro lado de la arena.

Había parecido tan sorprendido por la derrota de Kyo como el resto de peleadores, y hubo un ligero cambio en su expresión que todos pudieron notar con claridad. Había preocupación en su mirada, porque, de seguro, él sabía lo que le ocurría a Kyo. Yagami siempre sabía todo sobre Kyo, ¿verdad? Y si Iori Yagami demostraba preocupación por algo, aunque fuera sólo por un par de segundos, significaba que realmente se trataba de algo grave.

Kyo fue el único que no vio esa extraña expresión del pelirrojo. Mantuvo la mirada obstinadamente baja. Y cuando el Japan Team se retiró a los vestidores, fue como si no escuchara los silbidos y las burlas que el público le dirigió.

—No, Shingo —le dijo Benimaru cuando él, indignado, intentó ir a la arena de nuevo a poner en su lugar a esos ingratos asistentes del torneo. ¿Acaso Kyo no tenía derecho a perder alguna vez?

—Eso es, Shingo, déjalos —dijo Kyo también, volviéndose hacia él como si no le importara.

Pero lo hacía. Shingo lo sabía. Por la forzada indiferencia en su voz, por la mirada dolida de sus ojos, por la sonrisa totalmente vacía que le dirigió, y por la forma en que se dejó caer en una de las sillas frente al televisor donde se transmitían las peleas y que no miró en ningún momento.

Le hizo compañía tanto como le fue posible, mientras Benimaru y Goro subían a unos asientos reservados desde donde podrían ver las siguientes peleas de ese día. Era la costumbre. Quedarse en los vestidores con Kyo habría sido también una manera de mostrar compasión, y era lo que querían evitar.

—Iré por algo de beber, Kusanagi-san —anunció Shingo durante un intermedio, y se levantó esperando la usual orden de Kyo de traerle algún bocadillo específico, pero ésta no llegó. Se apresuró a buscar alguna máquina expendedora de bebidas, y cuando volvió a los vestidores se dio cuenta que Kyo no estaba solo.

Yagami había entrado cuando él salió, y ahora estaba de pie ante Kyo, quien continuaba observando el suelo.

Shingo se acercó a la puerta entreabierta, dispuesto a entrar y obligar a salir a Iori, aunque fuera por la fuerza. Sin embargo sintió que lo sujetaban del brazo, deteniéndolo.

Desde ahí no podía oír con claridad las palabras del pelirrojo. Oía su voz, pero no comprendía lo que decía. Vio que Kyo negaba con la cabeza, aún sin levantar la vista. Iori estaba serio, no era burlón ni desafiante. En algún momento su rostro demostró la más fría y pura rabia, pero Shingo supo que no era en contra de Kyo. El joven Kusanagi se puso de pie finalmente, enfrentando a Yagami, observándolo a los ojos.

Sólo Kyo podía hacer frente a esa mirada helada, pensó Shingo. Sólo él podía resistir la proyección del poder que envolvía a Yagami, que fácilmente podía hacer estallar todo en esa habitación.

Se sobresaltó cuando las manos del pelirrojo sujetaron a Kyo del cuello de su chaqueta, haciéndolo volverse y empujándolo contra una de las paredes, violentamente. Shingo intentó liberar su brazo, para poder intervenir, pero escuchó la voz baja de Benimaru hablándole al oído:

—Déjalos. Esta vez no podrán arreglar sus asuntos peleando. Es algo entre ellos. No te entrometas.

Le dirigió una mirada molesta, sin comprender cómo podía decir semejantes tonterías. Yagami estaba allí y podía matar a Kyo sin que él pudiera defenderse. ¿Era esa una manera de arreglar las cosas?

Pero Benimaru ya se había alejado, indicándole que hiciera lo mismo. Se apoyaron en la pared, y esperaron largo rato. Cuando Yagami finalmente salió, ni siquiera se molestó en mirarlos. Siguió de largo, con las manos hundidas en los bolsillos, y el rostro inexpresivo. Shingo se apresuró a ir al vestidor, y se encontró con Kyo sentado en la misma posición que lo había dejado. La única diferencia, era la pantalla resquebrajada del televisor, ahora apagado.

No llegaron a enterarse qué fue lo que Kyo y Yagami hablaron. El torneo terminó pronto para ellos. Descalificados en las preliminares, se retiraron sin sentirse demasiado apesadumbrados. El griterío furioso de los fans del Japan Team fue opacado por los vítores de los que apoyaban al equipo de Iori Yagami. Sin embargo ambos, Iori y Kyo, solamente hicieron de strikers durante el enfrentamiento, y no intervinieron en ningún momento. Shingo sospechaba que era un acuerdo al que ambos habían llegado cuando conversaron, pero no podía confirmarlo.

—Volvamos a casa —fue todo lo que dijo Kyo antes de dejar el lugar, y ellos asintieron.

Goro volvió al dojo, a seguir con sus clases. Ellos tres se dirigieron a la ciudad, donde Kyo les indicó el lugar en que vivía; un pequeño departamento cómodamente amoblado, en las afueras de una zona residencial. Les aseguró que estaría bien, pero algo hizo que Shingo regresara al cabo de unos días. Encontró a Kyo sentado en el sofá, en la penumbra, recostado contra el respaldar y con los ojos cerrados.

El orden de la cocina le indicaba que Kyo había estado viviendo solamente de cervezas y algunos otros licores todo ese tiempo. No pudo reprochárselo. Es que en verdad ¿qué más podía hacer? Para alguien cuya vida era pelear, encontrarse en ese estado era demasiado difícil de superar. Estaba solo, no había nadie que pudiera comprender cómo se sentía. Shingo sabía que todo lo que Kyo sentía en aquellos momentos era rencor, rabia, odio. No podía permitir que eso continuara, o perdería a su senpai para siempre... Pero al mismo tiempo todo estaba lejos de su alcance.

Cocinó algo simple para Kyo, y no se sorprendió de que el joven ni siquiera tocara el plato.

—Sólo déjame pensar un poco más —le dijo Kyo en algún momento—. Estaré bien.

Pero no lo estaba.

Benimaru fue a verlo al día siguiente, y pese al sermón que le dio, la actitud de Kyo no cambió en casi nada.

—Este no eres tú —había dicho Benimaru—. El Kyo que conozco no se dejaría vencer tan fácilmente.

—No sabes de lo que hablas —fue la seca respuesta de Kyo—. ¿Crees que si hubiera algún modo de salir de esto yo estaría aquí, así?

Cuando Benimaru le sugirió que comenzara con su vida de nuevo, la respuesta fue una risa amarga. Shingo se estremeció. Kyo quería venganza. Y no dejaría de pensar en ello. El dolor había sido demasiado. Había sido suficiente para marcar a Kyo y obsesionarlo con ese propósito. Kyo no pretendía hacer nada para evitar que el rencor lo envenenara completamente, y ni Shingo ni Benimaru tenían el poder para sacarlo de ese estado.


"¿Por qué no regresó, Kusanagi-san? ¿Dónde estuvo? Nos preocupamos mucho por usted."

Shingo se sobresaltó cuando oyó la pregunta claramente en su cabeza. Miró a su alrededor. Era la cocina, aún tenía el cuchillo en la mano. Benimaru estaba con Kyo en su habitación, dándole otro sermón, quizás, o sólo haciéndole saber que él continuaba allí para cuando lo necesitara.

Pero... aquella pregunta... Él la había formulado, tiempo atrás... Y Kyo la había respondido. En voz muy baja, como si no quisiera que lo oyera. ¿Por qué la recordaba ahora?

—Shingo. —La voz de Benimaru interrumpió sus pensamientos. —Kyo está dormido. Me voy a casa.

Asintiendo, acompañó a Benimaru a la puerta.

—¿Le dijo algo, Benimaru-san? —quiso saber el muchacho. El rubio asintió, algo extrañado.

—Me dio las gracias. Dijo que de ahora en adelante él estará bien.

Shingo se sorprendió al oír eso. Debía alegrarse, pero de algún modo esas palabras parecían más una sentencia. Benimaru sonrió débilmente.

—Kyo me confesó algo, Shingo —murmuró—. Creo que estos días que ha pasado encerrado en el departamento fueron... una forma de ser sincero con nosotros. Realmente sincero. Dejándonos ver lo mucho que sus problemas le afectaban, sin intentar ocutarlos bajo un aire de arrogancia. —Benimaru hizo una pausa. —Eso está bien, ¿verdad?

Shingo asintió sin estar seguro de comprender.

—Dijo que estaría bien, y yo le creo —continuó el rubio—. Lo estará de un modo que a nosotros nos parecerá extraño... pero él lo supo desde un comienzo. Si no recuperaba su fuerza... —Benimaru rió, y aunque no fue una risa divertida, tampoco fue forzada. —Ese bastardo lo supo desde el comienzo —repitió—. Sabía que había posibilidades de que el daño en su organismo fuera irreversible.

—No estoy entendiendo —murmuró Shingo débilmente. Benimaru mantuvo su sonrisa.

—Te alegrarás cuando Kyo se anime, ¿verdad? —preguntó.

Shingo asintió.

—Te alegrarás de que comience una nueva vida donde el poder o la fuerza pasen a un segundo plano, ¿verdad?

Shingo volvió a asentir.

—Lo único que importa es que Kyo sea feliz, ¿verdad?

Shingo murmuró:

—Claro que sí.

—Pues eso es. —Benimaru abrió la puerta, comenzando a irse. —Él me dijo que te lo había confesado a ti la misma noche en que se presentó en el dojo de Daimon. Y, sinceramente, no creo que sea tan malo, después de todo.

Shingo se quedó de pie en la puerta, más confundido que antes. Unos pasos dentro del departamento lo hicieron volverse.

—Kusanagi-san...? —murmuró al ver a Kyo saliendo de la habitación, con el mejor aspecto que le había visto en días.

—¿No ibas a cocinar algo, Shingo? —preguntó el joven Kusanagi, apartado el cabello de sus ojos.

Shingo asintió y entró a la cocina otra vez, sintiendo unos renovados ánimos. Escuchó que Kyo se dejaba caer en el sillón, y encendía el televisor. No pudo evitar sonreír cuando Kyo comenzó a enumerar unos platillos que se le habían antojado, y que resultaban imposibles de preparar con los pocos ingredientes que había en su refrigerador.

Mientras cortaba las verduras a toda prisa, Shingo recordó el resto de aquella conversación con Kyo:

"¿Por qué no regresó, Kusanagi-san? ¿Dónde estuvo? Nos preocupamos mucho por usted."

Y la respuesta en un susurro:

"¿Creerías si te dijera que todo este tiempo estuve con... Yagami?"

* * *

El timbre.

Shingo se levantó perezosamente del sillón, donde llevaba más de dos horas viendo cualquier cosa, discutiendo con Kyo porque él quería ver una serie y no un documental. Habían pasado varios días ya, y claramente Kyo estaba más animado. No había necesidad de hacerle compañía todo el tiempo, pero Shingo aprovechaba de pasar esos momentos con él, bastante sorprendido de que Kyo aún no le hubiera dado con la puerta en las narices.

Arrastrando los pasos pensó en que sería buena idea darle a Benimaru su propia llave. Sin embargo, cuando abrió la puerta no fue al rubio a quien vio.

Inconscientemente retrocedió un paso.

—¡Yagami...! ... san —agregó.

El pelirrojo lo observó como si Shingo debiera adivinar por qué estaba allí, y dejarlo pasar sin necesidad de pedir explicaciones.

—Está bien, Shingo —oyó que le decía Kyo, mientras el joven se acercaba a la puerta. La mirada de Iori se desvió de Shingo a Kyo, y entró al departamento olvidándose por completo del muchacho. Kyo hizo un gesto hacia los sillones, y Shingo se deslizó a la cocina sabiendo que él no era bienvenido en lo que Iori y Kyo tuvieran que discutir.

No fue su intención escuchar la conversación entre ellos, pero era imposible evitar que sus voces se oyeran altas y claras.

—Entonces ¿fue suficiente confirmación para ti? —preguntó el pelirrojo, yendo directo al punto, sin tomarse la molestia de justificar su presencia.

No hubo respuesta audible de parte de Kyo, pero por el resoplido que siguió de Yagami, Shingo supuso que había sido un asentimiento con la cabeza.

—Participar en el torneo sería tu último intento —continuó Iori. De nuevo Kyo se mantuvo en silencio. —Ya date por vencido.

—Eso jamás.

Shingo se asomó. Vio que Kyo sonreía pese a que Yagami lo observaba de manera bastante amenazante.

—No vas a recuperarte, Kyo —dijo Iori lentamente esta vez.

—No puedes decirlo con total seguridad —refutó Kyo, aún con su extraña sonrisa.

Iori gruñó algo entre dientes, y Shingo vio cómo Kyo se inclinaba hacia él, con una expresión juguetona en sus ojos.

—Aún hay tiempo —dijo Kyo, bajando un poco su voz—. Es mi venganza, después de todo, Yagami. Dentro de unos meses NESTS continuará allí. ¿Qué es un poco más de tiempo?

Shingo vio cómo Yagami se ponía de pie, observando todavía a Kyo. Había algo en su mirada que se veía como esa expresión preocupada que había dejado entrever en el KOF, pero, al igual que esa vez, desapareció al cabo de unos segundos, para convertirse en una familiar sonrisa sádica.

Iori se inclinó y sujetó con una mano el rostro de Kyo, acercándolo hacia sí, sus miradas fijas.

—Sabes lo que sucederá si recuperas tu fuerza... —dijo, su voz cargada de malignidad—. También sabes lo que sucederá si no la recuperas...

—No te preocupes, Yagami —respondió Kyo, con un leve tono sarcástico—, no he olvidado lo que me dijiste.

No fue sino hasta que Iori salió del departamento, que Shingo volvió al lado de Kyo. El televisor estaba apagado ya, y la expresión de su senpai se había convertido de nuevo en una de ensimismamiento.

—Kusanagi-san...? —murmuró Shingo, sin atreverse a preguntar por qué Yagami se había presentado.

—Ah, Shingo —dijo Kyo en voz baja, levantando la mirada hacia él.

—¿Se encuentra... bien? —preguntó el muchacho luego. Kyo asintió.

—Ya vete —le dijo repentinamente—. Estoy bien. Ya no tienes que estar aquí vigilándome.

Shingo quiso protestar, pero las palabras le fallaron. Esa despedida era algo que había estado esperando desde hacía días, y finalmente llegaba. Asintió débilmente, volviéndose para recoger su chaqueta, que había dejado descuidadamente sobre el sillón. Se obligó a sonreírle a Kyo, mientras se despedía, pero Kyo no le devolvió la mirada.

—Adiós, Kusanagi-san —murmuró Shingo abriendo la puerta. Iba a dar un paso al exterior cuando oyó que Kyo lo llamaba. Volvió la cabeza despacio. El joven Kusanagi no lo observaba, aún, pero murmuró:

—Nos veremos.

Shingo asintió, más animadamente esta vez.

—Genki de {Cuidese}, Kusanagi-san! —se despidió.

* * *

Un par de días después, Shingo estaba de pie en esa misma puerta, observando el departamento vacío. Parpadeó un par de veces, incapaz de creer que todo estaba sucediendo de nuevo.

Se dirigió a la habitación de Kyo, sólo para encontrar que se había llevado la mayor parte de su ropa. Todo estaba en orden, pero el aspecto abandonado del lugar era claro.

—Kusanagi-san... —dijo débilmente, sabiendo que no recibiría respuesta. Cerró los ojos un momento, preguntándose a dónde podría haber ido, por qué así tan de repente. Cuando los volvió a abrir, vio el teléfono frente a él, y decidió que lo primero que debía hacer era avisarle a Benimaru.

Ni bien había levantado el auricular cuando notó un pequeño papel plegado bajo el aparato. Lo desdobló con dedos inseguros, y vio que alguien, Kyo, indudablemente, había escrito de muy mala gana: "Gracias por todo".

Se quedó sin saber qué hacer. Ya ni siquiera le veía sentido llamar a Benimaru. ¿Para qué?

Sentándose en uno de los sillones, el muchacho dejó escapar un largo suspiro, mientras intentaba unir las piezas que estaban confusas en su cabeza.

Poco a poco una idea fue tomando forma, y de alguna manera supo que Kyo estaba con Yagami. ¿Acaso no lo había dicho desde un comienzo? Había estado con él, había intentado participar en el torneo... y luego Yagami había aparecido para llevárselo de nuevo.

Shingo no quiso pensar exactamente por qué estaban juntos. Se limitó a repetirse que, si había alguien en ese mundo que pudiera ayudar de alguna forma a Kyo, ese era Yagami. Aun cuando quisiera matarlo, como había sido su propósito desde el comienzo, Shingo tenía la seguridad de que Kyo sabía lo que hacía.

Y quizás, si todo salía bien, lo volverían a ver en el siguiente torneo.

Observó el trozo de papel que aún sostenía en sus manos, y no pudo evitar sonreír. En esos pocos meses, había conocido más a Kyo de lo que habría podido hacerlo en años. Y ese nuevo conocimiento le aseguraba que definitivamente lo volvería a ver. De un modo u otro. Ese año o el siguiente. Porque Kyo ya había demostrado que él simplemente no podía ir y desaparecer.

Se levantó, guardando con cuidado el mensaje de Kyo en su bolsillo, y salió del departamento, cerrando suavemente la puerta tras de sí.

* * *

~ Owari ~

~MiauNeko
26 de Agosto, 2002

 

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Shades of Flames and Passion
Septiembre, 2002