Amor Diabólico y Angelical
Daniel:
Nuestra relación no tuvo el mejor de los comienzos; de hecho en un principio, y por los años siguientes, Armand me causó miedo. No podría decir con seguridad cuándo fue que ese sentimiento se transformó en uno diferente y mucho más complejo. Durante los primeros meses en que decidió perseguirme sus actitudes me resultaban incomprensibles, y aún ahora muchas de ellas me confunden. Me seguía a cada lugar al que iba, me encontraba rápidamente sin importar lo que intentara hacer para evitarlo, y todo para quedarse mirándome hasta que me veía huir aterrorizado nuevamente. En ese tiempo creía que su intención era enloquecerme definitivamente para que así su secreto quedara bien guardado; tardé bastante tiempo en darme cuenta de que no era así.
Lentamente nuestros encuentros se volvieron cada vez más agradables y mi miedo fue disminuyendo en forma progresiva. Su personalidad me cautivaba cada vez más, sus preguntas y discusiones, sus constantes evasiones a la hora de contar algo de él mismo, su manera de hablar, sus opiniones, sus gestos y expresiones, todo eso siempre me resultó magnífico, Armand siempre me resultó magnífico, maravilloso, perfecto. Cuanto más tiempo pasaba a su lado más deseaba convertirme en lo que él era, un inmortal. A pesar de todo no lograba sentirme completamente cómodo a su lado, su mera presencia seguía atemorizándome. No fue hasta aquel verano en el sur de Italia que al fin comprendí qué era yo para él.
Ese verano cambió mi vida definitivamente. No había visto a Armand en todo ese tiempo y había decidido reorganizar mi vida nuevamente, intentar comprender todo por lo que había pasado para así poder volver a vivir como antes, reconocer que definitivamente se había cansado de mí; volví a escribir, sobre mis conclusiones de mi breve encuentro con lo sobrenatural, comencé a plantearme mi situación y a aceptar que Armand nunca me daría la inmortalidad, en fin, aprender de nuevo cómo vivir después de todos esos años de locura desenfrenada en la que me sumergía Armand. Por fin pensé que había recuperado por completo el juicio, que volvía a ser el de antes; qué falsedad! Podía convencerme de eso a veces, sin embargo en el fondo de mi alma deseaba desesperadamente volver a verlo, deseaba que volviera a buscarme y pasar la noche entera a su lado hablando de cualquier cosa, haciendo lo que fuera, pero a su lado. Algunas noches soñaba con él, soñaba que nuevamente estaba conmigo, y la decepción que me embargaba cuando despertaba me llevaba a las lágrimas. Es gracioso cómo varían nuestras opiniones cuando vivimos las cosas y lo relativos que son nuestros propios pensamientos, si alguien me hubiera advertido, durante mis anteriores huidas de Armand, que alguna vez llegaría a extrañarlo, que detestaría la paz y tranquilidad que me rodeó durante ese verano, que me deprimiría terriblemente esta situación, hubiera pensado que estaba loco, que no podía comprender de ninguna manera lo que estaba diciendo. Sin embargo ahí me encontraba yo, odiando cada segundo, cuando un par de años antes hubiera hecho cualquier cosa por tenerlo.
Cuando volví a verlo, después de todo ese tiempo, me pareció una aparición, tan imposiblemente hermoso y terriblemente abominable a la vez. Sentí deseos de llorar. En el momento en que la comprensión llegó finalmente a mí, por medio de nuestro primer y maravilloso intercambio de sangre, sentí que había sido un tonto al no darme cuenta de lo que sentía por Armand, no darme cuenta de mi amor por él. Ese momento tan especial, en el que sellamos nuestra unión con sangre, jamás va a borrarse de mi mente, no sólo por lo maravilloso de la situación, sino porque marcó el comienzo del más feliz y a la vez más sufrido período de mi vida hasta entonces. Cualquiera consideraría esta afirmación como una tontería, una completa contradicción, pero no, en los años siguientes que pasé con Armand la dicha, intercalada con el sufrimiento, se convirtió en una constante.
Al principio nos dedicamos a recorrer el mundo juntos, consagrando todas nuestras noches al redescubrimiento de la nueva era (es impresionante la cantidad de cosas que un mortal común y corriente se pierde del mundo que lo rodea!). Mi vida comenzó a basarse en Armand cada vez más, hasta que el pequeño mundo que me quedaba fuera de él finalmente desapareció por completo. Nada me importaba más que estar a su lado. Comencé a vivir sólo de noche, como él lo hacía, para poder pasar cada instante de mi conciencia con él. Nos sumergimos en el centro del mundo, como a él le gusta decir, frecuentamos todos los lugares posibles, desde la Ópera hasta un perdido bar en un barrio cualquiera, adquirimos todos los objetos tecnológicos más avanzados, desde ordenadores hasta electrodomésticos. En ese tiempo algunos de los pasatiempos de Armand llegaban a resultarme casi siniestros e insoportables, como por ejemplo esa tendencia suya de hacer grabaciones de sí mismo mientras dormía para pasarse la noche siguiente observando cómo crecían lentamente su cabello y sus uñas, o su predilección obsesiva por alguna película o segmento de la misma, que lo llevaba a verla cientos de veces, una vez tras otra, mientras no paraba de reír; ni hablar de su gusto por las licuadoras!! Las abominables mezclas que se divertía haciendo revolverían el estómago de cualquiera. Su energía parecía nunca acabarse, siempre llevándome de un lado a otro, según cuál fuera el nuevo objeto de su interés. Sin embargo no me importaba, el simple hecho de estar a su lado me hacía feliz.
Finalmente llegó el momento en el que Armand consideró necesario buscar un lugar definitivo para habitar, asentarse en algún lado. Fue así que decidió crear la Isla de la Noche, nuestra isla privada, la cual diseñó por completo, hasta el último detalle. Una maravillosa estructura en donde se puede encontrar cualquier cosa que uno desee, llena de todo lo que a él le gustaba más, donde cualquiera puede encontrar lo que sea que busque. Y todo me lo regaló a mí, lo construyó para mí; este lugar se convirtió finalmente en mi verdadero hogar, un concepto que, entre todos mis viajes de un lugar a otro, tenía olvidado.
No obstante, a pesar de todas las muestras de cariño que Armand tenía para conmigo, me negaba aquello que yo más deseaba, la inmortalidad. Durante todos esos años a su lado me atormentaba cada vez más la idea de la muerte, quería pasar la eternidad a su lado, sin embargo Armand no se cansaba de repetir que nunca me la daría. Eso me asustaba, me hacía dudar de sus sentimientos, de su amor. Me hacía pensar, si tanto me ama, ¿por qué no me permite estar a su lado para siempre? Nuestra felicidad se veía, con el paso del tiempo, cada vez más opacada por discusiones, más y más frecuentes, sobre este punto. Armand siempre fue un tanto impredecible, uno nunca puede tener la certeza de sus pensamientos, su teatral manera de conducirse puede engañar hasta al más experto. Sin embargo, con el tiempo comencé a comprender más sus expresiones, a detectar sus actuaciones; pero a pesar de todo nunca lograba sentirme completamente seguro de su amor.
Esto, sumado a los atemorizantes sentimientos que despertaba en mí, a esa dualidad amor-odio que sólo él provoca en formas ambas tan intensas, me llevó a intentar huir nuevamente de su lado. Algunas veces, cuando lo miraba, me parecía siniestro, incluso repulsivo, pero luego me daba cuenta de lo imposible que es que alguien pueda sentir repulsión por un ser tan hermoso y perfecto, tan angelical; sus actitudes a veces llegaban a exasperarme, me desesperaba su tranquilidad, la expresión de tristeza que adoptaba su rostro mientras discutía con él y le rogaba el Don Oscuro que, sin embargo, me negaba, replicando que lo hacía por mi bien, que no deseaba condenarme, como lo estaba él. Nunca me importó la condena, nuca sentí que la inmortalidad lo fuera, aún ahora no logro entender por qué él no piensa lo mismo. Durante mis viajes, cada vez más prolongados, me llenaba un abatimiento que nunca antes había sentido; nada me importaba, ni siquiera sabía qué era lo que hacía en cada lugar. Ponía todo mi empeño en ser fuerte y no regresar a su lado, pero era en vano, al final siempre se salía con la suya y terminaba rogándole que volviera a buscarme. Cuando regresaba, su cara permanecía inexpresiva, "Al fin volviste" me decía con su mirada siempre tan serena, como si realmente no me necesitara, como si no fuera más que una compañía agradable de la cual gustaba, pero completamente prescindible. Sin embargo, yo estaba convencido de que él me hacía volver, de alguna forma u otra, aunque nunca pude comprobarlo, siempre lo negó y sé que lo seguirá haciendo.
Nuestras peleas se hicieron aún más comunes, yo le reclamaba la inmortalidad y él se limitaba a poner una expresión de tristeza que derretiría el corazón de cualquiera que no estuviera acostumbrado a ella mientras no se cansaba de repetir que me amaba y que era por ese mismo amor que no me condenaba con la inmortalidad; esas palabras sonaban a veces tan graciosas para mí! Yo quería que me 'condenara' más que nada en el mundo, quería estar con él y ser como él por siempre! Se contradecía constantemente, me decía que moriría antes de verme morir a mí, pero que nunca me daría la inmortalidad. Por eso aumentaba mi empeño en alejarme inútilmente de él. Hasta que mis ganas de vivir lentamente se fueron perdiendo, ya nada tenía sentido para mí, Armand no me amaba y no me daría el Don Oscuro, para qué seguir viviendo? Durante mi último viaje pasé la mayor parte del tiempo sumido en la más profunda melancolía, sin casi comer, con el alcohol como mi único compañero. Finalmente decidí que nada importaba, el concierto de Lestat estaba por realizarse y yo lo único que deseaba era estar con Armand.
Cuando al fin llegó a buscarme y me comunicó que estaba muriendo, no me afectó en lo más mínimo, así por lo menos no sufriría más, no viviría más en la agonía de estar lejos de él para luego regresar y sentir que, mientras yo enloquecía en mi soledad, Armand apenas había llegado a extrañarme; porque era así como me sentía, '¿por qué no me busca, si puede hacerlo? ¿Por qué espera a que yo le ruegue que me haga volver?', me preguntaba sin cesar, '¿Tan poco le importo?'. Era la única manera de que finalmente pudiera separar mi vida de la de Armand, terminándola. Fue en ese momento en el que al fin mi mayor anhelo se realizó; contrario a lo que hubiera llegado a pensar, contrario a sus palabras, Armand finalmente se dispuso a entregarme su sangre, demostrándome finalmente su verdadero amor por mí. Esta acción me llenó de felicidad. Ese gesto bastó para borrar de mi corazón todos los años de sufrimiento que habíamos compartido, para eliminar definitivamente de mi mente aquellos viejos y oscuros pensamientos que me habían acompañado durante tanto tiempo; para reparar mi alma herida.
Mis primeros momentos como vampiro fueron tan intensos, la primera vez que vi el mundo a mi alrededor con mi nueva visión sobrenatural fue sublime. Me es imposible compararlo con mi anterior visión mortal, todo se ve tan diferente, tan maravilloso, hasta las cosas más sencillas cobran un valor superior, hasta aquellas que para los humanos comunes pasan completamente inadvertidas son fantásticas para mí. En ese momento volví a enamorarme del mundo con una intensidad que nunca antes había sentido. Ni siquiera los disturbios causados por la Madre lograron preocuparme o borrar la sonrisa de mis labios, ni en ese momento ni durante la noche siguiente; todo el asunto me resultaba tan ajeno, con tan poca importancia comparado a mis nuevas habilidades, que casi ignoré por completo el asunto, limitándome a jugar un pasivo papel de observador (después de todo, estoy acostumbrado, por mi profesión, a cumplir ese rol). Además Armand estaba conmigo, a mi lado, conforme con su creación. ¿Qué podría estar mal entonces?
Desde ese momento me he dedicado a redescubrirlo todo otra vez,
a gozar de mis nuevos poderes, junto a mi amor, sin importar lo que pueda llegar
a pasar, sin escucharlo cuando insiste en que tarde o temprano odiaré en lo que
me he convertido, que lo odiaré por lo que me hizo. ¿Qué importa el mañana, lo
que pueda llegar a pensar u opinar después, si en este momento tengo a mi
alcance todo lo que necesito para ser completamente feliz, si tengo toda la
eternidad junto a Armand por delante?
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Yaoi no Sekai
Ó
Youko Gingitsune Diciembre 2002